CAPITULO XVI
En una nueva organización del ejército, entre otros cuerpos
disueltos y refundidos lo fue el mío. Yo me dirigí donde el
Libertador a saber de su boca qué destino se me había dado, puesto
que en la orden general no se expresaba. El Libertador me dijo
"que yo estaba previsto para marchar a la Nueva Granada a
tomar el mando del mejor batallón". Yo le rogué
"que me dejase en Venezuela si tenía la bondad de
disponerlo así, manifestándole que deseaba continuar mis servicios
en aquella parte de la república hasta la terminación de la
guerra". Muy plausible pareció al Libertador mi solicitud,
y en consecuencia ordenó que se me hiciese reconocer como jefe del
Estado Mayor de la segunda brigada de la guardia. Otras cosas bien
lisonjeras para mí y desagradables para algunos, me agregó el
Libertador en esa entrevista, pero las omito por temor de dañar
reputaciones e intereses de no poco valor político.
De este destino que serví por algún tiempo, pasé al mismo puesto
en la primera brigada, y aun desempeñé algunos días el Estado Mayor
de toda la guardia. También obtuve varias comisiones transitorias a
Caracas, La Guayra y otros puntos, y fui a Puerto Cabello de
parlamentario cerca del general Latorre, nombrado por el general
Páez, que, en ausencia del Libertador a Santafé, quedó mandando en
jefe el ejército de Venezuela. Fui igualmente nombrado gobernador
político y militar de la provincia de Valencia cuando apenas
contaba 23 años de edad, y cuando en esa importante provincia, que
era el teatro de operaciones, había tantos y tan dignos jefes. Esta
circunstancia es de las que más honran mi vida pública, y siempre
la recordaré con un noble orgullo.
Los cuarteles no tenían lo necesario; los hospitales carecían de
lo más preciso; la tropa no tomaba ni oportunamente, ni en la
cantidad debida, sus raciones; y, en fin, todo lo concerniente a la
subsistencia militar estaba descuidado; pero en menos de un mes que
serví yo aquella gobernación se puso remedio a esas necesidades, y
no hubo un solo ramo de la administración que no recibiera el
impulso correspondiente. El general Páez me manifestó su
satisfacción por mis importantes servicios y me nombró comandante
general de los valles de Aragua. Supe que el Libertador se había
también manifestado muy complacido cuando se le dio cuenta de mi
conducta en la gobernación de Valencia, y que había proferido con
tal motivo, expresiones muy honrosas en mi favor.
Varios eran los objetos que se me encomendaban en el distrito de
los valles de Aragua, todos muy importantes al servicio público.
Llegado a Maracay, capital de aquel distrito, gracias a que esos
hermosos pueblos eran tan patriotas y cooperaban a cuantas medidas
me vi en el caso de tomar, mi primera atención fue la de organizar,
disciplinar y entusiasmar las milicias, pues estando inmediatas a
los puertos de mar de Ocumare y Choroní, frecuentemente eran
amenazados de incursiones del enemigo, que los amagaba siempre con
su escuadra. Establecí telégrafos diarios y nocturnos para anunciar
en pocos momentos el punto amenazado y el lugar de la concentración
de las milicias, distinguiendo por medio de los signos el número de
hombres que se llamaba al servicio, bien de caballería o
infantería, o si el peligro exigía una asamblea general. Se me
comisionó al mismo tiempo, a propuesta mía, para construir un
reducto macizo en el punto de La Cabrera, y la obra se terminó bajo
mi dirección. También puse en la laguna de Valencia, por órdenes
superiores, una flotilla de flecheras y lanchas cañoneras,
construidas bajo mi inmediata inspección. La provisión de víveres
para las tropas establecidas en Valencia fue otro de mis encargos,
y lo desempeñé a satisfacción de los jefes. Publicada la
Constitución de Cúcuta se me nombró jefe principal del cantón de
Maracay, siempre conservando el mando militar del distrito, y tuve,
por consiguiente, que poner en planta el nuevo orden de cosas. En
fin, puedo jactarme de haber servido útilmente a la patria en
aquellos destinos, y de ello conservo testimonios muy preciosos. Yo
inculqué en esos habitantes el respeto a la autoridad y el amor a
la persona. Muchas veces fue necesario juntar las milicias, y
siempre ellas estuvieron dispuestas a obedecer mis órdenes.
En el penúltimo sitio de Puerto Cabello me ordenó el general en
jefe marchar con la infantería de milicias, y sin tardanza me
presenté en el cuartel general de Marín con 800 hombres bien
armados y regularmente disciplinados. Con ellos ocupé en la misma
noche la izquierda del sitio, estableciéndome en Paso Real, en
donde formé parapetos para librarme de un golpe de mano, por la
inmediación a la plaza, que está a menos de tiro de cañón.
Sucesivamente fui reforzado por una compañía veterana del batallón
granaderos y por dos escuadrones de milicias, cometiéndoseme el
mando en jefe de la izquierda del sitio.
Muchas fueron las comisiones con que el general en jefe me honró
durante el sitio indicado. La conducción de cañones de a 24 y
establecimiento y dirección de nuestras baterías de la Vigía Baja y
Almacén, que llevó el nombre de Batería del General, se hicieron
bajo mi dirección, sin auxilio de ingenieros ni maquinas, porque
carecíamos de todo. Varios trabajos que se ejecutaron en el río
para quitar el agua a la plaza, trabajando para el efecto hasta
bajo las baterías enemigas, aunque sin mucho suceso, por razón de
ser el terreno sumamente arenoso, y, en fin, el asedio de El
Mirador de Solano, cuya ocupación nos era muy importante y cuya
guarnición logré hacer capitular a beneficio de una estratagema que
merece referirse.
Establecidos los puestos atrincherados casi a quemarropa de la
fortificación enemiga, después de haber impedido por nuestra
aproximación el que se hiciesen las señales a la plaza, hice poner
bandera de parlamento en el parapeto del lado de Paso Real, y mandé
cesar los fuegos; al mismo tiempo había dispuesto que 50 hombres se
ocupasen en conducir hasta el expresado parapeto cajones de
cartuchos y barriles vacíos, cuya operación se hacía
ostensiblemente, de modo que el enemigo pudiera observarla.
Correspondida la bandera de parlamento por el castillo, manifesté
deseos de hablar a su comandante, a quien dije: "Si usted
no capitula ahora mismo, esta noche volará el fuerte". El
comandante me pidió diez minutos de término para contestarme, al
cabo de los cuales me dijo "que estaba resuelto a perecer
antes que capitular, pues que tenía todos los medios suficientes
para defenderse, y que era muy difícil, si no imposible, formar una
mina en ese terreno que fuese capaz de hacer saltar el
fuerte". Mi respuesta fue declararle simplemente
"que continuaban las hostilidades dentro de dos
minutos", a cuyo fin di la orden de arriar la bandera de
parlamento. Media hora después se enarboló esta bandera en el
fuerte, y por mi parte se correspondió mandando cesar los fuegos.
Entonces el comandante, que era un capitán español llamado Raimundo
Cabo Montero, me insinuó que, después de una madura deliberación,
había resuelto capitular, siempre que se le otorgasen las
condiciones que expresaba en un papel, que me entregó. Yo le
observé que pronto tendríamos una respuesta del general en jefe, a
quien mandé la base de la capitulación. En efecto, el general
accedió a todo, pues no se pedía nada que no fuese de uso y
costumbre. Se extendió, pues, la capitulación, pero el comandante
me dijo que en virtud de estar ya la noche próxima y tener que
entregarme el fuerte por un inventario formal, no se verificaría
esto hasta el día siguiente por la mañana. Yo le contesté
"que esta condición no me parecía asequible, pero que daba
inmediatamente cuenta al general en jefe pidiéndole
instrucciones". Con este motivo el mismo general Páez fue
en persona y me ordenó contestar "que en ese mismo acto
debía ser evacuado el castillo y ocupado por nuestras
tropas". El comandante del fuerte accedió a esta
propuesta, y al instante el general pidió la escala y subió al
fuerte acompañado por mí, y cuando todavía estaba ocupado por la
guarnición española, cuyos soldados nos miraban con ojos de desdén
y animadversión. La guarnición se relevó en seguida por una
compañía de granaderos, y los rendidos recibieron los honores
correspondientes y el entero cumplimiento de lo estipulado.
Si la ocupación de este fuerte nos era necesaria bajo muchos
aspectos, también nos fue muy perjudicial para la salud bajo otros.
El vómito prieto se declaró en su guarnición, en términos que era
necesario relevarla dos veces por día. Mi columna empezó a sufrir
con esa terrible enfermedad y fue preciso trasladarla a la hacienda
de Santa Cruz, como media hora distante de Paso Real, para
conservarla más abrigada y distante del punto de la epidemia,
dejando siempre destacamentos en los puntos principales. Con tal
catástrofe empezó también la deserción, como sucede siempre entre
los milicianos cuando se les tiene mucho tiempo ausentes de sus
familias, y ya hacía algunos meses que ellos habían salido de sus
casas y no tenían esperanzas próximas de volver a ellas, pues el
sitio se prolongaba por falta de medios para estrechar la plaza o
asaltarla. Los inauditos esfuerzos del general eran insuficientes.
Muchas veces este jefe se precipitaba como despechado a los más
inminentes peligros, ya vistiéndose de soldado raso y obrando a las
órdenes de un cabo sobre las fortificaciones, ya poniéndose su gran
uniforme y plantándose cerca de la casa fuerte, sirviendo de blanco
por largo tiempo y con la mayor sangre fría a los buenos fusileros
que la defendían, ya embarcándose en una pequeña barca y
colocándose en los puntos más peligrosos. Nuestra marina, compuesta
de pequeños buques, hizo la prueba de resistir la entrada de tres
buques de guerra españoles que habían salido a Curacao a traer
víveres, y no pudo embarazarlo, en circunstancias en que la plaza
estaba al rendirse por falta de municiones de boca. Nuestra
artillería de sitio no consistía sino en seis cañones de grueso
calibre y un obús de a 6 pulgadas con muy pocos proyectiles, y para
su servicio no teníamos buenos artilleros. Puede asegurarse que con
una fragata en nuestra escuadra, o con dos morteros de aplaca en
nuestras baterías, la guarnición habría infaliblemente capitulado.
Esta última medida de los dos morteros la propuse al general en
jefe, quien había pedido a Cartagena todos los elementos de guerra
necesarios, con los cuales se hubiera rendido la plaza, pero no
alcanzaron a llegar oportunamente, y estando nuestras fuerzas
disminuidas al último extremo por la muerte y la deserción, fue
necesario levantar el sitio a fines de julio de 1822.
Debo decir, en justicia, que el general en jefe no sólo acreditó
ese asombroso valor que le ha distinguido siempre sino también toda
la habilidad necesaria para coronar la empresa del mejor suceso.
Sus oficiales y tropa secundaron las medidas del general
conduciéndose con la bizarría propia de los mejores ejércitos del
mundo. Pero esto no era bastante: se necesitaban otros muchos
elementos de sitio, y ya he dicho que carecíamos hasta de lo más
preciso. Tal era nuestra escasez de hombres facultativos, que a
pesar de que yo no era sino un oficial de infantería, hubo de
comisionárseme, a falta de otros más inteligentes, para desempeñar
funciones que en semejantes casos corresponden a los oficiales de
ingenieros, artillería y zapadores. Yo tenía que andar de continuo
en las baterías que se me habían confiado, ordenando personalmente
los fuegos que tuve la fortuna de dirigir con el mayor acierto.
Regresé, pues, a continuar en el desempeño de mis destinos en
los valles de Aragua, esperando que las circunstancias nos
ofreciesen la ocasión de volver a estrechar el sitio de Puerto
Cabello, en el cual yo debía tomar parte como lo había solicitado y
se me había ofrecido, pero otras atenciones distrajeron al general
en jefe y parte del ejército de los lados del Zulia y Occidente de
Venezuela. En este intervalo llegó a Maracay el primer enviado de
los Estados Unidos, coronel Carlos S. Tood, que marchaba a Bogotá y
había sido recomendado por las autoridades para que se le recibiese
en todas partes con el acatamiento y distinción debidos al
representante de la primera nación que acababa de reconocer
explícitamente nuestra independencia, y se le diese un oficial para
que siguiera con él, en calidad de socio, hasta la capital de la
república. El ministro Tood, sin ninguna insinuación de mi parte,
me propuso si quería acompañarle. Yo le contesté que si el general
me lo permitía tendría mucho gusto, pues consideraba que me
alcanzaba el tiempo para regresar al nuevo sitio de Puerto Cabello.
El señor Tood se interesó con el general Marino, quien mandaba
entonces las fuerzas de la línea, y este jefe me concedió una
licencia condicional, es decir, me permitió que siguiese en
compañía del señor Tood hasta donde encontrase al general Páez, que
debía estar en uno de los lugares del tránsito, y que de este
general, a quien daba cuenta, dependía el que yo continuase hasta
Bogotá o regresara a mi puesto. Empecé, por tanto, mis preparativos
de viaje, teniendo que entregar a las personas que me reemplazaban
las oficinas que estaban a mi cargo, y aun no había partido de
Maracay cuando llegó el general Páez. Al principio se negó
obstinadamente a concederme el permiso, pero al fin cedió a las
insinuaciones del general Marino y roías. Muy presentes tengo las
últimas palabras de despedida del general en jefe, a quien siempre
merecí pruebas notables de cariño y honra: "Adiós, me
dijo, espero verle a usted pronto; si usted no vuelve, no creo más
en los amigos". Yo le protesté con la mayor sinceridad
regresar en determino de la distancia, pues tal era mi propósito.
Como una de las pruebas de esta aserción diré que en Maracay dejé
parte de mi equipaje, que no he vuelto a recobrar.
A mediados de noviembre de 1822 emprendí este viaje, y llegamos
a Bogotá el 23 de diciembre, habiendo sido tratados en todo el
tránsito con las mayores atenciones. El 24 me presenté al general
Santander, vicepresidente de Colombia, encargado del poder
ejecutivo, y le pedí una licencia de quince días para descansar, la
que me fue concedida. El 4 de enero de 1823 se me dio orden, por
conducto del secretario de guerra, general Pedro Briceño Méndez,
para marchar a Popayán, anunciándome que había sido nombrado
sargento mayor del batallón Cauca y destinado a encargarme
interinamente del Estado Mayor de aquel departamento. Como me
faltaban todavía seis días para completarse el término de la
licencia que había pedido, representé manifestando mis deseos de
regresar a Venezuela y mis comprometimientos para con el general
Páez, suplicando al gobierno me exonerase de los nuevos destinos
que
se me habían conferido y me permitiese cumplir mi
palabra y satisfacer mi voluntad. Por toda respuesta se me dijo que
conforme a ordenanza debía cumplir con las órdenes que se me habían
dado antes de hacer ninguna súplica o reclamación. Yo insistí
demostrando "que no habiendo expirado el término de mi
licencia temporal, me hallaba en tiempo hábil para dirigir mi
reclamación, puesto que la ordenanza, cuyo artículo cité, sólo
prohibía reclamar de las órdenes antes de cumplirlas, cuando
resultaba algún perjuicio al servicio militar, y que en mi caso, no
podía resultar ningún mal, pues tenía tiempo suficiente para
recibir la respuesta del gobierno". El decreto fue
ordenarme que marchase inmediatamente adonde se me destinaba. En
tal situación no me quedó más arbitrio que el de escribir al
general Páez, dándole cuenta de esas ocurrencias y disculpándome de
no serme posible regresar porque el gobierno me lo impidió
severamente.
Si he procurado ser minucioso en la precedente narración, ha
sido con el objeto de justificarme de nuevo ante el general Páez, y
no llevar sobre mí la nota de ingrato e inconsecuente. Y como había
ocurrido una circunstancia que sirviera de precedente a formar un
juicio desventajoso en el ánimo de aquel general, no temo pasar por
temerario si sospecho que mi no regreso a Venezuela haya podido
atribuirse a otra causa que poco favor me hiciera. Voy a referir
esta circunstancia.
Se había asegurado al general Páez haber visto una carta mía
escrita a una señorita de Valencia, en que !e decía, entre otras
cosas, "que el general me había puesto de carnada en Paso
Real, durante el sitio de Puerto Cabello, expuesto incesantemente a
morir bajo los fuegos del enemigo, mientras que él (el general) se
hallaba a una gran distancia del peligro meciéndose en su
hamaca..." No me atrevo a expresar el último pensamiento
por no faltar a la decencia debida a mis lectores. Tan luego como
llegó a mis oídos un cuento tan ridículo, me dirigí al general
protestándole mi inocencia y autorizándole para cuanto quisiera
pensar con respecto a mí, siempre que se exhibiera el documento
justificativo de este enredo o las pruebas inequívocas del cargo.
El general pareció inclinarse a creer lo que yo le aseguraba; mas,
temo que acaso le quedara un resto de desconfianza. Juro, por
tanto, mil veces, que era yo incapaz de dar motivo a semejante
acusación, pues la preferencia que merecía al general para varias
comisiones honrosísimas, cada vez me lisonjeaba más, y no podía
menos de suceder así a un oficial que, como yo, deseaba acreditarse
y distinguirse en puestos y ocasiones solemnes. Emulos, bajos o
miserables, envidiosos eran, sin duda, los que me calumniaban, para
hacerme perder la gracia del general Páez, a quien yo admiraba y
quería entrañablemente.
Marché, pues, a mi destino, dejando en la secretaría de guerra
una nueva representación al gobierno en que me quejaba de
postergación, pues siendo un sargento mayor antiguo y habiendo
obtenido puestos de mayor categoría, como eran los mandos de
cuerpos y columnas, etc., se había ascendido a teniente coronel
efectivo y dado el mando del batallón Cauca al capitán Basilio
Palacios Urquijo, mientras a mí no sólo no se me daba el ascenso
que la justicia o la equidad exigían, sino que se me destinaba en
mi mismo grado a las órdenes de un jefe cuyos servicios y
circunstancias no podían ser comparados con los míos, y concluí
pidiendo mi retiro del servicio. Hasta hoy no se ha dado respuesta
a esa representación.
En breves días llegué a Popayán lleno de sentimiento por la
conducta del gobierno para conmigo y por el temor de que el general
Páez llegase a consentir en que yo podía haberle faltado a mi
palabra, pero este disgusto se templaba con la consideración de
volver al país de mi nacimiento y ver a mis hermanos y otras
personas que me eran muy queridas, entre éstas a mi futura esposa.
Uno de mis dichos hermanos, el tercero, que había tomado servicio
en las tropas de la república, había muerto en un hospital
ambulante en calidad de pífano de un batallón.