CAPITULO I
Nací en la ciudad de Popayán, capital de la provincia de este
nombre, el 18 de febrero de 1798. Mis ascendientes pertenecían a
las primeras familias de la antigua nobleza: mi padre era oficial
real de la Santa Cruzada. Desde mi nacimiento me tomó a su cargo mi
abuela paterna dona Manuela Hurtado, en la consideración de ser yo
el primogénito de su primogénito; y logré ser su predilecto y
mimado en extremo. Mi familia no era rica, pero poseía una fortuna
suficiente para vivir con decencia y desahogo. Mis padres y abuelos
eran muy caritativos y generosos, y amaban mucho a sus
parientes.
Mi educación primaria fue la misma que en aquellos tiempos se
daba a los niños: ella consistía en aprender la doctrina cristiana,
a leer y escribir, los principios de aritmética y algunos
rudimentos de historia. El gobernador español don Diego A. Nieto,
íntimo amigo de mi familia, me halagaba con regalos para estimular
mi aprendizaje. Los directores de establecimientos de educación
eran crueles e injustos en aquel tiempo, y no se reputaban buenos
cuando no eran extraordinariamente severos en sus castigos. Baste
decir, que por la más pequeña falta de algún alumno, se imponía una
pena general a toda la clase; y esas penas no consistían en
estímulos nobles y decentes que exaltaran los sentimientos de sus
discípulos sino en golpes furibundos de férula y látigo, en largas
penitencias, hincados de rodillas y en otros tormentos de la
laya.
Recuerdo, con este motivo, que estando yo aprendiendo a leer y
escribir donde un señor Joaquín Basto, que era el preceptor, en
unión de otros muchos niños, entre los cuales se encontraban Tomás,
Manuel María y Manuel José Mosquera, que hoy son el primero general
de la república, el segundo ministro plenipotenciario de la Nueva
Granada y el tercero arzobispo de Santafé de Bogotá, se impuso al
último un castigo de los acostumbrados, y porque éste se quejaba
del dolor que había experimentado, se le obligó a tomar una taza de
orines, dizque para aplacarle la soberbia, en cuya escena figuraban
no sólo el maestro Basto sino su mujer e hijos, que estaban
igualmente autorizados para infligir penas a los alumnos.
A consecuencia de este suceso, el doctor José M. Mosquera, padre
de los tres niños mencionados, los retiró de este establecimiento.
¡Felices los que hoy se educan en nuestro país, en donde, en vez de
ir temblando a las escuelas como sucedía en el tiempo a que me
refiero, asisten llenos de gozo y rebosando en esperanzas de
aplausos y recompensas que les estimulan agradablemente en la
escabrosa carrera de su educación, sin temor a los tormentos
materiales que apocaban antes el talento y contristaban el
espíritu, sin permitir tomar vuelo al juicio y a la capacidad!
Cuando comenzó la revolución de la independencia en la Nueva
Granada me encontraba yo en el colegio de Popayán, empezando a
recibir los demás conocimientos que entonces se podían adquirir,
los cuales consistían en la gramática latina, filosofía y teología
dogmática y moral; pero yo apenas había hecho el curso de latinidad
con bastante provecho; no obstante que la violenta inclinación a la
caza y la perniciosa contemplación de mi abuela me distraían
demasiado de mis ocupaciones literarias. Por fortuna, yo tenía
bastante memoria, y esto suplía a la falta de concentración. Mi
abuela pretendía que siguiese la carrera eclesiástica. Yo no amaba
sino los placeres del campo, ni deseaba saber más que física y
matemáticas. Poco tiempo después se despertó en mí el deseo de la
gloria militar, como lo diré luego.
A fines de 1810 se instaló en Popayán la primera junta
revolucionaria, aprovechando la oportunidad del cautiverio de
Fernando VII. Mi tío don Mariano Lemos
(1), que vivía en mi propia casa, fue de los
primeros corifeos, y su habitación era el club de todos los
principales sujetos de la ciudad adictos a la independencia de la
metrópoli. Yo allí veía algunos diarios de Madrid, y por primera
vez oí el nombre de Bonaparte que, aunque citado como un monstruo
del género humano, el criterio de los tertulios le daba siempre un
favorable colorido, o al menos se le reputaba un héroe. Este
nombre, tan ilustre por sus hazañas militares, se fijó en mi
imaginación de tal manera, que en mis composiciones latinas era el
principal personaje de mis discursos; y recuerdo que no
encontrándolo en el diccionario, lo suplía con el calificativo
bonus, a, um, y el sustantivo
pars, tis, y así
formaba yo mi
Bonapars. Mi catedrático don Bernardo Valdés
existe y puede hacer un recuerdo de esta circunstancia. En la
conversación, que yo escuchaba atentamente, se trataba de la lucha
en que debían empeñarse los independientes hasta arrojar a los
españoles; se hacía cuenta de los hombres que podían ser calculados
para ponerse a la cabeza del partido armado, y aun se trazaban
planes de guerra. Yo recogía las palabras, observaba los gestos de
los socios, advertía en sus semblantes la halagüeña esperanza de un
mejor porvenir para el Nuevo Reino de Granada y para todos los
habitantes de la América española. Mis parientes pertenecían casi
todos al partido de los independientes: la justicia de la
revolución me parecía incuestionable, y, por lo que oía decir, el
triunfo de la causa de la independencia era seguro. Todo esto
combinado hizo nacer en mí el deseo de ser uno de loa que debían
luchar contra los españoles; y desde entonces se exaltó mi
imaginación con la perspectiva de la gloria. Yo era un patriota
loco, e imprudente a veces.
El 28 de marzo de 1811 se dio en Palacé-bajo la primera batalla
de los independientes mandados por el general Antonio Baraya contra
las tropas reales, a cuya cabeza se hallaba el gobernador de
Popayán, don Miguel Tacón, y el heroico triunfo de los primeros
hizo subir de punto mi entusiasmo. Yo estaba entonces en la
hacienda de Antomoreno, perteneciente a mi abuela, en donde se
encontraban también mis padres y muchos de mis principales
parientes. La noticia del triunfo obró de tal suerte en mi
espíritu, que sin licencia de mis padres (porque nunca me la
habrían concedido) monté a caballo, acompañado de un criado, y a
todo escape me dirigí hacia el teatro del combate, que distaba más
de tres leguas: todo el camino estaba cubierto de gentes que huían
llenas de terror y de soldados dispersos que seguían las huellas de
su general. Uno de éstos había puesto su fusil en medio de la ruta,
mientras componía una carga conducida en una mula; yo pasé por
sobre el fusil que, enredado en los pies de mi caballo en la fuerza
del galope, poco faltó para caer en tierra; y el soldado
enfurecido, renegando contra los insurgentes (así se denominaba a
los patriotas), tomó su fusil y lo descargó sobre mí; erró el tiro
porque yo había ganado algún terreno afortunadamente. Yo seguí mi
dirección poseído ya del orgullo de haber empezado a arrostrar
peligros por la patria. Entré en la casa de Cauca, que hoy se llama
Campamento, porque allí había sido el cuartel general de Tacón:
tomé un fusil de los que estaban abandonados en medio de otra
multitud de efectos; hice tomar otro al criado, y con una centena
de cartuchos y algunas piedras de chispa, continuamos nuestra
marcha y llegamos al punto deseado. Mi interés era el de conocer al
general Baraya y a los demás vencedores; pero como no había en el
campo una sola persona que me conociese, me contenté con examinar
el terreno, ver algunos muertos que aún no habían sido sepultados,
y oír algunas anécdotas de las hazañas que allí se habían
verificado bajo las órdenes del nunca bien ponderado joven Atanasio
Girardot, capitán de infantería, a quien tocaron los honores del
reñido combate y de la victoria. Antes de la noche, ya había yo
llegado a Antomoreno en donde encontré a mis padres y parientes
alarmados con mi inesperada ausencia. -¿De dónde vienes, niño, y
cómo andas así en medio de tantos soldados?, fue la primera
pregunta que se me hizo. -Fui a conocer el lugar de la batalla, les
respondí. -¿Y esos fusiles? -Los he tomado en el campamento de los
realistas. -¿Y para qué? -El uno de ellos me servirá, después de
recortado, para cazar: traigo mucha pólvora y plomo. Admirados mis
parientes, me hicieron multitud de preguntas, como es de inferirse,
y con mis respuestas quedaron satisfechos y desarmados. Una
cariñosa amonestación fue todo el castigo de mi conducta. Los
fusiles se me quitaron para entregarlos al vencedor, pero se me
dejaron los cartuchos y las piedras para mis divertimientos. Yo les
protesté que sería obediente en lo sucesivo, pero que sentía que la
guerra se hubiera acabado (tal era la idea que entonces tenía del
estado de las cosas), porque de otro modo yo habría tomado parte en
ella. -Pues para quitarte esas ideas de la cabeza, me dijo mi
abuela, mañana mismo entrarás al colegio a continuar tus estudios
dentro del claustro.
A pocos meses murió mi abuela sin haber cumplido su propósito:
esta buena señora me amaba tanto que no podía consentir en la idea
de que yo me separase de su lado. En consecuencia de este suceso,
yo pasé a la casa de mis padres, e inmediatamente se me colocó en
el colegio.
La fortuna empezó a abandonar nuestras tropas que habían
marchado hacia Pasto felizmente; y reanimados los realistas, se
atrevieron a invadir a Popayán en hordas inmensas, pues pasaban de
3.000 hombres, aunque la mayor parte mal armados, que capitaneaba
el alférez real don Antonio Tenorio; pero aunque superiores en
número a los patriotas, que no contaban sino con cosa de 400
hombres, entre soldados regulares, milicianos y estudiantes, no
tenían aquéllos ni buenos oficiales, ni disciplina: eso era un
enjambre de ilusos, cuya insignia estaba simbolizada en la bandera
de la religión que creían hollada, siendo su principal estímulo el
botín con que se les brindaba, poniendo a su disposición las
fortunas de todos los independientes. La ciudad era defendida por
el coronel José María Cabal, patriota tan ilustrado como soldado
valeroso. Los superiores de mi colegio y la mayor parte de los
alumnos éramos patriotas, y, armados con algunas pistolas,
escopetas y lanzas, y esforzados por el ejemplo del virtuoso y
respetable republicano doctor Félix Restrepo, catedrático de
filosofía, nos resolvimos a defendernos a todo trance. Mi arma era
una pistola que me había mandado mi padre con las correspondientes
municiones. Los realistas embisten la ciudad por diferentes
direcciones. Las pocas tropas concentradas en la plaza principal
hacen una resistencia obstinada. Los colegiales llenamos nuestro
deber haciendo fuego desde las ventanas, y los realistas fueron al
fin rechazados, pero permanecieron sitiando la plaza, para lo cual
hicieron una línea de circunvalación.
En estas circunstancias se presentó el intrépido joven Alejandro
Macaulay, nativo de los Estados Unidos, que iba recomendado por el
gobierno general de las Provincias Unidas de la Nueva Granada, y
ofreciendo batir a los realistas si se le permitía ponerse a la
cabeza de algunos veteranos y de los demás patriotas que quisiesen
seguirlo, nuestros mandatarios, que eran tan desinteresados, no
encontraron inconveniente para entregarle el mando en jefe; y en
efecto, al día siguiente batió las hordas realistas en los tres
combates de La Ladera, Puente de Cauca y Chuni. La historia debiera
hacer el debido encomio de la conducta que tuvieron en estas
circunstancias tantos hombres respetables que no pertenecían al
ejército, como el doctor A. Arboleda, que tuvo una parte activa en
estas funciones, mandando una compañía formada de los jóvenes más
distinguidos de Popayán, con la cual contribuyó de una manera
eficaz a repeler a los sitiadores, ya defendiéndose en el convento
de Santo Domingo, ya haciendo parte de la columna de ataque. El
señor Rafael Mosquera era uno de los soldados de esa compañía. No
he podido conseguir las listas de esa egregia legión, pero sigo
tomando informaciones a este respecto, y, ya que historiadores de
renombre han omitido en sus relatos tantos hechos memorables que
blasonaron al ejército del Sur, yo procuraré con mi débil pluma
bosquejar sus gloriosas acciones y hacer conocer sus nombres de
cuantas maneras me sea posible, para que si algún día hubiese un
poeta que se encargase de su epopeya, pueda encontrar en mis
apuntamientos y en otros lugares en que me sea dable escribir
algunos rasgos, el hilo que lo conduzca al descubrimiento de tantas
hazañas, de tantas abnegaciones, de tantas virtudes como las que
distinguieron al heroico ejército del Sur. Yo era un mero
espectador de estos combates; pero habiendo sido aplaudida la
conducta de los que defendimos el colegio, me tocó una parte
distinguida de los elogios que se nos hicieron, y por consiguiente
mi amor propio fue lisonjeado; mas no era bastante esto para
satisfacerme: deseaba enrolarme en las filas de los defensores de
la patria, porque veía que la lucha continuaba y que el campo de la
gloria apenas empezaba a despejarse. Sin embargo, no podía cumplir
mi intento, porque mis padres no me lo permitían, y en tales
angustias me desesperaba, me ahogaba en mis deseos sin una próxima
esperanza de realizarlos.
Nuevos acontecimientos funestos a las armas independientes con
la traición que se hizo en Pasto al presidente Caicedo y al
valeroso Macaulay, consternaron a los habitantes de Popayán y
obligaron a su guarnición a retirarse al otro lado del río Ovejas,
llevando en su séquito a los sujetos más comprometidos y que tenían
que temer de los realistas. Mi padre no pudo emigrar por hallarse
enfermo; pero yo seguí la suerte de algunos patriotas que se
dirigieron a Puracé, con la esperanza de salvarse hacia la
provincia de Neiva por el camino del Isno. Entre ellos iba el señor
Felipe Largacha, oficial de las antiguas milicias, que aún
sobrevive. Excusado es decir que tomé esta resolución sin el
consentimiento de mis padres, quienes no me lo habrían dado en
ningún caso. Armados de algunas escopetas y pistolas para
defendernos en caso de agresión, nos encontramos en Puracé, muy
confiados, sin tomar precauciones sobre los caminos que conducen de
Popayán, cuando una madrugada nos hallamos sitiados repentinamente
e intimados de rendirnos a discreción al famoso guerrillero Simón
Muñoz. Prudencia era que una docena de personas en una pequeña casa
de paja, rodeadas por 60 bandoleros, se sometiesen a su voluntad.
Yo fui despojado de una pistola y conducido prisionero a Popayán;
pero en consideración a mi tierna edad fui entregado a mi padre por
el mismo Muñoz. La bondad de mi padre era tal, que sólo recibí una
cariñosa reprensión y algunos consejos saludables. Sin embargo, me
prohibió la salida a la calle.
A pocos días murió mi citado padre: mi madre perdió desde el
momento el juicio, que nunca volvió a recobrar: el tutor y curador
que se nombró a mi madre y a sus seis hijos menores, no
administraba los bienes testaméntales sino en su propio provecho,
haciéndonos carecer aun de lo más necesario. Yo quise hacer llegar
mis clamores hasta los oídos del juez de la causa mortuoria,
dirigiendo una representación redactada y firmada por mí cuando
apenas contaba 13 años de edad, representación que corre en los
autos de la mortuoria de mi abuela paterna, y que es el primer
documento público en que figura mi firma; pero mi tutor
antagonista, que era uno de mis parientes, tenía más influjo y
valimiento que yo, y por consiguiente, poco pude obtener del
juzgado. Mi posición era violenta, y ella acabó de formar mi
resolución de abrazar la carrera de las armas en las filas de las
tropas independientes, hasta entonces acampadas en la ribera
derecha del río Ovejas. Mas, no teniendo recursos de ningún género,
ni conocimiento del camino que conducía a ese campo, debí
resignarme a esperar mejor ocasión y, entre tanto, resolví tomar
alguna ocupación, pues el colegio estaba cerrado. Entré de aprendiz
de herrero bajo la dirección del maestro Joaquín Ramos, ganándole
de uno a uno y medio reales diarios en el ejercicio de trabajos
duros y superiores a mis fuerzas. Mi hermano Laureano siguió mi
ejemplo, y con nuestros medianos jornales podíamos ayudar a la
subsistencia de nuestros tiernos hermanos y de nuestra desvalida
madre, durante algunos meses. Pundonoroso como el que más, ya
preferí el ímprobo trabajo de aprendiz de herrero a la necesidad de
mendigar un pan para no morir de hambre ni dejar morir a mi madre y
hermanos.
___________
1.
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Mi tío Mariano Lemos y Hurtado fue,
si no el primero, sí el más denodado revolucionario de Popayán, y
en las primeras circunstancias críticas figuró en uno de los
puestos más elevados de la jerarquía política, comportándose
siempre con la decisión y energía que aconsejaba la situación. Fue
mi tío uno de los que más sufrieron en su persona e intereses por
causa de su amor a la independencia, y sin embargo su nombre no
figura hasta hoy en cuanto se ha escrito sobre Colombia y la Nueva
Granada, cuyo silencio es una usurpación causada al mérito de uno
de los próceres de aquella asombrosa revolución. La justicia exige
que se rehabilite el nombre de quien, independiente como era el año
1810 por su rango y fortuna, tuvo la abnegación bastante para
lanzarse sin vacilar en aquella atrevida y difícil empresa. Yo, por
mi parte, prescindiendo del espíritu de nepotismo, consagro estas
líneas a la memoria de ese personaje que aun en su carácter privado
poseía dotes nada comunes.
A la tertulia de mi tío Lemos concurrían, entre otras personas
notables de Popayán, Valle del Cauca y Provincia de Neiva, los
señores Antonio Arboleda, Ignacio Torres, Félix Res-trepo, Antonio
Tejada, Ignacio del Campo Larraondo, Juan A. Rebolledo, Francisco
Pombo, Santiago, Mariano y José A. Arroyo, Toribio Miguel
Rodríguez, Mariano Barona, Ignacio y Antonio Fernández, Felipe
Largacha y Juan M. Medina; todos estos señores pertenecen a la
lista de los próceres de la independencia, cuya causa abrazaron con
entusiasmo.
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