INDICE




Capítulo I
Capítulo II
Capítulo III - El 7 de marzo Las aspiraciones liberales.?El candidato liberal.?Minoría evidente de las opiniones conservadoras.?La reunión del congreso.? Los preparativos del gobierno para el caso de un conflicto.? Los escrutinios en el congreso?La elección del general López.
Capítulo IV  Preludios de guerra civil?Furor del partido en minoría.?Publicaciones incendiarias.?Llegada del general Obando.
Capítulo V  La administración del 7 de marzo.?Preludios.   Ministerio Periodismo.
Capítulo VI  Movimiento de las ideas.?Abolición de la pena de muerte en los de delitos políticos.?Libertad de esclavos.?Libertad de imprenta
Capítulo VII  La provisión de destinos- remociones.?El general Herrán.? El señor José Eusebio Caro.?El doctor Márquez.
Capítulo VIII  Primeros trabajos de la nueva administración.?Venta por mayor de las existencias de tabaco de Ambalema.?Contrato de almacenes de sal con el señor Miguel S. Uribe.?Pago de intereses de la deuda exterior.?Discusión sobre el estado del tesoro público al principiar la nueva administración.
Capítulo IX  Las Sociedades Democráticas.?La Sociedad de Artesanos de Bogotá.?Disturbios en Venezuela.
Capítulo X  Mejoras internas acometidas.—La carretera de occidente—La comisión corográfica.  
Capítulo XI  El cólera
Capítulo XII  Estado social.?Costumbres.
Capítulo XIII  Costumbres políticas.?Hombres que figuraban en la política.? Oradores elocuentes.?Oradores razonadores.
Capítulo XIV   Comercio exterior e interior.?Artículos principales- Oro plata. ? Tejidos de lana y algodón fabricados en el país.?carnes.  ?Sombreros de nacuma -Dulces.-Tabaco.- café.- Huevos y aves de corral.?Pescado.
Capítulo XV  Otras inversiones del capital.?Construcción de edificios.?Bancos.?Vías de comunicación.?Vapores en el Magdalena.
Capítulo  XVI  Consumos alimenticios interiores.?Mercancías extranjeras.?café Azúcar.?Tejidos del país. ? Sal.?Tabaco.?Cacao.?Maíz?plátanos.?Papas.?Trigo.?Arroz.?Raíces y tubérculos. ? Arracacha.?Yuca.?Leguminosas.?Frutas.
Capitulo XVII   Rentas y gastos nacionales
Capítulo XVIII  Las mayorías en el congreso.?Abolición de los derechos sobre la siembra de tabaco.?El cólera en Bogotá.?Descentralización de rentas y gastos.?Discusiones sobre libertad de imprenta, abolición de la esclavitud, reforma de la Constitución.?Desafuero eclesiástico y renta fija a los curas.
CAPITULO XIX  (continuación)
Capitulo XX   Otros asuntos del año de 1850.  Expulsión de los jesuitas.?El cólera en Bogotá.?Candidaturas.. a la vicepresidencia de la república.
Capitulo XXI   Los Golgotas
Capitulo XXII - La guerra civil de 1851
Capitulo XXIII    La Compañía de Russi
Capitulo XXIV    Las Reformas Eclesiásticas
Capitulo XXV - Tendencias generales de la opinión pública
Capitulo XXVI   Año de 1852.  Censo de población.?Nuevas tentativas de Flores, el traidor.? Complicidad en ellas del gobierno peruano.?Actitud del gobierno granadino.- Fin de esas tentativas.
Capitulo XXVII - Cuestiones eclesiásticas
La Convención de Rionegro    Año de 1863
Nota sobre el autor
CAPITULO XXII
LA GUERRA CIVIL DE 1851

 

La oposición contra el gobierno asumió desde un principio carácter insurreccional, atribuyendo el origen de aquél a violencia ejercida sobre el congreso, y sosteniendo en seguida en el periodismo que sus actos eran semejantes a los de una pandilla de bandidos empeñados en destruir la religión cristiana, establecer el comunismo y propagar la desmoralización de las costumbres. Absurdas como parecen estas acusaciones, e increíble, como parece, que la prensa de un país civilizado hubiera descendido hasta este punto, basta leer las columnas de los principales periódicos conservadores de esos días: de |El Progreso, redactado por el señor José Maria Torres Caicedo; de |La Civilización, por el señor José Eusebio Caro; de |El Día, dirigido desde fines de 1859 por el doctor Mariano Ospina y de |El Misó foro, obra del señor Julio Arboleda, para. convencerse de la verdad de esta aserción.

El general López era acusado de embriaguez constante y de ser el jefe de la banda de ladrones organizada en Bogotá durante los meses de abril a junio; el señor Murillo, secretario de hacienda, era llamado el |impúdico ladrón, y así los demás que hacían parte de la administración.

Las calumnias llegaron hasta el punto de difundir en los lugares retirados de la capital, que las señoritas hijas de los conservadores eran entregadas con violencia a la soldadesca desenfrenada 1 . Inútil es decir que escenas de esta clase jamás se han visto en este país, en donde el espíritu de partido ha llegado a una exageración igual o poco menos a la de nuestros padres españoles; pero en donde las costumbres han sido siempre morales, realzadas por una dulzura especial en el trato humano.

Viví en la intimidad con el señor general López durante seis meses como secretario y ayudante suyo en la campaña contra la dictadura militar del general Melo, en 1854, y puedo afirmar que no le vi nunca tomar una copa de licor: apenas vino tinto en las comidas, una que otra vez. De su vida doméstica puedo decir que era respetuoso con su esposa y en extremo tierno con sus hijos; sus costumbres eran de una moralidad refinada: nunca le oí una palabra grosera, y en sus modales era un tipo de buen caballero.

Y el |gran Señor que nuestras hijas vende,
O a sus siervos, en premio, las regala,
Su tibio aliento sobre el trono exhala
Meciéndose en estúpida embriaguez!  

Los esbirros de López, el tirano,
Que él premia, que él excita, que él consiente.
Besan a nuestras hijas libremente,
|Y nosotros temblamos a sus pies!

Entonces viera el socialista infame
Si son nuestras esposas baratijas,
O impúdicas rameras nuestras hijas
O nuestra patria su infernal burdel.

 

JULIO ARBOLEDA

|(La Civilización número 85, de 10 de abril de 1851).

En cuanto al doctor Murillo, sabido es que fue secretario de hacienda, diplomático en Europa y América, presidente de la república en dos períodos, magistrado de la Corte Suprema, senador en varias ocasiones; pero hombre sencillo en su vida doméstica,  sin vicios de ninguna especie, vivió siempre en una medianía vecina de la pobreza, y sin embargo murió tan pobre que no dejó herencia ni bienes algunos a la distinguida y virtuosa matrona, señora Ana Romay de Murillo. El transcurso del tiempo ha comprobado la inexactitud de todas esas acusaciones, excepto las que se referían a los excesos a que se lanzaron las sociedades democráticas del Valle del Cauca.

Estos excesos consistieron en tres delitos: la destrucción de las cercas de algunas propiedades, con el pretexto o por el motivo verdadero, de haber incluido los propietarios tierras pertenecientes al común o egido. de los pueblos; el hecho de azotar durante las noches a algunos adversarios políticos particularmente antipáticos a los miembros de esas sociedades, hecho llamado a despertar animosidades profundas; el asesinato, en fin, de personas reputadas como jefes de la insurrección que se temía. Ignoro a qué extensión llegaría este crimen, en relación con el cual sólo recuerdo. los nombres de los señores Pinto y Morales, asesinados en Cartago; pero probablemente debió de ejercitarse sobre algunos pocos más. La prensa conservadora denunció estos hechos, exagerándolos, y la liberal, si bien los condenó a las veces con lenidad meticulosa, ensayó en otras una defensa de ellos. Se dijo que las provincias del sur eran el lugar designado para centro principal de la rebelión que se veía venir; que esos desórdenes eran efecto de la reacción natural contra el crimen de la esclavitud y de los bárbaros tratamientos de que habían sido víctima los esclavos; que era necesario despertar y sostener la opinión defensora del gobierno, para lo cual no debía extremarse la represión de sus actos. Lo cierto es que en la conciencia del partido liberal no quedó justificada la conducta de los. gobernadores de las provincias del Cauca y Buenaventura, señores Carlos Gómez y Ramón Mercado, a quienes se acusaba de falta de energía en la represión.. si no de complicidad oculta en esos atentados. Evidentemente estos sucesos contribuyeron a hacer inminente la explosión que se temía, la cual contaba con auxilios de otros agentes poderosos.

Eran éstos: la proclamación de la libertad de los. esclavos, indudable en el momento en que hubiese mayoría liberal en ambas cámaras, emancipación temida principalmente por los dueños de grandes feudos en las provincias de Popayán y el Cauca, y por los de minas de oro en estas mismas provincias y en las de Antioquia, el Chocó y Barbacoas; en segundo lugar, la irritación del clero y de las pasiones religiosas al sentir que se discutía su influencia, se combatían sus prerrogativas y se trataba de introducir instituciones contrarias a las que la disciplina externa de la iglesia católica había introducido en el código civil. Estos temores del clero se referían al desafuero eclesiástico y a la introducción del matrimonio civil —no a la separación del Estado y de la Iglesia— reforma más bien solicitada que temida entonces por aquél.

El movimiento insurreccional tenía, pues, tres cabezas: |a) el espíritu de partido excitado hasta la demencia; |b) el interés de los dueños de esclavos; |c) la exaltación del clero católico contra las reformas;  es decir, el fanatismo religioso de un pueblo ignorante a quien se quería hacer creer que iba a ser destruida la religión.

Diversos acontecimientos concurrieron a acelerar el momento fatal.

La lucha entre las sociedades democráticas y las populares dio pretexto en el mes de enero para producir un tumulto en el barrio de Santa Bárbara, que tuvo por resultado un muerto en la policía y algunos heridos entre los combatientes.

La reunión del congreso, en la que por primera vez hubo mayoría liberal en ambas cámaras, completó la obra.

El 21 de mayo fue sancionada la ley que declaraba libres los esclavos nacidos antes del 21 de julio de 1821, fecha en la que, el congreso de Cúcuta, declaró libres los partos de las esclavas. No podían existir esclavos menores de treinta años, y no se concedió derecho a indemnización por los mayores de sesenta. El derecho de los amos a ser indemnizados, se limitó a $ 160 por los menores de cuarenta y cinco años y a $ 120 | por los mayores de esta edad. Las esclavas no debían ser avaluadas, para reconocer su valor al dueño, en más de $ 120 las menores de cuarenta y cinco, ni en más de $ 8o las mayores de esta edad.

Había cerca de 20.000 esclavos, aparte de un número considerable de hijos de manumisos nacidos libres después de 1821, pero que, mantenidos en el poder de sus antiguos amos, estaban en una condición semejante a la de la esclavitud. La indemnización a los dueños alcanzó a algo más de $2.000.000 en billetes sin interés que tardaron unos veinticinco años en ser amortizados con el producto del impuesto sobre las mortuorias; pero que mantuvieron en el mercado un valor de cincuenta a ochenta por ciento. De suerte que la indemnización verdadera para los amos no pasó de un millón y cuarto de pesos, o sea un sesenta por ciento del avalúo dado por las juntas de manumisión. Como estos avalúos fueron siempre inferiores al que les daban las transacciones particulares, puede calcularse que la pérdida sufrida por los dueños de esclavos, en el precio de éstos, no bajó de un millón de pesos,. aparte de la que la desorganización de trabajos agrícolas y mineros debió de ocasionarles. Sin embargo, debe tenerse en cuenta que esta desmoralización del trabajo servil tenía su origen en la guerra de la independencia, y que no pocos de los esclavos, aparte de la in­demnización recibida por los amos, quedaron en poder de éstos prestando sus servicios en la misma forma que antes, principalmente los que estaban destinados a. trabajos domésticos.

Entre las causas determinantes de la insurrección conservadora de 1851, la abolición de la esclavitud fue quizá la que obró con más intensidad. Como se notará luego, la guerra prendió con más violencia en las provincias en donde era más poderoso el interés de los esclavos: Antioquia y las provincias del sur, en tanto que en las de la costa, centro y norte de la república los movimientos fueron insignificantes.

Menor influencia ejerció la idea fanática, que trató de despertar con toda furia, con motivo de las reformas religiosas decretadas por el congreso en este año y en el anterior, que a la verdad, fueron de consideración. La supresión del diezmo; la abolición del fuero eclesiástico; la declaratoria de que la autoridad civil no prestaría apoyo para compeler al cumplimiento de los votos monásticos, sino al contrario, la de que se daría protección al que fuese mantenido en clausura o sujeto al cumplimiento de votos contra su voluntad; y por último, la facultad concedida a los cabildos parroquiales para nombrar y presentar los curas de entre los propuestos por los diocesanos, fueron resistidas por los obispos, mas no suscitaron espíritu de rebelión en el pueblo y talvez ni entre el clero inferior.

Ninguna de estas medidas constituía un ataque a la religión, es decir, a las doctrinas predicadas por Jesucristo; ni puede decirse que los privilegios otorgados a la Iglesia Católica en otros tiempos, por los soberanos temporales, constituían dogmas sagrados que no pudiesen ser retirados después por la misma autoridad que los concedió. La supresión del diezmo no ha producido disminución sensible en las obtenciones del clero; el desafuero eclesiástico no ha sido causa de persecución ni de ataques contra los sacerdotes; la no prestación de la fuerza de la autoridad civil para compeler al cumplimiento de los votos monásticos no desorganizó en manera alguna estos establecimientos; la intervención de los cabildos, en fin, en la escogencia de los curas entre la terna o la ternaria propuestas por el diocesano, no era más que el regreso a las prácticas de la iglesia en los primeros siglos de su organización. Debemos, sin embargo, confesar que esta intrusión de la autoridad temporal en los negocios de disciplina externa de la Iglesia, no se concilia con el principio de libertad de las religiones que quisiéramos ver imperar en la república.

El hecho es que, salvo la participación de dos o tres curas dc la provincia de Mariquita que tomaron las armas y acompañaron las bandas armadas en sus marchas talvez en los combates, no se pudo observar movimientos de la conciencia religiosa de los pueblos.

Según parece, la insurrección conservadora había sido decidida entre los jefes del partido con bastante anticipación, siguiendo las tradiciones ya conocidas de esta clase de movimientos; es decir, empezando por las extremidades del territorio, en donde se hace sentir menos la influencia del centro gubernamental y extendiendo luego los movimientos de la circunferencia hacia el centro. En el caso conservador se empieza en la extremidad sur (Pasto), en donde, desde la guerra de la independencia, ha predominado la idea conservadora; así como en el caso liberal se ha dado principio la extremidad norte (Socorro y Cúcuta).

En 1851 | principiaron los movimientos en el mes de abril, encabezados primero por el coronel Manuel Ibáñez e inmediatamente después por el señor Julio Arboleda.

El estallido de las pasiones revolucionarias que se creyó debía ocurrir en los últimos días del mes de abril (el 23), en las provincias de Pasto y Túquerres. sonó al fin el 10 de mayo en el pueblo de Chaguarbamba, cerca de Pasto, encabezado por el coronel Manuel Ibáñez, un clérigo Santacruz, los doctores José Francisco y Juan Bautista Zarama, un señor Chaves y otros, en número de doscientos hombres, poco más o menos. El coronel Manuel María Franco fue en busca de ellos el 3, y después de un corto tiroteo se dispersaron, tomando la dirección de la provincia de Túquerres, en donde, perseguidos, pasaron el Carchi y se refugiaron en el Ecuador. Según refirieron varios prisioneros tomados en el combate de Anganoi y examinados bajo de juramento, en el pueblo de Tulcán recibieron de los jefes ecuatorianos estacionados allí, de doscientos a trescientos fusiles y cinco cajas de pertrechos. Con este refuerzo volvieron en número de quinientos hombres, encabezados por el coronel Manuel Ibáñez, obligaron al gobernador de Túquerres, coronel Tomás España, a replegarse al lado norte del Guáitara y presentaron combate a las fuerzas del gobierno, el 11 de mayo, en el sitio de Anganoi, pero. fueron fácilmente derrotados. Al acercarse las tropas del coronel Franco a la frontera del Ecuador, en la persecución, las del gobierno ecuatoriano evacuaron rápidamente a Tulcán.

No pudo, sin embargo, el jefe granadino impedir, en una frontera abierta de muchas leguas, que los de­rrotados volviesen a ampararse en territorio ecuatoriano, ni impedir que a su retaguardia se organizasen nuevas guerrillas en la provincia de Pasto, que al fin lo obligaron a desamparar a Túquerres y regresar al norte. Estas guerrillas eran de poca importancia, y según se vio después, tenían por objeto dejar abierto el campo a la nueva expedición que con auxilios de más significación traía del Ecuador el verdadero jefe militar de los conservadores, el señor Julio Arboleda. Este sí era un talento militar de primer orden.

Nacido en 1817, había recibido una educación superior en Francia, España e Inglaterra, e iniciándose en las faenas militares durante la guerra civil de 1840 a 1842, en las cuales ganó el grado de teniente coronel. Estaba, pues, en 1851 en toda la fuerza de la juventud, y creyéndose arruinado con la emancipación de los esclavos de los que era un gran propietario y juzgaba indispensables para sus grandes haciendas— estaba animado con toda la fuerza de la pasión. Tenía grandes talentos y una prodigiosa actividad física. Con la cooperación del gobierno ecuatoriano y los derrotados de Anganoi, logró en pocos días organizar una columna de más de ochocientos hombres, con la cual, a la retirada del coronel Franco hacia Pasto, ocupó la provincia de Túquerres y penetró en seguida en esta última. Dando un rodeo sigiloso, se interpuso entre esta provincia y la ciudad de Popayán, que servía de base de operaciones al ejército del gobierno; pero allí se encontró con un militar muy capaz de medirse con él. Comprendiendo este propósito y sabedor al mismo tiempo de que venia de Popayán otra columna a órdenes del general José María Obando, probablemente inferior en número a la de Arboleda, persiguió a éste rápidamente y lo obligó, para no verse colocado entre dos fuegos, a presentarle combate en las inmediaciones del pueblo de Buesaco el día 10 de julio. Recio fue el encuentro: resistieron valientemente las huestes pastusas; pero al fin fueron debeladas por las cargas de caballería que con la guardia nacional de Patía les dio el veterano guerrero formado en los campos de Bomboná, Junín y Ayacucho. A las doce del día había empezado el tiroteo y a las cinco de la tarde ya estaban en completa dispersión los revolucionarios, que dejaron más de cincuenta muertos en el campo, pero pudieron retirar la mayor parte de sus heridos.

Este combate fue decisivo. Desalentado Arboleda, disuelta su gente, perseguido aquél en todas direcciones, sólo en el Perú creyó encontrar seguridad, y allá se refugió hasta 1853. Faltaba ahora arreglar las responsabilidades en que pudiera haber incurrido el gabinete ecuatoriano, puesto que el congreso, por unanimidad de votos, inclusive los de seis u ocho conservadores —entre ellos los señores general Borrero, Antonio Olano, Manuel Maria Mallarino— habla auto­rizado al Poder Ejecutivo para declarar y hacer la guerra a esa república hermana. Al efecto, fue reforzada la división que cubría las provincias de Pasto y Túquerres hasta más de dos mil quinientos hombres a órdenes del general José María Obando.

Los movimientos en la provincia de Popayán, que en un principio se juzgó podían ser graves, no lo fueron. Los coroneles Jacinto Córdoba, Manuel Delgado y Juan Gregorio López debían ser sus jefes, y en efecto se pronunciaron en el pueblo de Patía, a fines de mayo o principios de junio; perseguidos rápidamente por fuerzas de guardia nacional organizadas en Popayán, desalentados por la derrota de Ibáñez en Anganoi y sin encontrar cooperación suficiente, depusieron las armas y se sometieron a las autoridades legales en pocos días.

Los gobernadores de las tres provincias de Popayán, Pasto y Túquerres fueron los señores Rafael Diago, coronel Rafael de Guzmán y coronel Tomás España; la de Popayán fue desempeñada también por el doctor Andrés Cerón.

Parece indudable que los revolucionarios obtuvieron auxilios considerables del gobierno del Ecuador, presidido entonces por el señor Diego Novoa. Al efecto, mientras el coronel Ibáñez verificaba su pronunciamiento en los pueblos de la provincia de Túquerres, el señor Julio Arboleda, fugado de la cárcel de Popayán, se dirigía a Quito, de donde regresó en el mes de mayo a ponerse al frente de las fuerzas insurreccionadas. La abundancia de armamento y municiones que éstas presentaron después, es indicio de la complicidad del gobierno del Ecuador, que se refuerza con la correspondencia cariñosa entre el coronel Ibáñez y el señor Vicente Aguirre, secretario de lo interior del gabinete ecuatoriano, interceptada por las fuerzas que comandaba el entonces coronel Franco (Manuel Maria) y publicada en las gacetas oficiales de Bogotá y en el |Neogranadino, y se confirma últimamente con el veredicto de los mismos pueblos ecuatorianos, que desconocieron después victoriosamente el gobierno del Señor Novoa, fundados, entre otros motivos, en la violación de la neutralidad debida a la Nueva Granada durante la rebelión de Ibáñez y Arboleda.

Sin embargo, esos movimientos no lograron conmover el resto de la república, por falta de opinión, primero, y después, por falta de elementos necesarios para luchar contra las fuerzas del gobierno.

La insurrección más notable fue la de Antioquia, facilitada en los momentos en que, por ponerse en práctica la ley que dividió en tres provincias la de Antioquia, hubo desorganización en el personal gubernativo de ellas. El 10 de julio debía empezar con la nueva división territorial las funciones de los nuevos gobernadores. El doctor José María Fabio Lince estaba destinado a la de Medellín, pero no pudo, por causa de enfermedad, ocupar el puesto; en la de Córdoba apenas alcanzó a tomar posesión el doctor Antonio Mendoza, y el señor Manuel del Corral, designado para la de Antioquia, apenas pudo desempeñarla por pocos días.

El 30 | de junio por la noche se reunieron en el pueblo de Belén, dos leguas distante de Medellín, en número de menos de trescientos hombres, los revolucionarios, encabezados por el general Eusebio Borrero, y dirigiéndose, al siguiente día, a la capital, evacuada por los funcionarios legítimos, la ocuparon sin resistencia, tomando las pocas armas y municiones que había en ella. Un testigo presencial respetable, el señor José Justo Pabón, muerto tres años después cuando, como gobernador de la provincia de Antioquia, fracción de la del mismo nombre, quiso reprimir un movimiento sedicioso en apoyo de la dictadura militar del general Melo— expresa la siguiente opinión acerca del movimiento antioqueño, en declaración jurada que rindió ante el alcalde de Nare el 22 de julio:

“La revolución de Antioquia no está, como creen algunos, sostenida por unos pocos hombres sin fe y sin. honor, sino al contrario, por casi todos los propietarios y padres de familia honrados, a quienes, como he dicho ya, se esfuerza Borrero constantemente en persuadir que si permanecen inertes, vi no lo auxilian, sus propiedades serán robadas, sus esposas e hijas violadas por |los rojos y destruida la religión de sus padres; por manera que los rebeldes de la antigua provincia de Antioquia pueden clasificarse así: unos pocos perversos que abusan de la credulidad del pueblo antioqueño, y éstos son los cabecillas: algunos partidarios de los jesuitas que juzgan que la consecuencia precisa de la rebelión será el regreso al país de los. padres de la Compañía, y muchos hombres de bien que al ponerse en armas no han pensado sino en salvar sus propiedades y familias que creen en inminente peligro. A estos últimos se les dice constantemente que el gobierno ha indultado a los ladrones de Bogotá y que aprueba cuantos excesos quieran cometer |los rojos del Valle del Cauca; así es que tengo muy fundadas esperanzas de que ellos depondrán las armas tan pronto como se les persuada de que han sido engañados infamemente. Como prueba de lo que he dicho presento un boletín que se publicó en Medellín el 6 de julio...”

|Y agrega allí mismo: “Las noticias que circulaban en Medellín antes de mi salida (el 15 de julio) era que la república entera debía haber sido conmovida el 1 de julio, y que tanto el presidente de la república como | el vicepresidente y secretarios de estado habían sido asesinados en Bogotá.

“Las fuerzas de las facciones de la antigua provincia de Antioquia, constaban, hasta el día de mi salida de Medellín, cómo de mil quinientos hombres, todos reclutas y muchos de ellos incapaces de pelear.”

Los hombres más notables que encabezaban estas fuerzas eran: el general Eusebio Borrero, los doctores Pedro Antonio Restrepo (abogado), Juan Crisóstomo Uribe (médico), Manuel Canuto Restrepo (presbítero), y los señores Rafael María Giraldo y comandante Francisco Giraldo; el primero con el título de |jefe civil y militar del Estado federal de Antioquia; segundo, de secretario general; el tercero, de jefe de estado mayor; el doctor Rafael Giraldo, gobernador de la provincia, y el comandante Giraldo, comandante general; el presbítero Restrepo sería capellán mayor. Figuraba también el nombre del entonces coronel Braulio Henao; pero como luego se verá, este apareció comprometido contra su voluntad y fue el primero en separarse de la insurrección luego que se convenció, de que eran falsos los motivos alegados como causas determinantes de ella.

Los revolucionarios proclamaron como bandera política el establecimiento del sistema federal en la república y | la reunión de una convención nacional que Treorganizase el país |Federación y Convención fue, pues, el lema de su bandera.

Hasta mediados de julio sólo en Medellín habla aparecido la idea revolucionaria; las nuevas provincias de Córdoba y Antioquia permanecían tranquilas; pero esa ciudad es a un tiempo la cabeza y el corazón del territorio antioqueño y su influencia es hasta ahora irresistible. Con un tacto que revelaba conocimiento perspicaz del carácter de esas poblaciones, en lugar de procedimientos bruscos y altaneros, el secretario general, doctor Restrepo Escovar, envió a esas secciones. un comisionado |liberal muy respetable a solicitar la incorporación de ellas en la empresa medellinense, con autorización para ofrecer toda clase de garantías a los no revolucionarios, es decir, a los liberales. Para esta misión fue designado el señor Marcelino Restrepo, persona que, por su notoria probidad, carácter bondadoso y extensas relaciones comerciales, era la más adecuada para el efecto. Con la convicción de que en las circunstancias del momento era inútil empezar allí la guerra civil, el señor Marcelino Restrepo, trasladado a la ciudad de Antioquia, celebró un convenio con los gobernadores de las dos provincias, en virtud del cual entregaron éstos las armas de que disponían y la revolución dominó desde entonces todo el territorio de las tres secciones.

En las provincias de Mariquita y Neiva la erupción de partido se limitó a los distritos de Mariquita, purificación, San Luis y el Guamo, en donde dos grandes feudos, restos de las antiguas encomiendas de los días de la conquista, pertenecientes a las familias de Vianas, Caicedos y Leivas, sirvieron con sus dependientes y arrendatarios de primera base a la facción.  A ella se agregaron dos o tres clérigos, cura de Ambalema el uno, y del Guamo el otro, y algunos militares. sin colocación. A los señores Francisco y Domingo Caicedo y los Leiva y los señores Mateo y Diego Viana, se unieron el comandante José Vargas París, llamado comúnmente |el mocho, y el señor José Maria Ardua, propietario de una hacienda inmediata a Facatativa, y ese fue todo el movimiento popular, que sin embargo pudo armar en pocos días quinientos o más hombres montados, armados de lanza en su mayor parte, algunos también con carabina, armas a propósito para el combate en esas llanuras.

La situación del gobierno en Bogotá era complicada y difícil. Las discusiones del congreso sobre cuestiones en extremo delicadas, como el desafuero eclesiástico, la emancipación de los esclavos sin poder ofrecer a los dueños una indemnización inmediata, la libertad de imprenta absoluta, la traslación del derecho de escoger los curas de las parroquias, de la autoridad del gobierno a la de los creyentes mismos en cada lugar, la responsabilidad del gobierno del Ecuador por los auxilios que, se decía, prestaba a los revolucionarios de Pasto y Túquerres, la actitud dudosa del Perú, cuyo gobierno había rehusado admitir como representante diplomático de nuestro país a un personaje entonces tan popular como en general Obando, etc.; las reclamaciones de los obispos, encabezadas por el arzobispo Mosquera, contra las reformas religiosas que se discutían en el congreso; la correspondencia diplo­mática tan enojosa que se sostenía con el delegado de la Santa Sede sobre los mismos asuntos; la temible compañía de ladrones organizada en Bogotá, que tanta alarma difundió en los meses de marzo a junio; la exageración de ideas de algunos partidarios de la administración que no veían peligro alguno en acumular las reformas en un corto espacio de tiempo; la perturbación del orden público que se veía venir con tan pocos elementos de ejército y tesoro disponibles para combatirla; las ambiciones personales en la sucesión a la presidencia de la república que ya empezaba a sospecharse: todo eso creaba en los miembros de la administración y en el país mismo, una sensación de inquietud, de duda. Muy fácil es no hacer nada, como en cierto modo se proponen los partidos conservadores: muy difícil es emprender reformas pensando que una vez entrados en este camino será muy fácil detenerse el día que se quiera. Error funesto: hay una pendiente resbaladiza en la lógica de las empresas humanas, sobre todo en los asuntos fiados a la voluntad popular, que son tanto de temerse las caídas, como es de esperarse el buen éxito. Al menos éste es el resumen de la experiencia en una vida algo larga.

La dificultad principal consistía en la proximidad de los levantamientos cuya fuerza no se podía prever:  se abrigaba, sí, confianza en la opinión pública que en todas partes se mostraba animosa y resuelta, por lo cual no hubo necesidad de apelar a medidas de violencia y provocación. Antes al contrario, se juzgó que era indispensable poner término a los desórdenes del Valle del Cauca, que las autoridades locales habían sido impotentes para reprimir, y para ello fue enviada la persona más competente por su valor y carácter caballeroso, el general Tomás Herrera, con encargo de pasar en seguida a dominar la revolución antioqueña.

Para combatir las huestes que empezaban a apoderarse del valle del alto Magdalena, fue enviado el general Rafael Mendoza con el batallón 5°, el último veterano disponible, pues los otros habían marchado a Pasto y a la frontera del Ecuador. En Bogotá sólo quedaban: un regimiento veterano de caballería, re­gido por el general Melo, dos compañías de artillería y las compañías de la Escuela Republicana y Sociedad Democrática. En los pueblos de la sabana, piquetes de voluntarios, de infantería y caballería, a las órdenes del entonces coronel de guardia nacional Evaristo La torre, persona notable que, a una actividad singular para el trabajo agrícola, unía valor a toda prueba y relaciones extensas en toda la sabana.

En las provincias de Tunja y Tundama hubo conatos de insurrección que fueron prontamente sofo­cados: uno de ellos, que debía encabezar el señor Juan Nepomuceno Neira —hombre valeroso, inteligente, pero de un espíritu de partido exageradísimo,— terminó con la prisión de éste, de la cual quiso fugarse atropellando al centinela del cuartel, en cuya operación fue herido de muerte. Figuraba como el presunto jefe de la revolución en esas provincias.

En las provincias de Vélez, Socorro, Pamplona y Cúcuta (Santander) no se temía, ni recuerdo que hubiese, trastorno alguno. Otro tanto sucedía en las de la costa atlántica. El pie de fuerza en tiempo de paz no podía exceder de dos mil hombres, de suerte que la mayor parte de esas provincias debió de quedar desguarnecida y la tranquilidad pública fiada a la opinión popular.

Según se creyó entonces por las autoridades, la insurrección debía empezar en Bogotá y poblaciones aledañas en los días 20 a 25 de junio; pero probablemente las precauciones adoptadas impidieron la ejecución del plan, la cual se reservó para el 20 de julio. El 18, Sin embargo, habiendo sabido el jefe político de Facatativaá que en la vecina hacienda de |Corito, de propiedad del señor José María Ardila, había reunión de gente sospechosa, se dirigía a registrar la casa, acompañado por ocho o diez hombres, cuando salió Ardila con veinte o veinticinco hombres armados de lanzas, que atacaron a la pequeña escolta de la autoridad, mataron a dos hombres de ella y se retiraron ya en son de guerra. Este fue el principio del movimiento. Inmediatamente dio el grito de rebelión en Guasca, el doctor Pastor Ospina, con algunos partidarios que le acompañaban,  y el motín, que estaba preparado en Bogotá, parece que abortó. Dos o tres días después fueron descubiertos en la casa de unos señores Benito Latorre e Isidro Chaves, y quizá en otras, depósitos de bayonetas y Lanzas armadas en palos, de bombas, que se decía preparadas para lanzarlas contra la caballería, y algunas escopetas y carabinas. El 23 de julio estaban reunidos en casa del señor Mariano Ortega unos treinta miembros de la Sociedad Filotémica, armados de pistolas, carabinas y calzados de alpargatas como para emprender viaje, talvez a unirse con el señor Pastor Ospina en los páramos de Guasca, cuando fueron sorprendidos por un piquete de la Escuela Republicana, que aprehendió la mayor parte de ellos. El mismo día, si no me engañan mis recuerdos, fueron alcanzadas, dispersas o aprisionadas las gentes que había allegado el señor Pastor Ospina, por otras que comandaba el coronel Latorre. En este encuentro se distinguió especialmente el entonces teniente Juan de Jesús Gutiérrez. El 30 fue descubierto el doctor Mariano Ospina —que disfrazado, atravesaba a las siete de la noche la plaza de Bolívar;— llevado al Colegio de San Bartolomé, donde estaban ya don Pastor, el coronel Emidgio Briceño y otros revolucionarios notables. En ese mismo mes de julio fueron debeladas las partidas que, en las inmediaciones de Cali y de Palmira. en el pueblo de Candelaria y en Jamundí, trataron de levantar la bandera de rebelión. La presencia del general Herrera había sido muy favorable para restablecer el orden, inspirar confianza y organizar fuerzas con qué emprender la campaña de Antioquia. Por lo demás, no aparece que en el alto Valle del Cauca (provincias de Cauca, Buenaventura y Popayán) hubiese contado con opinión decidida la idea revolucionaria, cuyos jefes parecían ser los seño­res Manuel Antonio Sanclemente, Fidel Méndez, Carlos Salcedo y Cayetano Delgado, en la provincia del Cauca; el comandante Antonio Boso en la de Buenaventura, y los señores Jacinto Córdoba y   .......en la de Popayán. Con muy pocos elementos de armas y municiones |1 , el general Herrera se movió sobre Antioquia a fines de julio: en el camino incorporó en sus fuerzas los destacamentos que, a órdenes de los comandantes Alzate y Solarte, habían marchado con .anticipación, y en el camino de Salamina a Abejorral recibió el 19 de agosto 370 fusiles con sus municiones respectivas, que entregó el coronel Henao, y ciento treinta más que llegaron de la Buenaventura. Con es­tas armas consideró ya suficientemente provista una división de poco más de 1.200 hombres, con la que se internó en el corazón de las montañas antioqueñas.

Entretanto, en la provincia de Mariquita había tenido lugar un triunfo que aseguró la tranquilidad, no sólo del valle del alto Magdalena, sino la de todo el centro de la república: el combate de Garrapata.

El coronel Rafael Mendoza con una columna de 200 veteranos del batallón 5°, 200 guardias nacionales y 40 | hombres de caballería, se movió de Honda hacia Mariquita y la hacienda de |La Esperanza el día 5 de agosto y al pasar, el 6, la garganta de la quebrada de Lumbí y desembocar al llano de Garrapata, su vanguardia, compuesta de infantería veterana, tropezó con la caballería de los insurreccionados compuesta de cerca de 500 hombres. Sorprendidos aquellos apenas tuvieron tiempo para formar grupos de a cuatro. contra caballería, en cuya operación fueron lanceados por enemigos muy superiores en número, que pudieron rodearlos y atacarlos por todos lados. En este ataque se distinguió principalmente el joven Vicente Ibáñez |, hasta que atravesado a bayonetazos expiró. Tanto la muerte de este joven como la llegada del resto de la infantería, que con descargas cerradas a poca distancia dispersaron las bandas indisciplinadas de los asaltantes, pusieron término al combate. El principal héroe de la jornada fue el comandante Mariano Muñoz, del 59, quien al consejo dado por uno de sus oficiales de retirarse delante de fuerzas muy superiores. en un llano abierto, contestó: “No, veteranos no se retiran delante de montoneras”. Muñoz fue uno de los heridos por la lanza del joven Ibáñez; pero pudo vivir después por largos años. La insurrección en esas dos provincias terminó completamente; los jefes más notables fueron hechos prisioneros a los pocos días y la fuerza vencedora pudo ponerse en camino para Antioquia a reunirse con otra fuerza invasora que a órdenes del coronel Joaquín Acosta, se internaba por la vía de Nare; las cuales debían obrar en combinación con la columna principal del general Herrera.

Entretanto, principiaba a deshacerse el nubarrón de Antioquia, como lo había juzgado el joven Pabón, luego que empezó a conocerse la inexactitud de los hechos que se dieron por causa de la rebelión. El coronel Braulio Henao, el jefe más valeroso y de prestigio con que contaban los insurrectos, fue el primero en quejarse de haber sido indignamente engañado y en. manifestar su resolución de entregar las armas de la fuerza de su mando a las tropas del gobierno. Conocida su disposición de ánimo y avisado de ella el general Herrera, su amigo y antiguo compañero de armas en la guerra de la independencia, éste le escribió una carta ofreciéndole indulto para él y sus amigos. Henao entonces provocó una junta de guerra, en la que, de acuerdo con Borrero, convinieron en solicitar indulto mediante entrega de las armas, y en efecto, éste escribió en tal sentido el 17 de agosto al general Herrera. En su contestación el jefe representante del gobierno accedía al indulto solicitado, pero exceptuaba de él a los cabecillas.

El coronel Henao por su parte desarmó la gente que le seguía, compuesta toda de vecinos de Sonsón y Salamina, y entregó en el alto de |Las Cales, las armas, que eran 370 fusiles y 14 carabinas con las municiones correspondientes. No así el general Borrero, cuyos auxiliares, movidos por las exportaciones de algunos clérigos poco cristianos, entre ellos el doctor Manuel Canuto Restrepo, que ofrecieron ser los primeros en atacar con puñal en mano al enemigo; cuyos auxiliares, digo, lo hicieron desistir de todo pensamiento de capitulación.

El general Herrera se movió de Salamina —en donde habla establecido su base de operaciones y el lugar de concentración de las columnas en vía sobre Antioquia— hacia Abejorral, población que ocupó. El general Borrero acampado con su ejército en el alto de |Las Coles, cerca de Salamina, se retiró precipitadamente hacia Medellín a esperar el resultado de su propuesta capitulación; pero de allí volvió sobre Abejorral, posición que atacó el 7 de septiembre, probablemente al saber la proximidad de las columnas que a órdenes de los coroneles Mendoza y Acosta se internaban al corazón del territorio antioqueño. Flojo debió de ser el ataque, pues a pesar de haber ocupado unas eminencias que dominaban la población de Abejorral, conservadora en gran mayoría y de tener números que se dijeron ser dobles de los de su adversario, éste pudo retirarse durante la noche, falto de municiones a Ríonegro, población liberal, más de ocho leguas distante, sin ser incomodado en el camino. El 9 alcanzó a preparar todas las municiones que necesitó para vencer. Esa retirada de noche, después de un día entero de combate, por caminos fragosísimos y teniendo que atravesar un río torrentoso sobre un puente de hamaca improvisado, y sin embargo, ejecutada en buen orden y sin perder sino algunos cansados, es una de las mejores operaciones militares que dan alta idea de la serenidad y confianza de general Herrera. No menos, da alta idea de la infantería caucana que, una vez sometida a la regla de la disciplina, es una de las más sufridas e inquebrantables que se encuentran en nuestro país. En ella se distinguió por su activa cooperación a la obra del puente, el joven Clodomiro Ramírez, natural de Antioquia, que debía hacerse notable después en 1854 y morir como un héroe en Güepsa, en 1859.

No pasaría de 800 o a lo más 1.000 hombres, la fuerza de esta división: alimentada y descansada el día 9, a las once de la mañana del siguiente tuvo que enfrentarse con la del general Borrero, que se decía, representaba un número doble, en lo que sin duda hay exageración, pues entonces no había, como ahora, tantas armas en los parques o regadas en poder de los particulares. Puede calcularse que había 1.500: dos terceras partes armados de fusil y el resto de escopetas y lanzas: también tenían una o dos piezas de artillería. Excusado es decir que las breñas antioqueñas no admiten caballería para las operaciones militares sino en muy raros casos.

El general Herrera había situado su línea de batalla sobre la colina del cementerio que domina el ,caserío de Ríonegro, y el grueso de su fuerza quedaba defendido por las paredes de aquél. Los asaltantes creyendo sin duda que la retirada desde Abejorral envolvía una derrota, atacaron con la impetuosidad antioqueña, muy semejante a la furia francesa, esperando terminar de un golpe el combate. En lugar de enemigos descorazonados, hallaron una resistencia tenaz que los obligó a proceder con más cautela: renovando la acometida encontraron la misma firmeza, lo cual empezó a desalentarlos. Entre las muchas altas dotes del soldado antioqueño, no se cuenta generalmente la de la constancia: rechazado dos veces, sobre todo cuando no merece todas sus simpatías la causa que sostiene, pasa pronto al desaliento. Esto sucedió ven Ríonegro: del desaliento a la derrota solo hay un paso: probablemente tampoco había en sus filas un hombre que con su ejemplo reanimase el valor del soldado. El general Borrero, anciano, tal vez enfermo, convencido ya quizá de la falta de opinión de su causa, se había retirado del combate, según afirmaron sus adversarios, desde antes de las cuatro de la tarde. A las seis de la tarde oficia el general Herrera al gobierno: “El triunfo ha sido tan espléndido que los rebeldes no podrán rehacerse |jamás.” |

En efecto, este rechazo terminó completamente la insurrección antioqueña y sus tres provincias quedaron en completa paz. A este resultado contribuyó también la generosidad de los vencedores que recibieron amistosamente a los prisioneros y trataron con el mayor cuidado a los heridos, sin distinción de vencedores y vencidos. La nobleza de carácter del general Herrera se mostró de un modo eminente y no menos la de la población de Ríonegro.

Digna es de notarse en el curso de esta insurrección, la lealtad de que dieron muestra algunos militares cuyas opiniones políticas no coincidían con las del gobierno, que sin embargo abrazaron con fidelidad la defensa del orden y de las leyes. Entre ellos recuerdo al general Joaquín María Barriga, el coronel Joaquín Acosta, los comandantes Antonio Rubio —que se distinguió en Garrapata— Pedro P. Prías —que dirigió la única carga de caballería que terminó el combate de Rionegro— José Antonio Concha, y el entonces capitán Antonio Narváez, que organizó y comandó la compañía de la Escuela Republicana, todos los cuales merecieron el agradecimiento especial del gobierno y fueron ascendidos al grado inmediato en la Jerarquía militar.

También merece notarse a propósito de esta guerra civil la lenidad y ausencia de rencores que exhibió el partido vencedor, por primera vez quizá en nuestras. luchas domésticas. En 1828, represión sangrienta y arbitrariedad salvaje; en 1831, | destierros; en 1833, | severidad implacable, fusilamientos; en 1841 y 1842, fusilamientos, destierros, confinamientos y leyes de medidas de seguridad. En 1851 no se vio nada de esto. Desde el 15 de agosto, cuando aún estaba en todo su vigor la rebelión antioqueña, ya el Poder Ejecutivo expedía su primer decreto de indulto a todos los vencidos que se presentasen a las autoridades, y apenas había corrido un mes después de la victoria de Ríonegro, cuando ya aparecía un indulto de que sólo trece personas quedaban nominalmente exceptuadas: los dos señores Ospinas, Julio Arboleda, el general Borrero, los cuatro jefes principales de la insurrección de Mariquita y Neiva y otros cinco de menor importancia; pero, sin embargo, antes de un año, ya estaban todos amnistiados. El señor Mariano Ospina que no fue aprehendido en campo de batalla, fue juzgado ante un tribunal ordinario, y aun cuando por notoriedad él era el jefe de la rebelión, fue absuelto por falta de pruebas directas; señal de que la acusación no se hizo con mucha severidad. A este espíritu de magnanimidad contribuyeron poderosamente los discursos y publicaciones de la Escuela Republicana, y es indudable que este es un rasgo distintivo de la causa liberal.

La insurrección conservadora quedó completamente vencida: había resultado débil y aun ridícula: no había proclamado ninguna idea importante; pero si ocasionó una notable pérdida de vidas, un gasto inútil de más de dos millones de pesos al Tesoro nacional, desmoralización y rencores profundos.

El pie de fuerza nacional empezó a levantarse desde que en el mes de marzo se presentaron los primeros alzamientos en la provincia de Túquerres y sucesivamente debió de subir a los 10.000 hombres permitidos por la ley, así:

En las provincias de Pasto y Túquerres, a.............. 2.500
En las de Popayán, Buenaventura y Cauca, a.........  2.500
En las de Mariquita y Neiva, a ............................. 1 .500
En Antioquia (deduciendo las procedentes
del Cauca) ............................................................ 800
En la de Bogotá................................................... 1.500
Guarniciones, en el resto de la república ................ 1.200
                                                                          10.000

Y el gasto de esta fuerza, entre pré del soldado, municiones, correaje, vestuario, traslación a sus diversos.. acantonamientos, marchas, hospitales, etc., no puede estimarse, en esos tiempos de baratura, en menos de un peso diario por cabeza, sobre todo teniendo en cuenta que en esas épocas de desorden sube de proporción el número de jefes y oficiales. Ahora bien, $ 10.000 diarios en seis meses, suman el guarismo de dos millones.   

Los muertos en los combates quizá no pasaron de 300; pero las pérdidas causadas por las enfermedades, las heridas, las marchas forzadas, debieron de pasar de 1 .500. Los sufrimientos en los hogares abandonados son superiores a toda ponderación.

El gasto impendido por los revolucionarios debió de ser de mucho menos importancia, nunca, eso sí, despreciable. La paralización de las empresas y trabajos, por consecuencia de la inseguridad, vale algunos millones de pesos.

Lo peor de todo es el odio feroz que se alimenta con esas escenas de sangre, con las violencias y brutalidades que acompañan a la marcha de los ejércitos, al ejercicio de autoridad sin freno de que se encarga a los peores caracteres en todos los pueblos. Esa saña inexplicable que se traduce luego en oposición a todo y en aplauso a lo que es sentimiento brutal y pasiones salvajes, es lo que se denomina “espíritu de partido”.

1 |  Poco más de cien fusiles y catorce carabinas, según in­formó el general Herrera a la secretaría de guerra en oficio de 122 | de agosto.

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