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CAPITULO XVII

 

Encargado del Estado Mayor del Cauca, a principios de febrero de 1823, me fue imposible tomar posesión de la mayoría del batallón de este nombre, cuyo destino no llegué nunca a ejercer, porque las funciones del primero no me lo permitían. El 6 de abril del mismo año se me dio el grado de teniente coronel.

En 23 de junio me casé en primeras nupcias con la mujer de mi predilección, a quien quise con idolatría. En esos días sucedió la derrota que el faccioso Agustín Agualongo dio en Pasto al coronel Juan José Flores, hoy generalísimo y presidente del Ecuador. Con este motivo hubo que redoblar los trabajos para organizar una columna con la cual debía el mismo jefe Flores volver a obrar sobre Pasto, como lo verificó, y a la vez poner en Popayán una guarnición considerable. El jefe de las armas en aquel departamento era el coronel Antonio Obando, hoy general de la Nueva Granada. También fue preciso que yo saliese varias veces a perseguir las guerrillas enemigas que revivían en el valle del Patía, en cuyas operaciones siempre fui feliz.

Luego que estuvo libre toda la república de Colombia, pedí nuevamente mi retiro del servicio activo, el cual se me negó a fines del mismo año de 1823. Pero sabiendo después que el Libertador marchaba con un brillante ejército en auxilio del Perú, pedí mi pase para aquellas legiones, el cual se me concedió por el mismo Libertador, al propio tiempo que el general Córdoba llegó a Popayán con el mismo destino y recibió órdenes del gobierno para dirigir la fuerza disponible que debía abrir nuevas operaciones sobre Pasto, cuya provincia estaba otra vez en poder de los facciosos, quienes habían obligado a nuestras tropas a evacuarla, retirándose hacia el sur, a las órdenes del general Salom. Nombrado yo segundo del general Córdoba, marchamos con una fuerza de 260 hombres, casi todos reclutas, y, sin detenernos en parte alguna, seguimos hasta cerca de Pasto, habiendo pasado el Juanambú sin siquiera ser observados pues el enemigo, sabedor de que por la parte de Popayán no había entonces una fuerza capaz de emprender operaciones serias, había descuidado la defensa de sus formidables posiciones y sólo atendía hacia el Guáitara, por donde se hallaba amenazado de fuerzas imponentes. Así es que no se disparó un tiro de fusil hasta Chacapamba, en donde nos preparamos para entrar en Pasto, juzgando que nuestras tropas del sur podían haber ocupado esa ciudad, o bien que el caudillo de los facciosos podía hallarse con las suyas en el Guáitara, puesto que no se había intentado oponer hasta allí ninguna resistencia, y no habíamos podido adquirir noticia alguna. En Chacapamba nos hallábamos cuando de repente vinieron Agualongo, que era el jefe de los facciosos, y Merchancano, que era el gobernador intruso, a la cabeza de unos 500 hombres, y después de habernos intimado rendición en respuesta a un oficio que en iguales términos les había pasado el general Córdoba, rompieron el fuego ganando terreno y contando con que una fuerza tan pequeña como la nuestra en una posición inferior, en que podían contar uno a uno de nuestros soldados, no sería capaz de resistirle; pero fueron rechazados hasta la altura de Tacines, de donde resolvió el general retroceder hasta Chacapamba, con el designio de ocupar por la noche a Pasto por otra dirección. Los enemigos volvieron a hacer una nueva tentativa y fueron segunda vez rechazados, no obstante que de momento en momento recibían nuevos refuerzos que partían de los pueblos del Cantón de Pasto a medida que iban sabiendo nuestra aproximación.

Llegada la noche me consultó el general sobre su plan de marchar, sin detenerse un instante hasta pasar el Guáitara. Yo le manifesté que "aun suponiendo que pudiéramos abrimos el paso hasta aquel río, siendo seguro que no encontraríamos puentes para atravesarlo, y que, por otra parte, allí debía estar la mayor parte de la fuerza enemiga, aventurábamos mucho en esta operación, teniendo en su contra todas las probabilidades del éxito, pero que, sin embargo, yo estaba dispuesto a secundar sus órdenes". Córdoba me contestó "que la reflexión de no encontrar puentes por donde pasar el Guáitara le hacía mucha fuerza, pues sin duda seríamos destruidos en aquellas riberas y que, en consecuencia, era preciso repasar el Juanambú". A las 8 de aquella noche emprendimos la retirada tranquilamente, dejando en el campo un cabo y cuatro soldados escogidos para atizar unos fogones y ocultar así nuestra retirada, y no hicimos alto hasta la hacienda de Ortega, en donde permanecimos hasta las seis de la mañana, hora en que continuamos la marcha retrógrada con la mayor lentitud, pues el general se propuso hacer llevar una partida de vacas que había en aquella hacienda para quitar este recurso al enemigo y aprovecharnos de él empleándolo en nuestra subsistencia. La demora de la conducción de este ganado proporcionó al enemigo, que hasta el amanecer no se había dado cuenta de nuestra retirada, el darnos alcance al descender del Boquerón de Juanambú, cuya altura fue ocupada por Agualongo.

Yo me hallaba en la mitad de la cuesta cuando oí los primeros tiros que se hacían al mismo general que había quedado a retaguardia con el coronel Salvador Córdoba y una pequeña partida de soldados. Al instante formé en columna cerrada la parte de tropa que había salido ya del Boquerón, ocupando un plano inclinado que daba lugar a la formación. Al mismo tiempo observé que en el otro lado del Juanambú coronaban los enemigos los riscos perpendiculares de La Cañada en número considerable, y que del lado de Buesaco se dejaban ver algunos hombres. En estas circunstancias se empeñó vivamente el fuego con la partida del general Córdoba, a la vez que el enemigo echaba a rodar una cantidad inmensa de piedras que estaban arriba amontonadas, como otras veces había sucedido. Agualongo pasaba la palabra al faccioso Toro, que ocupaba La Cañada: "¡Cuenta como se escapa uno solo!", le decía, y Toro contestaba: "¡No hay cuidado, que por aquí no se escapará ninguno!" Y esta vocería era repetida por todos ellos. Los que conocen el Juanambú pueden juzgar de lo crítico de nuestra situación.

En tales circunstancias di orden a uno de nuestros mejores oficiales, el alférez Yuk, irlandés, de marchar con 25 hombres a tomar posesión de la serie de parapetos paralelos al río, en su ribera izquierda, antes que fuesen ocupados por el enemigo. Esta operación tenía por objeto dominar el camino por donde debíamos ser perseguidos y proteger nuestro paso del río, impidiendo que las fuerzas de Toro se aproximasen a estorbárnoslo, a la vez que imponía algún respeto a las tropas de Agualongo, que tenían que pasar bajo los fuegos de la partida de Yuk en nuestra persecución. También di órdenes al capitán Manuel María Córdoba para que a la cabeza de 80 hombres pasase inmediatamente el río, sin dejar atrás el ganado que conducíamos. De todo instruí al general por medio de un oficial, y recibí por respuesta la aprobación de mis medidas y orden para seguir con 80 hombres más a ocupar La Cañada y proteger luego la retirada del general, que permanecía siempre haciendo una desesperada resistencia a Agualongo.

Muy pronto di alcance al capitán Córdoba, pasando el río con bastante agua que iba aumentando, y continué mi movimiento. El enemigo se esforzaba también en defender su ventajosa posición, desde la cual no sólo nos ofendía con sus fuegos, sino también con una inmensidad de piedras que hacía rodar sobre nosotros, pero no pudo disputarnos largo tiempo la ocupación de La Cañada. Yo fui el primero que coroné la altura con un soldado González, y en seguida coloqué una partida de 40 hombres sobre un mamelón que está a la derecha de la choza de La Cañada; otros 40 dejé en esta choza, y el resto de la tropa lo hice desfilar por una peligrosa senda, para proteger con el la retirada del general Córdoba. Entre tanto. Toro con sus guerrillas ocupaba todas las alturas dominantes del sitio de La Cañada, aunque fuera del alcance de fusil.

El general Córdoba pasaba ya el Juanambú y era perseguido encarnizadamente por Agualongo, pero cuando éste vio que yo era dueño de las posiciones de la ribera derecha, y que una parte de mi tropa dominaba ya el río, se contuvo en los parapetos que acababa de abandonar el alférez Yuk por órdenes que se le habían dado, y el general pudo replegar a La Cañada. "No creo verme aquí, me dijo muchas veces al oído: sin la operación que usted ordenó de ocupar las trincheras de Buesaco tan oportunamente, éramos perdidos". A la verdad, las medidas que yo tomé, aun sin órdenes del general, porque no era posible comunicármelas con la velocidad que exigían las circunstancias, produjeron todos los efectos que me propuse, y agregado esto al impertérrito valor y sangre fría del general, a la intrepidez y arrojo de su hermano el capitán Salvador Córdoba, hoy coronel de la república, y al buen comportamiento de la mayor parte de nuestros oficiales y de nuestra tropa en general, pudimos salvarnos de los peligros mas inminentes y agregamos nuevas glorias a las armas colombianas. Pero aun teníamos que superar grandes dificultades hasta pasar el río Mayo, única parte en donde podía establecerse esta pequeña columna, mientras era posible abrir otras operaciones.

En La Cañada pasamos el resto del día, escaramuceando de continuo las partidas de Toro, y al cerrar la noche continuamos la retirada por el camino de Berruecos, después de haber aparentado tomar una senda que conduce hacia la montaña de San Lorenzo, para que Agualongo vacilase en la dirección que llevábamos, a cuyo efecto se mandó una partida de 25 hombres a las órdenes del capitán Romualdo López, oficial práctico del país, por la indicada senda, con órdenes de hacer fuego, aunque fuese al aire, para llamar por esa parte la atención del enemigo y engañar a Agualongo sobre la verdadera dirección de nuestra retirada, que se verificó en los siguientes términos: yo marchaba a vanguardia con un tercio de nuestra tropa, el general Córdoba en el centro con otro tercio, y el capitán Salvador Córdoba a retaguardia con el tercio restante.

Algunas de las diferentes partidas que había colocado el enemigo en todas direcciones debían observarnos indispensablemente, pero yo tenía órdenes de no disparar un solo tiro sino en el caso de un empeño, en que no pudiera abrirme paso a la bayoneta, tanto por ocultar la dirección de nuestra retirada, cuanto por economizar nuestras municiones, de que ya habíamos gastado la mayor parte. De este modo seguimos sin embarazo hasta La Cruz dé Olaya, a la entrada de la montaña, en donde, reunidos ya al capitán Romualdo López, hicimos alto hasta el amanecer del día siguiente. A cada instante encontraba yo algunos enemigos que preguntaban ¿quién vive?, y se pasaban la palabra anunciando "que por allí iban los colombianos", pero no hubo necesidad de disparar un solo tiro. Muchos enemigos hubiera yo podado hacer matar esa noche si me hubiese sido lícito hacer fuego.

Al amanecer del día siguiente, cuando nos disponíamos a continuar la retirada, observamos que el enemigo coronaba una cuchilla, a la izquierda del camino, ya entre la montaña. El general dio órdenes de seguir la marcha en los mismos términos que la noche anterior, encargándome a mí despejar el camino y al capitán Salvador Córdoba sostener la retirada. Yo me informé del capitán López, que iba a la vanguardia como práctico del país, si sería posible flanquear la cresta ocupada por el enemigo, y habiendo contestado que sí, pues que había una pequeña senda que conducía a su altura, le encargué que me la señalase luego que a ella llegásemos; pero como los enemigos se ocultasen simulando abandonar esa posición, López no creyó necesario hacerme la advertencia que le había ordenado, y al dar la espalda al enemigo rompió éste sus fuegos, y logró conservar siempre la retaguardia para molestamos. Si López llena su deber, yo habría dispersado esa partida dejándola en la incapacidad de continuar la persecución, que nos costó la pérdida del alférez Fajardo, excelente oficial de infantería, y de algunos soldados muertos y heridos. Esta persecución fue tenaz hasta fuera de la montaña, y aun habría continuado mucho tiempo después si no hubiera yo aconsejado al general emboscar con disimulo una parte de la tropa y cargar a retaguardia de los guerrilleros enemigos, al mismo tiempo que yo volvería caras para estrecharlos en el centro. La operación de la emboscada se confió al valiente capitán Salvador Córdoba, quien ejecutó puntualmente las órdenes, y habiéndose dispersado los enemigos, no tuvieron tiempo de reunirse tan pronto, de modo que nos dejaron reposar durante la noche tranquilamente en el sitio de La Horqueta de Venta-quemada y pasar el no Mayo al día siguiente sin embarazo alguno, pues algunas partidas que se dejaron ver al otro lado de aquel río no osaron oponer resistencia. Esta indicación de la emboscada me fue sugerida por el recuerdo de la que en iguales circunstancias se puso el año de 1814 en la retirada de Pasto, y de que he hecho mención en su respectivo lugar.

En esta pequeña pero brillante campaña tuvimos un oficial muerto, el alférez Fajardo, y dos heridos, el Capitán Manuel María Córdoba, que lo fue a mi lado al coronar La Cañada, y el alférez Marino y como 60 individuos de tropa entre muertos, heridos y prisioneros.

El general Córdoba me expresó muchas veces entusiasmado aun después de la batalla de Ayacucho, en que aumentó inmensamente su celebridad de valeroso, que ésta era la campaña más lucida que había hecho en toda su carrera militar, pero que por desgracia no se hizo el mérito debido de ella a causa de haber sido en tan pequeña escala y contra un enemigo de tan débil prestigio; pero que él (Córdoba) se proponía escribirla y publicarla con todos sus detalles, para que se viera que nunca se habían aplicado en tan poco tiempo todos los principios del arte de la guerra, ni combatido tan desventajosamente, ni desplegado tanto valor, ni usado de tanta habilidad como esa vez. Yo participo de su opinión y me vanaglorio de haber contribuido eficazmente al brillo de esa columna y a su prodigiosa salvación.

Del pueblo de Veinticuatro, en donde resolvió situarse el general, me destinó a Popayán con el objeto de pedir algunos auxilios, principalmente de municiones, pues éstas estaban casi agotadas. Yo tenía que atravesar un país cubierto de guerrillas enemigas, y para verificarlo sólo se me dieron 4 soldados, a condición de regresarlos del pueblo del Trapiche, en donde me aseguró el general que encontraría un fuerte destacamento de tropas nuestras, del cual debía tomar una partida hasta Popayán, pero llegado a dicho Trapiche no encontré sino 7 hombres medio enfermos que habíamos dejado airas por esta causa, los cuales se hallaban ocultos para preservarse de caer en manos de los facciosos. Con estos hombres, malísimamente armados, seguí hasta la ciudad de Almaguer, en donde se me reunió el oficial de milicias Justo Zúñiga con sus dos hermanos, todos tres patriotas y valientes, y por caminos extraviados, no sin mucha dificultad, logré entrar en Popayán, cuya ciudad se hallaba en estado de sitio, y sin más guarnición que una compañía veterana y como 300 milicianos, fuerza, sin embargo, más que suficiente no sólo para defender el lugar sino también para hacer levantar el sitio.

Voy a referir cómo superé uno de los obstáculos que encontré en esta marcha. Hallábase situada en el pueblo de Rioblanquito una partida enemiga, y como era prudente no descubrir mi pequeña y mal parada fuerza, al paso que no había otra ruta para seguir adelante, dispuse arrear una recua de yeguas que en el camino estaba, y entrando en el pueblo con ellas mezclados y dando gritos amenazantes, logramos que el enemigo nos dejase el paso libre creyendo que lo atacaba una legión formidable.

La guarnición de Popayán estaba circunscrita al antiguo convento de Santo Domingo, y en las calles inmediatas se habían construido trincheras.

Antes de dar cuenta de mi comisión, me dirigí a mi casa a mudarme de ropa, porque iba muy mojado. El comandante general, que lo era el coronel José María Ortega, luego que supo mi arribo se dirigió adonde mí. y manifestó una grande admiración por mi llegada, pues le parecía imposible que yo hubiera podido entrar con tan pocos hombres en el estado en que los facciosos ocupaban los pueblos inmediatos al sur de Popayán y hacían incursiones hasta cerca de la ciudad.

Yo le pregunté cuanta fuerza tenía a sus órdenes, y habiéndome informado del número y calidad de hombres que defendían el lugar y los peligros que corría la plaza de ser tomada por el enemigo, yo tuve la imprudencia, con mi carácter franco, de asegurarle que con la mitad de la guarnición saldría yo al día siguiente a batir a los facciosos y despejar el campo. Digo imprudencia porque el coronel Ortega, que no conocía la clase de enemigos que le molestaban ni el país en donde se hacía la guerra, se manifestó ofendido de mi proposición, con cuyo antecedente y otra ocurrencia desagradable que había acontecido entre los dos, recién llegado Ortega a Popayán, se formó una prevención contra mí que me costó bastante caro, según lo expresaré más adelante.

Sin embargo, el comandante general puso a mi disposición la compañía veterana, constante de 50 hombres a las órdenes del capitán Diego Pinzón, dos compañías de milicias de Popayán y 14 hombres de caballería de Mercaderes, éstos a las Órdenes del teniente Juan Gregorio López, hoy coronel de la república, con cuya tropa, constante como de 180 hombres, salí al tercer día de mi llegada y despejé positivamente el campo, no habiendo batido a los enemigos, porque no se atrevieron a presentarse en combate. A pesar de esto, ellos quedaron anulados a beneficio de la siguiente invención.

Cuando observé que el enemigo, comandado por el famoso cabecilla Toro, no trataba sino de hacerme internar al valle del Patía, con el designio bien conocido de hostilizarme en la guerra de partidas, única que sabía hacer a maravilla, teniendo yo, por otra parte, orden de no pasar de la Cuchilla del Tambo, hasta donde había llegado sin obstáculo alguno, no obstante que se aseguraba que allí se me opondría una vigorosa resistencia y que llegué a presumirlo, porque hasta poco antes de mi llegada a la cima de La Cuchilla se mantuvo allí una partida enemiga, cuando observé, digo, que el enemigo, cuya astucia y cobardía me eran muy conocidas, no se hallaba con ánimo de esperarme, me acerqué a dos sujetos notoriamente españolistas, pero respetables por su carácter e influyentes en el país, y simulándoles que tenía una gran confianza en ellos, y encargándoles previamente el más inviolable secreto, les dije: "No quiero molestarme más en persecución de los facciosos, porque esto es inútil. En este pueblo (El Tambo), me estaré algunos días hasta recibir la cabeza de Toro, pues han de saber ustedes que muchas de las personas que se le están incorporando se han comprometido a cortársela por el precio de cinco mil pesos que se les ha ofrecido, y de un día a otro debo tener aquí esa cabeza". Demasiado sabía yo que esos sujetos, aunque no fuese más que por conciencia, comunicarían a Toro el secreto que yo Ies había participado, y lo cierto es que los resultados y otros datos me han convencido de que mi plan tuvo el mejor suceso. La partida de Toro se diseminó, retirándose algunos de los que la componían y presentándose otros, y su caudillo desapareció de un día a otro sin que los suyos hubieran sabido qué era de él, según me han dicho muchos de ellos, hasta que, derrotado Agualongo por el teniente coronel Tomás C. de Mosquera en su última tentativa sobre Barbacoas, se supo que Toro había muerto en aquel combate. Por este arbitrio quedó el territorio del Patía casi enteramente libre de enemigos, pues sólo subsistieron hasta su exterminio algunos negros malhechores, capitaneados por un tal Pablo Díaz, con quienes dieron fin poco tiempo después el capitán Salvador Córdoba y el teniente Juan Gregorio López.

Volví a Popayán, terminada que fue mi comisión con arreglo a mis instrucciones, y al llegar a esa capital supe que el general Córdoba replegaba, después de haber batido al faccioso Agualongo en Veinticuatro, adonde vino éste a atacarlo con fuerzas superiores. Efectivamente. a pocos días llegó el general Córdoba y resolvió seguir a Quito por el mar Pacífico y el desierto o tránsito de Esmeraldas, sin que yo le hubiera podido acompañar, porque el gobierno revocó mi licencia de pasar al ejército del Perú cuando menos lo esperaba, y me destinó al mismo tiempo a levantar 600 reclutas del Valle del Cauca con órdenes de reunirlos en Cali y remitirlos al puerto de Buenaventura para que de allí siguiesen a incorporarse en el ejército auxiliar del Perú, cuya comisión llené satisfactoriamente.

 

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