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CAPITULO II

 

No pasó mucho tiempo sin que se realizaran los votos de mi corazón. El día 9 de octubre de 1812 se presentaron los coroneles Cabal y Rodríguez muy cerca de Popayán. La alarma de los realistas divulgó en un momento la inesperada aparición de los patriotas. He aquí la ocasión que yo buscaba. Salgo impetuosamente de mi casa y me dirijo hacia el puente del Molino, en donde estaba empeñado el fuego. A la sazón los patriotas ganaban terreno y los realistas empezaban a desordenarse. Cofundido entre griegos y troyanos, en medio de inminentes peligros, logré presentarme a los jefes citados, quienes aplaudieron altamente mi conducta. Entre los oficiales patriotas venía el doctor Joaquín Mosquera, capitán entonces de una compañía de infantería. Yo pedí servicio como soldado; pero se me dijo que no teniendo la edad ni la capacidad para manejar el fusil, y poseyendo por otra parte las cualidades exigidas para cadete, se me admitiría con tal carácter, inmediatamente que practicase las informaciones requeridas por ordenanza. En efecto, luego que llené esos requisitos fui formalmente reconocido cadete en la 5a compañía de infantería que mandaba el capitán José María Ordóñez, y a imitación mía entraron en la misma clase varios otros de mis compatriotas, que han perecido durante la lucha, a excepción del señor Francisco Delgado y Scarpett.

En los primeros meses de mis ensayos militares no ocurrió ninguna circunstancia digna de notarse. Yo deseaba ocasiones para distinguirme, ya por amor a la gloria, ya por mi patriotismo, que se acrecía a medida que aumentaban los enemigos de la independencia. Algunas escaramuzas con las obstinadas guerrillas del Patía no daban lugar a las acciones dignas de elogios, porque nunca encontrábamos una resistencia formal. Su sistema era el de la guerra de partidas y posiciones, en que se trata de hacer mal al enemigo impunemente, y no se disputa el terreno con obstinación.

Mas como las fuerzas de los realistas crecían con los auxilios que llegaban del Perú, y nuestra situación en Popayán se consideraba crítica, resolvió nuestro jefe el coronel Rodríguez, emprender una nueva retirada al valle del Cauca con el objeto de esperar en posiciones ventajosas al enemigo, que se movía de Pasto sobre nosotros. Esta retirada se verificó muchos días antes que el general español don Juan Sámano se aproximase a Popayán. A cuatro jornadas militares de esta ciudad nos acampamos en la margen derecha del río Palo, y se tomaron todas las medidas conducentes a esperar al enemigo con una firme resolución. La columna contaba como 600 hombres de todas armas, llenos de entusiasmo y capaces de haber vencido una triple fuerza realista; nuestros oficiales eran experimentados. Recuerdo que teníamos en batería 17 cañones de a 2, 3 y 4. Todo pronosticaba un buen resultado; pero por una de aquellas extravagantes medidas que se tomaban al principio de nuestra lucha, tan contrarias al arte de la guerra, y que no se sabe hoy día cómo explicar, el Coronel Rodríguez, que se había hecho célebre en Iscuandé y en otros encuentros, ordenó la retirada a la aproximación del general Sámano, y nuestro jefe fue el primero que nos abandonó, después de haber hecho incendiar las barracas en donde estábamos acuartelados. Pero lo que más me admira todavía es que habiendo tenido noticias de que el general Sámano se hallaba a 3 ó 4 leguas de nuestro campo con una fuerza como de 1.000 hombres, nuestro jefe, lleno de ardor, dispuso en el acto ir a su encuentro, a cuyo fin pasamos a vado el río Palo, no con pocas dificultades ni menores peligros, pues los que conocen ese torrente saben lo peligroso que es pasarlo cuando sus aguas aumentan un poco. A las ocho de la noche estábamos ya de la otra parte y continuábamos nuestra marcha en buen orden y con las mejores disposiciones, cuando después de haber marchado como una legua, súbitamente se nos hizo contramarchar, repasar el río y continuar en retirada discrecionalmente y sin detenernos. Ignorábamos que el coronel Rodríguez nos había abandonado, hasta que habiendo llegado a la villa de Palmira se dio a reconocer por nuestro Jefe al teniente coronel (hoy general de división) Ignacio Torres, por no saberse el paradero del coronel Rodríguez. Misterio es éste, lo repito, que mientras más lo recuerdo, mas me da qué pensar, y más me embarazo en la investigación de tan extraordinaria conducta. El coronel Rodríguez era valiente y no le faltaba el genio que debe distinguir a un jefe militar en tiempo de guerra.

El desorden de esta malhadada retirada causó en nuestra columna la disminución de los dos tercios de su fuerza sin haber oído siquiera un ¿quién vive? o un tiro de fusil del enemigo. Estábamos, pues, reducidos a unos 200 hombres, aunque nuestros oficiales no habían abandonado su puesto.

Por disposición del comandante Torres se había reducido a prisión en Palmira a un español llamado Tufiño, y había sido consignado a la guardia de prevención a que yo pertenecía, con órdenes severas para supervigilarlo y aun matarlo si trataba de escaparse. Favorecido nuestro prisionero del desorden, y de un buen caballo en que iba montado, se abrió campo por la retaguardia a todo escape. Como yo era el único de la guardia que iba a caballo casualmente, le perseguí y le disparé mi tercerola, habiéndole fallado, bien que el tiro se lo hice a más de 60 pasos y al movimiento de mi caballo. El comandante Torres me manifestó su satisfacción porque había llenado mi deber, y desde ese día le merecí distinciones.

A pocos días llegamos a Cartago, ya reducidos a cosa de 150 hombres. Allí encontramos al teniente coronel francés Manuel Roergas de Serviez, recomendado por el gobierno de Santafé para que se le diese servicio en nuestra columna. Inmediatamente se le confirió el mando de ella; y este jefe aguerrido en Europa, y acostumbrado a la autoridad y a la disciplina militar, empezó a hacerse conocer por rasgos tan severos y temerarios, que a no haber sido por las circunstancias críticas en que nos hallábamos y por el patriotismo de nuestros oficiales, no habría tenido dos días el mando. Apenas se hacía entender en muy mal español, pero, a pesar de eso, él mismo nos enseñaba el manejo del arma a la francesa, y las evoluciones principales. Constantemente reunía ya a los oficiales y cadetes, ya a los sargentos y cabos para inculcarles sus deberes en todo sentido; y se puede asegurar que este hombre extraordinario e infatigable no dormía nunca, pues pasaba las noches rondando las guardias, haciendo pasar listas, ejercitándonos algunas veces en el campo y en la oscuridad, y dando sorpresas a los centinelas, en términos que llegó el caso de arrojarse sobre uno, desarmarlo y matarlo con un fuerte golpe que le dio sobre la cabeza con la llave de una carabina que llevaba siempre terciada a las espaldas, porque no le había dado el ¿quién vive? a tiempo.

Llenos de confianza esperábamos en Cartago los auxilios de tropas que se nos habían prometido en Santafé; pero estos no llegaron nunca, y entre tanto el enemigo, aunque lentamente, marchaba sobre nosotros. El duro carácter de Serviez había disgustado la tropa, de la cual desertó un tercio, quedando reducida la columna como a 400 hombres. En tal estado de cosas se resolvió continuar la retirada hasta Piedra de Moler, a la ribera derecha del río de La Vieja, con el objeto de preservarnos de ser envueltos y de permanecer en observación mientras, reforzados por las tropas de Santafé, podíamos tomar la ofensiva. En vano aguardábamos los deseados auxiliares, pues aunque éstos habían llegado a Ibagué, no habían recibido órdenes para continuar sus marchas y atravesar la montaña del Quindio. Sámano ocupó a Cartago, con 1.000 hombres. Serviez, que lo observaba desde la cima de Cerrogordo, no pudo disimular el contento que sintió al ver al general español y muchos de sus oficiales con quitasoles abiertos, y riéndose a carcajadas como un insensato, ordenó que un destacamento de 25 hombres defendiese, a las órdenes del bravo capitán José Joaquín Quijano, el acceso del cerro, mientras él iba a Piedra de Moler, distante más de media hora, a traer el resto de la columna. Allí se presentó agitado, pero rebosando en gozo. Como por encanto había cambiado sus miradas feroces y su semblante adusto. Riéndose siempre y halagándonos a todos, nos hizo tomar las armas y marchar al encuentro del enemigo, repitiéndonos sin cesar: "Ese Sámano y su tropa no son sino una canalla; ésos no son soldados; traen quitasoles, los batiremos hoy mismo. ¡Muchachos! Hoy dormiremos en Cartago o más adelante. Precisamente venceremos a los españolistas. Es imposible que puedan resistir a soldados tan buenos como los que mando. Marchar unidos y con velocidad; oír mi voz y el triunfo es infalible".

Eramos menos de 40 hombres los que marchábamos con el comandante Serviez; pero íbamos llenos de resolución y confianza. Yo no habría cambiado por nada de este mundo mi posición. Ya habíamos rendido los dos tercios de la distancia de Piedra de Moler a la altura de Cerrogordo, cuando empezamos a oír el fuego de fusil. Redoblamos en consecuencia nuestros pasos para auxiliar oportunamente al capitán Quijano, pero esto era imposible. Este bizarro oficial se defendía ya en retirada, porque le había sido imposible impedir el paso con 25 hombres a una masa de 1.000, a quienes, no obstante, disputaba el terreno palmo a palmo. El enemigo había coronado la altura, y Serviez ordenó batirle en sus posiciones dominantes. Su orden fue ejecutada con placer y puntualidad: cargamos a los realistas hasta el pie de una barranca escarpada, bajo cuyos fuegos era imposible pasar. La noche llegó, nuestras municiones escaseaban. Habíamos perdido algunos hombres, entre ellos a uno de nuestros mejores oficiales, el capitán José María Barrionuevo (hoy teniente coronel), gravemente herido. La empresa era en tales circunstancias más que temeraria. Serviez dispuso entonces que el teniente Manuel Antonio Pizarro (hoy teniente coronel) con 12 hombres, permaneciese hasta nueva orden al pie de la barranca. Yo me ofrecí para acompañar al teniente Pizarro, y es un milagro que, no habiendo recibido orden de retirada hasta las tres de la mañana del día siguiente, no se hubiese dado cuenta el enemigo de que no eran ya 60 hombres sino 12 solamente los que le hacían frente. Confieso que pasé una noche cruel, acosado de hambre, amenazado de riesgos positivos, pues nos hallábamos a quemarropa y oíamos cuanto hablaban los realistas. Nuestra seguridad la debimos a los troncos de los árboles que nos servían de parapeto. Los enemigos tenían perros, y éstos latían incesantemente de la parte donde nos encontrábamos, lo que les advertía nuestra aproximación, aunque en vez de explorar el campo se contentaban con hacer grandes descargas dirigidas al pie de la barranca. No puede negarse que en terreno igual habríamos podido batir con 200 hombres toda la columna realista, que desde entonces mostró su cobardía, como la impericia de sus jefes.

Serviez se había retirado a poca distancia. A las seis de la mañana habíamos repasado el río, y a las siete continuamos nuestra retirada en el mejor orden y a la vista de las avanzadas enemigas. El teniente Pizarro, con 10 hombres que le restaban de los 12 que mandaba, pues había perdido 2 durante la noche, marchaba a retaguardia destinado a proteger la retirada. A poca distancia ordenó Serviez hacer alto y defender un desfiladero llamado el Salto de la Parida, a cuyo fin construímos parapetos e hicimos algunas palizadas. Mas como llegó a noticia de nuestro jefe que el enemigo podía cortarnos marchando por una ruta paralela que iba a resultar en el punto de El Roble, a nuestra retaguardia, continuó la marcha en retirada ya casi entrada la noche. Al día siguiente llegamos a Las Cañas, en donde se nos aseguraba que encontraríamos algunos destacamentos auxiliares, que se sabía habían marchado ya de Ibagué, pero no encontramos ni noticias. Serviez resolvió hacer alto allí hasta el último extremo, siempre con la esperanza de los auxilios de Santafé, que esperaba de un momento a otro. Al segundo día se reunieron los oficiales bajo unos guayabos, con el designio de quitar el mando a Serviez, fundados en que los proyectos temerarios del jefe no podían producir otro efecto que el sacrificio infructuoso del resto de la columna, reducida ya a unos 70 hombres entre oficiales y tropa, a la vez que, continuando la marcha retrógrada hasta encontrar los auxilios, reunidos a éstos, nos hallábamos aptos para las operaciones que debieran emprenderse. Otra de las razones era la absoluta falta de víveres y la ninguna esperanza que había de poderlos adquirir. La resolución había ya sido adoptada unánimemente, y se iba a poner en ejecución, cuando el fuego del enemigo nos anuncio un nuevo y desesperado combate. Ya no era posible deponer del mando a Serviez. La mayor parte de los oficiales huyó, y a su ejemplo los dos tercios de la tropa. No quedaban haciendo frente sino el comandante Serviez y los oficiales Pizarro, Molina y Esparsa con cosa de 20 soldados, entre los cuales estaba yo. El enemigo, siempre temeroso, sin duda porque suponía que hubiéramos recibido auxilios, en lugar de continuar su carga sin dificultad alguna, lo que hizo fue desplegarse en guerrillas, manteniéndose su jefe con la masa de sus fuerzas a una prudente distancia. Increíble parecería esta relación si no viviesen todavía algunos de los testigos presenciales del hecho. Serviez se pone a nuestra cabeza. Unas veces dirige personalmente algunos tiros de metralla con un miserable pedrero de hierro del calibre de a 3, que teníamos montado y atado sobre unos estacones a falta de cureña; otras hace fuego con su carabina, siempre animándonos con su heroico ejemplo. Más de media hora llevábamos de combate, en que habíamos perdido al teniente Molina gravemente herido, y a la mitad de nuestros 20 soldados. Pero Serviez no desconfía del éxito. Herido él mismo en una pierna, ordena al más que valiente teniente Pizarro hacer una carga al enemigo con seis hombres. Pizarro obedece lleno de energía. Nos vamos a las manos, y en la refriega perdemos 3 hombres. Un individuo del enemigo, más valiente que los otros, nos obliga a replegar cargando denodadamente a la cabeza de algunos soldados. Este, colocado tras un guayabo, había acertado dos tiros. Serviez me ordena disparar sobre él, diciéndome: "Cadete, tira esa canalla"; yo tuve la suerte de no fallarle. El individuo cayó muerto al tiempo que me asestaba a unos treinta pasos de distancia. Después supimos que este soldado era hermano del alférez Esparsa que nos acompañaba. Serviez tuvo la frescura de felicitarme dándome tres besos y un abrazo. Hombre sin igual, todavía tomaba medidas a sangre fría, en medio de una situación tan crítica: dispuso que salvásemos el pedrero haciéndolo cargar sobre una mula que estaba tras un rancho, y ayudando él mismo a la operación, concluida ésta me ordenó tirar la mula; mas al instante en que salí de la barraca, cayó el animal herido a la vez de muchas balas. Todavía ordenó Serviez que quitásemos el canon de sobre la mula muerta y lo ocultásemos entre el bosque, lo que ejecutamos el teniente Pizarro y yo (2) . En este tiempo ya estábamos solos los tres, y nos salvábamos por el camino recto bajo una granizada de balas, y cargados a la bayoneta, habiéndonos reunido después a unos 10 hombres más de los que habían abandonado el campo antes que nosotros.

No es posible formarse una idea exacta de lo que sufrimos en nuestra retirada, atravesando la desierta montaña del Quindío. Baste decir que no teníamos ni cobijas para abrigarnos durante la noche en un país demasiado frío en muchos lugares, principalmente en el Páramo. No nos alimentábamos sino de carne medio cruda de mulas moribundas, que los pasajeros abandonan en semejantes parajes cuando se han fatigado y estropeado en términos que no hay esperanza de salvarlas. Dos de mis compañeros cadetes, de los cuales uno de ellos es el señor Francisco Delgado y Scarpett, ya citado, fueron condenados por Serviez, en la retirada, a recibir 25 golpes de vara sobre las espaldas porque se resistían a comer mula cuando el hambre no había llegado a su término. Por fortuna los enemigos no nos persiguieron sino algunas leguas, y nos dejaron hacer nuestro tránsito de seis días de montaña hasta la llegada a Ibagué. Una jornada antes, en el sitio llamado Las Tapias, encontramos ya algunos destacamentos de nuestros soldados auxiliares y un pequeño socorro de víveres, que, gracias a su escasez, no nos causaron la muerte: tal fue la avidez con que los devoramos.

A Ibagué llegamos a fines de julio de 1813. Nuestra columna estaba entonces reducida a unos 20 oficiales y otros tantos individuos de tropa. El coronel Cabal, que comandaba las que se habían retirado en esta ciudad destinadas a nuestro auxilio, vino a recibirnos como a una legua. Allí, formada una parte de los auxiliares, y en presencia de algunos de los derrotados que no habían entrado en la ciudad, Serviez, todavía medio desnudo, dio cuenta en lengua francesa, que Cabal conocía muy bien, de los sucesos ocurridos, y en tres ocasiones diversas se dirigió a mí, me abrazó y besó, haciendo a Cabal referencia de mi distinguida conducta. Cabal, a su turno, me dio igualmente los parabienes, y me prometió que muy pronto se me ascendería a oficial, aunque estaba todavía tan tierno. 


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2.





El cañón no cayó en manos del enemigo, y esto lo aseguro por la casual ocurrencia que voy a referir: El año de 1851, en que, siendo yo presidente de la Nueva Granada, el partido de oposición conspiró contra mi gobierno, se me dijo que "los conservadores de Cartago tenían hasta cañones de artillería, pues se les había tomado uno oculto en un bosque de Las Cañas". Yo, que recordaba la circunstancia de que acabo de hablar en el fondo de esta historia, me imaginé que el tal cañón debía ser el mismo que en nuestra derrota habíamos ocultado en aquella montaña. Y en un viaje al Cauca en aquel tiempo, tuve ocasión de verificar su identidad en presencia del coronel Manuel Abizarro, el mismo teniente valeroso de Cerro Gordo y Las Cañas, que quiso acompañarme hasta este último punto para recordar, sobre los mismos lugares, los acontecimientos de treinta y ocho años atrás.

 

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