CAPITULO XXV
TENDENCIAS GENERALES DE LA OPINIÓN
PÚBLICA
A pesar de la exaltación del debate político, el país deba
señales de las tendencias que caracterizaban este cambio en la
dominación de los partidos.
Todos los días aparecían en las publicaciones oficiales noticias
de la fundación de colegios, ya sostenidos por rentas municipales,
ora por esfuerzo privado con auxilio de suscripciones públicas. En
las gacetas oficiales del año puede verse una señal del espíritu
que animaba a las poblaciones, llenas de júbilo al ver que había
una escuela más o un nuevo colegio, y la decisión con que el pueblo
auxiliaba, con pequeñas suscripciones, la fundación de estos
establecimientos.
No menor idea da de las tendencias que bullían en la mente del
pueblo, el entusiasmo con que en todas partes se celebraba todo
suceso fausto, con la manumisión de esclavos; en parte, no pequeña,
emancipados liberalmente por sus amos; con el producto de
suscripciones, en otras, cediendo a favor del manumitido la suma
que debía pagar la junta de manumisión, o concediendo ésta sin pago
actual, sino con largo plazo a los fondos de este ramo para la
solución del avalúo Las manumisiones extraordinarias ejecutadas en
los años de 1850 y 1851 no bajaron de 1500, a pesar de que, por
mala recaudación de los impuestos destinados a este fin, el
producido anual no pasaba de lo necesario para pagar la libertad de
sesenta o setenta esclavos.
La fundación de sociedades democráticas era otra de las
corrientes de la época. En su origen era debido este movimiento al
deseo de fraternizar las diversas. clases de la sociedad, de
levantar a los desvalidos a la idea de la igualdad y al
reconocimiento práctico de los derechos de ciudadano libre, a la
fundación de escuelas nocturnas para enseñar a leer y escribir, a
desarrollar el espíritu de asociación en el trabajo y de
sociabilidad en las costumbres domésticas. Consideradas bajo ese
aspecto nada podía ser más civilizador, más útil en un pueblo
mantenido siempre en la reclusión del individualismo más completo.
Por desgracia, el espíritu de partido exaltado de esos días,
convirtió esas sociedades en un foco de discusión política que, en
las provincias del Cauca y Buenaventura principalmente, condujo a
excesos lamentables: no en el resto de la república; pero el
descrédito de las sociedades caucanas condujo al de todas las
demás, y la conciencia nacional desaprobó esas instituciones que,
sin ser contrarias por la autoridad ni por ley, pusieron término a
su funcionamiento.
Mucho se pensó entonces, por las municipalidades y asociaciones
particulares, en abrir caminos e introducir mejoras desconocidas en
el país.
En Medellín se formó una sociedad por acciones con el intento de
reunir un millón de pesos, para invertirlos en la compra y
colonización de tres millones de hectáreas de tierras baldías entre
el río Atrato, el golfo de Urabá y el mar Pacífico, en la previsión
de que abriéndose en un futuro no muy distante, al través de ese
territorio, el canal interoceánico, las tierras tomarían un valor
inmenso. La colonización misma seria un atractivo para la empresa
interoceánica.
El doctor Ricardo de la Parra, tan amigo del progreso, fue el
primero en solicitar privilegio para introducir telégrafos
eléctricos. Una compañía formada en Barranquilla lo pidió para
abrir "el canal de la Piña", que debía poner en comunicación una de
las bocas del Magdalena con el puerto de Sabanilla, entonces
todavía con fondo suficiente para admitir buques con veinte pies de
calado. El general José María Obando quiso organizar una compañía
que, con privilegio otorgado por el congreso, abriese un. camino de
herradura de Popayán al mar Pacífico; empresa que hasta el presente
año de 1899, parece haberse llevado a cabo por otros empresarios.
La ciudad de Cartagena quiso desde entonces abrir paso a su bahía
por la entrada de Bocagrande para evitar la gran vuelta que tienen
que dar los buques por la de Bocachica, proyecto que ocupó por
muchos años el pensamiento de los hijos de esa ciudad. Los señores
Manuel Cárdenas y Florentino González obtuvieron concesión para
comunicar el río Atrato con el mar Pacífico por medio del río
Napipí, cerca a la desembocadura del Atrato en el golfo de Urabá;
proyecto a que puso término la desgraciada muerte del señor
Cárdenas, ahogado en su viaje de regreso a Colombia, en el incendio
del vapor
|Amazonas. La desaparición de este distinguido
hombre de estado fue vivamente sentida, principalmente porque
siendo amigo íntimo del general Obando, de quien fue compañero de
destierro en el Perú, hubiera podido dar mejor dirección a las
ideas y conducta de éste. Los señores Ricardo de la Parra y
Benjamín Blagge celebraron también un contrato para poner en
comunicación los ríos Atrato y San Juan en la parte alta de aquél,
con capacidad suficiente para buques de vapor o de vela de
|doscientas toneladas a lo menos. Se concibe, pues, que sólo
se pensaba en mejorar el antiguo canal de
|Raspadura,
abierto, dice una leyenda, en el siglo pasado, por un cura de
Nóvita, y por el cual pasaban canoas de uno a otro río, y por
consiguiente, de uno a otro océano. Alguien indicó entonces que
valía más que un gobierno mismo tomase la iniciativa de realizar
esta relativamente pequeña empresa, pero que sería el principio de
una .grande obra, cuyo costo no podría pasar de tres millones de
pesos. Esa entrada en un camino de ideas de engrandecimiento
nacional, quizá hubiera sido un calmante poderoso para las pasiones
mezquinas que primaban en la política del país. Tras del canal de
Raspadura habría podido venir luego el de Napipí o el de Truandó,
en el que la República hubiera podido tener una intervención más
considerable que la que tiene hoy en el de Panamá.
No es necesario decirlo: ninguno de esos proyectos se llevó a
cabo, no tanto por culpa de la instabilidad del orden público,
cuanto porque ninguno de ellos estaba sostenido por estudios serios
y cálculos verdaderos. Había tan sólo en todos ellos la expresión
de undeseo ardiente por hacer algo que fuese progreso, el impulso
que la libertad comunica a las amias para levantar la condición del
hombre a situaciones más inmediatas al cumplimiento de su misión
sobré la tierra. En parte si, los trastornos llevaron a otras
regiones el pensamiento popular, desalentaron el espíritu de
adelantamiento, comprimieron los nobles instintos que empezaban a
abrirse camino al través de tantas dificultades.
El congreso sin embargo, continuaba dando cumplimiento al
programa liberal con la expedición de dos leyes importantes: la que
declaró absolutamente libre la expresión del pensamiento por medio
de la imprenta; y la que permitió redimir en el Tesoro Nacional los
censos que gravaban las fincas raíces, a la sola voluntad del censuatario
|1
.
|
La libertad de imprenta, con solo responsabilidad por injuria o
calumnia, había sido propuesta desde 1849 y 1850 por el secretario
de gobierno, doctor Francisco J. Zaldúa, y negada, no sólo con los
votos conservadores sino con el de algunos liberales; pero en 1851,
después de brillantes discusiones, en una de las.. cuales se
levantó el doctor Murillo, a la más alta elocuencia que le oímos en
el curso de su carrera parlamentaria, fue al fin aceptada con gran
mayoría. Las opiniones adversas alegaban: 1°
|
Que la vida
privada no es el dominio de la discusión pública sino un retiro
sagrado que, como la propiedad particular, como el santuario del
hogar doméstico, hace parte de las. libertades individuales que la
sociedad debe mantener inmunes; 2°Que los abusos en esta materia
obligarían al hombre a hacerse justicia por sí mismo, lo que sería
una fuente de riñas y escándalos perturbadores del sosiego público.
La frase de Franklin: "libertad de imprenta, libertad de garrote",
fue citada como una verdad inconcusa.
Los partidarios, de la libertad absoluta sostenían: 1°Que la
represión de la injuria y la calumnia sólo serviría para hacer que
los escritores mordaces fuesen más disimulados en su lenguaje con
el empleo de frases de doble sentido para eludir el castigo; 2°Que
la libertad con excepciones deja abierta la puerta a los ataques a
la libertad, pues en las épocas de represión arbitraria nada sería
tan fácil como erigir en injuria o calumnia toda expresión por
inocente que fuese; 3° Que la publicidad de la imprenta es una
sanción eficaz contra las malas costumbres y contra ciertos actos
inmorales que la justicia no puede perseguir por falta de pruebas
directas; 4° Que la imprenta puede considerarse ya como uno de los
órganos del pensamiento, el cual en lugar de restringirse, debe
alentarse por todos los medios posibles, como la gran facultad que
distingue al hombre de los brutos y lo levanta a una posición cada
día más alta en el orden físico como en el orden moral; 5°
| En fin, que la libertad absoluta contribuye más a calmar
los excesos del lenguaje, que no la represión. Este efecto pudo
observarse en nuestro país luego que se publicó la ley. La ley fue,
sin embargo, objetada por el presidente de la república, con la
firma del señor Plata, secretario de gobierno, pues los secretarios
Murillo y Paredes no pudieron vencer la resistencia del general
López, indignado por las acusaciones calumniosas de embriaguez y
participación o complicidad en la compañía de ladrones entonces
sometida a juicio. Las objeciones fueron declaradas infundadas, y
el proyecto pasó a ser ley. Este acto, en medio del desenfreno de
la prensa conservadora, no puede menos de dar una idea favorable a
la sinceridad de convicción de los legisladores que la expidieron,
no menos que del espíritu tolerante en el partido dueño del poder
público. La experiencia de esta medida en los treinta y cinco años
que duró en vigor, desde 1851 hasta 1855 confirmó la esperanza de
los que la expidieron, en que ella calmaría los furores del
lenguaje de los escritores públicos. Confirmada en las
constituciones de 1853, 1858 y 1863, parecía ser un progreso
definitivamente adquirido en nuestras instituciones hasta 1885, en
que el doctor Núñez, que había contribuido a su expedición, puso en
planta durante su omnipotencia un sistema abiertamente contrario a
la libertad.
La redención de censos sobre propiedad raíz en el Tesoro
público, había sido propuesta por el doctor Florentino González en
1847, pero sólo había sido admitida con el consentimiento de los
censualistas, lo cual equivalía a hacerla imposible en la mayor
parte de los casos; de suerte que las redenciones ejecutadas en los
cuatro años anteriores habían sido insignificantes. Propuesta ahora
por el secretario de Hacienda, señor Murillo -como medida llamada a
fortificar el derecho de propiedad raíz, a la vez que como recurso
rentístico para hacer frente a los gastos que imponía la guerra
civil- se permitió la . consignación de los capitales redimidos,
mitad en dinero sonante y la otra mitad en órdenes de pago a cargo
de la Tesorería General, en circulación por falta de fondos para
Cubrirlas. Además, para la redención de un capital impuesto al seis
por ciento, bastaba la consignación de la mitad de él, de suerte
que la operación equivalía para el censuatario a colocar su dinero
al doce por ciento El censo redimido se reconocía en documentos de
rentas sobre el tesoro al 6/100, con cupones representantes de los
intereses en un semestre, admisibles en pago de todas las
contribuciones nacionales; de suerte que el censualista quedaba
perfectamente seguro en cuanto al cobro de su renta. En estos
términos la operación se hizo fácil y las redenciones produjeron
inmediatamente recursos importantes al tesoro. Hasta 31de agosto de
1852,
|
daba cuenta al congreso el secretario de hacienda,
señor Juan Nepomuceno Gómez, de que la suma emitida por
reconocimientos de censos, "monta hasta la cantidad de $
214.738,58", y agrega: "pero esta suma debe ser mucho mayor si se.
atiende a que varias gobernaciones no han dado cuenta de las
redenciones hechas en sus respectivas provincias".
Las fincas así redimidas de los gravámenes que las oprimían eran
ya propiedad entera de su poseedor; podían enajenarse sin la
dificultad de que apareciesen deudas por réditos de años
anteriores; podían mejorarse y pasar de la condición de casas
viejas, abandonadas y casi en ruina, a fincas cómodas y productivas
de renta segura para sus dueños. El aspecto de las ciudades empezó
a transformarse, y de viejas ciudades españolas llenas de suciedad
y miseria, empezaron a mostrar apariencia de pueblos nuevos
republicanos.
Dos actos merecen mención especial entre los de la legislatura
de 1851. El de gratitud y resarcimiento parcial de sus grandes
servicios a la Legión Británica durante la guerra de la
independencia, y el de indemnización al señor Juan Bernardo Elbers
de los perjuicios que le ocasionó el acto arbitrario del general
Bolívar en 1829,
|
que lo despojó del privilegio para la
introducción de buques de vapor en el río Magdalena, que le había
concedido el congreso de 1823.
Aparte de la ley de agradecimiento, expedida por el congreso
constituyente de Cúcuta en 1821,
|
a Lord Holand, O'Connell y
al general Wilson, los actos de esa legión heroica hablan quedado
casi olvidados por la nueva generación. Su concurso en Boyacá, su
heroísmo en Carabobo, su valeroso comportamiento en Pichincha; sus
huesos regados desde las bocas del Orinoco hasta el volcán que
domina la ciudad de Quito, no eran ya recordados por los antes
colonos, ahora ciudadanos libres. El congreso mandó pagar sueldo
integro a los restos de esa famosa legión establecidos en el país
con sus familias. Recuerdo delicado, indicante de la gratitud de
los que sentían los beneficios. de la libertad.
El otro acto de justicia y de lealtad a los grandes. servidores
de la república, fue el de autorizar al poder ejecutivo para
contratar con el señor Elbers la parte de indemnización
correspondiente a la Nueva Granada por los perjuicios sufridos por
éste a virtud de la arbitraria revocatoria del privilegio por
veinte años para navegar por vapor en el río Magdalena, concedido
por una ley de 1823.
La navegación de este río se hacía en botes y champanes que
empleaban a la subida tres, cuatro y seis meses desde Santa Marta o
Barranquilla hasta Honda. con fletes crecidísimos, como puede
suponerse, y con sufrimientos tales para los pasajeros, que casi no
se emprendía un viaje de Bogotá a la costa o hasta Jamaica, sin
haber hecho testamento y confesión general. El comercio era, por lo
demás, insignificante entre la costa yel interior. Entre bajada y
subida del río probablemente no pasaba de diez mil cargas -o mil
doscientas toneladas- la circulación anual.
Se comprenderá, pues, que los lazos de unión entre las
provincias de la costa y las del interior eran muy pocos y estaban
expuestos a romperse el día menos pensado. La
|idea de
nacionalidad se funda en relaciones frecuentes, en intereses
comunes, en servicios recíprocos, no en meras declaratorias
escritas en las constituciones, y cuando es idea se sostiene en
comercio frecuente, en recuerdos de comunidad en horas solemnes, en
la gratitud de servicios pasados y en la esperanza de favores
futuros, nace ese otro sentimiento que se llama
|patriotismo.
La comunicación frecuente entre los hombres es, pues, un vínculo de
nacionalidad común, y eso fue lo que el señor Elbers nos trajo con
la navegación a vapor en el Magdalena.
En un principio esta navegación encontraba todos los obstáculos
imaginables. Era desconocido el lecho del río, su profundidad, la
fuerza de la corriente; faltaba combustible pronto en sus orillas;
no había carpinteros de ribera ni mecánicos, ni astilleros para las
reparaciones del casco del buque. No es, pues, de extrañar, que en
un principio se varasen los vapores y que a las veces sus viajes
fuesen tan lentos como los de los champanes. Los dos primeros
vehículos introducidos al río en 1824 y 1825, el
|Santander y
el
|Gran Bolivar, debieron de costar más de cien mil pesos;
las reparaciones y los gastos de tripulación, en tiempos en que el
producto de los fletes era menos que nulo, debieron absorber en
cuatro años una suma talvez mayor; el capital del empresario,
considerablemente mermado con los subsidios generosos que había
hecho en 1820 y 1821 a la escuadrilla y fuerzas de tierra durante
el sitio de Cartagena contra los españoles, subsidios mal
indemnizados, debía encontrarse ya en grandes dificultades. En esas
circunstancias se presentó repentinamente la revocatoria del
privilegio en 1829, sin alegarse motivos razonables y sin
facultades en el presidente para derogar por sí y ante sí una ley
del congreso. Este acto debió de causar, si no la ruina, a lo menos
perjuicios enormes, que la declaratoria de la Corte Suprema
restableciéndolo tres o cuatro años después en el goce de sus
derechos, no podía conjurar. Las administraciones ejecutivas del
doctor Márquez, el general Herrán, el general Mosquera, favorables
a la dictadura del general Bolívar, de quien habían sido agentes
inmediatos, habían rehusado toda idea de indemnización.
El congreso de 1851 la decretó, no como debía ser, de una manera
generosa, sino de acuerdo con las tristes y casi irrisorias
proposiciones del mismo señor Elbers. Según ellas, éste se
comprometía a establecer la producción de tabaco en grande escala,
en tierras desiertas entonces, en el cantón de Simití, provincia de
Mompós; y por cada mil quintales de tabaco producidos allí y
exportados, debía abonársele en las aduanas la suma de doce mil
pesos en derechos de importación. La indemnización total, a razón
de quince mil pesos anuales en diez años, se fijó en $ 154.000.
El señor Elbers se trasladó a esas soledades a dar cumplimiento
a su contrato. No tanto quería él indemnizarse de sus pérdidas
cuanto prestar al país este último servicio: el de aclimatar la
industria del tabaco en las grandes llanuras que, al terminar las
dos cordilleras Central y Occidental, se prolongan desde la
confluencia del Cauca y el Magdalena hasta el litoral del
Atlántico: llanuras en donde, algunos años después se propagó la
grande industria que tuvo por centro la población de El Carmen.
Debía de frisar ya el señor Elbers, muy cerca de los setenta años,
y a esa edad acometía la empresa de fundar colonias en el
despoblado y en terrenos insalubres! Alí murió, quizá de hambre,
pero en todo caso solo, sin recursos, en algún caney de sus recién
establecidos cosecheros. Entiendo que no alcanzó a indemnizarse de
los primeros cinco mil pesos.
En conversación particular me había referido este venerable
anciano, que al salir de Prusia, su patria de nacimiento, para
venir a buscar otra en el Nuevo Mundo, que se anunciaba como el
asilo de la libertad, había traído quinientos mil pesos en moneda
columnaria española, suma que había producido la venta de todas sus
propiedades. Toda esa riqueza, enorme en esos tiempos, fue
consagrada, primero a auxiliar los ejércitos patriotas entre 1820 y
1821, y el resto después a la introducción de buques de vapor en
nuestra arteria principal. ¡Y ese hombre no había merecido un solo
recuerdo de justicia en los veintidós años corridos desde 1829!
*
* *
Es un hecho digno de mención entre los del año de 1851 que a pesar
de los trastornos del orden y del estado crítico de las relaciones
internacionales con el Ecuador y aun con el Perú, fueran, como lo
fueron, rebajados los derechos de importación no sólo en el de
algunos artículos alimenticios, sino en el 10 por 100 de recargo
sobre la tarifa decretada en 1849 y también el precio de la sal de
veintidós a veinte reales el quintal; rebajas decretadas la una y
exigida la otra por el congreso. El espíritu liberal se dirigía
entonces, más que en épocas anteriores y posteriores, a aliviar la
condición de las clases laboriosas.
|
1
|
Con el consentimiento del censualista estaba autorizada. desde
1847, durante la permanencia del señor Florentino González, en la
secretaria de hacienda.
|
|
|