CAPITULO X
Entrados en capilla la Pola y sus cómplices, a saber: Sabaraín,
Arellano, Arcos, Díaz, Suárez, Galiano y Marufú, y habiendo tocado
la guardia y escolta a mi compañía, se me destinó en el primer
cuarto de centinela a la capilla en donde estaban los tres
primeros, los cuales me hicieron las más tiernas manifestaciones de
amistad, recomendándome su memoria, como que todos tres eran de los
ilustres restos del Ejército del Sur, en el cual habían servido
hasta la clase de subtenientes Sabaraín y Arellano, y en la de
sargento primero, Arcos. El primero de éstos me agregó en los
términos más sentimentales "que al fin la suerte había
querido que muriese después del milagroso escape de Popayán, pero
que no me envidiaba, pues él se iba a librar de los tiranos,
mientras que yo quedaba sufriendo sus rigores y presenciando los
sacrificios de sus víctimas; que si por un acaso extraordinario yo
sobrevivía hasta la restauración de la libertad, me encargaba que
le vengase, como compatriota, como amigo y como compañero..
."
Semejante discurso me movió de tal manera que no pude contener
las lágrimas, desahogo que pudo librarme de otro accidente más
grave, pues ya sentía mi corazón conmovido y mis miembros agitados.
A este tiempo, el teniente Manuel Pérez Delgado, que comandaba
interinamente la compañía, entró en la capilla con el objeto de
visitarla, y habiendo observado mi llanto, que me era imposible
disimular ni contener, me preguntó la causa, a lo que yo le
contesté con entera franqueza, prevalido de una recomendación en
favor mío que le había hecho mi tío Mariano Lemos, con quien estaba
Delgado en muy buena inteligencia: "Usted no ignora, mi
teniente, le dije, que yo he sido compañero de capilla en otra
ocasión con el señor Sabaraín, y por consiguiente, no debe
extrañarle que esos recuerdos me hayan producido las sensaciones y
lágrimas que usted observa: hágame usted el favor de hacerme
relevar de este puesto". Delgado oyó mi súplica y tuvo la
indecible bondad de hacerme relevar inmediatamente. Con este rasgo
y otro que referiré luego, probó que tenía un corazón americano,
pues era hijo de la isla de Cuba.
Relevado que fui, se me conducía a colocarme en un ángulo del
claustro, y al pasar por la capilla en donde estaba la Pola, ésta,
que me observó lloroso, por más que yo procuré no ser visto de
ella, me dijo: "no llore Lopecito, por nuestra suerte;
nosotros vamos a recibir un alivio librándonos de los tiranos, de
estas fieras, de estos monstruos..." y otras cosas que no
alcancé a oír. El cabo que me conducía, o no entendió el valor de
las expresiones o no quiso hacer caso de ellas en consideración a
que yo le enseñaba a leer y escribir, y no me dijo otra cosa a
pocos momentos sino lo siguiente: "¡Hola!, ¿conque la
mujer lo conoce a usted? ¡Y qué brava está!, ¡qué guapa
es!" Yo repuse simplemente: "no es extraño que yo
la conozca, pues ella es muy conocida en esta ciudad, pero hacía
muchísimo tiempo que no la veía".
Desde el punto en donde se me situó de centinela podía oír
perfectamente todo cuanto decía la Pola y ver todas sus acciones,
pues me hallaba como a diez y seis pasos de distancia de su
capilla. AI principio observé que replicaba con algunos sacerdotes
que la exhortaban a confesarse y aplacar su ira. Ella les decía en
voz alta y con un aspecto en que estaba pintada la ira, la
resolución y el entusiasmo patriótico, lo que, poco más o menos, es
como sigue: "En vano se molestan, padres míos: si la
salvación de mi alma consiste en perdonar a los verdugos míos y de
mis compatriotas, no hay remedio, ella será perdida, porque no
puedo perdonarlos, ni quiero consentir en semejante idea. Déjenme
ustedes desahogar de palabra mí furia contra estos tigres, ya que
estoy en la impotencia de hacerlo de otro modo. ¡Con qué gusto
viera yo correr la sangre de estos monstruos de iniquidad! Pero ya
llegará el día de la venganza, día grande en el cual se levantará
del polvo este pueblo esclavizado, y arrancará las entrañas de sus
crueles señores. No está muy distante la hora en que esto suceda, y
se engañan mucho los godos si creen que su dominación pueda
perpetuarse. Todavía viven Bolívar, Santander, Páez, Monagas,
Nonato Pérez, Galea y otros fuertes caudillos de la libertad; a
ellos está reservada la gloria de rescatar la patria y despedazar a
sus opresores..." Los padres, atónitos, se aferraban en
hacer callar a la Pola, suplicándola que se moderase, que a nada
conducían sus imprecaciones, que ya no era tiempo de pensar en otra
cosa que en la salvación de su alma. "Bien, padres, acepto
el consejo de ustedes, les respondía, a condición que se me fusile
en este instante, pues de otra manera me es del todo imposible
guardar silencio en vista de los tiranos de mi patria y asesinos de
tantos americanos ilustres: mil veces repito a ustedes que en vano
me exhortan a la moderación y al perdón de mis enemigos. ¡Qué! ¡Yo
les había de dar esta satisfacción! No esperen que me humille hasta
ese término; semejante bajeza no es propia sino de almas muy
miserables, y la mía, a Dios gracias, ha recibido un temple nada
vulgar". Insistían los sacerdotes en persuadirla a que
prescindiese de ese rencor tan pronunciado, y que acaso con su
moderación podría todavía mover el corazón generoso y compasivo del
señor virrey Sámano. "¡Generoso y compasivo!, les replicó
la Pola sonriéndose irónicamente; no prevariquen ustedes; nunca
puede caber generosidad en los pechos de nuestros opresores: ellos
no se aplacarán ni con la sangre de sus víctimas; sus exigencias
son todavía más exageradas y su rencor no tiene límites. Ustedes
que me sobreviven serán testigos de las rencillas que entre ellos
mismos van a ocasionarse como en los imperios de México y los
Incas, por disputarse la presa y ostentar la primacía de crueldad
que les distingue. ¡Generoso Sámano, y compasivo! ¡Qué error! ¿Pero
ustedes conciben que yo desearía conservar mi vida a cambio de
implorar la clemencia de mis verdugos? No, señores, no pretenderé
nunca semejante cosa, ni deseo tampoco que se me perdone, porque el
cautiverio es todavía más cruel que la misma muerte..."
Esto decía cuando, de. teniéndose en la puerta de la capilla varios
oficiales y entre ellos el teniente coronel don José María Herrera,
americano, jefe del Estado Mayor de la tercera división, cuyo
cuartel general estaba en Santafé, dijo éste a la Pola en un tono
chocarrero y burlesco: "Hoy es tigre, mañana será
cordero". A lo que, lanzándose la Pola sobre él, en
términos que fue preciso que el centinela la contuviese, le dijo
enfurecida: "Vosotros, viles, miserables, medís mi alma
por las vuestras: vosotros sois los tigres, y en breve seréis
corderos; hoy os complacéis con los sufrimientos de vuestras
inermes víctimas, y en breve, cuando suene la resurrección de la
patria, os arrastraréis hasta el barro, como lo tenéis de
costumbre. ¡Tigres, saciaos, si esto es posible, con la sangre mía
y de tantos incautos americanos que se han confiado en vuestras
promesas! ¡Monstruos del género humano! Encended ahora mismo las
hogueras de la detestable inquisición; preparad la cama del
tormento, y ensayad conmigo si soy capaz de dirigiros una sola
mirada de humildad. Honor me haréis, miserables, en poner a mayor
prueba mi sufrimiento y mi resolución. ¡Americano! ¡Herrera!
¡Instrumento ciego y degradado! Que los españoles me injurien, no
lo extraño, porque ellos jamás se condolieron ni de la edad, ni del
sexo, ni de la virtud; ¡pero que un americano se atreva a
denostarme, apenas es creíble! Quitaos de de mi presencia,
miserables, y preparaos a festejar la muerte de las víctimas que
vais a inmolar, mientras os llega vuestro turno, que no tardará
mucho tiempo: sabed que no llevo a la tumba otro pesar que el de no
ser testigo de vuestra destrucción y del eterno restablecimiento de
las banderas de la independencia en esta tierra que profanáis con
vuestras plantas..." En medio de este discurso, un oficial
llamado Salcedo, dirigiéndose a los otros, les dijo: "Una
mordaza debiera ponerse a esta infiel, sacrílega,
blasfema"; y Delgado le contestó: "Una jaula
perpetua debiera ser su abrigo si no estuviera condenada a muerte,
porque no hay duda que ha perdido el juicio, y es una loca
furiosa". Herrera decía al retirarse: "No hay
duda que está loca, loca, loca perdida", y repetía
constantemente esto mismo sin duda con el objeto de que los
soldados atribuyesen esa energía de la heroína a la falta de juicio
y no a su patriotismo.
Anécdotas casi semejantes a ésta ocurrieron durante el día, y
sólo el peso de la noche pudo calmar la rabia de la ilustre Pola,
para renovarla al día siguiente, como vamos a verlo.
Las nueve de la mañana era la hora señalada para la ejecución.
Preparado todo, se pusieron en movimiento las víctimas y sus
sacrificadores. La Pola rompía la procesión con dos sacerdotes a
los lados. A mí me había tocado la segunda fila de la escolta que
debía fusilar a esta singular mujer; es decir, que yo no debía ser
de los ejecutores, para cuyo logro no fue poco lo que trabajé, en
la situación en que me hallaba de que se descubriese mi excusa y se
atribuyera a ésta algún mal designio que pudiera comprometerme
seriamente. Sin entrar en estos detalles, que serían largos y poco
importantes, sólo diré que después de muchas dificultades que tuve
que vencer para librarme de tan terrible encargo, logré ser
excluido a pretexto de que mi fusil no estaba muy corriente,
apoyando este argumento con el regalo de cuatro reales que hice al
cabo de mi escuadra, que era el discípulo de quien he hablado, el
cual se ofreció a tirar en mi lugar, y así lo cumplió.
Al dar el primer paso de la puerta a la calle se descubrió al
Mayor de plaza, que era el encargado de todas estas ejecuciones y
que se había demorado un poco. No bien fue visto por la Pola,
cuando, resistiéndose ésta a marchar, para lo cual hacía los más
grandes esfuerzos, y encendiéndose nuevamente en ira, decía a los
padres que la auxiliaban: "¡Por Dios, ruego que se me
fusile aquí mismo si ustedes quieren que mi alma no se pierda!
¿Cómo puedo yo ver con ojos serenos a un americano ejecutor de
estos asesinatos? ¿No ven ustedes a ese mayor Córdoba con qué
tranquilidad se Presenta a testificar y autorizar estas escenas de
sangre y desolación de sus compatriotas? ¡Ay! ¡Por piedad, no me
atormenten por más tiempo con estos terribles espectáculos para un
alma tan republicana como es la mía! ¿Por qué no se me quita de una
vez la vida? ¿Por qué se aumenta mi tortura en los últimos momentos
que me restan poniente ante mis ojos estos monstruos de iniquidad,
estos imbéciles americanos, estos instrumentos ciegos del
exterminio de su patria?...'' Los sacerdotes la amonestaban
patéticamente a que sufriese con paciencia estas últimas
impresiones con que la Providencia quería probar su resignación;
que hiciese un esfuerzo generoso para perdonar a sus enemigos, que,
a imitación del Salvador, marchase humildemente hasta el patíbulo y
ofreciese a Dios sus sufrimientos en expiación de sus
pecados". Y mientras esto le decían la llevaban casi en
peso por más de veinticinco pasos. "Bien, dijo la Pola,
observaré los consejos de ustedes en todo, menos en perdonar a los
godos: no es posible que yo perdone a nuestros implacables
opresores; si una palabra de perdón saliese de mis labios sería
dictada por la hipocresía y no por mi corazón. ¿Yo perdonarlos? Al
contrario, los detesto más, conjuro a cuantos me oyen a mi
venganza: ¡venganza, compatriotas y muerte a los tiranos!"
Mientras esto decía, los sacerdotes esforzaban a una voz para
confundir la de la Pola y no dejarla distinguir de los
espectadores.
La Pola marchó con paso firme hasta el suplicio, y en vez de
repetir lo que le decían sus ministros, no hacía sino maldecir a
los españoles y encarecer su venganza. AI salir a la plaza y ver al
pueblo agolpado para presenciar su sacrificio, exclamó:
"¡Pueblo indolente! ¡Cuan diversa sería hoy vuestra suerte
si conocieseis el precio de la libertad! Pero no es tarde. Ved que,
aunque mujer y joven, me sobra valor para sufrir la muerte y mil
muertes más, y no olvidéis este ejemplo ..." Mayor era el
esfuerzo de los sacerdotes en no dejar que estas exhortaciones
patrióticas de la Pola fuesen oídas por la multitud, y a la verdad
que no podían ser distinguidas y recogidas sino por los que iban
tan inmediatos a ella como yo. Llegada al pie del banquillo, volvió
otra vez los ojos hacía el pueblo y dijo: "¡Miserable
pueblo! Yo os compadezco: algún día tendréis más
dignidad". Entonces se le ordenó que se montase sobre la
tableta del banquillo porque debía ser fusilada por la espalda como
traidora; ella contestó: "Ni es propio ni decente en una
mujer semejante posición, pero sin montarme yo daré la espalda si
esto es lo que se quiere". Medio arrodillándose luego
sobre el banquillo y presentando la mayor parte de la espalda se la
vendó y aseguró con cuerdas, en cuya actitud recibieron, ella y sus
compañeros, una muerte que ha eternizado sus nombres y hecho
multiplicar los frutos de la libertad.
Arcos pronunció al pie del banquillo la siguiente cuarteta:
"No temo la muerte;
desprecio la vida;
lamento la suerte
de la patria mía".