CAPITULO VIII
Primeros trabajos de la nueva administración.Venta por
mayor de las existencias de tabaco de Ambalema.Contrato de
almacenes de sal con el señor Miguel S. Uribe.Pago de
intereses de la deuda exterior.Discusión sobre el estado del
tesoro público al principiar la nueva administración.
El fin del monopolio del tabaco trajo consigo una .operación
ocasionada a fuertes censuras en la prensa en 1849 y a discusión en
la cámara de representantes en 1850. Conforme a la ley de
desestanco la siembra de tabaco debería ser libre desde el
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|0 de enero de 1850 y el comercio del artículo, es
decir, la venta por mayor y por menor, desde el
1°
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de septiembre del mismo año. En 31
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de
diciembre de 1849 quedaría en los estancos de todos los pueblos de
la república una existencia que, aumentada con el producto de las
siembras hechas por cuenta del gobierno hasta esta última fecha, se
calculaba que pasaría de doscientas mil arrobas: de ellas algo más
de ciento cincuenta mil en Ambalema y en los pueblos que surtían
del de esta procedencia. Vendida esa cantidad en competencia con el
producto de las siembras libres, sin poderse calcular el precio a
que se pudiera realizar en los distintos lugares, se daría origen a
fraudes por parte de los empleados, y en todo caso a pérdidas
considerables Para el tesoro público, que ya había avanzado el
costo de producción los de empaque y transporte a los pueblos
consumidores. En el mismo caso se encontraban los contratistas de
producción, dueños de casi todas las tierras de la vecindad de
Ambalema, en donde se cultivaba el articulo, pues, o no podrían
hacer siembras en1850, o tendrían que vender las que hiciesen en
ese año bajo la competencia de las del gobierno: para salir de esta
dificultad propusieron comprar las existencias sobrantes del
estanco en dondequiera que estuvieren a principal y gastos más 50
por 100 sobre el principal; proposición que juzgando la dirección
de ventas equitativa y conveniente para ambas partes, aceptó con
aprobación del poder ejecutivo. Así se salvaba un valor de más de
$300.000, se evitaba confusión en el manejo de la renta,
desmoralización de empleados, y pérdidas para los cosecheros; pero
la oposición ciega que en esos días encontraba cualquier acto del
gobierno interpretó las cosas de un modo distinto. Se dijo que con
esa venta se trasfería el monopolio del gobierno a la poderosa casa
de Montoya, Sáenz & Cía.; que los precios del tabaco
subirían enormemente, con perjuicio de los consumidores; que el
poder Ejecutivo no tenía facultades para celebrar esa clase de
contratos; que con esta venta se imposibilitaba el poder ejecutivo
para pagar las deudas en especie que gravaban a la factoría de
Ambalema a favor de los señores Wilson, Schloss, de Francisco
Martín y Powlls, Illingworth y Co.
Afortunadamente, la buena reputación del presidente, sus
secretarios y los empleados de la dirección de rentas (el doctor
Manuel Ancízar desempeñaba entonces esas funciones), que
intervinieron en el contrato, no permitía la más ligera duda acerca
de la pureza de su conducta, contra la cual no se hizo acusación
alguna directa ni embozada.
El contrato, sin embargo, prestó materia para una acusación
contra ellos en la cámara de representantes de 1850; pero con los
datos que se suministraron sobre los pormenores de la operación
entre ellos el de que todos los acreedores en especie de la
factoría habían sido previamente pagados con las existencias
mismas, a pesar de ser el monto de esas deudas una suma de $
130.000 y sólo $ 7-50
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el precio de cada quintal de la mejor
calidad, con que debían pagarse la defensa del contrato fue
tan clara y concluyente que, el mismo general Joaquín Posada, el
primero que había de nunciado como onerosa e ilegal la negociación,
fue también el primero en declararse satisfecho de ella. Por una
gran mayoría, casi unanimidad, fue desechada la acusación.
Otro asunto que dio abundante materia a publicaciones y a un
reñido pleito ante los tribunales, fue el contrato sobre
almacenes de sal de Zipaquirá en varias provincias de la
república, celebrado por el doctor Florentino González
durante su ministerio en la administración Mosquera, con el señor
Miguel Saturnino Uribe. Allí se había concedido privilegio a este
señor para ser el único que pudiese llevar sal de Zipaquirá a las
expresadas provincias, se le otorgaba derecho para intervenir en la
administración de los almacenes de sal que deberían establecerse en
Cartago y Manizales y una participación de cuarenta por 100 en las
utilidades que se obtuviesen de esta operación. No encontró el
nuevo gobierno compatibles esas concesiones con la libertad de
comercio interior ni justificada la participación que en los
productos de la renta de salinas se concedía a un particular.
Movido por reclamos de la opinión pública, y principalmente de los
Vecinos de Ibagué y Ambalema, a quienes se privaba de una industria
de que habían estado en posesión, el poder ejecutivo mandó someter
la legalidad de esos. contratos al juicio de la Corte Suprema,
tribunal que en dos instancias los declaró nulos.
La parte de la renta de salinas así cedida a un particular no
debía ser de poca consideración. Según los. datos publicados en la
memoria de hacienda de 1850, las utilidades del contratista en sólo
tres almacenes, en Honda, Popayán y Piedecuesta, en los primeros
ocho meses del año económico de 1848 a 1849, faltando los datos
relativos a los de Cartago y Manizales, ascendieron a $ 4.523. El
señor Uribe defendió lo que creía ser su derecho con un tesón y
actividad admirables; pero todavía había jueces en
Berlín.
Merece mención este incidente como la iniciación de abusos
cometidos en época reciente en la que las contribuciones públicas,
y principalmente las que recaen sobre un artículo de primera
necesidad, como la sal, son materia de vergonzosas especulaciones
en los Estados de la costa. No se miraba entonces esa explotación
de los impuestos públicos con la frialdad con que en el día se le
lleva a cabo.
Tampoco se miraba el crédito exterior de la república con el
desprecio en que desde 1880 ha caído entre nosotros. La
administración Mosquera se había encontrado en imposibilidad para
satisfacer cumplidamente los dividendos vencidos durante su
período, probablemente a causa de los gastos impendidos en el
fomento de la navegación a vapor en el río Magdalena, la
construcción proyectada de caminos carreteros de Guarumo, sobre el
río Magdalena, a Bogotá, y de Cali al Pacífico, y la desgraciada
obra del Capitolio Nacional, principiada en 1846 con tan vastas
proporciones que sólo Dios sabe cuándo podrá verse terminada.
En 1849
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tampoco había medios de satisfacer al contado los
dividendos vencidos y no pagados; pero el secretario de hacienda
propuso al congreso, y éste aprobó. la emisión de billetes
admisible en 143/4,
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Unidades de los derechos de importación;
forma de pago que nuestros acreedores aceptaron. En esta virtud se
pagaron cerca de $ 450.000 correspondientes a los intereses de
cinco semestres de la deuda exterior, que entonces sólo ganaba 1
1/4 y 1
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1\2 por 100 anual, incluyendo, por supuesto, los del
año de 49 en curso y los de febrero de 1850.
A pesar de las notorias circunstancias aflictivas del tesoro
público fue este asunto de mucha discusión. Una muy respetable
comisión conservadora del congreso, compuesta de los señores Juan
de Francisco Martín, Ignacio Gutiérrez Vergara y José Ignacio de
Márquez, ensayó, en repetidos informes y publicaciones, probar que
en 19 de abril de 1849 había un
|superávit considerable en
las cajas nacionales. Por más que esta pretensión haya de parecer
absurda en la historia de un país pobre; sin contribuciones bien
organizadas; nacido en medio de los despilfarros de la guerra de
independencia; abrumado siempre con una deuda interior y exterior
inmensa; deseoso de mejorar rápidamente su condición por medio de
obras, raras veces bien meditadas, y las más producto de ilusiones
dela ignorancia; en guerra civil casi permanente; el hecho es que
esa pretensión del
|superávit ha sido muy frecuente en
nuestras administraciones, y es uno de los síntomas de ese espíritu
de partido furioso, intransigente, que entre nosotros llega hasta
la demencia y aun
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al idiotismo en ocasiones.
En 1849, en una época en que las rentas nacionales no llegaban a
tres millones de pesos, cuando acababa de hacerse una rebaja de
casi veinticinco por ciento en la tarifa de aduanas y de declararse
libres de derechos de importación los efectos extranjeros que se
importasen en el Istmo de Panamá, de gastarse sumas considerables
en la reacuñación de monedas de baja ley, y en otros objetos, bien
meditados unos, muy poco meditados otros (como el Capitolio y el
camino de Siete Vueltas del Magdalena hacia Bogotá), era casi
risible que se quisiera sostener la existencia de un
|superávit, y esto por personas respetables, dos de las
cuales habían ocupado altos puestos en el gobierno del país y el
otro debía ser en breve candidato a la vicepresidencia. Ese
|superávit se fundaba en puras suposiciones, pues la cuenta
del presupuesto y del tesoro correspondiente al año de 1847 a 1848
aún no estaba formada, y la de 1848 a 1849 se encontraba en el
primer año de la vigencia. Al formarse la cuenta de 1847 a 1848,
cuenta formada por empleados conservadores, los señores Juan de
Ujueta y Francisco Javier Caro, se encontró que arrojaba un saldo
de gastos
|reconocidos y
|no pagados de $ 409.027,87, y
en la de 1848 a 1849 se halló también que los recaudos efectivos
apenas habían subido a $2.528.845,60, en tanto que el presupuesto
dc rentas del mismo año montaba a $ 3.378.193,80; es decir, que en
esa sola comparación se notaba un déficit de $ 849.348,20.
Estas diferencias o apreciaciones equivocadas nada significan,
pero revelan un sentimiento hostil que no se detiene en la falta de
respeto a la verdad; sentimiento que, si así domina a hombres
eminentes, descubre cuáles serían las pasiones de la masa del
partido. No significa esta apreciación que la otra parte de la
nación, los liberales, estuviesen exentos de esa enfermedad, pues
viviendo en la misma atmósfera y sometidos. a iguales influencias,
debían estar animados también de poca buena voluntad para sus
adversarios; la hago para mostrar en uno de sus desagradables y
perniciosos aspectos esa aspereza del espíritu de partido, que no
dulcifica en nada las ideas religiosas ni la educación ni la
convicción de solidaridad entre todos los hijos de una misma
patria; aspereza que, a mi ver, es uno de los más fecundos orígenes
de nuestros males, que se muestra en todas las clases sociales,
principalmente quizá en el clero católico.