CAPITULO XI
A poco se verificó la marcha del coronel Carlos Tolrá hacia San
Martín y la fundación de Upía, a consecuencia de algunas ventajas
que los republicanos habían obtenido por esa parte sobre las tropas
españolas. Las fuerzas que mandaba Tolrá eran como de 1.000 hombres
escogidos, y mi batallón uno de los cuerpos que las formaban.
Llegado que hubimos a los llanos de Medina y haciendo una marcha
nocturna por ellos, en retirada, propuse a mi camarada Ignacio
Bernal que nos quedásemos ocultos para pasarnos a los patriotas, y
éste me contestó "que no le hiciera semejante propuesta,
porque si le repetía la invitación me denunciaría en el
acto". Yo, que me hallaba sin recursos pecuniarios y que
no tenía conocimiento del país, prescindí de mi idea, perdí por
entonces la esperanza de libertarme, y regresé a Santafé con la
columna
(6)
.
Después de esto fue destinada mi compañía a marchar a la línea
de Paya y permanecer en ella por algún tiempo a las órdenes de su
capitán con grado de teniente coronel, don Isidro de la Barrada,
que mandaba al mismo tiempo todas las fuerzas de dicha línea
(7). Yo partí con
gusto porque creía que, acercándome a las puertas de salvación
podría la fortuna abrírmelas y conducirme adonde mis compatriotas
que heroicamente luchaban en Casanare por reconquistar la libertad;
así, yo soporté con gusto el peso enorme de un granadero, que se
aproximaba de tres arrobas, constante del fusil y bayoneta,
correaje completo con cuarenta cartuchos en la cartuchera, gorra de
piel de oso con alma de vaqueta, adornos de plata, cordones,
plumero y su funda de lienzo ordinario; mochila con un vestuario de
uniforme entero y dos de lienzo, llevando, además, dentro de ella,
otros cuatro paquetes de cartuchos, dos pares de zapatos
ordinarios, dos de botines y algunos otros enseres, una ruana
pastusa y una frazada de lana, tres pares de alpargatas, una
fiambrera con la ración de uno y de dos días, y, en fin, algunas
otras cosas necesarias.
Llegados a Paya, mi primer objeto fue relacionarme con algunas
personas de las muy pocas del país que allí había, y esto no me fue
difícil en razón de que no habiendo allí cura, los indígenas
ocurrían donde nosotros a que les bautizásemos sus hijos, con cuya
oportunidad me hice algunos compadres, y entre ellos uno llamado
Mateo, hombre muy racional, con quien muy pronto pude explicarme,
habiendo encontrado en él patriotismo y deseo de favorecerme.
Cuando tuve bastante confianza del tal sujeto le propuse que me
hiciese trasladar a los Llanos con una persona práctica y segura, a
lo que me contestó que "por entonces no era posible esto
sin exponerme a un sacrificio cierto y comprometerle a él y a su
familia, pues que el país todo estaba erizado de destacamentos,
guardias y espías; pero que si se presentaba una ocasión favorable,
la aprovecharía gustoso, haciéndome, en consecuencia, todas las
Protestas de los deseos que le animaban de serme útil y al mismo
tiempo hacer ese servicio a la patria". Yo le tomé la
palabra y le dije que no sólo se hacía el servicio a la patria
aumentando las filas de sus defensores con un oficial más, sino que
yo daría a los patriotas los informes más exactos sobre el número
de los enemigos, su situación, el estado del país, etc.
Mientras esto sucedía, el comandante Barrada me había hecho
rebajar del servicio de mi clase para hacerle las distribuciones de
la compañía, que hacía más de dos años no se habían pasado a la
Contaduría General que las reclamaba por conducto del inspector.
Bueno es mezclar uno u otro pasaje agradable entre tantos otros
funestos que acabo de referir, y a este designio me ofrece material
suficiente este asunto de las distribuciones, enlazado por otra
parte con algunos accidentes bien importantes de mi vida.
Suministrados todos los datos numéricos con presencia de las
listas de revista de comisario, me previno mi capitán que trabajase
con la mayor actividad, sin salir de la casa de él sino a las horas
de tomar el rancho, y por la noche a dormir en el cuartel. Empecé,
pues, mi tarea, con la actividad que se me encargaba, tanto por
obedecer las órdenes de mi capitán cuanto porque esperaba que por
recompensa merecería en adelante algunas consideraciones. En la
misma casa habitaba una señora caraqueña llamada Francisca Negroni,
a quien el capitán llamaba Panchita, a estilo de Venezuela, y era
su querida. Esta señora no hablaba con hombre alguno, porque en la
casa de Barrada no había acceso para los oficiales a causa de ser
muy celoso y tener, por otra parte, un genio sumamente seco. Cuando
esta mujer pasaba por el cuarto en que yo trabajaba, no me atrevía
ni a mirarla de temor de incurrir en la desgracia de mi capitán y
provocar su inexorable enojo. Un día en que Barrada había salido a
caballo y yo estaba seguro de no ser observado por nadie, me atreví
a saludar a la señora con mucha cortesía; ella, que era tan amable
como bella, me contestó el saludo con expresiones muy finas, y en
seguida me preguntó quién era yo, y que no tuviese embarazo en
hablarle con franqueza, pues creía que hablaba con un hombre
decente, perseguido, sin duda, por el infortunio. Yo no pude
resistirme a esta obligante excitación, y en breves palabras la
satisfice, sin soltar la pluma de la mano ni dejar de adelantar mis
trabajos, y concluí diciéndole que sin duda ella era la esposa de
mi capitán. Con esto quise comprometerla a declararme sus
circunstancias, y, sin hacerme esperar mucho tiempo, me refirió
brevemente la historia de su vida, entrecortando con tiernos
suspiros su sincera narración. "Soy de Caracas, me dijo,
de padres nobles y bastante acomodados; no tengo sino 17 años de
edad, y hace dos que Barrada me robó del lado de mi familia,
haciéndome conducir cargada por dos soldados, que estaban
prevenidos de taparme la boca para que no pudiera llamar la
atención con mis gritos. Inmediatamente se me condujo donde mi
raptor, quien, en vez de caricias, no hizo sino intimidarme con sus
amenazas si no condescendía a sus brutales deseos. Al día
siguiente, antes de amanecer, me vi al lado de los mismos dos
soldados, todos tres a caballo, saliendo de Caracas, y apenas se me
dijo que nos dirigíamos al Reino
(8)
. Yo no tenía libertad para nada en
medio de mis conductores, ni se me dejaba acercar a persona alguna,
de temor, seguramente, de que yo diese parte a mi familia de lo que
me pasaba. En estos mismos términos se me ha traído hasta este
lugar, sin haber sabido en muchos días ni cómo se llamaba mi
pretendiente. En Santafé tuve intención de pedir protección en un
convento para librarme de este malvado, pero no se me dejó salir de
la casa ni un día, ni los dos custodios me dejaron sola un momento.
Hoy me hallo embarazada de cinco meses, soy tan patriota como
usted, pero más desgraciada". Cuando esto decía derramaba
Panchita lágrimas copiosas, y se retiró a su aposento
precipitadamente. Yo temí que Barrada se acercase, pero no fue por
esta causa por la que Panchita interrumpió su relación, sino, según
me lo dijo otro día, porque si el capitán le hubiese conocido que
había llorado, estaba cierta de recibir un mal tratamiento, que, si
lo sentía, era más por el hijo que tenía en sus entrañas que por su
propia vida. Imagínese cuál sería el interés que me inspiró esa
graciosa joven con la concisa relación de su historia. Yo quedé
absorto y contemplativo; bien sabía que la señora no era sino una
dama del capitán y no su esposa, pero estaba lejos de suponer el
modo tan vil como se la había apropiado. ¡Qué desgraciado es un
hombre cuando su corazón se halla agitado del sentimiento de la
pena de otro sin poderla aliviar! Esta era mi situación. Yo hubiera
hecho cualquier sacrificio, por costoso que fuese, para arrancar a
esa señora de las garras de su raptor y déspota galante; pero ¿cuál
hubiera sido el resultado? Mi sacrificio infructuoso, el de ella y
el de su hijo. El mayor esfuerzo de mi parte pudiera compararse al
que un cautivo hiciera para despedazar con sus dientes una jaula de
hierro, al mismo tiempo que se le había impuesto pena de la vida si
intentaba siquiera semejante imposible. Dejemos a esta señora
bañada en su justo llanto hasta muy en breve, cuando tendré
oportunidad para escribir nuevos rasgos que la hagan conocer mejor,
y volvamos al caso de las distribuciones.
Tal fue mi consagración al trabajo encomendado por mi capitán,
que al cabo de dos semanas pude presentarle las distribuciones ya
formadas. Al anunciárselo me ordenó que hiciese en planilla
separada el resumen de todas ellas, lo que, verificado, puse la
planilla a la vista del capitán, quien sin duda notó, por el
resultado y la comparación con el cargo que se le formara, un
fuerte alcance de más de diez mil pesos, en cuya virtud me previno
hiciese de nuevo las distribuciones, instruyéndome que cargase a
cada individuo de tropa dos reales mensuales para jabón y a toda la
compañía seis reales diarios por garbanzos, fríjoles y especias
para el rancho, en lugar de un real semanal que se había cargado a
cada soldado para jabón y cuatro reales diarios para el aliño del
rancho
(9)
.
Me ocupaba, pues, de rehacer los documentos, según las nuevas
órdenes que se me habían dado, y uno de esos días volvió Panchita
al escritorio, y, después de saludarme amablemente, me dijo:
"Excusado es advertir a usted que cuanto le dije el otro
día debe permanecer en su pecho sin comunicarlo a persona alguna de
este mundo, pero si alguna vez, sin comprometerse usted, se le
presenta algún medio seguro para hacer saber a mi familia la suerte
desgraciada que me ha cabido, no lo excuse usted. Puede suceder que
alguno de los dos soldados, instrumentos de mi rapto, que han
desertado cansados de sufrir las impertinencias de su patrón, puede
suceder, digo, que esos den a mis parientes algunas luces sobre mi
situación; ¡no tengo otra esperanza de ser redimida de esta
horrible esclavitud!..." Y, anegándose otra vez en llanto,
se retiró a su aposento precipitadamente. En el acto mismo empecé a
discurrir los arbitrios de que podría valerme para revelar a la
familia de Panchita la suerte de esta desgraciada, y por entonces
no se me ocurrió otro que el de dirigirle una carta anónima con
letra disfrazada, haciéndole una ligera indicación del estado de
Panchita, de su inocencia en la desaparición del hogar paterno, y
del modo como se le había sacado subrepticiamente. Para el logro de
mi designio me faltaba la ocasión de estar en algún lugar en donde
hubiera correo para Venezuela, y resolví no escribir la carta hasta
que se me proporcionase dicha ocasión, y no correr, entre tanto, el
riesgo de que por cualquier accidente fuese descubierta la carta y
llegase a la vista del capitán.
En otro de esos días volvió Panchita al cuarto en donde yo
escribía, y me preguntó si en la compañía había muchos patriotas, a
lo que le repuse que habíamos como 20 prisioneros de los patriotas
que habían sido condenados al servicio de las armas, y ella me
dijo: "yo pudiera señalar lo menos 5 de los patriotas a
quienes veo de lejos, pues su aire y sus maneras me parecen de
gente decente". Y continuó: "¿Hay alguna
esperanza de patria? Dígame usted lo que sepa". Yo no tuve
inconveniente en referirle lo que sabía, con cuyas noticias ella se
manifestó consolada, y me contestó: "¡No en balde tiene
tanto miedo Barrada! ¡Ojalá vinieran los patriotas y despedazaran
esta fiera, aun cuando yo fuese también sacrificada! Hoy ha salido
a recorrer los destacamentos, porque se le ha dicho que los
patriotas intentan darle un asalto. Uno de sus asistentes le
acompaña; otro ha ido a buscar la carne de raciones, y el tercero
pica ahora la caña del caballo: óigalo usted; mientras dure en este
oficio estoy segura de no ser vista en este puesto. La india vieja
que me cocina me ha dicho que ella le guisa a usted la ración y que
le tiene mucha lástima; ella me parece muy buena- ¿Tiene usted un
pañuelo? Démelo pronto". Todo esto lo decía sin
interrupción y sin darme lugar a dirigirle alguna pregunta. Las
noticias que yo le había dado la tenían llena de gozo. Yo le di mi
pañuelo, sacándolo de mi gorro de cuartel, y volviendo ella a
colocarlo en el mismo gorro me expresó que aceptase el regalo que
se contenía en él, pues sabía que pasábamos muchas necesidades, que
siempre que lo fuera posible repetiría el regalo, aun cuando
tuviera que valerse de la cocinera. "Adiós, ya acabó el
asistente de picar la caña", fueron sus últimas palabras,
y se retiró a toda prisa, como otras veces. La curiosidad me
condujo a saber lo que contenía el envoltorio del pañuelo y hallé
en él cuatro pastillas de chocolate, cuatro galletitas y una docena
de cigarros. En esas circunstancias yo no hubiera cambiado este don
al peso de oro.
Al cabo de diez días rendí el nuevo trabajo de las
distribuciones y formé el resumen en una planilla, como se me había
prevenido cuando presenté las primeras. El capitán la examinó, y,
no hallándolas todavía a su contento, me preguntó si las sumas
estaban sacadas con cuidado. "Sí, señor, le dije, están
exactas, y repetidas veces las he verificado".
"Pues cargará usted diez reales diarios en lugar de seis
por los condimentos del rancho, y además, tres reales por mes a
cada individuo de tropa por el lavado de cordones, y por dar el
color blanco a los correajes y el negro a la cartuchera
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; ocho días tiene usted,
cuando más, de término, para entregarme el trabajo que le ordeno,
en la inteligencia de que, si es necesario escribir de noche, así
debe usted hacerlo". Empecé, pues, mi tercera obra,
durante cuyo trabajo pude ver algunas veces a Panchita, y recibía
de ella los regalos de chocolate, galletas y cigarros. Precisamente
al octavo día pude concluir las distribuciones, atareándome
incesantemente. El capitán halló a su satisfacción el resumen y
sólo hizo la observación "que faltaba por poner la suma de
900 ps. que importaba el menaje de la compañía, constante de
calderos, hachas, machetes, cuchillos de cocina, etc."
(11)
. Se agregó, pues,
esta partida en los mismos términos en que fue dictada por el
capitán, quien me presentó el cargo, que pasaba de 50.000 ps., y me
hizo proceder al balance, por el cual alcanzaba al rey en más de
4.000 ps., que le fueron satisfechos sin tardanza alguna. El
sargento primero de la compañía fue llamada a firmar las referidas
distribuciones, lo que hizo sin examen, y después las certificó el
capitán, asegurando bajo su firma que eran corrientes. Concluido mi
trabajo, mi capitán me previno que pasase a hacer el servicio en la
compañía, pues ya no tenía él en qué ocuparme. Obedecí haciendo
votos por que se me presentasen ocasiones semejantes para volver a
ver a la interesante cautiva.
Y ya que he mencionado al sargento primero, séame permitido
hacer una digresión, como entre paréntesis, para pintar el carácter
feroz de ese hombre, y que se considere todo lo que tendríamos que
sufrir los que le estábamos inmediatamente subordinados. Era un
hombre más grueso que alto y estaría en la edad como de 4-5 años.
Su nombre, Manuel González, natural de Galicia, y había pertenecido
al antiguo regimiento del Auxiliar, a las órdenes de Sámano. Una
noche, como de costumbre, se presentó ebrio en la lista de ocho a
predicarnos mil disparates con el objeto de advertirnos que nos
daría doscientos palos si las correas no estaban bien blanqueadas,
bien lustrada la cartuchera y los botones y demás piezas de metal
bien limpios, agregando que todos los granaderos éramos unos
picaros, cuando debíamos ser el espejo del ejército; una noche,
digo, nos molestó tanto con sus monótonas exhortaciones, que
repetía sin variar ni una sola palabra en más de una hora de
sermón, que al despedirse, dándonos las buenas noches, un granadero
de la izquierda pronunció suavemente
chit. El sargento, que
lo oyó, nos previno que formásemos nuevamente, y empezó a
investigar la persona que había
chistado, protestando que la
iba a fusilar y que si no se le denunciaba al que se había atrevido
a
chistar quintaría inmediatamente la compañía y haría
fusilar a los que les tocase en suerte. Como todo esto lo decía
bamboleándose, porque no podía permanecer en pie, y como, por otra
parte, él no tenía facultades para ejecutar sus amenazas, yo, lejos
de temer a ese bárbaro, me divertía al verlo y oírlo balbucir
disparates, tratando de hacer el papel de un soberano. Ninguna
persona le contestaba, y él seguía requiriendo a todos a que le
denunciasen al autor del
chit para fusilarlo, hasta que,
después de otra hora de prédica y apercibimientos, se despidió,
ordenando que nos acostásemos en nuestros tablones sin articular
palabra. No bien había vuelto las espaldas nuestro sargento, cuando
se repitió el mismo
chit. ¡Y aquí fue Troya! Cerrando
entonces la puerta del salón, y tomando el mochilero, que era un
palo sólido de cuatro a cinco varas de largo y dos pulgadas de
diámetro, con un semicírculo de hierro en un extremo. pues tal
instrumento sirve para colgar y descolgar las mochilas en las
perchas más altas de la cuadra, empezó nuestro sargento con sus
fuerzas hercúleas a dar tan furiosos golpes y a batir aquí y allí
su mochilero sin ver a quién ofendía, que fue necesario ocultarnos
bajo los tablones; aquellos que a los primeros
mochilazos no
habíamos quedado fuera de combate aun no estábamos allí seguros,
pues el cruel sargento empezó a hurgarnos fuertemente con los
ganchos de fierro, en términos que nos fue preciso sacar los
ladrillos, y, envolviéndolos en nuestras mantas, formar por delante
una especie de parapeto, al cual debemos muchos de nosotros no
haber sido gravemente heridos como lo fueron otros; casi todos, sin
embargo, fuimos estropeados, cual más, cual menos, pero más de diez
y seis tuvieron que pasar al hospital y algunos de éstos quedaron
inútiles para siempre por haberles quebrado una pierna, un brazo o
hécholes otra contusión grave. Cansado el sargento de batir el
mochilero, se retiró a su cuarto profiriendo nuevas amenazas y
prorrumpiendo en insultos y desvergüenzas tales que la decencia no
me permite estampar. Cuando estuvimos seguros de que este bárbaro
dormía profundamente fuimos saliendo de debajo de los tablones sin
que se oyesen sino quejidos articulados en voz baja, de los que más
sufrían los dolores de sus heridas. Al día siguiente, doce de los
soldados más considerados pusieron la queja al coronel Carlos
Tolrá, .quien ordenó el arresto del sargento, pero cuando todos
esperábamos que el malvado sufriese un juicio y se le condenase a
muerte, tuvimos el dolor de verlo libre antes de las cuatro horas
de su detención. Preciso era que se contemplase al cómplice de los
robos del capitán. Entre los oficiales y demás clases de mando de
los españoles de aquel tiempo sucedía lo mismo que he dicho de los
maestros: no era bueno ni considerado sino el que era más cruel con
los americanos, y a propósito voy a bosquejar un cuadro de otro de
nuestros mandones.
Era un teniente Mayoral, ayudante segundo del batallón segundo
de Numancia, a que yo pertenecía. Joven elegante y presuntuoso, y
al parecer de alguna instrucción, Mayoral se distinguía también por
su crueldad. Ordinariamente, a la llamada de por la tarde para la
instrucción del cuerpo, Mayoral se paseaba en la puerta del cuartel
con un bastón ordinario para tener la complacencia de golpear
fuertemente a los soldados cuando entraban, y esto lo hacía
riéndose a carcajadas, como sucede a un muchacho cuando en sus
juegos infantiles persigue a otro con algún jirón de tela suave y
lo alcanza y lo azota con él. Así es que nos guardábamos bien de
que al toque de llamada nos encontráramos en la calle, porque era
seguro que ese bufo de mala ley nos maltratase por el solo placer
de hacerlo, pues concurriendo al cuartel con puntualidad y antes
del toque de llamada, no había motivo para que se castigase así a
los pobres soldados.
Y si esto hacía un joven de educación, ¿qué no harían los
sargentos ordinarios? Júzguese por esto lo que tendría yo de sufrir
bajo la mano de hierro de los dominadores iberos.
A los pocos días de haber vuelto a continuar mis servicios de
soldado, sucedió que una partida realista prendió por los lados de
Támara y Nunchía a un tal Mantilla, hombre blanco y de alguna edad,
y cuatro indios más, los cuales fueron conducidos al reducto de
Paya, lugar en donde se colocaba, por más seguridad, a cuantos
infelices caían en manos de los españoles, mientras se les
interrogaba inquisitorialmente para cortarles luego la cabeza, cuya
ejecución se encomendaba a un cabo llamado Genovés, hombre de talla
y fuerzas atléticas, y el sacrificio se hacía a la orilla del río
Paya, a las siete u ocho de la noche. Al día siguiente me tocó la
guardia del reducto, y estando bañándome con licencia en una
quebrada inmediata, se me apareció la cocinera de Panchita, y,
encargándome el secreto, me dijo: "La señorita quiere que
usted sepa que ya el capitán dio la orden para que esta noche se
corte la cabeza a los presos que trajeron de Morcote".
"Dígale usted que estoy impuesto, y retírese
pronto", fue toda mi respuesta. Me vestí y regresé al
reducto combinando el modo de dar esta funesta noticia a los pobres
presos, y tratando de salvarlos, lo que verifiqué con el mejor
suceso, como voy a referir.
Debía hacer el cuarto de centinela de las tres a las cinco de la
tarde, en la barrera que servía de calabozo a los presos. Estos se
hallaban en la soga, es decir, atadas las piernas con una cuerda de
cuero de vaca cuyos extremos se aseguran a la altura de dos pies,
en puntos en donde no puedan alcanzarlos los pacientes, templándola
cuanto es posible, de manera que sólo pueden escapar cortándola,
pero, como es de suponerse, se les registra de continuo para
precaver este accidente. Colocado, pues, en mi puesto, procuré
insinuarme con el más grande disimulo, dirigiéndome a Mantilla:
"Prepárense ustedes a morir a las siete de esta
noche", le dije en voz apenas perceptible. "Pero,
señor, me dijo Mantilla, ¡cómo es posible que se nos mate sin
confesión!" "Aquí no se usa eso, le
contesté". "Pero, señor, me replicó temblando,
¿cuál es nuestro delito? Yo no he sido sino vocal del Colegio
Electoral de Casanare". "Aun cuando usted sea un
santo, va a morir precisamente". "Pero, señor,
¿no podré hablar con el señor comandante? Yo le diera las vacas y
caballos que tengo por que no me matase". "El
comandante está en el pueblo, y él no admitiría la propuesta de
usted; sírvale de gobierno que a nadie se perdona que haya sido
cogido del lado de Casanare, pero si usted no quiere que le corten
la cabeza como a un cordero, puede escaparse con sus compañeros,
con toda seguridad. Tome usted este pedazo de hoja de lata y
ocúltelo entre la tierra; él le servirá para cortar la soga; luego
que esté la guardia rezando el rosario pueden ustedes, ya sueltos,
desarmar por sorpresa al centinela que me ha de relevar y salir
violentamente derribando al foso al otro centinela del puente
levadizo; ya entonces está muy oscura la noche y pueden ustedes
bajar la cuesta a escape y salvarse por entre el monte, llevando un
fusil más a los patriotas. ¿Tienen ustedes resolución?"
"Sí, señor", me dijo Mantilla. "Pues no
hay más que hablar: yo soy patriota y tengo interés en que ustedes
se salven; silencio, unión, y resolución; si no se escapan, después
del rosario son degollados a la orilla del río".
"Dios lo bendiga", fueron las últimas palabras de
Mantilla
(12)
.
A la hora precisa suena un tiro: "¡a las
armas!", dijo el oficial de guardia; todos tomamos las
nuestras y salimos precipitadamente; el centinela del foso había
caído con su fusil y lo había disparado para dar el pronto parte de
la novedad; el centinela de la puerta había perseguido desarmado a
los fugitivos y daba voces desde la cuesta: "¡Por aquí
van! ¡Por aquí van!" El oficial de guardia, informado de
la novedad, ordenó que la tropa se dispersase con el sargento y dos
cabos en persecución de los presos prófugos. Yo era uno de los
perseguidores, y hacía muy bien mi papel, declamando a la par de
mis compañeros contra esos picaros que se habían escapado. Cuando
llegamos a la quebrada, distante del reducto como ciento veinte
pasos por la parte más inmediata, yo disparé mi fusil dando la voz:
"¡Por aquí van!" Acercados algunos soldados, les
manifesté que "uno de los prófugos se escapaba por allí, y
que talvez lo había herido, porque no estaba muy distante cuando le
hice el tiro". Todo esto era falso, pues no tuve otro
objeto que el de intimidar a los prófugos para que advirtiesen que
se les perseguía y no se dejasen coger, y acreditar, al mismo
tiempo, mi celo, para evitar las sospechas de connivencia en la
fuga. Regresamos al reducto sin la presa que perseguíamos, y al
instante ordenó el oficial de guardia que los des centinelas fueran
puestos en la soga.
Al empezar la aurora del día siguiente se repitió la operación
de buscar a los fugitivos hasta entre el monte, pero todo el
resultado de la indagación fue el de haber encontrado una manta
vieja y un sombrero cerca de la quebrada. A las nueve se relevó la
guardia y bajamos al cuartel, situado en el pueblo; allí supe que
durante la noche habían marchado partidas por diferentes
direcciones en persecución de los presos fugitivos, y que se habían
mandado avisos a todos los destacamentos y avanzadas para que se
doblara la vigilancia.
A poco rato se apareció el capitán, hizo formar la compañía y
echando espuma de rabia nos hizo un discurso todo de insultos y
amenazas. Juraba hacer cortar la cabeza a los granaderos que
pudieran resultar culpables de la fuga de Mantilla y compañeros,
que esperaba serían cogidos antes que pudiesen penetrar en los
Llanos, y le harían las revelaciones que deseaba para acabar de
purificar su compañía con la muerte de otros traidores como Lara,
Pulido, Galiano, Corona y otros que habían sido fusilados. Ordenó
que se instruyese una sumaria averiguación del hecho, y que los dos
granaderos que estaban de centinelas al tiempo del acontecimiento
continuasen presos hasta que se decidiese de su suerte en un
consejo de guerra. Previno igualmente que todos cuantos habíamos
hecho guardia en el calabozo nos mantuviésemos dentro del cuartel y
fuésemos supervigilados. Concluidas las declamaciones del capitán,
y retirándose éste, ciego de cólera, siguieron los no menos bruscos
sermones de nuestro sargento primero, y se empezó el proceso.
En el mismo día se recibió mi declaración contraída a lo
siguiente: primera pregunta: si cuando yo había entrado de
centinela, de tres a cinco, se había registrado a los presos y si
tenían algún fierro o instrumento cortante. Respuesta: fueron
registrados y no se les encontró ningún fierro, etc. Segunda: si la
soga estaba en buen estado y ellos bien asegurados. Respuesta
afirmativa. Tercera: si habían visto que alguno se acercase a
hablar con ellos. Respuesta: no se ha acercado nadie mientras yo he
estado de centinela. Cuarta: si sabía o infería que el centinela
que estaba en el calabozo, a tiempo del suceso, o algún otro
individuo de la guardia, les hubiera dado algún auxilio o consejos
para evadirse. Respuesta: ignoro el contenido de la pregunta. Todos
los de la guardia fueron examinados en los mismos términos, y nada
se pudo averiguar. Los granadinos que estaban de centinelas en el
calabozo y puente levadizo eran de la mayor confianza de los
españoles y se puede asegurar que yo era el más sospechoso por mis
antecedentes, pero oponía siempre el argumento del tiro que había
disparado a los prófugos, y verdaderamente debilitaba con esta
razón las prevenciones que hubiera contra mí.
Al día siguiente fue la india cocinera de Panchita a llevarme la
ración guisada, y con mucho disimulo me dijo: "La señora
me ha encargado decir a usted que en Morcote han cogido uno de los
presos, y que lo traerán aquí". Yo, sospechoso de algún
lazo que pudiera tenderme mi capitán, valiéndose de la india, le
contesté: "Me alegro porque se sabrá a la llegada del
preso que yo soy inocente, y no se me amenazará ni
maltratará". Poco después era la voz pública en toda la
compañía que había sido cogido uno de los presos y que se había
mandado una partida para que lo trajese de Morcote. Era, por tanto,
casi seguro que yo sería denunciado de haber aconsejado la fuga y
dado el pedazo de hoja de lata para romper la soga, y con sólo el
testimonio del preso mi cabeza sería cortada como lo había
protestado el capitán.
En tal evento hice la resolución de invitar a un soldado Reyes,
patriota, y que me daba muestras de estimación, a desertar esa
noche y dirigirnos a Casanare. Tarde o temprano, le dije, todos los
prisioneros condenados al servicio vamos a morir en manos de los
godos, aun cuando nos portemos bien con ellos; así, es mejor
procurar escapamos para servir a la patria, que permanecer entre
estos malvados; a lo menos, si la fortuna no nos ayuda, perderemos
pronto una vida tan amenazada y llena de tormentos". Reyes
me preguntó si tenía dinero para lo que pudiésemos necesitar. Yo le
dije que no tenía ni medio real, pero que podíamos vender dos
camisas, dos pantalones y cuatro pañuelos de mi propiedad, y que si
lográbamos llegar con felicidad a casa de mi compadre Mateo, que
habitaba en un sitio llamado La Chorrera, como a dos horas distante
del pueblo, yo sería allí auxiliado con víveres, y talvez se nos
proporcionaría también una persona práctica para guiarnos a Pore,
en donde él sería hecho cabo de escuadra, pero que esa noche misma
debíamos precisamente desertar. Reyes convino y se encargó de
vender con la cautela posible las prendas de ropa, que nos
produjeron tres pesos fuertes. A la espalda del cuartel había una
peña muy elevada, a la orilla de la cual se hacían las diligencias
corporales, y aunque con dificultad y peligros se podía bajar por
un borde hasta una quebrada profunda con bosques espesos, a uno y
otro lado. Tanto Reyes como yo conocíamos ese peligroso
desfiladero, única puerta de salvación, y deliberamos emprender por
esa parte nuestra marcha tan luego como oscureciese la noche.
Llegado el momento preciso salimos de la barraca uno en pos de
otro, haciendo Reyes de mi guardián, con sólo nuestras mantas,
protestando ir a dar del cuerpo. Reyes me precedía. Ya habíamos
vencido como una cuarta parte del risco, cuando siento que mi
generoso compañero se precipita: "¡Me maté!", fue
todo lo que alcanzó a decir. La inmensa altura de ese abismo y las
muchas piedras de la quebrada en donde se termina, no me dejaron
esperanza, la más remota, de que Reyes pudiera haber sobrevivido un
solo instante, y en tan triste evento resolví volver a entrar en el
cuartel y esperar con resignación los golpes del destino,
entregándome a la Providencia. Solo, me era imposible superar
tantos obstáculos como se oponían al logro de mi proyecto: el temor
de correr la misma suerte de Reyes influyó también en esta
resolución, que tomé sin vacilar, porque debía entrar en la barraca
antes que la tardanza diese lugar a alguna sospecha.
Muy a la madrugada del día siguiente oí desde mi cama que un
soldado hablaba al sargento de la guardia diciéndole que el prófugo
prendido se había escapado nuevamente esa noche, en medio del
grande aguacero que había caído, pero que como iba atado de los
brazos y se había tirado por una cuchilla muy elevada, esperaban
que se habría hecho pedazos. Pronto se divulgó esta noticia en la
compañía, y yo, sin embargo del placer que ella me ocasionaba,
procuré disimularlo y aun fingir que "estaba apesarado por
el escape del reo, porque si él hubiera llegado se habría puesto en
claro todo lo que pasaba, y se me libraría de ser mirado como
sospechoso". La india cocinera me llevó el desayuno como
de costumbre, y me dijo secretamente que "la señora me
mandaba decir que el preso se les había escapado", a lo
que yo le contesté, consecuente a mis temores, que "lo
sentía, porque mis sufrimientos continuarían mientras se me tuviese
por sospechoso". La india me agregó: "El capitán
ha estado muy bravo desde que le trajeron el parte, y ha dado
tantas patadas a la señora que la ha hecho malparir y la criatura
se ha malogrado, porque nació muerta. ¡Pobre señora! Está muy
mala". Yo le dije si sabía la causa del estropeo de la
señora, y ella me contestó que no sabía nada, pero "que
creía que había sido por desfogar la rabia que había tenido el
capitán con la fuga del preso".
La desaparición de Reyes, a quien se daba por desertor, hacía
formar juicios sobre su complicidad en la fuga de Mantilla y
socios, no obstante que él no había hecho centinela en el calabozo,
pero como su ausencia coincidía con la captura de uno de aquéllos,
todos sospechaban que había desertado por temor de ser descubierto.
Su cuerpo fue denunciado por los gallinazos a las cuarenta horas de
haberse desriscado, y cuando se le condujo al pueblo estaba ya tan
descamado que apenas podía conocérsele; su cráneo y todos los
huesos estaban hechos pedazos. Mas su muerte continuó produciendo
buen efecto, pues siempre se le suponía el auxiliador de la evasión
de Mantilla y compañeros, y con este motivo se disminuyeron las
sospechas que se habían podido concebir contra mí y otros
granadinos, tanto más cuanto de aquel proceso no resultó cargo
ninguno que pudiera hacérsenos. Pero no por esto se dejó de
supervigilarme, pues no se me volvió a nombrar de guardia para
ningún puesto y todo mi servicio fue en adelante mecánico, como es
el de cuartelero y ranchero. Se dijo que el proceso se había
mandado a Santafé, al virrey Sámano, y que se esperaban algunas
órdenes con respecto a los prisioneros condenados al servicio, pero
hasta hoy ignoro lo que se resolviera.
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6.
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Conservo una carta de mi camarada
Bernal, escrita en abril de 1849, en que felicitándome por mi
elección de presidente de la república, me recuerda indirectamente
ese acontecimiento, dejando entrever que si él no se hubiera
opuesto a mi proyecto yo no ocuparía aquel elevado puesto.
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7.
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Barrada fue el que comandó en jefe
la última expedición española contra México.
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8.
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Esta denominación de reino se daba
en Venezuela al virreinato del Nuevo Reino de Granada, que es lo
que hoy constituye la república de Nueva Granada.
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9.
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Es de advertirse: 1°, que tanto el
jabón como el aliño de la comida se nos descontaba del socorro
diario, que consistía en medio real a cada soldado, y de ese mismo
medio que se descontaba a los rebajados del servicio; 2° que casi
siempre se nos daba la ración en crudo y sin especias; y 3°, que
algunos días se nos privaba de esa misma ración.
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10.
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Todo esto lo hacíamos nosotros
mismos de nuestro peculio, y no costeábamos en ello ni un real cada
mes.
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11.
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Estas y otras partidas de la laya
me hicieron recordar el antiguo cuento de las cuentas del Gran
Capitán.
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12.
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El cabo Genovés se Jactaba de que de un solo golpe de sable, si
no dividía enteramente la cabeza del cuello, al menos no dejaba con
vida a la víctima. Sea lo que fuere, sí es cierto que, dado el
primer sablazo, el paciente era arrojado al torrentoso río Paya,
con vida o sin ella.
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