INDICE




Capítulo I
Capítulo II
Capítulo III - El 7 de marzo Las aspiraciones liberales.?El candidato liberal.?Minoría evidente de las opiniones conservadoras.?La reunión del congreso.? Los preparativos del gobierno para el caso de un conflicto.? Los escrutinios en el congreso?La elección del general López.
Capítulo IV  Preludios de guerra civil?Furor del partido en minoría.?Publicaciones incendiarias.?Llegada del general Obando.
Capítulo V  La administración del 7 de marzo.?Preludios.   Ministerio Periodismo.
Capítulo VI  Movimiento de las ideas.?Abolición de la pena de muerte en los de delitos políticos.?Libertad de esclavos.?Libertad de imprenta
Capítulo VII  La provisión de destinos- remociones.?El general Herrán.? El señor José Eusebio Caro.?El doctor Márquez.
Capítulo VIII  Primeros trabajos de la nueva administración.?Venta por mayor de las existencias de tabaco de Ambalema.?Contrato de almacenes de sal con el señor Miguel S. Uribe.?Pago de intereses de la deuda exterior.?Discusión sobre el estado del tesoro público al principiar la nueva administración.
Capítulo IX  Las Sociedades Democráticas.?La Sociedad de Artesanos de Bogotá.?Disturbios en Venezuela.
Capítulo X  Mejoras internas acometidas.—La carretera de occidente—La comisión corográfica.  
Capítulo XI  El cólera
Capítulo XII  Estado social.?Costumbres.
Capítulo XIII  Costumbres políticas.?Hombres que figuraban en la política.? Oradores elocuentes.?Oradores razonadores.
Capítulo XIV   Comercio exterior e interior.?Artículos principales- Oro plata. ? Tejidos de lana y algodón fabricados en el país.?carnes.  ?Sombreros de nacuma -Dulces.-Tabaco.- café.- Huevos y aves de corral.?Pescado.
Capítulo XV  Otras inversiones del capital.?Construcción de edificios.?Bancos.?Vías de comunicación.?Vapores en el Magdalena.
Capítulo  XVI  Consumos alimenticios interiores.?Mercancías extranjeras.?café Azúcar.?Tejidos del país. ? Sal.?Tabaco.?Cacao.?Maíz?plátanos.?Papas.?Trigo.?Arroz.?Raíces y tubérculos. ? Arracacha.?Yuca.?Leguminosas.?Frutas.
Capitulo XVII   Rentas y gastos nacionales
Capítulo XVIII  Las mayorías en el congreso.?Abolición de los derechos sobre la siembra de tabaco.?El cólera en Bogotá.?Descentralización de rentas y gastos.?Discusiones sobre libertad de imprenta, abolición de la esclavitud, reforma de la Constitución.?Desafuero eclesiástico y renta fija a los curas.
CAPITULO XIX  (continuación)
Capitulo XX   Otros asuntos del año de 1850.  Expulsión de los jesuitas.?El cólera en Bogotá.?Candidaturas.. a la vicepresidencia de la república.
Capitulo XXI   Los Golgotas
Capitulo XXII - La guerra civil de 1851
Capitulo XXIII    La Compañía de Russi
Capitulo XXIV    Las Reformas Eclesiásticas
Capitulo XXV - Tendencias generales de la opinión pública
Capitulo XXVI   Año de 1852.  Censo de población.?Nuevas tentativas de Flores, el traidor.? Complicidad en ellas del gobierno peruano.?Actitud del gobierno granadino.- Fin de esas tentativas.
Capitulo XXVII - Cuestiones eclesiásticas
La Convención de Rionegro    Año de 1863
Nota sobre el autor
CAPITULO II

Las elecciones de 1848.—Las diversas fracciones del partido conservador.—Orígenes de los partidos políticos en Colombia.—Los candidatos conservadores a la presidencia de la república.

El partido ministerial o |retrógrado, como entonces era llamado, caminaba a su disolución según se veía en el gran número de candidatos que de su seno surgían, representantes de otros tantos matices de la opinión en que estaba dividido.

Los principales eran:

Doctor José Joaquín Gori, doctor Rufino Cuervo, doctor Mariano Ospina, general Joaquín María Barriga, doctor Florentino González,  general Eusebio Borrero.

Acerca de ellos daré una breve idea de la manera como entonces se apreciaba su carácter político.

Como es sabido, nuestros partidos políticos tienen su origen en grandes sucesos de nuestra historia na­cional que han seguido ejerciendo influencia después en la evolución de las formas y de los intereses públicos, Estos grandes acontecimientos son:

Primero.—La revolución de la Independencia.

Segundo.—La división que inmediatamente surgió, entre los partidarios de la revolución, acerca de la forma con que debiera organizarse el gobierno republicano, entre la federación y el centralismo.

Tercero.—La reacción contra la república que, desde ese grupo compacto de población de conservar la supremacía que había tenido durante el período colonial, las ambiciones que inmediatamente surgieron entre las personas que se reputaban capaces de dirigir el movimiento revolucionario, y la costumbre que en todas partes existía de dirigir las miradas al centro directivo de la capital en todas las crisis importantes, fueron agentes que determinaron inmediatamente el combate de las ideas entre la forma central y la federal, entre lo que había existido y existía y lo que se aspiraba para lo futuro. La muerte en los patíbulos de todos los hombres prominentes que de 1810 a 1816 habían dirigido los primeros pasos de la independencia, federalistas en su inmensa mayoría; el predominio que con ello adquirió la clase militar, educada en principios de subordinación y de obediencia a un jefe superior, y la desaparición de las instituciones, que apenas tenían seis años de ensayos vacilantes, por la reconquista española efectuada por Morillo en a 1816, fueron causa de que por lo pronto prevaleciese la forma central.

Nuestras guerras civiles, principiadas con ese motivo desde 1811, han tenido de entonces acá esa funesta división de opiniones.

La reacción contra las instituciones republicanas y democráticas, iniciada por el general Bolívar en 1819 y 1825, dejó muy pocos adeptos en vista de la indignación con que fue recibida y de las dificultades que esa empresa presentaba, tanto en éste como en el antiguo mundo, de donde únicamente se juzgaba posible traer el soberano y la dinastía que nos gobernase. A este respecto recuerdo haber visto una carta original del general Bolívar al general Santander, escrita en Pativilca (Costa | del Perú), en noviembre de 1824, en que se manifiesta desalentado con el ejemplo de la impopularidad del general San Martín en el Plata y de Iturbide de 1819 en el Congreso de Angostura, en 1825 en el Perú y Bolivia, y en 1828 en Colombia, encabezó el general Bolívar.

Cuarto.—La lucha sorda entre el catolicismo como poder dominador de los intereses temporales y las ideas modernas que combaten esa intervención de las religiones en el gobierno político de los pueblos. Esa lucha que principió en 1825 con motivo de las discusiones sobre el ejercicio del derecho de patronato por el gobierno republicano, se ha acentuado de 1853 para acá con motivo de la ley que en ese año declaró separados el Estado de la Iglesia.

Quinto.—Las nuevas ideas económicas que necesariamente han empezado a aparecer al verificar la transformación de la colonia feudal en república democrática.

La influencia crónica de estos sucesos en las ideas políticas | había y ha tenido diversa fuerza en el país.

Los enemigos de la independencia fueron muy pocos; los más emigraron a España o a las colonias españolas de las Antillas, y los que aún subsistían en 1848 o subsisten en la actualidad, están en número muy escaso. De suerte que ese elemento de división y perturbación en nuestra vida pública no merece contarse entre los peligros que han rodeado nuestra nacionalidad.

El segundo de los orígenes de nuestros partidos si ha subsistido y ha sido la causa más fecunda de los trastornos que nos han conmovido. Las ideas federales primaban en los primeros días de la independencia, de suerte que aun en Bogotá mismo —ciudad que ha sido naturalmente el foco del pensamiento centralista— en los primeros días que sucedieron al 20 | de julio de 1810, sólo se | habló de federación. Mas el deseo en Méjico, y emite el temor de que su estrella empieza a eclipsarse |1 . | Sin embargo, parece que sus esperanzas se reanimaron con las adulaciones de que fue objeto en el Perú después de la victoria de Ayacucho. En 1843 se formó en Bogotá una junta, que con publicaciones en |El Día trató de revivir esa idea; pero fue combatida con energía, principalmente por el entonces coronel Joaquín Acosta. En 1886 vi en un periódico de este país, apellidado |Imperator, al general Guzmán Blanco, con cierto énfasis semejante a un |Ballon d’essai. |

Las pretensiones del catolicismo a revivir su influencia en los gobiernos temporales, que ha sido el blanco de los pontificados de Pío IX y de León XIII, forma en el día el rasgo quizá más notable de divergencia entre los dos partidos políticos en nuestro país. Sin embargo en 1848 este motivo de separación en las opiniones, estaba lejos de haber asumido la importancia que tiene hoy. El ejercicio del patronato eclesiástico por el gobierno republicano no era disputado, y con él no era tan fácil al clero católico suscitar las dificultades de que hoy es causa eficiente, ni los espíritus respetuosos de la autoridad de las leyes civiles y de la conciencia de los demás hombres, parecían no tener nada que pedir en las relaciones de sus creencias políticas y religiosas.

El conflicto actual empezó en 1853. y una vez principado no cesará hasta que esta religión renuncie a mantener las tradiciones de la edad media y se ponga a la altura de las ideas modernas; de lo cual se ven ya algunos Síntomas en la política misma del pontificado.

Las ideas económicas que la independencia trajo consigo, se referían a puntos que apenas han empezado a estudiarse.

Las fundaciones y vinculaciones feudales; la esclavitud; la forma de distribución de las contribuciones públicas, principalmente en lo relativo a los monopolios ejercidos por el gobierno; la manera como en lo sucesivo podía adquirirse la propiedad territorial; el fomento de la educación popular, y la participación de las clases pobres e ignorantes en la vida pública, eran en 1848, como lo son en la actualidad, cuestiones que todavía no agitan de una manera profunda las aspiraciones populares. Sin embargo en 1848 habían adquirido cierto interés las que se referían a la extinción definitiva de la esclavitud de la raza negra y al monopolio del tabaco.

Las opiniones de los candidatos con relación a estos puntos de programa político no eran bien conocidas, mas eran sospechadas por los antecedentes de su vida pública y por sus presentes relaciones personales.

El doctor José Joaquín Gori, natural de Cartagena, había sido un partidario decidido de la independencia; pero su admiración excesiva por el Libertador, sus relaciones personales con el general Montilla en Cartagena, ciudad que, por su importancia estratégica y comercial, aquél había siempre procurado mantener sujeta a su influjo, le habían lanzado en el número de los diputados a la convención de Ocaña en quienes. más fuerte su simpatía por el general Bolívar que el sentimiento del deber, habían desertado y disuelto. ese cuerpo legislativo y frustrado las esperanzas del sufragio popular. Una vez en este camino su oposición a la política general del general Santander durante la presidencia de éste de 1832 a 1837, había sido natural. Vicepresidente de la república desde 1843 hasta 1847 por el voto conservador en los días de sus más exaltadas pasiones parecía que ninguno podía representar más fielmente las tradiciones de ese partido. No obstante estos precedentes, había estado en desavenencia ,con algunos actos de la administración del general Mosquera, principalmente en lo relativo a la manera de tratar las pretensiones del traidor Flores, las cuales había mirado el doctor Gori con todo el horror que correspondía a sus sentimientos de amor por la independencia. Esto despertó simpatías en el partido liberal, pero no las suficientes para adoptarlo como candidato.

Era de mediana estatura, delgado, de constitución sanguínea muy pronunciada, ágil en sus movimientos; aunque naturalmente serio, era en extremo cortés en sus modales, de suerte que era proverbial la atención con que devolvía el saludo en la calle a toda persona, rica o pobre; muy aseado y cuidadoso en su vestido: las exterioridades hacían formar de él una alta idea de su persona. No era escritor notable, y sus trabajos intelectuales casi se habían limitado a negocios forenses. Se dice que era fácilmente irritable en las discusiones, y no gozó de reputación de orador. En cambio, sí la tenía de probidad acendrada, y aunque colocado en altas posiciones vivió en suma. medianía, decente pero estrecha, y murió pobre. En sus últimos días, de 1849 en adelante, se reincorporó en el partido liberal, en cuyas filas terminó su vida. No se le reputaba persona de vastos talentos ni de ilustración superior, pero se le creía dotado de buen sentido, rectitud y firmeza de carácter.

El doctor Rufino Cuervo, natural de Boyacá, persona a quien conocí más de cerca, pues fui su discípulo en las clases de economía política y derecho internacional en la Universidad de Bogotá, era un personaje quizás menos respetado en el público, pero se tenía de él más alta idea de sus talentos e ilustración. Por su edad temprana probablemente no figura su nombre en la guerra de la independencia y aparece sirviendo puestos subalternos durante la administración del general Santander, de 1824 a 1827, tiempo en el cual llegó a magistrado del tribunal del Cauca. Allí se mostró adicto a las ideas de que aquél era jefe en esos tiempos, hizo oposición a la dictadura del general Bolívar y se ligó en amistad, estrecha al parecer, con el entonces. presbítero Manuel José Mosquera, después arzobispo de Santa fe, quien entonces también pertenecía al partido santandereano y vivía ligado en amistad política con los coroneles Obando y López, que eran reputados entonces como jefes de la resistencia a los planes del general Bolívar.

Durante la administración Santander, de 1832 a 1835, fue gobernador de la provincia de Bogotá, pues­to en el cual desplegó gran inteligencia, actividad e ideas de progreso. Desempeñó también una comisión diplomática en la república del Ecuador en 1841 y 1842, y es indudable que a su energía y fidelidad, a pesar de la ligereza con que otros hombres públicos de nuestro país quisieron ceder partes importantes de nuestro territorio (los cantones de Túquerres e Ipiales), somos deudores de la integridad de nuestras fronteras del sur. También sirvió hasta 1839 como miembro de la comisión de los tres estados en que se dividió la antigua Colombia, en la adjudicación de las deudas de esa antigua nacionalidad a las que le sucedieron. En 1843, durante la administración del general Herrán, desempeñó por algunos meses la secretaría de hacienda. Después de un viaje a Europa, fue elegido vicepresidente de la república en 1847, y adoptado como candidato a la presidencia en 1848.

Estaba en la vecindad de los cincuenta años, en la plenitud de sus talentos, y en lo que puede llamarse él cenit de la vida; de la vida intelectual a lo menos, pues a esa edad ya ha empezado la decadencia en la vida física. Era alto, delgado, de airoso continente, de una fisonomía más compuesta que natural, maneras más artificiales que sencillas y trato más fácil y agradable al aire libre que en la intimidad. La diplomacia parecía ser, entre todas las fases de su carrera, la que más se había acomodado a las dotes generales de su organización, lo cual se revelaba en los actos, opiniones y forma general de su carácter público.

Sus talentos, más brillantes que sólidos, lo hacían siempre aparecer en las primeras filas, cualquiera que fuese el campo en que los emplease; su instrucción, más ancha que profunda, lo ponía en actitud de discurrir sobre objetos más variados que los hombres en cuya concurrencia política vivía: condición que es obligada en los países nuevos y escasos en educación general, pues en ellos es preciso saber de todo un poco sin ser especiales ni superiores en nada, ser orador, escritor, administrador economista, jurisconsulto y hasta poeta, sin poseer a fondo las cualidades y conocimientos que requieren estas profesiones. Con todo, era de notar en el doctor Cuervo la tendencia que estaban llamados a producir en la mente los métodos escolástico de nuestra educación antigua, y todavía en gran parte de la moderna, la tendencia a mirar hacia atrás mucho más que hacia adelante, a buscar la luz en el poniente, mejor que en la aurora, en la investigación de la verdad y en la solución de los problemas sociales. La preferencia dada al latín y a las ciencias de la antigüedad, a la teología, la metafísica, la historia antigua, sobre las ciencias modernas de observación y experiencia, los idiomas vivos y la historia contemporánea, producía, y produce aún en las clases educadas, una especie de miopía poco a propósito para juzgar con claridad de las dificultades que presenta el gobierno de las sociedades modernas. El doctor Cuervo nacido en los albores del siglo XIX, criado en medio de las convulsiones de nuestra transformación política, lanzado en la carrera pública en los momentos en que se trataba de organizar un inundo nuevo, debió de recibir en su primera educación esa impulsión; fue un liberal en su exaltada juventud, un moderado en la edad media de su vida, y llegaba a ser un conservador cerrado en sus últimos años.

Era muy animado en su conversación, muy espiritual en sus réplicas y abundante en las anécdotas con que ilustraba su manera de pensar. En la clase de economía política dividía él en una ocasión las industrias únicamente en agrícola y manufacturera: como un estudiante preguntase si las de acarreo, extractiva y comercial no eran industrias propiamente hablando: oh! contestó con rapidez, sucede con ellas lo que con los diez mandamientos que se encierran en dos, en servir y amar a Dios y al prójimo como a sí mismo. Para mostrar en otra ocasión cómo las cuestiones deben mirarse por diversos lados a fin de evitar errores en la conclusión final, nos refería que en una ciudad de España un vendedor de vinos en una tienda de esquina tenía en un lado de la calle un letrero que decía “Vino de Valde” y en el otro lado “Peñas”; lo que inducía a algunos a pensar que allí se daba vino de balde cuando sólo se anunciaba “Vino de Valdepeñas”.

Cortejaba la popularidad asiduamente en las relaciones sociales, en las que era un modelo de corrección. Era suya la primer visita que recibía el viajero de las provincias a la capital; los miembros del congreso quedaban muy complacidos del rato de conversación agradable que les proporcionaba inmediatamente este cumplido caballero; el enfermo o el triste en la ciudad sentía alivio o consuelo al saber los buenos recuerdos que el doctor Cuervo les había dejado. Empero, la popularidad es una coqueta caprichosa que se prenda del ruido más que de las delicadas atenciones. El doctor Cuervo no era popular. Los partidos extremos sabían que no podían fiarse de él; los hombres que tomaban participación en la cosa pública en las mismas filas, miraban con desconfianza la superioridad orgullosa que en ocasiones no podía ocultar; los intereses personales no se atrevían a buscar medros en un personaje cuya probidad estaba fuera de toda sospecha.

El doctor Mariano Ospina, natural de Cundinamarca, tuvo su cuna en la vida pública, en la conspiración del 25 de septiembre de 1828 en la compañía de Vargas Tejada, Pedro Celestino Azuero, Florentino González y Ezequiel Rojas. Allí aparece por vez primera delante de sus conciudadanos. En seguida lo vemos uniéndose en 1829 al movimiento del general José Maria Córdoba, en Antioquia, contra la dictadura del general Bolívar; en 1831 con el coronel Salvador Córdoba en el restablecimiento del gobierno constitucional derrocado por la insurrección del Santuario Y sustituido por la dictadura del general Rafael Urdaneta. En los diez años que siguieron hasta 1841, sus horizontes se redujeron a los trabajos rutinarios de la secretaria y después de la gobernación de la provincia de Antioquia y a los de la cámara de la misma provincia, a la que concurrió tres o cuatro veces; corporación que entonces carecía de la importancia que desde 1848 le dio la extensión de facultades decretada en la ley de régimen municipal, en 1850 la descentralización y en 1857 la constitución federal. Aquí adquirió sin duda ese espíritu reglamentario que después le fue tan censurado con motivo del decreto sobre rentas de fábrica, que llegó a hacerse proverbial en la prensa periódica. En 1841 empieza, propiamente hablando, su carrera como hombre de estado, orador parlamentario y escritor público, desempeñando la secretaría de lo interior y relaciones exteriores en las administraciones del general Caicedo y del general Herrán hasta 1845. Los tiempos no eran propios al ejercicio de sus talentos y menos a la formación de su carácter público. La guerra civil de 1840 a 1842, que él se rehusó siempre a reconocer como tal, reduciéndola en su mente a las proporciones de rebelión miserable merecedora de represión despiadada, había despertado las cóleras y rencores intransigentes heredados del pueblo que durante ocho siglos mantuvo una guerra incesante con los moros, y a quienes persiguió después de su triunfo hasta la exterminación total; del pueblo formado por Felipe II y el tribunal de la Inquisición a la creencia de que todo disentimiento de opiniones es un crimen merecedor de los más tremendos castigos. La grita destemplada de esas pasiones, aunque en parte desoída por el carácter naturalmente benévolo y conciliador de los ge­nerales Caicedo y Herrán, fue la atmósfera que pudo respirar durante esos cuatro años, y probablemente ejerció una influencia dañosa después para su reputación y aún para sus ideas. Preocupado con la idea de mantener la represión sobre los vencidos, poco o nada puede citarse como obra suya en esos años. El plan de estudios dictado por él que se dice formó la generación inteligente que estuvo a la cabeza de los negocios públicos de 1860 a 1880, probablemente fue uno de esos fenómenos físicos que, como las buenas cosechas en años de sucesión regular de las estaciones, favorecen a las veces la rutina del cultivador. En ese plan no había nada notable, si se exceptúa el rigor excesivo dentro de los claustros, cuyas consecuencias fueron de un orden muy distinto del que se esperaba. En vez de obtenerse con él una juventud enseñada a la obediencia pasiva y adicta a las ideas dominantes, los estudiantes de ese tiempo formaban la barra oposicionista en los congresos, apoyaban con ardor las candidaturas contrarias al gobierno, y en sus cuatro quintas partes se afiliaron en el bando que representaba las ideas liberales más avanzadas.

Miembro de los congresos en los años de 1845 a 1848, conquistó por sus talentos, su carácter austero, su honradez nunca desmentida, su vida sencilla y su ardor en el estudio, el respeto de los que lo rodeaban y lo conocían más a fondo. Sin embargo, estaba lejos en 1848 de tener sobre sus conciudadanos la influencia que más tarde adquirió, y aunque su nombre figuró entre los favorecidos por el sufragio de los electores no representaba aún el de un jefe de partido. Era tan sólo una evocación poco numerosa todavía de las pasiones de otros tiempos: su importancia política debía mostrarse después.

El general Joaquín María Barriga era el candidato verdadero del general Mosquera, según afirmó éste, y como tal obtuvo los  de la clase militar adicta al presidente y los de algunos ciudadanos que veían en él a un patriota, moderado en sus opiniones y en su Carácter, que no participaba de los odios que seguían ¡a huella de los demás candidatos, ni tampoco, como es ley de la física, del amor de las multitudes. El general Barriga había principiado su carrera en 1819, muy joven aún; había ganado todos sus grados por rigurosa escala y como premio de servicios reales: aunque perteneciente al partido liberal, había defendido al gobierno legítimo en 1840; figurado con honor en las batallas principales de esa guerra civil y ganado la última, la de La Chauca en 1842, que puso el sello definitivo a la victoria del partido conservador. Imitando a Bolívar, que en 1824 no había querido ser responsable del éxito de la última campaña en la guerra magna, y la había confiado a su teniente más dis­tinguido, el general Sucre, el general Mosquera, por causas que nos son desconocidas, tampoco había querido medirse personalmente con Obando en el desenlace final de las operaciones del sur y había confiado esa tarea a Barriga. La victoria obtenida por éste le había conquistado gran simpatía en Mosquera, y tal vez ese fue el sentimiento que lo impulsó a recomendarlo como sucesor suyo en el mando de la nación en 1848.

El general Barriga era candidato de conciliación, no de lucha, entre los partidos, y como tal, en una época enconada, tenía pocas probabilidades de buen éxito.

Con la candidatura del doctor Florentino González se aspiraba a formar un partido nuevo destinado a romper las tradiciones de los que habían dividido los ánimos de nuestros compatriotas desde1810.

Nacido a principios de este siglo en la antigua provincia del Socorro, habla respirado en su infancia el hálito de la insurrección de los comuneros en 1781,. había pasado su primera juventud en medio de la lucha encarnizada de la independencia, y educándose en los colegios de Bogotá a tiempo que principiaba la reacción contra la república y el esfuerzo indomable de la nueva generación por conservar las instituciones republicanas adquiridas en quince años de combates. González desde luego, se afilió entre los más entusiastas defensores de la libertad, hizo parte de los conjurados que penetraron a palacio el día 25 de septiembre de x828, y condenado a muerte por un consejo de gue­rra, debió su vida a la generosidad con que defendió de ultrajes y desprecios a la célebre doña Manuela Sáenz, la escandalosa e indigna compañera del Libertador |2.   Sufrió con valor las persecuciones y destierro que cayeron sobre los que, directa o indirectamente, fueron considerados cómplices de ese acto resonante, y en 1832 se encuentra ya en el puesto de secretario de la convención que constituyó la nueva nacionalidad granadina con los departamentos centrales de la Gran Colombia.

Desempeñó destinos importantes durante la administración del general Santander, entre ellos el de gobernador de Bogotá, de 1835 a 1837. Retirado a la oposición en el período del doctor Márquez, fue vigoroso atleta en la prensa y en la tribuna, y cuando vencida la revolución popular de 1840, que por algunos meses pareció ser irresistible, no le fue agradable continuar viviendo en su patria, se retiró voluntariamente’ a viajar a Europa, en donde permaneció hasta 1847. A su regreso, modificado profundamente en sus ideas con la vista de esos países prósperos, en donde una civilización más adelantada llama la mente a objetos distintos de las tristes rencillas en que vivían los pueblos de la América española, continué su carrera de escritor, no ya haciendo una oposición estéril al gobierno, sino llamando la atención pública hacia la creación de bancos, reforma monetaria, desarrollo de las vías de comunicación y reforma del sistema tributario, principalmente por medio de la abolición del monopolio del tabaco.

Los tiempos eran propicios para esas empresas. El general Mosquera, que también había viajado por Europa y embebidose en ese nuevo orden de ideas, había empezado a ponerlas en planta, con la eficaz colaboración del señor Lino de Pombo, su secretario de hacienda. En 1846 habla sido establecido, rebajándolo considerablemente, un porte uniforme para las cartas confiadas al servicio del correo, adoptado el sistema decimal francés de pesas y medidas, la ley de 0,900 en las monedas, medidas fuertemente combatidas por el espíritu conservador reinante; y cuando, fatigado por esas resistencias, renuncié el portafolio a causa de una cuestión baladí, el general Mosquera reemplazó al señor Pombo con el doctor Florentino González.

Fue éste uno de los cambios teatrales frecuentes en la vida del general Mosquera. El doctor González había sido no solamente su adversario en política, sino como generalmente sucede en el juego de nuestros partidos, su enemigo personal: era uno de los personajes más odiados por los conservadores, y su llamamiento a un puesto elevado en él gobierno causó sorpresa general. Aceptado el nombramiento, el doctor González creyó también que era de su deber o de su conveniencia cambiar la dirección de sus convicciones en política, y acercarse  a la manera de pensar del círculo político en entraba. Siempre es cierto que son difíciles y aún peligrosas estas entradas en caminos de travesía.

En esta nueva posición el secretario de hacienda inició mejoras muy notables en nuestro sistema fiscal. La adopción de la contabilidad por partida doble; el sistema francés en la formación del presupuesto de rentas y gastos; la redención voluntaria de los censos  en el tesoro nacional; la desamortización |voluntaria de los bienes de manos muertas |3 ; la relación de 151/2 a 1 entre el valor de las monedas de oro y las de plata; la rebaja de la tarifa de aduanas; la creación de un banco nacional; la abolición de los diezmos y la creación de una contribución directa destinada al sostenimiento del culto católico; la abolición de derechos diferenciales en las aduanas; la modificación del monopolio del tabaco por medio de ventas por mayor en las factorías y la libertad del comercio por menor; la circulación autorizada de las monedas de Francia, Bélgica y Cerdeña, iguales a las mandadas acuñar en nuestras oficinas de acuñación, y el acometimiento de vías de comunicación subvencionadas por las rentas públicas, fueron medidas sugeridas o propuestas directamente por él durante los pocos meses de su permanencia en la secretaria, combatidas por ese espíritu de contradicción que forma  de los lados débiles de nuestro carácter nacional, adoptadas en parte por el congreso y rechazadas en su mayoría por la ignorancia ciega o por el terror a las innovaciones, faz característica de los pueblos que han pasado largos siglos en estancamiento intelectual y material como el nuestro.

No completé dos años el doctor González en la secretaría de hacienda; su retirada de ese puesto durante las sesiones del congreso de 1848, fue explicada por un periódico como el resultado de una desavenencia con el secretario de gobierno por unas palabras pronunciadas por éste en la cámara de representantes con motivo de un proyecto sobre la expulsión de los jesuitas, medida a la cual era favorable el secretario de hacienda y fuertemente adverso el de gobierno (doctor Alejandro Osorio).

Entonces surgió la candidatura presidencial del doctor González, presentada en un periódico fundado en esos días por los señores Julio Arboleda y Lino Pombo, pero este periódico, que sostenía la candidatura de un liberal avanzado en todo el curso de su carrera pública de más de veinte años, era conservador en su tradición y en la apreciación de los sucesos contemporáneos. El candidato mismo colaboraba en él, dando muestras de que ya no era el mismo hombre y de que se separaba abiertamente de la comunidad política a que habla pertenecido.

Era un hombre de cuarenta y cuatro años de edad, alto, delgado, de facciones finas, serio, poco insinuante, de modales sencillos, y en toda su actitud revelaba las agitaciones de su vida con un aire de melancolía en la mirada y un aspecto decidido y firme. Sus talentos eran grandes, más dirigidos a las cuestiones prácticas, que a investigaciones filosóficas, a estudios eruditos o aficiones literarias. Aunque consagrado a la política y lleno de ambición, de fama y de poder, nunca tuvo ese tacto, esa destreza ni ese donde gentes que son necesarios para realizar altos propósitos. Bajo el aspecto moral, su cualidad dominante era el valor personal y el carácter decidido. Acusábasele de egoísmo, dc algo de fatuidad y de amor al dinero. Sus amistades principales se encontraban entre los capitalistas y hombres de negocios. Como escritor, su estilo era claro, sencillo y sin afectación alguna. Como orador era pesado, no abundante en la dicción, y excepto en algunos raros momentos en que, movido por la pasión, se levantaba a esferas más elevadas, era en lo general escuchado con poco placer. En sus ambiciones, que eran grandes fue desgraciado.

El general Eusebio Borrero era una figura de una sola pieza. Desde muy temprano, a la edad de diez y ocho años, tomó las armas en servicio de la independencia, luché con furor en esas campañas del sur, en donde los pastusos entre quienes no había penetrado, o sólo muy débilmente, la idea de patria defendían, respetuosamente primero, con encarnizamiento después, la causa real. La obstinación de esta resistencia suscité procederes en extremo rígidos en varios de los jefes patriotas, uno de ellos Borrero. Formado en esa escuela de combates a muerte, que se prolongó por quince o diez y seis años casi sin intermisión alguna, su carácter adquirió un temple duro y agresivo. No Secundé, aunque tampoco combatió decididamente, las ideas reaccionarias de 1827 a 1831, | y tampoco representó un papel notable en los sucesos políticos de 1832 a 1840. En la guerra civil de este año a 1842 defendió con calor, bien fue desgraciado en las campañas que le tocó Conducir en época luctuosa, la causa del gobierno del doctor Márquez. Se dice que la acritud de sus palabras en una discusión en 1840, | en la cámara de representantes, ocasioné la conmoción violenta que produjo la enfermedad y muerte del general Santander En 1845, en su calidad de secretario de lo interior y relaciones exteriores de la administración del general Mosquera, sostuvo apasionadamente la idea de declarar la guerra al Ecuador si el gobierno de ese país admitiese en su territorio al proscrito granadino general Obando, y este hecho le enajenó las simpatías del partido liberal, Así el número de sus partidarios, pequeño entre los conservadores, fue ninguno entre los del partido opuesto.

Con todo, él reunía otras cualidades destinadas a conservarle amigos y popularidad. Era de estatura mediana, fornido y los rasgos de su fisonomía revelaban un carácter firme, tenaz y resuelto a todo. Su cabellera abundante, rastros de viruelas en la cara, ojos llenos de fuego y voz resonante, clara y argentina, recordaban algo las facciones de Mirabeau. Esta semejanza física se completaba con facultades oratorias de primer orden: en tales términos que, después del general Santander, no recuerdo haber oído jamás acentos mas elocuentes y apasionados en la tribuna de este país.

 

1 Esta carta fue comprada en Bogotá por M. Glenard, negociante francés, y quizás existe publicada en Europa.
2  En carta escrita veinte años después al general O’Leary, que recientemente ha visto la luz, doña Manuela asegura que esta defensa la debió al coronel Ramón Guerra; pero que entonces por salvar la vida al joven Florentino González, la atribuyó a éste. Poco crédito se ha dado a esta rectificación tardía, en vista del asentimiento que a la primera versión dieron durante su vida todos los testigos presenciales de los acontecimientos.
3 Digo voluntaria en contraposición a la manera decretada después en 1861, por el general Mosquera, que fue forzosa. El doctor González proponía autorizar a las corporaciones religiosas la venta de sus propiedades en pública subasta, percibiendo el fisco el valor en dinero que se diera por ellas y reconociendo el tesoro nacional una renta perpetua a favor de dichas corporaciones. Otro tanto sucedía respecto de los censos cuya redención no proponía él obligatoria para los censualistas sino voluntaria

    

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