INDICE




Capítulo I
Capítulo II
Capítulo III - El 7 de marzo Las aspiraciones liberales.?El candidato liberal.?Minoría evidente de las opiniones conservadoras.?La reunión del congreso.? Los preparativos del gobierno para el caso de un conflicto.? Los escrutinios en el congreso?La elección del general López.
Capítulo IV  Preludios de guerra civil?Furor del partido en minoría.?Publicaciones incendiarias.?Llegada del general Obando.
Capítulo V  La administración del 7 de marzo.?Preludios.   Ministerio Periodismo.
Capítulo VI  Movimiento de las ideas.?Abolición de la pena de muerte en los de delitos políticos.?Libertad de esclavos.?Libertad de imprenta
Capítulo VII  La provisión de destinos- remociones.?El general Herrán.? El señor José Eusebio Caro.?El doctor Márquez.
Capítulo VIII  Primeros trabajos de la nueva administración.?Venta por mayor de las existencias de tabaco de Ambalema.?Contrato de almacenes de sal con el señor Miguel S. Uribe.?Pago de intereses de la deuda exterior.?Discusión sobre el estado del tesoro público al principiar la nueva administración.
Capítulo IX  Las Sociedades Democráticas.?La Sociedad de Artesanos de Bogotá.?Disturbios en Venezuela.
Capítulo X  Mejoras internas acometidas.—La carretera de occidente—La comisión corográfica.  
Capítulo XI  El cólera
Capítulo XII  Estado social.?Costumbres.
Capítulo XIII  Costumbres políticas.?Hombres que figuraban en la política.? Oradores elocuentes.?Oradores razonadores.
Capítulo XIV   Comercio exterior e interior.?Artículos principales- Oro plata. ? Tejidos de lana y algodón fabricados en el país.?carnes.  ?Sombreros de nacuma -Dulces.-Tabaco.- café.- Huevos y aves de corral.?Pescado.
Capítulo XV  Otras inversiones del capital.?Construcción de edificios.?Bancos.?Vías de comunicación.?Vapores en el Magdalena.
Capítulo  XVI  Consumos alimenticios interiores.?Mercancías extranjeras.?café Azúcar.?Tejidos del país. ? Sal.?Tabaco.?Cacao.?Maíz?plátanos.?Papas.?Trigo.?Arroz.?Raíces y tubérculos. ? Arracacha.?Yuca.?Leguminosas.?Frutas.
Capitulo XVII   Rentas y gastos nacionales
Capítulo XVIII  Las mayorías en el congreso.?Abolición de los derechos sobre la siembra de tabaco.?El cólera en Bogotá.?Descentralización de rentas y gastos.?Discusiones sobre libertad de imprenta, abolición de la esclavitud, reforma de la Constitución.?Desafuero eclesiástico y renta fija a los curas.
CAPITULO XIX  (continuación)
Capitulo XX   Otros asuntos del año de 1850.  Expulsión de los jesuitas.?El cólera en Bogotá.?Candidaturas.. a la vicepresidencia de la república.
Capitulo XXI   Los Golgotas
Capitulo XXII - La guerra civil de 1851
Capitulo XXIII    La Compañía de Russi
Capitulo XXIV    Las Reformas Eclesiásticas
Capitulo XXV - Tendencias generales de la opinión pública
Capitulo XXVI   Año de 1852.  Censo de población.?Nuevas tentativas de Flores, el traidor.? Complicidad en ellas del gobierno peruano.?Actitud del gobierno granadino.- Fin de esas tentativas.
Capitulo XXVII - Cuestiones eclesiásticas
La Convención de Rionegro    Año de 1863
Nota sobre el autor
CAPITULO XIII

Costumbres políticas.—Hombres que figuraban en la política.— Oradores elocuentes.—Oradores razonadores.


    Las costumbres religiosas eran mucho más severas que en la actualidad. La concurrencia en las iglesias más numerosa, a pesar de ser entonces (1845) la población de Bogotá apenas una tercera parte de la de 1897, era independiente de las evoluciones políticas, y da testimonio de que las creencias sencillas y sin afectación son más poderosas para evocar en el espíritu ideas trascendentales que cuando están mezcladas con pasiones e intereses políticos. Era presidente de la república el general Mosquera, entonces conservador, mas no tan devoto como han podido serlo después otros mandatarios: era arzobispo el señor Mosquera, quien tampoco creía necesario hacer alarde de un fervor muy ruidoso. Pertenecía la corona de la elocuencia de la cátedra al dulcísimo Motta, sacerdote distinguido por la suavidad de sus maneras: concurría a veces al senado en representación del Socorro, su Provincia natal, el doctor Amaya (El Chivo), canónigo respetado por sus virtudes sencillas sin ostentación a pesar de sus puntas y collares de liberalismo. Empezaba a calmarse el ardor antirrepublicano que se atribuía al doctor Saavedra, el cual empezaba a ganar fama de elocuencia para predicar en viernes santo en la Catedral el sermón de Soledad, y sus estudios incesantes lo separaban insensiblemente del camino de Damasco hasta llegar a ser al fin de sus días, no un defensor decidido, pero sí un conciliador, entre las doctrinas de absoluta independencia de todo lo que es eclesiástico con los decretos de tuición y desamortización del general Mosquera. En el senado se discutía, en 1846, un proyecto por el cual se permitía el matrimonio de los clérigos, y esa idea era sostenida con vehemencia por el presbítero doctor Juan Nepomuceno Azuero, y tal vez, aunque no estoy bien seguro de ello, por el señor Gómez Plata, obispo de Antioquia. El señor Julio Arboleda fundaba su fama de elocuencia en dos vehementes ataques contra la Compañía de Jesús, a la cual se quería privar de toda protección oficial y de participación en la enseñanza costeada por el gobierno; proyecto aprobado en la cámara de representantes, en la que predominaba entonces (1847 y 1848) una mayoría considerable de conservadores. Don Mariano Ospina apoyaba en la cámara de representantes, un proyecto presentado por el general Mantilla sobre supresión de derechos de estola y señalamiento de sueldo fijo pagado por el Tesoro Público a los curas de las parroquias. Pío IX, en fin, inauguraba su pontificado con una serie de medidas liberales en religión y en política, entre ellas la disolución y expulsión de Roma de los miembros de la Compañía de Jesús.

Soplaba pues en la atmósfera una grande corriente de liberalismo tanto en la región política como en la eclesiástica; pero pronto había de iniciarse una contracorriente determinada por la reacción que indujeron en Francia las ideas comunistas, y por la iniciación en Italia del pensamiento de reunir en un solo cuerpo de nacionalidad los diversos trozos de la península, con un gobierno civil imposible de conciliar con la soberanía temporal del Papa. La elección de Luis Napoleón como presidente de Francia en 1848, y el apoyo prestado por éste (1849) al restablecimiento de Pío IX | | en su soberanía temporal con destrucción de la república romana dio principio a un furioso despertamiento del espíritu dominador del catolicismo, el cual llegó a su apogeo en las declaraciones del Syllabus (1864).

Tengo la idea de que la representación nacional en los congresos, era mucho más respetable entre 1840 y 1850 que en nuestros días; fuese porque en esa época figuraban todavía hombres pertenecientes a la grande epopeya, o ya porque en estos días más prosaicos ha degenerado, con el lodo pestilencial de nuestras guerras civiles, el carácter de nuestros hombres públicos. En los diez años anteriores al que da principio a estos recuerdos tomaban asiento en las curules del senado o en los bancos de la cámara de representantes, Santander, Vicente Azuero, Francisco Soto, Antonio Obando, Manuel María Quijano, Joaquín Mosquera, José Ignacio Márquez, Rafael Mosquera, Eusebio Borrero, Lino de Pombo, Cornelio Valencia, Florentino González, Ezequiel Rojas, Francisco J. Zaldúa, Juan Climaco Ordóñez, José Joaquín Gori, José María Ortega, Antonio Olano, Manuel María Mallarino, José María Mantilla, Alejandro Osorio, Pedro A. Herrán, el obispo de Antioquia doctor Juan de la Cruz Gómez Plata, julio Arboleda, Manuel de J. Quijano, Admualdo Liévano, Vicente Cárdenas, José de Obaldía, Tomás Herrera, Mariano Ospina, Victoriano de D. Paredes, Cerbeleón Pinzón, José Euseblo Caro y el presbítero José Pascual Afanador.

Distinguíanse entre éstos como oradores, en primera línea, el general Santander; el general Eusebio Borrero y los señores Julio Arboleda, Antonio Olano y Manuel Maria Mallarino, entre los conservadores; el señor José de Obaldía, entre los liberales. Como se ve, los primeros llevaban la palma de la elocuencia; pero los últimos se distinguían por dotes de buena argumentación y dilucidación de las cuestiones: los primeros sabían apelar al sentimiento, a las pasiones; los segundos a la razón, a la verdad. Entre estos oradores razonadores deben contarse en primera línea a los doctores Ezequiel Rojas, Francisco Soto, Florentino González, Cerbeleón Pinzón, Manuel María Quijano. Entre los conservadores se contaba a los señores Juan Clímaco Ordóñez, Mariano Ospina, Joaquín y Rafael Mosquera y Vicente Cárdenas.

Incontestablemente, el general Santander era y ha sido el primer orador colombiano. Presencia arrogante, aire de mando, voz clara y sonora, ademán lleno de dignidad, profunda versación en los negocios y conocimiento de las necesidades, recursos y aspiraciones del país; su palabra era oída siempre con profunda atención. Su entonación era en lo general grave y solemne, sus conceptos mesurados, y tan sólo en ocasiones de viva emoción y contestando a ultrajes inmerecidos salían de sus labios palabras apasionadas. En una de las últimas veces que le oí, tal vez el último de sus discursos, en 1840, contestaba al general Borrero inculpaciones de crueldad que se le hacían con motivo del fusilamiento de los treinta y nueve jefes y oficiales españoles prisioneros en Boyacá. Después de recordar que en los años de 1816 a 1858 habían sido, por decretos de Morillo, Sámano y Emile, fusilados Y despedazados los cuerpos de los padres de la patria y expuestos sus miembros en escarpias, y asesinados millares de hombres inofensivos sin más delito que sus opiniones en favor de la independencia; después de recordar que Bogotá había quedado desguarnecida y que los prisioneros trataban de fomentar una reacción favorable al gobierno español, agregó con voz terrible: me echa en cara haber fusilado treinta y nueve españoles!... ¡pues sólo me queda el sentimiento de que no hubieran sido treinta y nueve mil.” La cámara y las barras permanecieron mudas de emoción por un momento, convertida después en un trueno de aplausos universales. Pareció que las sombras de los mártires habían aparecido repentinamente en el salón y sacudido sus ensangrentados sudarios pidiendo venganza.

Era de estatura más que mediana, de complexión robusta, con alguna tendencia a la gordura, por lo cual algunas personas lo llamaban el buchón; sus facciones regulares y bien proporcionadas; su porte y manera de caminar desembarazado, de suerte que se le reputaba lo que irregularmente se llama un buen mozo. Tenía el cabello y los ojos negros; el bigote, que en su juventud había sido castaño, según un retrato de 1821 que debe existir en el Museo Nacional, era negro ya; la coloración algo morena, como si en su familia hubiese habido alguna mezcla de sangre indígena; sus maneras eran muy corteses, con esa dignidad que comunica el ejercicio del poder supremo durante largos años. Gustábale familiarizarse con la gente y conocer la corriente de la opinión pública, ya fuese paseando todas las tardes en el atrio de la Catedral, ya concurriendo a algunas de las tertulias de las tiendas de las calles del comercio. Se le profesaba gran respeto de suerte que los corrillos de cachacos se abrían en dos hileras a su paso. Entre semana usaba una gran capa, en la cual se embozaba con elegancia. Concurría infaliblemente a los certámenes de las escuelas y colegios públicos y repartía premios a los alumnos más aprovechados. Asistía el jueves de Corpus y el jueves y viernes santos a las funciones religiosas vestido de grande uniforme. En los días de trabajo gustaba dar ejemplo de sencillez, y recuerdo haberlo visto alguna vez con pantalón de manta del Socorro, muy fina, eso sí.

El doctor Azuero (Vicente) pasaba en esos tiempos por el hombre más versado en materias de legislación civil y administrativa. Se le reputaba, como autor de las leyes sobre organización judicial y municipal, como el abogado más conocedor de la jurisprudencia, si bien ya no ejercía su profesión ante los tribunales; pero había sido miembro de la Suprema Corte en los tiempos de la Gran Colombia, en compañía de los doctores Félix Restrepo y Diego Fernando Gómez, había sido miembro del Consejo de Estado, y el doctor Joaquín Mosquera lo había. llamado como secretario de lo interior y de relaciones exteriores cuando el congreso Admirable lo eligió presidente de la república en los momentos solemnes de la disolución de la gran nacionalidad. No era orador: faltábale facilidad para expresar sus pensamientos, no era agradable el sonido de su voz ni muy simpáticos sus ademanes. Vestía muy bien, era en extremo aseado, se le reputaba orgulloso pero en su casa, mantenida con mucha decencia, era muy atento con todos los que le visitaban. Hablase consagrado a trabajos agrícolas en los últimos años Y fundado sobre la orilla izquierda del río Bogotá abajo del Tequendama, una hacienda de cañas servida por un trapiche de agua en el sitio llamado La Esperanza, y se decía que era una de las mejores explotaciones conocidas en esa sección del suroeste, la más rica del departamento de Cundinamarca. Patriota desde 1810, perseguido a muerte por los españoles, deseoso de que la república cambiase las instituciones opresoras de la metrópoli, sobre todo en materias fiscales, a sus esfuerzos se debió la abolición de la alcabala, en 1836, una de las contribuciones más opresoras del sistema español, y fue uno de los más constantes abogados de la supresión del monopolio del tabaco, idea que no triunfó sino cinco años después de su muerte. El general Santander, mandatario lleno de experiencia de que la primera condición de regularidad en el gobierno es un tesoro suficiente para todas las erogaciones ordenadas por el congreso, muy poco inclinado a las teorías que después se denominaron golgóticas, no fue favorable a la candidatura presidencial del doctor Azuero en 1836, y cometió el error, en mi concepto, de proponer públicamente la del general José María Obando. Esta maniobra, poco estratégica, dividió al partido liberal y permitió el triunfo de la candidatura de reacción del doctor José Ignacio Márquez. El doctor Azuero recibió los votos de la parte teórica o principista del partido, y el general Obando los de la práctica u oficial, y éste fue el principio de ese fraccionamiento entre gólgotas y draconianos, melistas y. Constitucionales, radicales e independientes, reinante hasta 1880, y el de principistas y oportunistas que empieza a dibujarse hoy (1897).

El doctor Azuero fue un hombre muy importante en el período de 1820 a 1840, como magistrado judicial, Como legislador y como escritor público. Un estudio serio de sus trabajos y de su vida seria muy útil para la historia de ese período.

El doctor Francisco Soto empieza a ser conocido en los primeros años de la revolución; en 1816 emigra a Casanare y Apure, en donde las Memorias del general Páez lo nombran como uno de los combatientes en el combate de Yagual, primer triunfo notable obtenido por aquel jefe sobre las fuerzas españolas, que dio un refugio permanente a la causa independiente, perdida en todo el resto del territorio colombiano, venezolano y ecuatoriano. Postrado por las fiebres fue descubierto, en la casa en que tomaba alojamiento en la población de Amparo el brigadier español Miguel Latorre; pero este jefe, que, así como el de igual graduación Ramón Correa, fue uno de los muy pocos que dejaron pruebas de la antigua generosidad española, en vez de descubrirlo lo protegió y partió con él la última botella de vino que le quedaba; acto que Soto recordaba siempre con el más profundo agradecimiento.

Llamado a destino de hacienda de 1819 en adelante, dio muestras de esa probidad austera, espíritu de orden y de economía que brilla y brillará en nuestra historia corno un alto ejemplo de lo que debe ser la honradez republicana. Cuando en 1826 principiaron las disensiones entre los que pedían para el general Bolívar autoridad sin límites, y los que defendían el reinado de las leyes, Soto fue uno de los más esforzados defensores de la república, principalmente en la convención de Ocaña. La administración del general Santander, de 1832 a 1837, en la cual desempeñó la cartera de hacienda, es el período más notable de su vida; pues el caos en que el genio impetuoso y desarreglado del Libertador había mantenido el Tesoro desde 1827, hizo suceder una administración regular, contabilidad medianamente establecida y examen de las cuentas de los responsables, sostenido con severidad. Por primera vez produjeron las rentas lo necesario para los gastos nacionales (excepto el de los intereses de la deuda exterior, no dividida aún entre las tres repúblicas), recibieron los empleados sus sueldos y los pensionados sus pensiones en tiempo oportuno, los soldados su pre; por primera vez se supo el producto anual de cada fuente de entrada; se repartió oportunamente el monto de éstas entre las diversas pagadurías y, hechos todos los desembolsos se contó con un pequeño sobrante para las operaciones futuras. Parece pequeño este trabajo, pero cuán difícil era realizarlo en un país nuevo, sin tradiciones, acostumbrado al desorden de la guerra y de la arbitrariedad!.

Era el doctor Soto un tipo del romano estoico. Serio siempre aunque adusto, no le vi reír nunca ni perder la compostura de su fisonomía. Era de regular estatura, color moreno, pálido, facciones regulares, peinado y aspecto semejante al de Baylli, el célebre alcalde de París en la revolución francesa. Vestía con mucha sencillez, pero siempre con un aseo esmerado. Tomándole Un sastre las medidas para una pieza de ropa le preguntó si deseaba ésta o la otra moda: “Haga usted una levita en que quepa desahogadamente Francisco Soto, lo demás no me importa nada” —le contestó.

Decía arriba que, en la acepción común de la palabra, no era orador, sí un razonador poderoso, siempre lleno de sencillez, sin nada acerbo ni irónico en sus palabras, cuyas ideas eran recibidas con respeto, Y de quien podía decirse lo que Plutarco acerca de la elocuencia de Foción: “Una palabra sola, o una sena de un hombre de bien, tiene una fuerza y un crédito que equivale a millares de argumentos.” Aunque había manejado el Tesoro de la república por muchos años vivió siempre pobre y murió pobre, muy pobre en 1846.

Entre los oradores de las filas opuestas merece el primer lugar el doctor José Ignacio de Márquez. Su pe­ríodo brillante debió de ser el de su juventud, de 1.821 a 1831, entre los treinta y los cuarenta años de edad, época en que mereció el honor de ser elegido presidente del congreso constituyente de Cúcuta, y luego el de ser candidato a la vicepresidencia de la Nueva Granada, en el congreso reunido después del vencimiento de la dictadura de Urdaneta en 1831, en competéncia con el general José Maria Obando, jefe militar vencedor en la guerra, y después en 1835 y 1837, vicepresidente y presidente de la república. Yo no le conocí en su carácter de orador sino en 1846, durante las dis­cusiones a que dio origen la solicitud del Poder Ejecutivo al congreso para declarar la guerra al Ecuador, en el caso de que el gobierno de ese país diese asilo al general Obando, entonces proscrito. Bien fuese por la injusticia que, en mi concepto, encerraba la tesis sostenida por el orador, ministro de gobierno entonces de la administración del general Mosquera, o porque en realidad sus discursos en esa ocasión no fuesen de los más felices de su carrera, no formé gran concepto de sus facultades oca tonas. Parecióme hinchado su estilo y declamador con exceso, poco simpáticos sus ademanes y nada o muy poco musical el timbre de su voz. Indudablemente tenía gran talento y habilidad, más bien forense que parlamentaria en el arte de discurrir; pero probablemente en los diez o más años transcurridos desde que subió a la vicepresidencia y después a la presidencia de la república, en los cuales no había frecuentado la tribuna, había perdido esa facilidad, esa agilidad de pensamientos, entonaciones y actitud que hacen simpático su discurso. Vivió hasta edad muy avanzada (más de noventa años) y conservó hasta el último día la plenitud de sus facultades. Montaba a caballo con frecuencia y su andar preferido era el trote largo. En 1879 a 1880 tuvo una diferencia en negocios Con el doctor Carlos Holguín, que sometieron al arbitramento del doctor Teodoro Valenzuela y yo. Dejóme admirado la lucidez de su exposición y la claridad y precisión con que sustentó sus derechos: parecía conservar todo el vigor de su inteligencia y la afluencia de su lenguaje; a pesar de ser ya un nonagenario. Sus modales y conversación eran tan corteses y correctos como los de un joven.

El general Eusebio Borrero era el orador más notable en el círculo conservador, y probablemente, el que reunía más dotes naturales y más sobresalientes al efecto. Cuerpo macizo, facciones de león, cabellera abundante, voz clara, distinta, que sin esfuerzo podía hacerse oír de todo el auditorio de un gran salón, verbosidad abundante, sarcasmo hiriente, talento despejado y vehementes pasiones. Pude oírlo en 1840 en las grandes discusiones del congreso de ese año, en los momentos en que ya alcanzaban a oírse los truenos de la tempestad política amenazante; en 1845 en los debates sobre autorizaciones al Poder Ejecutivo para declarar la guerra al Ecuador, y en diciembre de ese mismo año me tocó ser examinado por él en derecho internacional en el certamen general del Colegio de San Bartolomé.

Fue voz general en 1840 que, las injurias parlamentarias proferidas por él en respuesta al general Santander, cuando éste proponía una amnistía como medio de calmar la insurrección de Pasto ocasionada por la clausura de un convento de frailes, determinaron el accidente. que causó la muerte de aquél. Era atacado el ministerio, que solo quería represión sangrienta y buscaba ocasión para levantar el pie de fuerza, por el general Santander, Vicente Azuero, doctor Soto Florentino González, Ezequiel Rojas y otros. El general Borrero, que no había figurado mucho en las luchas tribunicias de la Gran Colombia ni en las de los diez primeros años de la Nueva Granada, hacía frente a todo sin desalentarse ni perder un palmo de terreno, llamando en su auxilio a griegos y romanos, en cuyas tradiciones estaba al parecer muy empapado. Al examinarme en derecho de gentes en 1845 me preguntó algo relacionado con las cuestiones ventiladas en el congreso en ese mismo año, y observando en mis respuestas opiniones que no coincidían con las que él había sostenido, no se enojó, antes bien con benevolencia puso término a las preguntas expresando que ese no era su concepto, pero que yo había sostenido el mío con tanta habilidad como si estuviéramos en la cámara de representantes. Lanzóse desgraciadamente en la revolución de Antioquia, en 1851, proclamando “Federación y Convención”, fue vencido y murió en el destierro en la isla de Jamaica un año después.

Julio Arboleda hizo sus primeras armas en la liza parlamentaria en 1846 de una manera brillante en la cuestión de los jesuitas, como lo llevo indicado ya en estas Memorias. Su primer discurso causó sensación extraordinaria, pues nunca tal vez se había oído en la tribuna de este país ese género de elocuencia literaria y compuesta, tanto en el fondo como en la forma. La forma sobre todo: los ademanes, las inflexiones de la voz, clara, resonante, la pronunciación española de la c y la z, denotaban estudios teóricos del arte y buenos ejemplos de los países europeos, en donde aquél había recibido su primera educación. Aquí no se habían visto más que improvisaciones más o menos felices en que lucían las dotes naturales del orador: lecciones de declamación no había habido nunca, si se exceptúan los pequeños consejos dados por los maestros de escuela al alumno que debía pronunciar la |resunta en el certamen, reducidos a levantar y bajar los brazos y a recitar un poco más despacio las frases banales de una composición reducida siempre a pedir excusas por los escasos adelantamientos de los discípulos. Tampoco era costumbre en los miembros de las asambleas preparar sus discursos con alguna anticipación para saber siquiera lo que iban a decir, el orden en que debían emitir sus pensamientos y la clase de ideas o pasiones del auditorio que debían tratar de excitan en relación con el estado de los espíritus y las diversas situaciones del país. Se creía —y me figuro que se cree aún— que sólo las improvisaciones merecen aprecio. Recuerdo a este respecto, que cuando en 1850, se fundó la célebre Escuela Republicana y se propuso dar temas con ocho días de anticipación para pronunciar discursos en sesión pública, el mismo presidente de la sociedad se opuso a la idea de dar tiempo, pues la |gracia, decía,. no consistía en hablar sobre puntos estudiados, sino en improvisar opiniones sobre asuntos desconocidos. Y eso lo decía con toda seriedad. Se ignoraba que los más Célebres discursos de los oradores griegos y romanos fueron preparados y escritos de antemano, por lo cual Pudieron transmitirse a la posteridad, y que Cicerón mismo tenía una colección de exordios para escoger en el momento preciso el más adecuado a la situación. En los tiempos actuales se escriben entre nosotros los discursos después de pronunciados, cuando debía ser lo contrario, pronunciados después de escritos. Cuando, pues, se oyó el primer discurso bien meditado, en buen orden y pronunciado con perfecta inteligencia del efecto que se quería producir, en armonía los ademanes y las inflexiones de voz con las ideas, el efecto fue inmenso, y la reputación del orador subió de un golpe a las más altas regiones. Sus talentos y su educación parecieron inclinarse por algún tiempo al partido liberal, todavía no repuesto de la desorganización a que lo redujo su derrota en la guerra civil de 1840 a 1842, y se unió en estrecha amistad con el señor Florentino González, que acababa de salir de la secretaría de hacienda. Desgraciadamente, él procedía de una de las familias aristocráticas y ricas del sur; tenía haciendas en el Valle del Cauca, minas en la costa del Chocó, trabajaba con esclavos unas y otras, y todas esas atenciones lo distraían de sus estudios, comprometiéndole en caminos ajenos a la carrera parlamentaria. Previéndo el término de la esclavitud, exportó al Perú una gran parte de sus esclavos, hecho que dio lugar a un incidente muy desagradable para él. Durante una discusión muy acalorada en la cámara de representantes en que el señor José Eusebio Caro era su contrincante, quiso poner a éste en ridículo como dependiente sumiso del doctor Mariano Ospina, y al efecto recitaba una parte de la fábula de Iriarte entre la ardilla y el caballo. En el momento en que decía:

Tantas idas y venidas |
Tantas vueltas y revueltas,
Quiero amiga que me digas
¿Son de alguna utilidad?

—“Calle el vendedor de carne humana”, gritó con voz estentórea el señor Caro.

Calló ciertamente, y no sé como los amigos comunes de ambos contendores pudieron arreglar este caso de honor que parecía inevitable, dado el carácter conocido de los actores; Pero este suceso explica bien las vallas que se presentaron en el camino de sus tendencias quizá inconscientes hacia el liberalismo.

Después, hombre de acción tanto o más que de palabra, entró violentamente en la oposición periodística al gobierno del general López; no fue reelegido a la cámara y se lanzó en la guerra civil en 1850. Derrotado muy pronto en Anganoi, tuvo que expatriarse y no regresó al país hasta que, triunfante de nuevo el partido conservador en las elecciones de 1853, entró al senado en 1854. Pronto volveremos a encontrarlo.

El señor Juan Clímaco Ordóñez era uno de los hombres más eminentes del partido conservador de ese tiempo. Secretario de hacienda en los dos últimos años de la administración del general Herrán, puso término a los empréstitos que al 2 por 100 mensual gravaban al Tesoro; con un aumento a la tarifa de aduanas y vigilancia eficaz en la recaudación de las rentas, puso al corriente los desembolsos de la tesorería y despejó el campo para los trabajos de la primera administración del general Mosquera. Era un hombre de alta estatura, bien proporcionado, facciones hermosos, talento claro, en el que predominaba el buen sentido, voz clara y sonora y maneras llenas de compostura. Como orador sencillo, que los ingleses llaman |debater (palabra que no tiene equivalente exacto en español, quizás por no ser cosa muy conocida en los países que hablan esta lengua) no he oído tal vez ninguno que le igualase: tal era su claridad, concisión y conocimiento perfecto de las materias sobre que discurría. Hombre de fortuna independiente, sin ambiciones, la política no lo atraía a su torbellino, campo en que mostró siempre mucha moderación y tendencias conciliadoras. Estas últimas cualidades lo hicieron popular en las tradiciones del espíritu de partido, de suerte que su nombre casi no se menciona en el día en la lista de los que dan honor a la organización conservadora, pero fue uno de los más distinguidos.

El señor Manuel María Mallarino apareció por primera vez en la escena política en 1846, si no estamos engañados. Pronto se hizo conocer por la abundancia de su palabra, su manera de decir culta y simpática, su talento despejado y una educación literaria notable. El general Mosquera que nunca se pudo avenir con sus secretarios, y cuyo ministerio, formado en 1845 con hombres de primera línea (Márquez, Borrero, Pombo y Barriga (Joaquín), se había disuelto en pocos meses, lo llamó a la secretaría de relaciones exteriores y mejoras internas. Allí se ocupó en proyectos de vías de comunicación, inmigración de extranjeros, cajas de ahorros y otros asuntos de utilidad pública. Como más tarde habremos de encontrarnos con él en posiciones más notables seguiremos ahora hablando de otro personaje que en esos días surgió en la arena política como compañero de Mallarino: el doctor Manuel Ancízar.

Nacido en Bogotá en 1812, de padres españoles que, a causa de la guerra a muerte, —iniciada por Bolívar en 1813, y aceptada con entusiasmo por los jefes peninsulares, Boyes, Antoñanza, Zuazola, Morales, Remigio Ramos y otros en Venezuela; por Morillo, Sámano, Enrile, Lucas González y otros en Nueva Granada— tuvieron que emigrar a la isla de Cuba después de Boyacá; se había formado allí en la carrera de la jurisprudencia y recibido una instrucción notable que pronto lo incorporó en las filas revolucionarias contra la metrópoli española. Perseguido por sus opiniones republicanas emigró a los Estados Unidos en 1839, y de allí a Venezuela en 1840, en donde pronto encontró colocación como profesor en los establecimientos de instrucción pública. Allí lo conoció y tuvo ocasión de apreciar sus talentos el señor Lino Pombo, representante de este país desde 1842, y por recomendaciones de éste el general Mosquera le dio encargo de continuar las gestiones de límites entre los dos países, iniciadas pero no concluidas por el señor Pombo. No habiendo podido tampoco llegar a un avenimiento en esta materia vino a Bogotá en los últimos meses de 1846 a encargarse de la subsecretaría de relaciones exteriores y mejoras internas. Nunca había visto yo un hombre de maneras tan cultas e insinuantes: a pesar de que esta ciudad no se distingue por falta de cortesía ni de suavidad en los modales, los del señor Ancízar causaron una impresión muy favorable en todas las clases de la sociedad. Por sus relaciones sociales y por el puesto ofi­cial que ocupaba se le juzgó de pronto incorporado en el partido conservador.

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