CAPITULO XXIII
LA COMPAÑIA DE RUSSI
El hurto y el robo son delitos tan comunes en todos los países
pobres, principalmente en donde al lado de la riqueza de unos pocos
se extiende la miseria del gran número, que puede llamarse vicio
crónico; pero la organización de compañías destinadas a este crimen
es un fenómeno mucho menos frecuente, de que en nuestro país sólo
había ejemplos, en este siglo, en 1826, 1833, 1842 y 1851. Parecía
que así como los miasmas engendran enfermedades epidémicas, de,
repente también, en la atmósfera moral se producen tendencias al
crimen, que se extienden, por el ejemplo, como en la atmósfera
física, por el contagio. Este es uno de esos fenómenos sociológicos
que, como las modas, como la producción literaria, como las malas
cosechas y los malos frutos de los árboles, tienen sus épocas
irregulares de aparición y sus largos períodos de inactividad.
En febrero y marzo de 1851 empezó a sentirse la frecuencia de
los robos; pero en abril y mayo fue tal su repetición, que en toda
la ciudad de Bogotá se sintió. alarma y se propagó un sentimiento
de inseguridad. Los casos más notables fueron los robos en la casa
de la señora Josefa Fuenmayor, anciana, sola y con fama de rica; el
de la tienda del señor Juan Alcina, catalán. muy desconfiado, a
quien se dice le robaron una suma considerable en onzas de oro, y
el de la casa del señor Andrés Caicedo Bastida, persona muy
respetable y muy estimada en la ciudad, atentado que se acompañó
con pormenores de audacia, perversidad y sangre fría, muy
especiales.
La Ciencia de investigación de los delitos, rama muy importante
de la policía, ha estado siempre muy atrasada entre nosotros; las
informaciones sumarias de los procesos, hechas por alcaldes y
jueces ignorantes, no dan la luz suficiente a los que luego deben
decidir sobre la culpabilidad de los acusados; cuando no hay
confesión del reo o testigos presenciales del hecho criminoso, la
convicción de los delincuentes es muy difícil. Con un defensor un
poco hábil para sacar partido de las deficiencias del sumario, la
absolución es más que probable, sobre todo en el sistema de jueces
de Derecho quienes están. obligados a fallar según una tarifa de
pruebas muy exigente, como debe ser. En esos días figuraba como
defensor de reos en casi todos los procesos el doctor José Raimundo
Russi, personaje raro, con más rasgos de tinterillo que de abogado,
cuyo conocimiento de esos estratos profundos, habitados por el
vicio y la miseria de la población bogotana, había llegado a ser
muy considerable. Era un hombre alto, desgarbado, vestido
ordinariamente de un modo estrambótico, siempre con capa larga a la
españolas de hablar afectado, de amigos y sociedad desconocidos y
su habitación estaba en una de esas calles laterales de la subida
de la Plaza de Bolívar hacia Egipto, cinco cuadras arriba de la
esquina de San Bartolomé, calles frecuentadas únicamente por las
últimas capas de la sociedad.
En los últimos años parecía ser su única ocupación la defensa en
causas criminales y de esta ocupación a tener inmediatas relaciones
con los delincuentes no había más que un paso. La prueba de la
coartada era muy frecuente para obtener absolución, hasta que Vino
a sospecharse primero y a descubrirse después, que había testigos
falsos al servicio de los reos y este era ya un principio de
coligación contra el que los jueces de derecho no tenían medios
suficientes de precaver a la sociedad. El jefe político del cantón
de Bogotá, doctor José María Maldonado Castro, había recibido una
carta anónima en que se le anunciaba la existencia de una compañía
de ladrones y se ofrecía descubrira éstos; pero en esos mismos días
apareció gravemente herido, a las siete de la noche, en la puerta
de la casa del doctor Russi, el joven Manuel Fierro o Ferro, que
agonizante ya, alcanzó a confesarse el autor de la carta y a
descubrir a los autores de su muerte como los miembros principales
de la compañía denunciada. Aprehendidos éstos la misma noche y
hechas las averiguaciones del caso con inteligencia y actividad,
sólo resultaron como pruebas directas contra el doctor Russi, como
jefe directo de la compañía de ladrones y autor principal del
asesinato, la declaración del joven Ferro, miembro de la compañía,
y una multitud de Circunstancias concomitantes.
El hecho de los robos estaba comprobado plenamente por las
declaraciones de los habitantes de las casas robadas y lo fue
últimamente por confesión de los ladrones mismos. Asimismo lo fue
el asesinato del joven. Ferro y sus autores, por las declaraciones
de la víctima y por la confesión de los culpables; no así la
participación del doctor Russi en ambos hechos, respecto de la cual
sólo había pruebas circunstanciales para completar plena prueba
sobre el testimonio de Ferro.
Afortunadamente el congreso había expedido (el 4, de junio) una
ley estableciendo el juicio por jurados para los delitos de
homicidio, robo y hurto de mayor cuantía, procedimiento que se
adoptó por primera vez en nuestro país en esa causa célebre y que
permitió la conclusión del proceso, que en otro tiempo hubiera
requerido más de un año, en poco más de treinta días. Ante un juez
de derecho hubiera sido talvez imposible la condenación del doctor
Russi al cual guardaron fidelidad hasta última hora todos sus
cómplices, excepto Ferro. Cuatro de los procesados convictos como
ladrones en cuadrilla y el doctor Russi como jefe de ésta y autor
principal en el asesinato de su cómplice, fueron condenados a
muerte y ejecutados el 17 de julio, a pesar de algunas solicitudes
de conmutación de la pena que se hicieron al presidente, movidas
por el sentimiento de horror a esta pena que ya se había formado y
extendido en esos días de predominio de la causa humanitaria. El
presidente y su secretario de gobierno, el señor Plata, se
mantuvieron firmes, y las cinco ejecuciones capitales se llevaron a
efecto el 17 de julio, en medio de las noticias de insurrección que
en esos días llegaban de Pasto, Mariquita, Neiva y Antioquia. El
jurado siguió funcionando y enviando a trabajos forzados a los
autores de robos que hacía meses dormían en las cárceles de Bogotá,
y en breve fue restablecida la seguridad de los habitantes de la
capital.
Este primer ejemplo de una institución anglosajona, poco
practicada en los países latinos, llamó vivamente la atención de
los habitantes de Bogotá y produjo profunda impresión en toda la
república. Las sesiones del jurado se abrieron en el gran salón que
tuvo la cámara de representantes en el interior de la casa
consistorial, salón no superado por el del Capitolio Nacional, en
donde habla capacidad para más de mil quinientos espectadores
cómodamente colocados, y la concurrencia no bajó de este guarismo
en los días de la reunión, los jurados fueron por casualidad
personas de carácter respetable: el venerable señor ... Triana, el
honrado e inteligente artesano de raza negra, Francisco Londoño,
tan popular y simpático, el señor Carlos Sáenz, que con tanta
benevolencia y acierto fue luego el primer director de la
penitenciaría de Bogotá, y otros dos sujetos respetables que ahora
no recuerdo. El examen de los acusados y de los testigos delante de
esa numerosa concurrencia produjo la impresión de que la publicidad
es la mejor garantía de la buena investigación. Difícilmente se
presenta el perjurio a cara descubierta delante de un público
numeroso: el delito requiere el secreto para incubarse y salir a
luz. El hombre que se siente juez de sus conciudadanos adquiere
naturalmente conciencia de su dignidad y se enaltece a sus propios
ojos. No son jueces solamente los jurados, sino todo el público que
presencia el acto, analiza los hechos y forma su opinión, la cual a
la vez sirve para depurar la de aquellos.
El hecho que llamó mucho la atención fue la firmeza e
inteligencia penetrante del fiscal, doctor Francisco Eustaquio
Alvarez. Se trataba de luchar con una asociación secreta que había
difundido el terror en la ciudad y acababa de mostrar su
disposición de ánimo Con el asesinato de uno de sus cómplices de
quien se sospechaba delación ante las autoridades: era preciso
inspirar valor a los jurados, al juez y a los testigos mismos, y
esta tarea fue cumplida de una manera perfecta por el joven fiscal,
entonces en los veintitrés o veinticuatro años de edad, a la par
que con un talento Y elocuencia que no se sospechaban. Aquí empieza
la Carrera pública de este hombre tan notable en la política
colombiana, en la segunda mitad de este siglo.
Entre los acusados sólo Russi mostró carácter superior a su
situación. Sereno siempre, moderado en sus palabras, a veces
elocuente, logró inspirar simpatía en algunos, en casi todos
conmiseración por su triste suerte. En, defensa de su participación
en la compañía de ladronas, alegó su pobreza, su vestido escaso, la
tristeza de la casa en que vivía, en la cual no se había encontrado
valor apreciable alguno. Refirió su vida, siempre triste,
perseguida por el mal éxito de sus empresas, y atribuyó su actual
posición a la lástima que siempre le había inspirado la clase
pobre, sumida en las cárceles sin defensor ni persona alguna que
velase por ella.
A pesar de esta defensa, el proceso descubría otras relaciones,
no con la clase pobre precisamente, sino con la clase codiciosa de
lo ajeno, y en lugar de benevolencia con todos una dureza
incontrastable en ciertos momentos. Se descubrió y probó que su
casa era lugar de reunión habitual de los ladrones; que con Russi
vivía en intimidad Ignacio Rodríguez, jefe reconocido y confesado
de la cuadrilla, presentándose con nombres supuestos para engañar
las pesquisas, y últimamente en su casa fueron hallados algunos de
los objetos sustraídos de las casas robadas. Dos mujeres de la
vecindad oyeron en los momentos en que Manuel Ferro era asesinado,
el nombre del doctor Russi pronunciado por aquél, lo que no dejaba
duda de su presencia en el acto del crimen, en el cual Ferro
declaró por dos veces que la primera puñalada le había sido
asestada por aquel a quien reputaba su amigo íntimo. En seguida
Russi se dirigió rápidamente hacia la calle de Florián, en donde al
entrar a una botica quiso hacer creer que sólo eran las siete de la
noche, siendo desmentido en el mismo instante por la gran campana
del reloj de la catedral que daba las ocho. Quería, sin duda,
crearse testigos para probar la coartada.
Con todo, hasta la última hora, en el momento de sentarse en el
banquillo, al cual llegó sereno y sin mostrar emoción alguna, no
cesó de proclamar su inocencia. En ese día fue ejecutado con cuatro
de sus compañeros: Rodríguez, Alarcón, Carranza y Castillo. Catorce
compañeros de cuadrilla salieron condenados a diversos años de
trabajos forzados en Panamá y Cartagena.
La instrucción del proceso se hizo bajo la dirección del doctor
José Maria Maldonado Castro, jefe político del cantón de Bogotá, y
del jefe de policía, Manuel Góngora de Córdoba, que fue quien
aprehendió a los ladrones. Desde el descubrimiento de la cuadrilla
hasta la condenación y ejecución de los reos principales, sólo
habían mediado tres meses, y cuarenta días tan sólo desde la
expedición de la ley que creó el jurado, hasta la terminación de la
causa. Ante jueces de derecho hubiera podido prolongarse por más de
un año y quizá no se habría obtenido la condenación de los
reos.
Así terminó este incidente que la prensa conservadora había
convertido en arma de acusación contra el gobierno, afirmando
descaradamente que los miembros de éste protegían a los ladrones,
participaban de los robos, y contrariando la acción de sus propios
agentes que aprehendían a los criminales, mandaban poner a éstos en
libertad. Esto parecería increíble si noestuviesen ahí las
colecciones de
|El Progreso, La Civilización, El Día y
|El
Misó foro, entre otros, y las proclamas del general Borrero y
los coroneles Manuel Ibáñez y José Vargas Paris.
A lo menos esta irrupción del delito del robo determinó la
adopción del jurado en causas criminales, en un principio tan sólo
para los delitos de homicidio, robo y hurto de mayor cuantía; pero
después se extendió a todos los delitos, como un medio de aligerar
la terminación de los procesos, como una garantía contra el empleo
de testigos falsos, como un medio de llamar la atención pública a
la propagación de la inmoralidad y de los vicios, y finalmente,
como el medio más fácil y seguro de apreciar los hechos en
reemplazo del sistema de tarifa de pruebas usado por los jueces de
derecho.
Se dijo también por la prensa de oposición que la mayor o una
gran parte de los ladrones pertenecían a La Sociedad Democrática de
Bogotá; pero ese hecho no es exacto: al contrario, esta Sociedad se
preocupó vivamente con la existencia de esa cuadrilla, expulsó de
su seno a un miembro sospechoso, y finalmente, uno de los
presidentes de ella, el señor Francisco Londoño fue uno de los
jurados en el proceso de Russi. Algunos de los más exaltados entre
sus oradores, el maestro León, herrero; José María Vega, José
Antonio Saavedra, José Antonio Quintero (Trabuco) y Francisco
Bernal, zapateros, vivieron, y aun algunos de ellos viven todavía
(i899) ejerciendo su profesión y gozando de estimación pública.
La verdadera causa de la formación de la cuadrilla de
malhechores, fue la mala organización del procedimiento judicial
que hacía interminables los procesos criminales, como lo son aún
los pleitos civiles. Este es, sin embargo, un asunto tan difícil
que ni en los países más civilizados, Inglaterra, Francia, Estados
Unidos ha podido resolverse de una manera satisfactoria.