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A MIS LECTORES


A fines de 1839 empecé a escribir en Roma este primer tomo de mis MEMORIAS, y lo concluí a principios de julio de 1840, con la intención de publicarlo inmediatamente en Europa o Nueva Granada; pero a causa de diferentes dificultades que vinieron a oponerse a este deseo, y de otras consideraciones de pura delicadeza (que no es del caso expresar) lo he diferido hasta hoy, en que han sido allanadas aquellas y desaparecido éstas, al menos en su mayor parte.

Sensible me es no dar a luz simultáneamente el tomo segundo de esta obra, que no he terminarlo todavía por falta de algunos datos que son necesarios para auxiliar la memoria y observar el orden cronológico de los acontecimientos; mas me prometo verificarlo tan pronto como me sea posible y completar este trabajo hasta el día en que lo publique.

He procurado cuanto me ha sido dable ser claro y conciso, sin detenerme en el purismo del lenguaje ni consultar con nimiedad la elegancia del estilo, pues, sobre no tener pretensiones de pasar por literato, me basta llenar mi objeto ante el buen sentido de mis lectores contemporáneos, quienes, desnudos de toda prevención, podrán rectificar o formar sus conceptos respecto de mí y calificarme con imparcialidad y rectitud, mientras la posteridad, libre de pasiones, formula el juicio severo y pronuncia, con conocimiento de causa, la terrible sentencia común, que, evocando del sepulcro las sombras impasibles e inofensivas de los que fueron y cuyos nombres pertenecen a la historia, deje sobre mi sepulcro el curo de la inmortalidad o tronche sin consideración el modesto arbusto que lo cubriera. Entre tanto, séame permitido manifestar con toda la fuerza de mi convicción, que no temo ese fallo, porque, conservando tranquila mi conciencia por cuanto he obrado en relación con mi vida pública, sería blasfemar de la justicia, pura, eterna e infalible como emanación del mismo Dios que la creó y de Quien es uno de los principales atributos, si yo abrigara la más pequeña desconfianza a este respecto, pues entonces ya habrá corrido el tiempo suficiente para sacudir las preocupaciones de esta época; conocer mejor los derechos y deberes del hombre en sociedad; hacer en calma y con escrúpulo la apreciación del puesto que yo ocupara, el designio laudable que me guiara y los incidentes y demás circunstancias que concurrieron en cada uno de los casos materia de la indagación; y, por último, habrá desaparecido la susceptibilidad de los que se sienten aquejados por consecuencia de los sucesos que han tenido lugar durante nuestra cruda y larga lucha de la independencia y de nuestras nefarias guerras civiles en que yo haya podido figurar. Mientras más escudriño hasta los recónditos arcanos de mi vida pública, más me tranquilizo en esa expectativa; ya porque, amante de la rectitud en su más lata acepción, he sabido, sin ser por esto demasiado severo, conciliar mis deberes con la necesidad en que me haya encontrado de ser algunas veces enérgico y hasta testarudo, si se quiere; ya porque, sin salirme nunca de los limites prescritos por la ley, he sido indulgente hasta donde ella me lo ha permitido y las circunstancias me lo han aconsejado; y ya porque mi corazón es compasivo, generoso y filantrópico hasta más allá de lo que han podido creerlo aun mis más encarnizados enemigos.

Como obligado a responder a varios cargos calumniosos que, estando ausente de mi patria, se me hicieron en un folleto intitulado "Reseña Histórica", publiqué aquí en Paris un cuaderno que tiene por titulo "Para la Historia" en que apunto, aunque muy someramente, algunos acontecimientos desde el año de 1840 hasta fines de 1854; a él y a otros varios artículos que han visto la luz bajo mi firma me refiero, para que los que no me conocen formen siquiera una leve idea de mi vida pública en ese periodo, mientras me exhibo detalladamente en el precipitado tomo segundo. Prescindo de llamar la atención sobre otros escritos en que se ha querido favorecerme, y de que estoy reconocido, porque ellos son deficientes e inexactos en algunos llagares, y sin las aclaraciones o rectificaciones necesarias no pueden ser aceptados rotundamente.

He procurado con solícito estudio evitar hasta donde me ha sido posible las alusiones ofensivas, que, sin conducir derecho a mi designio, pudieran provocar una interpretación siniestra; y si alguna vez mi pluma no ha podido ser detenida por mi intención, y si otras he debido citar nombres propios poco favorecidos en mis juicios (sin cuya circunstancia no podría apreciarse debidamente la importancia del suceso referido) nunca he faltado a la verdad, usando para ello de sobrada mesura y de la urbanidad correspondiente, absteniéndome, por tanto, de dar margen a rencillas desagradables y a comentos odiosos que tenderían a ofuscar el mérito de la ingenuidad y me condenarían a sostener una polémica que, por más gallarda que fuera por mi parte, siempre me costaría trabajo y sinsabores.

Protesto que, si se quisiere justificar algún hecho inexacto a juicio del lector, y se me convenciere de ello, al instante me apresuraré a dar la satisfacción conveniente y a explicar la causa de mi equivocado narración, lo que me hará tomar buena nota para una segunda edición que acaso pueda publicar más tarde; mas si los ataques que se me hagan fueren tan bruscos que me apremien a defenderme en un terreno extraño y ajeno de mi posición, yo usaré entonces de los medios decorosos que estén en mi derecho, seré más explícito, y talvez más fuerte al replicar y presentar las pruebas en apoyo de mis aserciones, en cuya hipótesis seré suficientemente justificado al aceptar la liza a que me provoquen mis contendores,

Por fortuna poseo documentos preciosos e irrefragables; y, a más de eso, casi todo lo que refiero es notorio a muchos o pertenece al archivo público. Si en algunos cuadros he dado pinceladas que hagan variar a ciertas figuran el aspecto que en ellas tenían, debe servirme de excusa el ahínco por conservar mi reputación o hacerla resaltar en vista del contraste, aunque esto pareciera vituperable al que no examine bien el objeto de esta obra; y con mayor razón debe disculpárseme si se tiene presente que en un historiador verídico no deben caber sino la sinceridad en sus descripciones, la moralidad en su criterio y la fuerza de ánimo necesaria para afirmar lo que, en su concepto, es indubitable. De todos modos, yo me comprometo a explicarme llegado el caso.

Mi edad, ya bien avanzada; mi fortuna privada, adquirida por medios honrosos que, gracias a Dios y al generoso interés que por mi toman algunos de mis deudos, me brinda una subsistencia cómoda; mi carácter independiente y pundonoroso y las innumerables pruebas que he dado de abnegación y desprendimiento, me ponen a cubierto de cualquiera sospecha que se abrigara en pechos menos hidalgos que el mío sobre el inocente objeto de esta publicación, en que no ha entrado algún cálculo ruin ni es efecto de una estéril jactancia o de otra mira bastarda.

Poner en claro la fama, buena o mala, de ciertos nombres confusamente exhibidos hasta ahora. Revivir la memoria de algunas personas que yacen olvidadas, inmerecida e ingratamente, después de haber pasado a la eternidad, sacrificándose con virtud heroica en las aras de la patria. Ampliar las narraciones que se han hecho de varios hombres ilustres, como testigo que soy de muchas de sus sobresalientes acciones. Sugerir datos nuevos a los historiadores de Colombia y Nueva Granada sobre muchos hechos notables, que, sin duda, por ser ignorados permanecen hasta hoy inéditos. Exaltar el renombre del antiguo ejército del Sur, cuya aura apenas se vislumbra entre la nube en que flota la voluble fama. Y, en fin, publicar mi historia propia en medio de mis contemporáneos, para darle la autoridad de su testimonio, antes que acabe de desaparecer el augusto apostolado de los próceres de nuestra independencia y la egregia falange de los libertadores de mi patria, en cuyo número tengo la gloria de contarme. He aquí mi designio y mi deseo.

Sin embargo, mi pobre escrito habría permanecido indefinidamente en un cajón, expuesto a perderse o deteriorarse, si dos consideraciones de gran fuerza no me hubieran excitado a sacarlo a luz. Muchos de mis amigos, y aun otras personas extrañas, al oírme referir incidentalmente algunos acontecimientos ignorados, me han conjurado con grande interés y no menos admiración a poner mi historia en presencia del público, y aun me han pedido con instancia mis apuntamientos para redactar mi biografía; lo que me ha convencido de que la excesiva modestia no convenía a quien tiene sobrados títulos al aprecio de sus compatriotas y no debe usurpar a la historia el ejemplo de su buen comportamiento, por la nimia consideración de retratarse a si mismo, ya que no puede de otra manera ser conocido a fondo, ni quiere usar con hipocresía el seudónimo para lograrlo, ni tiene confianza en que se le pinte cual ha sido y es, acaso porque su moderación se ha opuesto hasta ahora a trasmitir sus precedentes o recomendarse por sí mismo.

La segunda consideración consiste en la necesidad que tengo de desvanecer los cargos que se me han hecho y las calumnias con que se me ha atormentado por mero espíritu de partido, y a veces con sobra de ingratitud, no sea que mi nombre pase a las generaciones póstumas con nubes que lo ofusquen. Este también ha sido un consejo que me han dado muchas personas que reconocen la injusticia con que me han querido vilipendiar los miembros de una bandería, que, lo digo con harta pena, no han podido ser guiados por ningún principio santo de moralidad, pues muchos de los que así me han atacado, lo han hecho a sabiendas de mi inocencia, y sólo por sacrificarme o anularme de cualquier manera, para quitar ese obstáculo a sus miras proditorias. Entre aquellas personas figura una de nuestras primeras literatas, a quien quizá he saludado tres veces en mi vida, y por consiguiente debe reputársele imparcial, que con sentidas palabras me ha excitado a escribir mis MEMORIAS, manifestándome "que he sido horriblemente calumniado cuanto débilmente defendido".

Otras razones se agolpan para romper mi silencio y animarme a salir a la palestra cuanto antes, y presentarme en ella con mi cabeza erguida y con el noble orgullo de quien ha tenido la dicha de salir de la rutina ordinaria para colocarse en una esfera en que pocos hombres han podido colocarse para cumplir lo que ofrecieran y servir a su patria con distinción. Voy a enumerarlas, aunque parezca que sobre esto recalco demasiado:

Huérfano desde mi tierna edad, desvalido y sin apoyo ajeno, llegué al más alto grado de la milicia en el ejército de Colombia a los 32 años de edad, recorriendo rigurosamente fa escala militar; y después, ya en la edad provecta, merecí de mi patria el más alto honor, elevado como fui a la presidencia de la república, habiendo ocupado los puestos más preclaros en la jerarquía militar como en la política y la parlamentaria:

Siempre en el camino del honor y del deber, he resistido con ánimo varonil los poderosos estímulos del temor grave o de la esperanza halagüeña en circunstancias bien difíciles en que se ha visto comprometida mi existencia por un lado, y por otro, asegurado mi porvenir, prefiriendo la conservación de un buen nombre a la de la vida y el lucro del dinero y sosteniendo constantemente una lucha horrible, sin dejarme vencer en ella, a imitación del hombre sobrenatural descrito por Fontenelle, combatiendo muchas veces con gigantes en posiciones desventajosas bajo todos respectos, menos del lado de la honradez: esto es cuanto se puede exigir de un hombre de bien que ha sabido llenar lealmente sus compromisos, sin dejarse arredrar ni seducir en ningún caso.

Es de suponerse que, en una vida tan agitada como la que he llevado, he debido en muchas ocasiones apurar hasta, las heces el cáliz de la amargura, representar mil episodios trágicos y comprometerme inminentemente en otros tantos lances graves, saliendo siempre salvo por una serie de milagros que me ha dispensado la Divina Providencia, cubriéndome bondadosa con su impenetrable égida.

Ahora bien, si se considera que mi vida pública ha sido consagrada sin interrupción al servicio de mi patria y al lustre de sus armas; que he tenido la dicha. de ser el predestinado para lograr en ella la abolición legal y simultánea de los esclavos, la eliminación de la pena de muerte en los delitos políticos, la extensión de los juicios por jurados en casi todos los negocios criminales, la libertad de la industria, del comercio de exportación, de la prensa, de la instrucción, y de la conciencia; la cesación de multitud de monopolios ruinosos; y, en fin, el establecimiento de todos los principios racionales que preconiza la civilización del siglo y reconocen las sociedades modernas; si se atiende a todo eso, se concebirá bien que no ha sido ligereza ni vanidad en mi el dar rienda a la tentación de publicar estas MEMORIAS, a tiempo que las ilusiones de mando me han abandonado, que mis aspiraciones han sido colmadas, y que ellas no consisten ya sino en dejar bien puesto mi nombre al ausentarme para la eternidad, y legarlo incólume a mis hijos como su mejor herencia, y a las edades futuras como un ejemplo que no será despreciado.

Muchos hombres de valimento, en diversos países del mundo, han publicado su historia durante su vida; y aunque otros han ordenado que ella no se publique hasta corridos largos años después de su muerte, ellos han tenido sin duda en mira que para ese tiempo ya esté nublada hasta la tradición de algunos de los hechos revelados, desaparecido el temor de caer precozmente en manos de la sana critica y cesado el riesgo que se corre personalmente cuando hay que tocar reputaciones delicadas; o bien por no revelar extemporáneamente un sigilo trascendental que debiera permanecer oculto por un tiempo dilatado. Tales autores han podido consultar, por conveniencia propia, todas o algunas de esas razones para diferir la publicación de sus memorias, contando, eso sí, con la plena seguridad de que su voluntad postrera será ejecutada en el término prefijado. Pero yo, que por propia experiencia sé que entre nosotros los españoles americanos, con pocas excepciones, todo interés que no sea de la actualidad se enerva muy luego y que el entusiasmo y la popularidad se desvanecen pronto como la llamarada de paja y el humo que produce, temiendo por otra Darte que mi» manuscritos se deterioren, o pierdan o sufran un auto de fe, debo evitar ese riesgo, dándolos a luz; y lo verifico con tanto mayor satisfacción, cuanto que de su publicidad no se deduce una sola razón de Estado o privada que me imponga la reserva hasta después de mis días.

Ya he dicho, y lo repito, que no teniendo pretensiones al lauro de literato, imploro la indulgencia de mis lectores por las faltas que cometa contra las reglas escolásticas. Por lo demás, confío me harán la justicia de confesar que he llenado regularmente mi objeto, a la vez que cumplido mi palabra otras veces ofrecida, de hacer esta publicación. Espero también que encontrarán mi vida pública fuera de la órbita vulgar, y por lo mismo la lectura de mis MEMORIAS les ofrecerá algún interés que la haga soportable, ya que carecen de todo otro mérito.

Si me fuera lícito mezclar una infinidad de anécdotas de mi vida privada, creo que esta obra excitaría un grado mayor de interés que el que ella ofrece en el campo no muy ameno de la política y la guerra; empero, yo debo respetar, más que la mía, otras reputaciones, y detenerme en el atrio de los dioses lares, cuyas puertas han sido y serán inviolables para mí, mientras una mano sacrílega no las abra y me obligue a penetrar en el augusto santuario que hasta ahora he venerado con fanatismo.

Llamaré de nuevo la atención a la advertencia que he hecho en el primer preámbulo, a saber: que ha más de 17 años escribí este tomo, y que, por consiguiente, no debe causar extrañeza el ver citados, como vivos, hombres que han dejado de existir a la fecha de su publicación; y que me prometo que el siguiente no contendrá tantos de esta especie de anacronismos moralmente inevitables.

Quizá en las fechas de los sucesos o en algunos otros lugares se encuentren yerros, que, a mi ver, no deben desvirtuar la importancia de la narración. Sin embargo, declaro que ellos son involuntarios, y espero, por lo mismo, no servirán de argumento contra la buena fe que me guía en todas mis acciones. Y por último diré: que este trabajo histórico no comprende sino lo que está en contacto o dice relación con mi vida pública, siendo muy pocas las digresiones que en él se encuentran. A otras plumas más adecuadas que la mía, corresponde escribir la historia completa de mi patria; y con satisfacción sé que el respetable señor José Manuel Restrepo ha terminado ya, y va a dar a la prensa, La historia de la Nueva Granada y de Colombia, hasta. la disolución de esta última república, que es ya bastante avanzar en esa vía y no poco lo que ella se despeja para los que están llamados a continuar en tan interesante tarea,



Jose Hilario López
París, 20 de julio de 1857.

 

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