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CAPITULO XX

 

A principios de noviembre siguiente recibí el despacho por el cual el gobierno legítimo me confirió el grado de coronel el 22 de octubre, y continué ejerciendo la comandancia general del Cauca hasta principios del año de 1827, en que fue nombrado para este destino el coronel Pedro Antonio García, quedando yo encargado del Estado Mayor, como lo había estado anteriormente.

En aquel tiempo aconteció la revolución militar de la tercera división auxiliar, residente en el Perú, pronunciándose contra la dictadura de Bolívar y protestante contribuir al sostenimiento de la Constitución colombiana, a cuyo fin su comandante general interino, coronel Bustamante, envió cerca del gobierno una comisión de dos oficiales ofreciendo venir a Colombia a prestar sus servicios al gobierno legítimo. A pocos días se supo que la expresada división marchaba positivamente a los departamentos meridionales de la república. La prensa de esos departamentos, bajo el dominio de los dictatoriales, preconizaba que la tercera división no venía sino con el objeto de agregar el sur de la república a la del Perú, mientras la prensa constitucional sostenía las buenas intenciones de esas tropas. Preciso era, por tanto, que la autoridad militar del Cauca diese algunas disposiciones para precaver al resto de la república de los males que pudieran sobrevenirle, caso que la tercera división viniese con el fin de desmembrarla, y, en tales circunstancias, yo fui nombrado para seguir a Pasto a efecto de inspeccionar su guarnición, y, de acuerdo con el gobernador y jefe militar de aquella provincia, coronel José María Obando, tomar algunas medidas de defensa, siempre en el sentido de conservar la integridad de Colombia y sostener el gobierno constitucional, cuyas reglas de conducta, trazadas en mis instrucciones, estaban de acuerdo con mis deberes y opiniones. En Pasto residí algunos días, hasta que, habiendo sucedido en Cuenca la contrarrevolución que obró el capitán Bravo en lo mejor de las tropas de la indicada tercera división, se me dieron órdenes de regresar a Popayán.

En esta ciudad me hallaba cuando recibí, a fines de julio del mismo año de 1827, el nombramiento de comandante general interino del Azuay, en despacho de 9 de dicho mes. Un empleo semejante, en circunstancias en que las tropas que existían en aquellos departamentos estaban bastante desmoralizadas, las pasiones políticas en efervescencia, y yo marcado por los dictatoriales, era ciertamente peligroso para mí; pero con conocimiento de los disgustos que iba a tener y de los riesgos que iba a arrostrar, me hallaba en el caso de subordinar a estas consideraciones las de la obediencia y el patriotismo, y emprendí la marcha para el lugar de mi destino a principios de agosto.

Antes de salir de Popayán se me notició que un sargento Vedón, escapado del calabozo en donde se hallaba sufriendo un juicio por delito de homicidio y atropellamiento de centinela, asociado de algunos malvados, me acechaba en el tránsito, como lo había hecho sin suceso dentro de la ciudad, y que había ofrecido sacrificarme porque yo activaba la conclusión de su proceso, después que ya estaba casi olvidado y Vedón en plena libertad y con esperanzas de quedar impune. Con esta prevención marché con cautela el primer día, seguido de mi ayudante, el teniente José María Barriga, de dos asistentes y de algunos amigos que quisieron acompañarme hasta el punto en donde pernoctara, pero al día siguiente, creyendo que no había ya motivos para recelarme, marché solo con el teniente Barriga y uno de mis criados, dejando atrás mi equipaje. Otra casualidad extraordinaria quiso salvarme ese día la vida. Descendía al río llamado de Las Piedras, más allá del pueblo de Timbío, cuando observé que en la altura de la otra parte un hombre atravesaba el camino precipitadamente: pasé, sin embargo, el río y marché hasta un punto en donde pudiera examinar confusamente si mi enemigo estaría allí, pues el terreno, en donde siempre se conservó por parte de los realistas una trinchera durante la guerra de la independencia, ofrecía todas las ventajas posibles para asesinarme con facilidad. Allí manifesté al teniente Barriga el motivo de mis sospechas, que él confirmó, porque había igualmente visto al hombre que había atravesado de una parte a otra el bosque, y llamé a mi criado para que apretase la cincha de mi mula, el cual, estando un poco retrasado y no pudiendo llegar en su mula tan pronto como él quería por estar ésta algo fatigada, echó pie a tierra, dejando su bestia como a 50 pasos y vino a cumplir con mi prevención, después de lo cual le ordené que montase y se me reuniese, indicándole el riesgo del asecho. Al volver a tomar su mula este criado vio dos hombres con lanzas que salían al camino detrás de él, y me gritó: "¡Mi coronel, lo asesinan!", con cuyo motivo salí fuera del camino y tomé una pequeña explanada, en donde pudiera defenderme, teniendo a mi lado a Barriga y a mi criado. Al instante mismo los dos hombres con lanzas tomaron apresuradamente el bosque, y con este motivo resolví repasar el río esperando reunirme con algunos otros pasajeros para hacer la causa común y atravesar con ellos el terreno peligroso, lo que verifiqué sin oposición, y colocado en un punto despejado de la subida, llegó un paisano del Trapiche a quien manifesté que había gentes emboscadas, y que si tenía valor para acompañarme; este hombre en el acto desenvainó su pequeño sable y me aseguró que me acompañaría con gusto. Yo no llevaba más armas que mi espada. Barriga la suya, y mi criado un sable. Acompañados, pues, de nuestro paisano, llegamos a la altura del otro lado de Las Piedras sin novedad alguna, y allí observé huellas de pies como de cuatro o cinco hombres que recientemente se habían retirado. A poco trecho encontré dos soldados nuestros que marchaban hacia Popayán, y los hice regresar hasta La Horqueta, en donde pasé la noche. Según lo he sabido después, la circunstancia de haber salido a retaguardia antes de tiempo los dos hombres ya referidos, suponiendo que yo no había hecho alto, frustró el proyecto de Vedón, y en consecuencia éste abandonó la emboscada y me dejó el paso libre. No hay la más pequeña duda de que yo habría sido asesinado sin el incidente de haber visto al hombre que atravesó el camino.

Llegados a Quito, fue visitado la misma noche por el general Flores, comandante general del departamento del Ecuador, quien no obstante la divergencia de nuestras opiniones políticas, pues que este jefe había sido uno de los principales autores y promotores de la dictadura en esa parte del país, me trató muy bien, aunque tuvo el empeño infructuoso de inculcarme ]as ventajas de la Constitución de Bolivia sobre la de Colombia. En Quito había entonces un partido bien pronunciado entre la mayor parte de los notables en favor del orden constitucional, y a este partido pertenecía el prefecto señor José de Larrea. Los pocos días que residí en aquella capital fui tratado perfectamente, y muy considerado por tos buenos patriotas.

En La Tacunga me encontré con el comandante Nadales, que, en clase de oficial subalterno, había servido a mis órdenes en Venezuela, y este jefe me dio, a nombre y firmada por todos los oficiales del escuadrón que mandaba, un acta que habían sancionado privadamente, en la cual protestaban sostener siempre al gobierno constitucional y combatir todo proyecto de monarquía en Colombia. Al presentarme este documento me manifestó Nadales que siendo yo el único jefe en el sur de quien él y sus oficiales a cuyo nombre me hablaba tenía plena confianza, me prometía que su escuadrón estaría a mi voz en caso necesario. Admiración grande me causó este acontecimiento, pues no esperaba encontrar en el sur sino militares bolivianos. (Así se apellidaban entonces los que apoyaban o sostenían las ideas del general Bolívar). Yo le manifesté que "estaba muy reconocido por lo que acababa de expresarme, que no se equivocaba en creer que yo era un jefe siempre consecuente a mis principios republicanos, y que, llegado el caso, contaría con sus ofrecimientos; pero que, entre tanto, no debía hacer otra cosa que obedecer a sus jefes y superiores y mantener en su cuerpo la disciplina correspondiente para conservar el lustre del ejército colombiano".

En Ambato se me dijo que el general Gabriel Pérez se había expresado furibundamente contra mí, y que deseaba verme la cara para desafiarme, porque yo dizque era enemigo del Libertador y amigo del general Santander. No bien se me anunció esto, me ceñí la espada, invité al teniente Barriga para que me acompañase y me dirigí adonde Pérez, pero cuál fue mi sorpresa cuando, en vez de encontrarme con un tigre furioso, el general me echó los brazos y me saludó con las mejores demostraciones. Después de haber correspondido dignamente a estas inesperadas cortesías, dije al general: "Se me ha anunciada que usted me necesitaba, y he venido donde usted con tal motivo". El general me contestó: "Yo no necesitaba verlo a usted sino para ofrecerle mi casa y cuanto usted pueda necesitar de mí", y luego me habló favorablemente del general Santander, elogiando sus talentos y su habilidad, y manifestó deseos de una nueva reconciliación entre todos los colombianos para que, a una, contribuyesen al gran fin de sostener la libertad de la patria. Yo aplaudí sus votos, le pedí órdenes y me despedí en la mejor amistad.

Luego supe que el coronel Guevara, comandante del batallón de Caracas, a quien yo en otro tiempo había tratado mal en un caso de honor, se expresaba también contra mí. Por supuesto de este individuo nada tenía qué temer, pues me era muy conocido, pero como mandaba un cuerpo todo boliviano podía muy bien hacerme un grave mal, para vengarse del agravio antiguo, a pretexto de ser yo considerado como enemigo del Libertador, que entonces era el delito más grave de que pudiera acusarse a un hombre. Sin embargo, yo dispuse mis pistolas, previne a Barriga y a mis criados de estar en guardia durante la noche, y ésta se pasó sin novedad alguna. Al día siguiente, pocas horas antes de seguir mi viaje, me visitó Guevara y tuvo buen cuidado de no expresarse mal, bien que en su semblante y modales noté cierto desdén que supe despreciar.

De Alausí a Cañar me acontecieron lances que todavía me parecen pesadillas: ora me vi atropellado por un toro bravío en un desfiladero peligrosísimo, en una noche oscurísima; ora abandonado en el páramo del Azuay por el práctico que me dirigía, también en una noche horrible y sin conocimiento del terreno; ora desbocándoseme el caballo en que marchaba, y, después de haber dado conmigo en tierra, abandonándome; ora tenido por hombre sospechoso por un grupo de indios embriagados, al observar el mal talante y ridícula apostura en que me encontraron pie a tierra, todo enlodado y escandecido, después de la desaparición de mi caballo, costándome no poco trabajo ni pequeñas propinas el convencer a esos idiotas de quién era yo para que me dejasen seguir a una choza de gentes más racionales.

No quiero describir en sus pormenores esas aventuras algo quijotescas (aunque no guste de hacer el papel del caballero de Cervantes) por no distraerme demasiado de mi primordial objeto y por temor de convertir en risible la historia más que seria de mi vida pública; por la misma consideración he evitado y evitaré la declaración circunstanciada de infinidad de sucesos de esa naturaleza que vendrían bien en otro lugar para provocar la risa de los que leyeran esa parte romántica de mi vida.

Al fin llegué a Cuenca, bien que muy mal tratado. En esa capital del Azuay encontré muchas personas que me distinguieron por simpatía con mis opiniones y por consideración a mi conducta en la cuestión de dictadura. La principal fuerza de la guarnición consistía en el batallón Ayacucho, mandado por el teniente coronel Anzoátegui y aunque este cuerpo era devoto al Libertador, no me dio el menor disgusto. Afortunadamente el prefecto de aquel departamento era el coronel Vicente González, hombre de opiniones moderadas y que se manifestaba amigo del general Santander, de quien había sido antes ayudante de campo.

No por esto mi situación dejaba de ser delicada. De una parte estaba la república del Perú en estado hostil con la de Colombia; de otra, se hallaba Guayaquil independiente de toda autoridad legal y con pretensiones conocidas de separarse de la república; de otra, ni yo tenía confianza plena de mis subordinados ni ellos la tenían de mí, en razón de nuestras diversas opiniones políticas; y de otra, en fin, el pueblo no se mostraba contento bajo el dominio de autoridades de continuo investidas de facultades extraordinarias, y, por consiguiente, árbitros para vejar a las personas y exigirles sus servicios y propiedades, como que en aquel tiempo se cometieron en el sur por los militares delitos atroces, que casi siempre quedaban impunes; tal era la relación que las actas de la dictadura y la tercera división habían introducido en esa sección del ejército colombiano.

Veamos ahora si yo tuve la suerte de llenar bien mis deberes, no obstante las dificultades de que estaba rodeado.

Mi primera medida fue escribir una carta al coronel Elizalde, que mandaba en Guayaquil, y enviar cerca de él a mi ayudante, el teniente Barriga, para persuadirlo a someterse a las autoridades de la república y a que hiciese terminar en el Guayas ese escandaloso estado de anseatismo en que se encontraba, protestándole que aunque mis opiniones eran antidictatoriales, no por eso aprobaba la conducta de ese pueblo ni dejaría de emplear todos los medios que estaban a mi alcance para reducirlo a su deber. Supongo que esta misión tuvo buen suceso, pues aunque la respuesta de Elizalde fue un poco insustancial, desde entonces se mostró más accesible y menos determinado a sostener un partido tan temerario.

El general Flores, que como he dicho mandaba las armas en el departamento de Pichincha, me invitó por un oficio a cooperar a la toma de Guayaquil con el batallón Ayacucho, y aún me invitó a ponerme personalmente a la cabeza de una columna que debía obrar sobre aquella plaza por el lado de Guache. Como yo no tenía órdenes para traspasar los límites del departamento militar de mi mando, hice todo cuanto me era posible hacer, que fue poner a órdenes de aquel general el batallón Yaguache, haciéndolo marchar al punto dado, bien armado, municionado y provisto de cuanto le era necesario. A más de no tener yo instrucciones para salir fuera del Azuay, no habría sido prudente abandonar aquel país en circunstancias en que era amenazado de una turbación interior que voy a referir, y el prefecto mismo fue de concepto que yo permaneciese en Cuenca. Digo esto para justificar mi procedimiento, pues no dejó de decirse por mis malquerientes que yo había opuesto resistencia hasta para poner a las ordenes del general Flores el batallón Ayacucho, sin embargo de que lo hice marchar tan luego como estuvo listo y a muy pocos días después de haber recibido la invitación de aquel general. Conviene a saber que si yo me hubiera denegado a esta medida, no habría faltado a mi deber, porque no tenía ninguna orden positiva de poner a disposición de una autoridad extraña las fuerzas que el gobierno había colocado en el Azuay a mis inmediatas órdenes.

Veamos cómo sucedió la conmoción que he indicado. Descontentos los pueblos por la contribución llamada capitación que se les había impuesto, y obligados esos habitantes por todos los medios coercitivos a pagar su cuota, resolvieron muchos del cantón Gualaceo oponer una resistencia de hecho al pago de dicha contribución, y, capitaneados por un tal Urdiales, tremolaron la bandera española y protestaron morir primero que pagar, y a este efecto hicieron circular un papel manuscrito en que anunciaban que 2.000 hombres estaban resueltos a resistir con las armas en la mano el pago de la contribución. Algunas partidas de milicianos que auxiliaban a las autoridades para el cobro del impuesto habían sido atacadas y desarmadas, o dispersas. Como en todo el departamento no tenía yo entonces ninguna fuerza veterana, reuní como cien hombres de milicias de infantería de Cuenca, y reforzado con algunos patriotas de la cabecera del cantón Gualaceo, marché sobre los facciosos que habían tomado posiciones y los dispersé sin que me hubieran opuesto resistencia, persiguiéndolos en los bosques y desiertos y haciéndoles algunos prisioneros, de manera que no volvieron a reunirse nunca. El cabecilla se escapó, pero le tomamos su caballo. Terminada esta operación, regresé a Cuenca.

Inmediatamente que el Libertador llegó a Bogotá, de regreso de Venezuela, adonde había marchado con el objeto de reincorporar a Colombia aquella parte de la república, entiendo que la primera disposición que tomó fue la de removerme de mi destino, y lo juzgo así porque en el tiempo de la distancia se me ordenó entregar el mando, lo que hice de muy buena voluntad, pues que nada de agradable tenía para mí aquel destino. Como no decía en la orden qué colocación pudiera dárseme, marché a Guayaquil, ocupado ya por el general Flores en calidad de jefe superior del sur, a pedirle mi pasaporte para Popayán. Este jefe procuró por todos los medios de la persuasión detenerme en el país, y muy pronto me convencí, de una manera indudable, que tenía órdenes del Libertador en este mismo sentido. Antes de referir el resultado de mi pretensión, diré lo que me pasó en Guayaquil durante quince días que permanecí en esa capital.

Habiendo sido convidado a una comida con que un escuadrón de húsares obsequió al jefe superior, se propusieron varios brindis en que, como es de presumirse, se zahería a los amigos de la Constitución, y habiéndoseme comprometido a decir alguna cosa, yo lo hice en los términos siguientes: "Por los hombres consecuentes a sus opiniones y leales a sus deberes. Por los hombres que siempre pertenecen a los principios y no a los hombres". El general Flores y algunas otras personas que penetraban el espíritu de este pensamiento tuvieron la política de aplaudirlo, mientras que otras me miraron con ceño y vituperaron mi firmeza con otros brindis, todos contra los constitucionales o en elogios del dictador, a quien ya consideraban y veneraban como a un monarca, como a una divinidad. Entre éstos se distinguió el general Luis Urdaneta. En medio de estos discursos, que yo toleraba a más no poder, se acercó a mí un oficial Torres, de caballería, que no se había sentado en la mesa, y me convidó a que tomáramos una copa. Yo acepté, creyendo que ésta era una nueva cortesía, o bien que ese oficial podía tener alguna simpatía por mí, pero me equivoqué: el objeto fue insultarme, diciéndome que yo era enemigo del Libertador; que bien sabía que el general Obando y yo habíamos fortificado al Guáitara para cortar la retirada a las tropas que se opusieron a la tercera división, y que esto lo hacíamos por proteger las miras ambiciosas del general Santander, y, últimamente, que yo no merecía estar en esa mesa y que debía morir inmediatamente. Al decir estas últimas palabras, el oficial Torres se puso en actitud de descargarme golpes; yo empuñé una botella, que era lo único que se me presentaba de cerca, resuelto a defenderme de un hombre tan soez, a quien no dejé de contestar echándole en cara su vil procedimiento, pero levantándose precipitadamente de su puesto el general Flores, tomó al oficial de los brazos, le hizo una insinuación para contenerlo, y, ayudado de otro, lo encerró en un cuarto manifestando que estaba ebrio. Terminado el convite se me dijo por un oficial del batallón Caracas que una partida de húsares había venido a colocarse en la puerta de la casa, después del suceso con Torres, y que esto y otros antecedentes le hacían presumir que mi vida no estaba segura, ofreciéndose al mismo tiempo para acompañarme hasta la casa de mi habitación. Demasiado sabía yo los riesgos que corría en aquellos momentos, pero como jamás me ha abandonado la resolución en los casos críticos, me ceñí la espada y acompañado del teniente Barriga, que también llevaba la suya, salimos resueltos a conservar nuestra dignidad en cualquier evento, y llegamos a nuestro alojamiento sin novedad ninguna.

Al otro día se me dijo que el oficial Torres me acechaba y que otros varios oficiales le instigaban para que me matase, lo cual intentaban hacer si yo pasaba por frente de su cuartel de húsares. Luego que se me dio este aviso convidé al siempre fiel y denodado Barriga a vestirnos de grande uniforme e ir a pasar por frente del expresado cuartel con nuestras espadas ceñidas y dispuestos a morir matando, si sucedía que se atentase contra mi persona. Así lo verificamos, sin que hubiéramos notado otra cosa sino que muchos oficiales y soldados se hablaban en secreto y nos señalaban con los dedos, a la vez que otros individuos de tropa se interponían como intencionalmente a nuestro tránsito y no nos hacían ni el más pequeño acatamiento, sin duda para provocarme a la debida reprensión, y de ella tomar la oportunidad para vejarme; pero yo, que me di cuenta del lazo que se me tendía, tuve la prudencia de disimular, no sólo en ese día sino en otros, los repetidos actos de irrespeto a mi persona, que no podían tener otro designio que el de provocarme inicuamente a un lance desagradable.

El general Luis Urdaneta me convidó a su casa a una conferencia de la cual se prometía que yo vendría a ser partidario de los proyectos del Libertador, y habiendo concurrido puntualmente a la cita, todos los argumentos que empleó ese general para persuadirme me fijaron más en mis opiniones. "Usted está ciego, me dijo; usted no conoce sus verdaderos intereses. ¿No considera usted que sosteniendo los proyectos del Libertador los militares estamos llamados a formar la primera jerarquía del nuevo orden de cosas y a ocupar, por consiguiente, los primeros destinos? ¿No considera usted que es un oprobio para los militares sostener esos ridículos principios de democracia que sobre no ser sino puras teorías, el resultado no sería otro que ponernos bajo el dominio de los abogados y perder nuestros fueros y prerrogativas? ¿No advierte usted que sosteniendo a Santander no hace otra cosa que debilitar el gobierno y hacer perder el poder y prestigio del Libertador, único que merece mandarnos? ¿No advierte usted que sosteniendo esos impracticables principios republicanos no se hace más que poner al país en anarquía y despedazar por el mismo hecho a Colombia?" Por este tenor fueron todas las reflexiones que me hizo quien se jactaba de catequizarme, y es fácil inferir que no tuve muchos embarazos para contestarle victoriosamente y burlarme a solas de la futilidad de sus sofismas.

Cerca de 15 días llevaba de estar en Guayaquil y no había podido obtener mi pasaporte para Popayán, hasta que, haciendo el último esfuerzo conseguí que se me diese. Con toda franqueza manifesté al general Flores que "yo no podía servir en ningún puesto en aquellas circunstancias en que, por mi conducta reciente, se tenía una gran desconfianza de mí; que pruebas muy frescas, de que él mismo era testigo, me convencían de que yo no sería respetado ni obedecido por las tropas que estaban a sus órdenes, y que si podía merecerle algunas consideraciones, siquiera por el recuerdo de nuestra antigua amistad, no le pedía otra gracia que mi pasaporte. El general Flores, de quien fui muy bien tratado en Guayaquil, viendo que era imposible comprometerme a tomar partido en favor del Libertador, me permitió al fin irme a Popayán, pero me entretuvo dos días más, tiempo necesario para que llegase a Quito la posta que había dirigido con órdenes para que no se me dejase pasar de allí, circunstancia de que fui bien informado por una persona que casualmente tuvo conocimiento de tal orden, señalándome, a la vez, una carta de Bolívar a Flores en que le prevenía me quitara todo mando y no me dejara donde pudiera contrariar sus planes. En tal concepto me puse en marcha para Quito, acompañado del doctor Pedro A. Torres, que venía en comisión cerca del Libertador. En Guayaquil quedó el teniente Barriga encargado de Marchar a Buenaventura conduciendo mi equipaje, luego que se abriese el puerto de Guayaquil, cerrado por entonces a consecuencia del crucero que hacía la escuadra del Perú al frente de nuestras costas del Pacífico. A esta medida me obligó, en primer lugar, la falta total de dinero para el transporte por tierra, tanto de Barriga como de mi equipaje, y en segundo lugar, el estar más expedito para seguir mi marcha a Popayán. Barriga se prestó gustoso a esta disposición, no obstante que a más de ser notado por sus opiniones antidictatoriales tenía que temer de un jefe de influjo residente en el Guayas, que se hallaba con él disgustado por causa de un incidente particular.

Algunos pequeños sinsabores me ocurrieron en el tránsito hasta Quito, que no relato porque no valen la pena. Llegado a esa ciudad al séptimo día de marcha, por la noche, al siguiente salí muy de mañana a dar mis pasos a efecto de continuar mi viaje, si era posible, antes que la autoridad militar supiese mi arribo; pero a las siete de la mañana, hallándome en la habitación del doctor Pedro A. Torres, recibí un oficio del comandante general, coronel León de Febres Cordero, posteriormente general, en el que me prevenía, de orden del jefe superior, suspendiese mi marcha en ese punto, pues se me había previsto para un destino en que debía hacer yo grandes servicios a la patria. Con el mismo soldado ordenanza que me entregó el pliego contesté que quedaba impuesto y que tan luego como me hubiese cambiado la ropa, personalmente iría al despacho del comandante general a llevarle mi respuesta y pedirle órdenes.

Sin perder un instante me dirigí a casa del doctor Antonio Salvador, persona de mi aprecio y confianza, y haciéndole presente en breves palabras mi crítica situación, le pedí un caballo bueno para escaparme hacía Popayán, y habiéndome dado uno magnífico, en el momento me puse en marcha a todo galope a fin de ganar terreno para no ser alcanzado por alguna partida que pudiera mandarse en mi persecución, o detenido en algún lugar del tránsito por órdenes que al efecto se comunicaran por la posta. Cuando subía la cuesta de Pisque observé que una partida de caballería bajaba a mi retaguardia, pero como mi caballo era muy bueno, lejos de apurarlo me desmonté y lo dejé descansar por más de cinco minutos. En seguida monté y tomé de nuevo el galope en donde el terreno lo permitía, hasta Guallabamba, en cuyo lugar compré un poco de guarrús o rosero, pan y queso, .para desayunarme, y terminada esta diligencia continué a todo andar, cuando la partida se avistaba a menos de un cuarto de legua de aquel punto. Habría llegado en el mismo día a Ibarra sí no me hubiera extraviado al cerrar la noche, pero al siguiente, como a las seis de la mañana, me encontraba ya en ese lugar, en donde el coronel Basilio Palacios Urquijo, que era el gobernador de aquella provincia, me facilitó otro buen caballo hasta Tulcan, en cuyo pueblo me dio el cura Solís su mejor mula, que llevé hasta el Guáitara. Ya me consideraba libre de riesgos y molestias, porque pisaba la provincia de Pasto, de la cual era gobernador el coronel Lozano, y tanto él como la guarnición y el pueblo eran adictos a la Constitución, pero todavía tuve un pasaje bien molesto y peligroso.

Habiendo encontrado un joven que conducía un caballo, le propuse si quería alquilármelo hasta Pasto; éste me contestó que no podía, pero me informó que en Taindala existía el dueño del caballo, quien tenía otros, y allí podría yo relevar mi mula, que iba en extremo fatigada. Como me hubiera dicho que el tal dueño era el correísta Romualdo Guerrero, que me era muy conocido, yo insté al joven a que me diese el caballo, satisfecho de la aprobación de su propietario, y con esta seguridad cedió a mis instancias. Llegaba ya a la casa de Romualdo, cuando de repente salen de un bosque seis hombres armados de carabinas y sables, y echando mano a la brida me intiman entregar el caballo. Como uno de éstos era el mismo Romualdo, le pregunté si no me conocía, pues había estado otra vez en su casa y aun dormido en ella con el general Obando. Aquel me contestó que sí me conocía, pero que la cuestión era de entregarle al instante su caballo. Yo desenvainé mi espada, puse pie en tierra y manifestando que estaba dispuesto a pagar el flete, le amenacé con la más estrecha responsabilidad si no me dejaba seguir en su caballo hasta Pasto. Romualdo me contestó también en términos amenazantes, dándome el tratamiento de colombiano, que en Pasto equivalía al peor insulto que se pudiera hacer a un hombre. Irritado yo con esta insistencia monté otra vez, le dije que si quería asesinarme como estaban acostumbrados a hacerlo anteriormente, lo verificase; pero que de ninguna manera le entregaría el caballo con mi voluntad, aunque sí le pagaría el flete en Pasto. Viendo mi resolución no insistió Guerrero en su exigencia, y yo tomé el galope para Pasto, antes que se tuviese el tiempo de acecharme en otro lugar. A pocas horas llegué a esa ciudad, no habiendo empleado en el tránsito desde Quito sino tres días y un rato.

En Pasto pude ya respirar, pues gozaba de toda seguridad en medio de un pueblo y una guarnición fieles y obedientes al gobierno constitucional. Al siguiente día continué mi marcha hacia Popayán, adonde arribé a fines de diciembre. A principios de enero del siguiente año de 1828, es decir, antes de que el dictador supiese mi llegada a esa ciudad y pudiese dar órdenes con respecto a mi persona, recibí el nombramiento de representante a la Gran Convención de Colombia en Ocaña, con que me honró la provincia del Chocó. Con esta garantía, única que podía valerme en aquel tiempo, permanecí en Popayán hasta febrero, en que marché para Ocaña acompañado de mi colega el doctor Rafael Diago, habiendo llegado a esa ciudad el 9 de marzo siguiente.

 

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