INDICE

 

CAPITULO XXII

 

Sabidas son todas las arterías de que se valieron los dictatoriales para desacreditar a los representantes leales en la Gran Convención, y para obligar a los pueblos que hasta entonces se habían mantenido fieles, a proclamar la autoridad absoluta de Bolívar, como único capaz de salvar de la borrasca política la nave del Estado. Entre estos pueblos se había distinguido Popayán, mas no habiendo podido resistir a la influencia de la autoridad, se le había arrancado por el prefecto, coronel Mosquera, un pronunciamiento en ese sentido, aunque no tan explícito ni escandaloso como había sido el de Bogotá, que se pretendió sirviese de tipo. Mi patriotismo y el solemne comprometimiento que había contraído de combatir la dictadura me aconsejaron, más que mi amor propio, disuadir a los incautos, y presentar, de palabra y por medio de cartas, un bosquejo de la historia verdadera de la Gran Convención, para demostrar que los serviles calumniaban a los honrados representantes y que los peligros que corría la nave del Estado eran creados fantásticamente por aquellos para presentarlos como pretextos de sus antiguos planes y hacer enseñorear sobre Colombia y otras repúblicas de la América española el poder dictatorial, tan anhelado por Bolívar. Como pruebas de mi aserción añadía: "Se nos ha asediado en Ocaña de todas maneras, y en los proyectos de los dictatoriales llegó a entrar el de rendir hasta por hambre a los 54 diputados fíeles, pues no se les daban sus dietas, mientras que a los 17 prevaricadores se les pagaban superabundantemente sus servicios. No se quiso mandar a Ocaña una imprenta que había pedido la Convención para publicar sus debates, y se encarceló y persiguió cruelmente a un generoso colombiano que había ofrecido desde Cartagena ir con su imprenta a servir gratuitamente a la patria en el lugar de la Convención. No convenía a los intereses de Bolívar que se hiciesen públicos los francos procedimientos de la mayoría, y, por lo mismo, prohibió se les diese lugar en la Gaceta ministerial que se publicaba en Bogotá; único recurso que se nos había reservado. La prensa era monopolizada por el partido Boliviano y a los 54 no nos era lícito publicar el más inocente folleto en nuestra defensa, al paso que se nos zahería, se nos insultaba y se nos desacreditaba por nuestros enemigos políticos.

"A pretexto de comisiones o mensajes, el general Bolívar había mandado a Ocaña la mayor parte de sus edecanes seguidos de otros oficiales y de muchos soldados, no obstante que estaba prohibido el mandar fuerza armada al lugar de la Convención. Agregados a éstos los jefes y oficiales comisionados por las diferentes secciones del ejército para conducir las intimaciones que con la voz de memoriales se dirigían a la Gran Convención, y los asistentes armados de esos mismos comisionados, formaban todos una fuerza armada respetable.

"Al mismo tiempo se reunían tropas en Mompós y en otros puntos inmediatos, como para disolver por la fuerza la Convención si no se hubiera escogitado otro arbitrio indigno, cual fue la deserción cautelosa de los 17 bolivianos, con el inicuo designio de no dejarnos el quorum requerido por el reglamento anterior para continuar trabajos.

"Si la Convención, en uso de sus atribuciones, rehusa la calificación del doctor Miguel Peña, diputado por Venezuela, porque le faltaban las cualidades necesarias, el general Bolívar requiere duramente al cuerpo soberano porque se ha negado al doctor Peña el puesto que pretendía.

'Si algunas de las actas o pronunciamientos en favor de Bolívar no están enteramente acordes con sus miras, o contienen algunas condiciones o cláusulas que restringen su poder omnipotente, se borran estos períodos y se mancha el pliego suponiendo que se ha mojado en el tránsito; pero por la habilidad de uno de nuestros honrados representantes, el doctor Manuel María Quijano, que emplea para el efecto los reactivos eficaces, logramos descubrir el astuto procedimiento de los anticonstitucionales.

"Si el general Bolívar pide que se le deje ir a Ocaña, y la Convención niega esa solicitud, cumpliendo con el decreto convocatorio que prohibe la presencia del presidente de la república en el lugar de las sesiones de ese cuerpo, se atribuye a un desprecio o desaire al poder ejecutivo, y se redoblan los esfuerzos para disolver la Convención.

"Si las dos terceras partes de los representantes admitimos a la discusión un proyecto de Constitución que, a nuestro modo de ver, conciliaba todas las dificultades, y sin enervar el poder del gobierno detallaba los únicos casos en que el presidente de la república podía usar las facultades extraordinarias, especificando estas mismas facultades, se declama amargamente contra la Convención, y se trata a sus miembros de visionarios, demagogos, ideologistas, enemigos acérrimos del Libertador. . .

"Si esa respetable mayoría sanciona una parte del proyecto de Constitución y hace perder, por la mismo hecho, las esperanzas de la pequeña minoría, ya no queda a ésta otro recursos que el de la deserción, y vergonzosamente abandona su puesto y se retira a un pueblo a fulminar desde allí protestas y amenazas, creyendo que con esta aviesa conducta podía sacar algún partido de los 54, y sancionar la vergüenza y la esclavitud de la república".

Otras muchas razones di para justificar a los 54, y concluía haciendo las siguientes reflexiones: " ¿Por qué motivo no se sigue observando la Constitución de Cúcuta, puesto que ella no ha sido reformada? ¿No hemos prometido obedecerla y hacerla obedecer mientras una gran Convención no la derogue o modifique? ¿Pues por qué causa nos perjuramos con tanta facilidad, y, no contentos con esto, nos entregamos en brazos de un dictador? ¿Por qué despedazamos el pacto de nuestra alianza, y nos despojamos de los derechos que hemos conquistado? ¿Dónde se encuentra en ese santo código el precepto de poner nuestra suerte en las manos de un hombre que no reconoce límites en su poder? Y, aun cuando así se prescribiese, ¿en dónde están los enemigos externos de la república, en dónde los enemigos internos que la combaten?"

Un acontecimiento bien notable vino luego en apoyo de mis reflexiones. Se abrió en ese tiempo el nuevo año universitario, y el discurso de inauguración fue pronunciado por el catedrático de literatura, señor Rafael Arboleda. En este discurso histórico, después de haber hecho una reseña sobre las vicisitudes de la Grecia en tiempo de sus diferentes gobiernos, y sus desgracias y decrecencia bajo el sistema democrático, se expresó el orador en estos o semejantes términos: "El poder y el brillo de la Grecia se establecieron luego que Demetrio Falerio se presentó investido con tas insignias del poder..." Yo, que había sido invitado al acto, inmediatamente salí del local, y decía a los que me preguntaban la causa: "¿No advierten ustedes el parangón que se ha querido hacer entre Colombia y la antigua Grecia, entre el déspota Falerio y Bolívar dictador, con las pretensiones de investir las insignias reales, porque sólo así pueden conjurarse los males que afligen a Colombia? ¿Consideran ustedes que esta alusión pudiera ser más clara y elocuente? ¿E ignoran ustedes que el orador es uno de los partidarios más consagrados a Bolívar? Y después de esto, yo, republicano puro, ¿pudiera oír con sangre fría el resto de esa producción tan insidiosa como contraria a mis principios y a los verdaderos intereses del pueblo? No, señores, yo no he nacido sino para republicano, no he servido a la patria sólo para conquistar la independencia sino también la libertad. Nunca he consentido en que después de sacudir el yugo de España cambiásemos de señor. Y últimamente, en mis peculiares circunstancias, haber permanecido quieto en mi puesto cuando se encomiaba el gobierno monárquico, habría valido tanto como autorizar semejantes ideas, tan contrarias a mi modo de pensar y a mi conciencia. Recomiendo a ustedes la memoria de este pasaje; pesen ustedes el valor de esas palabras, y dispónganse a ser gobernados con vara de hierro si es que no tienen valor y dignidad para reconquistar sus derechos, combatiendo la dictadura que se ha creado para preparar el trono en donde debe sentarse el nuevo Demetrio Falerio... Por mi parte, después de haber probado con numerosos hechos que no me plegaré jamás a un sistema despótico, estoy resuelto a ser consecuente a mis principios mientras respire, y confío en que no me faltarán compañeros patriotas y generosos para arrancar la palma al dictador o vender caramente nuestras vidas. .." Verdad es que con esta conducta probaba yo mi intolerancia hasta cierto punto, pero también lo es que ella era necesaria para mi propósito en esas circunstancias.

En justicia debo decir que la mayor parte de los hijos de Popayán y todos mis amigos y corresponsales de fuera se manifestaron convencidos por mis reflexiones y por la relación que les hice de la historia de la Convención, de que se trataba de quitar enteramente la libertad al pueblo y fundar sobre sus ruinas un gobierno tiránico. Casi todos, manifestando entera confianza en mí, me prometieron ayudar con todas sus fuerzas y destruir la ominosa dictadura, y cuando llegó el caso, o les fue posible, cumplieron su palabra patrióticamente muchos de los comprometidos y patentizaron con hechos que había moralidad en sus corazones.

Para obrar con más seguridad había yo establecido una línea de corresponsales de toda confianza desde Bogotá hasta Popayán, y en el seno mismo de las oficinas del alto gobierno y de la prefectura y comandancia general del Cauca había personas que me daban cuenta de lo que pasaba, con cuyas noticias podía yo formarme un juicio de lo que había que temer o que esperar, satisfecho de ser informado con antelación si se trataba de prenderme, como era presumible. Y para mayor seguridad de mi persona me retiré con mi mujer el pueblo de Guambia, distante seis horas de Popayán. Desde allí trabajaba con más desembarazo llenando mi misión de apóstol de la libertad. De continuo me veía con el coronel José María Obando, con quien obraba de acuerdo para prepararnos y preparar al pueblo a despedazar las cadenas, llegado el caso. Ninguno más calculado para este efecto que el coronel Obando (hoy general), ya por sus talentos, ya por su republicanismo, ya por su valor, y ya por el influjo que tenía en Popayán, Pasto y pueblos del Patía, pues estos últimos debían ser, como en efecto fueron, la base de nuestro movimiento.

A principios de octubre del mismo año de 1828 se recibió en Popayán la noticia de la conjuración del 25 de septiembre anterior, sucedida en Bogotá, y aunque sus resultados fueron funestos a los republicanos, se había dado principio con este hecho extraordinario a la obra de la restauración de la libertad, y, por consiguiente, nos pareció oportuno empezar nuestro movimiento, tanto más necesario cuanto nos era indispensable bajo los puntos de vista siguientes: 1°, imponer freno a la furia del dictador y salvar del suplicio a algunas personas comprometidas en el asunto del 25 de septiembre; 2°, hacer para el efecto algunos rehenes del partido boliviano; 39, defendernos de la persecución que necesariamente se nos suscitara; 4° , aprovechar el momento del fervor, y 5°, animar a los otros pueblos con nuestro ejemplo. El general Obando se hallaba en su hacienda de Las Piedras, a tres horas distante de Popayán. Yo debía irme donde él sin perder tiempo, mas no podía hacerlo en el mismo día porque era preciso antes escribir a todos nuestros corresponsales, dándoles el anuncio de nuestra resolución, en lo que pasé toda la noche después de haber tomado las precauciones convenientes.

Al día siguiente (10 de octubre) me dirigí a la tesorería, manifesté al tesorero, que era el doctor José Cornelio Valencia, persona de mi confianza por sus opiniones liberales, la ejecución de nuestros planes, y en consecuencia le pedí alguna suma de las cantidades considerables que se me debían, para los primeros gastos que hubieran de hacerse. No habiendo dinero en la tesorería se me dio un pagaré por sólo cien pesos, los que conseguí inmediatamente del excelente patriota señor Miguel Otero (hoy teniente coronel). Al regresar a mi casa, en donde había dejado mi caballo ensillado, noté que el comandante general interino, coronel Luque, que estaba con un oficial y el teniente coronel Siracosqui, me señaló involuntariamente, y luego se dirigió hacia mí este último jefe, acompañado del oficial. Sospechando yo que se le habrían dado órdenes de prenderme hice la demostración de prepararme a la resistencia, haciendo creer que llevaba un arma bajo la capa con que iba embozado, y sin turbarme continué mi marcha. Siracosqui, luego que observó mis movimientos, se sesgó un poco y me saludó al pasar, sin duda porque tuvo recelo de intimarme la orden de prisión, y para ejecutarla se dirigió a su cuartel a tomar una escolta. Apenas llegué a mi casa monté a caballo armado de mi espada, un par de pistolas y una carabina, y salí acompañado de dos jóvenes y una partida de perros, como en tren de cacería, con el objeto de que no se me persiguiese, en la suposición de que debía regresar a la ciudad. Esa noche llegué a la hacienda del coronel Obando.

También fueron en la misma noche el teniente coronel Manuel María Córdoba y el teniente Juan Gregorio Sarria, ambos buenos guerrilleros, y después de recibir órdenes sobre lo que debían ejecutar, partieron a sus destinos.

Inmediato a la hacienda, pero en un lugar seguro, formamos el centro de nuestras primeras operaciones, no estando reunidas sino las siguientes personas: el coronel Obando, el capitán B. María Beltrán (hoy coronel graduado), yo, un asistente mío, y cinco esclavos del coronel Obando. Poco después se nos incorporó el capitán José Antonio Quijano (hoy teniente coronel). No contábamos con más armas que las de nuestro uso, y algunas lanzas y escopetas viejas del coronel Obando.

Es falso lo que se ha dicho de que el expresado Obando, aprovechando las circunstancias de haber estado poco tiempo antes de comandante general interino del Cauca, había extraído del parque armas y municiones. Estas últimas fueron fabricadas por nuestras propias manos, habiendo comprado en Popayán algunas arrobas de pólvora y plomo, mientras permanecimos en Las Piedras, y aún después.

Desde esta hacienda íbamos por la noche a las inmediaciones de Popayán a informarnos del estado de cosas y transmitir algunas disposiciones por conducto del buen patriota y amigo nuestro señor Antonio Fernández, que salía a verse con nosotros acompañado de sus hijos, y una vez, del señor Miguel Otero y del teniente Antonio Escalona, oficial liberal. En esta noche intentamos asaltar el cuartel del escuadrón de húsares, constante de cerca de 200 hombres, con sólo 11 que éramos nosotros, pero desistimos porque en tan pequeño número arriesgábamos la operación y no podíamos tomar a los jefes y oficiales de la guarnición que vivían en pabellones separados. Nos citamos, pues, para volver dos o tres noches después con 30 ó 40 hombres que contábamos tener a nuestras órdenes para entonces, pero nunca pudimos verificar esta operación porque el teniente Escalona, que era sospechoso entre los bolivianos, fue obligado a salir de Popayán.

Inmediatamente que el prefecto y comandante del Cauca, coronel Mosquera, tuvo noticia de nuestras medidas, nos dirigió una comisión compuesta en la mayor parte de amigos nuestros, con el objeto de persuadimos a desistir de nuestro intento y sometemos a la autoridad dictatorial. Por supuesto que, decididos como nos hallábamos a no transigir mientras no se restableciese en su vigor la Constitución de Cúcuta, opusimos la resistencia que era de esperarse, y la comisión regresó persuadida de que era inútil toda tentativa.

Pero es digno de notarse el carácter y firmeza que en esta ocasión desplegó la señora Dolores Espinosa, esposa, del general Obando. En presencia de la comisión decía a su esposo, en sustancia, lo siguiente: "Con los tiranos no puede haber pactos; es necesario que tú mueras antes que entrar en tratados con los dictatoriales, porque, a más de que tu primer deber es salvar a la patria restituyéndole su libertad perdida, ellos no te guardarían su palabra y tú serías al fin una víctima de su astucia y engaño. No me mires, mi mires a tus hijos. Si tú mueres en la lucha, yo procuraré su subsistencia y educación, aun pidiendo limosna si llegase el caso. Me sujetaré también a vivir dentro de un monasterio si no tuviese otro arbitrio para alimentarme o preservarme de los insultos de los enemigos de esta patria. Indigno te consideraría de ser mi esposo si notase en ti el más pequeño rasgo de debilidad. Te amo con pasión y eres el único apoyo mío y de nuestros hijos, pero la noticia de tu muerte, peleando contra la tiranía, me sería más soportable que la de verte figurando entre los bolivianos. Desecha, hijo mío, todas sus proposiciones con la firmeza que lo has hecho hasta ahora, y abandona de una vez tu casa y tu familia sin volverte a acordar de ellas sino después que hayas completado la obra gloriosa de que te ocupas. ¡Por Dios, que no sepa yo nunca que el amor de tu esposa e hijos ha llegado a influir en tu corazón, para transigir con los déspotas! No lo temo, porque te conozco, pero no cuentes más conmigo si esta consideración te hiciese ceder de tu propósito: esto valdría tanto como si me hubieras perdido para siempre. Sepárate pronto de este lugar, despide a los comisionados y anda a trabajar en la grande empresa comenzada; no te detengas un momento. Mira que el tiempo es urgente y que no debes despreciar ni un solo instante".

Este discurso, pronunciado con toda la energía de un alma noble e instruida, me tocó de tal suerte que no pude contener las lágrimas, producto de las emociones que me infundió el amor a la patria y el heroico desprendimiento de esta interesante matrona. Mi amigo y compañero Obando participó de esta sensación, y todavía repite que si su resolución no hubiera estado hecha decididamente, el discurso patriótico de su esposa y mi patética actitud lo habrían determinado desde ese momento, no sólo a morir por la libertad sino también a precipitarse en una hoguera con su mujer e hijos, antes que renunciar a tan precioso bien.

Como al décimo día nos reunimos cerca del pueblo de Timbío con los primeros 40 hombres del escuadrón Milicias del Patía, que habían podido reunir sus jefes Juan Gregorio López y Manuel Delgado. El teniente coronel Manuel María Córdoba se nos había incorporado ya con cosa de 30 hombres de La Sierra, y el coronel Sarria lo verificó con algunos pocos de la parroquia de Timbío, de suerte que ya contábamos como 100 hombres. La partida del Patía nos condujo, además, 300 vestuarios de infantería, que, estando en marcha para Pasto, habían tomado de nuestra orden haciendo prisionera la pequeña escolta que los conducía, mandada por un oficial Vega, hijo de Cartagena, que espontáneamente pidió servicio en nuestras filas y justificó su conducta en lo venidero.

Otra comisión más numerosa que la primera se presentó en Timbío con la insistencia del coronel Mosquera a que depusiésemos las armas, ofreciéndonos todas las garantías que deseásemos, pero corrió la misma suerte que la primera, habiendo llevado por respuesta que no entraríamos en ninguna especie de avenimiento mientras no se restableciese el imperio de la Constitución de Cúcuta y se dejase de perseguir y maltratar a los liberales. Algunos de los sujetos de la comisión quisieron quedarse voluntariamente entre nosotros y correr nuestra suerte, siendo uno de ellos mi primo Pedro José Velasco Valdés.

En la misma noche nos dirigimos sobre Popayán con nuestros 100 hombres y nos presentamos en el Ejido, provocando un combate de parte de la guarnición. Luego que, al amanecer del día siguiente, fuimos observados, salió el teniente coronel Siracosqui con su escuadrón, que mantuvo siempre formado a una prudente distancia sin atreverse a atacarnos. Durante este tiempo yo avancé acompañado sólo de tres oficiales y un soldado, y habiendo hecho otro tanto Siracosqui con un número igual de hombres, traté de empeñarlo a entrar en combate y decidir de una vez nuestra suerte. El me saludó con cortesía y me preguntó estando a veinte pasos de distancia, contra quién iba yo a pelear y con qué designio. Yo le contesté: "contra el dictador Bolívar y sus secuaces, y con el designio de restablecer la libertad del pueblo oprimido por un tirano". Siracosqui me dijo: "V. S. se equivoca. Bolívar no es un tirano ni el pueblo está oprimido". "Dejémonos de cuestiones, le repliqué, aquí no se debe tratar sino de | combatir y no de disputar con la palabra". "Dispuesto estoy a la pelea, y sólo espero órdenes para empezarla", me contestó Siracosqui, añadiendo: "V. S., mi I coronel, se ha comprometido con gentes que le abandonarán en el peligro. Yo sé lo que es la guerra de partidas, y la he hecho en Cataluña: estoy cierto de vencer esa montonera con que V. S. se ha presentado". Lanzando entonces una interjección, que por decencia omito, le dije: "ya he manifestado a usted que este no es campo de discusiones sino del honor. Reto a usted, por tanto a batirse conmigo con armas iguales, si quiere usted dar pruebas de su valor". "Acepto, me dijo Siracosqui, y dejo a la elección de V. S. el arma, pero necesito licencia del comandante general", y luego ordenó al ayudante del escuadrón que fuese a pedir la licencia para el duelo. El comandante general negó el permiso que se le pedía y previno a Siracosqui que se retirase a su cuartel con el cuerpo de su mando, después de lo cual nosotros también resolvimos retirarnos a la hacienda de Antomoreno, distante una legua de Popayán, persuadidos de que nuestros enemigos evitaban el combate en campo raso y sólo trataban de defenderse entre sus cuarteles.

Al paso que ellos aumentaban y disciplinaban sus tropas, nosotros también hacíamos otro tanto por nuestra parte, aunque paulatinamente y en menor escala, porque los pueblos desconfiaban de nuestro buen éxito en razón de lo temerario de la empresa. No obstante, reunimos a nuestros 100 hombres como 150 más en 10 días que permanecimos en Antomoreno, y nos retiramos a la hacienda de Los Robles a continuar allí nuestras ímprobas e incesantes tareas. Tres días después creímos conveniente pasar a Timbío, tres horas distante de Popayán, y allí permanecimos hasta el 9 de noviembre, en que resolvimos marchar sobre esa ciudad a provocar de nuevo un combate, pues las circunstancias así lo exigían imperiosamente por los motivos que voy a expresar: primero, los pueblos del Valle del Cauca, con quienes contábamos con alguna probabilidad, no sólo no hacían el más pequeño deber sino que, por el contrario, auxiliaban al enemigo con sus milicias; segundo, supimos de una manera positiva que de Bogotá se habían ya movido tropas en refuerzo de la guarnición de Popayán, y, al llegar éstas, ya no era prudente aventurar un lance decisivo por la desigualdad de nuestras fuerzas, en cuyo caso no nos quedaba otro recurso que el de hacer la guerra de partidas en la referida provincia de Popayán, sin llegar a un resultado que diese confianza a los pueblos y nos proporcionase los recursos de guerra de que tanto necesitábamos para nuestras ulteriores operaciones; tercero, si se reformaba la guarnición de Pasto por el general Flores, que mandaba en el sur, ya nos era difícil la próxima y necesaria ocupación de esa importante provincia que considerábamos como la posición más estratégica para nuestras maniobras, y, en el último caso, como la ciudadela en donde debieran replegar nuestras huestes a imponer respeto al dictador; cuarto, aun no habíamos hecho los rehenes que nos habíamos propuesto, y sabíamos que en Bogotá habían sido conducidos al cadalso muchos de nuestros compatriotas, y se esperaba igual suerte a otros si nuestros triunfos no les separaban el cuchillo de sus gargantas; y quinto, en fin, considerábamos muy difícil aumentar en su tiempo el número de nuestros guerreros, que ya se acercaba a 300 hombres, que pudiera desmayar con la inacción y hacer más desesperada nuestra causa.

La noche del 9 de noviembre la pasamos en la hacienda de Los Robles. El 10 nos presentamos en el Ejido de Popayán a marcha batiente y banderas desplegadas, esperando que nuestro adversario saliese al combate contando con sus fuerzas dos veces mayores, y con el valor de algunos excelentes jefes y oficiales que tenía en sus filas, pero en vano quisimos estimular su orgullo. No salió al campo sino el comandante Siracosqui con una partida de su cuerpo que dejó entre la ciudad. Nuestro bravo teniente Sarria desafió a ese jefe a un combate singular, que fue aceptado y verificado, habiéndose batido con las lanzas los dos fieros atletas, hasta que dos húsares de la confianza de Siracosqui, viendo a su jefe empeñado, vinieron en su auxilio, con cuyo motivo mi asistente, A. Toledo, excelente soldado de caballería, se acercó, por mi orden en apoyo de Sarria, a quien los húsares habían disparado sus carabinas a quemarropa, sin ofenderle. Llegado Toledo al circo de esta lucida liza, Siracosqui huyó, heridor por Sarria, y uno de sus húsares, que también huyeron, fue lanceado y muerto por mi asistente. Siracosqui no murió en ese día porque su buen caballo, descansado como estaba, tomó en la fuga una distancia que no pudo Sarria vencer porque su caballo estaba bastante fatigado con la marcha del día y con los caracoleos que había hecho en el Ejido para atraer a su antagonista a un campo igual.

Desesperados de que el enemigo hiciese la salida que esperábamos, resolvimos mostrarle nuestra inferior fuerza, y a este efecto desfilamos por el Ejido hacia La Ladera, de modo que nos pudiera contar uno a uno, mas nada conseguimos. Al cerrar la noche nos avisaron nuestras avanzadas que el enemigo salía a buscarnos, y en el acto nos pusimos en marcha a su encuentro, pero al llegar a la entrada de la ciudad, hasta donde positivamente se había hecho la salida anunciada, ya aquel había contramarchado a sus cuarteles.

El 11 al amanecer descubrimos al enemigo que salía de la plaza, y sus movimientos nos persuadieron que al fin se nos presentaba combate tan deseado por nuestra parte. Después de un pequeño alto, una columna enemiga, como de 100 hombres de infantería y caballería, marchó por nuestro flanco derecho a distancia de medio cuarto de legua. Otra fuerza igual, que le seguía por la misma dirección, desplegó en guerrilla por nuestro mismo flanco; el resto de la división marchó sobre su derecha a colocarse a nuestro frente, desplegando algunos tiradores de caballería. Por nuestra parte se desplegaron igualmente tiradores de la misma arma, y el teniente Sarria, que quiso ese día pelear pie a tierra, se colocó con una partida de infantería en oposición de la guerrilla de la misma arma que nos atacaba por nuestro flanco derecho. El coronel Obando avanzó a observar más de cerca los movimientos del enemigo, y ordenar oportunamente la retirada de nuestras partidas hasta replegar al alto de La Ladera, sosteniéndose por escalones alternativamente. Roto y animado el fuego por todas partes, se verificó el repliegue del modo más ordenado, disputando el terreno al enemigo cuanto era posible, hasta atraerlo diseminado cerca de la altura. Allí se había formado en batalla el escuadrón del Patía, en donde no pudiera ser ofendido por las balas de la infantería enemiga, mientras que la nuestra, a medida que coronaba la altura, se iba extendiendo en la misma orilla del mamelón superior, y desde allí dirigía sus fuegos muy lentamente, porque nuestras municiones eran tan escasas que no habíamos podido dar sino diez y seis cartuchos a nuestros mejores infantes, y diez a los otros. El enemigo cargó impetuosamente tocando a degüello hasta tiro de pistola, y algunos soldados y oficiales se acercaron hasta veinte pasos de nuestra infantería. Cuando el comandante Siracosqui, que con su escuadrón llevaba la cabeza de la carga por nuestro frente, observó que aún se le oponía resistencia, ordenó el alto, y otro tanto hizo la infantería que nos atacaba por nuestra derecha. Ambas columnas enemigas, y aun la reserva, que era mandada personalmente por el comandante general coronel Mosquera, se habían desordenado bastante en su marcha de frente, acontando con que nuestro premeditado repliegue a la altura era ya nuestra derrota, y también por causa de los inconvenientes topográficos que presentaba el riachuelo del Ejido y los cercos de un corral. Este era, pues, el momento en que nuestra bizarra caballería debía hacer una carga brusca que decidiese la batalla en nuestro favor antes que el enemigo se ordenase y continuase su ataque en regla. La carga se verificó por nuestra parte con el mejor suceso, habiéndola dirigido el coronel Obando. En un momento fue lanceada por la primera mitad del escuadrón Patía, compuesta de 26 soldados, la primera mitad del escuadrón de Siracosqui, dejando muertos en el campo sesenta y tantos de sus mejores soldados. Los otros, estrechados por cercos del corral y una huerta que tenían a su flanco derecho y retaguardia, se desordenaron y rindieron. La infantería enemiga quedó cortada por la continuación de la carga de nuestro escuadrón, la cual apoyé yo con el resto de nuestras fuerzas, conduciéndolas en columna, porque recelaba que la primera sección del enemigo, que no había entrado en combate, debiera hacer su deber cargándonos por nuestro flanco derecho; pero después veremos que mis cálculos, fundados en el criterio de la estrategia, fueron frustrados por causa de un movimiento fuera de toda combinación, que había hecho la columna.

En el furor de la carga, algunos de nuestros oficiales y soldados de caballería fueron hasta cerca del cuartel del enemigo, que estaba en el fuerte convento de Santo Domingo, y fue necesario darles Órdenes severas y reiteradas para hacerlos retirar hasta la entrada llana del Ejido. Replegados allí, nos dirigimos a nuestro campo de La Ladera con el objeto de almorzar, dar descanso a los caballos y preparar los instrumentos necesarios para asaltar el cuartel. La acción duro cerca de dos horas desde las primeras escaramuzas hasta nuestro alto en la entrada del Ejido. Más abajo diré el resultado de toda la jornada.

Luego que llegamos a nuestro campo, se mandó quitar las bridas y sillas a los caballos para que pastasen, y después de esa operación nos ocupábamos de nuestro almuerzo, cuando de repente observamos por el camino real, llegando al Ejido, la columna de que he hablado arriba, y que creíamos se había dispersado en los bosques, o tomado una de tantas veredas del lado de Santa Bárbara para entrar en Popayán sin comprometerse. Yo, que tenía mi caballo ensillado, monté volando, seguido a distancia por dos oficiales y un soldado que casualmente tenían también sus caballos listos, y me adelanté a todo escape hasta medio tiro de fusil de la referida columna, que ya había pasado el puente del Ejido, o sea Calicanto. A esta distancia intimé rendición al coronel Murgueitio, que mandaba esa tropa, ofreciéndole garantías, y manifestándole que después de la derrota completa que habíamos dado al coronel Mosquera, era inútil toda resistencia. Murgueitio mandó hacer alto, dar frente, y preguntó "quién hablaba". Yo le contesté, dándole mi nombre, que le era bien conocido. Entonces me mandó hacer una descarga cerrada, en que tuve la fortuna de no ser herido. De este centenar de balas no surtió efecto sino una, que mató al caballo del soldado que me siguió más de cerca. Ofendido yo con semejante procedimiento, sin abandonar mi puesto prorrumpí en injurias contra el aleve que así me trataba; pero éste mandó continuar el fuego a discreción, e hizo replegar una guerrilla de diez infantes y un oficial hacia mi derecha para cruzar sus fuegos, de los cuales fui también preservado por la Providencia, pues se me hicieron casi a quemarropa. Entre tanto volaban en mi socorro los soldados de caballería, según iban ensillando sus caballos, y el mismo coronel Obando marchaba al trote con parte de la columna; pero cuando se acercaban los diez primeros hombres de caballería, Murgueitio siguió su retirada precipitadamente, dejando, por el mismo hecho, en nuestro poder, la guerrilla que había destacado. Yo le perseguí de cerca hasta entre las calles de la ciudad. El coronel Mosquera se había movido del cuartel con alguna tropa para proteger la retirada de Murgueitio, y en tal evento uno de nuestros soldados, el valeroso Santiago David, encontrándose entre la columna de Murgueitio y la de Mosquera e intimado de rendirse, se resistió, defendiéndose con sólo su lanza, hasta que tuvo que ceder al número y fue hecho prisionero. Regresamos luego a nuestro campo, habiendo tomado algunas armas y municiones, y la guerrilla de que he hablado, dejando muerto al oficial que la mandaba.

De suerte que el triunfo fue completo. Sólo se salvó el comandante general con parte de la reserva, y algunos oficiales que estaban bien montados, y no se hallaron en el punto de la carga. Como 60 muertos dejó el enemigo en el campo, y entre éstos los tenientes coroneles Siracosqui y Sedeño, y otros buenos oficiales, dignos de haber combatido por una mejor causa. Más de 400 prisioneros quedaron en nuestro poder, entre los cuales figuraban el coronel de ejército Luque y el de milicias Vicente Arboleda. Nosotros no tuvimos sino 8 heridos, entre ellos los tenientes Sarria y Pedro José Velasco Valdés, y 3 individuos de tropa muertos.

En la tarde de ese día se hizo el canje de Santiago David y de otro prisionero que se nos había hecho en los días pasados.


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