CAPITULO XXII
LA GUERRA CIVIL DE 1851
La oposición contra el gobierno asumió desde un principio
carácter insurreccional, atribuyendo el origen de aquél a violencia
ejercida sobre el congreso, y sosteniendo en seguida en el
periodismo que sus actos eran semejantes a los de una pandilla de
bandidos empeñados en destruir la religión cristiana, establecer el
comunismo y propagar la desmoralización de las costumbres. Absurdas
como parecen estas acusaciones, e increíble, como parece, que la
prensa de un país civilizado hubiera descendido hasta este punto,
basta leer las columnas de los principales periódicos conservadores
de esos días: de
|El Progreso, redactado por el señor José
Maria Torres Caicedo; de
|La Civilización, por el señor José
Eusebio Caro; de
|El Día, dirigido desde fines de 1859 por el
doctor Mariano Ospina y de
|El Misó foro, obra del señor
Julio Arboleda, para. convencerse de la verdad de esta
aserción.
El general López era acusado de embriaguez constante y de ser el
jefe de la banda de ladrones organizada en Bogotá durante los meses
de abril a junio; el señor Murillo, secretario de hacienda, era
llamado el
|impúdico ladrón, y así los demás que hacían parte
de la administración.
Las calumnias llegaron hasta el punto de difundir en los lugares
retirados de la capital, que las señoritas hijas de los
conservadores eran entregadas con violencia a la soldadesca
desenfrenada 1 . Inútil es decir que escenas de esta clase jamás se
han visto en este país, en donde el espíritu de partido ha llegado
a una exageración igual o poco menos a la de nuestros padres
españoles; pero en donde las costumbres han sido siempre morales,
realzadas por una dulzura especial en el trato humano.
Viví en la intimidad con el señor general López durante seis
meses como secretario y ayudante suyo en la campaña contra la
dictadura militar del general Melo, en 1854, y puedo afirmar que no
le vi nunca tomar una copa de licor: apenas vino tinto en las
comidas, una que otra vez. De su vida doméstica puedo decir que era
respetuoso con su esposa y en extremo tierno con sus hijos; sus
costumbres eran de una moralidad refinada: nunca le oí una palabra
grosera, y en sus modales era un tipo de buen caballero.
Y el
|gran Señor que nuestras hijas vende,
O a sus siervos, en premio, las regala,
Su tibio aliento sobre el trono exhala
Meciéndose en estúpida embriaguez!
Los esbirros de López, el tirano,
Que él premia, que él excita, que él consiente.
Besan a nuestras hijas libremente,
|Y nosotros temblamos a sus pies!
Entonces viera el socialista infame
Si son nuestras esposas baratijas,
O impúdicas rameras nuestras hijas
O nuestra patria su infernal burdel.
JULIO ARBOLEDA
|(La Civilización número 85, de 10 de abril de 1851).
En cuanto al doctor Murillo, sabido es que fue secretario de
hacienda, diplomático en Europa y América, presidente de la
república en dos períodos, magistrado de la Corte Suprema, senador
en varias ocasiones; pero hombre sencillo en su vida doméstica,
sin vicios de ninguna especie, vivió siempre en una medianía vecina
de la pobreza, y sin embargo murió tan pobre que no dejó herencia
ni bienes algunos a la distinguida y virtuosa matrona, señora Ana
Romay de Murillo. El transcurso del tiempo ha comprobado la
inexactitud de todas esas acusaciones, excepto las que se referían
a los excesos a que se lanzaron las sociedades democráticas del
Valle del Cauca.
Estos excesos consistieron en tres delitos: la destrucción de
las cercas de algunas propiedades, con el pretexto o por el motivo
verdadero, de haber incluido los propietarios tierras
pertenecientes al común o egido. de los pueblos; el hecho de azotar
durante las noches a algunos adversarios políticos particularmente
antipáticos a los miembros de esas sociedades, hecho llamado a
despertar animosidades profundas; el asesinato, en fin, de personas
reputadas como jefes de la insurrección que se temía. Ignoro a qué
extensión llegaría este crimen, en relación con el cual sólo
recuerdo. los nombres de los señores Pinto y Morales, asesinados en
Cartago; pero probablemente debió de ejercitarse sobre algunos
pocos más. La prensa conservadora denunció estos hechos,
exagerándolos, y la liberal, si bien los condenó a las veces con
lenidad meticulosa, ensayó en otras una defensa de ellos. Se dijo
que las provincias del sur eran el lugar designado para centro
principal de la rebelión que se veía venir; que esos desórdenes
eran efecto de la reacción natural contra el crimen de la
esclavitud y de los bárbaros tratamientos de que habían sido
víctima los esclavos; que era necesario despertar y sostener la
opinión defensora del gobierno, para lo cual no debía extremarse la
represión de sus actos. Lo cierto es que en la conciencia del
partido liberal no quedó justificada la conducta de los.
gobernadores de las provincias del Cauca y Buenaventura, señores
Carlos Gómez y Ramón Mercado, a quienes se acusaba de falta de
energía en la represión.. si no de complicidad oculta en esos
atentados. Evidentemente estos sucesos contribuyeron a hacer
inminente la explosión que se temía, la cual contaba con auxilios
de otros agentes poderosos.
Eran éstos: la proclamación de la libertad de los. esclavos,
indudable en el momento en que hubiese mayoría liberal en ambas
cámaras, emancipación temida principalmente por los dueños de
grandes feudos en las provincias de Popayán y el Cauca, y por los
de minas de oro en estas mismas provincias y en las de Antioquia,
el Chocó y Barbacoas; en segundo lugar, la irritación del clero y
de las pasiones religiosas al sentir que se discutía su influencia,
se combatían sus prerrogativas y se trataba de introducir
instituciones contrarias a las que la disciplina externa de la
iglesia católica había introducido en el código civil. Estos
temores del clero se referían al desafuero eclesiástico y a la
introducción del matrimonio civil no a la separación del
Estado y de la Iglesia reforma más bien solicitada que temida
entonces por aquél.
El movimiento insurreccional tenía, pues, tres cabezas:
|a) el espíritu de partido excitado hasta la demencia;
|b) el interés de los dueños de esclavos;
|c) la
exaltación del clero católico contra las reformas; es decir, el
fanatismo religioso de un pueblo ignorante a quien se quería hacer
creer que iba a ser destruida la religión.
Diversos acontecimientos concurrieron a acelerar el momento
fatal.
La lucha entre las sociedades democráticas y las populares dio
pretexto en el mes de enero para producir un tumulto en el barrio
de Santa Bárbara, que tuvo por resultado un muerto en la policía y
algunos heridos entre los combatientes.
La reunión del congreso, en la que por primera vez hubo mayoría
liberal en ambas cámaras, completó la obra.
El 21 de mayo fue sancionada la ley que declaraba libres los
esclavos nacidos antes del 21 de julio de 1821, fecha en la que, el
congreso de Cúcuta, declaró libres los partos de las esclavas. No
podían existir esclavos menores de treinta años, y no se concedió
derecho a indemnización por los mayores de sesenta. El derecho de
los amos a ser indemnizados, se limitó a $ 160 por los menores de
cuarenta y cinco años y a $ 120
| por los mayores de esta
edad. Las esclavas no debían ser avaluadas, para reconocer su valor
al dueño, en más de $ 120 las menores de cuarenta y cinco, ni en
más de $ 8o las mayores de esta edad.
Había cerca de 20.000 esclavos, aparte de un número considerable
de hijos de manumisos nacidos libres después de 1821, pero que,
mantenidos en el poder de sus antiguos amos, estaban en una
condición semejante a la de la esclavitud. La indemnización a los
dueños alcanzó a algo más de $2.000.000 en billetes sin interés que
tardaron unos veinticinco años en ser amortizados con el producto
del impuesto sobre las mortuorias; pero que mantuvieron en el
mercado un valor de cincuenta a ochenta por ciento. De suerte que
la indemnización verdadera para los amos no pasó de un millón y
cuarto de pesos, o sea un sesenta por ciento del avalúo dado por
las juntas de manumisión. Como estos avalúos fueron siempre
inferiores al que les daban las transacciones particulares, puede
calcularse que la pérdida sufrida por los dueños de esclavos, en el
precio de éstos, no bajó de un millón de pesos,. aparte de la que
la desorganización de trabajos agrícolas y mineros debió de
ocasionarles. Sin embargo, debe tenerse en cuenta que esta
desmoralización del trabajo servil tenía su origen en la guerra de
la independencia, y que no pocos de los esclavos, aparte de la
indemnización recibida por los amos, quedaron en poder de éstos
prestando sus servicios en la misma forma que antes, principalmente
los que estaban destinados a. trabajos domésticos.
Entre las causas determinantes de la insurrección conservadora
de 1851, la abolición de la esclavitud fue quizá la que obró con
más intensidad. Como se notará luego, la guerra prendió con más
violencia en las provincias en donde era más poderoso el interés de
los esclavos: Antioquia y las provincias del sur, en tanto que en
las de la costa, centro y norte de la república los movimientos
fueron insignificantes.
Menor influencia ejerció la idea fanática, que trató de
despertar con toda furia, con motivo de las reformas religiosas
decretadas por el congreso en este año y en el anterior, que a la
verdad, fueron de consideración. La supresión del diezmo; la
abolición del fuero eclesiástico; la declaratoria de que la
autoridad civil no prestaría apoyo para compeler al cumplimiento de
los votos monásticos, sino al contrario, la de que se daría
protección al que fuese mantenido en clausura o sujeto al
cumplimiento de votos contra su voluntad; y por último, la facultad
concedida a los cabildos parroquiales para nombrar y presentar los
curas de entre los propuestos por los diocesanos, fueron resistidas
por los obispos, mas no suscitaron espíritu de rebelión en el
pueblo y talvez ni entre el clero inferior.
Ninguna de estas medidas constituía un ataque a la religión, es
decir, a las doctrinas predicadas por Jesucristo; ni puede decirse
que los privilegios otorgados a la Iglesia Católica en otros
tiempos, por los soberanos temporales, constituían dogmas sagrados
que no pudiesen ser retirados después por la misma autoridad que
los concedió. La supresión del diezmo no ha producido disminución
sensible en las obtenciones del clero; el desafuero eclesiástico no
ha sido causa de persecución ni de ataques contra los sacerdotes;
la no prestación de la fuerza de la autoridad civil para compeler
al cumplimiento de los votos monásticos no desorganizó en manera
alguna estos establecimientos; la intervención de los cabildos, en
fin, en la escogencia de los curas entre la terna o la ternaria
propuestas por el diocesano, no era más que el regreso a las
prácticas de la iglesia en los primeros siglos de su organización.
Debemos, sin embargo, confesar que esta intrusión de la autoridad
temporal en los negocios de disciplina externa de la Iglesia, no se
concilia con el principio de libertad de las religiones que
quisiéramos ver imperar en la república.
El hecho es que, salvo la participación de dos o tres curas dc
la provincia de Mariquita que tomaron las armas y acompañaron las
bandas armadas en sus marchas talvez en los combates, no se pudo
observar movimientos de la conciencia religiosa de los pueblos.
Según parece, la insurrección conservadora había sido decidida
entre los jefes del partido con bastante anticipación, siguiendo
las tradiciones ya conocidas de esta clase de movimientos; es
decir, empezando por las extremidades del territorio, en donde se
hace sentir menos la influencia del centro gubernamental y
extendiendo luego los movimientos de la circunferencia hacia el
centro. En el caso conservador se empieza en la extremidad sur
(Pasto), en donde, desde la guerra de la independencia, ha
predominado la idea conservadora; así como en el caso liberal se ha
dado principio la extremidad norte (Socorro y Cúcuta).
En 1851
|
principiaron los movimientos en el mes de abril,
encabezados primero por el coronel Manuel Ibáñez e inmediatamente
después por el señor Julio Arboleda.
El estallido de las pasiones revolucionarias que se creyó debía
ocurrir en los últimos días del mes de abril (el 23), en las
provincias de Pasto y Túquerres. sonó al fin el 10 de mayo en el
pueblo de Chaguarbamba, cerca de Pasto, encabezado por el coronel
Manuel Ibáñez, un clérigo Santacruz, los doctores José Francisco y
Juan Bautista Zarama, un señor Chaves y otros, en número de
doscientos hombres, poco más o menos. El coronel Manuel María
Franco fue en busca de ellos el 3, y después de un corto tiroteo se
dispersaron, tomando la dirección de la provincia de Túquerres, en
donde, perseguidos, pasaron el Carchi y se refugiaron en el
Ecuador. Según refirieron varios prisioneros tomados en el combate
de Anganoi y examinados bajo de juramento, en el pueblo de Tulcán
recibieron de los jefes ecuatorianos estacionados allí, de
doscientos a trescientos fusiles y cinco cajas de pertrechos. Con
este refuerzo volvieron en número de quinientos hombres,
encabezados por el coronel Manuel Ibáñez, obligaron al gobernador
de Túquerres, coronel Tomás España, a replegarse al lado norte del
Guáitara y presentaron combate a las fuerzas del gobierno, el 11 de
mayo, en el sitio de Anganoi, pero. fueron fácilmente derrotados.
Al acercarse las tropas del coronel Franco a la frontera del
Ecuador, en la persecución, las del gobierno ecuatoriano evacuaron
rápidamente a Tulcán.
No pudo, sin embargo, el jefe granadino impedir, en una frontera
abierta de muchas leguas, que los derrotados volviesen a ampararse
en territorio ecuatoriano, ni impedir que a su retaguardia se
organizasen nuevas guerrillas en la provincia de Pasto, que al fin
lo obligaron a desamparar a Túquerres y regresar al norte. Estas
guerrillas eran de poca importancia, y según se vio después, tenían
por objeto dejar abierto el campo a la nueva expedición que con
auxilios de más significación traía del Ecuador el verdadero jefe
militar de los conservadores, el señor Julio Arboleda. Este sí era
un talento militar de primer orden.
Nacido en 1817, había recibido una educación superior en
Francia, España e Inglaterra, e iniciándose en las faenas militares
durante la guerra civil de 1840 a 1842, en las cuales ganó el grado
de teniente coronel. Estaba, pues, en 1851 en toda la fuerza de la
juventud, y creyéndose arruinado con la emancipación de los
esclavos de los que era un gran propietario y juzgaba
indispensables para sus grandes haciendas estaba animado con
toda la fuerza de la pasión. Tenía grandes talentos y una
prodigiosa actividad física. Con la cooperación del gobierno
ecuatoriano y los derrotados de Anganoi, logró en pocos días
organizar una columna de más de ochocientos hombres, con la cual, a
la retirada del coronel Franco hacia Pasto, ocupó la provincia de
Túquerres y penetró en seguida en esta última. Dando un rodeo
sigiloso, se interpuso entre esta provincia y la ciudad de Popayán,
que servía de base de operaciones al ejército del gobierno; pero
allí se encontró con un militar muy capaz de medirse con él.
Comprendiendo este propósito y sabedor al mismo tiempo de que venia
de Popayán otra columna a órdenes del general José María Obando,
probablemente inferior en número a la de Arboleda, persiguió a éste
rápidamente y lo obligó, para no verse colocado entre dos fuegos, a
presentarle combate en las inmediaciones del pueblo de Buesaco el
día 10 de julio. Recio fue el encuentro: resistieron valientemente
las huestes pastusas; pero al fin fueron debeladas por las cargas
de caballería que con la guardia nacional de Patía les dio el
veterano guerrero formado en los campos de Bomboná, Junín y
Ayacucho. A las doce del día había empezado el tiroteo y a las
cinco de la tarde ya estaban en completa dispersión los
revolucionarios, que dejaron más de cincuenta muertos en el campo,
pero pudieron retirar la mayor parte de sus heridos.
Este combate fue decisivo. Desalentado Arboleda, disuelta su
gente, perseguido aquél en todas direcciones, sólo en el Perú creyó
encontrar seguridad, y allá se refugió hasta 1853. Faltaba ahora
arreglar las responsabilidades en que pudiera haber incurrido el
gabinete ecuatoriano, puesto que el congreso, por unanimidad de
votos, inclusive los de seis u ocho conservadores entre ellos
los señores general Borrero, Antonio Olano, Manuel Maria
Mallarino habla autorizado al Poder Ejecutivo para declarar
y hacer la guerra a esa república hermana. Al efecto, fue reforzada
la división que cubría las provincias de Pasto y Túquerres hasta
más de dos mil quinientos hombres a órdenes del general José María
Obando.
Los movimientos en la provincia de Popayán, que en un principio
se juzgó podían ser graves, no lo fueron. Los coroneles Jacinto
Córdoba, Manuel Delgado y Juan Gregorio López debían ser sus jefes,
y en efecto se pronunciaron en el pueblo de Patía, a fines de mayo
o principios de junio; perseguidos rápidamente por fuerzas de
guardia nacional organizadas en Popayán, desalentados por la
derrota de Ibáñez en Anganoi y sin encontrar cooperación
suficiente, depusieron las armas y se sometieron a las autoridades
legales en pocos días.
Los gobernadores de las tres provincias de Popayán, Pasto y
Túquerres fueron los señores Rafael Diago, coronel Rafael de Guzmán
y coronel Tomás España; la de Popayán fue desempeñada también por
el doctor Andrés Cerón.
Parece indudable que los revolucionarios obtuvieron auxilios
considerables del gobierno del Ecuador, presidido entonces por el
señor Diego Novoa. Al efecto, mientras el coronel Ibáñez verificaba
su pronunciamiento en los pueblos de la provincia de Túquerres, el
señor Julio Arboleda, fugado de la cárcel de Popayán, se dirigía a
Quito, de donde regresó en el mes de mayo a ponerse al frente de
las fuerzas insurreccionadas. La abundancia de armamento y
municiones que éstas presentaron después, es indicio de la
complicidad del gobierno del Ecuador, que se refuerza con la
correspondencia cariñosa entre el coronel Ibáñez y el señor Vicente
Aguirre, secretario de lo interior del gabinete ecuatoriano,
interceptada por las fuerzas que comandaba el entonces coronel
Franco (Manuel Maria) y publicada en las gacetas oficiales de
Bogotá y en el
|Neogranadino, y se confirma últimamente con
el veredicto de los mismos pueblos ecuatorianos, que desconocieron
después victoriosamente el gobierno del Señor Novoa, fundados,
entre otros motivos, en la violación de la neutralidad debida a la
Nueva Granada durante la rebelión de Ibáñez y Arboleda.
Sin embargo, esos movimientos no lograron conmover el resto de
la república, por falta de opinión, primero, y después, por falta
de elementos necesarios para luchar contra las fuerzas del
gobierno.
La insurrección más notable fue la de Antioquia, facilitada en
los momentos en que, por ponerse en práctica la ley que dividió en
tres provincias la de Antioquia, hubo desorganización en el
personal gubernativo de ellas. El 10 de julio debía empezar con la
nueva división territorial las funciones de los nuevos
gobernadores. El doctor José María Fabio Lince estaba destinado a
la de Medellín, pero no pudo, por causa de enfermedad, ocupar el
puesto; en la de Córdoba apenas alcanzó a tomar posesión el doctor
Antonio Mendoza, y el señor Manuel del Corral, designado para la de
Antioquia, apenas pudo desempeñarla por pocos días.
El 30
|
de junio por la noche se reunieron en el pueblo de
Belén, dos leguas distante de Medellín, en número de menos de
trescientos hombres, los revolucionarios, encabezados por el
general Eusebio Borrero, y dirigiéndose, al siguiente día, a la
capital, evacuada por los funcionarios legítimos, la ocuparon sin
resistencia, tomando las pocas armas y municiones que había en
ella. Un testigo presencial respetable, el señor José Justo Pabón,
muerto tres años después cuando, como gobernador de la provincia de
Antioquia, fracción de la del mismo nombre, quiso reprimir un
movimiento sedicioso en apoyo de la dictadura militar del general
Melo expresa la siguiente opinión acerca del movimiento
antioqueño, en declaración jurada que rindió ante el alcalde de
Nare el 22 de julio:
La revolución de Antioquia no está, como creen algunos,
sostenida por unos pocos hombres sin fe y sin. honor, sino al
contrario, por casi todos los propietarios y padres de familia
honrados, a quienes, como he dicho ya, se esfuerza Borrero
constantemente en persuadir que si permanecen inertes, vi no lo
auxilian, sus propiedades serán robadas, sus esposas e hijas
violadas por
|los rojos y destruida la religión de sus
padres; por manera que los rebeldes de la antigua provincia de
Antioquia pueden clasificarse así: unos pocos perversos que abusan
de la credulidad del pueblo antioqueño, y éstos son los cabecillas:
algunos partidarios de los jesuitas que juzgan que la consecuencia
precisa de la rebelión será el regreso al país de los. padres de la
Compañía, y muchos hombres de bien que al ponerse en armas no han
pensado sino en salvar sus propiedades y familias que creen en
inminente peligro. A estos últimos se les dice constantemente que
el gobierno ha indultado a los ladrones de Bogotá y que aprueba
cuantos excesos quieran cometer
|los rojos del Valle del
Cauca; así es que tengo muy fundadas esperanzas de que ellos
depondrán las armas tan pronto como se les persuada de que han sido
engañados infamemente. Como prueba de lo que he dicho presento un
boletín que se publicó en Medellín el 6 de julio...
|Y agrega allí mismo: Las noticias que circulaban en
Medellín antes de mi salida (el 15 de julio) era que la república
entera debía haber sido conmovida el 1 de julio, y que tanto el
presidente de la república como
|
el vicepresidente y
secretarios de estado habían sido asesinados en Bogotá.
Las fuerzas de las facciones de la antigua provincia de
Antioquia, constaban, hasta el día de mi salida de Medellín, cómo
de mil quinientos hombres, todos reclutas y muchos de ellos
incapaces de pelear.
Los hombres más notables que encabezaban estas fuerzas eran: el
general Eusebio Borrero, los doctores Pedro Antonio Restrepo
(abogado), Juan Crisóstomo Uribe (médico), Manuel Canuto Restrepo
(presbítero), y los señores Rafael María Giraldo y comandante
Francisco Giraldo; el primero con el título de
|jefe civil y
militar del Estado federal de Antioquia; segundo, de secretario
general; el tercero, de jefe de estado mayor; el doctor Rafael
Giraldo, gobernador de la provincia, y el comandante Giraldo,
comandante general; el presbítero Restrepo sería capellán mayor.
Figuraba también el nombre del entonces coronel Braulio Henao; pero
como luego se verá, este apareció comprometido contra su voluntad y
fue el primero en separarse de la insurrección luego que se
convenció, de que eran falsos los motivos alegados como causas
determinantes de ella.
Los revolucionarios proclamaron como bandera política el
establecimiento del sistema federal en la república y
|
la
reunión de una convención nacional que Treorganizase el país
|Federación y Convención fue, pues, el lema de su
bandera.
Hasta mediados de julio sólo en Medellín habla aparecido la idea
revolucionaria; las nuevas provincias de Córdoba y Antioquia
permanecían tranquilas; pero esa ciudad es a un tiempo la cabeza y
el corazón del territorio antioqueño y su influencia es hasta ahora
irresistible. Con un tacto que revelaba conocimiento perspicaz del
carácter de esas poblaciones, en lugar de procedimientos bruscos y
altaneros, el secretario general, doctor Restrepo Escovar, envió a
esas secciones. un comisionado
|liberal muy respetable a
solicitar la incorporación de ellas en la empresa medellinense, con
autorización para ofrecer toda clase de garantías a los no
revolucionarios, es decir, a los liberales. Para esta misión fue
designado el señor Marcelino Restrepo, persona que, por su notoria
probidad, carácter bondadoso y extensas relaciones comerciales, era
la más adecuada para el efecto. Con la convicción de que en las
circunstancias del momento era inútil empezar allí la guerra civil,
el señor Marcelino Restrepo, trasladado a la ciudad de Antioquia,
celebró un convenio con los gobernadores de las dos provincias, en
virtud del cual entregaron éstos las armas de que disponían y la
revolución dominó desde entonces todo el territorio de las tres
secciones.
En las provincias de Mariquita y Neiva la erupción de partido se
limitó a los distritos de Mariquita, purificación, San Luis y el
Guamo, en donde dos grandes feudos, restos de las antiguas
encomiendas de los días de la conquista, pertenecientes a las
familias de Vianas, Caicedos y Leivas, sirvieron con sus
dependientes y arrendatarios de primera base a la facción. A ella
se agregaron dos o tres clérigos, cura de Ambalema el uno, y del
Guamo el otro, y algunos militares. sin colocación. A los señores
Francisco y Domingo Caicedo y los Leiva y los señores Mateo y Diego
Viana, se unieron el comandante José Vargas París, llamado
comúnmente
|el mocho, y el señor José Maria Ardua,
propietario de una hacienda inmediata a Facatativa, y ese fue todo
el movimiento popular, que sin embargo pudo armar en pocos días
quinientos o más hombres montados, armados de lanza en su mayor
parte, algunos también con carabina, armas a propósito para el
combate en esas llanuras.
La situación del gobierno en Bogotá era complicada y difícil.
Las discusiones del congreso sobre cuestiones en extremo delicadas,
como el desafuero eclesiástico, la emancipación de los esclavos sin
poder ofrecer a los dueños una indemnización inmediata, la libertad
de imprenta absoluta, la traslación del derecho de escoger los
curas de las parroquias, de la autoridad del gobierno a la de los
creyentes mismos en cada lugar, la responsabilidad del gobierno del
Ecuador por los auxilios que, se decía, prestaba a los
revolucionarios de Pasto y Túquerres, la actitud dudosa del Perú,
cuyo gobierno había rehusado admitir como representante diplomático
de nuestro país a un personaje entonces tan popular como en general
Obando, etc.; las reclamaciones de los obispos, encabezadas por el
arzobispo Mosquera, contra las reformas religiosas que se discutían
en el congreso; la correspondencia diplomática tan enojosa que se
sostenía con el delegado de la Santa Sede sobre los mismos asuntos;
la temible compañía de ladrones organizada en Bogotá, que tanta
alarma difundió en los meses de marzo a junio; la exageración de
ideas de algunos partidarios de la administración que no veían
peligro alguno en acumular las reformas en un corto espacio de
tiempo; la perturbación del orden público que se veía venir con tan
pocos elementos de ejército y tesoro disponibles para combatirla;
las ambiciones personales en la sucesión a la presidencia de la
república que ya empezaba a sospecharse: todo eso creaba en los
miembros de la administración y en el país mismo, una sensación de
inquietud, de duda. Muy fácil es no hacer nada, como en cierto modo
se proponen los partidos conservadores: muy difícil es emprender
reformas pensando que una vez entrados en este camino será muy
fácil detenerse el día que se quiera. Error funesto: hay una
pendiente resbaladiza en la lógica de las empresas humanas, sobre
todo en los asuntos fiados a la voluntad popular, que son tanto de
temerse las caídas, como es de esperarse el buen éxito. Al menos
éste es el resumen de la experiencia en una vida algo larga.
La dificultad principal consistía en la proximidad de los
levantamientos cuya fuerza no se podía prever: se abrigaba, sí,
confianza en la opinión pública que en todas partes se mostraba
animosa y resuelta, por lo cual no hubo necesidad de apelar a
medidas de violencia y provocación. Antes al contrario, se juzgó
que era indispensable poner término a los desórdenes del Valle del
Cauca, que las autoridades locales habían sido impotentes para
reprimir, y para ello fue enviada la persona más competente por su
valor y carácter caballeroso, el general Tomás Herrera, con encargo
de pasar en seguida a dominar la revolución antioqueña.
Para combatir las huestes que empezaban a apoderarse del valle
del alto Magdalena, fue enviado el general Rafael Mendoza con el
batallón 5°, el último veterano disponible, pues los otros habían
marchado a Pasto y a la frontera del Ecuador. En Bogotá sólo
quedaban: un regimiento veterano de caballería, regido por el
general Melo, dos compañías de artillería y las compañías de la
Escuela Republicana y Sociedad Democrática. En los pueblos de la
sabana, piquetes de voluntarios, de infantería y caballería, a las
órdenes del entonces coronel de guardia nacional Evaristo La torre,
persona notable que, a una actividad singular para el trabajo
agrícola, unía valor a toda prueba y relaciones extensas en toda la
sabana.
En las provincias de Tunja y Tundama hubo conatos de
insurrección que fueron prontamente sofocados: uno de ellos, que
debía encabezar el señor Juan Nepomuceno Neira hombre
valeroso, inteligente, pero de un espíritu de partido
exageradísimo, terminó con la prisión de éste, de la cual
quiso fugarse atropellando al centinela del cuartel, en cuya
operación fue herido de muerte. Figuraba como el presunto jefe de
la revolución en esas provincias.
En las provincias de Vélez, Socorro, Pamplona y Cúcuta
(Santander) no se temía, ni recuerdo que hubiese, trastorno alguno.
Otro tanto sucedía en las de la costa atlántica. El pie de fuerza
en tiempo de paz no podía exceder de dos mil hombres, de suerte que
la mayor parte de esas provincias debió de quedar desguarnecida y
la tranquilidad pública fiada a la opinión popular.
Según se creyó entonces por las autoridades, la insurrección
debía empezar en Bogotá y poblaciones aledañas en los días 20 a 25
de junio; pero probablemente las precauciones adoptadas impidieron
la ejecución del plan, la cual se reservó para el 20 de julio. El
18, Sin embargo, habiendo sabido el jefe político de Facatativaá
que en la vecina hacienda de
|Corito, de propiedad del señor
José María Ardila, había reunión de gente sospechosa, se dirigía a
registrar la casa, acompañado por ocho o diez hombres, cuando salió
Ardila con veinte o veinticinco hombres armados de lanzas, que
atacaron a la pequeña escolta de la autoridad, mataron a dos
hombres de ella y se retiraron ya en son de guerra. Este fue el
principio del movimiento. Inmediatamente dio el grito de rebelión
en Guasca, el doctor Pastor Ospina, con algunos partidarios que le
acompañaban, y el motín, que estaba preparado en Bogotá, parece
que abortó. Dos o tres días después fueron descubiertos en la casa
de unos señores Benito Latorre e Isidro Chaves, y quizá en otras,
depósitos de bayonetas y Lanzas armadas en palos, de bombas, que se
decía preparadas para lanzarlas contra la caballería, y algunas
escopetas y carabinas. El 23 de julio estaban reunidos en casa del
señor Mariano Ortega unos treinta miembros de la Sociedad
Filotémica, armados de pistolas, carabinas y calzados de alpargatas
como para emprender viaje, talvez a unirse con el señor Pastor
Ospina en los páramos de Guasca, cuando fueron sorprendidos por un
piquete de la Escuela Republicana, que aprehendió la mayor parte de
ellos. El mismo día, si no me engañan mis recuerdos, fueron
alcanzadas, dispersas o aprisionadas las gentes que había allegado
el señor Pastor Ospina, por otras que comandaba el coronel Latorre.
En este encuentro se distinguió especialmente el entonces teniente
Juan de Jesús Gutiérrez. El 30 fue descubierto el doctor Mariano
Ospina que disfrazado, atravesaba a las siete de la noche la
plaza de Bolívar; llevado al Colegio de San Bartolomé, donde
estaban ya don Pastor, el coronel Emidgio Briceño y otros
revolucionarios notables. En ese mismo mes de julio fueron
debeladas las partidas que, en las inmediaciones de Cali y de
Palmira. en el pueblo de Candelaria y en Jamundí, trataron de
levantar la bandera de rebelión. La presencia del general Herrera
había sido muy favorable para restablecer el orden, inspirar
confianza y organizar fuerzas con qué emprender la campaña de
Antioquia. Por lo demás, no aparece que en el alto Valle del Cauca
(provincias de Cauca, Buenaventura y Popayán) hubiese contado con
opinión decidida la idea revolucionaria, cuyos jefes parecían ser
los señores Manuel Antonio Sanclemente, Fidel Méndez, Carlos
Salcedo y Cayetano Delgado, en la provincia del Cauca; el
comandante Antonio Boso en la de Buenaventura, y los señores
Jacinto Córdoba y .......en la de Popayán. Con muy pocos
elementos de armas y municiones
|1
, el
general Herrera se movió sobre Antioquia a fines de julio: en el camino incorporó en sus fuerzas los
destacamentos que, a órdenes de los comandantes Alzate y Solarte,
habían marchado con .anticipación, y en el camino de Salamina a
Abejorral recibió el 19 de agosto 370 fusiles con sus municiones
respectivas, que entregó el coronel Henao, y ciento treinta más que
llegaron de la Buenaventura. Con estas armas consideró ya
suficientemente provista una división de poco más de 1.200 hombres,
con la que se internó en el corazón de las montañas
antioqueñas.
Entretanto, en la provincia de Mariquita había tenido lugar un
triunfo que aseguró la tranquilidad, no sólo del valle del alto
Magdalena, sino la de todo el centro de la república: el combate de
Garrapata.
El coronel Rafael Mendoza con una columna de 200 veteranos del
batallón 5°, 200 guardias nacionales y 40
|
hombres de
caballería, se movió de Honda hacia Mariquita y la hacienda de
|La Esperanza el día 5 de agosto y al pasar, el 6, la
garganta de la quebrada de Lumbí y desembocar al llano de
Garrapata, su vanguardia, compuesta de infantería veterana, tropezó
con la caballería de los insurreccionados compuesta de cerca de 500
hombres. Sorprendidos aquellos apenas tuvieron tiempo para formar
grupos de a cuatro. contra caballería, en cuya operación fueron
lanceados por enemigos muy superiores en número, que pudieron
rodearlos y atacarlos por todos lados. En este ataque se distinguió
principalmente el joven Vicente Ibáñez
|, hasta que atravesado
a bayonetazos expiró. Tanto la muerte de este joven como la llegada
del resto de la infantería, que con descargas cerradas a poca
distancia dispersaron las bandas indisciplinadas de los asaltantes,
pusieron término al combate. El principal héroe de la jornada fue
el comandante Mariano Muñoz, del 59, quien al consejo dado por uno
de sus oficiales de retirarse delante de fuerzas muy superiores. en
un llano abierto, contestó: No, veteranos no se retiran
delante de montoneras. Muñoz fue uno de los heridos por la
lanza del joven Ibáñez; pero pudo vivir después por largos años. La
insurrección en esas dos provincias terminó completamente; los
jefes más notables fueron hechos prisioneros a los pocos días y la
fuerza vencedora pudo ponerse en camino para Antioquia a reunirse
con otra fuerza invasora que a órdenes del coronel Joaquín Acosta,
se internaba por la vía de Nare; las cuales debían obrar en
combinación con la columna principal del general Herrera.
Entretanto, principiaba a deshacerse el nubarrón de Antioquia,
como lo había juzgado el joven Pabón, luego que empezó a conocerse
la inexactitud de los hechos que se dieron por causa de la
rebelión. El coronel Braulio Henao, el jefe más valeroso y de
prestigio con que contaban los insurrectos, fue el primero en
quejarse de haber sido indignamente engañado y en. manifestar su
resolución de entregar las armas de la fuerza de su mando a las
tropas del gobierno. Conocida su disposición de ánimo y avisado de
ella el general Herrera, su amigo y antiguo compañero de armas en
la guerra de la independencia, éste le escribió una carta
ofreciéndole indulto para él y sus amigos. Henao entonces provocó
una junta de guerra, en la que, de acuerdo con Borrero, convinieron
en solicitar indulto mediante entrega de las armas, y en efecto,
éste escribió en tal sentido el 17 de agosto al general Herrera. En
su contestación el jefe representante del gobierno accedía al
indulto solicitado, pero exceptuaba de él a los cabecillas.
El coronel Henao por su parte desarmó la gente que le seguía,
compuesta toda de vecinos de Sonsón y Salamina, y entregó en el
alto de
|Las Cales, las armas, que eran 370 fusiles y 14
carabinas con las municiones correspondientes. No así el general
Borrero, cuyos auxiliares, movidos por las exportaciones de algunos
clérigos poco cristianos, entre ellos el doctor Manuel Canuto
Restrepo, que ofrecieron ser los primeros en atacar con puñal en
mano al enemigo; cuyos auxiliares, digo, lo hicieron desistir de
todo pensamiento de capitulación.
El general Herrera se movió de Salamina en donde habla
establecido su base de operaciones y el lugar de concentración de
las columnas en vía sobre Antioquia hacia Abejorral,
población que ocupó. El general Borrero acampado con su ejército en
el alto de
|Las Coles, cerca de Salamina, se retiró
precipitadamente hacia Medellín a esperar el resultado de su
propuesta capitulación; pero de allí volvió sobre Abejorral,
posición que atacó el 7 de septiembre, probablemente al saber la
proximidad de las columnas que a órdenes de los coroneles Mendoza y
Acosta se internaban al corazón del territorio antioqueño. Flojo
debió de ser el ataque, pues a pesar de haber ocupado unas
eminencias que dominaban la población de Abejorral, conservadora en
gran mayoría y de tener números que se dijeron ser dobles de los de
su adversario, éste pudo retirarse durante la noche, falto de
municiones a Ríonegro, población liberal, más de ocho leguas
distante, sin ser incomodado en el camino. El 9 alcanzó a preparar
todas las municiones que necesitó para vencer. Esa retirada de
noche, después de un día entero de combate, por caminos
fragosísimos y teniendo que atravesar un río torrentoso sobre un
puente de hamaca improvisado, y sin embargo, ejecutada en buen
orden y sin perder sino algunos cansados, es una de las mejores
operaciones militares que dan alta idea de la serenidad y confianza
de general Herrera. No menos, da alta idea de la infantería caucana
que, una vez sometida a la regla de la disciplina, es una de las
más sufridas e inquebrantables que se encuentran en nuestro país.
En ella se distinguió por su activa cooperación a la obra del
puente, el joven Clodomiro Ramírez, natural de Antioquia, que debía
hacerse notable después en 1854 y morir como un héroe en Güepsa, en
1859.
No pasaría de 800 o a lo más 1.000 hombres, la fuerza de esta
división: alimentada y descansada el día 9, a las once de la mañana
del siguiente tuvo que enfrentarse con la del general Borrero, que
se decía, representaba un número doble, en lo que sin duda hay
exageración, pues entonces no había, como ahora, tantas armas en
los parques o regadas en poder de los particulares. Puede
calcularse que había 1.500: dos terceras partes armados de fusil y
el resto de escopetas y lanzas: también tenían una o dos piezas de
artillería. Excusado es decir que las breñas antioqueñas no admiten
caballería para las operaciones militares sino en muy raros
casos.
El general Herrera había situado su línea de batalla sobre la
colina del cementerio que domina el ,caserío de Ríonegro, y el
grueso de su fuerza quedaba defendido por las paredes de aquél. Los
asaltantes creyendo sin duda que la retirada desde Abejorral
envolvía una derrota, atacaron con la impetuosidad antioqueña, muy
semejante a la furia francesa, esperando terminar de un golpe el
combate. En lugar de enemigos descorazonados, hallaron una
resistencia tenaz que los obligó a proceder con más cautela:
renovando la acometida encontraron la misma firmeza, lo cual empezó
a desalentarlos. Entre las muchas altas dotes del soldado
antioqueño, no se cuenta generalmente la de la constancia:
rechazado dos veces, sobre todo cuando no merece todas sus
simpatías la causa que sostiene, pasa pronto al desaliento. Esto
sucedió ven Ríonegro: del desaliento a la derrota solo hay un paso:
probablemente tampoco había en sus filas un hombre que con su
ejemplo reanimase el valor del soldado. El general Borrero,
anciano, tal vez enfermo, convencido ya quizá de la falta de
opinión de su causa, se había retirado del combate, según afirmaron
sus adversarios, desde antes de las cuatro de la tarde. A las seis
de la tarde oficia el general Herrera al gobierno: El triunfo
ha sido tan espléndido que los rebeldes no podrán rehacerse
|jamás.
|
En efecto, este rechazo terminó completamente la insurrección
antioqueña y sus tres provincias quedaron en completa paz. A este
resultado contribuyó también la generosidad de los vencedores que
recibieron amistosamente a los prisioneros y trataron con el mayor
cuidado a los heridos, sin distinción de vencedores y vencidos. La
nobleza de carácter del general Herrera se mostró de un modo
eminente y no menos la de la población de Ríonegro.
Digna es de notarse en el curso de esta insurrección, la lealtad
de que dieron muestra algunos militares cuyas opiniones políticas
no coincidían con las del gobierno, que sin embargo abrazaron con
fidelidad la defensa del orden y de las leyes. Entre ellos recuerdo
al general Joaquín María Barriga, el coronel Joaquín Acosta, los
comandantes Antonio Rubio que se distinguió en
Garrapata Pedro P. Prías que dirigió la única carga de
caballería que terminó el combate de Rionegro José Antonio
Concha, y el entonces capitán Antonio Narváez, que organizó y
comandó la compañía de la Escuela Republicana, todos los cuales
merecieron el agradecimiento especial del gobierno y fueron
ascendidos al grado inmediato en la Jerarquía militar.
También merece notarse a propósito de esta guerra civil la
lenidad y ausencia de rencores que exhibió el partido vencedor, por
primera vez quizá en nuestras. luchas domésticas. En 1828,
represión sangrienta y arbitrariedad salvaje; en 1831,
|
destierros; en 1833,
|
severidad implacable,
fusilamientos; en 1841 y 1842, fusilamientos, destierros,
confinamientos y leyes de medidas de seguridad. En 1851 no se vio
nada de esto. Desde el 15 de agosto, cuando aún estaba en todo su
vigor la rebelión antioqueña, ya el Poder Ejecutivo expedía su
primer decreto de indulto a todos los vencidos que se presentasen a
las autoridades, y apenas había corrido un mes después de la
victoria de Ríonegro, cuando ya aparecía un indulto de que sólo
trece personas quedaban nominalmente exceptuadas: los dos señores
Ospinas, Julio Arboleda, el general Borrero, los cuatro jefes
principales de la insurrección de Mariquita y Neiva y otros cinco
de menor importancia; pero, sin embargo, antes de un año, ya
estaban todos amnistiados. El señor Mariano Ospina que no fue
aprehendido en campo de batalla, fue juzgado ante un tribunal
ordinario, y aun cuando por notoriedad él era el jefe de la
rebelión, fue absuelto por falta de pruebas directas; señal de que
la acusación no se hizo con mucha severidad. A este espíritu de
magnanimidad contribuyeron poderosamente los discursos y
publicaciones de la Escuela Republicana, y es indudable que este es
un rasgo distintivo de la causa liberal.
La insurrección conservadora quedó completamente vencida: había
resultado débil y aun ridícula: no había proclamado ninguna idea
importante; pero si ocasionó una notable pérdida de vidas, un gasto
inútil de más de dos millones de pesos al Tesoro nacional,
desmoralización y rencores profundos.
El pie de fuerza nacional empezó a levantarse desde que en el
mes de marzo se presentaron los primeros alzamientos en la
provincia de Túquerres y sucesivamente debió de subir a los 10.000
hombres permitidos por la ley, así:
En las provincias de Pasto y Túquerres, a..............
2.500
En las de Popayán, Buenaventura y Cauca, a......... 2.500
En las de Mariquita y Neiva, a ............................. 1
.500
En Antioquia (deduciendo las procedentes
del Cauca)
............................................................
800
En la de Bogotá...................................................
1.500
Guarniciones, en el resto de la república ................
1.200
10.000
Y el gasto de esta fuerza, entre pré del soldado, municiones,
correaje, vestuario, traslación a sus diversos.. acantonamientos,
marchas, hospitales, etc., no puede estimarse, en esos tiempos de
baratura, en menos de un peso diario por cabeza, sobre todo
teniendo en cuenta que en esas épocas de desorden sube de
proporción el número de jefes y oficiales. Ahora bien, $ 10.000
diarios en seis meses, suman el guarismo de dos millones.
Los muertos en los combates quizá no pasaron de 300; pero las
pérdidas causadas por las enfermedades, las heridas, las marchas
forzadas, debieron de pasar de 1 .500. Los sufrimientos en los
hogares abandonados son superiores a toda ponderación.
El gasto impendido por los revolucionarios debió de ser de mucho
menos importancia, nunca, eso sí, despreciable. La paralización de
las empresas y trabajos, por consecuencia de la inseguridad, vale
algunos millones de pesos.
Lo peor de todo es el odio feroz que se alimenta con esas
escenas de sangre, con las violencias y brutalidades que acompañan
a la marcha de los ejércitos, al ejercicio de autoridad sin freno
de que se encarga a los peores caracteres en todos los pueblos. Esa
saña inexplicable que se traduce luego en oposición a todo y en
aplauso a lo que es sentimiento brutal y pasiones salvajes, es lo
que se denomina espíritu de partido.
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1
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| Poco más de cien fusiles y catorce carabinas, según
informó el general Herrera a la secretaría de guerra en oficio de
122
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de agosto.
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