CAPITULO VII
La provisión de destinos- remociones.El general
Herrán. El señor José Eusebio Caro.El doctor
Márquez.
El asunto que, según mis recuerdos, dio no poco en qué pensar a
la administración López, fue la provisión de las gobernaciones de
las provincias. En un país extenso y variado como el nuestro, es
difícil el conocimiento de los intereses peculiares de cada
localidad, y más difícil el de los hombres a propósito para
administrarlos. Las relaciones de los departamentos con la capital,
muy escasas hoy, a pesar del telégrafo, de un periodismo abundante
en aquellos y de la frecuencia de los correos, lo eran mucho más
ahora cincuenta años. Ni el general López ni sus secretarios tenían
relaciones suficientes para hacer elecciones acertadas, y la
prescripción legal que en otro tiempo ordenaba elegir los
gobernadores a propuesta en terna o senaria de las cámaras de
provincia, había sido suprimida hacía algunos años para dar más
libertad al presidente en sus nombramientos. Lo cierto es que más
de la mitad de los hechos por primera vez fueron rehusados,
principalmente por haber recaído en personas que no podían
trasladarse con sus familias a lugares distantes de su residencia
habitual.
Las gobernaciones principales fueron provistas así: Antioquia,
el doctor Jorge Gutiérrez de Lara; Cartagena, Tunja, el doctor
Pedro Cortés y en seguida el doctor Patrocinio Cuéllar; Cauca . . .
. . . .
| Bogotá, el doctor Vicente Lombana; Santa Marta, el
doctor Manuel Cañarete; Panamá, . . . . . . Socorro, el doctor
Salvador Camacho, y por excusa de éste, el coronel Pablo Durán;
Mariquita. . . . . . . . .; Neiva . . . . . . .Popayán. . . . . . .
.
El asalto de los destinos públicos en los diversos ramos de la
administración, el número de los solicitantes y las intrigas
puestas en juego para obtenerlos, fue en seguida una de las grandes
dificultades. Hacía doce años que los liberales no participaban de
este patrimonio: no había precepto alguno legal que diese una regla
de conducta en su provisión, como la hay hoy en los Estados Unidos,
en donde desde 1882 se creó una comisión encargada de examinar las
aptitudes de los solicitantes, someter a éstos a un examen preciso,
se sujetaron a reglas fijas los nombramientos, y se quita al
presidente el derecho para remover libremente, antes de la
expiración del período para que fueron nombrados los titulares. Ese
es un asunto grave en el que las restricciones que se impongan al
presidente en el nombramiento y emoción de los empleados, lejos de
ser un inconveniente para éste, son un grande alivio en el
ejercicio de esta función delicada. En las universidades y aun en
los colegios privados debieran darse algunos cursos relativos a las
funciones de los empleados públicos que habilitasen para
desempeñarlos y facilitasen así la tarea de la administración
pública; pero entre nosotros todavía este es asunto de favoritismo
y de explotación por los más intrigantes y más audaces en sus
pretensiones.
La presión de los solicitantes de destinos, por una parte, y el
deseo natural de tener amigos a su rededor, por otra, forzaron al
gobierno a empezar la tarea de las remociones de los puestos
públicos a personas que habían estado sirviéndolos durante largos
períodos y para quienes esa separación debía ser un trance muy
duro. Las remociones fueron entonces la señal de una reagravación
terrible de los sentimientos oposicionistas. Los más notables entre
los así separados de sus puestos fueron: el señor general Herrán,
de la legación de los Estados Unidos; el doctor José Ignacio
Márquez, del rectorado del Colegio de San Bartolomé; el señor José
Eusebio Caro, jefe de la oficina de contabilidad general; los
doctores Ignacio Gutierrez y Venancio Restrepo, de la dirección y
subdirección de ventas; el señor Lino de Pombo, de la presidencia
del tribunal de cuentas; el señor Antonio González Manrique, de la
administración de salinas de Zipaquirá, Nemocón y Tausa; el señor
Antonio Rodríguez Torices, de la administración de la aduana de
Cartagena; los señores José de D. Ucrós y Pedro P. Prías, del mando
de un batallón el primero, y del regimiento de caballería el
segundo, de la guarnición de Bogotá. Los removidos eran personas
honorables, inteligentes y buenos servidores del país; esto no
puede negarse, pero tampoco puede decirse que mereciese improbación
indignada el hecho de separarlos, porque evidentemente el veredicto
eleccionario había mostrado que el país deseaba un cambio en
las instituciones y en la manera de gobernar, cosa
inconciliable con la existencia de esos señores en los principales
puestos de la administración: se veía claramente venir una
revolución y no era prudente conservar en los puestos de más
confianza, como la guarnición de la capital, a los jefes militares
que simpatizaban más con la causa revolucionaria que con la del
gobierno. Era difícil sí, reemplazar dignamente a estos
distinguidos personajes; pero lo fueron, a pesar de la creencia que
reinaba en las mentes conservadoras de que en las filas liberales
no habla hombres instruidos y capaces de servir al país. El
concepto que a cada paso repetía su periodismo. El general Herrán,
en particular, que por su carácter sereno, su conocimiento de los
negocios y sus buenas relaciones en Washington con los miembros del
gobierno, especialmente con el general Cass, entonces secretario de
relaciones exteriores de la Unión Americana, parecía necesario para
llevar a buen término la negociación del ferrocarril de Panamá.
Afortunadamente las vacilaciones en que por esos días se vio
detenida la compañía empresaria entre la construcción de un camino
provisional de tablones y el de rieles de hierro servido por vapor
y las dificultades que en un principio suscitó la competencia de
otra empresa que se proponía establecer el tránsito interoceánico
por la vía de Nicaragua, hicieron menos importante la presencia del
general Herrán en la legación, la cual fue desempeñada
satisfactoriamente en 1849 y 1850 por el señor Rafael Rivas. El
contrato definitivo para la ejecución de esta obra fue al fin
celebrado en Bogotá en 1850 entre el señor Victoriano de D.
Paredes, secretario entonces de relaciones exteriores y mejoras
internas y el señor John L. Stephens, vicepresidente de la compañía
americana, y en él fueron allanadas todas las dificultades que por
parte de esta república se oponían a la rápida ejecución de las
obras; pero una gran parte del honor de este contrato,
probablemente el mejor que ha celebrado nuestro país para la
ejecución de una obra grandiosa, corresponde al señor general
Herrán, que fue quien lo inició.
La ¡emoción, o más bien el reemplazo del doctor Márquez del
rectorado del Colegio de San Bartolomé pues hacía tres años que lo
desempeñaba fue ocasionada por quejas de la mayoría de los
estudiantes contra la real o supuesta falta de imparcialidad de
aquél en relación con las opiniones políticas de los alumnos. Se
quejaban éstos de que en los exámenes solía poner bolas negras a
los que mostraban opiniones políticas distintas de las suyas,
aunque fuesen buenos estudiantes
|1
. La mayoría, casi la totalidad de
éstos eran liberales, lo que daba lugar con frecuencia a
manifestaciones deplorables de severidad por una parte y de algo de
insubordinación por la otra. Fue reemplazado por el doctor Vicente
Lombana, médico y abogado muy distinguido, célebre por su espíritu
chistoso y sarcástico, y popular entre los jóvenes; pero la
separación de aquél ocupó por algún tiempo, con censuras
apasionadas, las columnas de los periódicos de oposición.
La del señor José Eusebio Caro llamó más la atención, tanto por
la labor delicada que en esos momentos tenía el puesto de jefe de
la oficina de contabilidad hasta el punto de creerse de buena
fe entre sus copartidarios que nadie podría desempeñar esas
funciones sino él como porque esa medida lo lanzó a hacer una
oposición ciega al gobierno en
|La Civilización, periódico
que inmediatamente fundó y en el que con el doctor Mariano Ospina,
que tomó a su cargo
|El Día, fueron los más violentos
artesanos de la pasión revolucionaria que al fin estalló.
En 1847, a la entrada del doctor Florentino González a la
secretaría de hacienda, se dio una ley reorganizando la
administración de la hacienda nacional. Allí se dividió la
república en grandes distritos, semejantes a los departamentos
militares de la antigua Colombia, y en cada uno de ellos se
estableció un intendente y una administración general comprensiva
de varias provincias. De esta suerte, el mecanismo de la
recaudación de las rentas, el pago de los gastos y la contabilidad
de estas operaciones debía pasar por las siguientes ruedas: en los
distritos parroquiales los administradores de correos, expendedores
de tabacos y de papel sellado, estanqueros de aguardiente, y en
ocasiones, cobradores de diezmos; en la capital de las provincias
una administración de hacienda encargada de vigilar las operaciones
de las parroquias y de centralizar sus cuentas; en las capitales de
departamentos de hacienda una administración general y una
intendencia; en la capital de la república, en fin la secretaría
general, dividida en dirección general de rentas (tabacos, salinas,
aguardientes, papel sellado y correos). Dirección general de
impuestos (aduanas, diezmos, quintos de oro, amonedación,
hipotecas, registros y peajes, etc.) dirección general del tesoro
(encargada del ramo de pagos, distribución de fondos, etc.)
tesorería general y dirección general de correos y administración
de la casa de moneda. Esto aparte de oficinas especiales como
administraciones de salinas, factorías de tabaco, almacenes de
depósito y distribución de este artículo, casas de moneda, oficinas
de quintos y fundición de oros, oficinas de registro y anotación de
hipotecas. etc. Esta organización, copiada de la complicadísima de
la monarquía francesa, comprendía además la introducción del
sistema de partida doble en la contabilidad, y del admirable
sistema de los presupuestos de rentas y gastos fundado por la
Revolución Francesa en 1789, que, a la verdad, parece ser lo más
perfecto que se conoce en los grandes países constitucionales
modernos.
Se creía, pues, que el señor Caro era el único hombre en la
república capaz de llevar adelante estas reformas, para cuyo
trabajo se había creado el auxilio de otro contador general. Pronto
se vio que sí había otro hombre de inteligencia más sencilla y
clara que resolvió con facilidad los complicados problemas de la
administración de hacienda nacional: el señor José María Plata.
El señor Caro, según nos parece, descendía de una antigua
familia española radicada en La Habana, que a fines del siglo XVIII
o a principios del XIX había venido a establecerse entre nosotros y
había tomado parte notable en los comienzos de nuestra revolución.
Si no estoy equivocado en mis recuerdos de lecturas, el abuelo del
señor José Eusebio Caro fue uno de los primeros agentes enviados a
Europa por la Junta Revolucionaria de Bogotá en busca de apoyos
para la independencia. Nació en Ocaña, estado de Santander, en
1817; se educó en Bogotá e hizo sus estudios de jurisprudencia en
el Colegio de San Bartolomé. Como la mayor parte de los hombres que
sobresalen en la política tanto en América como en España, fueron
poéticos sus primeros ensayos en que dio a conocer sus talentos. En
1840 tomó servicio en los ejércitos en defensa del gobierno del
doctor Márquez, y en 1841 y 1842
|
fundó y sostuvo
|El
Granadino, periódico destinado a defender las ideas
conservadoras que primaban en esos años al vencimiento de la
revolución liberal. 1843 a 1846 fue miembro de la cámara de
representantes por elección de la provincia de Bogotá, y en los
años siguientes, hasta 1849, sirvió varios destinos de hacienda, en
los que mostró talentos y conocimientos superiores, principalmente
en desarrollo de las reformas sobre introducción del sistema
francés de administración de hacienda e introducción del método de
partida doble en la contabilidad de las rentas y gastos nacionales
en el tiempo en que el doctor Florentino González desempeñó la
secretaría del ramo. Separado de este puesto, se consagró a hacer
oposición violenta, sin tasa ni medida, a la administración y a los
hombres que la defendían sin ahorrar en esta tarea la injuria y la
calumnia, en términos que un jurado conservador admitió la
acusación de calumnia que contra él dirigió un tal Camilo
Rodríguez, hombre de mala fama por cierto. El señor Caro no quiso
someterse a las consecuencias del juicio y huyó al extranjero. En
los Estados Unidos hizo su residencia hasta 1853, año en que
regresando al país murió de fiebre amarilla en Santa Marta, a la
temprana edad de treinta y seis años.
Era de más que mediana estatura, formas robustas, cara llena,
cabello negro abundante, algo encorvado, aire pensativo y fisonomía
dura, con poca expresión, a lo que contribuía un defecto en uno de
sus ojos. No era orador: faltábale facilidad para dar salida a sus
pensamientos, y sus ademanes eran poco elegantes. Era pensador y
escritor antes que todo; pero su temprana muerte le impidió
producir obras que indudablemente habrían realzado su reputación y
sido útiles al país. Sus escritos de polémica política le harán
poco honor cuando haya pasado el recuerdo de las pasiones que los
inspiraron. Deja su colección de poesías, en una de las cuales se
puede observar que sus convicciones verdaderas eran de mejor ley
que sus arranques de cólera de partido. Dice así:
Oh prenda de mi amor, dulce hijo
mío!
|
Cuando en edad y para el bien crecieres,
(Y en el gran Padre Universal confío
Vivirás para el bien lo que vivieres),
Serio entonces quizá,
meditabundo,
|
De ardor de ciencia y juventud llevado,
Quieras curioso, visitando el mundo
Juzgar lo que los hombres han fundado.
Do puedas admirar instituciones
Que abrigan al inválido, al desnudo,
Que amansan al demente sin prisiones
Que hacen al ciego ver y hablar al mudo:
|Do vieres protegido al inocente,.
|
Castigado al perverso con cariño,
|
|
|Respetado al anciano inteligente,
|
Asegurado el porvenir del niño:
Allí do hallares libertad y ciencia,
|
Misericordia, caridad, justicia,
Dominando del pueblo la conciencia,
De la industria calmado la codicia:
|Allí do res petándose a sí mismo
|
Vieres al hombre amar a sus hermanos,
Podrás clamar: Honor al cristianismo,
Q
|ue estos no pueden ser sino
cristianos!
|
El señor José María Plata, que le sucedió en la dirección de la
contabilidad general, era desconocido en la Política hasta
entonces. Había sido un comerciante muy inteligente y allegado en
esta profesión un caudal que se decía muy considerable, perdido
todo en la gran catástrofe de la quiebra de Landínez en diciembre
de 1841
|
Perseguido por acreedores desapiadados, había tenido
que emigrar a Venezuela para escapar a la prisión por deudas,
vigente entonces en todo su vigor... A su regreso en 1848
|0 1849 fue llamado por el doctor Murillo al
puesto que ocupaba el señor Caro. El nuevo secretario de hacienda
tenía muy pocos conocimientos en ese ramo de negocios, y sobre todo
ninguna práctica; pero la cooperación del señor Plata fue decisiva.
En primer lugar se propuso al congreso un proyecto que fue aceptado
y convertido en ley (2
|
de junio de 1849), por el cual fueron
suprimidas las intendencias y las administraciones departamentales
de hacienda, poniendo las funciones de las primeras a cargo de los
gobernadores de provincia y las de las segundas a las de los
administradores de correos de la capital de éstas. Se conservó, por
supuesto, la introducción de la partida doble en las cuentas, y al
efecto en ese mismo año fueron expedidos los reglamentos.
instrucciones detalladas y modelos de la forma en que debieran
extenderse todas las operaciones; tanto por parte de los
recaudadores de rentas y pagadores de gastos, como por la de los
ordenadores, es decir, de los secretarios de estado, de los
gobernadores y demás agentes delegatorios del Poder Ejecutivo
nacional.
Esto, sin embargo, fue solamente el principio de la reforma: la
obra radical y permanente en esta materia se llevó a cabo, como
luego veremos, en 1850. Los reglamentos e instrucciones en estos
negocios fueron tan sencillos y claros que las dificultades
desaparecieron, y lo que se creía privilegio exclusivo de un solo
hombre fue convertido en una noción popular. Tales fueron los
principios de una carrera pública que hubiera llegado a los más
altos puestos si no la hubiese cortado la muerte de una manera
prematura en los momentos en que estaba llamado a prestar servicios
más importantes. Baste decir, por ahora, que de la contaduría
general pasó el señor Plata a la gobernación de la provincia de
Bogotá, luego a la secretaría de lo interior y relaciones
exteriores, más tarde a la de hacienda, y no se sabe en cuál de
ellos desplegó más talentos y espíritu más sereno en medio de las
dificultades, como después veremos.
Era de mediana estatura, fornido de miembros, expresión
simpática, siempre moderada y serena, algo miope, jovial y chistoso
en su conversación, firme en sus convicciones, valiente en los
peligros y tan moderado y culto siempre en sus palabras, que nunca
llegó a tener una discusión ligeramente apasionada con nadie,
excepto con el doctor Manuel Murillo, con quien al cabo llegaron a
pasar de una amistad estrecha a relaciones menos que cordiales. En
medio de las violentas pasiones de esos días, siempre se
mantuvo sereno y frío en las cámaras y en las discusiones del
periodismo, de suerte que por este aspecto era la antítesis más
completa del señor Caro José Eusebio).
La remoción del señor Pombo de la presidencia de la corte
general de cuentas fue la más dolorosa y probablemente la menos
justificada de todas. La distinguida inteligencia de este patriota,
su moderación y espíritu de justicia eran notorios. Ignoro las
causas de esa medida. No así la del señor Ignacio Gutiérrez, quien
teniendo talentos, conocimientos en el ramo de hacienda y práctica
de largos años, tenía convicciones muy arraigadas en contra de las
reformas que dominaban el pensamiento de la administración. En vez
de ser un auxiliar útil hubiera sido un obstáculo para llevarlas a
cabo.
Las remociones no fueron tan generales como se decía. En la
secretaría de hacienda quedaron en sus puestos los señores
Telésforo Sánchez Rendón, director general de impuestos; el señor
José María Franco Pinzón, administrador general del tesoro; el
doctor Francisco P. López Aldana, director del crédito público, y
el subsecretario de hacienda, señor Rafael de Porras. En la de
gobierno fueron conservados el doctor Isidro Arroyo y el señor
Domingo Maldonado, jefes de sección, y así en otras varias
oficinas.
Para allanar la dificultad que presentaban las remociones, el
congreso de 1849 dictó una ley igualando el período de todos los
empleados de libre nombramiento y ¡emoción del Poder Ejecutivo con
el presidente mismo; de manera que en el mes de junio siguiente a
la posesión de éste, debían hacerse nombramientos sin necesidad de
causar ofensa a los que los habían desempeñado.
El sistema de exámenes y aprobación necesaria en los aspirantes
a destinos públicos, y la prohibición de remover (excepto por
causas justas examinadas por el Poder Judicial durante el período
legal, a los titulares, daría a la vez que condiciones de mejor
servicio público, una garantía contra los abusos del espíritu de
partido en los magistrados superiores.
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1
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Un caso ruidoso de esta debilidad ocurrió, entre otros, en los
exámenes de grado de doctor presentados por el joven Ricardo
Vanegas. en el cual la calificación resultó con cuatro bolas
negras, que se descubrió ser obra del doctor Márquez. El
Joven Vanegas era no sólo muy inteligente, sino muy estudioso y de
muy buena conducta.
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