CAPITULO IV
Preludios de guerra civilFuror del partido en
minoría.Publicaciones incendiarias.Llegada del general
Obando.
El general Mosquera había dictado el 1°
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de enero un
decreto de amnistía general para todos los delitos políticos
cometidos en épocas anteriores y para los delitos comunes
anteriores a 1840, el cual favorecía a algunos desterrados por los
hechos de 1840 a 1842:
Entre ellos se contaba el general Obando (José María), quien
desesperado con una expatriación de siete años, voló desde Lima,
lugar en que había hecho su residencia, hasta Bogotá, adonde llegó
por caminos extraviados el 10 de marzo probablemente sin
saber de la elección presidencial y sin que aquí se tuviese
noticia anticipada de aquella resolución audaz. A las dos de la
tarde, hora en que se supo la aproximación del proscrito, empezaron
a salir a encontrarlo los primeros grupos de sus amigos políticos,
y a las siete de la noche, cuando penetró en las calles de la
ciudad, más de cuatrocientos jinetes y de dos a tres mil personas a
pie lo acompañaban. Alojóse en una pobre casa del barrio de Las
Nieves, en donde vivía una parienta Suya, y al siguiente día, a las
doce, la sala y los corredores estaban llenos de visitantes de
todas las clases de la sociedad. Entre ellos vi, no sin alguna
extrañeza, a los secretarios de gobierno y de guerra, señores
doctor Alejandro Osorio y General Joaquín María Barriga.
Durante tres días siguieron estas visitas a toda hora del día y
aun parte de la noche. ¿A qué se debía esa extraordinaria
popularidad?
Desde 1831, en que el general Obando había hecho un papel
distinguido en la restauración del régimen constitucional
conculcado por la usurpación del general Urdaneta, sólo una vez
había venido a la capital: en 1836 había ocupado el puesto poco
envidiable de candidato oficial a la presidencia de la república,
en competencia con otro candidato liberal, el doctor Vicente
Azuero, y esta división en las filas liberales había sido causa de
que ambos fuesen derrotados por una candidatura de reacción: la del
doctor José Ignacio Márquez. Desde 1832 hasta 1840 había vivido
tranquilo en Popayán, consagrado a trabajos agrícolas. Su
participación en la guerra civil de 1841 y 1842, había sido
desgraciada, pues en 1841 fue vencido en Huilquipamba por las
fuerzas combinadas, eso sí, de Nueva Granada y el Ecuador,
mandadas por los tres generales Herrán, Mosquera y Flores, y en
1842 por el ejército granadino a órdenes del general Joaquín Ma.
ría Barriga, en la Chanca. La persecución enconada de que fue
objeto en los siete años de su expatriación en el Perú, fue sin
duda una de las causas que le atrajo la simpatía especial de una
gran parte de sus conciudadanos.
Era de alta y erecta estatura, blanco, de ojos azules,. bigote y
cabellos castaños, fisonomía seria de ordinario, pero muy afable y
cortés en la conversación, especialmente con los pobres, los niños
y los ancianos. Tenía dotes especiales para captarse fácilmente el
afecto popular. Al siguiente día de su llegada, estando llena de
personas conocidas la sala de la casa, entró zapatero pobre y
viejo, que a la vista de tanta gente se sintió muy azorado,
preguntando en dónde estaba su general Obando. Evidentemente éste
no lo conocía, pero notando su cortedad se levantó de su asiento, y
dirigiéndose a él con un abrazo estrecho:
Ah! mi viejo amigo, venga siéntese aquí a mi lado, le
dijo, y en efecto le dio asiento en el mismo canapé.
No eran notables sus talentos y muy poca su ilustración, pero
tenía aires de persona distinguida y su conversación era alegre y
discreta. Sus enemigos, especialmente el general Mosquera y el
señor Julio Arboleda, lo acusaban de actos de ferocidad durante las
guerras civiles de 1838 y 1841 a 1842; pero su conducta posterior
en 1860 y 1861, época en que mostró mucha generosidad y
benevolencia con los vencidos, a la vez que la popularidad, casi el
amor, de que gozó siempre entre las poblaciones del sur, parecen
desmentir esa imputación. Los hijos son un testimonio inequívoco
del carácter de los padres; y las hijas del general, a juzgar por
la opinión uniforme, que he oído expresar acerca de ellas, fueron
un dechado de virtudes y gozaron de la estimación de todos los que
las conocieron. Los hijos varones, tres de los cuales conocí y
traté, fueron jóvenes dotados de un genio dulce y benévolo
especialmente el mayor de ellos. Si, queriendo agotar este asunto,
buscáramos también el concepto de su esposa, me bastará decir que
esta distinguida señora le fue adicta sin reserva durante la vida,
y profesó luego culto a su memoria hasta el último día.
Me he detenido en estos pormenores porque la vida del general
Obando, tan enlazada con los sucesos de nuestra historia desde 1828
hasta 1861, lo está igualmente con un problema histórico relativo a
uno de los grandes crímenes políticos de nuestro siglo.
Decía, pues, que había llegado este personaje, víctima durante
siete años de persecución encarnizada en los países extranjeros, y
, como era natural, animado de pocos deseos de conciliación entre
los partidos. En tales circunstancias estaba llamado a ser el jefe
del liberal, el sucesor inevitable del general López en la
presidencia de la república y un elemento de modificación en la
marcha política del país. Su primera manifestación fue la de que el
objeto de su venida era someterse a juicio por el asesinato del
general Sucre, ocurrido diez y nueve años antes, del cual se le
había acusado, por el que se le había querido juzgar en 1840, en
medio de la guerra civil suscitada en ese año por la insurrección
de Pasto, y había servido de pretexto para solicitar su extradición
del gobierno del Perú durante la legación del general Mosquera en
ese país en 1843 y 1844. En este sentido dirigió, pues, en los
primeros días de su llegada, una representación al congreso, en la
discusión de la cual precisamente tenían que exhumarse todas las
pasiones que en 1830 y 1840 habían agitado el espíritu público,
agregándose esos nuevos combustibles a los que ahora hervían en los
ánimos con motivo de los sucesos de la última elección
presidencial.
La justicia exige, sin embargo, confesar que el general Obando
no podía proceder de otro modo, después que esa acusación había
amargado toda su vida, en 1831, 1840, 1843 y 1844, lo había
obligado a precipitarse en la guerra civil de 1841, y había
embargado todo su pensamiento durante el destierro en la tarea de
contestar los libros que el general Mosquera, el señor Irisarri,
agente pagado por aquél, y otros, habían egado por todo el
continente para propagar esa verdad esa calumnia. Dado el puesto
que ocupaba en la consideración de sus conciudadanos, su silencio
enfrente de ese cargo podía servir como una prueba más. de su
responsabilidad. Vindicándose, a todo podía aspirar: sin
vindicarse, todo lo podía perder.
No era esto solamente lo que creaba dificultades a su posición.
Seis años de residencia en Lima, en medio de las conspiraciones
militares, que tan frecuentes fueron en el Perú en esa época
luctuosa, hablan formado en su mente ideas políticas distintas de
las que prevalecían en su patria. Aquí una juventud briosa se
levantaba con aspiraciones a gobierno civil, reformas. sociales y a
desarrollos prácticos en la república y en la democracia. De allá
podían venir ejemplos de presidentes fastuosos, sin limitaciones en
el presupuesto ni en libertades públicas bien consagradas y de
congresos sumisos al poder ejecutivo; en una palabra de gobiernos
presidenciales, pero no de república verdadera. A pocos días de su
permanencia en Bogotá empezó a notarse distancia entre sus
sentimientos personales y el programa de la juventud liberal; al
mismo tiempo pudo observarse que lo rodeaban, más que los hombres
nuevos, los que en 1830 y 1840 hablan estado de acuerdo con él.
Su deseo de que nuevamente fuese abierto el proceso por el
asesinato de Sucre, no tuvo efecto. Fue general el concepto de que
el esclarecimiento de ese enigma se dejase al tiempo y no se
envenenase con esos recuerdos la ya peligrosa situación del país.
Los dos lados de las cámaras estuvieron de acuerdo en que la
amnistía de 19 de enero cerraba la puerta a nuevas indagaciones
sobre ese oscuro problema en que todavía hoy vacila la
historia.
El primer acto de los hombres triunfantes en el congreso fue
abolir el cadalso político. Se veía claro que el enojo del partido
separado del poder conducirla a la guerra civil y se quiso
renunciar al camino de las venganzas sangrientas que en diversas
épocas hablan deshonrado al país. Ambos partidos estuvieron desde
luego, acordes en este sentimiento. ¡Qué de horrores no se hubieran
visto en 1851, 1852 y 1854, en 1860 a 1864, en 1885 y 1895! El
autor del proyecto fue el señor , nombre que debe conservarse en la
historia de nuestra civilización, porque esa idea de benevolencia
ha sido el principio de una conducta distinta, en nuestras guerras
civiles, de la ferocidad característica de nuestros padres en sus
disturbios domésticos, principalmente en sus colonias de este lado
del océano. Rota momentáneamente esa tradición de respeto a la vida
humana, por los señores Mosquera y Arboleda, durante la guerra
civil de 1861, ha sido respetada después en nuestras, por
desgracia, frecuentes disensiones posteriores. Con excepción de
algunos hechos aislados en 1895, es de esperar que en lo sucesivo
sea una realidad.