INDICE




Capítulo I
Capítulo II
Capítulo III - El 7 de marzo Las aspiraciones liberales.?El candidato liberal.?Minoría evidente de las opiniones conservadoras.?La reunión del congreso.? Los preparativos del gobierno para el caso de un conflicto.? Los escrutinios en el congreso?La elección del general López.
Capítulo IV  Preludios de guerra civil?Furor del partido en minoría.?Publicaciones incendiarias.?Llegada del general Obando.
Capítulo V  La administración del 7 de marzo.?Preludios.   Ministerio Periodismo.
Capítulo VI  Movimiento de las ideas.?Abolición de la pena de muerte en los de delitos políticos.?Libertad de esclavos.?Libertad de imprenta
Capítulo VII  La provisión de destinos- remociones.?El general Herrán.? El señor José Eusebio Caro.?El doctor Márquez.
Capítulo VIII  Primeros trabajos de la nueva administración.?Venta por mayor de las existencias de tabaco de Ambalema.?Contrato de almacenes de sal con el señor Miguel S. Uribe.?Pago de intereses de la deuda exterior.?Discusión sobre el estado del tesoro público al principiar la nueva administración.
Capítulo IX  Las Sociedades Democráticas.?La Sociedad de Artesanos de Bogotá.?Disturbios en Venezuela.
Capítulo X  Mejoras internas acometidas.—La carretera de occidente—La comisión corográfica.  
Capítulo XI  El cólera
Capítulo XII  Estado social.?Costumbres.
Capítulo XIII  Costumbres políticas.?Hombres que figuraban en la política.? Oradores elocuentes.?Oradores razonadores.
Capítulo XIV   Comercio exterior e interior.?Artículos principales- Oro plata. ? Tejidos de lana y algodón fabricados en el país.?carnes.  ?Sombreros de nacuma -Dulces.-Tabaco.- café.- Huevos y aves de corral.?Pescado.
Capítulo XV  Otras inversiones del capital.?Construcción de edificios.?Bancos.?Vías de comunicación.?Vapores en el Magdalena.
Capítulo  XVI  Consumos alimenticios interiores.?Mercancías extranjeras.?café Azúcar.?Tejidos del país. ? Sal.?Tabaco.?Cacao.?Maíz?plátanos.?Papas.?Trigo.?Arroz.?Raíces y tubérculos. ? Arracacha.?Yuca.?Leguminosas.?Frutas.
Capitulo XVII   Rentas y gastos nacionales
Capítulo XVIII  Las mayorías en el congreso.?Abolición de los derechos sobre la siembra de tabaco.?El cólera en Bogotá.?Descentralización de rentas y gastos.?Discusiones sobre libertad de imprenta, abolición de la esclavitud, reforma de la Constitución.?Desafuero eclesiástico y renta fija a los curas.
CAPITULO XIX  (continuación)
Capitulo XX   Otros asuntos del año de 1850.  Expulsión de los jesuitas.?El cólera en Bogotá.?Candidaturas.. a la vicepresidencia de la república.
Capitulo XXI   Los Golgotas
Capitulo XXII - La guerra civil de 1851
Capitulo XXIII    La Compañía de Russi
Capitulo XXIV    Las Reformas Eclesiásticas
Capitulo XXV - Tendencias generales de la opinión pública
Capitulo XXVI   Año de 1852.  Censo de población.?Nuevas tentativas de Flores, el traidor.? Complicidad en ellas del gobierno peruano.?Actitud del gobierno granadino.- Fin de esas tentativas.
Capitulo XXVII - Cuestiones eclesiásticas
La Convención de Rionegro    Año de 1863
Nota sobre el autor
CAPITULO V

La administración del |7 de marzo.—Preludios.  Ministerio Periodismo.


 

La elección del general López iniciaba una era de reformas traída por el viento de los progresos realizados en los últimos veinte años en los países que van a la vanguardia del mundo. La reforma electoral en Inglaterra, en 1830, y el triunfo de la Liga de los cereales, en 1846, medidas que constituyen una gran brecha en los privilegios de la aristocracia de sangre; el establecimiento de un régimen parlamentario en España en reemplazo del corrompido gobierno absoluto asumido por Fernando VII desde 1814 hasta 1833, y la desamortización de bienes de manos muertas realizada en 1837; la caída de la rama mayor de los Borbones en Francia, en 1830, y de la rama de Orleans en 1848, seguida por la proclamación de la república: esos y otros sucesos habían despertado en el pensamiento de los pueblos libres la aspiración a renovaciones políticas Y sociales más profundas. Entre nosotros no podía dejar de suceder así.

La revolución de la independencia había dejado en pie muchas de las instituciones del régimen colonial. La centralización administrativa; el sistema opresor de las contribuciones públicas con sus monopolios, sus prohibiciones y sus trabas de todo género al movimiento industrial; la compresión al pensamiento en s leyes sobre represión al uso de la imprenta; la intolerancia religiosa Y la influencia irregular del clero’ católico en la vida de los hombres y el interior de las familias; la mala distribución de la propiedad territorial; costumbres crueles y estúpidas, como la prisión por deudas, le pena de muerte, los procedimientos arbitrarios con el pretexto de vagancia; el reclutamiento brutal en las clases desvalidas, y a veces en las superiores; el abandono de la tarea indispensable de la educación pública; la prescindencia del gobierno en las ejecuciones de las vías comerciales llamadas a desarrollar la idea social de la cooperación de todos en favor de todos; la embrollada legislación española compuesta de una serie de códigos inmensos para cuyo estudio no bastaba la vida de un hombre, unida a procedimientos judiciales llenos de formalidades inútiles y encerrados en el recinto estrecho de unos pocos procuradores, abogados, asesores y jueces privilegiados: todo eso llamaba la atención de la nueva generación que entraba a manejar los negocios del país.

Con excepción de los doctores Ezequiel Rojas, Francisco Javier Zaldúa y Victoriano de D. Paredes, que hablan concurrido algunas veces al congreso e iniciándose  en el manejo de los negocios públicos, el partido liberal carecía de hombres formados en la escuela de la administración; pues el espíritu dominante en los Consejos del gobierno en los doce años anteriores habla excluido de toda participación a los que profesaban ideas liberales. La prensa conservadora repetía constantemente que la ineptitud del círculo dueño del Poder produciría la anarquía, la demagogia y la ruina diii país. Con efecto, retirados los señores Ospina, Ordóñez, Pombo, Mallanino, Osorio, Pradilla (Urbano), Caro (José Eusebio), Márquez, Borda (Leopoldo) Acevedo (José), Cárdenas (Vicente), Gutiérrez (Ignacío), Martínez (José Vicente), Quijanos (Manuel de J. y Miguel), y otros no menos notables, debía sentirse un vacío difícil de llenar en las fuerzas intelectuales del país. No era, sin embargo, tan escasa la lista de hombres distinguidos en la vida pública que podía presentar la administración del general López. Aparte de los ya nombrados debían entrar a figurar los señores Murillo (Manuel), el general Tomás Herrera, José de Obaldía, Lleras LLorenzo, Arosemena (Justo), Fernández Madrid |1 , Herrera (Bernardo), Cuenca (Domingo C.), Caballero (Lucas), Plata (José María), Cuéllar (Patrocinio), Gómez Juan Nepomuceno), Rivas (Medardo), Martín (Carlos), Vanegas (Ricardo), Vergara Tenorio (José María), Samper   (Miguel José María), Rojas Garrido, Pradilla (Antonio María) Salgar (Januario), Palau (Emigdio), Alvarez (Francisco E.), Gutiérrez (Santos, Milcíades y Marcelino), Cerón, Trujillo, Largacha, Pereira (Nicolás, Próspero y Guillermo), Restrepo (Juan de D.) y otros muchos. También vinieron de las filas conservadoras a formar en las de la administración algunos hombres notables:  entre ellos los  doctores Ricardo de la Parra, Rafael Rivas, Alfonso Acevedo, Senén Benedetti y Jorge Gutiérrez de Lara.

Entre estos nombres figuraban en primera línea y eran llamados a las secretarías de Estado los señores Ezequiel Rojas, Francisco J. Zaldúa, Manuel Murillo y Tomás Herrera.

El primero de éstos, natural de Boyacá, nacido en el primero o segundo año de este siglo, había empezado carrera política en la Convención de Ocaña, a la cual, aunque elegido, no pudo concurrir por haberle faltado algunos meses de edad al tiempo de la elección: había formado parte de los jóvenes entusiastas que el 25 de septiembre quisieron castigar sumariamente el crimen de dictadura del primero y más famoso de los libertadores de Colombia. Durante el destierra a que fue condenado entonces, oyó en París las lecciones de economía política de Juan Bautista Say, y en Londres tuvo ocasión de tratar a Jeremías Benthan, célebre entonces por sus obras sobre legislación, ciencia que formó su estudio favorito, en el resto de su vida. En el ejercicio de la abogacía, que por cerca de veinte años fue su profesión principal, llegó a la más distinguida reputación, disputando con el doctor Francisco J. Zaldúa el puesto de honor. Concurrió a algunos congresos,. en los que se distinguió siempre como orador, por la claridad y lógica de sus razonamientos. Su carácter principal consistía en una exposición lúcida de los hechos y habilidad singular para presentar las cuestiones, arte en que no ha sido igualado por ninguno de los oradores parlamentarios que he Conocido. Tenía poca imaginación: el análisis y la lógica eran sus armas, y nunca se levantó a las regiones de la elocuencia. Su voz era clara y resonante, sus actitudes reservadas y dignas, su expresión moderada. Y culta: convencía a la razón, no arrastraba las pasiones. Era de estatura mediana, de coloración blanca y pálida, manos pequeñas y finas que protegía siempre con guantes. Su superioridad y atractivo eran tan evidentes que en asambleas dominadas por ideas opuestas a las suyas fue llamado con frecuencia a presidirlas por el voto de sus adversarios. Era un talento especulativo y teórico: le faltaban energía de convicción y carácter decidido para ser hombre de Estado. En los pocos días de su ejercicio en la Secretaria de hacienda expresó el concepto de que sin la renta del monopolio del tabaco sería imposible gobernar; previsión desmentida por la realidad, pues el aumento de las exportaciones y el consiguiente de las importaciones colmó en el acto en el producto de las aduanas el vacío de la ren­ta suprimida. A los pocos meses de su ingreso en el ministerio se separó en viaje a Europa con su familia, con cuya ocasión se le encargó de la legación de la república en Francia. No volvió a figurar en la política sino hasta 1870 como miembro del senado.

El doctor Zaldúa era menor cinco o seis años que el doctor Rojas; había desempeñado con lucimiento la gobernación de la provincia del Socorro en 1843 y 1844, ejercido la abogacía con gran éxito después, y tenía reputación de ser el más profundo conocedor de la jurisprudencia patria. Se había educado en el Colegio de San Bartolomé, en el que fue sucesivamente portero, pasante, catedrático de física y geografía, vicerrector y catedrático de derecho civil, de derecho penal y a veces de legislación. Había contraído en esta tarea de la enseñanza aires de magisterio, así en sus escritos como en su estilo hablado, y aun en su fisonomía habitualmente seria y austera. No era orador: faltábanle facilidad para expresarse y cierta elasticidad de actitudes y de procedimiento mental que exige el uso de la tribuna; pero su palabra era siempre respetada por la extensión de sus conocimientos y la respetabilidad de su carácter. Tampoco era escritor: el estudio solitario era su pasión, y tenía así pocas relaciones con la corriente intelectual de la sociedad civil y del periodismo.

El doctor Manuel Murillo, llamado primero a la secretaría de relaciones exteriores, y dos o tres meses después, a la separación del doctor Rojas, a la de hacienda, era el personaje que llamaba más la atención pública y en quien la juventud depositaba todas sus esperanzas. Nacido en el Tolima en 1816, tenía apenas treinta y tres años, “la edad del descamisado Jesús cuando murió”, repetía él con un célebre girondino en el tribunal revolucionario al entrar de lleno de vida pública. Su educación empezada al lado de su tío, 41 doctor Nicolás Ramírez, continuada en el Colegio de San Simón, de Ibagué, había terminado en el convento de Santo Domingo, en Bogotá, muy inferiores dos últimos.

Así, puede decirse que el doctor Murillo se había Educado a | sí mismo. Su estreno como escritor: |Un juicio sobre los primeros catorce meses de la administración del doctor Márquez, publicado en 1839, favorablemente acogido en esos días; sus trabajos como secretario del coronel Anselmo Pineda en la gobernación de Panamá, en 1843 y 1844; sus escritos en la |Gaceta Mercantil, de Santa Marta, en 1846 a 1848, y sus primeros discursos en los congresos de 1847 y 1848, aunque no muy afortunados, habían despertado entre sus copartidarios la idea de que ese joven tenía las condiciones de un hombre superior. Sus primeros ensayos oratorios no fueron felices: era tímido delante de los grandes concursos, su palabra era embarazada, su elocución escasa en libertad y abundancia, y todo esto, unido a que las corporaciones políticas en que hacía sus primeras armas estaban compuestas de oradores notables Como Juan Clímaco Ordóñez, Julio Arbole, Mallarino, Antonio Olano, los dos Ospinas, todos en partido opuesto, creaba para él una dificultad mayor. Después, cuando adquirió confianza en sus fuerzas, llegó a ser orador elocuente en ocasiones en sus escritos, al contrario, desplegaba una limpieza de expresión, una concisión vigorosa, una abundancia de idea sencilla bien meditada, que ya desde entonces se le reputaba como el primer paladín de la prensa. Aunque joven y sin experiencia de los negocios que iba a manejar, era el alma de la administración López.

De | algo más que mediana estatura, ojos negros vivaces, maneras francas y agradables, voz argentina y simpática, nada petulante en un principio, aunque luego. en su afortunada carrera sí contrajo algún tanto este vicio; pronto se hizo el hombre de la popularidad y de la fama.

El general Tomás Herrera, entonces coronel, no era conocido en el interior de la república, pues sólo habla venido a las cárceles de Bogotá perseguido durante la dictadura del general Bolívar, en 1828, por sus opiniones liberales. Compañero del general Fábrega en el movimiento del istmo de Panamá en favor de la independencia, había seguido al general Sucre en su campaña sobre el Ecuador, en 1822, ganado sus charreteras de capitán en el campo de Ayacucho, restablecido en el Estado de su nacimiento el gobierno constitucional, conculcado por Alzuru y Luis Urdaneta, cooperadores de la insurrección del Callao en 1830, y en 1846 durante los temores que ocasionaron los proyectos de la reina Cristina y del traidor Flores contra la independencia del Ecuador merecido la confianza del presidente general Mosquera con el puesto importante de gobernador dé Panamá. Delgado, de estatura más que mediana, de fisonomía simpática en que se revelaban el honor y la lealtad, modesto y valiente como pocos, pronto se comprendió que en él se reunían cualidades a propósito para llegar a posiciones mucho más distinguidas.

Las primeras palabras de la nueva administración fueron de paz y de conciliación, a cuya conducta eran inclinados el presidente y sus secretarios; pero no encontraron eco en el sentimiento del partido caído del poder en donde desde los primeros días se levantó un viento de oposición furiosa y de apelación a las armas. Los hombres que más se hacían notar por su pasión al este sentido, eran los señores Manuel J. Quijano, Juan  Nepomuceno Neira, los hermanos Ospina y, aunque no de una manera pública, el señor José Eusebio Caro, entonces jefe de la oficina de contabilidad general. A los dos primeros se atribuyó una hoja violenta en que se apelaba al pueblo, es decir, a la rebelión contra las supuestas amenazas de puñal por cuyo medio se decía había sido hecha la elección del general López. |Partido rojo, partido salvaje, eran las denominaciones que se daban en los periódicos conservadores a los sostenedores de la administración.

El periodismo, casi concentrado en esos días a la capital de la nación, consistía aquí de: |El Neogranadino fundado un año antes por el doctor Manuel Ancízar, recién llegado entonces de Venezuela, en donde había residido muchos años, hasta que el general Mosquera lo llamó a esta ciudad; periódico moderado, defensor de la política de éste más bien que de las ideas conservadoras, muy bien servido, con tipos y prensas nuevas Y Cajistas traídos de Caracas, y administrado por los hermanos Echeverrías, los mejores operarios de imprenta que se habían conocido en esta ciudad; El Día, publicación antigua sostenida por el señor Jose Antonio Cualla, dueño de la imprenta, decano de los impresores y amigo y protector de los escritores noveles. Aunque conservadora en su origen, esta hoja no tenía color político bien marcado, pues admitía en sus Columnas escritos pertenecientes a diversas escuelas, hasta que, en 1849, se hizo cargo de su redacción el doctor Mariano Ospina; quien le dio un carácter decidido de oposición a todo trance; |El Progreso  redactado por el joven José María Torres Caicedo, antiguo familiar del señor arzobispo Mosquera, periódico rabioso que, por la circunstancia de vivir su redactor en el palacio arzobispal, atrajo no pocas desconfianzas y antipatías sobre la cabeza de su protector; |La Epoca, publicación bien escrita que se atribuyó a los miembro del gobierno, señores Mallarino y Ancízar, y en que se decía colaboraban los señores Arosemena (Justo), Fernández Madrid y otros personajes.

Estos eran periódicos ministeriales. Los de oposición habían sido: el |Libertad y |Orden, redactado por el señor Alfonso Acevedo, quien, después de haber sido furioso perseguidor de los liberales desde 1842 hasta 1845, en el puesto de jefe político del cantón de Bogotá, era ahora, desde 1846 hasta 1848, igualmente oposicionista del general Mosquera y de su administración.

Este periódico contribuyó al despertamiento y reorganización del partido liberal, y su redactor merece un recuerdo especial. Pertenecía el señor Acevedo a una familia notable por su inteligencia y energía durante la lucha por la independencia. El señor José Acevedo Gómez, llamado en 1810 “el tribuno del pueblo”, había tomado una parte muy importante en el movimiento del 20 de julio, y perecido en 1816 en las montañas de los Andaquíes, adonde huía de la ferocidad de Morillo; el señor Pedro Acevedo figuró notablemente en la guerra de la independencia y en la lucha contra la dictadura del general Bolívar; el general José Acevedo, después de una carrera militar y administrativa muy honrosa, había llegado a una posición respetable en la opinión pública; el señor Juan Acevedo había sido uno de los jóvenes que el 25 de septiembre de 1828 entraron al palacio del dictador con el intento de poner término a sus demasías. El señor Alfonso Acevedo había subido por rigurosa escala—como era costumbre en esos días— al grado de tesilente coronel, y, aparte de su rigor con los liberales vencidos en 1841 y 1842, se había hecho notar durante su jefatura política de 1842 a 1844, por su actividad en el desempeño de sus deberes oficiales, principalmente en la provisión de agua en las fuentes públicas, el aseo de las calles, la persecución de las bandas de ladrones que siguen siempre en pos de las guerras civiles. Era de mediana estatura, cuerpo bien proporcionado, facciones finas, ojo negro penetrante y amenazador, modales corteses y carácter decidido, colérico y quizá vengativo. En 1849 se incorporó decididamente | en las filas del partido liberal, se distinguió en 1850 como presidente de la Junta de Salubridad, organizada durante la corta invasión del cólera en Bogotá, y enviado como encargado de negocios ante la Santa Sede en el mismo año, murió en Roma.

Entre 1844 y 1847 salieron a luz algunas publicadones efímeras, y de alguna duración sólo recuerdo |La Noche, redactada por el antiguo e incontrastable liberal doctor Juan Nepomuceno Vargas, escritor in­cansable desde los tiempos de la lucha contra la dictadura boliviana, a quien ni la pobreza ni la persecución pudieron enmudecer. Recuerdo que en este periódico vieron por primera vez la luz, las producciones de un joven que debería después llegar a ser Uno de los más fecundos adalides de la prensa: el señor José María Samper, entonces a los diez y seis o diez y siete años de edad.

En 1847 empezó su carrera periodística y a formar su reputación como hombre de primera línea, el doc­tor Manuel Murillo en la |Gacetai Mercantil de Santamarta. Pronto llamó vivamente la atención publica la facilidad de su estilo y el espíritu sensato de sus discusiones en los asuntos de interés general. Recuerdo que entre ellas causó impresión una relativa a los proyectos de fomento decidido a la inmigración extranjera del doctor Florentino Gónzález, sostenidos con mucho entusiasmo por la administración Mosquera y los escritores que le rodeaban. El señor Murillo desarrolló la tesis de que todos esos esfuerzos y gastos impedidos con ese objeto serían perdidos mientras este país no pudiese ofrecer a los inmigrantes altos salarios en las industrias y medios económicos de transporte al través del océano; elementos de que carecíamos, pues en el interior no había producciones en prosperidad ni en nuestros puertos la exportación suficiente de frutos que, pagando fletes abundantes ,al regreso, pudiesen proporcionar buques numerosos en nuestras costas ni pasajes baratos a los inmigrantes. Entonces tampoco existían las numerosas líneas de vapores que después de 1870 se han establecido entre Europa y las costas de Sur América. La |Gaceta Mercantil alcanzó pronto una reputación semejante a la que |El Espectador de Medellín ha adquirido en nuestros días.

En 1848 aparecieron en Bogotá dos periódicos que ejercieron notable influencia en la lid eleccionaria y en el vigor que adquirió la reaparición del partido liberal: |La América, redactada por el doctor Ricardo Venegas, y |El Aviso, por el doctor José María Vergara Tenorio. Ambos redactores eran muy jóvenes y acababan de terminar sus estudios universitarios: llenos de talento y entusiasmo, de moderación y cultura, su ejemplo fue seguido después por la juventud que salía de los colegios y con ellos tuvo principio ese movimiento político que tanta influencia tuvo después  las reformas acometidas en 1850 y 1851.

Ricardo Vanegas era natural de Vélez; hacía uno o dos años apenas había recibido el título de abogado, después de estudios serios; había heredado una fortuna considerable que le daba posición independiente y realzaba un carácter generoso lleno de caballerosidad. Moderado en sus creencias políticas, culto en su lenguaje, recto y justo en sus apreciaciones, su periódico ganó en breves días una justa popularidad.

José María Vergara Tenorio, natural de Bogotá, era hijo del doctor Estanislao Vergara, el hombre de es­tado que acompañó, en el puesto de secretario de relaciones exteriores, al general Santander desde 1819 hasta 1827. Tenía un gran talento que su padre, uno de los hombres más instruidos de su tiempo, a quien sus amigos solían llamar “una enciclopedia ambulante”, había cultivado esmeradamente, de manera que se le reputaba como el joven más distinguido de la Ciudad y tal vez de toda la república. Era una grande esperanza y hubiera —si la muerte no hubiese cortado prematuramente sus días— tenido una carrera pública digna de la de su progenitor. La historia era su estudio favorito, y en la de Colombia estaba especialmente versado a lo que contribuía poderosamente la sin igual memoria del doctor Vergara, su padre. Era pequeño de cuerpo, de ojos grandes, fisonomía expresiva y simpática y conversación en extremo agradable. Enviado con el carácter de agente confidencial al Ecuador, regresó enfermo del mal que lo llevó al sepulcro en 1850.

Eran los periódicos de ese tiempo (1848) de pequeño. formato —todos semanales,— apenas contenían de tiempo en tiempo muy escasas noticias extranjeras; casi no, publicaban avisos; no pasaba el tiraje de los más acreditados de mil ejemplares, pero la venta ordinaria, en una tienda o en la suscripción, no pasaba de quinientos ejemplares, de suerte que al precio común de diez centavos apenas pagaba el gasto de impresión, por lo cual eran casi siempre empresa de imprenta, y no tenían redactor fijo. Con excepción de |El Día, que subsistió por más de diez años, los demás no pasaban de seis meses o un año, y con frecuencia daban saldo en contra del fundador. La sección de |Remitidos era quizá la más productiva: en ocasiones el periódico no tenía otra lectura, y en ella no se ahorraban las invectivas, injurias y calumnias, a las veces en forma de acrósticos y en lo general con estilo chocarrero muy poco distante de la vulgaridad. Quizá no pasaban de cuatro las imprentas de Bogotá: la del señor José Antonio Cualla; la del señor Espinosa e los Monteros; Sánchez Caicedo, quien vive aún (1898).

La reacción conservadora de 1837 a 149 había sido muy poco favorable para el uso a prensa.

La publicación de libros era tan escasa, que tal vez no alcanzaba a un valor de dos o tres mil pesos al año.  Las imprentas vivían de la impresión de novenas, almanaques, libros de doctrina y cartillas para las escuelas. Sin embargo, unos pocos años antes de 1848 y quizá antes de 1840 habían sido impresas aquí dos obras originales que merecen mención: Una |Ciencia Constitucional del doctor Cerbeleón Pinzón y una |Ciencia Administrativa del doctor Florentino González, ambas notables por la seriedad de pensamiento y espíritu patriótico que las dictó. La primera fue impresa en papel de una fábrica que sostenía en Bogotá el señor Benedicto Domínguez; de la cual no ha quedado más que el proverbio de que “en Bogotá no hace papel ni don Benedicto Domínguez con privilegio exclusivo”. Ambos libros sirvieron de texto durante algunos años en el Colegio de San Bartolomé, hasta que habiéndose agotado la edición fue preciso apelar a textos franceses poco adaptados a nuestras instituciones y costumbres.

 

1 |  El señor Fernández Madrid formó en el partido liberal basta 1851, año en que —no sabemos por cuáles causas— cesó de honrar a éste con su participación.

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