CAPITUO XV
Otras inversiones del capital.Construcción de
edificios.Bancos.Vías de comunicación.Vapores en
el Magdalena.
|Construcción de edificios.En este capítulo en el
cual se han invertido sumas de gran consideración en los cincuenta
años de mis recuerdos, por el influjo de cuatro causas. Es la
primera el aumento de la población, que ha exigido, como, es
natural, nuevas habitaciones. La población de Bogotá no pasaba de
treinta mil habitantes, por más que digan, y en el día se acerca,
si no pasa, de cien mil.
Es la segunda, la evolución natural del gusto en materia de
habitaciones, auxiliada por el aumento paulatino de la riqueza
pública. La tercera viene de la redención de censos en el Tesoro
público y la desamortización de bienes de manos muertas, en virtud
de las cuales entraron a la libre circulación, es decir, a la
posibilidad de mejorarlas y convertirlas en fincas capaces de
producir una renta segura, más de treinta millones de pesos en
bienes raíces no pertenecientes a la propiedad individual. La
cuarta ha sido la influencia del papel moneda sobre los espíritus
para determinar a todo el mundo a convertir los guarismos de
valores expuestos a desaparecer por el descrédito, en bienes
reales, tangibles y con seguridad de conservar su valor. Como puede
juzgarse, estas últimas han sido empresas forzadas, que no siempre
han correspondido a los cálculos de los constructores, ni puede
considerárseles como empresas lucrativas en que ha tenido aumento
la riqueza pública al verificarse la transformación de los
valores.
Las casas antiguas eran por lo general incómodas, nada
higiénicas y de triste aspecto. Piezas pequeñas, oscuras y de
techos cuya altura nunca excedía de dos metros cuarenta
centímetros, alrededor de un patio estrecho, formaban el primer
tramo; divididas en zaguán, sala, alcobas, comedor y cuarto dé
estudio u oficina del dueño. Alrededor de un segundo patio,
provisto de un aljibe servido por una olleta colgando de un lazo de
fique, cocina, despensa, cuarto de criadas y otro destinado a
guardar trastos viejos; en seguida un gran corral cubierto de
ortigas y malvas. Las habitaciones de artesanos y de personas de
raza indígena se distinguían por la carencia completa de ventanas,
las puertas más bajas siempre que la estatura de un hombre y en lo
general reducidas a un solo tramo. Eran muy raras las casas de
ricachones o empleados peninsulares en que se ostentaba más
comodidad y mejor gusto. El rasgo distintivo de éstas consistía en
Un gran corredor de tres o más metros de ancho y una gran sala algo
escueta, frecuentemente oratorio y una pieza debajo de la escalera
llamada
|cuarto de San Aleo, en donde hacía su habitación el
criado principal de la casa. Sólo en estas viviendas se encontraba
alberca con agua corriente, caballeriza y algunas plantas de
adorno, generalmente rosales y
|novios, y a veces algún
frutal.
Excusado es decir que las casas pertenecientes a mallos muertas
o gravadas con censos considerables nunca habían tenido una
reparación después de construidas, y en todas ellas se ostentaba el
sello colonial reagravado con las arrugas de la vejez. La
desamortización, recibida en un principio con timidez y falta de
confianza, empezó a cambiar el aspecto de ellas con algunas
reformas, reparación de las que amenazaban ruina y en todas ellas
blanqueo. Cuando, pasados diez años, empezó a creerse en la
imposibilidad de volver atrás en esa reforma, principió la
construcción de casas nuevas, tarea detenida por el alto precio a
que subieron los materiales. El ladrillo de tolete, comprimido en
máquina, subió de diez a cuarenta pesos el mil; las tejas, de diez
y seis a cuarenta pesos; las vigas y las tablas en proporción, pues
las vigas de ocho a nueve metros de largo pasaron de tres a diez y
doce pesos, y las tablas de seis, a doce y quince pesos docena.
Afortunadamente en esos días (1870 a 1880) el buen éxito del Banco
de Bogotá animó la fundación de otros, y en breve hubo diez en la
ciudad capital y cuarenta y cinco en toda la república. Afluyeron a
esos establecimientos los capitales ocultos, los depósitos no
requeridos en los negocios del día; la emisión de billetes les
proporcionó nuevos recursos y el interés de los capitales bajó del
18 y del 24 por 100, en ocasiones a menos del 10. Sobre todo hubo
crédito personal, facilidad de encontrar quién diese dinero
prestado, y esa circunstancia reanimó los negocios y aceleró las
reconstrucciones, facilitadas ya con la ejecución de las carreteras
de occidente, Soacha, y del norte y noroeste, que permitieron traer
con menos gastos las maderas de bosques más lejanos.
Vino luego, en 1833, el papel moneda, cuyo descuento llegó al 90
|
por 100 durante la guerra civil de 1885; a la conclusión de
ésta reaccionó en 1886, y su descuento bajó rápidamente al 33, 36 y
40
|
por 100; pero todo el mundo comprendió el abuso que iba a
cometerse de ese recurso violento, la baja rápida de su valor
comparado con el del oro y aun con el de la plata, la que también
principiaba a descender; y no fue difícil la previsión de que algún
día sería una imposibilidad darle fondos de amortización. Con ese
orden de ideas tomó nueva faena el furor de construcciones, y mucho
más al notarse que la población de la ciudad había aumentado más de
lo que se sospechaba, en términos que el alquiler de las casas
subía talos los años de una manera inesperada. En 1885 fue
introducido entre Bogotá y Chapinero el primer tranvía conocido en
el país, y a su introducción vino la idea de aprovechar para
mansiones más higiénicas la mayor baratura de los lotes para
edificar, tanto en aquella aldea como en el tránsito desde Bogotá,
y eso dio origen a quintas, hermosas y cómodas algunas, de simple
apariencia las más, casuchas tristes para chicherías unas y para
abrigo de gente muy pobre otras.
Todas estas causas han determinado la inversión de mi capital de
gran consideración en este ramo:
Desde 1865 hasta 1880, en Bogotá, de cinco a seis millones de
pesos.
En Chapinero, y a lo largo del tranvía, talvez más de dos
millones.
En Bogotá, desde i88o hasta 1897, de diez a doce millones.
Total, de diez y ocho a veinte millones. Como en los últimos
diez años los gastos se han hecho en papel moneda, los ocho o diez
millones invertidos pueden reducirse a cinco en oro, y a catorce o
quince en esta moneda el total. Contando desde 1847, el valor de
las construcciones en Bogotá y en Chapinero, se aproxima otra vez a
veinte millones en oro.
|Bancos y circulación monetaria.En 1847 no había un
solo banco; la relación entre los metales de oro y plata era de 15
1/2 unidades de plata por una de oro, a virtud de reforma
introducida en el año de 1846, pues como he dicho antes, la
relación anterior era de 12 a 1. La circulación se hacía únicamente
con moneda de plata, y la cantidad circulante era de ocho a nueve
millones de pesos. Este guarismo se comprueba con los. datos de los
correos y de las aduanas por donde pasaron al Istmo de Panamá,
entre i88o y 1890, todas las. monedas de plata, hasta agotarse
completamente como se ha observado. La exportación de esas monedas
se hizo para completar el valor de las importaciones,. superior
durante algunos años al de las exportaciones,. y también porque una
vez introducido el papel moneda con circulación obligatoria siendo
una moneda más barata, desalojó a la otra. De esta moneda se
hablará luego con más detención.
|Vías de comunicación.Este ramo de servicios había
sido asunto perteneciente al gobierno y no a la industria privada,
con excepción de caminos nuevos de poca importancia relativamente
acometidos, en los departamentos de Antioquía y Santander, que en
realidad eran meras trochas para pasajeros a pie. En 1825 había
acometido el señor Juan Bernardo Elbers la grande empresa de poner
en comunicación la capital de la república con el río Magdalena en
un punto libre ya de las fuertes corrientes que embarazan la
navegación abajo de Honda; pero como era de esperarse, habida.
consideración a la magnitud de la obra comparada con los escasos
recursos de que disponía, ese atrevido pensamiento fracasó. El
mismo señor Elbers había introducido entonces los primeros vapores
que navegaron el río, empresa que asimismo tuvo un éxito
desgraciado. Continuada en 1839 por el señor Francisco Montoya, el
turbión revolucionario de 1840 a 1843 se llevó ésa como otras
muchas esperanzas. En 1846 se insistió en la idea, por una compañía
formada en Santa Marta, con muy poco capital de los accionistas,
pero sostenida por una subvención de ochenta mil pesos que les
ofreció la administración del general Mosquera, aumentada luego con
otros ochenta mil pesos. Esa suma bastó para la introducción de los
tres vapores
|Magdalena, Nueva Granada y
|Vencedor. Esa
compañía, con diversas reorganizaciones, ha subsistido hasta el
día.
Al mismo tiempo se formaba otra en Cartagena para franquear la
navegación del caño llamado
|El Dique que, desprendiéndose en
Calamar del cañón principal del río Magdalena, va a desaguar en el
mar diez leguas al sur de la bahía de Cartagena, y ésa recibió
también de la administración Mosquera una subvención de ochenta mil
pesos. Es raro, pero con diversas denominaciones, diversos
accionistas, y no ya con el objeto principal de navegar el
|Dique, sino de Calamar a Honda, en relación con un
ferrocarril ya concluido entre la primera de estas
poblaciones y Cartagena, esa compañía y algunos vapores
subsisten.
Entre las diversas empresas de navegación se sostienen hoy
talvez más de treinta vapores en el río, y entre. Barranquilla y
Honda se hace en la actualidad un Viaje cada día. Los fletes de
esos vapores han subido inconsideradamente en los últimos años: a
la competencia tenaz que sostuvo contra las demás compañías el
señor Alejandro Wecbecker, empresario de vapores desde 1858 hasta
1880, ha sucedido, como es costumbre introducida hace pocos años en
los Estados Unidos, la coligación de las empresas rivales; y entre
tanto los comerciantes de Medellín, Honda, Neiva y Bogotá que
debieran interesarse en ese tráfico como accionistas de alguna
nueva compañía, no han dado el primer paso serio para defender sus
intereses.
Las líneas de vapores y sus talleres de reparación representan
hoy un capital de más de tres millones de pesos, perciben muy cerca
de millón y medio por año en fletes, y si se ha de juzgar por los
sueldos que reparten entre sus directores y por la constante
introducción de nuevos vehículos, están en plena prosperidad, a
pesar de las quejas que de vez en cuando levantan en los periódicos
cada vez que los introductores hacen oír su voz desalentada para
pedir alguna débil rebaja.
La navegación a vapor del Magdalena es pues el único esfuerzo de
alguna consideración a que han concurrido la industria y los
capitales del país en materia de vías de comunicación. Como luego
veremos, desde 1870 ha empezado a despertarse entre los nacionales
la idea de formar grandes asociaciones para introducir
ferrocarriles en las grandes vías comerciales del interior; pero
hasta 1875 ni una sola con carácter de seriedad. Entre nuestros
capitalistas parecía existir la creencia de que esas empresas
debían ser acometidas por extranjeros, fuese porque ellas exigían
conocimientos científicos, que nuestros nacionales no poseían, ya
porque el capital necesario para ellas superaba las
|fuerzas
de la riqueza del país. En asociaciones anónimas no se pensó nunca
antes de 1870. En una palabra. ni el gobierno podía ni la industria
particular pensaba en hacer caminos.
Esa situación es causa de que no existan vías de comunicación,
ni comercio interior de alguna importancia en toda la república. El
precio de los fletes sube a tasas increíbles luego que aumenta
sensiblemente la cantidad de artículos que transportar, y eso
mantiene sumamente caro el precio de las subsistencias. Ahora
veinticinco años calculaba yo en diez centavos por carga (de ocho a
nueve arrobas de peso) y por legua el flete ordinario de nuestros
caminos. Hoy no baja de cincuenta centavos el precio medio, y con
frecuencia pasa de un peso, como se ve en el camino de Honda a
Bogotá, en el que las quince leguas de Pescaderías a Agualarga (en
donde principia el camino de carro) cuestan a veces más de veinte
pesos, o sea un peso treinta centavos por carga y por legua.