|LA CONVENCI
|Ó
|N DE
RIONEGRO
AÑO DE
1863
|
Como un mes después de la ocupación de la ciudad de Bogotá por
el ejército federalista, el general Mosquera convocó una junta de
liberales notables que, en número de cuarenta, más o menos, se
reunió en la casa que ocupaba aquél. En ella expuso el general
Mosquera la situación de la república en lo relativo a la lucha
armada entre los partidos. Los Estados del Cauca y de Santander
habían caído en poder de los conservadores, dirigidos en el sur por
el señor Julio Arboleda y en el norte por el señor Leonardo Canal.
El de Antioquia permanecía gobernado por el señor Rafael María
Giraldo. En el del Tolima, de reciente creación, los señores Pedro
Rivera y Agustín Uribe se habían apoderado de la ciudad de Neiva y
hecho prisioneras a las autoridades creadas por la revolución. El
Estado de Boyacá no estaba tranquilo y el gobierno liberal se
sostenía difícilmente; de suerte que el partido federalista estaba
reducido al los Estados de Cundinamarca, Boyacá, el norte del
Tolima y los de Bolívar y Magdalena. El de Panamá permanecía
neutral en la contienda, en virtud de un arreglo que, al efecto,
había celebrado con el gobernador, señor Santiago de la Guardia, el
doctor Manuel Murillo a su paso por allí, en viaje a Europa y los
Estados Unidos, adonde iba encargado de representar a Colombia.
El general Mosquera manifestó que el objeto de la reunión era
oír las opiniones de los liberales presentes sobre las medidas que
convenía adoptar en la actual emergencia, y que él, por su parte,
exponía la conveniencia de suprimir las órdenes monásticas, y de
ocupar sus bienes, lo mismo que los de todas las corporaciones
religiosas, para vender las tierras por lotes y reconocer a sus
antiguos propietarios la renta que producían en intereses al 5 por
100 anual a cargo del tesoro público.
Los concurrentes, en su mayor parte comerciantes y propietarios
acomodados, recelosos de que el verdadero objeto de la reunión
fuese pedirles empréstitos voluntarios o forzosos, guardaron
silencio, y excitado por ellos uno de los presentes (el autor de
estas líneas), manifestó que, concurriendo en las ideas expresadas
por el general Mosquera, la última de las cuales, combinada con una
expedición de billetes admisibles en rentas y contribuciones
nacionales, daría los recursos que la guerra civil exigía, sin
necesidad de extorsiones a las clases pobres ni de medidas
violentas a propósito para anarquizar el país y enajenar a la
revolución las simpatías de las masas; pero que la medida más
urgente en los actuales momentos era la convocatoria de una
convención que reorganizase el gobierno e hiciese cesar la
incertidumbre acerca del término que pudieran tener los sucesos de
la guerra. En mi mente abrigaba yo el temor de que el general
Mosquera quisiese prorrogar el ejercicio de los poderes absolutos
por tiempo indefinido, como lo había pretendido el general Bolívar
de 1827 a 1830, y todos los tiranuelos militares como Carrera en
Guatemala, Santa Ana en Méjico, Rosas en Buenos Aires y Guzmán
Blanco en Venezuela.
La indicación fue recibida con poco placer por el general
Mosquera y con sorpresa por la generalidad de los concurrentes,
pero el primero ofreció que la convocatoria se haría para un día
muy próximo. En efecto, pocos días después fue publicado un decreto
que fijaba el mes de diciembre de 1861 para la instalación, mas sin
determinar el lugar en donde debería verificarse. Ese decreto
disponía que cada Estado debería elegir un número de diputados
igual al de senadores y representantes que le correspondían
conforme al censo de 1860.
Las operaciones militares no permitieron seguramente que se
hiciesen las elecciones en la época señalada ni en los primeros
meses de 1862; mas en julio de éste año la gobernación de
Cundinamarca invitó a las de los otros Estados para que las
hiciesen y en éste se dio el ejemplo de hacerlas, con lo cual las
del Tolima, ya dominado desde octubre de 1861 por los liberales, y
los de Boyacá y Santander, Bolívar, Panamá y Magdalena siguiesen la
misma línea de conducta. El Cauca y Antioquia procedieron a hacerlo
luego que la victoria de Santa Bárbara, en septiembre del mismo
año, condujo a la ocupación de sus territorios por las armas
federales.
No tengo datos precisos sobre la manera como se verificaran en
otros lugares, mas en Cundinamarca y el Cauca fueron una muera
farsa. En el primero de éstos acababa de organizarse lo que se
llamó el
|círculo sapista. y la falsificación de los
registros eleccionarios fue escandalosa. Los directores de ese
círculo aparecieron en los escrutinios de la asamblea con mayoría
de más de 30.000 votos, cuando a las urnas apenas habrían
concurrido dos o tres mil sufragantes. Recuerdo que el registro de
Guasca, distrito parroquial que el día de la elección estaba
ocupado por la guerrilla conservadora del mismo nombre y en el cual
no pudo haber el más pequeño simulacro de elecciones, daba más de
700 votos a los candidatos del círculo.
Me figuro que otro tanto ocurrió en el Cauca, pues allí
aparecieron nombrados, el general Mosquera, sus secretarios y hasta
el venezolano señor Antonio Leocadio Guzmán, quien representaba
ahora con el general Mosquera el mismo papel que en 1827 había
desempeñado cuando el general Bolívar pretendía obtener una
dictadura vitalicia en el Perú, Bolivia y en la Gran Colombia.
Otro tanto ocurrió en Panamá en la segunda elección allí. La
primera, hecha durante la gobernación dcl señor Santiago de la
Guardia, había sido regular; pero habiendo sido derrocado este
gobierno por una insurrección militar encabezada por el señor
Peregrino Santa Coloma, el general Mosquera dispuso que se hicieran
nuevas elecciones, en las que, como era natural, fueron excluidos
los que no eran adeptos de aquél, y nombrados, con excepción de los
señores Justo Arosemena, Buenaventura Correoso y Gabriel Neira
(elegidos también en la primera votación), personas oscuras cuyo
nombre no volvió a sonar después en la política de esa sección.
El general Mosquera, nombrado miembro de la Convención, asumía
las funciones a un tiempo de presidente provisorio de la
república, supremo director de la guerra y presidente de los
Estados del Cauca, Antioquia y Tolima.
Los elegidos para la Convención eran todos liberales, como era
de esperarse. En Antioquia eran todos hombres respetables que
habían figurado en la política: no eran comerciantes ni grandes
propietarios, casi todos eran abogados. En Bolívar sucedió lo
mismo. En Boyacá habían sido elegidos algunos jefes militares
prominentes y abogados respetables. En el Cauca, los hombres que
habían acompañado al general Mosquera en el curso de la guerra. En
Cundinamarca, algunos hombres distinguidos, como los doctores
Zaldúa, Ancizar, Lleras y los jefes principales del círculo
sapista, como los doctores Ramón Gómez, Francisco de P. Matéus,
Daniel Aldana. El autor de estas líneas concurrió como tercer
suplente; por excusa de los señores Justo Briceño (gobernador del
estado), Alejo Morales, jefe de las fuerzas que habían sostenido la
lucha contra las guerrillas, y Tomás Cuenca, secretario de hacienda
del estado. En el Magdalena, los señores José María y Manuel Louis
Herrera, Luis Capella Toledo, Agustín Núñez y otros relacionados
con el general Manuel Louis Herrera que había sido jefe de las
fuerzas del estado. En Panamá ya he dicho que en la segunda
elección fueron excluidos algunos hombres notables que habían
venido en la primera, entre ellos el señor Rafael Núñez, que había
sido secretario del Tesoro pocos meses antes y de quien el general
Mosquera no estaba satisfecho después, no sé por cual motivo, pues
el señor Núñez era por carácter muy cauto en sus relaciones con los
hombres influyentes de la situación. La diputación de Santander era
toda muy respetable, y en ella figuraban en primera línea los
señores Aquileo Parra, Felipe Zapata, Foción, Soto, Gabriel Vargas
Santos. La del Tolima era igualmente notable y venía encabezada por
el ilustre veterano José Hilario López: en ella venían además el
doctor Bernardo Herrera, el general Liborio Durán y el doctor
Manuel Antonio Villoria, entre otros.
El distrito federal de Bogotá había enviado a los generales
Eustorgio Salgar y Wenceslao Ibáñez y al doctor Juan Agustín
Uricoechea.
El personal de la convención era pues muy bueno: pero nada
compensaba la ausencia de representación del partido conservador:
defecto casi inevitable en los cuerpos representativos que siguen a
una guerra civil, pues sólo los vencedores, es decir, la mitad de
la nación, viene a imponer sus leyes, en lo general sus cóleras o
venganzas, a todo el país. Eso se había visto en 1832, 1843 y, en
parte, en 1852. La representación de las minorías, por medio de
instituciones especiales, es muy de desear en estos casos. Quizás,
sin embargo, sería preferible retardar la reunión de las
convenciones a tres o cuatro años después de la guerra, manteniendo
entretanto el régimen anterior a ella.
Faltaba saber el lugar en donde debían de tener lugar las
sesiones de la convención. Bogotá era lugar antipático al general
Mosquera: como lo ha sido siempre a todos los dictadores, desde
Bolívar hasta Núñez; Cartagena, ciudad en que se pensó algún
tiempo, tenía el defecto, para el general Mosquera, de la
influencia personal del general Juan José Nieto, que podía no ser
muy favorable a las miradas de aquél; en Ocaña, era de temer que
predominaran las ideas políticas del estado de Santander, Poco
favorables al ejercicio de poderes omnímodos; Medellín era
considerado como un foco de sentimientos conservadores; Panamá, por
los temores de insalubridad de su clima y su posición excéntrica,
no era lugar deseable para el que pensaba sostener su mirada sobre
toda la nación. En Ríonegro creyó encontrar el general Mosquera un
centro liberal y un pueblo muy adicto a su persona, y quizás por
eso fue el designado por éste a última hora. Allí había además un
caserío muy decente, sociedad culta de antiguas familias
acomodadas, clima suave perfectamente sano y víveres y recursos
abundantes. La convocatoria sé había hecho para el 1° de febrero, y
el 2, no sólo había
|quorum, sino que estaban presentes casi
todos los miembros. El número total era de 63.
El general Mosquera estaba establecido allí hacia cerca de un
mes con una división veterana mandada por los generales Fernando
Sánchez y Mendoza Llanos, enteramente adictos a su persona, y los
jefes de los cuerpos eran los coroneles Díaz y Lara, venezolano el
último, igualmente adictos. El pueblo ríonegrero, liberal siempre,
era ahora entusiasta admirador del jefe de la revolución, y miraba
con cierta desconfianza no disfrazada a los diputados que, se
decía, no eran sumisos a la voluntad del supremo director. El 3 de
febrero se reunió la junta preparatoria bajo la presidencia del
venerable doctor Antonio Mendoza, el más anciano de los
miembros presentes, y el 4 fue fijado para la instalación
definitiva.
Entre tanto, un grupo de diputados, cuyo núcleo se componía de
la diputación de Santander y de los señores Rafael Núñez, José
Araújo, Camilo Echeverri y el autor de estas memorias, que habían
hecho juntos el viaje de Bogotá a Ríonegro, convocó a una reunión
durante la noche del 3 para acordar una acción común en los
primeros trabajos de la corporación. Los puntos principales allí
convenidos fueron los siguientes:
1° Que el general Mosquera no debía ser elegido presidente de la
convención, como señal de la independencia de la asamblea.
2° Que debía tratar de organizarse durante las sesiones un
ejecutivo plural, de manera que no hubiera personalidad alguna que
pudiera ejercer influencia decisiva en la dirección de los negocios
públicos.
3° Que debería tratar de obtenerse la separación de la fuerza
militar a una distancia conveniente del lugar de las sesiones.
4° Que uno de los primeros actos debía ser la amnistía general y
el restablecimiento de las garantías individuales en toda la
nación.
Que al general Mosquera debía tratársele con mucha atención;
pero notificársele de algún modo disimulado que, por lo pronto,
era mejor que él se retirase de participación en el gobierno. Al
efecto, se determinó que sé le ofrecería una pensión de diez mil
pesos anuales y un voto de gracias lisonjero por sus servicios.
En ejecución del punto primero se aceptó la candidatura del
doctor Francisco Javier Zaldúa, para presidente; la del señor
Eustorgio Salgar, para vicepresidente; y la del doctor Clímaco
Gómez, para secretario de la convención, a fin de asegurar
independencia en la comisión de la mesa. Con este objeto se habían
llamado a la reunión tres o cuatro individuos de los que aún no
habían dejado traslucir sus opiniones decididamente favorables al
general Mosquera.
Los proyectos relativos a la organización de un ejecutivo plural
y a la amnistía y restablecimiento de las garantías, venían
trabajados desde Bogotá.
El día 4 estuvieron puntuales en su asistencia todos los
miembros: el general Mosquera se presentó a las 11
|
escoltado
por doce o diez y seis hombres que, se notó, traían armas debajo de
las ruanas. En la puerta del salón se encontró con Camacho Roldán,
diputado a quien atribuía ciertas medidas dictadas por la
gobernación de Cundinamarca, que parecían contrariar sus planes de
organización política, y a dos pasos de distancia se detuvo fijando
en él una mirada amenazadora; cuando se creyó que esa escena se
tornaría en algo desagradable, el general abrió los brazos y se
dirigió a él estrechándolo con efusión
amistosa
|1
. En seguida le tomó del
brazo, y entrando al salón, tomó asiento a su lado.
Me vinieron a acompañar algunos hombres armados, me dijo,
porque creyeron que ustedes los gólgotas querían asesinarme hoy;
pero ya veo que estaban engañados.
|Y
|
¿por qué lo habíamos de asesinar a usted?
le contesté. Usted ha prestado y puede seguir prestando muy útiles
servicios al país, sobre todo si hay una oposición que lo detenga
dentro de ciertos límites necesarios; en lo que sus oposicionistas
sirven al interés publico y son de utilidad incontestable para
usted.
Rióse de buen humor, y cambiando rápidamente la
conversación:
Quién cree usted que resultará elegido presidente de la
convención? me preguntó.
No sé, le respondí. Dicen que usted es uno de los
candidatos.
¿Y ustedes a quién tienen?
Al doctor Francisco Javier Zaldúa.
Ya verá cómo yo soy elegido.
El general pasaba la vista por todas las hileras de diputados
como contando los que reputaba partidarios suyos. Cuando el
escrutinio empezó, encargóme que contara los votos por él,
ofreciendo que él contaría los favorables al doctor Zaldúa. Cuando
sólo faltaban dos Votos había empate. Entonces pareció alarmarse y
atendió con mucho cuidado. Las boletas dieron e! nombre del doctor
Zaldúa: el general se levantó entonces sin decir una palabra y fue
a buscar otro asiento muy lejos del mío.
En la votación para vicepresidente ambos partidos habían
escogido al general Salgar, a quien el general Mosquera hacía
demostraciones especiales de aprecio.
El doctor Clímaco Gómez fue elegido secretario con los mismos
votos que el doctor Zaldúa, en competencia con el señor Carlos
Sáenz, que desempeñaba el destino de oficial mayor en la
secretaría de guerra.
Según se vio, en estas votaciones la convención tenía 28
diputados dispuestos a seguir, casi ciegamente las aguas del
general Mosquera; 28 a quienes no animaba esta disposición y que
velan con desconfianza sus pretensiones, y cinco vacilantes que no
se inclinaban decididamente a ninguno de los dos bandos. Entre los
primeros, los más notables eran los generales Julián Trujillo,
Santos Acosta, Ramón Santo Domingo Vila, Antonio González Carazo,
Buenaventura Correa, Fernando Sánchez, José María Herrera, Ezequiel
Hurtado, Gabriel Sarmiento Daniel Aldana y los doctores José María
Rojas Garrido, Andrés Cerón, Ramón Gómez y Antonio Leocadio Guzmán;
entre los segundos los generales José Hilario López, Sántos
Gutiérrez, Aníbal Currea, Wenceslao Ibáñez y Gabriel Vargas Santos,
y los Señores Francisco Javier Zaldúa, Justo Arosemena, Antonio
Mendoza, Nicolás F. Villa, Camilo A. Echeverri Benjamín Noguera,
Rafael Núñez, Aquileo Parra, Felipe Zapata, Foción Soto, José
Araújo
|, Estanislao Silva, Marcelino Gutiérrez, Pedro Cortés
H., Antonio Ferro, Bernardo Herrera y Manuel A. Villoria. Los
vacilantes eran los doctores Manuel Ancizar, Agustín Núñez, Eusebio
Otálora, Felipe Santiago Paz y algún otro. El doctor Lorenzo María
Lleras era a veces complaciente con las ideas del círculo
mosquerista, pero en las cuestiones graves se le contaba siempre
entre los miembros de la oposición liberal. El general Eustorgio
Salgar profesaba también gran deferencia por el general Mosquera,
pero pertenecía decididamente al círculo opuesto.
Leyó el presidente provisorio su mensaje a la convención,
documento pesado y largo, cuya lectura propuso alguien suspender,
pero esa prohibición fue retirada en vista de la susceptibilidad
herida del autor, quien la atribuyó a desprecio. En seguida
presentó un proyecto de constitución y pidió se le considerase
inmediatamente en primer debate. Así se hizo, se le aprobó y pasó
en comisión al doctor Lleras. Entonces el señor Justo Arosemena
presentó otro calcado sobre la constitución Suiza, con ejecutivo
plural de poca duración y cantones semiindependientes. Pasó en
primer debate, en comisión también al doctor Lleras.
Entonces se propuso el de organización provisoria con ejecutivo
plural, el cual pasó también a segundo debate. El general Mosquera,
sorprendido con esta idea, la apoyó sin embargo, agregando que la
convención no tenía facultades para dar nueva organización al país,
mientras subsistiese el pacto provisorio de 1861, el cual debía ser
respetado a todo trance. Según se vio, el general Mosquera quería
limitar a muy poca cosa las facultades de la convención, ya que su
proyecto de constitución parecía haber sido recibido con poco
favor.
La sesión terminó dejando la impresión de que sería necesaria
una lucha muy seria con el general Mosquera y sus partidarios,
apoyados por el cuerpo de ejército que ocupaba el estado de
Antioquia.
El general Mosquera había ejercido un poder absoluto desde que
principió la lucha armada, en mayo de 1860, en el estado del Cauca
primero, en los del Tolima, Cundinamarca y Antioquia, luego que sus
territorios fueron ocupados por los ejércitos federales. En Boyacá
y Santander no era muy grande su influencia, contrapesada por el
prestigio de otros hombres, como los generales Gutiérrez, Reyes,
Salgar y un resto del antiguo partido gólgota, que con los señores
Foción Soto, Aquileo Parra, Antonio María Padilla, etc., profesaban
ideas republicanas de mucha austeridad. El estado de Panamá, en
donde no ha sido nunca notable el movimiento republicano de los
estados del interior, estaba sometido ya por un movimiento de
cuartel: los de Bolívar y Magdalena, en donde las tradiciones
militares implantadas por la guarnición durante la colonia, y
después por el general Montilla, que continuó esa educación de los
pueblos, en los diez años de su mando en ese departamento, parecía
más fácil no encontrar resistencias. Se juzgaba que en el alma de
un hombre acostumbrado por tres años de supremacía militar a
prescindir de las leyes, y cuyos precedentes no revelaban tendencia
alguna de imitación a las virtudes de Washington, sino más bien al
carácter imperioso, lleno de ambición, de Bolívar, no estaría
dispuesto a desprenderse del ejercicio de esa autoridad. En qué
forma se proponía conservarla no era conocido: pero que sería un
obstáculo considerable al funcionamiento de instituciones
republicanas sencillas y modestas no era dudado por nadie.
Los puntos principales que se preveían como materia de lucha en
la convención, eran los siguientes:
Organización del ejecutivo en cuanto se refería a facultades y
duración del período de los funcionarios.
Conservación y disminución considerable del gran pie de fuerza
armada permanente que la prolongación de la guerra civil había
obligado a organizar.
Cuestiones de rentas, contribuciones y empréstitos que son el
elemento principal de toda dominación arbitraria.
Pretensiones a la reconstitución de la antigua Colombia por
medio de intrigas o de la fuerza, si fuese necesario, aprovechando
la situación semianárquica de Venezuela y la opresión en que
mantenía el señor García Moreno a los pueblos del Ecuador; asunto
de que se ocupaba incesantemente el señor Antonio Leocadio
Guzmán.
Línea de política que adoptaría el general Mosquera, ya
favoreciendo a los conservadores vencidos para hacerlos favorables
a sus planes, o bien despertando. sus cóleras, para hacerse más
necesario a los liberales.
La cuestión religiosa. En especial era éste uno de los asuntos
más graves. Desterrados o confinados varios obispos, sometido el
clero a la necesidad de prestar, como condición previa al ejercicio
de su ministerio, un juramento de obediencia a la constitución y
leyes de la república y los decretos del Poder Ejecutivo,
amenazados de destierros y confinamientos sin procedimiento
judicial por parte de las autoridades nacionales y locales, en caso
de desobediencia, muchos sacerdotes habían cerrado sus iglesias,
rehusado administrar sacramentos a los fieles y celebrar en público
el culto católico; y todo esto creaba constantemente un motivo de
desagrado y un peligro permanente para La paz: pública.
Diez años antes se había presentado un conflicto semejante
durante la administración del general José Hilario López. Una ley
expedida en 1845, siendo presidente de la república el general
Mosquera y arzobispo de Bogotá el señor doctor Manuel José
Mosquera, ley no reclamada entonces por el clero católico, sometía
a éste a confinamientos, destierros y ocupación de sus
temporalidades por simple decreto del Poder Ejecutivo en caso de
desobediencia a las leyes. El mismo señor arzobispo Mosquera había
protestado en 1852 la ley que atribuía a los cabildos el
nombramiento de los curas de las parroquias, que se hacía antes por
el Poder Ejecutivo a propuesta en terna del Capítulo Catedral de
cada diócesis, y esta resistencia imitada luego por los obispos de
Cartagena y Popayán, había obligado al congreso y al Poder
Ejecutivo a imponer destierro a estos prelados. Estos habían
lanzado, al salir del país, un mandamiento a los curas de sus
diócesis para que cerrasen los templos y suspendiesen la
administración del culto, lo que había creado una situación muy
desagradable y peligrosa. En 1853, con asentimiento de los miembros
conservadores del congreso y de los vicarios capitulares que por
entonces reemplazaban a los obispos desterrados, se había expedido
la ley de 24 de junio, sobre separación de la Iglesia y del Estado.
Esta ley envolvía una reforma inmensa. El gobierno civil
renunciaba, por ella, a toda intervención en asuntos religiosos,
retiraba toda protección especial al culto católico, inhabilitaba a
los sacerdotes para toda participación en funciones civiles,
principalmente en lo relativo a matrimonios y el registro civil,
incapacitaba a la Iglesia Católica para la adquisición de bienes
inmuebles y consignaba el mandamiento de que, dentro de veinticinco
años, es decir, en 1878, los bienes pertenecientes a los conventos,
parroquias, cofradías y fundaciones católicas en general
pertenecerían a los vecinos católicos de las parroquias, los
cuales, por medio de los cabildos, podrían disponer de ellos como
lo tuviesen a bien.
En consecuencia quedaba suprimido el patronato que la república
ejercía como herencia de la monarquía española, y la religión
católica privada de los privilegios, exenciones y fueros de que
había gozado por concesión de las instituciones que unían la
Iglesia al Estado.
En este estado las cosas, el general Mosquera dictó. un decreto
de tuición por el cual quedaba de nuevo sometida la Iglesia, no
sólo a la vigilancia, sino a la dependencia del poder civil en
varios puntos importantes. Desde hacía doce siglos el mundo
grecoromano había reconocido dos organizaciones diversas con
autoridad sobre los pueblos: primero el emperador y el Papa, y
después, restringida la potestad de aquél, y fundadas las nuevas
nacionalidades que surgieron de la invasión de los bárbaros y las
ruinas del imperio romano, había quedado solo en pie la silla
pontificia con pretensiones a imponerse sobre toda la Europa
semicivilizada y sobre los pueblos asiáticos a donde se había
propagado el cristianismo. Esas pretensiones y esa autoridad,
reconocidas por la España católica, habían pasado los mares, y
extendídose por todas las colonias de ésta y de Portugal en
América. La revolución de 1810 había roto los lazos que unían estas
colonias a la metrópoli española, pero no los que los pueblos
reconocían a la autoridad del Supremo Pontífice. Hubo tendencias
visibles hacia la emancipación de esta última dependencia, en la
ley de patronato de 1824, en la de 1852 sobre nombramientos de
curas, en la separación de la Iglesia y el Estado de 1853, en la
del establecimiento del matrimonio civil y en la de 1855 sobre ;
pero estas tentativas no habían desarraigado la reverencia que
nuestro sexo femenino y gran parte de nuestra población masculina
profesan a la unidad del catolicismo.
Los decretos sobre tuición del general Mosquera creaban una
nueva dificultad. Por una parte se restablecía el ejercicio del
patronato sobre la Iglesia Católica, y por la otra se prescindía de
la intervención de la silla apostólica en los asuntos
administrativos del culto católico. El gobierno quedaba en lucha
con las creencias de una gran parte, si no la mayoría de los
ciudadanos, y la paz y el sosiego públicos en riesgo inminente. Era
fácil prever que esa situación conduciría a soluciones inesperadas,
y a ellas tenía que proveer la convención de algún modo.
Los procedimientos de ésta en su primera sesión hablan causado
vivo despecho en el círculo militar que rodeaba al general
Mosquera. Desde que salimos de nuestras casas para trasladarnos a
Ríonegro, comprendíamos, los que no éramos favorables a la política
de aquél, que tendríamos que sostener una posición peligrosa, que
la disolución violenta de la convención era muy de temer y que
sería necesario arrostrar peligros personales; en consecuencia, no
salíamos a la calle sin un revólver en el bolsillo, sobre todo los
que teníamos la experiencia del congreso de 1854, en el que
habíamos vivido permanentemente amenazados. El tercer día de las
sesiones al salir del local el que esto escribe, iba en compañía
del doctor Rafael Núñez, y al poco rato notó que eran seguidos del
general Mendoza Llanos y del comandante Francisco Piñeres. El
primero de éstos se expresaba en términos groseros contra los
|gólgotas, y aunque contenido por el segundo, con quien
mantenía yo buenas relaciones de amistad, se acercó a nosotros
diciendo que nos iba a dar de patadas. En este propósito
seguramente, se acercó hasta un paso de distancia, cuando yo saqué
el revolver del bolsillo, y amartillándolo me volví hacia él
apuntándole, pero sin proferir una sola palabra. El general Mendoza
Llanos retrocedió entonces sorprendido, y ya le fue fácil al señor
Piñeres arrastrarlo en otra dirección. Durante algunos días fue
imposible salir de noche a la calle, porque sabíamos que había
soldados disfrazados de paisanos con encargo de apalear a algunos
diputados y aun parece que alguno lo fue, mas no me acuerdo quién.
Hecha la proposición de que la fuerza armada fuese retirada a cinco
leguas de distancia de Ríonegro, fue aprobada; pero los batallones
fueron alojados el uno en Marinilla a una legua de distancia y el
otro en la Ceja, a menos de idos, lo que no era obstáculo para que
con frecuencia se les trajese a pasar revista en Ríonegro, siempre
que en la convención se discutía alguna cuestión importante. Se nos
refería que el general Mosquera en sus conversaciones hablaba de
disolver la convención y de fusilar tres, ora cinco, ya siete y
hasta trece diputados. Los nombres preferidos por él para estos
actos políticos eran: el general José Hilario López, el general
Gutiérrez, el doctor Antonio Ferro, el doctor ZaIldúa, el doctor
Bernardo Herrera, los señores Aquileo Parra, Felipe Zapata y Foción
Soto, el señor Santiago Izquierdo, el doctor Camilo Echeverri y el
autor de estas líneas, el cual tenía el honor de figurar en todas
las combinaciones
|2. En una palabra, la situación de los
independientes era azarosa en extremo, faltos por entonces del
apoyo del pueblo ríonegrero.
En estas circunstancias llegó el segundo debate del proyecto que
creaba un ejecutivo plural. El gen eral Mosquera se opuso a
él violentamente, con la objeción extraña de que la convención no
tenía facultades para reformar el pacto provisorio de la unión,
mientras la asamblea de plenipotenciarios que lo había expedido no
autorizase reformas en él. Al fin después de un debate acalorado,
se convino en que la diputación de cada estado nombraría un
plenipotenciario, y que la reunión de éstos consideraría el asunto
y daría sus poderes a la convención! Pasábamos así por las horcas
caudinas, pero no hubo mayoría para arrostrar las cóleras de un
caudillo hasta entonces omnipotente.
La asamblea de plenipotenciarios, así convocada se reunió y
delegó sus poderes, con lo cual la convención pudo continuar la
discusión de los proyectos pendientes. El que creaba el ejecutivo
plural fue adoptado.
Se había convenido entre los independientes que el consejo de
ministros sería presidido por el gobierno, con el objeto de crear
con esta medida un aliciente para que el general Mosquera
prefiriese este puesto; pero él siempre prefirió el de guerra, que
era el más importante, y a la satisfacción de este deseo
contribuyeron los diputados del Tolima que temían la influencia que
el ministro presidente tuviese en los casos de empate en que su
voto debía ser decisivo. En ejecución de esa ley provisional fueron
elegidos, el general Salgar, para la cartera de gobierno; el
general José Hilario López, para la de relaciones exteriores; el
general Julián Trujillo para la de hacienda; el general Mosquera
para la de guerra, y para La del tesoro, que debía tener su
residencia en Bogotá, el doctor Froilán Largacha. El general
Mosquera conservaba así el mando del ejército, y por medio de sus
amigos, admiradores incondicionales los señores Trujillo y
Largacha, la disposición de los fondos nacionales.
El proyecto de pensión al general Mosquera no dio resultado por
lo pronto, si bien lo dio un año después. Al discutirse en primer
debate Lejos de mostrarse agradecido, el agraciado lo recibió con
desprecio aparente: dijo que él había nacido sobre montes de oro y
gozado de amplios bienes de fortuna. Aunque pocos años antes habla
venido prófugo de Nueva York, por descalabros de la suerte, dio a
entender que no necesitaba de esas miserias. Un año después pedía
sus pensiones vencidas y por vencer, para vivir en Europa, adonde
debla ir a representar la república con un poco más de esplendor
que el escaso de sus emolumentos en la legación.
Se trató en seguida del restablecimiento de las garantías
individuales y de la amnistía, condiciones reputadas necesarias
para que la obra de la convención fuese mirada con simpatía y
mereciese respeto de toda la nación; mas aquí también se encontró
la resistencia de los partidarios de una autoridad sin contrapeso.
En el primer día de la discusión el doctor Rojas Garrido quiso
volver a la compañía de sus amigos los gólgotas y sostuvo
animosamente, aun despertando la cólera del que hasta ahora había
sido supremo director, el restablecimiento de las libertades
individuales; lilas al día siguiente, ignoro la causa de ese cambio
radical de opiniones, su voto fue adverso. Díjose allí que era
debido a grandes amenazas de ese hombre temible. La resistencia a
esa medida tenía por objeto en el pensamiento del general Mosquera
emplear medios vigorosos para llevar a efecto sus decretos de
tuición contra el clero católico.
Como ya se ha dicho, los votos de la convención eran 28 contra
28 y 5 vacilantes. Cuando por causa de enfermedad (lo cual fue
frecuente en Ríonegro por obra de la sal impura del Retiro de que
allí se hace uso, y de algunas fiebres intermitentes determinadas
por las frecuentes varadas del vapor entre Honda y Nare y por el
malísimo estado del camino de tierra), faltaban uno o dos de los
vocales, las votaciones se ganaban o se perdían
inesperadamente.
Llegó el segundo debate de los proyectos de la constitución. El
doctor Lorenzo María Lleras no aceptó como base de discusión el
proyecto absolutista del general Mosquera ni el de constitución
Suiza del señor Arosemena, sino que presentó un tercer proyecto,
que tampoco mereció la aprobación de unos y otros. El general
Mosquera, aprovechando ese instante de anarquía, propuso que los
tres proyectos pasasen en comisión a los señores Ramón Gómez y
general Salgar, mas esta proposición fue modificada en el sentido
de que la comisión fuese nombrada por mayoría absoluta de la
convención. En la elección fueron nombrados los doctores Zaldúa y
Camacho Roldán por uno o dos votos de mayoría. Se vio pues que el
proyecto del general Mosquera no tenía probabilidades de ser
adoptado. Por sus frecuentes achaques el doctor Zaldúa encargó a
Camacho Roldán el trabajo de la comisión, agregando a ésta el
talentoso y modesto joven doctor Manuel Antonio Villoria, diputado
del Tolima.
En estos días llegó la noticia de la capitulación de las últimas
fuerzas conservadoras, mandadas por el señor Leonardo Canal, en
Pasto, el 4 de febrero, al ejército del norte, entonces bajo las
órdenes del general Gabriel Reyes. Con este acto quedó restablecida
la
|
paz en toda la república.
|
1
|
Refiero este incidente insignificante porque da idea de uno de
los caracteres de este personaje notable en nuestra historia: el de
ser poco persistente en sus odios. Con el general Obando, a quien
había profesado una enemistad mortal durante más de treinta años,
se reconcilió en pocos minutos en 1860. El doctor Florentino
González, que había sido su enemigo por largos años, fue después su
secretario favorito en 1847 y 1848.
|
|
2
|
| Un año después, en una noche en que la lluvia había
impedido la sesión de la asamblea de Cundinamarca, conversábamos en
el salón de las sesiones tres o cuatro diputados que habíamos
alcanzado a llegar: uno de ellos el doctor Francisco de P. Matéus,
que en Rionegro visitaba con frecuencia al general Mosquera,
volviéndose a mí, exclamó: Me admiro de verle a usted
vivo. - ¿Por qué? le dije Porque en Rionegro el
general Mosquera tenía la idea fija de fusilarlo
|