CAPITULO XXI
En aquella Asamblea, más honrosa que feliz por sus próximos
resultados, sostuve el carácter que me ha distinguido toda mi vida.
Sabido es cómo el presidente Bolívar, obcecado en sus temerarias
ideas de erigirse en dictador para ceñirse después una miserable
diadema, trató de ganar la mayoría de diputados usando de todos los
medios que tenía en su poder, halagando a unos con esperanzas y
tratando de amedrentar a otros por el temor, pero también es sabido
que no cedió a su maléfica influencia sino una mínima parte de los
miembros de la Convención. La historia continuará haciendo la
justicia debida a los 54 que nos sostuvimos con tanta dignidad,
correspondiendo así a la confianza de los pueblos nuestros
comitentes. A mí no me toca sino referir aquellos sucesos que dicen
relación con mi vida pública.
Entre los arbitrios reprobados de que se valió el presidente
Bolívar para hacer que prevaleciesen sus opiniones, manifestadas
por medio de todos sus prosélitos en aquel cuerpo, el peor de todos
fue el de los pronunciamientos o actas militares que se hicieron
venir a la Convención, en cuyos documentos se protestaba no
obedecer sino aquello que estuviese de acuerdo con las indicaciones
que hiciese el general Bolívar, a quien únicamente reconocerían y
obedecerían como a supremo magistrado de la nación. Pocos fueron
los oficiales del ejército que tuvieron la firmeza de no estampar
sus firmas en aquellos instrumentos patricidas. Estos eran
conducidos al seno de la Convención por heraldos instruidos para
hacer protestas reiteradas si no se cumplía su voluntad. Uno de
ellos fue, por el Ejército del Sur, el coronel León Febres Cordero,
que habiendo querido hacer el papel de un ministro diplomático,
tuvo la insolencia de requerir a la Convención de una manera
inurbana, para que se le contestase el oficio con que había
acompañado el acta con la cual se aseguraba que todo el ejército
sostendría las protestas en ella contenidas. Yo no pude contener el
ímpetu de furor que me causó tal procedimiento, y en fuerza de mi
patriotismo como colombiano republicano y de mi amor propio como
miembro de ese ejército, a cuyo nombre se pretendía dictar la ley
al cuerpo soberano, traté de vindicar la pequeña parte de ese mismo
ejército que con tanta dignidad había resistido a las sugestiones
de los magistrados, ya que no me era posible lavar la mancha que
había caído sobre el resto de mis compañeros de armas, y a este
efecto pronuncié el siguiente discurso:
"El mayor oprobio, la vejación más insolente que
pudieran irrogarse a esta augusta asamblea es el verse requerida y
aun amenazada por un pretoriano cuyas manos veo todavía teñidas con
la sangre de tantos ilustres mártires de la independencia,
asesinados fieramente bajo la dominación de los mandatarios del rey
de España, de quienes el coronel Cordero ha sido hasta casi los
últimos momentos de nuestra lucha un sectario fervoroso y uno de
los agentes más crueles de los sanguinarios Sámano y Morillo, no
obstante su condición de haber nacido en el mismo suelo de
Colombia.
"Pero todavía crece mi admiración al oír asegurar que
todo el glorioso ejército de esta república está vendido al poder
del primer magistrado, o, lo que es lo mismo, resuelto a no
obedecer otro mandato que el del general Bolívar, a quien se invoca
como a una divinidad, con desacato de la Gran Convención, y con
propósitos de no respetar sus deliberaciones sino en tanto que
hayan recibido la inspiración de su oráculo. No hay una duda de que
la corrupción, la desmoralización y la indisciplina han llegado a
tales términos en muchos de aquellos oficiales que han tenido la
debilidad de firmar esas actas de deshonra, que es posible ejecuten
cuanto prometen, sin escrúpulo de desgarrar esta patria tan digna
de mejor suerte. Mas, permítaseme ser el eco de muchos de mis
deshonrados camaradas para protestar igualmente que están decididos
a sufrir e! martirio político antes eme ser apóstatas de sus
principios o traidores a sus deberes. Sí, yo lo prometo por lo más
sagrado: ellos y yo haremos cuanto dependa de nosotros para que se
obedezcan y respeten las sanciones soberanas de esta corporación y
para combatir el gobierno militar o la dictadura disfrazada con
otro manto con que se pretende subrogar a un gobierno basado- sobre
los fundamentos de una Constitución liberal, esperada con ansia por
nuestros comitentes. Sí, lo repito: con denuedo expondremos
nuestros pechos a las espadas liberticidas que intentan esgrimirse
sobre los que permanecemos fieles y consecuentes a nuestras
públicas obligaciones; excitaremos al pueblo, a quien se oprime, y
tendremos la valentía necesaria para hacer ver a nuestros
pretendidos señores que no es fácil oprimir y envilecer este
pueblo, después que ha comprado tan caramente su libertad. Les
haremos palpar la imposibilidad de dominarnos con vara de hierro, y
al fin vencerá la buena causa y sucumbirán los traidores, los
infames, los pérfidos. . . Me es imposible continuar porque me
hallo casi sofocado y la voz me falta. He dicho".
Algunos representantes, y entre ellos el doctor Azuero, hablaron
en mi mismo sentido, y conjuraron a la Convención a continuar sus
trabajos sin amedrentarse por las amenazas de los esbirros del
absolutismo ni subordinar su conciencia a los halagos o temores que
con imprudencia se trataba de infundir en los diputados del pueblo,
de que hacía una parte el ejército, fascinado por el poder o el
prestigio de Bolívar. Más de los dos tercios de los diputados de
Ocaña llenaron su deber con dignidad y conservaron sus puestos con
firmeza, hasta que la deserción de los 17 partidarios de Bolívar
nos dejó sin el quorum requerido para continuar los trabajos, y, en
tal evento, se resolvió suspender las sesiones y hacer la
manifestación correspondiente de las causas que produjeron tan
inesperado acontecimiento. Por mejor decir, la Convención quedó de
hecho disuelta, aunque nunca se hizo explícitamente esta
declaratoria, y los 54 representantes leales a los principios nos
vimos precisados a regresar a nuestras casas. Pero antes de
verificarlo nos comprometimos algunos privadamente a predicar en
todas partes el Evangelio político, a sostener los principios
republicanos y a combatir la dictadura por todos los medios que
estuvieran en nuestro poder, hasta con los de la fuerza material,
si llegaba el caso. Nunca se hizo una profesión más a mi gusto,
pues yo ardía en deseos de sostener la libertad, y aunque la
empresa era ardua el campo era también brillante. Bien pronto se
verá si supe sostener mi palabra.
Sin dinero para los costos de mi viaje, porque no se me dio en
Popayán sino una parte del viático y de las dietas, a pesar de
haberme ofrecido el prefecto, coronel Tomás C. de Mosquera,
remitirme a Ocaña la suma restante, lo que nunca verificó, me vi en
la necesidad de vender cuanto tenía vendible, y, acompañado del
ilustre general Gómez, hijo de Margarita, uno de mis colegas,
emprendí la marcha por el Magdalena temeroso de ser detenido en el
tránsito por el dictador o sus agentes si lo hacía por tierra. En
el puerto de Ocaña el señor Rafael Mosquera me ofreció el dinero
que necesitase, sin insinuación mía, y a sus instancias reiteradas
le tomé 50 pesos en calidad de empréstito. Este señor fue el único
que tuvo la generosidad de ofrecerme este auxilio, no obstante que
mi escasez era conocida de muchos diputados de recursos, de entre
los que se reputaban mis amigos.
A mediados de junio partí del puerto de Ocaña en un pésimo
bongo, y después de mil penas, disgustos y peligros, pues el río
estaba sumamente crecido, llegué a Honda en los primeros días de
julio, habiendo hecho el viaje en dieciocho días, gracias a mis
constantes esfuerzos por rendirlo antes que se tuviese tiempo de
dar órdenes sobre mi persona. En ese lugar tuve que vender parte de
mi ropa, y hasta el freno y otros efectos que había considerado
necesarios; con su producto cubrí el flete de las caballerías que
debían conducirme, y no me sobraron sino tres reales para
sostenerme con dos criados por cinco o seis días de marcha. A éstos
advertí de mi penuria y ordené que no debíamos comer sino plátanos,
y muy poca carne, y en efecto, con sólo esto nos alimentamos
durante cinco días y medio.
El día en que llegué a Neiva me alcanzó sobre la marcha el
teniente coronel Siracosqui, que marchaba a Popayán con el cuadro
de su escuadrón, y me intimó que le entregase a uno de mis criados,
asegurándome que era desertor del escuadrón Granaderos Montados. Yo
le dije "que ignoraba que el tal criado fuese desertor,
que desconocía en él (Siracosqui) la autoridad que tenía para
hacerme esta reclamación directamente, y que, por último, yo gozaba
de inmunidad hasta llegar a mi casa". Siracosqui insistió
en la demanda del criado fundado en que, "como jefe de
Colombia, tenía palabra de honor bajo la cual me aseguraba que el
criado era desertor, y que su mismo carácter de jefe le daba la
autoridad bastante para reclamarlo". Trocadas otras
palabras entre los dos, ordené a mis criados seguirme y defendemos
a viva fuerza si se trataba de hacerme violencia, y así lo previne
a Siracosqui. Este, que iba bien montado, se adelantó a impetrar la
autoridad del gobernador de Neiva para que yo entregase el criado,
pero dicho gobernador, el capitán Viana, sujeto que me era
apreciado y conocido por sus opiniones liberales, resolvió que no
podía quitárseme mi sirviente en razón de mi inmunidad, reservando
a Siracosqui el derecho de .reclamarlo tan luego como yo hubiese
entrado en Popayán, que era el país de mi residencia, en donde
cesaba mi inmunidad.
En Neiva tenía yo amigos y relaciones, y, a más de eso, mi bien
querida mujer había tenido el cuidado de remitirme auxilios
pecuniarios considerando mi escasez. Yo poseía, pues, medios para
continuar mi marcha con velocidad y comodidad, pero antes de llegar
a La Plata me sobrevino una fiebre violenta que me obligó a
permanecer en ese lugar tres días, después de los cuales, ya medio
restablecido, seguí a mi país, adonde llegué felizmente a mediados
del mismo julio.