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CAPITULO XXIV

 

Nuestra situación en Pasto y nuestros proyectos eran los siguientes: el Dictador nos amenazaba del lado del norte con un fuerte ejército concentrado en Popayán y con cuerpos que desde Venezuela y el Magdalena marchaban en la misma dirección. Por la parte sur los generales Sucre y Flores no podían inmediatamente emprender operaciones contra Pasto, porque el ejército peruano, a las órdenes del general Lamar, moviéndose ya sobre Colombia, absorbía toda su atención; pero era claro que, si lograban desembarazarse de aquel enemigo, inmediatamente volverían sus armas contra nosotros, y en este caso, acosados por norte y sur, no podíamos defendernos vigorosamente por falta de municiones. Nuestro ejército, es verdad, constaba como de unos 3.000 hombres, de los cuales no teníamos bien armados y regularizados sino como unos 1.200, pues los restantes eran milicianos e indígenas de los pueblos de aquella provincia, armados en su mayor parte de lanzas y garrotes, que no ocurrían a las faenas de la guerra sino cuando se les llamaba en los casos de inminentes peligros. El coronel Manuel María Córdoba, jefe de las partidas entre el Mayo y Popayán, podía reunir lo menos 500 hombres guerrilleros para hostilizar al Dictador por su frente, flancos y retaguardia, y ocupar las posiciones de la ribera derecha del Mayo, luego que Bolívar hubiera pasado ese río. Lo menos 350 guerrilleros de los que habitan entre el Mayo y Juanambú debían en este caso embarazar la marcha en toda esa extensión, y cuando el Libertador se hubiera presentado en el Juanambú, todas esas partidas, reunidas a las órdenes de Córdoba, formando una masa como de 1.000 guerrilleros, debían molestarlo tenazmente, mientras que el general Obando y yo, o uno de los dos solamente, si el otro estaba obligado a situarse en el Guáitara, debía defender los pasos del Juanambú, y aun tomar la ofensiva, llegado el caso. Es seguro que obrando sobre este plan, el Dictador y su ejército habrían sido destruidos completamente, y que su parque nos habría suministrado elementos para extender nuestras operaciones al norte y sur, y restablecer el imperio de la ley, al menos en lo que hoy forman las repúblicas de Nueva granada y Ecuador. Nuestra artillería constaba de tres piezas. También entraba en nuestros cálculos la consideración de que la parte de Venezuela en donde no se había hecho sino ocultar el fuego bajo las cenizas, cooperaría a nuestro gran proyecto, aprovechando la ocasión para levantarse de nuevo, como después lo hizo en la primera oportunidad que se le presentó, bien que con nuestra cooperación no se habría declarado independiente.

La casi absoluta escasez de municiones, principalmente de pólvora, nos obligó a establecer en Pasto una fábrica, en que, como es de inferirse, todas las operaciones se hacían mal por defecto de personas inteligentes y de las máquinas necesarias. No obstante, a fines de febrero ya hacíamos hasta 30 libras diariamente, y si hubiéramos tenido dos meses más de tiempo habríamos aumentado progresivamente esta cifra, mejorando el artículo a fuerza de experimentos y puéstonos en disposición de asegurar el éxito de nuestra empresa.

Algunas fortificaciones de campana se hicieron en la línea del Juanambú, y se reformaron las antiguas.

Incesantemente instruíamos a nuestros soldados, dábamos las órdenes precisas a nuestros guerrilleros y tomábamos todas las medidas que estaban a nuestro alcance para aumentar nuestros medios de defensa y ponernos en disposición de repeler o vencer a nuestros poderosos enemigos. ¡Qué no haríamos en aquellas circunstancias, en que la suerte de Colombia dependía de nuestros esfuerzos, y en que nuestra gloria militar y cívica estaban eminentemente interesadas! Seguro habría sido nuestro triunfo si hubiéramos tenido cincuenta o sesenta días más de término para disciplinar nuestras huestes y municionarnos bien.

Pero la suerte no quiso que nuestro designio se cumpliese a medida del deseo, y cuando más nos halagaba, de repente se tornó contra nosotros, y nos colocó en una posición crítica por consecuencia de varios acontecimientos, algunos de ellos inesperados.

El coronel Manuel María Córdoba se vendió infamemente al Dictador Bolívar, y no sólo hizo el daño de revelar nuestros planes sino que los frustró enteramente, porque los caudillos que le obedecían, no sabiendo qué debían hacer, ni teniendo una autoridad superior que los dirigiese, desmayaron unos, otros más decididos fueron a reunírsenos en Pasto, y muchos indecisos se contentaron con pedimos órdenes. En obsequio de la justicia debo decir, sin embargo, que no pasaron de cuatro oficiales los que logró arrastrar consigo el coronel Córdoba a recibir del Dictador el oro con que los comprara. Consiguientemente tuvieron temor algunos de los emigrados de Popayán que se hallaban ocultos en sus inmediaciones, y se presentaron a Bolívar, quien se valió de algunos de ellos para mandarlos a los pueblos a ofrecer garantías a los comprometidos, y predicar la obediencia a su autoridad, comisión que no dejó de producir el efecto deseado. Con estos sucesos, Bolívar encontraba casi desembarazado el tránsito hasta el Mayo, y se movió en efecto, con su ejército, habiendo hecho la tentativa infructuosa de remitimos salvoconductos al general Obando y a mí. Como precursora de su marcha nos dirigió también una misión compuesta de los canónigos doctores Mariano Urrutia y José María Grueso, con el objeto de proponernos una transacción y catequizar, a la vez, a cuantos viesen en su tránsito.

A pesar de todos estos sucesos rechazamos toda proposición, y nos pusimos en una actitud amenazante.

Para quitar todo motivo de sospecha a un pueblo tan desconfiado como es en tales casos el de Pasto, se le convocó y consultó sobre lo que debiera hacerse. Este nombró una diputación para oír las proposiciones de la misión del Dictador, instruyéndola de que no entraría por nada que fuese contrario a su pronunciamiento de combatir la dictadura hasta el restablecimiento de la Constitución. Las diputaciones se entendieron y citaron para la Ventaquemada, en donde debían tener lugar las conferencias en presencia del general Obando y mía. El día convenido, y aun dos más, los pasamos en el punto dado, sin que la comisión dictatorial llegase, a tiempo mismo que sabíamos la aproximación de Bolívar. La diputación de Pasto resolvió, con nuestro acuerdo, regresar, temerosa de una astucia para adormecer nuestros preparativos, y anunció esta determinación a los comisionados bolivianos. A pocos días éstos dieron sus excusas de no haber podido llegar a la Venta conforme a lo propuesto, pero que estaban decididos a continuar su marcha hasta el mismo Pasto, si era necesario.

En aquellos momentos, nuestros confidentes del sur y nuestros espías nos dieron la noticia de que el ejército peruano había sido completamente derrotado en Tarqui por los generales Sucre y Flores, y como este acontecimiento hacía más critica nuestra situación, guardando sobre él el más inviolable secreto, se dispuso que de ninguna manera era conveniente el que entrase en Pasto la comisión de Bolívar, y que los diputados de esa ciudad viniesen a La Cañada del Juanambú, dando más extensión a sus instrucciones en razón de las circunstancias.

Reunidas las dos comisiones en el punto indicado, celebraron, con asistencia del general Obando y mía, un tratado de capitulación que nos daba todas las ventajas deseables, y al mismo tiempo se nos dejaban por él las garantías más positivas. Por mejor decir, éste fue un armisticio por el cual nosotros no hacíamos sino conceder al general Bolívar y al ejército de su mando el tránsito al sur por el territorio que ocupábamos, en el cual no podía disponerse de ninguna clase de recursos sin ser previamente pagados a satisfacción de sus propietarios. Este tratado se dejó, no obstante, sujeto a la ratificación del general Bolívar, quien se hallaba acampado en Hatoviejo, cerca del Mayo, punto el más mortífero del Patía, del que no debía moverse hasta que la transacción fuera aprobada en todas sus partes. Entre tanto, nosotros ocupábamos la línea del Juanambú con más de 2.000 hombres de todas armas, y se pensaba no sólo en la defensa de esas posiciones sino también en sorprender al general Bolívar en las suyas, plan que fue concebido por el general Obando, y que habría sido puesto en ejecución si el tratado no hubiese sido ratificado, pues contábamos con la adhesión de todo el país y con tropas aparentes para el efecto.

El Dictador pretendió modificar la transacción en algunos puntos, principalmente en el de no confirmar ni reconocer a muchos de los oficiales que habían sido ascendidos por nosotros, y a este efecto comisionó a su ayudante de campo, el coronel de Marquet, para que nos hiciese presente las razones que tenía para no aprobar el tratado en toda su plenitud, no obstante que en las cláusulas principales estaba de acuerdo, y que con la confianza de que nosotros deferiríamos a sus observaciones, había resuelto continuar su marcha porque el temperamento del Patía era muy pernicioso al ejército. Al mismo tiempo el teniente coronel Antonio Mariano Alvarez, que a la cabeza de algunas partidas de guerrilla estaba encargado de observar al enemigo, nos participó que éste pasaba el Mayo, y que, como ignoraba si el tratado de La Cañada había sido o no ratificado, quería se le instruyese sobre la conducta que debería guiarlo en cualquier evento.

De ninguna manera nos convenía asentir a las modificaciones propuestas por el Dictador, y así lo resolvimos, habiéndoseme dado la comisión de ir cerca de él a manifestarle nuestra insistencia en la aprobación del textual tratado, y nuestra resolución de empezar las hostilidades en el caso contrario. Marché pues, solo, con el coronel de Marquet y un asistente mío, dejando a todo el mundo en expectativa y cubriendo su respectiva puesto. Nuestros soldados no me vieron partir a esta misión sin manifestar desconfianza y sentimiento por mi ausencia, temiendo que no se me dejase volver. "Si mi general no vuelve entre veinticuatro horas, me decían, es señal de que ha sido sacrificado; pero nosotros le vengaremos si tal cosa le sucediese: nosotros quisiéramos antes morir que entrar en tratados con los bolivianos".

Al siguiente día llegué cerca de la Ventaquemada, en donde estaba el general Bolívar con una parte del ejército, pues al resto le había hecho continuar la marcha, cuya circunstancia entorpeció la mía en los desfiladeros de Berruecos. El coronel de Marquet pudo adelantarse a dar cuenta al general Bolívar del resultado de su comisión, y anunciar la mía. No sé por qué causa el Dictador no quiso que yo llegase a su campo, y para evitarlo acreditó a su secretario general, coronel Espinar, para que conferenciase conmigo, lo que se verificó, y en consecuencia se ratificó el tratado al pie de la letra, y yo regresé y pasé la noche con el general José María Obando, que se acampó en la capilla de Berruecos. No pude, por lo mismo, llegar a nuestras posiciones hasta el siguiente día, que era el tercero de mi partida, y encontré a nuestros soldados cubriendo los parapetos, cuidadosos por mi suerte. Yo les di las seguridades de que todo estaba arreglado a nuestra entera satisfacción, pero no bastó esto para evitar la censura de los obstinados pastusos, que se resistían a todo avenimiento, y no querían sino la guerra. Fue necesario emplear el influjo de nuestros capellanes castrenses y la autoridad respetable del general Obando para persuadirlos de las ventajas de la transacción, y obligarlos a abandonar el Juanambú, lo que hicieron con mucha repugnancia y murmuraciones sediciosas, en términos que los mismos capellanes temieron por su existencia y se retiraron de las filas, manifestando al general Obando y a mí los riesgos que corrían nuestras personas si se verificaba un motín que preparaba la tropa, con el designio de no hacer caso del tratado, y continuar la guerra, capitaneados por los cabecillas del complot. En fin, la seguridad que les dimos de que se mantendrían reunidos y no dejarían las armas mientras las tropas bolivianas permaneciesen en Pasto, les resignó, no sin repugnancia, a continuar hasta el sitio de La Chorrera, inmediato a dicha ciudad. Allí permanecieron los soldados de Popayán, el batallón Padilla y el escuadrón Húsares del Patía.

Habiendo anunciado al general Bolívar nuestra evacuación del Juanambú en virtud del tratado, dicen que cuando éste subió a una de aquellas alturas se volvió loco de contento, pues no esperaba haberlo podido hacer en sana paz, y a la verdad, jamás lo habría verificado sin otorgarnos las ventajas que pedimos, o por mejor decir, sin haberse dejado dar la ley por nosotros. Desde allí invitó al general Obando a que viniese a encontrarlo, a cuyo efecto le escribió una carta llena de cariño y expresiones amistosas. El general Obando cedió a esta invitación, e inspiró confianza al general Bolívar para que se adelantase a Pasto, dejando en marcha las tropas. Yo recibí una insinuación por la que se me decía que el general Bolívar deseaba fuese también a encontrarlo, lo que verifiqué, saliendo a una legua distante de Pasto: fui muy bien tratado en este acto.

El 8 de marzo fue la entrada en Pasto del general Bolívar, a quien tuvimos la satisfacción de ponerle la guardia de costumbre, compuesta de una compañía del batallón Padilla, llevando en los escudos de los morriones, y en la bandera del cuerpo, la inscripción del nombre de su batallón. Más de tres horas permaneció el Dictador a discreción nuestra, pues de su parte no tenía sino algunos ayudantes y asistentes, hasta que, habiendo llegado los primeros cuerpos del ejército, su primer cuidado fue hacer relevar la guardia, que debía considerar como humillante o peligrosa, bien que era compuesta de lo mejor de nuestros soldados, y por eso le hacíamos con ellos los honores.

Al otro día (9 de marzo), habiéndose sabido la llegada de Bolívar a Pasto, vinieron varias personas del cantón de Túquerres a traerle las noticias oficiales de la derrota dada en Tarqui al ejército peruano, cuyo secreto había sido guardado hasta entonces con tanta fidelidad, bien que esa noticia no era sabida en. Pasto sino de muy pocas personas de nuestra mayor confianza. Enajenado el general Bolívar con una nueva tan importante, prorrumpió en vivas no interrumpidos al ejército victorioso, a sus generales, a Obando y a mí. Era tal el gozo que sentía, que en esos raptos de entusiasmo, que le eran tan familiares, temieron sus ayudantes que pudiera precipitarse a la calle por una de las ventanas, y le tenían asido de los faldones de la casaca. "Ninguna gracia habrían hecho ustedes, nos decía a Obando y a mí, ningún mérito habrían contraído ustedes, si el tratado de La Cañada se hubiera hecho después de la batalla de Tarqui. Yo no tendría entonces nada que agradecer a ustedes, porque no me habría sido difícil, en combinación con el ejército del sur, reducir a ustedes por la fuerza". Ignoraba el general Bolívar que nosotros éramos sabedores de aquel acontecimiento una semana antes que él, y que sin esa circunstancia no le hubiera sido dado ocupar un palmo de tierra entre el Guáitara y el Juanambú. Quizá este secreto no ha sido revelado hasta hoy.

Desde los primeros pasos que dio el Dictador para entenderse con nosotros, nos hizo, por conducto de sus comisionados, proposiciones muy lisonjeras al general Obando y a mí, con tal que le siguiésemos al sur. En Pasto nos reiteró las ofertas en los términos más insinuantes. Yo me rehusé constantemente a sus halagos, y le manifesté que no deseaba sino volver a Popayán, lugar de mi residencia, a vivir allí sin ningún empleo, hasta que el Congreso Constituyente, que había sido convocado por él para principios del año entrante, diese la Constitución para Colombia. "Bien, me dijo Bolívar, en este caso yo espero que usted aceptará el despacho de coronel efectivo que le he mandado extender, y que mientras usted permanezca en su país natal, reciba el sueldo íntegro de su empleo, aun cuando no esté usted en servicio activo, porque demasiado sé que usted es tan desprendido que rara vez tiene dos camisas para mudarse. Usted merece esta señal de distinción, como ha merecido siempre bien de la patria". A estas expresiones tan lisonjeras agregó otras llenas de ternura, con demostraciones no menos interesantes. Sentado en medio de Obando y de mí, y dándonos repetidos besos, nos decía con las lágrimas en los ojos: "Hijos míos, ustedes han obrado de buena fe si me han considerado tirano, porque este es el deber de un buen patriota; pero yo no soy el monstruo que han figurado mis enemigos. Yo amo siempre la libertad con todo mi corazón, y siempre tributaré mi culto a esta divinidad. Mis pecados políticos consisten en que no he creído que la Constitución de Cúcuta, después de los acontecimientos de Venezuela, fuera aparente para conservar la unidad de la gloriosa Colombia, reprimir los abusos, corregir los vicios de muchos de sus mandatarios, abrigados siempre con la égida de esa misma Constitución que les prestaba la elasticidad suficiente para manejarla según convenía a sus intereses. ¿Pretenden ustedes que Páez, Sucre, Montilla, Urdaneta, Flores y otros de nuestros generales hayan de permanecer contentos con sólo las prefecturas o comandancias generales? ¿Creen ustedes que esos corifeos del ejército no intentan dividir a Colombia y distribuirse la presa, aun antes de la muerte de Alejandro, y disputársela después encarnizadamente, envolviendo así el país en una discordia perpetua y entregándolo en manos de la anarquía? Yo tengo más motivos que ustedes para saber hasta dónde alcanzan las pretensiones de algunos de nuestros próceres, y día vendrá en que muchos de ellos hagan la justicia debida a la rectitud de mis miras. Ofrezco a ustedes que se reunirá un Congreso para constituir el país de la manera que plazca a sus representantes, los cuales serán nombrados con toda la libertad necesaria. Protesto que mi influjo no se empleará sino para que ese Congreso consagre en el Código los principios sacrosantos de un sistema republicano, para que la libertad sea asegurada para siempre al lado de la independencia y para que no se piense más en mí como magistrado. Si tal no sucediese, por desventura, yo sería el primero que reclamaría con firmeza los derechos de los hombres libres y ustedes, hijos míos, mis queridos amigos, ustedes quedan por mí autorizados para rebelarse, si no hubiese otro arbitrio para conquistar la libertad. Entre tanto, yo espero que ustedes emplearán su influencia para que el tratado de La Cañada del Juanambú sea respetado en todo el territorio que ha servido de teatro de esta desgraciada contienda, que por mi parte será religiosamente observado. Ruego a ustedes por la patria me presten toda su cooperación para reconstituir a Colombia, y no intenten despopularizarme y humillarme más, pues el resultado sería la completa ruina del país, porque no veo otro hombre capaz de refrenar la ambición y reprimir los excesos de muchos de nuestros generales. ¡Ojalá que esta república y este ejército no necesitasen de mí, que en ese caso yo me desterraría espontáneamente por no tener el dolor de oírme apellidar tirano, y quitar a mis adversarios este pretexto de discordia!"

A este discurso y otros semejantes, que sin cesar nos repetía el Dictador, le contestábamos manifestándole que "sin duda en el concepto de que la nación iba a reconstituirse por vías pacíficas, contando con la seguridad que por diferentes actos nos daba S. E. (el general Bolívar), era que nosotros le habíamos abierto las puertas y oído sus proposiciones de paz; que deseábamos que sus actos posteriores le restituyesen aquella gigantesca reputación y gloria de que había gozado en otros tiempos como Libertador, y que seríamos consecuentes a nuestros empeños conforme al tratado de La Cañada, siempre que no se nos diese motivo para romperlo". Yo le agregué que "en el mismo concepto de que él sería el patrocinador de la causa de la libertad, aceptaba con gusto el despacho de coronel efectivo que me ofrecía, no obstante que mientras el país no se reconstituyese, yo me consideraba como un hombre neutro de la república, sin que por esto dejase de secundar sus miras, tanto en cuanto ellas tendieran al logro de mis deseos, conformes con todos los actos de mi vida, a saber: vivir bajo un gobierno representativo, electivo y alternativo, basado sobre los principios republicanos". El general Bolívar me dio nuevos besos llenos de ternura, y me ofreció particularmente lo que pudiera necesitar para mi viaje. "Estoy encantado, nos dijo por último, de la noble conducta de ustedes; para todos han pedido la aprobación de los grados que se les ha concedido durante esta cuestión, menos la confirmación del empleo de general que dieron a ustedes sus oficiales. Este desprendimiento es noble, y hará siempre a ustedes el honor debido. Pero ruego a ustedes no den publicidad al tratado de La Cañada, porque, repito, mi autoridad quedaría menguada, y en este estado no tendremos patria, no tendremos libertad". Nosotros ofrecimos, y lo cumplimos, durante la vida del general Bolívar, no dar a la prensa aquel documento, y si en Maracaibo se publicó por primera vez, sin duda fue mandada copia por alguno de los que estaban cerca del Dictador.

Este partió el 11 para el sur, y en los pocos días que estuvo en Pasto permanecía lleno de temores. Su casa era un cuartel erizado de grupos de centinelas hasta sobre los techos. Algunas veces llamó a Obando, y otras a él y a mí, para decirnos se le había asegurado que los pastusos (siempre reunidos en La Chorrera) trataban de darle un asalto, y aun nos reveló las personas que se lo habían avisado. Nosotros le dábamos todas las seguridades de que no se pensaba en tal cosa, y le hacíamos las reflexiones más convincentes para persuadirlo de la inexactitud de esos rumores; pero esto no era bastante para su tranquilidad. El general Bolívar temía mucho por su suerte, y no podía disimularlo. Esa alma de diamante en otros tiempos de pruebas terribles, había perdido su natural energía desde el acontecimiento del 25 de septiembre.

 

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