CAPITULO XV
La víspera del día en que se rompieron las hostilidades fue
celebrada en Barinas con un baile dado por el general Bolívar. A
las doce de la noche en punto dio el Libertador un brindis alusivo,
con toda la vehemencia de su entusiasmo, y a la misma hora ordenó
que mi batallón pasase en el acto la línea demarcatoria y ocupara
la villa de Obispos, lo que se verificó puntualmente sin
resistencia del enemigo. En seguida fue comisionado el comandante
de mi cuerpo para obrar sobre otros puntos a las órdenes del
coronel Remigio Ramos, con la mitad del batallón, y yo quedé con la
otra mitad en aquel pueblo. Casi toda la ribera izquierda del Apure
estaba entonces ocupada por partidas de guerrillas enemigas, y uno
de mis deberes era perseguir las que estaban más inmediatas.
Casualmente existía en Nutrias el señor don Juan E. Zaldúa, uno de
mis coprisioneros en La Cuchilla del Tambo y compañero de
infortunios, que habiendo sido condenado al servicio de las armas,
había tenido la suerte de conseguir su licencia absoluta por
haberse casado con una señora hija del realista Matute. Ningún
agente más calculado que Zaldúa para entrar en relaciones con
algunos caudillos de las guerrillas, y con este designio le hice
venir a Obispos y logré lo que deseaba. Me puse en comunicación con
varios oficiales del enemigo, tuve entrevistas con ellos, saliendo
solo a puntos distantes del pueblo sin ninguna clase de garantías;
les pinté el estado de la república; les demostré la justicia de
nuestra causa, y, en fin, los conquisté por medio de la persuasión.
Al dar cuenta al Libertador de mi conducta y de su feliz resultado,
hallándose éste en Barinas, montó a caballo en el momento y fue en
persona a manifestarme su satisfacción, admirado del buen
suceso.
Así quedó nuestro flanco derecho enteramente despejado y libre
de atenciones por esa parte. Los oficiales realistas, a quienes
logré convencer, han servido después a la república con mucha
distinción.
Abierta la campaña, yo recibí órdenes para trasportarme a
Guanare, en donde estaba ya el cuartel general libertador, y el
mismo día de mi llegada se continuó la marcha sin haber hecho alto
hasta San Carlos, en donde debía concentrarse el ejército. Allí se
hicieron ciertas reformas en la organización; por consecuencia de
ellas yo fui destinado a tomar el mando de algunas compañías
creadas en la provincia de Trujillo, que llevaban el nombre de
Columna Carrillo y estaban situadas en un pueblo inmediato llamado
San Josecito. El libertador me llamó a su casa para manifestarme la
necesidad de que esa columna entrase en una buena instrucción y
disciplina, ofreciéndome que, sobre su base, se formaría pronto un
batallón de que se me daría el mando. Yo me encargué, pues, de esta
tropa, que se componía como de 600 hombres, y, según mi costumbre,
me consagré a su arreglo en todo sentido. Recibida y ejecutada la
orden de entrar en San Carlos se formó de esta tropa y de varias
clases tomadas de otros cuerpos el batallón Vargas de la Guardia,
de que se me dio el mando. En esas circunstancias llegaron las
tropas de Apure a las órdenes del general Páez, y todo anunciaba
una próxima batalla.
Desgraciadamente yo fui atacado en aquellos días de una fiebre
violenta, causada por mis ímprobas fatigas y desvelos en el
cumplimiento de mis deberes, y privado del conocimiento no supe la
marcha del grande ejército hasta que ella se había verificado.
Apenas volví en mí y pude pararme, pedí mi pasaporte y me puse en
marcha en alcance de mi cuerpo contra la opinión de los
facultativos, pero el mismo día que me moví se dio la batalla de
Carabobo, en que no tuve la gloria de encontrarme bien sea que ni
mi cuerpo ni los dos tercios del ejército tuvieron necesidad de
disparar sus fusiles. No alcancé mi batallón hasta Valencia, en
donde volví a recaer con la fiebre.