INDICE




Capítulo I
Capítulo II
Capítulo III - El 7 de marzo Las aspiraciones liberales.?El candidato liberal.?Minoría evidente de las opiniones conservadoras.?La reunión del congreso.? Los preparativos del gobierno para el caso de un conflicto.? Los escrutinios en el congreso?La elección del general López.
Capítulo IV  Preludios de guerra civil?Furor del partido en minoría.?Publicaciones incendiarias.?Llegada del general Obando.
Capítulo V  La administración del 7 de marzo.?Preludios.   Ministerio Periodismo.
Capítulo VI  Movimiento de las ideas.?Abolición de la pena de muerte en los de delitos políticos.?Libertad de esclavos.?Libertad de imprenta
Capítulo VII  La provisión de destinos- remociones.?El general Herrán.? El señor José Eusebio Caro.?El doctor Márquez.
Capítulo VIII  Primeros trabajos de la nueva administración.?Venta por mayor de las existencias de tabaco de Ambalema.?Contrato de almacenes de sal con el señor Miguel S. Uribe.?Pago de intereses de la deuda exterior.?Discusión sobre el estado del tesoro público al principiar la nueva administración.
Capítulo IX  Las Sociedades Democráticas.?La Sociedad de Artesanos de Bogotá.?Disturbios en Venezuela.
Capítulo X  Mejoras internas acometidas.—La carretera de occidente—La comisión corográfica.  
Capítulo XI  El cólera
Capítulo XII  Estado social.?Costumbres.
Capítulo XIII  Costumbres políticas.?Hombres que figuraban en la política.? Oradores elocuentes.?Oradores razonadores.
Capítulo XIV   Comercio exterior e interior.?Artículos principales- Oro plata. ? Tejidos de lana y algodón fabricados en el país.?carnes.  ?Sombreros de nacuma -Dulces.-Tabaco.- café.- Huevos y aves de corral.?Pescado.
Capítulo XV  Otras inversiones del capital.?Construcción de edificios.?Bancos.?Vías de comunicación.?Vapores en el Magdalena.
Capítulo  XVI  Consumos alimenticios interiores.?Mercancías extranjeras.?café Azúcar.?Tejidos del país. ? Sal.?Tabaco.?Cacao.?Maíz?plátanos.?Papas.?Trigo.?Arroz.?Raíces y tubérculos. ? Arracacha.?Yuca.?Leguminosas.?Frutas.
Capitulo XVII   Rentas y gastos nacionales
Capítulo XVIII  Las mayorías en el congreso.?Abolición de los derechos sobre la siembra de tabaco.?El cólera en Bogotá.?Descentralización de rentas y gastos.?Discusiones sobre libertad de imprenta, abolición de la esclavitud, reforma de la Constitución.?Desafuero eclesiástico y renta fija a los curas.
CAPITULO XIX  (continuación)
Capitulo XX   Otros asuntos del año de 1850.  Expulsión de los jesuitas.?El cólera en Bogotá.?Candidaturas.. a la vicepresidencia de la república.
Capitulo XXI   Los Golgotas
Capitulo XXII - La guerra civil de 1851
Capitulo XXIII    La Compañía de Russi
Capitulo XXIV    Las Reformas Eclesiásticas
Capitulo XXV - Tendencias generales de la opinión pública
Capitulo XXVI   Año de 1852.  Censo de población.?Nuevas tentativas de Flores, el traidor.? Complicidad en ellas del gobierno peruano.?Actitud del gobierno granadino.- Fin de esas tentativas.
Capitulo XXVII - Cuestiones eclesiásticas
La Convención de Rionegro    Año de 1863
Nota sobre el autor
CAPITULO IV

Preludios de guerra civil—Furor del partido en minoría.—Publicaciones incendiarias.—Llegada del general Obando.

 

El general Mosquera había dictado el 1° | de enero un decreto de amnistía general para todos los delitos políticos cometidos en épocas anteriores y para los delitos comunes anteriores a 1840, el cual favorecía a algunos desterrados por los hechos de 1840 a 1842:

Entre ellos se contaba el general Obando (José María), quien desesperado con una expatriación de siete años, voló desde Lima, lugar en que había hecho su residencia, hasta Bogotá, adonde llegó por caminos extraviados el 10 de marzo —probablemente sin saber de la elección presidencial— y sin que aquí se tuviese noticia anticipada de aquella resolución audaz. A las dos de la tarde, hora en que se supo la aproximación del proscrito, empezaron a salir a encontrarlo los primeros grupos de sus amigos políticos, y a las siete de la noche, cuando penetró en las calles de la ciudad, más de cuatrocientos jinetes y de dos a tres mil personas a pie lo acompañaban. Alojóse en una pobre casa del barrio de Las Nieves, en donde vivía una parienta Suya, y al siguiente día, a las doce, la sala y los corredores estaban llenos de visitantes de todas las clases de la sociedad. Entre ellos vi, no sin alguna extrañeza, a los secretarios de gobierno y de guerra, señores doctor Alejandro Osorio y General Joaquín María Barriga.

Durante tres días siguieron estas visitas a toda hora del día y aun parte de la noche. ¿A qué se debía esa ex­traordinaria popularidad?

Desde 1831, en que el general Obando había hecho un papel distinguido en la restauración del régimen constitucional conculcado por la usurpación del general Urdaneta, sólo una vez había venido a la capital: en 1836 había ocupado el puesto poco envidiable de candidato oficial a la presidencia de la república, en competencia con otro candidato liberal, el doctor Vicente Azuero, y esta división en las filas liberales había sido causa de que ambos fuesen derrotados por una candidatura de reacción: la del doctor José Ignacio Márquez. Desde 1832 hasta 1840 había vivido tranquilo en Popayán, consagrado a trabajos agrícolas. Su participación en la guerra civil de 1841 y 1842, había sido desgraciada, pues en 1841 fue vencido en Huilquipamba por las fuerzas combinadas, eso sí, de Nue­va Granada y el Ecuador, mandadas por los tres generales Herrán, Mosquera y Flores, y en 1842 por el ejército granadino a órdenes del general Joaquín Ma. ría Barriga, en la Chanca. La persecución enconada de que fue objeto en los siete años de su expatriación en el Perú, fue sin duda una de las causas que le atrajo la simpatía especial de una gran parte de sus conciudadanos.

Era de alta y erecta estatura, blanco, de ojos azules,. bigote y cabellos castaños, fisonomía seria de ordinario, pero muy afable y cortés en la conversación, especialmente con los pobres, los niños y los ancianos. Tenía dotes especiales para captarse fácilmente el afecto popular. Al siguiente día de su llegada, estando llena de personas conocidas la sala de la casa, entró zapatero pobre y viejo, que a la vista de tanta gente se sintió muy azorado, preguntando en dónde estaba su general Obando. Evidentemente éste no lo conocía, pero notando su cortedad se levantó de su asiento, y dirigiéndose a él con un abrazo estrecho:

—Ah! mi viejo amigo, venga siéntese aquí a mi lado, le dijo, y en efecto le dio asiento en el mismo canapé.

No eran notables sus talentos y muy poca su ilustración, pero tenía aires de persona distinguida y su conversación era alegre y discreta. Sus enemigos, especialmente el general Mosquera y el señor Julio Arboleda, lo acusaban de actos de ferocidad durante las guerras civiles de 1838 y 1841 a 1842; pero su conducta posterior en 1860 y 1861, época en que mostró mucha generosidad y benevolencia con los vencidos, a la vez que la popularidad, casi el amor, de que gozó siempre entre las poblaciones del sur, parecen desmentir esa imputación. Los hijos son un testimonio inequívoco del carácter de los padres; y las hijas del general, a juzgar por la opinión uniforme, que he oído expresar acerca de ellas, fueron un dechado de virtudes y gozaron de la estimación de todos los que las conocieron. Los hijos varones, tres de los cuales conocí y traté, fueron jóvenes dotados de un genio dulce y benévolo especialmente el mayor de ellos. Si, queriendo agotar este asunto, buscáramos también el concepto de su esposa, me bastará decir que esta distinguida señora le fue adicta sin reserva durante la vida, y profesó luego culto a su memoria hasta el último día.

Me he detenido en estos pormenores porque la vida del general Obando, tan enlazada con los sucesos de nuestra historia desde 1828 hasta 1861, lo está igualmente con un problema histórico relativo a uno de los grandes crímenes políticos de nuestro siglo.

Decía, pues, que había llegado este personaje, víctima durante siete años de persecución encarnizada en los países extranjeros, y , como era natural, animado de pocos deseos de conciliación entre los partidos. En tales circunstancias estaba llamado a ser el jefe del liberal, el sucesor inevitable del general López en la presidencia de la república y un elemento de modificación en la marcha política del país. Su primera manifestación fue la de que el objeto de su venida era someterse a juicio por el asesinato del general Sucre, ocurrido diez y nueve años antes, del cual se le había acusado, por el que se le había querido juzgar en 1840, en medio de la guerra civil suscitada en ese año por la insurrección de Pasto, y había servido de pretexto para solicitar su extradición del gobierno del Perú durante la legación del general Mosquera en ese país en 1843 y 1844. En este sentido dirigió, pues, en los primeros días de su llegada, una representación al congreso, en la discusión de la cual precisamente tenían que exhumarse todas las pasiones que en 1830 y 1840 habían agitado el espíritu público, agregándose esos nuevos combustibles a los que ahora hervían en los ánimos con motivo de los sucesos de la última elección presidencial.

La justicia exige, sin embargo, confesar que el general Obando no podía proceder de otro modo, después que esa acusación había amargado toda su vida, en 1831, 1840, 1843 y 1844, lo había obligado a precipitarse en la guerra civil de 1841, y había embargado todo su pensamiento durante el destierro en la tarea de contestar los libros que el general Mosquera, el señor Irisarri, agente pagado por aquél, y otros, habían egado por todo el continente para propagar esa verdad  esa calumnia. Dado el puesto que ocupaba en la consideración de sus conciudadanos, su silencio enfrente de ese cargo podía servir como una prueba más. de su responsabilidad. Vindicándose, a todo podía aspirar: sin vindicarse, todo lo podía perder.

No era esto solamente lo que creaba dificultades a su posición. Seis años de residencia en Lima, en medio de las conspiraciones militares, que tan frecuentes fueron en el Perú en esa época luctuosa, hablan formado en su mente ideas políticas distintas de las que prevalecían en su patria. Aquí una juventud briosa se levantaba con aspiraciones a gobierno civil, reformas. sociales y a desarrollos prácticos en la república y en la democracia. De allá podían venir ejemplos de presidentes fastuosos, sin limitaciones en el presupuesto ni en libertades públicas bien consagradas y de congresos sumisos al poder ejecutivo; en una palabra de gobiernos presidenciales, pero no de república verdadera. A pocos días de su permanencia en Bogotá empezó a notarse distancia entre sus sentimientos personales y el programa de la juventud liberal; al mismo tiempo pudo observarse que lo rodeaban, más que los hombres nuevos, los que en 1830 y 1840 hablan estado de acuerdo con él.

Su deseo de que nuevamente fuese abierto el proceso por el asesinato de Sucre, no tuvo efecto. Fue general el concepto de que el esclarecimiento de ese enigma se dejase al tiempo y no se envenenase con esos recuerdos la ya peligrosa situación del país. Los dos lados de las cámaras estuvieron de acuerdo en que la amnistía de 19 de enero cerraba la puerta a nuevas indagaciones sobre ese oscuro problema en que todavía hoy vacila la historia.

El primer acto de los hombres triunfantes en el congreso fue abolir el cadalso político. Se veía claro que el enojo del partido separado del poder conducirla a la guerra civil y se quiso renunciar al camino de las venganzas sangrientas que en diversas épocas hablan deshonrado al país. Ambos partidos estuvieron desde luego, acordes en este sentimiento. ¡Qué de horrores no se hubieran visto en 1851, 1852 y 1854, en 1860 a 1864, en 1885 y 1895! El autor del proyecto fue el señor , nombre que debe conservarse en la historia de nuestra civilización, porque esa idea de benevolencia ha sido el principio de una conducta distinta, en nuestras guerras civiles, de la ferocidad característica de nuestros padres en sus disturbios domésticos, principalmente en sus colonias de este lado del océano. Rota momentáneamente esa tradición de respeto a la vida humana, por los señores Mosquera y Arboleda, durante la guerra civil de 1861, ha sido respetada después en nuestras, por desgracia, frecuentes disensiones posteriores. Con excepción de algunos hechos aislados en 1895, es de esperar que en lo sucesivo sea una realidad.

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