CAPITULO VI
Movimiento de las ideas.Abolición de la pena de muerte en
los de delitos políticos.Libertad de esclavos.Libertad
de imprenta
La nueva administración no tenía programa formado del camino que
pensaba seguir. Así pues, sus primeros actos se redujeron a
generalidades sin objeto determinado. Sus ideas en materia de
hacienda, marcadas con el espíritu tímido del secretario doctor
Ezequiel Rojas, se reducían a quejas del estado exhausto del Tesoro
público, y a recomendaciones de que no se redujera ninguna
contribución ni se entrara en gastos que no fuesen estrictamente
necesarios. En materias eclesiásticas, se preludió tímidamente a la
separación de los vínculos entre el Estado y la Iglesia,
proponiéndose la renuncia al derecho de patronato por parte de
aquél y retirando a ésta el privilegio del fuero de sus ministros;
pero conservando la dotación del Estado y la jurisdicción
eclesiástica en asuntos civiles conexionados con el servicio
religioso, como la provisión de las capellanías y fundaciones
eclesiásticas. Estas ideas incompletas no tuvieron éxito alguno por
lo pronto. Más tarde; a la separación del doctor Rojas de la
cartera de hacienda, el doctor Murillo, a quien afirmaba vivamente,
lo mismo que al general López, el deseo de dar satisfacción al
anhelo del país por obtener la libertad del cultivo del tabaco, lo
expuso así a las cámaras: así, en esta materia no se hizo
modificación alguna a la ley aprobada en 1848. Según ella, la
libertad del cultivo debía empezar el 1° de enero de 1850 y la del
comercio interior del articulo el 1° de septiembre.
Luego, a petición de los diputados de Antioquia, fueron
rebajados los derechos de quintos y fundición de oros, a 1½ por 100
el que se destinase a la amonedación en las casas de moneda de la
república, y a 4 por 100 el que se destinase a la exportación. La
cantidad de oro que se presentaba entonces a las oficinas de
fundición oscilaba anualmente entre 8.000 y 9.000 libras de baja
ley, de las cuales se destinaba un 40 por 100 (poco más o menos), a
la amonedación y 60 por 100 a la exportación. Los dos tercios, o
sea 66 por 100 de estas 8.500 libras, eran extraídos de las minas
de la provincia de Antioquia; 18 por 100 pertenecía a la provincia
del Chocó; 9 por 100 a la de Popayán, y sólo 7 por 100 al resto de
la república. Esta renta producía cerca de $ 100.000 anuales al
Tesoro nacional, antes de la rebaja decretada en 1849.
Como la libra de oro vale $ 300, a la ley de 0,900, la
producción en Antioquia no representaba más de $ 1.600.000 anuales,
o sea las dos terceras partes poco más o menos que en la
actualidad. El contrabando que se hacía exportando el oro en polvo
en las barras huecas de las grandes jaulas con tigres o culebras, o
en los cinturones de los viajeros, no podía ser de mucha
consideración: probablemente no excedía del 5 por o 6 por 100 de la
cantidad declarada en las oficinas de fundición.
Como se ve, la producción del Chocó (sin contar el contrabando
que aquí se juzgaba mucho mayor que en Antioquia) no excedía de
1550 libras, o sea $ 460.000; menos de la mitad de lo que recuerdo
haber leído en los datos de las oficinas de fundición de ahora un
siglo, era la cantidad producida en esta región: se puede observar,
pues, que la explotación de las minas había disminuido
considerablemente. A esta disminución debió de contribuir no poco
la guerra de la independencia, encarnizada y sin tregua en esa
provincia a causa de su vecindad con Pasto, el sustentáculo
principal de la causa del rey de España.
En el periodismo y en las aspiraciones de la mente liberal
principió también a hablarse de dos asuntos importantes: la
abolición definitiva de la esclavitud y la libertad de la
prensa.
El primero fue especialmente promovido por una carta que los
redactores de
|El Siglo, señores Antonio María Pradilla,
Medardo Rivas y el autor de estas memorias, dirigieron a varias
personas de la capital pidiendo una suscripción para celebrar el
próximo 20 de julio con la manumisión de algunos esclavos. Acogida
esta idea con alguna aprobación, se obtuvieron fondos suficientes
para manumitir treinta y un esclavos, fondos que, unidos a los que
existían en la tesorería de manumisión, alcanzaron para dar
libertad en ese día memorable a cuarenta y cuatro ilotas, elevados
así a la categoría de ciudadanos. El general López, presidente de
la república, contribuyó con la suma necesaria para dar libertad a
cuatro seres humanos. Los señores general Joaquín París y Lino de
Pombo emanciparon cada uno una antigua esclava de la familia, y
los señores adquirieron . . . . . . . .esclavos para hacerlos
libres. Este ejemplo fue seguido después en toda la República, no
sólo en la celebración del 20 de julio, sino en las comidas y
bailes, el los casamientos, en el bautismo de niños y en otras
funciones semejantes. Ya se deseaba ver terminada de una vez esa
institución inicua.
La libertad de prensa fue motivo de varios proyectos de ley
desde 1849: el secretario de gobierno, doctor Zaldúa, presentó uno
reduciendo los casos de responsabilidad a la injuria, la calumnia y
la publicación de .documentos oficiales reservados o la alteración
maliciosa de ellos; pero ninguno llegó a ser ley. La opinión no
estaba suficientemente educada. Los proyectos sobre estas dos
reformas eran ardientemente combatidos por el espíritu conservador,
tanto en las cámaras como en la prensa, con argumentos que entonces
se reputaban de mucho valor. Los esclavos, se decía, son una
propiedad de los amos, y el legislador no tiene derecho para
suprimirla, porque el derecho de propiedad es anterior y superior a
la ley: la propiedad es un dogma de las sociedades civilizadas. Si
la raza negra no está sometida al trabajo forzado, se entregará a
la ociosidad y a los crímenes. No se podrán cultivar las haciendas
por falta de trabajadores. La suerte de esa raza será mucho más
desgraciada en la libertad, porque no tendrá quien los vista y los
mantenga: será una crueldad emanciparlos.
Contra la libertad de imprenta se hacían argumentos semejantes.
Hay pensamientos buenos y pensamientos malos: estos últimos deben
reprimirse. La libertad de la prensa conduce al libertinaje. El
hombre tiene tendencia a exagerar todas las libertades. Con la
prensa libre vendrá la corrupción de las costumbres. Será atacada
la religión, desprestigiada la autoridad, destruídas las buenas
reputaciones, etc. Libertad de imprenta, libertad de garrote, etc.
Los principales oradores contrarios a la libertad de emisión del
pensamiento eran los señores Manuel María Mallarino, Antonio Olano,
Juan A. Pardo, Juan Nepomuceno Neira. Los. favorables a la libertad
eran el doctor Murillo, el doctor Victoriano Paredes, el doctor
Zaldúa, el doctor Lombana (Vicente).
No se había formado aún educación verdadera de la opinión sobre
estas cuestiones; pero la tendencia hacia su solución final era ya
evidente.
Empero, la idea liberal sí empezó a mostrarse en diversas
manifestaciones entre los miembros del congreso. La primera fue la
abolición de títulos a los. servidores de la nación, copiados de
las costumbres. monárquicas. La
|excelencia del presidente de
la república; la
|señoría ilustrísima de los magistrados de
los tribunales; el
|usía honorable de otros. El presidente
quedó reducido al título de
|ciudadano, y los demás empleados
al de
|señor. Nadie podrá creer en la excelencia de una
ineptitud suprema, excepto el que recibe diariamente aquella
apelación, con lo cual en lugar de creerse lo que verdaderamente
es, un servidor de sus conciudadanos, se imagina ser el amo de
todos ellos. Nada perderá en respeto y estimación públicas quien ha
sabido ganarlos con su conducta, aunque colocado en un alto puesto
no se le tributen a cada paso respetos extravagantes.
La dulcificación del sistema penal fue la segunda manifestación
del cambio político inaugurado. La pena de muerte por delitos
políticos fue suprimida, del mismo modo que un año antes el primer
acto del pueblo de París al proclamar la república en Francia fue
el de quemar la guillotina en la plaza de la revolución. Entre
nosotros fue reemplazado el cadalso político con la pena de
destierro por algunos años.
Esta reforma fue propuesta por dos diputados conservadores a
quienes se juzgaba revolucionarios en embrión, y fue inmediatamente
aceptada por el partido liberal. Con el descuento natural de no
haberse presentado durante la dominación conservadora, sino en los
momentos en que sólo podía favorecer a revolucionarios
conservadores, esta feliz iniciativa de los señores Manuel J.
Quijano y Juan Nepomuceno Neira ha sido fecunda simiente de
moralidad política. Salvó la vida de muchos hombres, no criminales
sino extraviados, suavizó los odios de partido y ha sido uno de los
puntos notables en que nuestras costumbres se separan de la
tradición española de venganza y de lucha sin misericordia entre
los hijos de un mismo país.
La misma ley suprimió también las penas de vergüenza pública, y
la declaratoria expresa de infamia: la primera, espectáculo cruel
engendrado por el espíritu de venganza y no de justicia; la
segunda, negación evidente de la posibilidad de rehabilitación es
decir, negación de la esencia misma del cristianismo, que ve en la
muerte del Redentor el pensamiento de la nueva religión predicada
en Galilea: herencia de la moral de la Inquisición ambas penas.
El pensamiento de la descentralización empezó a manifestarse en
proyectos de división de las grandes provincias, con el objeto de
acercar el gobierno al pueblo para fomentar con decisión los
intereses locales; pero esa medida, que en 1849 se limitó a la
creación de las provincias de Chiriquí, Tundama y Ocaña, no llegó a
toda su extensión hasta 1850 y 1851. La administración pública de
los cantones, aunque provistos entonces de jefe político y consejo
cantonal, carecía de las facultades suficientes para imponer
contribuciones y proveer con el producto de ellas a sus necesidades
especiales más premiosas; es decir, a sus escuelas, caminos,
Provisión de agua potable y administración de justicia.
En punto de relaciones exteriores, la administración Mosquera no
dejaba en buen pie las de este país con sus vecinos del Ecuador y
Venezuela, dirigidas entonces por gobiernos liberales, y para
establecer la cordialidad que se deseaba fueron enviados meros
agentes confidenciales con mezquinos sueldos. Para esta misión se
escogió a dos jóvenes liberales muy inteligentes: los señores José
María Vergara Tenorio y Medardo Rivas. No se consideraba entonces
necesaria más legación que la de los Estados Unidos, y en Europa,
si bien las administraciones Herrán y Mosquera habían mantenido a
don Manuel María Mosquera como ministro en Londres y París, más se
consideraba ese puesto como una sinecura cae como un servicio
público interesante.