CAPITULO XII
Como veinte días habían corrido cuando se recibieron las órdenes
que hacía tiempo se esperaban, y en consecuencia de ellas a las
veinticuatro horas se puso la compañía en marcha para Santafé,
dejando Barrada el mando de la columna a un capitán del batallón
del rey. Hasta la llegada a Sogamoso no me ocurrieron sino dos
sucesos que merezcan referirse: el primero fue haberme quitado mi
fusil útil y dádome uno dañado, y el segundo, haber visto en el
Páramo por la última vez a Panchita, que durante un alto pasaba a
caballo tan cubierta que sólo los ojos podían recibir el aire
libre; no me fue lícito sino bajar los míos en señal de
sentimiento. A la verdad, yo sufría una tortura continua con la
consideración de esa interesante criatura, víctima de la pasión
brutal del bárbaro Barrada. Precisamente en Sogamoso cumplí la
recomendación de Panchita, dando aviso a su familia de la situación
en que ella se encontraba, etc.
Allí se recibieron nuevas órdenes del virrey en virtud de las
cuales la compañía se dirigió a Zapatosa y a mí se me mandó preso a
Tunja, de donde, al siguiente día de mi llegada, se me remitió a
Santafé sin decirme la menor palabra. Entrado a Santafé se me
condujo a la casa que habitaba un capitán Vengoechea, bien conocido
en esa capital por sus crueles acciones. En su habitación tenía un
piquete del segundo batallón de Numancia a que él pertenecía, y
también estaba allí la maestranza de morriones para el cuerpo.
Entiendo que el capitán ignoraba quién era yo, y tal vez por quién
sabe qué casualidad de tantas que me han favorecido en mis más
críticos lances, hasta ignoraba que yo iba en calidad de preso,
pues a pocos días de haber llegado me preguntó si yo pertenecía a
los que trabajaban en los morriones, y, habiéndole contestado que
no, me dijo que él no quería vagabundos, y que, mientras me
incorporaba en mi compañía, era preciso que ayudase en algo a los
talabarteros, a cuya disposición me puso. Sin saber siquiera tomar
la lezna tuve, pues, que ayudar al trabajo en cuanto me era
posible, pero en remuneración se me dejaba salir a la calle en los
días y horas de descanso.
Mas de dos meses habían corrido y yo continuaba en este mismo
estado, hasta que el 24 de junio de 1819, cumpleaños del virrey don
Juan Sámano, por empeño de mi prima la señora Baltasara Vergara,
esposa del capitán don Laureano Grueso, al servicio del rey, logré
que el expresado virrey me ofreciera la licencia absoluta, a
condición de poner en mi lugar dos hombres vestidos. Mi excelente
protectora y tía Eusebia Caicedo me dio el dinero bastante para
enganchar y vestir los dos reclutas, y el 28 del mismo mes, a los
tres años cabales de cautiverio y de toda clase de padecimientos,
se me otorgó, por fin, la libertad, aprovechando un momento de buen
humor de Sámano, cosa que no le era familiar.
Interrumpiré el hilo de los acontecimientos para referir una
interesante circunstancia que por distracción había omitido en el
lugar correspondiente.
Interesada en mi bienestar mi tía Eusebia, se había empeñado con
el oidor doctor Jurado, sujeto humano y respetable, para que me
consiguiese mi licencia. Este señor había dado sus pasos al efecto,
pero nada había podido lograr. Sin embargo, habiendo sido nombrado
para una plaza en la audiencia de Puerto Príncipe, y debiendo
partir a su destino, me hizo proponer por conducto de mi referida
tía, "que si quería acompañarlo en clase de asistente, me
llevaría a la isla de Cuba, y allí me sacaría la licencia y me
proporcionaría medios para regresar a Santafé, ofreciendo, además,
que sólo llevaría el nombre de tal asistente, pero que no me
ocuparía en nada que me fuera degradante, y que por el contrario,
procuraría usar para conmigo de todas las consideraciones que le
fueran posibles". Yo habría aceptado este benévolo
ofrecimiento, pero juzgando que el nombre solo de asistente
imprimía sobre mi carácter el sello del oprobio y la humillación,
lo rechacé decididamente, prefiriendo correr los rudos azares de mi
triste situación. Tal vez yo he sido demasiado escrupuloso en esto
de interpretar lo que es la dignidad del hombre; mas si éste es un
defecto, atribúyase al modo de ver las cosas como yo las veo, o sea
a mi genio natural que no me permite descubrir límites en la
extensión de lo que considero punto de honor, o sea de
delicadeza.
Ya he dicho que tenía mi licencia; estaba, por tanto, libre para
irme a mi país, pero no me atrevía a verificarlo por el temor de
que, siendo muy conocido en Popayán, los enemigos de la
independencia me pudieran perseguir y causarme nuevos males. Por
otro lado, me era vergonzoso presentarme en aquella tierra en mi
calidad de liberto, cuando las noticias del progreso que hacían los
patriotas de Venezuela y Casanare fortificaban las esperanzas de
una pronta reacción. Resolví, pues, ponerme en relaciones con
algunas personas que me pudieran hacer llegar hasta donde se
encontrase el coronel José Ignacio Rodríguez, que a la cabeza de un
grupo de patriotas se hallaba en las inmediaciones de La Mesa de
Juan Díaz haciendo lo que le era posible para llamar la atención de
los enemigos por aquella parte del sur y reanimar al mismo tiempo
la opinión contra los españoles. Adquirí sin dificultad los datos
suficientes, que me abrían el camino para incorporarme al coronel
Rodríguez, y aun se me dio un anteojo para llevarle. Tomé, pues, mi
pasaporte para Popayán, y partí a fines de julio, habiendo llegado
a La Mesa con un primo mío, comerciante. Allí debía encontrar una
dirección segura del punto fijo en donde debía estar el coronel
Rodríguez, pero en esos días le habían perseguido algunos
destacamentos enemigos y se ignoraba su paradero; se me dijo, sin
embargo, por una señora Olaya, hermana del teniente coronel de este
nombre, y uno de los patriarcas recomendables de la independencia,
que se hallaba oculto a quien se me había recomendado para que me
diese las direcciones correspondiente ; que me esperase tres días,
dentro de los cuales debía tener noticias fijas. Al cuarto me
manifestó que del otro lado del paso de Portillo, cerca del Peñón
de Tocaima, debía encontrar un sujeto que me esperaba para llevarme
donde yo deseaba y cuyo nombre se me ocultó por precaución. En
efecto, marché, y en el mismo día llegué al punto indicado, en
donde una persona, que apenas conocía de vista, me dijo
"que convenía, antes de unirme al coronel Rodríguez, que
regresase a La Mesa a traer un aviso a la señora Olaya, en virtud
del cual debía obrarse una sorpresa a la guarnición de ese pueblo,
y que ninguno mejor que yo podía cumplir el encargo".
Satisfecho de la importancia de esta misión no vacilé en darle su
cumplimiento, y al instante me moví para La Mesa, y anduve por la
noche hasta cerca de la hacienda de El Tigre, en donde reposé hasta
el alba, y a las seis de la mañana ya había comunicado mi embajada
a la señora, quien me dijo que debía esperar la respuesta hasta esa
noche, pues estaban distantes las personas a quienes iba a
comunicar el recado que le había traído.
Eran las diez de la noche y no se había tenido todavía la
respuesta. Yo estaba desesperado por regresar pronto y dar pruebas
de mi fidelidad. A esa hora me dijo la señora, llena de alegría:
"¡Viva la patria! Los godos Alguacil, Clemente y demás
están ensillando sus bestias a toda prisa para emigrar".
Aseguro que nunca he tenido más júbilo que al oír esta nueva. En mi
transporte pude haber sofocado a fuerza de abrazos a esa buena
señora, por cuyos labios hablaba el ángel del consuelo.
"¿Quién le ha dicho a usted tal cosa? ¿De dónde lo sabe
usted?", pregunté yo. "Me lo acaba de decir una
mujer, me contestó, y ya la he mandado otra vez para que se informe
bien". Sin más réplica me dirigí a la plaza del lugar a
ver con mis propios ojos una escena tan interesante y cuyo anuncio
me parecía un sueño: muy pronto me persuadí de la realidad del
hecho, ya porque observé el movimiento de caballerías en las
puertas de los españoles, ya porque un padre agustino
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muy patriota, a quien yo
había conocido donde mi tía Eusebia, me lo confirmó. Yo volví, loco
de contento, a casa de la señora Olaya, y le propuse partir en el
acto a dar la noticia al sujeto confidente, para que ella llegase
pronto a oídos del coronel Rodríguez y obrase éste en consecuencia,
pero la señora me dijo que ya ella había tomado las providencias
correspondientes al efecto, y que no había necesidad de que yo
mismo fuera de mensajero, pues no siendo práctico de las veredas
desviadas del camino principal, podía correr algún riesgo.
Muy pronto empezaron a pasar emigrados y derrotados, y como yo
no me recosté ni un instante, tuve el indecible gusto de estar en
expectativa toda la noche del trajín que causaban los que huían. A
la mañana siguiente entró el general Calzada, segundo de Sámano, a
la cabeza del batallón Aragón y de algunas otras reliquias de los
cuerpos derrotados de la tercera división, conduciendo varios
presos notables, entre los cuales iba el doctor Vicente Azuero, mi
compañero de prisión en el Colegio del Rosario. Entonces salí de la
casa y me dirigí, a guisa de emigrado, hacia el lugar en donde
debía hacer alto Calzada, con el objeto de favorecer del modo que
me fuera posible a los presos, los cuales fueron colocados en la
cárcel del lugar, mientras la columna se detuvo en la plaza a pocos
pasos de distancia. Tres o cuatro veces había pasado por frente de
la cárcel, y no me había sido posible ver al doctor Azuero, hasta
que al fin logré mis deseos y pude hacerle con disimulo un signo de
saludo que me fue correspondido, indicándome con la mano que me
acercase. Así lo hice, y al llegar a la puerta principal conocí,
por las señales del doctor Azuero, que deseaba escaparse y
necesitaba de mi cooperación. En tal virtud, le indiqué que saliese
por detrás del centinela mientras yo llamaba la atención de éste
para distraerlo, lo que se verificó con la mayor fortuna. Había
llegado el doctor Azuero a la esquina de la cárcel, y observando yo
que se detenía, me dirigí a él para saber el motivo de su demora;
este señor me dijo: "¿Cómo haré para escaparme? ¿No ve
usted cuánta gente viene por la calle, que puede conocerme? ¿A
dónde me dirigiré?" Yo le repuse: "Los momentos
son críticos, váyase usted por esta calle recta y éntrese al
bosque, pronto, pronto". En efecto, eran muchas las
personas, entre emigrados y oficiales, que cubrían la calle por
donde podía salvarse el doctor, quien se hacía mucho más notable
porque iba sin sombrero, pero la suerte nos favoreció
admirablemente, pues no fue conocido de nadie ni notado en los
momentos críticos. Yo permanecí en su observación hasta que lo
perdí de vista y lo consideré salvo, y dirigiéndome en seguida a la
casa de mi habitación, aun no había andado cien pasos, cuando
observé un movimiento en la tropa y oí algunos gritos furiosos en
la plaza. No me quedó duda de que se había descubierto la fuga del
doctor, y positivamente mis conjeturas habían sido fundadas. El
oficial de guardia, capitán Estopiñán, luego que notó la fuga del
doctor, asesinó al soldado que estaba de centinela, y no
aplacándose su furia con este bárbaro procedimiento, sacrificó
inhumanamente a un anciano de los presos que conducía. ¿Qué habría
sido de mÍ si cuando se salvó el doctor Azuero se me hubiese visto
en la puerta de la cárcel, o a la esquina de ella, tan a poca
distancia de la puerta? Es seguro que me habrían hecho pedazos en
el instante mismo: el peligro era inminentísimo. Yo me jacto de
haber hecho este importante servicio a la patria y a la
amistad.
Desesperaba por poder emprender alguna otra cosa que fuese de
provecho, a la vez que me ahogaba en mis deseos, por falta de
medios, para salir a la palestra. La señora Olaya y otros señores
que estaban en su casa me aconsejaban prudencia cuando yo estaba
más frenético por ayudar de algún modo notable a la restauración de
la libertad de mi patria. Los que conocen mi genio impetuoso y la
extensión de mis patrióticos sentimientos, podrán juzgar de mi
violenta situación en aquellas circunstancias tan preciosas.
Calzada continuó la retirada a mi propia vista, y el terror de los
españoles estaba pintado en sus semblantes y manifestado en todas
sus acciones. No me era ya posible sujetarme; la señora Olaya había
comprado algunas armas a los soldados dispersos, y entre ellas
había una pistola, de que yo me apoderé y salí lleno de fuego a
buscar algunos compañeros que quisieran ayudarme a perseguir a los
enemigos y libertar los presos que llevaban. Vi algunos paisanos de
ruana, del lugar, reunidos en una casucha, y me figure que podían
tener la misma intención que yo, pues que siendo hijos del país
debían ser patriotas. Me dirigí a la casa en donde estaban y los
saludé simplemente, procurando examinar su proyecto; ellos me
miraban de pies a cabeza y se secreteaban; yo no me atrevía a
manifestarles mi designio y mis opiniones, porque me recelaba
todavía de ellos. De repente me toma uno la pistola que tenía
oculta bajo mi manta y otro saca del forro un machete-
"Entregue usted esa arma", fue la intimación que
se me hizo. "Esta arma, les contesté, ha sido comprada por
la señora Olaya, quien me la acaba de dar". "¿Y
usted quién es?" A esta pregunta no tuve embarazo en
decirles lo que ellos deseaban saber, pero como dudaban que yo
fuese oficial patriota, me pusieron en el caso de acreditarlo con
el testimonio del padre agustino, quien me hizo reconocer por tal
oficial. En el momento arengué a mis hombres, que ya eran en número
de nueve, y tuve el gusto de encontrarlos llenos de entusiasmo,
pero sin más armas que algunos cuchillos y machetes; yo era el
único que tenía una pistola. Vinimos a la plaza dando gritos de
alegría y vitoreando la patria, la libertad y la América libre;
allí mandé que se repicasen las campanas para solemnizar el acto y
que se reuniese el pueblo a elegir sus autoridades provisorias.
Entre tanto, se me avisó que una partida de españoles bien montados
había echado pie a tierra para almorzar en una casa, y yo me dirigí
al punto indicado, sorprendí a los españoles, que eran ocho o nueve
bien armados, les tomé los caballos y armas y los deposité en la
cárcel, donde todavía humeaba la sangre de las dos víctimas de que
he hecho mención. Ya se contaban como 25 hombres a mis órdenes, y
teníamos algunas armas de fuego y blancas, base suficiente para
haber formado una columna de lo menos 600 patriotas con los cuales
habría dado caza a Calzada y destruídolo antes de entrar en
Popayán, si no se hubieran opuesto algunas circunstancias, como
luego lo veremos.
A la cabeza de mis 25 hombres marchaba en persecución del
enemigo cuando el cura (que era el doctor Pescador) me escribió una
esquela suplicándome que no comprometiese su pueblo; pues sabía que
venían de Bogotá algunas otras columnas, que de paso destruirían el
lugar. Mi contestación de palabra fue tan fuerte como era
inoportuna la pretensión del cura. Seguí volando mí movimiento, y a
cada paso engrasaba mi partida y hacía prisioneros, de los cuales
incorporaba a los granadinos que me inspiraban confianza. Pasada la
hacienda de El Tigre, di alcance a la guardia de prevención y logré
dispersar la mayor parte, dando ocasión para salvarse a algunos de
los patriotas presos, uno de los cuales era un señor Luco, hijo de
Chile, que se me reunió luego; tomé también algunas caballerías con
cargas y monturas y últimamente logré infundir una mayor suma de
terror a los españoles. Pero los paisanos que me acompañaban,
viendo mi resolución de continuar el movimiento, me manifestaron
que habiendo dejado a sus familias abandonadas y no teniendo ni
mantas para abrigarse; Ies era preciso regresar a sus casas,
ofreciéndome que, dos horas después de llegar a ellas, volverían a
salir conmigo y acompañarme hasta donde yo quisiese. En vano me
esforcé en disuadirlos, poniéndoles de manifiesto las ventajas que
íbamos a malograr y los inmensos males que ocasionaría la pérdida
de un tiempo tan precioso; nada bastó para resolverlos a continuar
la marcha, y, por el contrario, mis insinuaciones irritaron a
muchos de mi partida hasta el término de manifestarme "que
ellos eran patriotas voluntarios, y no tenían obligación de
obedecerme", palabras pronunciadas con un tono insolente y
amenazante, que no me dejaron que esperar: fue preciso ceder y
regresar a La Mesa.
En este lugar traté de distribuir entre mis voluntarios algunos
sables de vaina de latón que habíamos tomado al enemigo, y al
efecto di la orden del caso; pero los dos paisanos que habían
cogido primero la mula en que iban los sables se resistieron a
entregarlos, so pretexto de que eran propiedad de ellos por haber
sido los captores. Yo les dije que las armas y elementos de guerra
que se tomaban al enemigo no eran nunca considerados como despojos
pertenecientes a los vencedores sino a la nación a que éstos
pertenecían, y me esforcé de mil maneras en reducirlos a que no
opusiesen embarazos a la distribución de los sables, ofreciéndoles
que los recomendaría a las autoridades para que se les diese una
gratificación, pero no pude conseguir que cedieran de su
resistencia, la cual llegó al estado de amenazarme, poniéndose en
actitud de ofenderme, si yo insistía. Miraba yo a todos lados por
si había alguno que quisiera sostenerme, mas en todos los
semblantes observaba, si no oposición a mis órdenes, al menos una
fría indiferencia. Este era ya un motín imposible de reprimir,
porque no tenía ninguno de los medios para usar de mi precaria
autoridad. A más de esto, mis paisanos se diseminaban por el
pueblo, se embriagaban, robaban algunas casas abandonadas por los
españolistas, y aun habían asesinado a uno de los prisioneros, todo
lo cual me era tanto más doloroso cuanto que no estaba en mi
arbitrio evitarlo. Llegada la hora de la marcha, eran muy pocos los
que se habían reunido, y la autoridad local
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me requirió para que pusiese a su
disposición todos los individuos armados con el objeto de guardar
el pueblo y preservarle durante esa noche de los males que pudieran
causarle las partidas dispersas de los enemigos que se temía iban a
entrar. En tales circunstancias el padre agustino, el chileno Luco
y otras varias personas, me aconsejaron de no mezclarme más en ese
bochinche, y partir a Santafé a presentarme al general Bolívar y
darle cuenta de mi conducta. Dolorosa me era semejante resolución,
pero no me quedaba otro arbitrio. Durante la noche estuve todavía
encargado de supervigilar la seguridad pública, y de ello me ocupé
habiendo colocado previamente pequeños puestos de guardia y de
observación.
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13.
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No recuerdo bien si este sacerdote
se llamaba Bernal o Echevarría, pues ambos eran patriotas y
conocidos por mí.
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14.
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La autoridad civil residía en un señor Arenas, muy patriota,
que había sido aclamado alcalde por el pueblo.
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