CAPITULO XIV
A las órdenes de este mismo general se emprendió muy luego una
campaña sobre Barinas, cuya provincia era defendida por una
división española que mandaba el general Real. Este jefe no se
atrevió a presentarnos una batalla, y se retiró hacia Guanare.
Al segundo día de haber ocupado la ciudad de Barinas, desertaron
por la noche diez oficiales prisioneros a quienes se había dado
servicio en mi batallón, y pronto supimos que se habían incorporado
en la división del general Real. No sé si esta circunstancia sería
la que decidió al general Páez a repasar el Apure, emprendiendo la
marcha por Obispos y Nutrias, o si la retirada sería efecto de
alguna otra combinación. En este paseo militar tuvimos muchísimos
desertores, que aprovecharon la ocasión de estar cerca de la
cordillera para regresar a sus casas. En la retirada yo pude haber
sido asesinado por uno de nuestros soldados ingleses, a quien,
estando yo de guardia de prevención, intimé la orden de continuar a
su cuerpo, pues se hallaba retrasado; este individuo, que
ciertamente estaba enfermo y maltratado, me hizo en su idioma
algunas insinuaciones que yo no pude entenderle bien, y últimamente
se sentó con ánimo de no seguir. Yo, que tenía órdenes positivas de
no dejar atrás ningún soldado, le manifesté que siguiese poco a
poco, y que su fusil se lo conduciría yo mismo para aliviarlo, a
cuyo efecto traté de tomarle dicho fusil, pero, acaso porque no me
comprendió o por un efecto de desesperación, en vez de obedecerme
lo preparó y rastrilló sobre mi pecho, bien que no dio fuego, pues
de otra manera yo habría muerto infaliblemente. Entonces lo desarmé
e hice conducir a la Legión Británica a que pertenecía, dando
cuenta del suceso.
Llegados a Achaguas nos ocupamos
de la disciplina, en que
yo era infatigable. Allí se me nombró jefe de instrucción de mi
cuerpo, y, por consiguiente, estaba en ]a necesidad de ocuparme
todo el día y una parte de la noche, ya en academias de oficiales,
sargentos y cabos, ya en la instrucción de mi compañía de
cazadores, que puse en un estado inmejorable, ya en la de los
grupos de reclutas que se destinaban al cuerpo, y últimamente
encargado de la mayoría del batallón, cuyo mando se había dado al
teniente coronel José Gabriel Lugo, estando vacante el destino
mayor por haber regresado a Santafé el teniente coronel graduado P.
José Mares. Tal era mi consagración a la disciplina de mi cuerpo, y
tal fue el método que me dio la práctica, que en doce días ponía
los reclutas en estado de maniobrar en línea, escuela que no es
fácil adquirir en tres meses.
De Achaguas pasó mi cuerpo a estacionarse a tres horas de
distancia, en un punto llamado El Chorro. Después de algunos días
marchó al puerto del Caujaral, en el río Arauca, con el objeto de
vestirse, armarse bien y tomar media libra de sal por plaza, y
regresó a San Juan de Payara, en donde tomó cuarteles. Reunido
estaba el ejército de Apure en este pueblo y pronto a emprender una
campaña seria sobre Caracas, por San Fernando y Calabozo, cuyo
movimiento había ya empezado, cuando se recibieron órdenes del
general Bolívar para suspender esta operación. En consecuencia, a
poco tiempo se previno a los batallones Boyacá y Tiradores que
marchasen a San Cristóbal, con el interesante objeto de traer a
espaldas cerca de 3.000 fusiles nuevos para armar los cuerpos que
se reunían en aquella villa. Estos dos cuerpos, formando una
columna que llevaba el nombre de Héras, y de que yo era el
encargado del detal, emprendieron su marcha llenas de contento,
porque siendo granadinos casi todos sus soldados, deseaban salir de
un país en que no se comía sino carne, sin ninguna especie de pan
ni otros condimentos, pero ignoraban nuestros soldados el peso de
las fatigas y trabajos que les esperaba, constituidos en bestias de
carga y precisados a repasar la maldita montaña de San Camilo en la
nueva estación de las aguas. Sin embargo, ellos soportaban sus
penas con resignación, pues tenían la esperanza de mejorar de
suerte, después de haber superado las dificultades de tan extraña
marcha. Yo estaba encargado de seguir a la retaguardia con órdenes
precisas de no dejar a nadie atrás. Siempre me tocaban estos
puestos tan azarosos.
Como ya estuviesen algunos cuerpos en disposición de pasar el
río Apure cuando se recibieron las órdenes del general Bolívar en
contrario, me comisionó el general Páez para seguir volando a
intimar las nuevas disposiciones, lo que verifiqué, según mi
costumbre, atravesando sabanas desiertas, de que yo no era
práctico, entre el Arauca y el Apure, sin sendas, pues por allí no
las hay, y los únicos nortes para seguir una dirección en esos
desiertos inmensos son los bosques que se denominan matas; hube de
caer, ya entrada la noche, en una ranchería de indios salvajes,
adonde me dirigí a la vista del fuego de sus fogones, con el objeto
de preguntar por dónde debía seguir mi dirección. Mi sorpresa fue
grande cuando me anuncié a la multitud haciendo el saludo de tabla,
que no se me contestó. Los indios, armados de sus flechas y
macanas, se precipitaron sobre mí en actitud amenazadora, tratando
de rodearme, a cuyo aspecto volví caras a galope y pude librarme de
esos bárbaros, viéndome así obligado a pernoctar a las orillas de
un caño, hasta que, al día siguiente, a tontas y a locas, como se
dice, tuve la suerte de rectificar mi dirección y llegar
oportunamente a mi destino.
Antes de salir de los llanos de Apure y continuar la marcha para
San Cristóbal, debo manifestar que merecí del general Páez
consideraciones muy esmeradas, y que aunque mi vida era penosa en
aquel país, y muchas veces el carácter brutal de los llaneros me
obligó a contiendas desagradables y peligrosas, al fin pude
conciliarme la benevolencia de esas gentes y hacerme compadre con
muchos de entre ellos, lo que no era poca fortuna en aquel tiempo
en que los hombres blancos eran mal mirados y los granadinos,
despreciados por aquellos habitantes en lo común, pues felizmente
había excepciones favorables.
Hasta que entramos en San Camilo, las fatigas y las privaciones
no habían sido tan grandes, pues habíamos tenido la facilidad de
ayudar a llevar los fusiles en nuestras caballerías y a espaldas de
las mujeres y muchachos de tropa, pero en la montaña pasamos los
tormentos más indecibles. Disminuidos los soldados por la muerte o
las enfermedades, eran obligados sus compañeros a recargarse con
los fusiles y municiones que antes llevaban aquéllos, de manera que
cada individuo, sin exceptuar los jefes y oficiales, llevaba tres
fusiles y aún cuatro, a más de los correajes y municiones. La
carne, que era todo nuestro alimento, nos faltó desde el segundo
día de montaña, y al cuarto empezaron a morir de hambre los mejores
soldados. Al sexto día ya todos parecían cadáveres, y al octavo, en
que salimos a la tierra de promisión, apenas teníamos fuerzas para
dar un paso adelante. Más de 200 soldados perecieron de miseria en
la misma montaña, y pocas veces he experimentado yo un dolor más
agudo que el que me causaba la perspectiva de hombres poco antes
tan robustos, caer en tierra agobiados por la debilidad sin
arbitrios para alimentarlos y precisado a abandonarlos
exánimes.
El importante servicio que hicimos nos valió la gracia de
pertenecer a la guardia del Libertador, que era la parte
privilegiada del ejército republicano. Muy a caro precio compramos
este favor, pero es preciso confesar que, sin estos sacrificios,
los enemigos hubieran podido ocupar nuevamente la parte del norte
de la Nueva Granada, pues los cuerpos que la defendían se hallaban
casi desarmados, a causa de haber tenido que mandar sus fusiles a
las columnas que se habían dirigido sobre Cartagena, Santa Marta y
Río Hacha. Afortunadamente no supo el general Latorre esta
circunstancia hasta las vísperas de haber llegado nosotros a San
Cristóbal. De otro modo, era evidente que el enemigo, situado
entonces en La Grita y Bailadores, habría marchado sin mayores
obstáculos hasta las puertas de Santafé, y complicado gravemente
nuestra situación política y militar.
Muy pocos días después de nuestra llegada a San Cristóbal, fue
destinado el teniente coronel Lugo al Socorro a crear un nuevo
batallón, y el mando del Boyacá se confirió al teniente coronel
barón Donopp. El comandante Héras, jefe de la columna, aprovechando
la ausencia del comandante Lugo, con quien tenía consideraciones,
sacaba los mejores soldados del Boyacá para colocarlos en
Tiradores, que era el batallón de su mando. Como entre los soldados
de la saca iban muchos de mi compañía, que era la mejor que ha
habido y que me había costado tanto trabajo para ponerla en un
estado tan perfecto de disciplina que servía de espejo a todo el
ejército, aun a la lucida Legión Británica, y no podía ver con
indiferencia la conducta de Héras, formulaba mis quejas a todas las
autoridades pidiendo que se cortase semejante abuso, pero mis
clamores eran infructuosos, pues Héras merecía la estimación de los
generales, y se puede decir que era el jefe mimado del Libertador
Bolívar. El abuso continuaba, y no me quedaba otro remedio que
lamentar a solas la saca de mis magníficos soldados. En ese tiempo
aconteció lo siguiente:
Me hallaba en la casa de la Mayoría instruyendo un proceso
contra algunos desertores, cuando de repente se apareció el
comandante Héras y me dijo de la manera más brusca: "'No
quiero que usted haga nada en mi columna; deje usted ese proceso,
que yo lo confiaré a otro oficial", y al mismo tiempo se
apoderó de los documentos. Mi respuesta fue: "Extraño, mi
comandante, semejante conducta de usted; si usted tiene alguna
queja contra mí, puede vengarse de una manera más lícita, pues
tiene la autoridad en su mano. Mas si usted pretende humillarme,
aquí tengo esta espada que he ganado a la patria con mis esfuerzos,
y en este instante quiero mostrar a usted que tengo honor y
delicadeza para no dejarme ofender impunemente". Al mismo
tiempo empuñé mi espada y me paré en la puerta de la casa. Héras me
contestó: "Por esta sola acción pudiera perder a usted
haciéndole seguir una causa que le costaría la vida; pero mi
intento no es otro que el de separar a usted de mi columna, porque
ha dado quejas contra mí, y ya no podemos estar los dos en
armonía". "Bien, le repuse, yo también debo
separarme de la columna, sólo porque usted la manda. Para servir a
la patria hay muchos puestos en el ejército que yo sabré desempeñar
tan honrosamente como todos los que he ocupado hasta aquí, y en
último casa no me faltaría una plaza de soldado. Yo me he quejado
contra usted y me seguiré quejando, si hubiese lugar, por su
conducta arbitraria, sacando del Boyacá, y especialmente de mi
compañía, los mejores soldados, para dar con ellos lustre a su
cuerpo, después de tantos esfuerzos que he hecho para disciplinar
el mío". "Dé usted cuantas quejas quiera, me
replicó Héras, que yo sabré lo que me conviene hacer", y
se marchó. Este pasaje sucedió en presencia de varios jefes y
oficiales, entre los cuales recuerdo al coronel Juan Gómez, hoy
general de la república.
Muchos fueron los disgustos que se me siguieron, hasta el caso
de ser desobedecido por el batallón Tiradores, mandando una parada.
No me quedaba otro arbitrio que tomar una venganza personal por
semejante desaire, y a este fin di todos los pasos conducentes;
pero mis enemigos, evitando esto, formaron mil intrigas, hasta que
consiguieron, bien que con beneplácito mío, que se me sacase de la
columna y se me destinase de primer adjunto al Estado Mayor de la
guardia del Libertador, cuya oficina estaba a cargo del coronel
Francisco Avendaño, jefe de educación y principios, con quien serví
muy a gusto por algunos meses, habiéndoseme ascendido por el
Libertador, no obstante la malevolencia de Héras y algunos de sus
oficiales, a sargento mayor, el 23 de septiembre de 1820,
destinándome al nuevo batallón Boyacá que había formado el
comandante Lugo, pues el antiguo fue disuelto al fin y refundidos
sus individuos, los mejores en Tiradores y los peores en los demás
batallones que estaban en San Cristóbal. Este cuerpo de ejército
era mandado inmediatamente por el general Rafael Urdaneta.
Al mismo tiempo que se me ascendió a Mayor, se me comisionó en
clase de comandante militar de San José de Cúcuta, mientras llegaba
el cuerpo a que se me había destinado. El ejército se movió en esos
días hacia Mérida, y yo seguí a ocupar mi puesto en San José, en
donde estaba establecido un hospital militar y no había un solo
soldado de guarnición, sin embargo de que los enemigos no sólo
ocupaban todavía a Maracaibo sino todo el río Zulia, haciendo sus
incursiones hasta cerca de San José. En tal estado, yo suplí con un
buen espionaje la falta de guarnición, mientras pude formar un
piquete de los convalecientes, y allí permanecí como quince días,
es decir, hasta que llegó al Rosario el batallón Boyacá.
El jefe de este cuerpo me había tratado siempre bien, y no
desmintió su buen comportamiento para conmigo en ninguna de las
diferentes ocasiones que serví bajo su mando. Así es que con el
mayor gusto me incorporé en el nuevo batallón, que marchó luego
hasta Mérida, en donde alcanzamos a los demás cuerpos del ejército
y continuamos luego a Trujillo, que era el cuartel general del
Libertador. Inmediatamente se nos destinó a ocupar los pueblos de
Betijoque y Escuque, inmediatos al Lago de Maracaibo, lo que
verificamos sin resistencia del enemigo, y continuamos cubriendo
esa línea por algunos días, habiendo sido destinados posteriormente
a los pueblos de Pampán y Pampanito, inmediatos a la línea enemiga,
cuyo cuartel general estaba entonces en Carache. En fin, varios
fueron los puestos que ocupamos, ya siguiendo los movimientos del
ejército, ya destacados de él. Durante este tiempo no me ocurrió de
notable otra cosa que un nuevo disgusto con el comandante Héras,
quien, estando de jefe de día en Sabanagrande, me pidió
repentinamente la situación diaria de mi cuerpo, la que escribí al
punto con un lápiz y se la presenté en un pedazo- de papel, pues el
lugar en donde me hallaba, separado del campo de mi cuerpo, no me
permitía hacerlo de otro modo. Héras me dijo "que esa era
una descortesía reprensible". Yo le contesté "que
el lugar en donde me había pedido la situación no me permitía
haberla escrito en debida forma, tanto más cuanto yo había
considerado su demanda como muy exigente por el momento, pues que
la hora ordinaria de presentar aquel documento con toda la cortesía
debida no había llegado". Héras estableció una queja
contra mí por aquella ocurrencia, pero a pesar de su poderoso
influjo tuve la suerte de justificarme ante el Libertador.
Esperábamos una batalla campal, pues el general Morillo había
concentrado sus fuerzas y puéstose en movimiento sobre nuestra
posición, pero el armisticio de Trujillo y la entrevista de los dos
generales en Santa Ana hicieron suspender por entonces las
hostilidades y pusieron término a la guerra a muerte por el tratado
de
Regularizados de la guerra.
Durante este armisticio continuamos con actividad la disciplina
de los cuerpos. Mi batallón estuvo acampado sucesivamente en Boconó
de Trujillo, Niquitao, Quebrada Seca y Aranjuez de Barinas, sin que
hubiera ocurrido ninguna cosa digna de referirse, a no ser las
frecuentes atenciones que cambiábamos con los jefes y oficiales
españoles, con quienes poco antes nos encarábamos como perros y
gatos.