CAPITULO II
Las elecciones de 1848.Las diversas fracciones del partido
conservador.Orígenes de los partidos políticos en
Colombia.Los candidatos conservadores a la presidencia de la
república.
El partido ministerial o
|retrógrado, como entonces era
llamado, caminaba a su disolución según se veía en el gran número
de candidatos que de su seno surgían, representantes de otros
tantos matices de la opinión en que estaba dividido.
Los principales eran:
Doctor José Joaquín Gori, doctor Rufino Cuervo, doctor Mariano
Ospina, general Joaquín María Barriga, doctor Florentino González,
general Eusebio Borrero.
Acerca de ellos daré una breve idea de la manera como entonces
se apreciaba su carácter político.
Como es sabido, nuestros partidos políticos tienen su origen en
grandes sucesos de nuestra historia nacional que han seguido
ejerciendo influencia después en la evolución de las formas y de
los intereses públicos, Estos grandes acontecimientos son:
Primero.La revolución de la Independencia.
Segundo.La división que inmediatamente surgió, entre los
partidarios de la revolución, acerca de la forma con que debiera
organizarse el gobierno republicano, entre la federación y el
centralismo.
Tercero.La reacción contra la república que, desde ese
grupo compacto de población de conservar la supremacía que había
tenido durante el período colonial, las ambiciones que
inmediatamente surgieron entre las personas que se reputaban
capaces de dirigir el movimiento revolucionario, y la costumbre que
en todas partes existía de dirigir las miradas al centro directivo
de la capital en todas las crisis importantes, fueron agentes que
determinaron inmediatamente el combate de las ideas entre la forma
central y la federal, entre lo que había existido y existía y lo
que se aspiraba para lo futuro. La muerte en los patíbulos de todos
los hombres prominentes que de 1810 a 1816 habían dirigido los
primeros pasos de la independencia, federalistas en su inmensa
mayoría; el predominio que con ello adquirió la clase militar,
educada en principios de subordinación y de obediencia a un jefe
superior, y la desaparición de las instituciones, que apenas tenían
seis años de ensayos vacilantes, por la reconquista española
efectuada por Morillo en a 1816, fueron causa de que por lo pronto
prevaleciese la forma central.
Nuestras guerras civiles, principiadas con ese motivo desde
1811, han tenido de entonces acá esa funesta división de
opiniones.
La reacción contra las instituciones republicanas y
democráticas, iniciada por el general Bolívar en 1819 y 1825, dejó
muy pocos adeptos en vista de la indignación con que fue recibida y
de las dificultades que esa empresa presentaba, tanto en éste como
en el antiguo mundo, de donde únicamente se juzgaba posible traer
el soberano y la dinastía que nos gobernase. A este respecto
recuerdo haber visto una carta original del general Bolívar al
general Santander, escrita en Pativilca (Costa
|
del Perú), en
noviembre de 1824, en que se manifiesta desalentado con el ejemplo
de la impopularidad del general San Martín en el Plata y de
Iturbide de 1819 en el Congreso de Angostura, en 1825 en el Perú y
Bolivia, y en 1828 en Colombia, encabezó el general Bolívar.
Cuarto.La lucha sorda entre el catolicismo como poder
dominador de los intereses temporales y las ideas modernas que
combaten esa intervención de las religiones en el gobierno político
de los pueblos. Esa lucha que principió en 1825 con motivo de las
discusiones sobre el ejercicio del derecho de patronato por el
gobierno republicano, se ha acentuado de 1853 para acá con motivo
de la ley que en ese año declaró separados el Estado de la
Iglesia.
Quinto.Las nuevas ideas económicas que necesariamente han
empezado a aparecer al verificar la transformación de la colonia
feudal en república democrática.
La influencia crónica de estos sucesos en las ideas políticas
|
había y ha tenido diversa fuerza en el país.
Los enemigos de la independencia fueron muy pocos; los más
emigraron a España o a las colonias españolas de las Antillas, y
los que aún subsistían en 1848 o subsisten en la actualidad, están
en número muy escaso. De suerte que ese elemento de división y
perturbación en nuestra vida pública no merece contarse entre los
peligros que han rodeado nuestra nacionalidad.
El segundo de los orígenes de nuestros partidos si ha subsistido
y ha sido la causa más fecunda de los trastornos que nos han
conmovido. Las ideas federales primaban en los primeros días de la
independencia, de suerte que aun en Bogotá mismo ciudad que
ha sido naturalmente el foco del pensamiento centralista en
los primeros días que sucedieron al 20
|
de julio de 1810,
sólo se
|
habló de federación. Mas el deseo en Méjico, y emite
el temor de que su estrella empieza a
eclipsarse
|1
.
| Sin embargo,
parece que sus esperanzas se reanimaron con las adulaciones de que
fue objeto en el Perú después de la victoria de Ayacucho. En 1843
se formó en Bogotá una junta, que con publicaciones en
|El
Día trató de revivir esa idea; pero fue combatida con energía,
principalmente por el entonces coronel Joaquín Acosta. En 1886 vi
en un periódico de este país, apellidado
|Imperator, al
general Guzmán Blanco, con cierto énfasis semejante a un
|Ballon
dessai.
|
Las pretensiones del catolicismo a revivir su influencia en los
gobiernos temporales, que ha sido el blanco de los pontificados de
Pío IX y de León XIII, forma en el día el rasgo quizá más notable
de divergencia entre los dos partidos políticos en nuestro país.
Sin embargo en 1848 este motivo de separación en las opiniones,
estaba lejos de haber asumido la importancia que tiene hoy. El
ejercicio del patronato eclesiástico por el gobierno republicano no
era disputado, y con él no era tan fácil al clero católico suscitar
las dificultades de que hoy es causa eficiente, ni los espíritus
respetuosos de la autoridad de las leyes civiles y de la conciencia
de los demás hombres, parecían no tener nada que pedir en las
relaciones de sus creencias políticas y religiosas.
El conflicto actual empezó en 1853. y una vez principado no
cesará hasta que esta religión renuncie a mantener las tradiciones
de la edad media y se ponga a la altura de las ideas modernas; de
lo cual se ven ya algunos Síntomas en la política misma del
pontificado.
Las ideas económicas que la independencia trajo consigo, se
referían a puntos que apenas han empezado a estudiarse.
Las fundaciones y vinculaciones feudales; la esclavitud; la
forma de distribución de las contribuciones públicas,
principalmente en lo relativo a los monopolios ejercidos por el
gobierno; la manera como en lo sucesivo podía adquirirse la
propiedad territorial; el fomento de la educación popular, y la
participación de las clases pobres e ignorantes en la vida pública,
eran en 1848, como lo son en la actualidad, cuestiones que todavía
no agitan de una manera profunda las aspiraciones populares. Sin
embargo en 1848 habían adquirido cierto interés las que se referían
a la extinción definitiva de la esclavitud de la raza negra y al
monopolio del tabaco.
Las opiniones de los candidatos con relación a estos puntos de
programa político no eran bien conocidas, mas eran sospechadas por
los antecedentes de su vida pública y por sus presentes relaciones
personales.
El doctor José Joaquín Gori, natural de Cartagena, había sido un
partidario decidido de la independencia; pero su admiración
excesiva por el Libertador, sus relaciones personales con el
general Montilla en Cartagena, ciudad que, por su importancia
estratégica y comercial, aquél había siempre procurado mantener
sujeta a su influjo, le habían lanzado en el número de los
diputados a la convención de Ocaña en quienes. más fuerte su
simpatía por el general Bolívar que el sentimiento del deber,
habían desertado y disuelto. ese cuerpo legislativo y frustrado las
esperanzas del sufragio popular. Una vez en este camino su
oposición a la política general del general Santander durante la
presidencia de éste de 1832 a 1837, había sido natural.
Vicepresidente de la república desde 1843 hasta 1847 por el voto
conservador en los días de sus más exaltadas pasiones parecía que
ninguno podía representar más fielmente las tradiciones de ese
partido. No obstante estos precedentes, había estado en
desavenencia ,con algunos actos de la administración del general
Mosquera, principalmente en lo relativo a la manera de tratar las
pretensiones del traidor Flores, las cuales había mirado el doctor
Gori con todo el horror que correspondía a sus sentimientos de amor
por la independencia. Esto despertó simpatías en el partido
liberal, pero no las suficientes para adoptarlo como candidato.
Era de mediana estatura, delgado, de constitución sanguínea muy
pronunciada, ágil en sus movimientos; aunque naturalmente serio,
era en extremo cortés en sus modales, de suerte que era proverbial
la atención con que devolvía el saludo en la calle a toda persona,
rica o pobre; muy aseado y cuidadoso en su vestido: las
exterioridades hacían formar de él una alta idea de su persona. No
era escritor notable, y sus trabajos intelectuales casi se habían
limitado a negocios forenses. Se dice que era fácilmente irritable
en las discusiones, y no gozó de reputación de orador. En cambio,
sí la tenía de probidad acendrada, y aunque colocado en altas
posiciones vivió en suma. medianía, decente pero estrecha, y murió
pobre. En sus últimos días, de 1849 en adelante, se reincorporó en
el partido liberal, en cuyas filas terminó su vida. No se le
reputaba persona de vastos talentos ni de ilustración superior,
pero se le creía dotado de buen sentido, rectitud y firmeza de
carácter.
El doctor Rufino Cuervo, natural de Boyacá, persona a quien
conocí más de cerca, pues fui su discípulo en las clases de
economía política y derecho internacional en la Universidad de
Bogotá, era un personaje quizás menos respetado en el público, pero
se tenía de él más alta idea de sus talentos e ilustración. Por su
edad temprana probablemente no figura su nombre en la guerra de la
independencia y aparece sirviendo puestos subalternos durante la
administración del general Santander, de 1824 a 1827, tiempo en el
cual llegó a magistrado del tribunal del Cauca. Allí se mostró
adicto a las ideas de que aquél era jefe en esos tiempos, hizo
oposición a la dictadura del general Bolívar y se ligó en amistad,
estrecha al parecer, con el entonces. presbítero Manuel José
Mosquera, después arzobispo de Santa fe, quien entonces también
pertenecía al partido santandereano y vivía ligado en amistad
política con los coroneles Obando y López, que eran reputados
entonces como jefes de la resistencia a los planes del general
Bolívar.
Durante la administración Santander, de 1832 a 1835, fue
gobernador de la provincia de Bogotá, puesto en el cual desplegó
gran inteligencia, actividad e ideas de progreso. Desempeñó también
una comisión diplomática en la república del Ecuador en 1841 y
1842, y es indudable que a su energía y fidelidad, a pesar de la
ligereza con que otros hombres públicos de nuestro país quisieron
ceder partes importantes de nuestro territorio (los cantones de
Túquerres e Ipiales), somos deudores de la integridad de nuestras
fronteras del sur. También sirvió hasta 1839 como miembro de la
comisión de los tres estados en que se dividió la antigua Colombia,
en la adjudicación de las deudas de esa antigua nacionalidad a las
que le sucedieron. En 1843, durante la administración del general
Herrán, desempeñó por algunos meses la secretaría de hacienda.
Después de un viaje a Europa, fue elegido vicepresidente de la
república en 1847, y adoptado como candidato a la presidencia en
1848.
Estaba en la vecindad de los cincuenta años, en la plenitud de
sus talentos, y en lo que puede llamarse él cenit de la vida; de la
vida intelectual a lo menos, pues a esa edad ya ha empezado la
decadencia en la vida física. Era alto, delgado, de airoso
continente, de una fisonomía más compuesta que natural, maneras más
artificiales que sencillas y trato más fácil y agradable al aire
libre que en la intimidad. La diplomacia parecía ser, entre todas
las fases de su carrera, la que más se había acomodado a las dotes
generales de su organización, lo cual se revelaba en los actos,
opiniones y forma general de su carácter público.
Sus talentos, más brillantes que sólidos, lo hacían siempre
aparecer en las primeras filas, cualquiera que fuese el campo en
que los emplease; su instrucción, más ancha que profunda, lo ponía
en actitud de discurrir sobre objetos más variados que los hombres
en cuya concurrencia política vivía: condición que es obligada en
los países nuevos y escasos en educación general, pues en ellos es
preciso saber de todo un poco sin ser especiales ni superiores en
nada, ser orador, escritor, administrador economista, jurisconsulto
y hasta poeta, sin poseer a fondo las cualidades y conocimientos
que requieren estas profesiones. Con todo, era de notar en el
doctor Cuervo la tendencia que estaban llamados a producir en la
mente los métodos escolástico de nuestra educación antigua, y
todavía en gran parte de la moderna, la tendencia a mirar hacia
atrás mucho más que hacia adelante, a buscar la luz en el poniente,
mejor que en la aurora, en la investigación de la verdad y en la
solución de los problemas sociales. La preferencia dada al latín y
a las ciencias de la antigüedad, a la teología, la metafísica, la
historia antigua, sobre las ciencias modernas de observación y
experiencia, los idiomas vivos y la historia contemporánea,
producía, y produce aún en las clases educadas, una especie de
miopía poco a propósito para juzgar con claridad de las
dificultades que presenta el gobierno de las sociedades modernas.
El doctor Cuervo nacido en los albores del siglo XIX, criado en
medio de las convulsiones de nuestra transformación política,
lanzado en la carrera pública en los momentos en que se trataba de
organizar un inundo nuevo, debió de recibir en su primera educación
esa impulsión; fue un liberal en su exaltada juventud, un moderado
en la edad media de su vida, y llegaba a ser un conservador cerrado
en sus últimos años.
Era muy animado en su conversación, muy espiritual en sus
réplicas y abundante en las anécdotas con que ilustraba su manera
de pensar. En la clase de economía política dividía él en una
ocasión las industrias únicamente en agrícola y manufacturera: como
un estudiante preguntase si las de acarreo, extractiva y comercial
no eran industrias propiamente hablando: oh! contestó con rapidez,
sucede con ellas lo que con los diez mandamientos que se encierran
en dos, en servir y amar a Dios y al prójimo como a sí mismo. Para
mostrar en otra ocasión cómo las cuestiones deben mirarse por
diversos lados a fin de evitar errores en la conclusión final, nos
refería que en una ciudad de España un vendedor de vinos en una
tienda de esquina tenía en un lado de la calle un letrero que decía
Vino de Valde y en el otro lado Peñas; lo
que inducía a algunos a pensar que allí se daba vino de balde
cuando sólo se anunciaba Vino de Valdepeñas.
Cortejaba la popularidad asiduamente en las relaciones sociales,
en las que era un modelo de corrección. Era suya la primer visita
que recibía el viajero de las provincias a la capital; los miembros
del congreso quedaban muy complacidos del rato de conversación
agradable que les proporcionaba inmediatamente este cumplido
caballero; el enfermo o el triste en la ciudad sentía alivio o
consuelo al saber los buenos recuerdos que el doctor Cuervo les
había dejado. Empero, la popularidad es una coqueta caprichosa que
se prenda del ruido más que de las delicadas atenciones. El doctor
Cuervo no era popular. Los partidos extremos sabían que no podían
fiarse de él; los hombres que tomaban participación en la cosa
pública en las mismas filas, miraban con desconfianza la
superioridad orgullosa que en ocasiones no podía ocultar; los
intereses personales no se atrevían a buscar medros en un personaje
cuya probidad estaba fuera de toda sospecha.
El doctor Mariano Ospina, natural de Cundinamarca, tuvo su cuna
en la vida pública, en la conspiración del 25 de septiembre de 1828
en la compañía de Vargas Tejada, Pedro Celestino Azuero, Florentino
González y Ezequiel Rojas. Allí aparece por vez primera delante de
sus conciudadanos. En seguida lo vemos uniéndose en 1829 al
movimiento del general José Maria Córdoba, en Antioquia, contra la
dictadura del general Bolívar; en 1831 con el coronel Salvador
Córdoba en el restablecimiento del gobierno constitucional
derrocado por la insurrección del Santuario Y sustituido por la
dictadura del general Rafael Urdaneta. En los diez años que
siguieron hasta 1841, sus horizontes se redujeron a los trabajos
rutinarios de la secretaria y después de la gobernación de la
provincia de Antioquia y a los de la cámara de la misma provincia,
a la que concurrió tres o cuatro veces; corporación que entonces
carecía de la importancia que desde 1848 le dio la extensión de
facultades decretada en la ley de régimen municipal, en 1850 la
descentralización y en 1857 la constitución federal. Aquí adquirió
sin duda ese espíritu reglamentario que después le fue tan
censurado con motivo del decreto sobre rentas de fábrica, que llegó
a hacerse proverbial en la prensa periódica. En 1841 empieza,
propiamente hablando, su carrera como hombre de estado, orador
parlamentario y escritor público, desempeñando la secretaría de lo
interior y relaciones exteriores en las administraciones del
general Caicedo y del general Herrán hasta 1845. Los tiempos no
eran propios al ejercicio de sus talentos y menos a la formación de
su carácter público. La guerra civil de 1840 a 1842, que él se
rehusó siempre a reconocer como tal, reduciéndola en su mente a las
proporciones de rebelión miserable merecedora de represión
despiadada, había despertado las cóleras y rencores intransigentes
heredados del pueblo que durante ocho siglos mantuvo una guerra
incesante con los moros, y a quienes persiguió después de su
triunfo hasta la exterminación total; del pueblo formado por Felipe
II y el tribunal de la Inquisición a la creencia de que todo
disentimiento de opiniones es un crimen merecedor de los más
tremendos castigos. La grita destemplada de esas pasiones, aunque
en parte desoída por el carácter naturalmente benévolo y
conciliador de los generales Caicedo y Herrán, fue la atmósfera
que pudo respirar durante esos cuatro años, y probablemente ejerció
una influencia dañosa después para su reputación y aún para sus
ideas. Preocupado con la idea de mantener la represión sobre los
vencidos, poco o nada puede citarse como obra suya en esos años. El
plan de estudios dictado por él que se dice formó la generación
inteligente que estuvo a la cabeza de los negocios públicos de 1860
a 1880, probablemente fue uno de esos fenómenos físicos que, como
las buenas cosechas en años de sucesión regular de las estaciones,
favorecen a las veces la rutina del cultivador. En ese plan no
había nada notable, si se exceptúa el rigor excesivo dentro de los
claustros, cuyas consecuencias fueron de un orden muy distinto del
que se esperaba. En vez de obtenerse con él una juventud enseñada a
la obediencia pasiva y adicta a las ideas dominantes, los
estudiantes de ese tiempo formaban la barra oposicionista en los
congresos, apoyaban con ardor las candidaturas contrarias al
gobierno, y en sus cuatro quintas partes se afiliaron en el bando
que representaba las ideas liberales más avanzadas.
Miembro de los congresos en los años de 1845 a 1848, conquistó
por sus talentos, su carácter austero, su honradez nunca
desmentida, su vida sencilla y su ardor en el estudio, el respeto
de los que lo rodeaban y lo conocían más a fondo. Sin embargo,
estaba lejos en 1848 de tener sobre sus conciudadanos la influencia
que más tarde adquirió, y aunque su nombre figuró entre los
favorecidos por el sufragio de los electores no representaba aún el
de un jefe de partido. Era tan sólo una evocación poco numerosa
todavía de las pasiones de otros tiempos: su importancia política
debía mostrarse después.
El general Joaquín María Barriga era el candidato verdadero del
general Mosquera, según afirmó éste, y como tal obtuvo los de la
clase militar adicta al presidente y los de algunos ciudadanos que
veían en él a un patriota, moderado en sus opiniones y en su
Carácter, que no participaba de los odios que seguían ¡a huella de
los demás candidatos, ni tampoco, como es ley de la física, del
amor de las multitudes. El general Barriga había principiado su
carrera en 1819, muy joven aún; había ganado todos sus grados por
rigurosa escala y como premio de servicios reales: aunque
perteneciente al partido liberal, había defendido al gobierno
legítimo en 1840; figurado con honor en las batallas principales de
esa guerra civil y ganado la última, la de La Chauca en 1842, que
puso el sello definitivo a la victoria del partido conservador.
Imitando a Bolívar, que en 1824 no había querido ser responsable
del éxito de la última campaña en la guerra magna, y la había
confiado a su teniente más distinguido, el general Sucre, el
general Mosquera, por causas que nos son desconocidas, tampoco
había querido medirse personalmente con Obando en el desenlace
final de las operaciones del sur y había confiado esa tarea a
Barriga. La victoria obtenida por éste le había conquistado gran
simpatía en Mosquera, y tal vez ese fue el sentimiento que lo
impulsó a recomendarlo como sucesor suyo en el mando de la nación
en 1848.
El general Barriga era candidato de conciliación, no de lucha,
entre los partidos, y como tal, en una época enconada, tenía pocas
probabilidades de buen éxito.
Con la candidatura del doctor Florentino González se aspiraba a
formar un partido nuevo destinado a romper las tradiciones de los
que habían dividido los ánimos de nuestros compatriotas
desde1810.
Nacido a principios de este siglo en la antigua provincia del
Socorro, habla respirado en su infancia el hálito de la
insurrección de los comuneros en 1781,. había pasado su primera
juventud en medio de la lucha encarnizada de la independencia, y
educándose en los colegios de Bogotá a tiempo que principiaba la
reacción contra la república y el esfuerzo indomable de la nueva
generación por conservar las instituciones republicanas adquiridas
en quince años de combates. González desde luego, se afilió entre
los más entusiastas defensores de la libertad, hizo parte de los
conjurados que penetraron a palacio el día 25 de septiembre de
x828, y condenado a muerte por un consejo de guerra, debió su vida
a la generosidad con que defendió de ultrajes y desprecios a la
célebre doña Manuela Sáenz, la escandalosa e indigna compañera del Libertador
|2.
Sufrió con valor las persecuciones y
destierro que cayeron sobre los que, directa o indirectamente,
fueron considerados cómplices de ese acto resonante, y en 1832 se
encuentra ya en el puesto de secretario de la convención que
constituyó la nueva nacionalidad granadina con los departamentos
centrales de la Gran Colombia.
Desempeñó destinos importantes durante la administración del
general Santander, entre ellos el de gobernador de Bogotá, de 1835
a 1837. Retirado a la oposición en el período del doctor Márquez,
fue vigoroso atleta en la prensa y en la tribuna, y cuando vencida
la revolución popular de 1840, que por algunos meses pareció ser
irresistible, no le fue agradable continuar viviendo en su patria,
se retiró voluntariamente a viajar a Europa, en donde
permaneció hasta 1847. A su regreso, modificado profundamente en
sus ideas con la vista de esos países prósperos, en donde una
civilización más adelantada llama la mente a objetos distintos de
las tristes rencillas en que vivían los pueblos de la América
española, continué su carrera de escritor, no ya haciendo una
oposición estéril al gobierno, sino llamando la atención pública
hacia la creación de bancos, reforma monetaria, desarrollo de las
vías de comunicación y reforma del sistema tributario,
principalmente por medio de la abolición del monopolio del
tabaco.
Los tiempos eran propicios para esas empresas. El general
Mosquera, que también había viajado por Europa y embebidose en ese
nuevo orden de ideas, había empezado a ponerlas en planta, con la
eficaz colaboración del señor Lino de Pombo, su secretario de
hacienda. En 1846 habla sido establecido, rebajándolo
considerablemente, un porte uniforme para las cartas confiadas al
servicio del correo, adoptado el sistema decimal francés de pesas y
medidas, la ley de 0,900 en las monedas, medidas fuertemente
combatidas por el espíritu conservador reinante; y cuando, fatigado
por esas resistencias, renuncié el portafolio a causa de una
cuestión baladí, el general Mosquera reemplazó al señor Pombo con
el doctor Florentino González.
Fue éste uno de los cambios teatrales frecuentes en la vida del
general Mosquera. El doctor González había sido no solamente su
adversario en política, sino como generalmente sucede en el juego
de nuestros partidos, su enemigo personal: era uno de los
personajes más odiados por los conservadores, y su llamamiento a un
puesto elevado en él gobierno causó sorpresa general. Aceptado el
nombramiento, el doctor González creyó también que era de su deber
o de su conveniencia cambiar la dirección de sus convicciones en
política, y acercarse a la manera de pensar del círculo político
en entraba. Siempre es cierto que son difíciles y aún peligrosas
estas entradas en caminos de travesía.
En esta nueva posición el secretario de hacienda inició mejoras
muy notables en nuestro sistema fiscal. La adopción de la
contabilidad por partida doble; el sistema francés en la formación
del presupuesto de rentas y gastos; la redención voluntaria de los
censos en el tesoro nacional; la desamortización
|voluntaria
de los bienes de manos muertas
|3
; la relación de 151/2 a 1 entre el valor
de las monedas de oro y las de plata; la rebaja de la tarifa de
aduanas; la creación de un banco nacional; la abolición de los
diezmos y la creación de una contribución directa destinada al
sostenimiento del culto católico; la abolición de derechos
diferenciales en las aduanas; la modificación del monopolio del
tabaco por medio de ventas por mayor en las factorías y la libertad
del comercio por menor; la circulación autorizada de las monedas de
Francia, Bélgica y Cerdeña, iguales a las mandadas acuñar en
nuestras oficinas de acuñación, y el acometimiento de vías de
comunicación subvencionadas por las rentas públicas, fueron medidas
sugeridas o propuestas directamente por él durante los pocos meses
de su permanencia en la secretaria, combatidas por ese espíritu de
contradicción que forma de los lados débiles de nuestro carácter
nacional, adoptadas en parte por el congreso y rechazadas en su
mayoría por la ignorancia ciega o por el terror a las innovaciones,
faz característica de los pueblos que han pasado largos siglos en
estancamiento intelectual y material como el nuestro.
No completé dos años el doctor González en la secretaría de
hacienda; su retirada de ese puesto durante las sesiones del
congreso de 1848, fue explicada por un periódico como el resultado
de una desavenencia con el secretario de gobierno por unas palabras
pronunciadas por éste en la cámara de representantes con motivo de
un proyecto sobre la expulsión de los jesuitas, medida a la cual
era favorable el secretario de hacienda y fuertemente adverso el de
gobierno (doctor Alejandro Osorio).
Entonces surgió la candidatura presidencial del doctor González,
presentada en un periódico fundado en esos días por los señores
Julio Arboleda y Lino Pombo, pero este periódico, que sostenía la
candidatura de un liberal avanzado en todo el curso de su carrera
pública de más de veinte años, era conservador en su tradición y en
la apreciación de los sucesos contemporáneos. El candidato mismo
colaboraba en él, dando muestras de que ya no era el mismo hombre y
de que se separaba abiertamente de la comunidad política a que
habla pertenecido.
Era un hombre de cuarenta y cuatro años de edad, alto, delgado,
de facciones finas, serio, poco insinuante, de modales sencillos, y
en toda su actitud revelaba las agitaciones de su vida con un aire
de melancolía en la mirada y un aspecto decidido y firme. Sus
talentos eran grandes, más dirigidos a las cuestiones prácticas,
que a investigaciones filosóficas, a estudios eruditos o aficiones
literarias. Aunque consagrado a la política y lleno de ambición, de
fama y de poder, nunca tuvo ese tacto, esa destreza ni ese donde
gentes que son necesarios para realizar altos propósitos. Bajo el
aspecto moral, su cualidad dominante era el valor personal y el
carácter decidido. Acusábasele de egoísmo, dc algo de fatuidad y de
amor al dinero. Sus amistades principales se encontraban entre los
capitalistas y hombres de negocios. Como escritor, su estilo era
claro, sencillo y sin afectación alguna. Como orador era pesado, no
abundante en la dicción, y excepto en algunos raros momentos en
que, movido por la pasión, se levantaba a esferas más elevadas, era
en lo general escuchado con poco placer. En sus ambiciones, que
eran grandes fue desgraciado.
El general Eusebio Borrero era una figura de una sola pieza.
Desde muy temprano, a la edad de diez y ocho años, tomó las armas
en servicio de la independencia, luché con furor en esas campañas
del sur, en donde los pastusos entre quienes no había penetrado, o
sólo muy débilmente, la idea de patria defendían, respetuosamente
primero, con encarnizamiento después, la causa real. La obstinación
de esta resistencia suscité procederes en extremo rígidos en varios
de los jefes patriotas, uno de ellos Borrero. Formado en esa
escuela de combates a muerte, que se prolongó por quince o diez y
seis años casi sin intermisión alguna, su carácter adquirió un
temple duro y agresivo. No Secundé, aunque tampoco combatió
decididamente, las ideas reaccionarias de 1827 a 1831,
| y
tampoco representó un papel notable en los sucesos políticos de
1832 a 1840. En la guerra civil de este año a 1842 defendió con
calor, bien fue desgraciado en las campañas que le tocó Conducir en
época luctuosa, la causa del gobierno del doctor Márquez. Se dice
que la acritud de sus palabras en una discusión en 1840,
|
en
la cámara de representantes, ocasioné la conmoción violenta que
produjo la enfermedad y muerte del general Santander En 1845, en su
calidad de secretario de lo interior y relaciones exteriores de la
administración del general Mosquera, sostuvo apasionadamente la
idea de declarar la guerra al Ecuador si el gobierno de ese país
admitiese en su territorio al proscrito granadino general Obando, y
este hecho le enajenó las simpatías del partido liberal, Así el
número de sus partidarios, pequeño entre los conservadores, fue
ninguno entre los del partido opuesto.
Con todo, él reunía otras cualidades destinadas a conservarle
amigos y popularidad. Era de estatura mediana, fornido y los rasgos
de su fisonomía revelaban un carácter firme, tenaz y resuelto a
todo. Su cabellera abundante, rastros de viruelas en la cara, ojos
llenos de fuego y voz resonante, clara y argentina, recordaban algo
las facciones de Mirabeau. Esta semejanza física se completaba con
facultades oratorias de primer orden: en tales términos que,
después del general Santander, no recuerdo haber oído jamás acentos
mas elocuentes y apasionados en la tribuna de este país.
|
1
|
Esta carta fue comprada en Bogotá por M. Glenard, negociante
francés, y quizás existe publicada en Europa.
|
|
2
|
En carta escrita veinte años después al general OLeary,
que recientemente ha visto la luz, doña Manuela asegura que esta
defensa la debió al coronel Ramón Guerra; pero que entonces por
salvar la vida al joven Florentino González, la atribuyó a éste.
Poco crédito se ha dado a esta rectificación tardía, en vista del
asentimiento que a la primera versión dieron durante su vida todos
los testigos presenciales de los acontecimientos.
|
|
3
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Digo voluntaria en contraposición a la manera decretada después
en 1861, por el general Mosquera, que fue forzosa. El doctor
González proponía autorizar a las corporaciones religiosas la venta
de sus propiedades en pública subasta, percibiendo el fisco el
valor en dinero que se diera por ellas y reconociendo el tesoro
nacional una renta perpetua a favor de dichas corporaciones. Otro
tanto sucedía respecto de los censos cuya redención no proponía él
obligatoria para los censualistas sino voluntaria
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