CAPITULO XIX
Desde esta época de la cual datan nuestras nuevas disensiones
civiles, empezó a ser más conocido mi nombre en razón del puesto
que ocupaba en circunstancias tan delicadas. Mis principios
republicanos estaban en pugna con los emitidos en la Constitución
de Bolivia, cuyo proyecto había sido presentado por el Libertador,
declarando que
en él estaba contenida su profesión de fe
política. Sus partidarios hacían un empeño muy pronunciado para
que en Colombia se adoptase aquel proyecto; y yo, que redactaba el
pequeño periódico intitulado
El Republicano del Cauca, tuve
la osadía de comenzar a sostener la lucha de imprenta por parte de
los que se oponían a la adopción de ese código político, contando
para esto más con mi fidelidad y amor a los principios liberales
que con mis muy escasas luces. Esta circunstancia me empeñó
decididamente no sólo a refutar por medio de la prensa las
apologías de la Constitución Boliviana sino también por medio de
correspondencias epistolares y por la palabra, no ocultando mis
opiniones.
Conocida es la invitación que me hizo el teniente coronel Tomás
Cipriano de Mosquera, entonces intendente de Guayaquil, para que
secundase en el Cauca el pronunciamiento del Guayas, proclamando
dictador al general Bolívar, a cuya atrevida propuesta contesté
negativamente. Varias cartas me llegaron al mismo tiempo de jefes y
oficiales respetables proponiéndome la medida indicada como única
capaz de salvar la patria y hacer entrar en sus deberes al general
Páez, que se había pronunciado en Venezuela contra la unión de
Colombia. A todos contesté que por los acontecimientos de Venezuela
yo no veía a la patria en el riesgo inminente en que se
consideraba, pero que aun en este caso no debíamos dar el escándalo
de arrojarnos en los brazos, siempre temibles, de un dictador, pues
la misma Constitución de Cúcuta, previendo los grandes conflictos
en que pudiera hallarse la república, había provisto de los medios
necesarios invistiendo en estos casos de facultades extraordinarias
al poder ejecutivo, que podía delegarlas a otras autoridades de su
dependencia, y que, declarándose el Libertador en el caso de dichas
facultades extraordinarias, podía muy bien reincorporar a Colombia
la parte de Venezuela que se había separado de hecho, y últimamente
les expresaba que yo no haría nunca traición a mis deberes como
militar, a mis juramentos como colombiano y a mis principios
republicanos como hombre privado.
Por el mismo tiempo había recibido el intendente del Cauca,
doctor Cristóbal Vergara, iguales invitaciones de parte de algunas
autoridades de los departamentos meridionales de la república,
todos pronunciados, más o menos explícitamente, en favor de la
dictadura, para que se imitase su conducta. Con tal motivo el
intendente reunió en su casa a los empleados y persona? más
notables de Popayán, para consultarles la respuesta que debiera dar
y las medidas que pudieran adoptarse. Siendo yo uno de los
invitados, al presentarme en el salón se me anunció el objeto de la
junta y se pidió mi parecer. Yo manifesté "que mis
opiniones eran ya bien conocidas sobre este particular, y que las
tropas que estaban a mis órdenes en el Cauca jamás se constituirían
en deliberantes para trastornar el orden legal; que protestaba ser
consecuente a esta resolución, porque a más de que ella era dictada
por mis deberes, era también aconsejada por mis ideas". Mí
manifestación fue acogida con aplauso si no de todos los
concurrentes a lo menos de la mayor parte de ellos, y se decidió
denegarse a todo acto inconstitucional. Afortunadamente el teniente
coronel José María Obando, hoy general de la república, entonces
gobernador y jefe militar de la provincia de Pasto, teniendo a sus
inmediatas órdenes las principales fuerzas del Cauca, y estándome
accidentalmente subordinado en la atribución de jefe de las armas,
afortunadamente, repito, este jefe estaba de acuerdo conmigo, y a
esta coincidencia se debe en gran parte que la mayoría importante
de Colombia no hubiera mancillado la gloria nacional en aquel
tiempo.
Grande fue mi satisfacción al recibir enhorabuenas de muchas
personas prominentes de la república por mi enérgico, honroso y
patriótico comportamiento. Desde entonces mis relaciones fueron más
vastas, y si perdí algunos amigos por la divergencia de
sentimientos, también gané otros que eran de gran valor. La
casualidad había querido destinarme a ocupar un puesto tan
interesante en aquella situación, y yo no debía perder de vista mi
posición y mis comprometimientos para conservar, a costa de otros
beneficios, la reputación que me había adquirido. En el curso de
esta narración veremos si he tenido la fuerza de carácter necesaria
para no plegarme a las circunstancias ni doblarme a las seducciones
ni a las amenazas, estímulos que se emplearon con prodigalidad para
ganarme en favor de las miras bolivianas.
El Libertador había llegado a Colombia de regreso del Perú, y se
acercaba a la capital. Siguiendo la costumbre de aquellos tiempos,
le mandé un oficial a felicitarlo hasta donde le encontrase,
dándole a la vez cuenta de mi proceder y protestándole mi fidelidad
a la Constitución de la república, como única regla de mi conducta
en esas circunstancias de pronunciamientos escandalosos. Su
respuesta me resultó tanto más extraña cuanto ella aplaudía mi
procedimiento, cuando menos lo esperaba. Este documento ha visto
también la luz pública repetidas veces. Enigmático como él era, no
podía dar mucho en qué pensar, pues pronto debía el Libertador
llegar a Popayán y desengañarme.
En efecto, así sucedió, desgraciadamente para la patria. Yo salí
a encontrar al personaje a tres leguas distante de la ciudad
capital del departamento, y en el modo seco de recibirme, cuando
otras ocasiones me había tratado con tanta deferencia, conocí que
nada menos que contento estaba de mi conducta. Entre las preguntas
que me hizo fue la de "si tenía en Popayán alguna
correspondencia". Yo le contesté que sÍ, y que aun yo
mismo le traía algunos pliegos, que se los daría en el lugar adonde
iba a pernoctar. "Muchas
Banderas Tricolores
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, me replicó, me
traerá usted, en que algunos ingratos se complacen en despedazar mi
reputación y la del ejército que les ha dado patria y fortunas.
¡Canallas! Ignorarán que ese ejército me es fiel, y que puedo hacer
venir al instante 5.000 hombres del Perú y confundirlos a ellos y a
sus miserables prosélitos". Al decirme esto observé que el
Libertador entraba en cólera y que me miraba con ojos desdeñosos.
Yo no quise responderle una palabra. Más adelante me consultó por
dónde sería más cómodo atravesar la cordillera central de los
Andes, si por Guanacas o por el Quindío. Yo le hice el paralelo de
ambos caminos, como que era práctico de ellos, y concluí por
asegurarle que incuestionablemente era más cómodo el de Guanacas.
"¿Pero cómo he de atravesar yo ese desierto sin pueblos ni
chozas en dónde pernoctar?", me replicó Bolívar.
"No es exacto, señor, le contesté; en donde no hay algún
pueblito hay tambos, que por parte de las autoridades de Popayán se
harán disponer, en términos que V. E. no sufra ninguna molestia por
falta de abrigo". "De Popayán no quiero
nada", me respondió enfurecido. En esos momentos marchaba
también cerca del Libertador el señor José María Rebolledo,
comisionado para felicitarlo y recibirlo en la hacienda de Los
Robles, en donde pernoctó. En ella recibió y empezó a leer su
correspondencia, habiéndose puesto de tan mal humor que aunque yo
tenía intención de pasar la noche en su compañía resolví irme a
Popayán, a cuyo fin le hice el anuncio de mi despedida por conducto
del general Salom, pues el Libertador, lleno de ira, se había
retirado a un aposento. El general Salom me dijo a nombre del
Libertador que bien podía retirarme.
Al entrar en Popayán informé luego a las personas curiosas, y
principalmente a mis amigos Rafael Diago y capitán Andrade
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, del modo como
había sido tratado y del concepto que, en consecuencia, me había
formado del general Bolívar. Diago me contestó: "Bien te
acordarás que desde antes de las actas de Guayaquil, Azuay y Quito,
desde antes de la Constitución de Bolivia y desde antes de la
expulsión de los españoles en el Perú, yo he augurado esto mismo de
Bolívar, cuando tú lo defendías tan enérgicamente y jurabas que el
Libertador no cedería a Washington en desprendimiento. Siento mucho
que mi profecía se haya confirmado, pero no podía ser de otro modo.
Desde que conocí a Bolívar jamás dejé de creer que su liberalismo
era una hipocresía, pues muchos de sus actos, y principalmente su
proyecto de Constitución aristocrática presentado al Congreso de
Guayana, así me lo persuadían". Yo tuve que confesarme
vencido y ceder a Diago la primacía en la exactitud de los augurios
políticos.
Al siguiente día, 21 de octubre de 1826, entró en Popayán el
Libertador, a quien se recibió con todo el aparato debido al héroe
de la América meridional, habiéndosele obsequiado principalmente
por las familias de Mosqueras y Arboledas y por mí, durante los
ocho días que pasó en el lugar, no obstante la precipitación con
que había anunciado marchaba a la capital de la república. Bueno es
que se conozca la historia de estos ocho días, en que mis lectores
comprenderán cuan peligrosa, delicada y violenta era mi situación
con la permanencia en Popayán del general Bolívar y de muchos jefes
y oficiales de influjo, entre los cuales contaba algunos en el
número de mis camaradas y antiguos amigos, pero que, por desgracia,
se me habían encarado a causa de nuestra divergencia de
opiniones.
Fácil es presumir que tan larga dilación no podía tener por
objeto sino intimidarme, seducirme o corromper la guarnición para
hacer pronunciar al pueblo en el sentido de la dictadura. En
efecto, muchas fueron las insinuaciones que se me hicieron a este
fin, y muchos los ofrecimientos de empleos, honores y fortuna con
que se quiso doblegar mi inexorable firmeza. Llegó a proponérseme
que si no quería comprometerme personalmente, entregase el mando,
bajo el pretexto de enfermedad, al jefe más antiguo de los que
servían en la capital, que éste accedería a la proclamación de la
dictadura por la guarnición, y que yo podía marcharme a Europa,
para una de cuyas cortes se me nombraría en calidad de ministro
plenipotenciario con una renta cuantiosa, y que, además, se me
daría una gruesa suma para mi viaje. Otra de las propuestas fue
elevarme al grado de general si cooperaba al pronunciamiento
propuesto. En fin, diversas proposiciones, todas lisonjeras, se me
hicieron, pero a todos contesté que por nada de este mundo faltaría
a mi deber mientras respirase. Entre las pocas personas que se
tomaron el empeño de conquistarme figuraron como más notables el
doctor José María Mosquera, hombre respetable por mil razones, y el
señor Rafael Arboleda, sujeto ilustrado, pariente, amigo,
condiscípulo y colega mío, ambas personas muy influyentes y a
quienes yo apreciaba y distinguía. Los cito solamente para que se
medite cuánta fuerza de resistencia me sería necesaria para no
ceder al poder y a las consideraciones. Debo, sin embargo, confesar
que el Libertador nunca me hizo una propuesta directa. Cuando más
llegó a decirme fue: "Usted es muy ideologista. No todas
las teorías en política son aplicables a todas las naciones, pero
se han propuesto algunos destruir esta hermosa república, o hacerla
el ludibrio del extranjero, queriendo imitar ciegamente a las
antiguas Atenas y Lacedemonia, o a la moderna república de
Washington". Otras veces en sus discursos dejaba entender
que "tenía una alianza secreta con alguna nación de
Europa", pues, por ejemplo, filosofando un día con el
obispo de Popayán sobre el estado eclesiástico y el del matrimonio,
manifestó que "aunque había sido casado con una mujer que
era un ángel, temblaba al recordar que se había casado, pues era
enemigo irreconciliable del matrimonio; que cuando se casaba algún
amigo de é!, lo compadecía más que si hubiera muerto"; y
últimamente, después de haber vituperado el estado del matrimonio,
concluyó diciendo:
Y, o
pesar de esto, al fin me han de
casar.
Continuemos la historia de los ocho días. Cuando se convencieron
mis seductores de que era imposible doblegarme, ocurrieron algunos
al medio de corromper la guarnición para arrancarle el
pronunciamiento. Yo, que debía recelarme con tanta razón de que se
pusiera en juego este arbitrio, me hallaba preparado para no
dejarlo prevalecer. Afortunadamente el jefe del batallón Cauca, que
era el teniente coronel Manzano, oficial muy cumplido, me
comunicaba todo cuanto sucedía y me había jurado no hacer nada que
yo no le ordenase. Yo tenía una gran confianza en él y en casi
todos los oficiales de la guarnición, y, además, visitaba con
frecuencia los alojamientos y cuarteles y tomaba todas las medidas
posibles para conservar la disciplina de las tropas. Para dar una
prueba bien convincente de la fidelidad de mis subordinados,
referiré dos acontecimientos que ocurrieron en esos días.
Se me avisó una noche que el oficial Riascos, hoy teniente
coronel, estaba ganado por los dictatoriales, y que tenían éstos la
esperanza de que ese oficial haría un motín en el batallón Cauca a
efecto de proclamar la dictadura. Hice, en consecuencia, tocar
llamada de oficiales; reunidos estos les exhorté nuevamente sobre
el deber que tenían de ser fieles a la Constitución, y tuve el
gusto de oír de todos, inclusive Ríascos, las protestas más
fervorosas de no faltar a sus juramentos, que renovaron con el
mayor entusiasmo. Yo encargué privadamente que se velase la
conducta de Ríascos, y ésta fue tan buena que posteriormente él se
ha distinguido en el sostenimiento del gobierno constitucional.
El 28 de octubre, día de San Simón y cumpleaños de Bolívar,
debía celebrarse, entre otros preparativos, con una función solemne
en la Catedral de Popayán, a la que asistió el Libertador con su
numerosa comitiva. La tropa estaba formando calles desde la puerta
de la casa del personaje hasta la de la iglesia, para hacerle los
honores de capitán general y de presidente de Colombia. Yo debía
acompañarle con los oficiales de Estado Mayor y retirados, y al
efecto se había dado la cita para dicha casa a las 9 de la mañana
en punto. Eran las 8 y tres cuartos cuando salía yo de mi
habitación, y a esa hora vino volando donde mí el teniente Carlos
Ludovico, hoy sargento mayor y entonces ayudante de la comandancia
general del Cauca, y me preguntó "si era positivo que yo
había dado la orden de que la tropa formada diese vivas al
dictador, pues que los soldados estaban en esa
persuasión..." Yo le contesté que no había dado tal orden,
y previne tanto a Ludovico como al teniente José María Barriga, que
con la mayor velocidad se dirigiesen a la tropa y recorriendo las
filas previniesen "que sería castigado de muerte todo el
que diese un solo viva o levantase la voz de cualquier otro modo
durante la ceremonia, y que yo mismo pasaría con mi espada al
primero que desobedeciese esta orden". Estos oficiales me
obedecieron con puntualidad, y yo seguí a pasos dobles, creyendo
llegar a la casa del Libertador antes de que él saliese para la
iglesia, pero seguramente para impedir mi presencia se había
anticipado la salida, pues cuando me incorporé en su séquito ya
había andado más de ochenta pasos, y aun faltaba casi un cuarto de
hora para el momento de la cita. Al acercarme al Libertador observé
que éste me dio una mirada de indignación, lo que repitió varias
veces durante la solemnidad religiosa. En este intervalo yo tomé
otras medidas de precaución, y muy luego supe que se estaban
recogiendo firmas para el pronunciamiento del pueblo, asegurando
que yo había convenido en proclamar al dictador; pero, para honra
de mi país natal, diré que aun no habían signado 10 personas el
oprobioso pronunciamiento, y que el plan se frustró enteramente. En
las pocas averiguaciones que me fue posible hacer para descubrir
los autores de esta farsa, sólo pude saber que un tal Juan José
Medina, conocido por
el Loco, había sido pagado para quemar
cohetes durante el tránsito del Libertador y gritar al mismo tiempo
"¡Viva el dictador Bolívar!", agregando:
"¡Viva el comandante general!", como para
confundir estos dos vítores, comprometer a la tropa a que
contestase con otros vivas y aprovechar el momento para perorar a
los soldados en ausencia mía. Que el proyecto fue concebido, y que
se empezó a poner en ejecución, es cosa bien averiguada; pero la
estrella de la libertad quiso que él se desbaratase con mucha
fortuna.
Mientras permaneció el Libertador en Popayán se me dijo varias
veces por personas de su séquito que Su Excelencia sentía mucho no
darme un ascenso a causa de carecer de las facultades en virtud de
las cuales había concedido muchos en los departamentos del sur.
Esta era una nueva tentativa para hacerme inclinar al deseado
pronunciamiento. Sin embargo, me hizo visitar por conducto de su
ayudante de campo, el coronel 0'Leary, y aun me mandó con este
mismo jefe su busto de oro y el diploma correspondiente del
gobierno del Perú.
El 30 de octubre partió el Libertador para Bogotá, tomando el
camino de Guanacas, y habiéndome manifestado deseos de que le
acompañase hasta la segunda j ornada, no tuve inconveniente en
verificarlo, satisfecho como estaba de que las tropas de mi mando
se conservarían siempre fieles. En las pocas palabras que me
dirigió sobre la marcha, sólo son dignas de notarse las siguientes.
Hablaba el Libertador de continuo contra los que sostenían la
Constitución, dándoles el epíteto de visionarios, teóricos,
ideologistas, ambiciosos, y, por último, sus miserables enemigos; y
en una de esas ocasiones, mirándome con semblante agradable, me
dijo: "Usted, señor comandante, es demasiado honrado;
usted pudiera serlo en sus límites sin tanto exceso de delicadeza,
pues usted sabe que todo exceso es vicioso". "No
por esto soy enemigo de V. E., le contesté; yo creo no haber hecho
otra cosa que llenar mi deber; permítame V. E. le diga que el
honor, en su verdadera acepción, no tiene, en mi concepto, límites,
y V. E. mismo ha aprobado mi conducta". "Convengo
con usted, me replicó, que el honor en su bien entendida acepción
no tiene límites, pero dejemos esta cuestión. Nunca los hombres de
bien pueden ser mis enemigos personales. Aquellos de nuestros
compatriotas que se han declarado contra mí han sido siempre unos
malvados que han sufrido al fin el juicio y la condenación de los
contemporáneos, y espero que la posteridad execrará su memoria.
Usted es uno de los colombianos que están llamados a servir
útilmente a esta patria desgarrada por la ambición de muchos
perversos, y confío en que alguna vez lo conocerá usted y se
acordará de mí haciéndome la justicia correspondiente".
"Doy a V. E. las gracias por el ventajoso concepto que se
ha formado de mí, colocándome entre los que V. E. reputa hombres de
bien. Todo lo que puedo ofrecer a V. E. es la fidelidad a mis
juramentos". Fue mi contestación. A lo cual el Libertador
respondió: "¡Plugiera a Dios que todos los colombianos
fuesen fieles a sus juramentos! ¡No tuviéramos entonces que
lamentar la escandalosa escisión que ha hecho una parte de
Venezuela al código de Colombia!"
Al despedirme del Libertador en el tambo de Gabriel López, se
levantó, y, dándome un estrecho abrazo, me dijo: "Adiós,
mi grande amigo: confío en que usted ha de ser siempre digno de mi
aprecio; agradezco a usted las atenciones que me ha dispensado, y
le deseo una completa felicidad".
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16.
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Con el título de "La
Bandera Tricolor" se publicaba entonces en Bogotá un
periódico que contrariaba las miras de Bolívar.
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17.
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Estos dos sujetos y el actual
general José María Obando eran los amigos de más confianza que yo
tema en Popayán, entre los más influyentes de esa ciudad y los que
me ayudaron más eficazmente a sostener el departamento del Cauca
inmaculado y poner en sus límites meridionales el contrafuego al
incendio que en todo el sur de Colombia habían producido las actas
de la ominosa dictadura.
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