CAPITULO III
EL 7 DE MARZO
Las aspiraciones liberales.El candidato
liberal.Minoría evidente de las opiniones
conservadoras.La reunión del congreso. Los preparativos
del gobierno para el caso de un conflicto. Los escrutinios en
el congresoLa elección del general López.
Las cuestiones que agitaban los ánimos, y cuya solución se
buscaba en el sufragio popular, eran las siguientes:
En primer lugar, relativas a reformas eclesiásticas. Una gran
masa de opinión quería luchar contra la influencia y los abusos del
clero católico la supresión del diezmo, la abolición del fuero
eclesiástico y la expulsión de los jesuitas eran ideas que
circulaban en la atmósfera: la primera y última, formuladas en
proyectos de ley, venían discutiéndose en las cámaras desde
1846.
La extinción definitiva de la esclavitud empezaba a ser deseada
con impaciencia; y esa promesa de los. primeros próceres de la
independencia en 1811, realizada apenas a medias en 1821, se quería
ver llevada a su término, a pesar de las resistencias que a ello
oponían los grandes propietarios del Cauca y los mineros de las
regiones montañosas de Antioquia y la costa del Chocó.
El monopolio del tabaco era mirado ya con horror. En general era
mirada esa renta como un obstáculo inmenso al desarrollo de la
agricultura y del comercio del país; pero ella constituía la
principal entrada del tesoro público, y la gente tímida, los que
vivían de sueldos y pensiones, los pocos favorecidos con los
contratos de producción y transporte de este artículo, veían con
temor la aproximación del momento en que las dificultades fiscales
podían privarles de las rentas de que estaban en posesión.
El espíritu de las libertades municipales, nulo en tiempo de la
Colonia, despertado con el ejemplo de los Estados Unidos,
vivificado con el movimiento federal de 1810, animado por las
concesiones sucesivas que en 1824, 1832, 1834 y 1848 había
obtenido, deseaba con avidez una libertad de acción mayor todavía,
principalmente en las provincias del norte, en Antioquia y en las
ciudades de la Costa.
En último lugar, se deseaba un cambio en el grupo de hombres que
disponían del poder y de la influencia del gobierno desde 1837
hasta entonces y reducido a los que en 1828 habían favorecido los
planes del gobierno militar, en 1832 a 1837 hecho oposición al
general Santander, y en 1841 a 1846 perseguido implacablemente al
general Obando, figura que, como luego o veremos, gozaba de una
simpatía especial y a quien se consideraba víctima de los odios de
la familia dominante en el país.
Con relación a estos puntos, el doctor Gori no habla manifestado
opiniones decididamente contrarias al deseo popular; el doctor
Cuervo sí, y era reputado como la personificación más completa del
sistema que aspiraba a conservar sin cambio el actual orden de
cosas; el doctor Ospina había dejado recuerdos dolorosos de la
época de 1842 a 1845 en que el espíritu de partido se había
exhibido con más dureza; el general Borrero no suscitaba grandes
desconfianzas, pero tampoco
|
|
despertaba simpatías
notables; la reputación del doctor González no se habla extendido
aún lo suficiente para ponerlo al frente del gobierno, y era
reputado más bien como un personaje del porvenir que corno cl
hombre de la situación; el general Barriga, en fin, no despertaba
antipatías, mas tampoco esas simpatías generales que constituyen la
popularidad. Así, los votos de los novecientos sesenta y siete
electores, de entre mil setecientos
dos
|1
, representantes de dos millones
de habitantes de la Nueva Granada, según el censo de 1843, que
habían votado por candidatos conservadores o no representantes del
partido liberal, se habían dividido así:
Doctor José Joaquín Gori ......384
Doctor Rufino Cuervo ...........304
Doctor Mariano Ospina ........81
General Joaquín M. Barriga ...74
Doctor Florentino González ...72
General Eusebio Borrero........52
Estos votos procedían de los siguientes centros de
población:
|
Gon. |
Cuervo |
Ospina |
Barriga |
Ganillu |
Borrero |
| Antioquía |
19 |
0 |
70 |
0 |
7 |
45 |
| Bolívar |
85 |
18 |
0 |
7 |
29 |
0 |
| Boyacá |
63 |
110 |
0 |
13 |
3 |
0 |
| Cauca |
48 |
74 |
2 |
1 |
5 |
7 |
| Cundinamarca |
95 |
27 |
8 |
4 |
6 |
0 |
| Magdalena |
13 |
20 |
0 |
0 |
2 |
0 |
| Panamá |
15 |
22 |
0 |
44 |
2 |
0 |
| Santander |
20 |
31 |
0 |
4 |
18 |
0 |
| Tolima |
26 |
2 |
1 |
1 |
0 |
0 |
De este cuadro puede deducirse que ninguno de los candidatos
conservadores tenía popularidad en todo el país sino tan sólo en
los lugares de su nacimiento o en aquellos en que había vivido
largos años. Es decir, ninguno de ellos contaba con la opinión y el
respeto de una masa considerable de sus conciudadanos.
El general José Hilario López había sido adoptado como único
candidato del partido liberal.
Su vida toda, desde la edad de trece años en que sentó plaza
como soldado en la causa independiente, había sido la de un héroe
de la antigüedad. Sentenciado a muerte por los españoles, levantado
del banquillo y devuelto a las prisiones, habiendo tomado parte en
todos los hechos gloriosos de la epopeya colombiana, desde la
batalla de Palacé-bajo, la primera de todas, hasta la rendición de
Puerto Cabello, la última. En 1823 regresó a la provincia de su
nacimiento (Popayán), y como segundo jefe del invicto Córdoba hizo
sobre Pasto una campaña que éste, competente como nadie en materia
de milicia y serenidad juzgaba la más difícil y peligrosa de toda
su vida militar. Defensor de la Constitución de Cúcuta, conculcada
en Bogotá por un motín militar el 13 de junio de 1828, batió, en
unión del general José María Obando, al general Tomás C. de
Mosquera que sostenía la dictadura del general Bolívar, en las
provincias del sur. En unión del mismo jefe derrotó en Palmira, en
1831, a Muguerza, sostenedor de la dictadura de Urdaneta.
Ocupando una posición prominente entre los restauradores de la
causa constitucional en 1831 y 1832, en momentos de fuerte
exacerbación política entre los vencedores, él había impedido las
persecuciones y medidas violentas tan comunes en estos momentos,
inspirado por su moderación, la más ventajosa idea de su
carácter.
Resto venerable de los grandes lidiadores de la independencias
otros igualmente beneméritos bajo este aspectos podían encontrarse
para colocar en el alto puesto de la presidencia, en señal de
agradecimiento a sus sacrificios, como Vélez, Ortega, París,
Antonio Obando, José María Mantilla, ninguno sin embargo como López
en la eminencia de sus servicios a la causa republicana y en su
fidelidad a la defensa de las libertades públicas. El había servido
en puestos encumbrados durante las administraciones de Santander y
de Márquez; merecido el honor de ser enviado a defender nuestras
costas cuando los conflictos ocasionados por los cónsules inglés y
francés Rusell y Barrot pusieron en peligro la seguridad de
nuestras ciudades del Atlántico. Cuando se temió que la expedición
española llamada por Flores el traidor pudiese atacar el Istmo de
Panamá, López fue el escogido por la administración Mosquera para
ese puesto de honor y peligro. El había arreglado de un modo
decoroso las amenazantes reclamaciones francesas conducidas en 1834
por el almirante Mackau y en 1835 puesto término a las
reclamaciones inglesas. Había establecido nuestras relaciones con
la Santa Sede en 1841 y 1842, y era quizás el único de nuestros
jefes militares que no había participado de la efusión inútil de
sangre granadina durante el vértigo infausto de esos tres años.
Vivía tranquilo, retirado de la política, en faenas campestres en
un rincón del departamento del Tolima, cuando fue a buscarlo la voz
|
de un gran P; unísono en esta vez, pues sus
|
antiguos
jefes habían desaparecido ya de la escena del mundo: José Félix
Restrepo en 1832, Santander en 1840, Miguel Uribe Restrepo en 1842,
Vicente Azuero en 1843 y Francisco Soto en 1846. Diego Fernando
Gómez tenía en la Corte Suprema un asiento en que era difícil
reemplazarlo.
Sus virtudes privadas no eran inferiores. Sencillo en sus
costumbres y sus maneras, afectuoso en sus relaciones domésticas,
desinteresado y probo siempre, era una figura digna de representar
la idea republicana. Sus talentos no eran a la verdad de primer
orden ni su instrucción tan esmerada como fuera de desear en un
hombre de estado, pero sí lo suficientes para el cumplimiento de
sus deberes con el auxilio de sus secretarios y el consejo de sus
amigos. El general López había obtenido en las asambleas
electorales un número de votos casi igual al de todos sus
competidores reunidos, mas no la mayoría absoluta requerida por la
constitución para formar elección popular. Tocaba, pues, al
congreso perfeccionarla, y esta circunstancia determinaba una
crisis peligrosa para la paz pública. La elección de senadores y
representantes podía no haber sido consecuente con las opiniones
del candidato presidencial en mayoría, y en este caso el veredicto
del sufragio popular pudiera ser anulado. Un sentimiento de
angustiosa desconfianza se extendió por todo el país.
Cada uno de los partidos creía tener mayoría en el seno de las
cámaras: el fiel de la balanza, sin embargo, estaba en manos de
diputados favorables al nombre del doctor Gori. Se sabia o se
calculaba que los votos de los miembros del congreso que habían
favorecido con sus simpatías a los señores Cuervo, Ospina,
González, Barriga y Borrero, votarían unidos por el primero de
éstos; pero los liberales esperaban el concurso de los partidarios
del doctor Gori, y los conservadores juzgaban que algunos de éstos
se unirían al Doctor Cuervo. La ansiedad general había atraído
mucha gente a presenciar el desenlace de la elección,
principalmente de las provincias inmediatas a la capital.
Las fuerzas contendientes en el orden moral y en el físico eran
muy diferentes. La idea conservadora estaba apoyada en primer
lugar por las autoridades civiles, desempeñadas por personas
adictas al doctor Cuervo; por la influencia eclesiástica, de la que
su representante principal, el señor arzobispo Mosquera, era amigo
muy adicto de aquél; y últimamente por la guarnición de Bogotá,
compuesta del batallón 5°, mandado por el
coronel Rafael Mendoza
|2
|
y el
comandante José D. Ucrós (?), y el regimiento de caballería, a
órdenes del coronel Pedro P. Frías, y un cuerpo de artillería de
cuyo jefe no hago recuerdo. El total de esta fuerza pasaba de
ochocientos hombres.
El elemento liberal se componía de la opinión general que, en
sus ocho décimas partes por lo menos, deseaba un cambio de las
ideas políticas del gobierno; de los estudiantes de los colegios
casi unánimemente favorables a la candidatura del general López, y
de la
|Sociedad democrática de artesanos, fundada en 1846,
cuyo personal no pasaba de doscientos miembros y tenían sus
sesiones públicas en una casa pequeña de la calle 12, tres cuadras
arriba de la calle del Comercio. A ella pertenecía yo y concurría
con frecuencia a sus sesiones, a las que no asistían ordinariamente
más de cincuenta o sesenta personas. Esta sociedad resolvió
organizarse en un batallón, aunque sin armas algunas y al efecto
nombró, como primero y segundo jefes a los comandantes Antonio
Echeverría y Valerio Andrade. Yo era capitán de una de las cuatro
compañías, y no recuerdo haber ejecutado nunca ninguna función
militar. Esa organización fue un acto inconsciente, en previsión de
acontecimientos que se juzgaban distantes.
El congreso se reunió el día 19 de marzo, y eligió presidente
del senado al señor Juan Clímaco Ordóñez, a quien se juzgaba
decidido por la candidatura Gori; la cámara de representantes
nombró para presidirla al Doctor Mariano Ospina, adicto partidario
del doctor Cuervo; nombramientos que no mostraban con claridad cuál
sería el éxito de la elección de presidente de la república. En
esta duda, la mayoría cuervista de la cámara de representantes
expulsó de su seno, el día 2, a uno de los lopistas conocidos, al
doctor Camilo Manrique. No sé que razones se alegaran para este
acto; pocos días después de la elección la cámara volvió sobre sus
pasos y, revocando esa resolución, tomó a admitirlo. Esa expulsión,
que se consideró obra de mero espíritu de partido, irritó las
pasiones, más no tuvo consecuencia alguna. El 6 empezaron los
escrutinios de los registros electorales, en medio de una
concurrencia que no bajaba de tres mil personas, las nueve décimas
de las cuales pertenecían a la opinión liberal.
En el centro de la nave principal de la iglesia de Santo
Domingo, en donde estas escenas tenían lugar, los ochenta y cuatro
miembros del congreso formaban dos círculos concéntricos, fuera de
los cuales, dejando un grande espacio vacío, se habían levantado
unas barreras de tablas que no permitían a los concurrentes ver ni
oír lo que pasaba en la sesión. Los de fuera empujaban a los más
inmediatos a las tablas, y a este empuje una de ellas cedió y cayó
con estrépito sobre el suelo: por el hueco empezó a introducirse el
concurso exterior hasta rodear completamente a los miembros del
congreso. En este momento el doctor Mariano Ospina juzgando esta
interrupción involuntaria como un ataque al congreso, saltó
exaltado de su asiento pidiendo al presidente de la corporación que
llamase en su auxilio la fuerza armada. El señor Ordoñez contestó
con serenidad que si el pueblo respetaba la representación nacional
se retiraría voluntariamente del local, y ordenó a las barras que
despejasen el salón. El numeroso concurso obedeció sin vacilar, y
la tranquilidad quedó restablecida. Después de una corta discusión
el congreso dispuso que las barreras de tablas fuersen quitadas y
se permitiese la entrada al público, con lo cual la sesión terminó
en calma sin haberse concluido el escrutinio.
Continuó éste el día
|7 a las diez y media de la mañana en
medio de la misma concurrencia pero entretanto se hablan tomado
medidas de precaución para inspirar confianza a los más tímidos. A
sesenta varas del convento de Santo Domingo estaba situado el
cuartel de artillería, y en la plazoleta que entonces había al
frente de la puerta del cuartel estaban colocados los artilleros
con seis u ocho cañones cargados y mechas encendidas: a doscientas
varas de distancia estaba formado el regimiento de caballería en la
plaza de San Francisco, y en la plazuela de San Agustín estaba
listo el batallón 5°.
| El gobernador de la provincia de
Bogotá, señor Urbano Pradilla, persona conocida por su energía y la
firmeza de sus opiniones conservadoras,
| y el jefe político
del cantón, capitán Pedro Gutiérrez Lee, seguidos de cornetas de
órdenes, recorrían incesantemente todos los ámbitos de la iglesia.
Se dijo entonces que el patio principal del convento, comunicado
por una gran puerta con la nave del costado norte, había dos
compañías de infantería; pero yo no puedo aseverarlo, porque ni las
vi ni recuerdo haber hablado con persona que las viera.
Concluido el escrutinio de los registros, iba a procederse a la
votación, cuando un representante anunció que en la barra se
encontraba el señor José Gregorio Piedrahita, representante
suplente por la provincia del Cauca, que venía a ocupar su puesto
por excusa del doctor Francisco F. Martínez, diputado principal. El
señor Manuel Vélez Barrientos, diputado cuervista, se anticipó a
otro liberal con la proposición de que suspendiera la sesión del
congreso mientras se reunía la cámara de representantes a dar
posesión al señor Piedrahita. Este señor prest4 la promesa
reglamentaria y tomó asiento en el congreso: era un voto más para
el general López.
La votación empezó entonces, dando el resultado de treinta y
siete votos por cada uno de los señores López y Cuervo, y diez por
el doctor Gori. La segunda votación debía contraerse a los dos
primeros, y el elemento gorista iba a decidir la elección. El
presidente del congreso, señor Ordóñez, anunció entonces que no
habría elección sino cuando uno de los candidatos obtuviese
cuarenta y tres votos, mayoría absoluta de los miembros presentes y
que no se agregarían votos en blanco al que tuviese mayor número
hasta la tercera votación, pues habían tenido igual número de votos
los dos candidatos a quienes debía contraerse.
A pesar de esta advertencia, cuando el segundo acto electoral
dio cuarenta y dos al doctor Cuervo, sólo cuarenta al general
López, dos en blanco, la mayoría de la barra liberal, que
seguramente no había alcanzado a oír las palabras del presidente
del congreso, creyó elegido al doctor Cuervo y se retiraba
despecha. Esa salida brusca introdujo alguna confusión, y ,voces
al orden, al orden, el cual, al efecto,
pronto se restableció. En la tercera prueba ocurrió uno de esos
cambios que sólo puede atribuirse a esas atracciones morales que
indudablemente tienen lugar en las grandes reuniones de hombres
cuando la comunicación de unas con otras voluntades forman al fin
una sola corriente gobernada por el impulso del sentimiento de la
mayoría. El partido gorista. que sólo dio tres votos al general
López en la segunda votación, le dio cinco en la tercera y redujo
de cinco votos al doctor Cuervo a sólo tres, quedando dos en
blanco. Así pues, en esta tercera votación los números quedaron
así:
General López ........ 42
Doctor Cuervo ....... 40
En blanco .............. 2
Este resultado produjo una reacción del desaliento a la
esperanza entre los liberales, que se expresó por ruidosos aplausos
y bravos. El presidente del congreso ordenó entonces despejar las
barras, lo que fue obedecido inmediatamente sin oposición
alguna.
Un furioso aguacero reinaba en esos momentos; pero no fue
obstáculo para que la multitud se mantuviese, como se mantuvo, en
la segunda calle del comercio, ansiosa de saber el éxito final y
expresando su agitación natural en vivas a la libertad, al general
López y al general Obando. El gobernador de la provincia aconsejaba
prescindir de esos gritos, y algunos diputados liberales le
secundaban en este intento, excepto el general Mantilla, antiguo
lidiador de la independencia, muy popular en esta ciudad, quien
recomendando también a sus amigos mucha moderación, agregaba en voz
baja: pero que no falte el gritico.
Las puertas del templo de Santo Domingo estaban abiertas, y al
través de ellas llegaban a la multitud los. ecos de una agitada
discusión en el recinto del congreso: nadie, sin embargo, penetró
al interior. Se sabe que allí había llegado la violencia del debate
hasta el extremo de que un diputado conservador, en medio de su
discurso, puso un par de pistolas sobre el pupitre anunciando que
en caso de ser atacado el congreso llevaría compañeros liberales al
otro mundo.
Un año antes el 24 de enero de 1848 había ocurrido
en Caracas una colisión entre la guardia organizada por la cámara
de representantes para su defensa durante la acusación que se
discutía contra el presidente de la república, general Monagas
(José Tadeo), por una parte; y los partidarios de éste, por la otra
en la cual la cámara fue atacada, dos diputados muertos y algunos
heridos. A pesar de la diferencia de circunstancias pues aquí
el presidente, las autoridades locales y la fuerza armada, lejos de
ser una amenaza, como en Caracas, eran una garantía para los
diputados conservadores éstos estaban evidentemente bajo la
obsesión de ese recuerdo. Además, el espíritu de partido aunque
susceptible en ocasiones de mostrar una violencia exagerada
por una ley de reacción, como todos los movimientos del alma
no sostenidos por una convicción verdadera están sujetos a
desfallecimientos súbitos. Eso parece haber ocurrido en ese día
memorable. La cuarta votación, sin barras alrededor, sin presión
inmediata, apareció así:
General López............. 45 votos, mayoría absoluta.
Doctor Cuervo............. 37 votos.
En blanco.................... 2 Votos.
Entre los ocho votantes agregados ahora al nombre del general
López, sólo son conocidos los siguientes:
El señor Mariano Ospina, jefe del partido conservador, quien
arrastrado por el ímpetu singular de su pasión y no por un
sentimiento de debilidad, a que nunca fue propenso, escribía su
papeleta en estos términos: Voto por López para que no sea
asesinado el congreso.
El senador por Casanare, señor Antonio Benítez, quien lo dio a
entender claramente en la sesión del congreso del 12
|
de
marzo.
Los diputados doctor Jorge Gutiérrez de Lara, por Antioquia,
doctor Senén Benedetti, por Cartagena, y Pablo Arosemena,
incorporados casi inmediatamente en las filas liberales.
Los tres restantes se juzgó haber sido: el coronel Braulio
Henao, el doctor Juan Clímaco Ordóñez y el seño............ bien
que respecto de este último no hay seguridad en la conjetura.
Casi todos los votos dados al doctor Cuervo en el último acto
fueron firmados.
A las cinco de la tarde salió el gobernador de la provincia,
señor Pradilla (Urbano), anunciando que ya se podía entrar en el
recinto del congreso: la multitud se precipitó ansiosa, y al saber
el resultado se produjo un alborozo general, como nunca he vuelto a
verlo en el curso de mi vida. Los diputados liberales y aun no
pocos conservadores eran abrazados por la multitud: las
disposiciones que se juzgaban de odio homicida se habían tornado en
sentimientos de benevolencia y de paz. Muchos conservadores fueron
acompañados a sus
|
casas por los artesanos liberales, y de
allí salió una procesión de más de dos mil personas a dar parte de
la elección al presidente de la república.
El general Mosquera no estaba en la residencia presidencial. Al
saber el resultado de la segunda votación, interpretada como un
triunfo de la candidatura de Cuervo, había salido a felicitar a
éste, cuya casa distaba apenas poco más de cien metros, y
permaneció con él largo rato ignorante de lo que seguía ocurriendo
en Santo Domingo. Cuando a las cinco de la tarde regresaba solo al
palacio de San Carlos, lo sorprendió la multitud que viniendo por
las calles de San Bartolomé y de la espalda de la Catedral se
formaba en la esquina: al verlo la gente que formaba la agrupación,
dando vivas al general López, al congreso y al general Mosquera,
corrió hacia él y le anunció lo que acababa de pasar.
Cómo exclamó con sorpresa, me habían dicho que
el doctor Cuervo era el elegido.
Habiéndole explicado lo ocurrido uno de los presentes, que, si
no me engañan mis recuerdos, fue el doctor Rafael Eliseo-Santander,
viéndose solo en medio de una multitud inmensa, ejecutó una de las
evoluciones propias de su carácter.
¡Viva el presidente elegido por el congreso! ¡Viva el
general López, presidente de la república! exclamó en voz
llena y arrojando su sombrero a lo alto.
El gentío contestó con aplausos y vivas al general Mosquera,
quien entonces ya no fue dueño de su emoción. En lugar de entrar a
palacio cruzó hacia el norte, y de la esquina de la Catedral subió
a la casa que había tomado para su residencia particular, frente a
la iglesia de La Enseñanza, casa que acababa de reedificar el señor
José María Calvo. Una vez allí, seguido siempre por el gentío,
salió al balcón y peroró al público diciendo que sus sentimientos
siempre habían sido republicanos y liberales y que la aristocracia
era para él una cosa sucia. Desde entonces se comprendió que la
elección del general López era un hecho consumado y que no debería
temerse acción alguna oficial que la pusiese en peligro.
¿Fue esta ausencia del general Mosquera de la casa presidencial
y la sorpresa con que recibió la noticia de la elección del
candidato liberal, una de las causas que contribuyeron a la manera
pacífica con que se efectuó la evolución del
|7 de
marzo?...
En publicaciones conservadoras posteriores a este día, se dijo
con insistencia que sobre los diputados se habla obrado con
intimidación producida por una barra armada de puñales. Los
puñales del
|7 de marzo llegaron a ser una frase
proverbial; pero ninguna de las personas que se suponían así
intimadas llegó a afirmar que hubiese sido amenazada, y antes, al
contrario, el señor Mariano Ospina declaró públicamente, en la
sesión del congreso tenida cinco días después, que los que en un
momento de conflicto habían rodeado el dosel de la presidencia del
congreso eran amigos suyos, movidos por el deseo de protegerlo. Por
lo demás, esta aserción es del todo inverosímil en un acto vigilado
directamente por el gobernador y el jefe político, acompañados
indudablemente de policía secreta, que no hubieran vacilado en
reprimir, llamando en caso necesario la fuerza armada en su
auxilio, cualquiera manifestación de esta clase.
El señor José Eusebio Caro, en un artículo publicado en
|La
Civilización, más de un año después, explica los sucesos de
aquel día como el resultado de una conspiración preparada con el
objeto de producir intimidación sobre el congreso. En apoyo de esa
teoría no alega prueba alguna ni dice, ni aun siquiera da a
entender, quiénes fueron los autores o ejecutores del plan. Los que
en esos días aparecían como jefes del partido liberal eran los
señores doctores Ezequiel Rojas y Francisco J. Zaldúa, el general
José María Mantilla y los señores Ricardo Vanegas y José María
Vergara Tenorio, redactores de
|La América y
|El Aviso,
únicos periódicos liberales de esos días. El señor Alfonso Acevedo,
que en el
|Libertad y
|Orden habla hecho una oposición
vigorosa a la administración del general Mosquera, era partidario
de la candidatura del doctor Gori, parecía retirado de toda
participación en los sucesos políticos algunos meses hacía, y por
lo demás, el recuerdo todavía fresco de sus actos de persecución
contra los liberales en los años de 1841 a 1844, no lo autorizaban
para entrar en esas maniobras. Los doctores Rojas y Zaldúa,
consagrados a asiduas tareas forenses, nunca mostraron carácter a
propósito para jefes revolucionarios, y los señores Vanegas y
Vergara no cesaban de predicar ideas de moderación y de paz en sus
periódicos. El general Mantilla era un anciano sexagenario, todavía
fuerte en las luchas parlamentarias con sus armas poderosas de
burla e ironía, pero los años habían gastado ya la actividad
militar que treinta o cuarenta años antes había desplegado en la
guerra de la Independencia. El general Antonio Obando, otro resto
venerable de los grandes días, estaba ocupado únicamente en faenas
campestres en un campo que poseía cerca de La Mesa, y nunca se le
vela en Bogotá. No había en esos momentos un hombre de guerra ni
capaz de entrar en el juego de las conspiraciones. Yo fui testigo
de esos sucesos ocurridos ahora cuarenta y ocho años: aunque muy
joven, el nombre de mi padre me habla dado alguna introducción en
la política, era amigo personal de los redactores de periódicos,
pertenecía a la sociedad democrática y nunca tuve la más pequeña
noticia de tales conspiraciones. En el acta de la sesión del
congreso del
|7 de marzo, escrita por el secretario del
senado, señor Ignacio Gutiérrez Vergara, se habían introducido
algunas frases dirigidas a inspirar ideas de tumulto y amenazas;
pero interpelado el autor de ella para que dijese cuáles eran los
hechos a que hacía alusión, tuvo que confesar que todo se había
reducido a un trueno de voces sin significado alguno
especial, y se vio obligado, en consecuencia, a reformar los
términos del acta. En la discusión de ella, el señor Lino de Pombo,
amigo íntimo y adicto partidario del doctor Cuervo, dijo con su
habitual buena fe, que por su parte no había sentido coacción
alguna y que había firmado en libertad todos sus votos. El senador
Benítez expresó con candor que su voto era uno de los que en los
tres últimos escrutinios habla formado la mayoría, no porque
hubiera sentido temor alguno, sino porque había comprendido que la
opinión pública deseaba con ansia un cambio en los principios del
gobierno. El mismo señor Caro (José Eusebio) da en la publicación
arriba mencionada la clave de los sucesos del
|7 de marzo.
Después de referir los hechos que durante las dos últimas
administraciones conservadoras, pero principalmente en la del
general Mosquera, habían producido desprestigio por una parte y
división intestina por otra en las banderas conservadoras,
concluye: Fraccionado así el partido conservador, por culpa
de sus prohombres, quedó debilitado y casi disuelto. Sus fracciones
se combatían entre sí en algunas partes con un ardor casi igual al
que animaba contra ellas a los rojos. ¿Qué firmeza podía
esperarse, en un momento que veían de peligro, de hombres dominados
por el desaliento y faltos de fe?
|
1
|
A razón de uno por cada mil habitantes
|
|
2
|
Desde 1850 en adelante este jefe perteneció a las filas
liberales; pero desde 1840
|
hasta entonces había servido con
decisión a los gobiernos conservadores.
|