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CAPITULO XIII

 

Al siguiente día emprendí la marcha a Santafé, acompañado de Luco y un práctico, por el camino que conduce al pueblo de Cipacón. A poca distancia encontramos un escuadrón de guías a las órdenes del comandante Carvajal, a quien informé de cuanto merecía su conocimiento y le manifesté que si seguíamos sin interrupción en pos de Calzada podríamos todavía darle alcance, seguros de que los pueblos nos darían toda clase de auxilios; me contestó que no tenía órdenes para pasar de La Mesa, en cuya virtud resolví continuar a Santafé. En el tránsito encontré muchos derrotados, y los decidí a regresar ofreciéndoles mi protección.

Antes del medio día llegué a Cipacón con mi compañero Luco, habiéndose devuelto el práctico porque era ya innecesario. Apenas llegamos al pueblo cuando una partida de paisanos a pie y a caballo se lanzó sobre nosotros, tomándonos por españoles y exigiendo las armas que llevábamos con las más enérgicas amenazas e insultos. No nos valió haberles jurado que éramos patriotas, etc.: fue preciso entregarles nuestras armas y caballos, que ofrecieron reintegrárnoslos si probábamos que éramos tales patriotas, pues, en el caso contrario, seríamos fusilados dentro de un cuarto de hora. La prueba era difícil en aquel lugar en donde ni Luco ni yo éramos conocidos, y el pueblo, justamente enfurecido contra los españoles, estaba desenfrenado, y no respiraba sino sangre y venganza. Conflicto terrible era en el que nos hallábamos expuestos a morir en manos de nuestros mismos compatriotas por una fatal equivocación, pero la Providencia, que había velado tanto en la conservación de mi vida, quiso mandarme un ángel tutelar en aquellos angustiosos momentos. Depositados en un cuarto y prevenidos de pedir a Dios misericordia antes de morir, se apareció el cura (15) a quien yo había conocido en Bogotá en la tienda de la señora Rita Cetina, madre del teniente coronel Francisco de P. Castellanos, muy patriota, y que me había mirado con interés y lástima bajo la dominación de Sámano y Morillo. El cura empezó por preguntarnos quiénes éramos y de qué país. Yo le contesté precipitadamente cómo me llamaba y en breves palabras le referí mis padecimientos. Al instante el cura recordó haberme conocido, y nos dijo: "Sin esta casualidad habría sido difícil que ustedes se escaparan del furor del pueblo, pues yo había venido a confesarlos"; y llamando entonces a los principales corifeos, les aseguró que éramos patriotas, en cuya virtud se nos entregaron nuestras armas y caballos y nos pusimos en marcha para la capital, después de haber almorzado en casa del buen cura.

Mi deseo de conocer al Libertador Bolívar sólo podía igualarse al placer que experimentaba de verme ya libre, y a mi patria rescatada de una esclavitud tan dura como ignominiosa. En el palacio de gobierno había algunos Jefes, entre ellos el teniente coronel José María Cancino, que me conocían, los que me presentaron al héroe de Boyacá, quien me acogió con extremada benevolencia, me hizo algunas preguntas, aplaudió mi procedimiento, me lisonjeó con la idea de que mi nombre le era conocido, y me destinó de ayudante mayor del batallón Boyacá, de nueva creación, ascendiéndome a teniente efectivo con grado de capitán. Allí estaba ya el doctor Vicente Azuero.

Lleno de entusiasmo me encargué de mi nuevo destino, consagrándome sin interrupción al desempeño de mis funciones. Antes de veinticuatro horas de habérseme destinado se puso en marcha mi batallón para el norte. Los comandantes de este cuerpo eran el coronel Justo Briceño (después general de Colombia) y el mayor Pedro José Mares (después coronel de Colombia). En el término de la distancia llegamos a Pamplona, en donde permanecimos algunos días mientras se organizaban y disciplinaban los cuerpos de la división del norte, a las órdenes del general Soublette. La quinta división del ejército español, a las órdenes del brigadier Latorre, ocupaba los valles de Cúcuta y algunos otros pueblos de la provincia de Pamplona.

El 20 de septiembre nuestro cuerpo de ejército, organizado en dos divisiones denominadas Vanguardia y Retaguardia, emprendió la marcha sobre el Rosario de Cúcuta, en donde estaba el cuartel general de los españoles. El 23 llegamos a Juan Frío, punto distante como una hora de camino del Rosario, sin haber sido notados del enemigo, pues le habíamos sorprendido y hecho prisionero un destacamento avanzado de observación. Una pequeña columna que había mandado Latorre a explorar el campo nos descubrió y escaramuceó por algunos minutos, retirándose luego en el mejor orden, habiéndonos muerto un soldado y herido dos o tres. Muy pronto ocupamos el Rosario, que acababa de ser evacuado por el enemigo, y seguimos en su persecución por el camino principal. En Las Cruces de San Antonio, que es una altura dominante, hizo alto Latorre y se dispuso al combate. Su división constaba como de 1.300 hombres, excelentes soldados por su disciplina. Nuestras tropas eran poco superiores en número, y aunque no estaban bien disciplinadas, excedían a aquellas en moralidad debido a los recientes triunfos de las armas republicanas, y, además, teníamos un escuadrón de caballería, de cuya arma carecía el enemigo. Formados en columna cerrada en una explanada que está al pie de la colina, se desplegaron algunas guerrillas, que rechazaron bizarramente las contrarias. Estas operaciones se repitieron muchas veces y por más de cuatro horas, sin haberse empeñado los dos ejércitos en un lance serio, hasta que, llegada la noche, se puso término a los combates parciales, quedando aquellos y nosotros en nuestras primitivas posiciones. Las pérdidas de ambas partes no fueron de mucha consideración: como 50 hombres de cada lado quedarían fuera de combate. Nuestras compañías de cazadores tuvieron ocasión de distinguirse en esta jornada.

En aquella tarde aconteció una circunstancia que merece la pena de referirse: nuestros cazadores dieron una brillante carga a los del enemigo, hasta hacerlos replegar a la altura, con cuyo motivo mil vítores de nuestros soldados celebraban el valor de sus camaradas; pero en mi batallón, del cual la mitad era compuesta de prisioneros de Boyacá, tanto en oficiales como en tropa, no sólo se daban vítores sino que se rompió un fuego al aire, ordenado por los oficiales que habían sido del ejército español, que costó mucha dificultad el hacerlo cesar. Yo tuve que desenvainar mi espada y meterme a caballo entre las compañías para hacerme obedecer, lo que conseguí a fuerza de planazos y voces amenazantes, habiéndome expuesto a morir en medio de tal desorden. Los oficiales españolistas, aparentando un vivo placer por la bizarra conducta de nuestros soldados, animaban el fuego en vez de hacerlo cesar, y su conducta posterior nos persuadió de sus depravadas intenciones, como lo veremos después. Sin duda tenían por objeto hacernos gastar inútilmente nuestras municiones, o indicar al enemigo que había un motín en nuestras columnas, para reanimarlo y comprometerlo a darnos un ataque decisivo que les hubiera proporcionado, al menos, la ocasión de pasarse, como lo verificaron en la primera que se les presentó.

Hasta hoy es para mí un misterio cómo el general Soublette no tomó la vía recta de Juan Frío a San Antonio, con cuya operación habría cortado a Latorre en su retirada hacia La Grita, y, o habría sido obligado a presentarnos una batalla decisiva en terreno desventajoso, o hubiera emprendido la retirada hacia Maracaibo por el río Zulia, y en ambos casos probablemente habría sido destruido. De Juan Frío a San Antonio no hay sino una corta distancia que puede considerarse como la base de un ángulo agudo, mientras que siguiendo al Rosario, y de este punto a San Antonio, se recorren los otros dos lados del ángulo, empleando en esta operación un tiempo más que triplicado del que se necesitaría para la primera. En estrategia, éste era el movimiento indicado, y en nuestras circunstancias era seguro el buen suceso.

A las siete y media u ocho de la noche nos retiramos al pueblo de San Antonio, inmediato al campo del combate. El enemigo se aprovechó de esta circunstancia para emprender también su retirada tranquilamente y sin que se hubiera notado su movimiento sino al otro día. En el mismo día retrogradó nuestro cuerpo de ejército al Rosario de Cúcuta, en donde permanecimos hasta el 1° de octubre, que marchamos de frente para San Cristóbal, habiendo llegado a esta villa el 2 y permaneciendo en ella hasta el 11, en que marcharon los cuatro batallones: Boyacá, Primero de Línea, Tunja y Pamplona, a los llanos de Apure, a las órdenes del expresado general Soublette, por la áspera y malsana montaña de San Camilo, que atravesamos sin víveres ningunos, manteniéndonos con la carne de nuestras caballerías, en la estación del invierno que no deja casi un punto de la pésima ruta sin inundar, en términos de marchar constantemente con el agua al pecho o a la cintura. A tantas miserias como sufrimos en este tránsito debe agregarse el daño que nos causaron los devorantes pescados caribes, que hirieron y aun inutilizaron muchos de nuestros soldados.

Después de tantos sufrimientos llegamos a Guadualito el 23 del mismo octubre.

El 26 se recibió una posta del Libertador que condujo mi ascenso a capitán de la primera compañía de Boyacá, en virtud de recomendación del general Soublette, así como otros despachos de igual naturaleza, entre los cuales se cuenta el del teniente Rafael Ayala, ascendido a capitán.

En Guadualito permanecimos hasta el 4 de noviembre, en que marchamos para Manteca!. A este pueblo no llegamos hasta el 12, a causa de la inundación de la sabana. Allí estacionamos como un mes, y seguimos a la isla de Achaguas, habiéndose formado de los cuatro batallones los dos que llevaron el nombre de Boyacá y Tiradores de la Nueva Granada, y retrocedido al interior de ella muchos jefes y oficiales sobrantes, con el objeto de formar otros cuerpos. El ejército de Apure era mandado por el renombrado general Páez.


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15. Este cura llevaba el apellido de Puyana o Puyosa.

 

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