CAPITULO
XXIII
Al día siguiente (12 de noviembre) nos resolvimos dar el asalto
al cuartel, que contenía una guarnición de más de 200 hombres
provistos de todo lo necesario y dos cañones. A las siete de la
noche nos pusimos en marcha, y al llegar a la entrada del Ejido
recibimos un parlamentario del comandante general, teniente coronel
de ingenieros Lino de Pombo, acreditado para extender un tratado de
capitulación. Por nuestra parte me encargué yo de esta comisión, y
después de la revisión y canje de nuestros poderes, entramos en la
conferencia, y redactamos y firmamos el convenio por el cual los
vencedores otorgamos cuanto se nos pedía, pues ninguna de las
demandas dañaba nuestros intereses. Era cerca de la media noche, y
acabábamos de firmar dicho tratado, cuando nuestra avanzada anunció
que el coronel Angel María Várela se había presentado, pasado del
enemigo. En efecto, este jefe, escapado del cuartel, venía a
anunciarnos que la capitulación no era sino una astucia con el fin
de ganar tiempo para escaparse Mosquera con una parte de la
guarnición, pues desde las siete de la noche se había puesto en
retirada por el camino del norte. No dudando la verdad de esta
noticia, tomé las dos copias de los tratados y las despedacé. El
general Obando se irritó igualmente, y ambos amenazamos a Pombo con
severidad si no nos entregaba el cuartel en el término de la
distancia. Este jefe, que protestaba no ser cómplice de la trampa
de Mosquera, ofreció hacer todo lo que estuviera de su parte, y
partimos. El general Obando se sitúo en la plaza pública con la
fuerza formada en masa, mientras yo me acercaba cautelosamente al
cuartel general con 60 hombres y lograba llegar hasta la puerta sin
ser sentido. Pombo tocó, se anunció y fue reconocido, después de lo
cual se abrió la puerta para que entrase y al mismo tiempo me
precipité al interior con parte de mis 60 hombres. Aquel anunció al
oficial y tropa de guardia que se había hecho una capitulación
honrosa, en virtud de la cual debía entregarse el cuartel, para
cuya guarnición había logrado las garantías necesarias. Yo ordené
que la guarnición se retirase sin armas al interior del cuartel, y
con el sebo de la vela que había encendida inutilicé las cebas de
los cañones. Subí al claustro superior, ofrecí seguridad a la
tropa, la amenacé a muerte si daba el más pequeño signo de
oposición y la hice deponer las armas y acostarse, tomando todas
las demás medidas de precaución. Luego que el coronel Obando, que
fue en seguida al cuartel, se halló seguro de que nada había que
temer, siguió en persecución del comandante en jefe, a quien al
segundo día dio alcance en Gabriel López, habiéndole hecho varios
prisioneros, muerto al ayudante de campo, Salgar, y tomado algunas
armas, municiones y caballerías.
Regresado a Popayán el coronel Obando, se reunió el pueblo para
deliberar sobre lo que pudiera convenirle en aquellas
circunstancias, y en consecuencia hizo un acto explícito de
desconocimiento al Dictador y restablecimiento de la Constitución
de Cúcuta, y nombró dos comisiones, una cerca del Dictador para
ponerle ¿e presente el verdadero estado de las cosas y protestarle
la resolución del pueblo de sostener su pronunciamiento, y otra a
los cantones del Valle del Cauca, con el objeto de presentarles el
acta e invitarlos a secundar los votos de Popayán. La primera de
estas comisiones fue confiada al doctor Manuel José Mosquera
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, hoy arzobispo de
Bogotá, y la segunda al doctor José Cornelio Valencia y al padre
fray Femando Racines. En seguida resolvimos poner en libertad a los
jefes y oficiales prisioneros, generosa medida que colmó el
entusiasmo del pueblo. Esa misma noche se reunieron nuestros jefes
y oficiales, y espontáneamente aclamaron generales al coronel
Obando y a mí, dándonos todas las facultades necesarias para obrar
durante la guerra, hasta el restablecimiento de la
Constitución.
El general Obando se puso en marcha para Pasto sin perder
tiempo, llevándose consigo el escuadrón Patía y un pequeño batallón
que creamos con los prisioneros y pusimos por nombre
"Batallón Padilla", en memoria de ese valiente
general, que, siendo inocente, según se asegura, había sido
asesinado jurídicamente en Bogotá a consecuencia de la conspiración
del 25 de septiembre. Dispuesto como estaba todo el pueblo de la
provincia de Pasto en favor de nuestra causa, al aproximarse el
general Obando al Juanambú, las tropas que estaban destinadas a
defender esa línea se insurreccionaron, se pronunciaron contra la
dictadura y entregaron a los principales jefes, a saber: coronel
Farfán y mayor Francisco Gutiérrez, de suerte que el general Obando
entró a Pasto sin haber disparado un solo tiro de fusil.
Entretanto, yo trabajaba en Popayán para organizar las milicias,
darles alguna disciplina y preparar dos columnas, la primera de las
cuales debía hacer una excursión a la provincia de Neiva con el fin
de apoderarse del parque que había en esa capital, y regresar con
el a Popayán, y la segunda para marchar a mis inmediatas órdenes
hacia el Valle del Cauca a reanimar la opinión y proteger los
pronunciamientos que se hicieran contra la dictadura. La columna,
compuesta de 400 hombres de milicias, destinada a Neiva, partió a
las órdenes del teniente coronel José Antonio Quijano, pero
habiendo encontrado otra columna enemiga que le disputó el paso en
el pueblo de Inzá, y habiendo gastado la mayor parte de sus
municiones en ese combate, tuvo necesidad de retirarse, a la vez
que la columna enemiga se retiró también hasta La Plata, o más
allá. Durante ese tiempo yo me moví hacia el Cauca con una pequeña
escolta, dejando listos para seguirme de 200 a 300 hombres, todos
jóvenes estudiantes y artesanos de Popayán. El cantón de Caloto se
había pronunciado decididamente en nuestro favor, pero la comisión
no pudo entrar en Cali porque este pueblo no sólo no se pronunció
en el sentido de Popayán sino que se armó en favor del dictador y
prohibió a nuestros comisionados penetrar en su territorio. Dichos
comisionados regresaron a Popayán desesperados de cumplir su misión
en los otros cantones, en donde más o menos se descubrían síntomas,
si no de contrariar nuestros proyectos, al menos de mostrarse
indiferentes en la cuestión. A esta conducta tan inesperada para
nosotros, pues teníamos muchos fundamentos para creer que seríamos
secundados por el Valle del Cauca, dieron lugar dos incidentes:
primero, la lentitud de nuestros comisionados que, no obstante su
patriotismo y sus buenos deseos, perdieron en prepararse para
marchar con comodidad algunos días muy preciosos; y segundo, el
haber recibido los pueblos comunicaciones del coronel Mosquera,
dirigidas desde El Pedregal, en las que les anunciaba
exageradamente la marcha pronta de un poderoso ejército a
restablecer el orden de cosas bajo la dictadura. Los pueblos
temieron, tuvieron tiempo de informarse sobre la debilidad de
nuestras fuerzas y no quisieron comprometerse en un partido que
creyeron iba a sucumbir bajo el peso de todo el ejército de
Colombia. De otro modo, desde entonces se habría reconquistado
indubitablemente la libertad.
Me hallaba en Quilichao dispuesto a marchar sobre Cali con unos
200 hombres de Popayán y 40 patriotas que pudieron armarse muy mal
en el cantón de Caloto, a las órdenes del republicano capitán José
Agustín Ulloa, cuando recibí la noticia de la retirada de la
columna del comandante Quijano, la llegada a La Plata del general
José María Córdoba con varios cuerpos y el preparativo que se hacía
para marchar muy pronto sobre mí. No siendo ya prudente mi
operación sobre Cali, resolví replegar a Popayán, en donde reuní
como 700 hombres, llenos de entusiasmo patriótico, pero no bien
armados y peor municionados, pues no había podido dar sino diez
cartuchos a los mejores tiradores y cinco a los otros. Había
expedido órdenes para que el escuadrón del Patía, cuyos individuos,
después de la ocupación de Pasto, habían tenido licencia para
descansar en sus casas, se me reuniese, lo mismo que otras
guerrillas de los pueblos del sur, y con esta esperanza resolví no
abandonar la ciudad hasta el último caso, dispuesto a disputar el
terreno, y aun confiado en una victoria, no obstante la
superioridad extraordinaria de las fuerzas enemigas.
El 25 de diciembre supe que la división enemiga se aproximaba,
y, en consecuencia, replegué mis fuerzas al Puente de Cauca,
después de haber mandado a Pasto cuanto me pudiera ser embarazoso.
El 26 emprendió el enemigo su última marcha para llegar a Popayán,
y en el mismo día vino donde mí el obispo de esa diócesis, con el
objeto de enseñarme una carta que en esa fecha le había dirigido el
general Córdoba, manifestándole que "siendo el obispo la
única autoridad legal que había en Popayán, se dirigía a Su Señoría
para anunciarle que esa noche dormiría en la ciudad con la división
a su mando, y que si yo osaba resistir estaba cierto de pasar sobre
mi cadáver; que el pueblo debía permanecer tranquilo, si no se le
hostilizaba, etc.'". Después de la lectura de esta pieza,
el obispo me hizo la reflexión de que "siendo infructuosa
y temeraria toda resistencia de mi parte, le parecía conveniente,
necesario y prudente el que yo me retirase en el acto para evitar
así una catástrofe probable a mis tropas y a Popayán". Yo
le contesté en términos medidos, pero con toda la energía que debía
mostrar en ese caso, que "yo solo era responsable de lo
que pudiera sobrevenir; que me hallaba resuelto a no abandonar el
puesto hasta el último caso; y que, en tal concepto, el señor
obispo debía regresar a su palacio y dar esta respuesta a
Córdoba". El obispo y su secretario partieron, en efecto,
persuadidos de mi resolución.
Serían las tres de la tarde cuando recibí el parte de mis
avanzadas, que el enemigo estaba a su vista, cerca de Calibío, y
que marchaba en masa. Su división se formaba de los batallones
Vargas y Carabobo, el escuadrón Granaderos Montados, y como 60
hombres de todas armas, de los que se habían escapado de Popayán
con el coronel Mosquera, haciendo todos el número de 1.500 hombres,
es decir, una fuerza una vez y media mayor que la mía, y, por
supuesto, aquella aguerrida y disciplinada, mientras que la mía no
poseía otro elemento que el entusiasmo. Sin embargo, escogí 14
hombres resueltos y bien montados, y ordené al comandante Juan G.
Sarria que a la cabeza de ellos cargase la descubierta enemiga,
compuesta de 40 hombres del escuadrón Granaderos. Sarria ejecutó
mis órdenes con el valor e impetuosidad de siempre y arrolló la
descubierta, lanceando al oficial que la mandaba y a algunos
soldados, y quitando a todos sus caballos. El general Córdoba
estuvo en riesgo de perder la vida, que la debió a la caída del
caballo de Sarria. Este llegó con su partida hasta un tiro de
pistola de las masas enemigas, que se detuvieron en el alto de
Cauca, sin atreverse el general a diseminar la fuerza, que era lo
que yo esperaba, con el ánimo de batirla en detall. Esta acción fue
tan aplaudida, aun por los enemigos, que muchas veces me dijo
después el general Córdoba que nunca había visto una carga más
brillante ni un hombre más intrépido y osado que Sarria.
El escuadrón del Patía y las otras partidas que debieron
reunírseme, no lo verificaron, y yo me hallé en el caso de
emprender la retirada en el mejor orden a la vista del enemigo,
llevándome los caballos, algunas armas y otros efectos que se le
habían tomado, sin haber perdido por parte mía ni una lanza
siquiera. A dos leguas del puente de Cauca y una de Popayán,
pernocté en la hacienda de Antomoreno. El enemigo no pasó de
Popayán. Al siguiente día me retiré una legua más atrás, y pasé la
noche en la hacienda de Los Robles. Al tercer día continué mi
movimiento retrógrado a una legua de distancia de Los Robles, e
hice alto en el pueblo de Timbío, esperando en vano el escuadrón
Patía, que no se había reunido siquiera, a pesar de mis reiteradas
órdenes.
Desde Antomoreno dirigí un parte al general Obando notificándole
mi retirada, y éste le llegó cuando se hallaba del otro lado del
Guáitara, en el sitio de Pastas, a la cabeza de 2.000 pastusos, en
persecución de una columna dictatorial que a las órdenes del
general Héres le amenazaba por aquella parte. El general Obando
tuvo que abandonar la persecución y retirarse a Pasto, cuando ya
casi pisaba la retaguardia a Héres.
Tres días más permanecí en Timbío sin ser molestado y al cuarto
se presentó el enemigo con toda su fuerza. Yo emprendí la retirada
a su vista, después de haber ordenado al comandante Sarria hacer
todo el daño posible a su retaguardia y flancos con una guerrilla
selecta que le dejé al efecto, contando con que yo procuraría
molestarlo en su frente, hasta ver si lograba el que destacase
alguna parte de su división; siempre con mi proyecto de atacarlo en
detall. El comandante Sarria nada hizo, y dispersó su partida sin
que hasta ahora se me haya dado una razón satisfactoria del motivo
que tuvo para semejante conducta. A cada instante esperaba yo oír
el fuego a mi espalda para obrar como me lo aconsejasen las
circunstancias, y en este supuesto hice varios altos, que dieron
tiempo al enemigo de aproximarse, siempre estrechadas sus filas, o
formado en masa en donde el terreno lo permitía. Por esa misma
consideración no destruí el puente del río Quilcacé, lo que habría
sido un obstáculo al enemigo y me hubiera dado tiempo de ganar
terreno desahogadamente. A las seis de la tarde coronaba yo la
altura de La Horqueta, y el enemigo la subía, sin tomar el menor
descanso, lo que me convenció que se había formado el designio de
no detener la marcha hasta darme alcance. En tal supuesto ordené
que se continuase la retirada, a pesar del deseo que manifestaban
nuestros jóvenes estudiantes y artesanos de combatir en aquella
posición.
Al comandante Jacinto Córdoba le ordené que con 14 hombres bien
armados y regularmente municionados hostilizase al enemigo al
llegar a la altura, lo que se verificó con tan buen suceso que como
la noche era sumamente oscura el general Córdoba creyó que yo lo
esperaba de firme y se detuvo antes de llegar a la cima,
proponiéndose atacarme al amanecer del día siguiente. Tuvo también
algunos heridos.
Durante mi retirada de esa noche, una tempestad horrible y un
llover a cántaros vinieron a poner a prueba el patriótico
sufrimiento de mis cívicos soldados. Es imposible describir las
angustias que experimenté esa noche con la consideración de lo que
ellos sufrían, y con la de la inutilización consiguiente de los
fusiles y municiones, que de nada me habrían servido si el enemigo
me hubiera dado alcance. Yo marchaba el último a la retaguardia, y
no llegué al sitio de Los Arboles hasta el romper del día
siguiente.
Cuando estaba persuadido de hallar en aquel punto toda la fuerza
reunida, pues al efecto había hecho marchar al capitán Salvador
Solarte con prevención de hacer alto allí, hasta recibir mis
órdenes, se agravó mi angustia al no encontrar sino muy pocos que
por cansados se habían detenido en Los Arboles, quienes me dieron
la noticia de que el capitán Solarte había tomado la dirección de
Almaguer con algunos individuos, y que otros seguían
discrecionalmente el camino del Patía. No me quedó, pues, otro
arbitrio que ordenar se continuase la marcha en el debido orden con
cosa de 300 hombres que se hallaban reunidos. Confieso que si me
hubiera sido dable, habría marchado por las huellas de Solarte, y
al alcanzarlo lo habría fusilado, por las fatales consecuencias que
se siguieron de su desobediencia, las cuales habrían sido todavía
más graves si el enemigo no hubiera contramarchado a Popayán desde
La Horqueta, circunstancia que llegó a mi noticia a eso de las diez
del día, en cuya hora me hallaba todavía en Los Arboles con un
oficial y dos asistentes, en observación y escribiendo varias
comunicaciones importantes que dirigí desde ese sitio. A pesar de
todo, no dejé en poder del enemigo ni una bayoneta, y pude salvar
hasta un poco de ganado que conducía para la subsistencia de la
columna.
Después de haber repetido mis órdenes e instrucciones a todos
los guerrilleros y dádolas al coronel Manuel María Córdoba, como
jefe de todas las guerrillas que debían obrar en sus respectivos
casos desde el río Mayo hasta Popayán, continué hasta el pueblo del
Bordo de Patía, en donde pasé la noche, y al día siguiente fui al
mismo Patía a dar descanso a mis 300 milicianos.
Pocos días después pasé a Mercaderes, en donde me mantuve algún
tiempo, hasta que una invitación del General Obando me determinó a
ir a Pasto, después de haber reiterado mis órdenes para cuanto
debiera hacerse en el territorio desde Popayán hasta el río Mayo.
cuando el enemigo marchase sobre el Juanambú.
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18.
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Este respetable eclesiástico se
ofreció voluntariamente al general Obando y a mí para ir cerca del
dictador Bolívar a desempeñar la comisión de la Junta de Popayán,
que contenía los puntos siguientes: 1°, hacerle presente nuestra
ventajosa posición después del combate de La Ladera; 2°, la
necesidad que había de que Bolívar suspendiera sus hostilidades; y
3°, la conveniencia consiguiente de convocar una Convención ante la
cual debía el dictador abdicar el mando. El doctor Mosquera dos
protestó a la vez una y muchas veces la sinceridad de sus
intenciones y la fidelidad con que iba a cumplir su importante
misión, pero hasta hoy ignoramos lo que obró en el particular, pues
ni entonces ni posteriormente nos ha hecho la más pequeña
indicación. Su conducta, por lo mismo, ha dado lugar a comentarios
poco favorables al comisionado.
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