CAPITULO V
La administración del
|7 de marzo.Preludios.
Ministerio Periodismo.
La elección del general López iniciaba una era de reformas
traída por el viento de los progresos realizados en los últimos
veinte años en los países que van a la vanguardia del mundo. La
reforma electoral en Inglaterra, en 1830, y el triunfo de la Liga
de los cereales, en 1846, medidas que constituyen una gran brecha
en los privilegios de la aristocracia de sangre; el establecimiento
de un régimen parlamentario en España en reemplazo del corrompido
gobierno absoluto asumido por Fernando VII desde 1814 hasta 1833, y
la desamortización de bienes de manos muertas realizada en 1837; la
caída de la rama mayor de los Borbones en Francia, en 1830, y de la
rama de Orleans en 1848, seguida por la proclamación de la
república: esos y otros sucesos habían despertado en el pensamiento
de los pueblos libres la aspiración a renovaciones políticas Y
sociales más profundas. Entre nosotros no podía dejar de suceder
así.
La revolución de la independencia había dejado en pie muchas de
las instituciones del régimen colonial. La centralización
administrativa; el sistema opresor de las contribuciones públicas
con sus monopolios, sus prohibiciones y sus trabas de todo género
al movimiento industrial; la compresión al pensamiento en s leyes
sobre represión al uso de la imprenta; la intolerancia religiosa Y
la influencia irregular del clero católico en la vida de los
hombres y el interior de las familias; la mala distribución de la
propiedad territorial; costumbres crueles y estúpidas, como la
prisión por deudas, le pena de muerte, los procedimientos
arbitrarios con el pretexto de vagancia; el reclutamiento brutal en
las clases desvalidas, y a veces en las superiores; el abandono de
la tarea indispensable de la educación pública; la prescindencia
del gobierno en las ejecuciones de las vías comerciales llamadas a
desarrollar la idea social de la cooperación de todos en favor de
todos; la embrollada legislación española compuesta de una serie de
códigos inmensos para cuyo estudio no bastaba la vida de un hombre,
unida a procedimientos judiciales llenos de formalidades inútiles y
encerrados en el recinto estrecho de unos pocos procuradores,
abogados, asesores y jueces privilegiados: todo eso llamaba la
atención de la nueva generación que entraba a manejar los negocios
del país.
Con excepción de los doctores Ezequiel Rojas, Francisco Javier
Zaldúa y Victoriano de D. Paredes, que hablan concurrido algunas
veces al congreso e iniciándose en el manejo de los negocios
públicos, el partido liberal carecía de hombres formados en la
escuela de la administración; pues el espíritu dominante en los
Consejos del gobierno en los doce años anteriores habla excluido de
toda participación a los que profesaban ideas liberales. La prensa
conservadora repetía constantemente que la ineptitud del círculo
dueño del Poder produciría la anarquía, la demagogia y la ruina
diii país. Con efecto, retirados los señores Ospina, Ordóñez,
Pombo, Mallanino, Osorio, Pradilla (Urbano), Caro (José Eusebio),
Márquez, Borda (Leopoldo) Acevedo (José), Cárdenas (Vicente),
Gutiérrez (Ignacío), Martínez (José Vicente), Quijanos (Manuel de
J. y Miguel), y otros no menos notables, debía sentirse un vacío
difícil de llenar en las fuerzas intelectuales del país. No era,
sin embargo, tan escasa la lista de hombres distinguidos en la vida
pública que podía presentar la administración del general López.
Aparte de los ya nombrados debían entrar a figurar los señores
Murillo (Manuel), el general Tomás Herrera, José de Obaldía, Lleras
LLorenzo, Arosemena (Justo),
Fernández Madrid
|1
, Herrera (Bernardo),
Cuenca (Domingo C.), Caballero (Lucas), Plata (José María), Cuéllar
(Patrocinio), Gómez Juan Nepomuceno), Rivas (Medardo), Martín
(Carlos), Vanegas (Ricardo), Vergara Tenorio (José María), Samper
(Miguel José María), Rojas Garrido, Pradilla (Antonio María) Salgar
(Januario), Palau (Emigdio), Alvarez (Francisco E.), Gutiérrez
(Santos, Milcíades y Marcelino), Cerón, Trujillo, Largacha, Pereira
(Nicolás, Próspero y Guillermo), Restrepo (Juan de D.) y otros
muchos. También vinieron de las filas conservadoras a formar en las
de la administración algunos hombres notables: entre ellos los
doctores Ricardo de la Parra, Rafael Rivas, Alfonso Acevedo, Senén
Benedetti y Jorge Gutiérrez de Lara.
Entre estos nombres figuraban en primera línea y eran llamados a
las secretarías de Estado los señores Ezequiel Rojas, Francisco J.
Zaldúa, Manuel Murillo y Tomás Herrera.
El primero de éstos, natural de Boyacá, nacido en el primero o
segundo año de este siglo, había empezado carrera política en la
Convención de Ocaña, a la cual, aunque elegido, no pudo concurrir
por haberle faltado algunos meses de edad al tiempo de la elección:
había formado parte de los jóvenes entusiastas que el 25 de
septiembre quisieron castigar sumariamente el crimen de dictadura
del primero y más famoso de los libertadores de Colombia. Durante
el destierra a que fue condenado entonces, oyó en París las
lecciones de economía política de Juan Bautista Say, y en Londres
tuvo ocasión de tratar a Jeremías Benthan, célebre entonces por sus
obras sobre legislación, ciencia que formó su estudio favorito, en
el resto de su vida. En el ejercicio de la abogacía, que por cerca
de veinte años fue su profesión principal, llegó a la más
distinguida reputación, disputando con el doctor Francisco J.
Zaldúa el puesto de honor. Concurrió a algunos congresos,. en los
que se distinguió siempre como orador, por la claridad y lógica de
sus razonamientos. Su carácter principal consistía en una
exposición lúcida de los hechos y habilidad singular para presentar
las cuestiones, arte en que no ha sido igualado por ninguno de los
oradores parlamentarios que he Conocido. Tenía poca imaginación: el
análisis y la lógica eran sus armas, y nunca se levantó a las
regiones de la elocuencia. Su voz era clara y resonante, sus
actitudes reservadas y dignas, su expresión moderada. Y culta:
convencía a la razón, no arrastraba las pasiones. Era de estatura
mediana, de coloración blanca y pálida, manos pequeñas y finas que
protegía siempre con guantes. Su superioridad y
atractivo eran tan evidentes que en asambleas dominadas
por ideas opuestas a las suyas fue llamado con frecuencia a
presidirlas por el voto de sus adversarios. Era un talento
especulativo y teórico: le faltaban energía de convicción y
carácter decidido para ser hombre de Estado. En los pocos días de
su ejercicio en la Secretaria de hacienda expresó el concepto de
que sin la renta del monopolio del tabaco sería imposible gobernar;
previsión desmentida por la realidad, pues el aumento de las
exportaciones y el consiguiente de las importaciones colmó en el
acto en el producto de las aduanas el vacío de la renta suprimida.
A los pocos meses de su ingreso en el ministerio se separó en viaje
a Europa con su familia, con cuya ocasión se le encargó de la
legación de la república en Francia. No volvió a figurar en la
política sino hasta 1870 como miembro del senado.
El doctor Zaldúa era menor cinco o seis años que el doctor
Rojas; había desempeñado con lucimiento la gobernación de la
provincia del Socorro en 1843 y 1844, ejercido la abogacía con gran
éxito después, y tenía reputación de ser el más profundo conocedor
de la jurisprudencia patria. Se había educado en el Colegio de San
Bartolomé, en el que fue sucesivamente portero, pasante,
catedrático de física y geografía, vicerrector y catedrático de
derecho civil, de derecho penal y a veces de legislación. Había
contraído en esta tarea de la enseñanza aires de magisterio, así en
sus escritos como en su estilo hablado, y aun en su fisonomía
habitualmente seria y austera. No era orador: faltábanle facilidad
para expresarse y cierta elasticidad de actitudes y de
procedimiento mental que exige el uso de la tribuna; pero su
palabra era siempre respetada por la extensión de sus conocimientos
y la respetabilidad de su carácter. Tampoco era escritor: el
estudio solitario era su pasión, y tenía así pocas relaciones con
la corriente intelectual de la sociedad civil y del periodismo.
El doctor Manuel Murillo, llamado primero a la secretaría de
relaciones exteriores, y dos o tres meses después, a la separación
del doctor Rojas, a la de hacienda, era el personaje que llamaba
más la atención pública y en quien la juventud depositaba todas sus
esperanzas. Nacido en el Tolima en 1816, tenía apenas treinta y
tres años, la edad del descamisado Jesús cuando murió,
repetía él con un célebre girondino en el tribunal revolucionario
al entrar de lleno de vida pública. Su educación empezada al lado
de su tío, 41 doctor Nicolás Ramírez, continuada en el Colegio de
San Simón, de Ibagué, había terminado en el convento de Santo
Domingo, en Bogotá, muy inferiores dos últimos.
Así, puede decirse que el doctor Murillo se había Educado a
|
sí mismo. Su estreno como escritor:
|Un juicio sobre los
primeros catorce meses de la administración del doctor Márquez,
publicado en 1839, favorablemente acogido en esos días; sus
trabajos como secretario del coronel Anselmo Pineda en la
gobernación de Panamá, en 1843 y 1844; sus escritos en la
|Gaceta
Mercantil, de Santa Marta, en 1846 a 1848, y sus primeros
discursos en los congresos de 1847 y 1848, aunque no muy
afortunados, habían despertado entre sus copartidarios la idea de
que ese joven tenía las condiciones de un hombre superior. Sus
primeros ensayos oratorios no fueron felices: era tímido delante de
los grandes concursos, su palabra era embarazada, su elocución
escasa en libertad y abundancia, y todo esto, unido a que las
corporaciones políticas en que hacía sus primeras armas estaban
compuestas de oradores notables Como Juan Clímaco Ordóñez, Julio
Arbole, Mallarino, Antonio Olano, los dos Ospinas, todos en partido
opuesto, creaba para él una dificultad mayor. Después, cuando
adquirió confianza en sus fuerzas, llegó a ser orador elocuente en
ocasiones en sus escritos, al contrario, desplegaba una limpieza de
expresión, una concisión vigorosa, una abundancia de idea sencilla
bien meditada, que ya desde entonces se le reputaba como el primer
paladín de la prensa. Aunque joven y sin experiencia de los
negocios que iba a manejar, era el alma de la administración
López.
De
|
algo más que mediana estatura, ojos negros vivaces,
maneras francas y agradables, voz argentina y simpática, nada
petulante en un principio, aunque luego. en su afortunada carrera
sí contrajo algún tanto este vicio; pronto se hizo el hombre de la
popularidad y de la fama.
El general Tomás Herrera, entonces coronel, no era conocido en
el interior de la república, pues sólo habla venido a las cárceles
de Bogotá perseguido durante la dictadura del general Bolívar, en
1828, por sus opiniones liberales. Compañero del general Fábrega en
el movimiento del istmo de Panamá en favor de la independencia,
había seguido al general Sucre en su campaña sobre el Ecuador, en
1822, ganado sus charreteras de capitán en el campo de Ayacucho,
restablecido en el Estado de su nacimiento el gobierno
constitucional, conculcado por Alzuru y Luis Urdaneta, cooperadores
de la insurrección del Callao en 1830, y en 1846 durante los
temores que ocasionaron los proyectos de la reina Cristina y del
traidor Flores contra la independencia del Ecuador merecido la
confianza del presidente general Mosquera con el puesto importante
de gobernador dé Panamá. Delgado, de estatura más que mediana, de
fisonomía simpática en que se revelaban el honor y la lealtad,
modesto y valiente como pocos, pronto se comprendió que en él se
reunían cualidades a propósito para llegar a posiciones mucho más
distinguidas.
Las primeras palabras de la nueva administración fueron de paz y
de conciliación, a cuya conducta eran inclinados el presidente y
sus secretarios; pero no encontraron eco en el sentimiento del
partido caído del poder en donde desde los primeros días se levantó
un viento de oposición furiosa y de apelación a las armas. Los
hombres que más se hacían notar por su pasión al este sentido, eran
los señores Manuel J. Quijano, Juan Nepomuceno Neira, los hermanos
Ospina y, aunque no de una manera pública, el señor José Eusebio
Caro, entonces jefe de la oficina de contabilidad general. A los
dos primeros se atribuyó una hoja violenta en que se apelaba al
pueblo, es decir, a la rebelión contra las supuestas amenazas de
puñal por cuyo medio se decía había sido hecha la elección del
general López.
|Partido rojo, partido salvaje, eran las
denominaciones que se daban en los periódicos conservadores a los
sostenedores de la administración.
El periodismo, casi concentrado en esos días a la capital de la
nación, consistía aquí de:
|El Neogranadino fundado un año
antes por el doctor Manuel Ancízar, recién llegado entonces de
Venezuela, en donde había residido muchos años, hasta que el
general Mosquera lo llamó a esta ciudad; periódico moderado,
defensor de la política de éste más bien que de las ideas
conservadoras, muy bien servido, con tipos y prensas nuevas Y
Cajistas traídos de Caracas, y administrado por los hermanos
Echeverrías, los mejores operarios de imprenta que se habían
conocido en esta ciudad; El Día, publicación antigua sostenida por
el señor Jose Antonio Cualla, dueño de la imprenta, decano de los
impresores y amigo y protector de los escritores noveles. Aunque
conservadora en su origen, esta hoja no tenía color político bien
marcado, pues admitía en sus Columnas escritos pertenecientes a
diversas escuelas, hasta que, en 1849, se hizo cargo de su
redacción el doctor Mariano Ospina; quien le dio un carácter
decidido de oposición a todo trance;
|El Progreso redactado
por el joven José María Torres Caicedo, antiguo familiar del señor
arzobispo Mosquera, periódico rabioso que, por la circunstancia de
vivir su redactor en el palacio arzobispal, atrajo no pocas
desconfianzas y antipatías sobre la cabeza de su protector;
|La
Epoca, publicación bien escrita que se atribuyó a los miembro
del gobierno, señores Mallarino y Ancízar, y en que se decía
colaboraban los señores Arosemena (Justo), Fernández Madrid y otros
personajes.
Estos eran periódicos ministeriales. Los de oposición habían
sido: el
|Libertad y
|Orden, redactado por el señor
Alfonso Acevedo, quien, después de haber sido furioso perseguidor
de los liberales desde 1842 hasta 1845, en el puesto de jefe
político del cantón de Bogotá, era ahora, desde 1846 hasta 1848,
igualmente oposicionista del general Mosquera y de su
administración.
Este periódico contribuyó al despertamiento y reorganización del
partido liberal, y su redactor merece un recuerdo especial.
Pertenecía el señor Acevedo a una familia notable por su
inteligencia y energía durante la lucha por la independencia. El
señor José Acevedo Gómez, llamado en 1810 el tribuno del
pueblo, había tomado una parte muy importante en el
movimiento del 20 de julio, y perecido en 1816 en las montañas de
los Andaquíes, adonde huía de la ferocidad de Morillo; el señor
Pedro Acevedo figuró notablemente en la guerra de la independencia
y en la lucha contra la dictadura del general Bolívar; el general
José Acevedo, después de una carrera militar y administrativa muy
honrosa, había llegado a una posición respetable en la opinión
pública; el señor Juan Acevedo había sido uno de los jóvenes que el
25 de septiembre de 1828 entraron al palacio del dictador con el
intento de poner término a sus demasías. El señor Alfonso Acevedo
había subido por rigurosa escalacomo era costumbre en esos
días al grado de tesilente coronel, y, aparte de su rigor con
los liberales vencidos en 1841 y 1842, se había hecho notar durante
su jefatura política de 1842 a 1844, por su actividad en el
desempeño de sus deberes oficiales, principalmente en la provisión
de agua en las fuentes públicas, el aseo de las calles, la
persecución de las bandas de ladrones que siguen siempre en pos de
las guerras civiles. Era de mediana estatura, cuerpo bien
proporcionado, facciones finas, ojo negro penetrante y amenazador,
modales corteses y carácter decidido, colérico y quizá vengativo.
En 1849 se incorporó decididamente
|
en las filas del partido
liberal, se distinguió en 1850 como presidente de la Junta de
Salubridad, organizada durante la corta invasión del cólera en
Bogotá, y enviado como encargado de negocios ante la Santa Sede en
el mismo año, murió en Roma.
Entre 1844 y 1847 salieron a luz algunas publicadones efímeras,
y de alguna duración sólo recuerdo
|La Noche, redactada por
el antiguo e incontrastable liberal doctor Juan Nepomuceno Vargas,
escritor incansable desde los tiempos de la lucha contra la
dictadura boliviana, a quien ni la pobreza ni la persecución
pudieron enmudecer. Recuerdo que en este periódico vieron por
primera vez la luz, las producciones de un joven que debería
después llegar a ser Uno de los más fecundos adalides de la prensa:
el señor José María Samper, entonces a los diez y seis o diez y
siete años de edad.
En 1847 empezó su carrera periodística y a formar su reputación
como hombre de primera línea, el doctor Manuel Murillo en la
|Gacetai Mercantil de Santamarta. Pronto llamó vivamente la
atención publica la facilidad de su estilo y el espíritu sensato de
sus discusiones en los asuntos de interés general. Recuerdo que
entre ellas causó impresión una relativa a los proyectos de fomento
decidido a la inmigración extranjera del doctor Florentino
Gónzález, sostenidos con mucho entusiasmo por la administración
Mosquera y los escritores que le rodeaban. El señor Murillo
desarrolló la tesis de que todos esos esfuerzos y gastos impedidos
con ese objeto serían perdidos mientras este país no pudiese
ofrecer a los inmigrantes altos salarios en las industrias y medios
económicos de transporte al través del océano; elementos de que
carecíamos, pues en el interior no había producciones en
prosperidad ni en nuestros puertos la exportación suficiente de
frutos que, pagando fletes abundantes ,al regreso, pudiesen
proporcionar buques numerosos en nuestras costas ni pasajes baratos
a los inmigrantes. Entonces tampoco existían las numerosas líneas
de vapores que después de 1870 se han establecido entre Europa y
las costas de Sur América. La
|Gaceta Mercantil alcanzó
pronto una reputación semejante a la que
|El Espectador de
Medellín ha adquirido en nuestros días.
En 1848 aparecieron en Bogotá dos periódicos que ejercieron
notable influencia en la lid eleccionaria y en el vigor que
adquirió la reaparición del partido liberal:
|La América,
redactada por el doctor Ricardo Venegas, y
|El Aviso, por el
doctor José María Vergara Tenorio. Ambos redactores eran muy
jóvenes y acababan de terminar sus estudios universitarios: llenos
de talento y entusiasmo, de moderación y cultura, su ejemplo fue
seguido después por la juventud que salía de los colegios y con
ellos tuvo principio ese movimiento político que tanta influencia
tuvo después las reformas acometidas en 1850 y 1851.
Ricardo Vanegas era natural de Vélez; hacía uno o dos años
apenas había recibido el título de abogado, después de estudios
serios; había heredado una fortuna considerable que le daba
posición independiente y realzaba un carácter generoso lleno de
caballerosidad. Moderado en sus creencias políticas, culto en su
lenguaje, recto y justo en sus apreciaciones, su periódico ganó en
breves días una justa popularidad.
José María Vergara Tenorio, natural de Bogotá, era hijo del
doctor Estanislao Vergara, el hombre de estado que acompañó, en el
puesto de secretario de relaciones exteriores, al general Santander
desde 1819 hasta 1827. Tenía un gran talento que su padre, uno de
los hombres más instruidos de su tiempo, a quien sus amigos solían
llamar una enciclopedia ambulante, había cultivado
esmeradamente, de manera que se le reputaba como el joven más
distinguido de la Ciudad y tal vez de toda la república. Era una
grande esperanza y hubiera si la muerte no hubiese cortado
prematuramente sus días tenido una carrera pública digna de
la de su progenitor. La historia era su estudio favorito, y en la
de Colombia estaba especialmente versado a lo que contribuía
poderosamente la sin igual memoria del doctor Vergara, su padre.
Era pequeño de cuerpo, de ojos grandes, fisonomía expresiva y
simpática y conversación en extremo agradable. Enviado con el
carácter de agente confidencial al Ecuador, regresó enfermo del mal
que lo llevó al sepulcro en 1850.
Eran los periódicos de ese tiempo (1848) de pequeño. formato
todos semanales, apenas contenían de tiempo en tiempo
muy escasas noticias extranjeras; casi no, publicaban avisos; no
pasaba el tiraje de los más acreditados de mil ejemplares, pero la
venta ordinaria, en una tienda o en la suscripción, no pasaba de
quinientos ejemplares, de suerte que al precio común de diez
centavos apenas pagaba el gasto de impresión, por lo cual eran casi
siempre empresa de imprenta, y no tenían redactor fijo. Con
excepción de
|El Día, que subsistió por más de diez años, los
demás no pasaban de seis meses o un año, y con frecuencia daban
saldo en contra del fundador. La sección de
|Remitidos era
quizá la más productiva: en ocasiones el periódico no tenía otra
lectura, y en ella no se ahorraban las invectivas, injurias y
calumnias, a las veces en forma de acrósticos y en lo general con
estilo chocarrero muy poco distante de la vulgaridad. Quizá no
pasaban de cuatro las imprentas de Bogotá: la del señor José
Antonio Cualla; la del señor Espinosa e los Monteros; Sánchez
Caicedo, quien vive aún (1898).
La reacción conservadora de 1837 a 149 había sido muy poco
favorable para el uso a prensa.
La publicación de libros era tan escasa, que tal vez no
alcanzaba a un valor de dos o tres mil pesos al año. Las imprentas
vivían de la impresión de novenas, almanaques, libros de doctrina y
cartillas para las escuelas. Sin embargo, unos pocos años antes de
1848 y quizá antes de 1840 habían sido impresas aquí dos obras
originales que merecen mención: Una
|Ciencia Constitucional
del doctor Cerbeleón Pinzón y una
|Ciencia Administrativa del
doctor Florentino González, ambas notables por la seriedad de
pensamiento y espíritu patriótico que las dictó. La primera fue
impresa en papel de una fábrica que sostenía en Bogotá el señor
Benedicto Domínguez; de la cual no ha quedado más que el proverbio
de que en Bogotá no hace papel ni don Benedicto Domínguez con
privilegio exclusivo. Ambos libros sirvieron de texto durante
algunos años en el Colegio de San Bartolomé, hasta que habiéndose
agotado la edición fue preciso apelar a textos franceses poco
adaptados a nuestras instituciones y costumbres.
|
1
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| El señor Fernández Madrid formó en el partido liberal
basta 1851, año en que no sabemos por cuáles causas
cesó de honrar a éste con su participación.
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