CAPITULO XX
OTROS ASUNTOS DEL AÑO DE 1850.
Expulsión de los jesuitas.El cólera en
Bogotá.Candidaturas.. a la vicepresidencia de la
república.
Una ley de 1843 había autorizado al presidente de la república
para contratar en Europa sacerdotes misioneros católicos destinados
a catequizar nuestras tribus salvajes de los territorios de
Casanare, San Martín y el Caquetá. La administración del general
Herrán. cuya alma directriz era entonces el doctor Mariano-Ospina,
dio instrucción para, hacer venir sacerdotes de la Compañía de
Jesús, y los encargó de ejercer su ministerio en las ciudades
principales de la república (Bogotá, Popayán y Medellín), poniendo
a su cargo la enseñanza en los colegios que en ellas sostenía el
gobierno. Esta medida suscitó inmediatamente una oposición
violenta, no sólo en las filas liberales, sino entre algunos
hombres notables de los conservadores. Se comprendió que los
salvajes a quienes se quería catequizar, no eran los de los bosques
desiertos sino los de las ciudades; no para reducirlos al
cristianismo, sino para inspirarles opiniones políticas contrarias
a la república, tomadas del programa de reacción contra las ideas
liberales que empezaban a propagarse en Europa a principios del
siglo XVI, por el célebre soldado, después fraile, Ignacio de
Loyola. Desde 1844 fue presentado y pasó a la cámara de
representantes, conservadora en sus tres cuartas partes, un
proyecto de expulsión de estos sacerdotes, a quienes se reputaba
como un tizón que haría más quemante la llama de la discordia de
partido. Habiendo encallado este proyecto en el senado, la
discusión de este mismo asunto se renovó en los años de 1845 a
1848: pero con igual resultado; y en 1849 se formó la opinión de
que el problema debería resolverse por simple decreto ejecutivo en
ejecución de la real cédula de 1767 que suprimió la Compañía de
Jesús y prohibió la residencia de sus miembros en los dominios de
España e Indias.
Ni el general López ni sus ministros, si se exceptúa al señor
Paredes, sentían entusiasmo por este procedimiento; pero la opinión
se levantó en el periodismo liberal con tanta fuerza y unanimidad,
que al fin se vieron obligados a someterse a los dictados de ese
tirano, como lo llaman algunos, de ese árbitro supremo de las
democracias, como lo consideran otros. El general Herrera había
renunciado pocos días antes, y este paso se atribuyó a
disentimiento con sus colegas en ese asunto; pero yo puedo afirmar
que no era ese el motivo, porque le oí en esos días, antes y
después del 18 de mayo. expresarse en sentido decididamente
favorable a la expulsión. Además, no habiendo sido admitida su
renuncia, firmó el decreto y continuó prestando sus importantes
servicios a la administración. El doctor Zaldúa sí, aunque no lo
dijo: su renuncia intempestiva de la secretaría de gobierno dio a
entender que su concepto no era favorable a aquella medida. Tampoco
fue favorable la opinión del señor José María Plata, quien sucedió
en el puesto al señor Zaldúa, pues él sí lo expresó con franqueza a
sus amigos. El señor Plata disentía de todo lo que era o podía
parecer acto de violencia o de intolerancia. El presidente mismo
declaró en la alocución que con este motivo publicó, que por
mucho tiempo había vacilado en la adopción de esta medida por
consideraciones derivadas del espíritu de tolerancia y de seguridad
de la civilización moderna y de las instituciones
democráticas; pero. agrega, estas consideraciones han
debido ceder, delante del mandamiento de la ley vigente (la cédula
de Carlos III), y de la persuasión de que todavía nuestra naciente
civilización e industria, y nuestras instituciones, no tienen la
fuerza bastante para luchar con ventaja en la regeneración social
con la influencia corruptora de las doctrinas del
jesuitismo.
La salida de los padres jesuitas se verificó sin disturbio ni
resistencia alguna. Unos doscientos hombres de la Sociedad Popular
fundada por ellos mismos rodeaba el Colegio de San Bartolomé a
tiempo que una comisión de tres personas, conocidas por su
desafección a la Compañía, entró a las doce del día sin escolta ni
precauciones de ningún género a notificarles el decreto de
expulsión. Cumplida esta formalidad, la comisión tomó a salir por
en medio del grupo de simpatizadores, que no permitieron otras
manifestaciones sino malas miradas y tal vez frases coléricas, pero
en voz baja, apenas perceptible. En la madrugada del 24 de mayo
salieron sin acompañamiento alguno y sin provocar en todo el camino
hasta Santa Marta acto alguno de entusiasmo en su favor. Para su
salida recibieron recursos abundantes suministrados por una colecta
voluntaria entre los amigos del gobierno, pues éste no disponía
para ello de partida alguna en el presupuesto de gastos.
Probablemente llevaron también crecidos fondos suministrados por
sus partidarios conservadores, pues durante los seis años de su
residencia en el país recibieron legados de consideración por parte
de algunas señoras ancianas, indudablemente parroquianas de
confesionario. Otro tanto sucedió en Popayán y Medellín: eran
considerados más como instrumento de partido político que como
miembros de sacerdocio cristiano.
Este es el punto de vista desde el cual consideré yo este acto
notable. Por su origen y el objeto de su institución, la comunidad
de los jesuitas no es, propiamente hablando, un establecimiento
religioso sino uno de propaganda política; de predicación de las
ideas reaccionarias dominantes en España en los tiempos de Felipe
II; en resumen, esa comunidad es una sociedad política de carácter
permanente, en lucha con los gobiernos libres y las ideas de la
renovación social. Así lo muestra su historia de tres siglos, en
los que, íntimamente ligada con todos los gobiernos tiránicos, ha
sido expulsada de todos los países regidos por libres
instituciones, o en los períodos en que los pueblos esclavizados
bregaban por mejorar su condición social.
La introducción de la Compañía de Jesús como instrumento de
partido había sido muy mal mirada en todo el país, y una parte no
despreciable del conservador participaba de esta repugnancia, como
lo prueba el hecho de haber sido aprobado el proyecto de su
expulsión en la cámara de representantes desde 1844, a pesar de la
mayoría considerable que aquel partido, tuvo en ella hasta 1850. La
agregación de un elemento extranjero a nuestras discordias, y de un
elemento español, especialmente antipático a nuestros sentimientos
nacionales, estaba, y aún está llamado, a despertar cóleras
perjudiciales a la buena marcha del país. Como educadores de la
juventud tampoco se les podía justificar. La educación monástica,
dirigida por principios contrarios a la espontaneidad y dignidad
que se busca en el carácter republicano, es incompatible con la
tendencia de nuestras instituciones y con el ideal político hacia
el que convergen nuestras aspiraciones. Además, ellos no poseen ni
pueden poseer la superioridad científica que puede obtenerse con
otros profesores, como se ha observado con la importación de
maestros alemanes, franceses y americanos. La tendencia inevitable
de la educación jesuítica hacia la intolerancia religiosa por una
parte, y hacia el espíritu de dogmatismo y de negación de la
autoridad de la razón humana, por otra, son absolutamente
inaceptables. La experiencia de nuestro país en los dos períodos en
que han sido dueños de los primeros de nuestros establecimientos de
educación (1843 a 1850 y 1886 a 1898) está muy lejos de darles buen
crédito en el particular, pues se han exhibido, con algunas raras
excepciones, como maestros chabacanos e inferiores en todo sentido.
Debo, sin embargo, expresar que entre los jesuitas del año de 1843
vino el padre Gil, quizás el mejor orador sagrado que ha subido a
la cátedra en Bogotá. Entre los que he alcanzado a oír, Saavedra
carecía de unción, Aguilar se dejaba arrastrar por su genio fogoso
a frases poco sagradas y expresión colérica en sus peroraciones;
pero Gil se mantenía sereno y dulce, sabía dominar su voz en tonos
suaves y mantenía hasta el fin su expresión simpática. También vino
en ese año el padre García, a quien tuve ocasión de conocer y
tratar en la sala de coléricos del hospital de San Juan de Dios, en
abril de 1850. sacerdote humilde que me pareció animado de una
caridad verdadera y ejercía su ministerio con los moribundos de una
manera especialmente dulce y consoladora. Parece que los de la
introducción de 1886 han sido inferiores a los de 1843. Excusado es
decir que yo participé. y participo aún, de la opinión contraria a
la existencia de esa comunidad entre nosotros. pues juzgo que no se
la debe permitir en ningún país libre.
Por el mismo tiempo (1849 y 1850) tomó un grande incremento en
Bogotá y en algunas pocas de las principales poblaciones de la
república (Cartagena, Cali, Panamá), otra asociación que puede
asemejarse, en parte, a la de los jesuitas: quiero hablar de la
masonería. En Bogotá fue fundada, en 1846 o 1847, por algunos
ciudadanos españoles pertenecientes a la compañía dramática que
dirigía el señor Fournier: los señores Francisco González, José
Belaval, Peix y otros cuyos nombres no recuerdo, con el concurso de
algunos sujetos notables, venezolanos en su mayor parte, como los
tres señores Echeverría, Hernández, Brachio, Delgado y otros. Muy
pronto se incorporaron en ella muchas personas distinguidas de
Bogotá, como los señores José Caicedo Rojas, Rafael E. Santander,
Carlos-Martín, José María Samper, José María Vergara Tenorio,
Patricio y Bernardo Pardo, Aparicio Escobar,. Fernando Conde, José
María Plata, Manuel Ancízar, Manuel Murillo y otros muchos que
sería largo nombrar; pero todas personas honorables y de buenas
costumbres. Yo me incorporé en esa asociación en 1849. atraído por
la idea de que su objeto era únicamente reforzar el sentimiento de
la fraternidad entre todos sus miembros y la. práctica de la
caridad y la benevolencia con todos los hombres. Sabía que en los
pasados. siglos, esas asociaciones secretas habían trabajado por la
emancipación de las clases oprimidas y por la reforma de los abusos
que la feudalidad había introducido en las relaciones sociales, no
tenía, como no tengo conocimiento; de que hubiesen producido
trastornos ni conspiraciones contra el orden social. Al entrar en
ella comprendí que su origen entre nosotros era más antiguo,
probablemente desde la guerra de la independencia, pues los
militares de esa época generales José Hilario López y Valerio
Francisco Barriga y los entonces coroneles Enrique Weir, Rafael
Mendoza, Manuel A. López, José Maria Melo y otros de los que habían
hecho la campaña de Venezuela, de 1820 a 1822, resultaron ser
masones antiguos. Algo oí entonces de que la primera introducción
de la masonería había tenido lugar durante las conferencias de
Santa Ana, en 1820, a las cuales se debió el fin de la guerra a
muerte en vigor desde 1813.
Puedo decir que, aparte de buena sociedad, dos cenas con que se
celebraba cii el año la fiesta del patrono de la asociación, y la
limosna que invariablemente se recogía para los pobres en todas las
sesiones y se repartía en secreto, sin ruido ni ostentación, nada
observé que no pudiera practicarse a la luz del día, ni nada
distinto de una sociabilidad más estrecha, destinada a mantener
mejores sentimientos entre los diversos grupos de hombres que
pueblan la tierra. Puedo agregar que esta asociación es mirada con
respeto en los países más civilizados, y que en una de nuestras
guerras civiles, más de una vez debí la vida en trances apurados a
la protección que esta fraternidad me dispensó. Esta es toda la
experiencia que tengo de la masonería, institución que miro con
simpatía y agradecimiento.
Muy distinta era, sin embargo, la opinión de alguna parte de la
sociedad bogotana, inspirada por el clero y principalmente por los
jesuitas. Se creía, y aun por personas de quienes pudiera esperarse
mejor criterio, que sus reuniones servían de teatro a escenas
crapulosas e indecentes, y no era duro de creer, para personas de
buen juicio, que allí se profesaban doctrinas inmorales y ateas por
gentes perfectamente honorables, que en la vida común sólo eran
acreedoras a la estimación y el respeto de todos. Es uno de los
misterios de la naturaleza humana, que los compromisos secretos, si
bien expuestos a ser interpretados con malevolencia, son de más
obligatorio cumplimiento a los ojos de la generalidad de las gentes
que los compromisos contraídos en publicidad.
Agregaré que el auxilio más notable por su cuantía, enviado a
los clérigos de Cartagena, en 1850, fue el de la logia
|Estrella
del Tequendama, de Bogotá.
He dicho ya que el cólera subió a la altiplanicie de Bogotá en
abril y mayo de 1850. Los periódicos de ese año mencionan el hecho
de una manera rápida y sin dar atención al suceso, no obstante que
en los primeros veinte días se presentó con una gravedad extremada,
en términos que los cien primeros atacados fueron todos víctimas
del mal. La observación notable que puede hacerse en el particular,
es la falta absoluta de interés público y de espíritu de asociación
que nos quedó como legado de las costumbres españolas. Desde julio
y agosto de 1849 se habían visto los estragos del azote en
Cartagena y Barranquilla, se sabía que estaba subiendo lentamente
el río Magdalena, y que desde enero y febrero había hecho sus
primeras víctimas en Honda y Ambalema. A pesar de todo, cuando
llegó el mal a esta ciudad no había un local preparado para recibir
a los enfermos. Fue preciso habilitar precipitadamente para el
efecto una sala en el hospital de San Juan de Dios, en el centro de
la ciudad. en un sitio favorable para la propagación del mal en.
toda la población. Pocos meses antes, en medio del tenor que
produjeron las noticias de Cartagena, se había formado una junta de
sanidad y abierto una suscripción para limpiar la ciudad y fundar
hospitales; pero con excepción de la limpieza de los muladares en
las orillas de los ríos de San Francisco y San Agustín, nada más se
hizo, ¡y todo el gasto sé redujo a menos de $ 1.5001 a población lo
esperaba todo de las autoridades, según se observa en los pueblos
sujetos a gobiernos centralizados y autoritarios, y las autoridades
sin recurso ni ayuda de la espontaneidad de los ciudadanos tampoco
pueden nada. Esta falta de espíritu público, esta carencia de
sentimientos de solidaridad, es Uno de nuestros defectos
nacionales, al que es un deber de todos, pero principalmente de los
periodistas, buscar corrección.
Entretanto, los trabajos del Congreso seguían mostrando la
índole de la idea liberal.
Por primera vez se permitió la excarcelación bajo de fianza a
los procesados por delitos de menor gravedad, con lo cual se atenuó
considerablemente el ataque a la libertad de los procesados, en el
caso de inocencia, y también la de los criminales mismos, para no
recargables la pena con una prisión prolongada durante el
juicio.
Se autorizó a la cámara provincial de Panamá para establecer el
juicio por jurados, pero quedando a voluntad de los procesados la
elección entre este procedimiento y el ordinario por jueces de
derecho. Muestra de la desconfianza que se abrigaba de esta
institución, sólo conocida hasta entonces en los juicios de
imprenta.
La memoria del general Santander, muerto hacía diez años, no
había merecido hasta entonces un solo recuerdo de gratitud. El
congreso de 1850 expidió la ley en virtud de la cual la antigua
plaza de San Francisco cambió su nombre por el de
|Plaza de
Santander, en recuerdo de que en el ángulo noroeste de ella
pasó sus últimos años en una modesta casa construida a sus
expensas. La estatua de bronce, que la misma ley mandó levantar
allí, sólo hasta 1879 fue erigida. Sensible es, sí, que esa
estatua, sin belleza alguna, no exprese el carácter noble y
republicano del personaje a quien se desea recordar.
El mismo congreso honró la memoria de Acevedo, el
|Tribuno del
pueblo, que tan importante papel representó en el movimiento
popular del 20 de julio de 1810; del general Fábrega, que encabezó
el impulso revolucionario de la importante sección del istmo de
Panamá en 1821; y saludó al general Soublette, vencido Y expatriado
en Venezuela, con manifestaciones de respeto y gratitud, a su
entrada a buscar asilo en esta tierra que había presenciado sus
servicios durante la gran lucha de la independencia.
Mandó establecer escuelas de artes y oficios, en donde además se
enseñarla la mecánica industrial en todos los colegios nacionales.
Iniciativa en extremo útil y democrática que ha sido completamente
descuidada.
Concedió derecho a los esclavos para variar de amo, a cuyo
efecto se impuso a éstos la obligación de librarles boleta de venta
valedera por tres días, con expresión del valor del esclavo y
teniendo éste derecho para hacer modificar su avalúo, en el caso de
parecer excesivo, por la junta de manumisión. Aún no había mayoría
en las cámaras para decretar la abolición pura y simple de la
esclavitud.
Continuó el movimiento hacia la desmembración de las grandes
provincias. Las dos del Istmo, Panamá y Veraguas, fueron divididas
en cuatro, por la creación de las nuevas de Azuero, compuestas de
los cantones de los Santos y Parita de la antigua Panamá y la de
Chiriquí, entonces llamada Fábrega, formada de los cantones de
Chiriquí y Bocas del Toro. La de Santa Marta, fue dividida en las
dos de Santa Marta, formada de las poblaciones del litoral del
Atlántico y del Magdalena, y la de Valledupar de los territorios
interiores del alto Ranchería, el valle del mismo nombre y el de
Chiriguaná, sobre el río César. La de Pamplona lo fue en las tres
de Pamplona, Santander y Soto, reducidas la primera a los cantones
montañosos de Pamplona, Málaga y Concepción, situados sobre las dos
faldas de la cordillera Oriental; la segunda compuesta de los
valles del Zulia, del Pámplonita y de las ramas superiores del
Catatumbo todos tres tributarios del lago de Maracaibo; y la
tercera de los valles de Girón, Bucaramanga y Piedecuesta, en la
parte alta del río Lebrija, dependientes del Magdalena.
Investigando las causas que dieron lugar a esa idea de división
de entidades administrativas de antigua composición, no encuentro
sino la de que pueblos aletargados durante la colonia, trastornados
durante la guerra de la independencia que debió despertar
ambiciones de progreso y de cambio, al observar que durante el
centralismo había corrientes políticas sensibles en las capitales
de provincia, que no alcanzaba! a llegar a los cantones
distantes, quisieron aprovechar de las nuevas facultades concedidas
a las cámaras provinciales por la ley de 3 de junio de 1848, sobre
régimen municipal, asumiendo el carácter de provincias. Sólo así
puede explicarse que, pueblos al parecer muertos para la vida
política, hubiesen pasado repentinamente al nombre pomposo de
|ciudades, como Chocontá, Guaduas, La Mesa, Piedecuesta, Los
Santos, etc. La ley de descentralización aumentó el entusiasmo, y
era un espectáculo digno de contemplarse la seriedad con que se
tomaba a pechos la nueva organización administrativa y la difusión
general de ideas políticas, pues hasta pueblos pequeños quisieron
darse constitución, estableciendo en ella los principios de
gobierno comunal a que resolvían someterse y los objetos de
servicio público a que se pensaba dar atención preferente: las
escuelas, los caminos parroquiales, el cementerio, hospitales, la
mejora de las calles, el establecimiento de alamedas y paseos
públicos, sobre todo el servicio de aguas para el aseo de la
población y de alguna perfectamente pura para el consumo de los
habitantes. Ese entusiasmo pasó como un fuego de artificio. El
grito destemplado de la guerra civil apagó muy pronto las voces del
patriotismo; pero algún día Volverá a sentirse esa animación,.
En materia de caminos carreteros también quiso este congreso no
iniciar, sino continuar la marcha emprendida durante los dos
últimos años de la administración Mosquera. Concedió privilegio
exclusivo por Cincuenta años al doctor Manuel María Zaldúa para
abrir y mantener a sus expensas un camino carretero entre Vélez y
el puerto de San Fernando, sobre el río Carare, y navegación por
vapor en buques de no menos de cien cargas de capacidad hasta el
Magdalena en aquel río. Igual concesión se hizo a los señores
Vicente Borrero & Cía. para abrir un camino carretero desde
Cali hasta el puerto de la Buenaventura. En ambos casos se procedía
con cierta ligereza, pues se autorizaba que la vía tuviese
pendientes de
|diez por
|
|ciento, poco carreteras
a la verdad, y en materia de solidez, para que pudiese prestar
servicio económico,. sólo se exigía que el piso fuese seco y
firme en toda estación, terraplenado con ligero realce hacia la
línea media. Por su parte los empresarios no parecían tener
idea clara del capital necesario para la obra, pues se contentaban
con peajes módicos y un auxilio en tierras baldías, de muy poco
valor entonces como hoy todavía. Los privilegios así concedidos no
dieron resultado alguno.
Fue aprobado, como ya había dicho, el contrato final sobre
ejecución del ferrocarril de Panamá.
Dio motivo a conversaciones, censuras y calumnias. un incidente
que por primera vez se presentaba en la. marcha de los
partidos.
Al entrar al poder el liberal en 1849, resultó que las.
imprentas estaban todas o casi todas en poder de conservadores. La
administración, fuertemente combatida. por la prensa, no tenía
medios de defenderse. Un liberal muy patriota, el doctor Antonio
María Pradilla, resolvió invertir su fortuna en la compra de la
casa e imprenta que, con ayuda oficial, había montado en 1848 el
doctor Manuel Ancízar, en donde se publicaba
|El
Neogranadino, el órgano de publicidad más respetable en sus
días. Sin embargo, los recursos del doctor Pradilla no bastaban y
para hacer los últimos pagos se encontró en tales dificultades que
resolvió vender la imprenta. Reuniendo la escasa suscripción de
algunos amigos y su escaso peculio, a sumas prestadas.
a los señores Ezequiel Rojas y Manuel Abello, el doctor Manuel
Murillo, que por entonces se reputaba la persona más importante del
ministerio, asumió la responsabilidad de comprarla; pero con la
resolución de venderla al gobierno para el servicio de las
impresiones oficiales, lo que al fin se hizo, sin que en todas
estas transacciones hubiese ganancia y sí pérdidas para todos los
que intervinieron en ellas. La prensa conservadora, con todo,
denunció esas operaciones como fraudulentas contra el Tesoro
público y como especulaciones desvergonzadas. El congreso de 1850
expidió una ley que autorizaba al Poder Ejecutivo para comprar la
imprenta para las impresiones oficiales, y las dificultades
quedaron allanadas.
No considero muy correcta la operación aun cuando estoy
convencido de que en ella no hubo ganancia alguna ilícita para los
que la llevaron a cabo; y antes tengo motivo para pensar que les
ocasionó algún quebranto; pero juzgo que no deben mezclarse así los
intereses de partido, con los de la nación. Y soy de concepto,
además, que no es conforme con buenos principios de administración
pública obtener por medio de imprenta propia, sino por contrato en
subasta pública, las impresiones oficiales, pues el manejo de
propiedades del Estado, como el de casa ajena cuyo propietario no
es visible, está expuesto siempre a abandono y destrucción
rápida.
Como llevo dicho, las mayorías del congreso no permitían a los
liberales desarrollar todo su programa. Hubo discusiones acaloradas
sobre diversos puntos de éste: sobre libertad de imprenta, libertad
de esclavos, desafuero eclesiástico, renta fija a los curas de las
parroquias, reforma de la constitución; pero no pudo llegarse a
ninguna solución notable. Las sesiones llegaban a su termino y los
miembros del congreso se ocuparon en designar candidatos para la
Vicepresjdencia de la república. Dos nombres fueron dados a luz:
el del señor José de Obaldía, por parte de los liberales, y el del
señor Juan Defrancisco Martín, por la de los conservadores.
El señor Obaldia, senador por la provincia de Panamá, era
liberal de antigua fecha: desde 1828 y 1839 había combatido en el
Istmo de Panamá la dictadura de Bolívar; en 1837 había concurrido a
la cámara de representantes, y sostenido valerosamente discusiones
a que dio origen en ese año la elección de presidente de la
república; en 1849 había sido uno de los más conspicuos defensores
de la candidatura del general López y se había hecho notable como
orador, quizá el primero entre los liberales. Frisaba en los
cincuenta años, su estatura era mediana con marcada tendencia a la
obesidad, su cara ancha, ojos salientes y orejas grandes no daban
atractivo a su fisonomía en estado de quietud; pero en la
conversación se animaban sus facciones y le daban aspecto
simpático. El órgano de la voz era magnífico con timbres metálicos
y sonoros que se hacían oír a largas distancias: se expresaba con
mucha claridad y poseía una afluencia muy notable en el discurso.
No era elocuente, pero sí un razonador de mucha fuerza, a quien
podía oírse con agrado horas enteras. No era muy ortodoxo su
liberalismo, hasta el punto de que apenas lanzada su candidatura se
pensó en abandonarla por haber atacado y votado negativamente en el
senado un proyecto sobre libertad de imprenta presentado por el
secretario de gobierno, doctor Zaldúa, en el que se limitaba la
responsabilidad de los escritores públicos a la injuria y a la
calumnia. El señor Obaldía confesó su pecado y prometió enmendarse,
con lo cual logró calmar la opinión enojada de sus partidarios.
Como es sabido, desde 1855 abandonó las banderas del liberalismo y
vivió en comunión conservadora desde entonces hasta su muerte, en
1881 (?).
No conocí al señor Defrancisco Martín. Oí decir que había sido
un gran negociante en Cartagena, intimo amigo del general Montilla,
el jefe militar de aquella plaza durante diez años, y que por sus
compromisos en sostenimiento de la dictadura del general Bolívar
desde 1847 hasta 1831, había emigrado a Europa y establecídose en
Paris, de donde no regresó hasta 1847, durante la secretaría de
hacienda del doctor Florentino González. En este año aparece en
nuestra historia financiera haciendo un préstamo de gran
consideración al tesoro; que debía pagarse, como se pagó, en tabaco
de exportación, en 1849 y 1850. En estos dos años figuró como
senador por aquella provincia, y como miembro de la comisión dc
hacienda, suscribió largos informes tratando de probar que la
administración del general López habla encontrado un gran superávit
en las cajas del tesoro. Su gran riqueza y relaciones tradicionales
con el partido de reacción contra las instituciones republicanas
parecen haber sido los títulos con que se le escogió como candidato
a la vicepresidencia. Después, no vuelve a aparecer su nombre en
nuestros anales.
Las elecciones tuvieron lugar en el mes de agosto y el resultado
del voto de 1.600 electores, fue:
Señor Obaldía, poco más o menos 900
|
|
Señor Defrancisco Martín no alcanzó a 700
La votación se dividió casi por igual en las provincias de
Bogotá, Tunja, Tundama, Cartagena, Mompós, Popayán, Chocó.
La opinión liberal tuvo grandes mayorías en las del Socorro,
Vélez, Santander (Cúcuta), Pamplona Soto, Santa Marta, Valledupar,
Neiva, Mariquita, Casanare y las de Panamá, Veraguas, Azuero y
Chiriquí.
La conservadora triunfó en Antioquia, Cauca, Buenaventura, Pasto
y Túquerres.
Es de notar que en la ciudad de Bogotá tuvo mayoría el señor
Defrancisco Martín, y casi en todas las poblaciones en que había
guarnición militar. Todavía en este tiempo no hacía las elecciones
el ejército permanente, corno sucede de 1880 para acá. El señor
Obaldía resultó electo popularmente.