CAPITULO XIII
Costumbres políticas.Hombres que figuraban en la
política. Oradores elocuentes.Oradores razonadores.
Las costumbres religiosas eran mucho más severas que en la
actualidad. La concurrencia en las iglesias más numerosa, a pesar
de ser entonces (1845) la población de Bogotá apenas una tercera
parte de la de 1897, era independiente de las evoluciones
políticas, y da testimonio de que las creencias sencillas y sin
afectación son más poderosas para evocar en el espíritu ideas
trascendentales que cuando están mezcladas con pasiones e intereses
políticos. Era presidente de la república el general Mosquera,
entonces conservador, mas no tan devoto como han podido serlo
después otros mandatarios: era arzobispo el señor Mosquera, quien
tampoco creía necesario hacer alarde de un fervor muy ruidoso.
Pertenecía la corona de la elocuencia de la cátedra al dulcísimo
Motta, sacerdote distinguido por la suavidad de sus maneras:
concurría a veces al senado en representación del Socorro, su
Provincia natal, el doctor Amaya (El Chivo), canónigo respetado por
sus virtudes sencillas sin ostentación a pesar de sus puntas y
collares de liberalismo. Empezaba a calmarse el ardor
antirrepublicano que se atribuía al doctor Saavedra, el cual
empezaba a ganar fama de elocuencia para predicar en viernes santo
en la Catedral el sermón de Soledad, y sus estudios incesantes lo
separaban insensiblemente del camino de Damasco hasta llegar a ser
al fin de sus días, no un defensor decidido, pero sí un
conciliador, entre las doctrinas de absoluta independencia de todo
lo que es eclesiástico con los decretos de tuición y
desamortización del general Mosquera. En el senado se discutía, en
1846, un proyecto por el cual se permitía el matrimonio de los
clérigos, y esa idea era sostenida con vehemencia por el presbítero
doctor Juan Nepomuceno Azuero, y tal vez, aunque no estoy bien
seguro de ello, por el señor Gómez Plata, obispo de Antioquia. El
señor Julio Arboleda fundaba su fama de elocuencia en dos
vehementes ataques contra la Compañía de Jesús, a la cual se quería
privar de toda protección oficial y de participación en la
enseñanza costeada por el gobierno; proyecto aprobado en la cámara
de representantes, en la que predominaba entonces (1847 y 1848) una
mayoría considerable de conservadores. Don Mariano Ospina apoyaba
en la cámara de representantes, un proyecto presentado por el
general Mantilla sobre supresión de derechos de estola y
señalamiento de sueldo fijo pagado por el Tesoro Público a los
curas de las parroquias. Pío IX, en fin, inauguraba su pontificado
con una serie de medidas liberales en religión y en política, entre
ellas la disolución y expulsión de Roma de los miembros de la
Compañía de Jesús.
Soplaba pues en la atmósfera una grande corriente de liberalismo
tanto en la región política como en la eclesiástica; pero pronto
había de iniciarse una contracorriente determinada por la reacción
que indujeron en Francia las ideas comunistas, y por la iniciación
en Italia del pensamiento de reunir en un solo cuerpo de
nacionalidad los diversos trozos de la península, con un gobierno
civil imposible de conciliar con la soberanía temporal del Papa. La
elección de Luis Napoleón como presidente de Francia en 1848, y el
apoyo prestado por éste (1849) al restablecimiento de Pío
IX
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en su soberanía temporal con destrucción de la
república romana dio principio a un furioso despertamiento del
espíritu dominador del catolicismo, el cual llegó a su apogeo en
las declaraciones del Syllabus (1864).
Tengo la idea de que la representación nacional en los
congresos, era mucho más respetable entre 1840 y 1850 que en
nuestros días; fuese porque en esa época figuraban todavía hombres
pertenecientes a la grande epopeya, o ya porque en estos días más
prosaicos ha degenerado, con el lodo pestilencial de nuestras
guerras civiles, el carácter de nuestros hombres públicos. En los
diez años anteriores al que da principio a estos recuerdos tomaban
asiento en las curules del senado o en los bancos de la cámara de
representantes, Santander, Vicente Azuero, Francisco Soto, Antonio
Obando, Manuel María Quijano, Joaquín Mosquera, José Ignacio
Márquez, Rafael Mosquera, Eusebio Borrero, Lino de Pombo, Cornelio
Valencia, Florentino González, Ezequiel Rojas, Francisco J. Zaldúa,
Juan Climaco Ordóñez, José Joaquín Gori, José María Ortega, Antonio
Olano, Manuel María Mallarino, José María Mantilla, Alejandro
Osorio, Pedro A. Herrán, el obispo de Antioquia doctor Juan de la
Cruz Gómez Plata, julio Arboleda, Manuel de J. Quijano, Admualdo
Liévano, Vicente Cárdenas, José de Obaldía, Tomás Herrera, Mariano
Ospina, Victoriano de D. Paredes, Cerbeleón Pinzón, José Euseblo
Caro y el presbítero José Pascual Afanador.
Distinguíanse entre éstos como oradores, en primera línea, el
general Santander; el general Eusebio Borrero y los señores Julio
Arboleda, Antonio Olano y Manuel Maria Mallarino, entre los
conservadores; el señor José de Obaldía, entre los liberales. Como
se ve, los primeros llevaban la palma de la elocuencia; pero los
últimos se distinguían por dotes de buena argumentación y
dilucidación de las cuestiones: los primeros sabían apelar al
sentimiento, a las pasiones; los segundos a la razón, a la verdad.
Entre estos oradores razonadores deben contarse en primera línea a
los doctores Ezequiel Rojas, Francisco Soto, Florentino González,
Cerbeleón Pinzón, Manuel María Quijano. Entre los conservadores se
contaba a los señores Juan Clímaco Ordóñez, Mariano Ospina, Joaquín
y Rafael Mosquera y Vicente Cárdenas.
Incontestablemente, el general Santander era y ha sido el primer
orador colombiano. Presencia arrogante, aire de mando, voz clara y
sonora, ademán lleno de dignidad, profunda versación en los
negocios y conocimiento de las necesidades, recursos y aspiraciones
del país; su palabra era oída siempre con profunda atención. Su
entonación era en lo general grave y solemne, sus conceptos
mesurados, y tan sólo en ocasiones de viva emoción y contestando a
ultrajes inmerecidos salían de sus labios palabras apasionadas. En
una de las últimas veces que le oí, tal vez el último de sus
discursos, en 1840, contestaba al general Borrero inculpaciones de
crueldad que se le hacían con motivo del fusilamiento de los
treinta y nueve jefes y oficiales españoles prisioneros en Boyacá.
Después de recordar que en los años de 1816 a 1858 habían sido, por
decretos de Morillo, Sámano y Emile, fusilados Y despedazados los
cuerpos de los padres de la patria y expuestos sus miembros en
escarpias, y asesinados millares de hombres inofensivos sin más
delito que sus opiniones en favor de la independencia; después de
recordar que Bogotá había quedado desguarnecida y que los
prisioneros trataban de fomentar una reacción favorable al gobierno
español, agregó con voz terrible: me echa en cara haber fusilado
treinta y nueve españoles!... ¡pues sólo me queda el sentimiento de
que no hubieran sido treinta y nueve mil. La cámara y las
barras permanecieron mudas de emoción por un momento, convertida
después en un trueno de aplausos universales. Pareció que las
sombras de los mártires habían aparecido repentinamente en el salón
y sacudido sus ensangrentados sudarios pidiendo venganza.
Era de estatura más que mediana, de complexión robusta, con
alguna tendencia a la gordura, por lo cual algunas personas lo
llamaban el buchón; sus facciones regulares y bien proporcionadas;
su porte y manera de caminar desembarazado, de suerte que se le
reputaba lo que irregularmente se llama un buen mozo. Tenía el
cabello y los ojos negros; el bigote, que en su juventud había sido
castaño, según un retrato de 1821 que debe existir en el Museo
Nacional, era negro ya; la coloración algo morena, como si en su
familia hubiese habido alguna mezcla de sangre indígena; sus
maneras eran muy corteses, con esa dignidad que comunica el
ejercicio del poder supremo durante largos años. Gustábale
familiarizarse con la gente y conocer la corriente de la opinión
pública, ya fuese paseando todas las tardes en el atrio de la
Catedral, ya concurriendo a algunas de las tertulias de las tiendas
de las calles del comercio. Se le profesaba gran respeto de suerte
que los corrillos de cachacos se abrían en dos hileras a su paso.
Entre semana usaba una gran capa, en la cual se embozaba con
elegancia. Concurría infaliblemente a los certámenes de las
escuelas y colegios públicos y repartía premios a los alumnos más
aprovechados. Asistía el jueves de Corpus y el jueves y viernes
santos a las funciones religiosas vestido de grande uniforme. En
los días de trabajo gustaba dar ejemplo de sencillez, y recuerdo
haberlo visto alguna vez con pantalón de manta del Socorro, muy
fina, eso sí.
El doctor Azuero (Vicente) pasaba en esos tiempos por el hombre
más versado en materias de legislación civil y administrativa. Se
le reputaba, como autor de las leyes sobre organización judicial y
municipal, como el abogado más conocedor de la jurisprudencia, si
bien ya no ejercía su profesión ante los tribunales; pero había
sido miembro de la Suprema Corte en los tiempos de la Gran
Colombia, en compañía de los doctores Félix Restrepo y Diego
Fernando Gómez, había sido miembro del Consejo de Estado, y el
doctor Joaquín Mosquera lo había. llamado como secretario de lo
interior y de relaciones exteriores cuando el congreso Admirable lo
eligió presidente de la república en los momentos solemnes de la
disolución de la gran nacionalidad. No era orador: faltábale
facilidad para expresar sus pensamientos, no era agradable el
sonido de su voz ni muy simpáticos sus ademanes. Vestía muy bien,
era en extremo aseado, se le reputaba orgulloso pero en su casa,
mantenida con mucha decencia, era muy atento con todos los que le
visitaban. Hablase consagrado a trabajos agrícolas en los últimos
años Y fundado sobre la orilla izquierda del río Bogotá abajo del
Tequendama, una hacienda de cañas servida por un trapiche de agua
en el sitio llamado La Esperanza, y se decía que era una de las
mejores explotaciones conocidas en esa sección del suroeste, la más
rica del departamento de Cundinamarca. Patriota desde 1810,
perseguido a muerte por los españoles, deseoso de que la república
cambiase las instituciones opresoras de la metrópoli, sobre todo en
materias fiscales, a sus esfuerzos se debió la abolición de la
alcabala, en 1836, una de las contribuciones más opresoras del
sistema español, y fue uno de los más constantes abogados de la
supresión del monopolio del tabaco, idea que no triunfó sino cinco
años después de su muerte. El general Santander, mandatario lleno
de experiencia de que la primera condición de regularidad en el
gobierno es un tesoro suficiente para todas las erogaciones
ordenadas por el congreso, muy poco inclinado a las teorías que
después se denominaron golgóticas, no fue favorable a la
candidatura presidencial del doctor Azuero en 1836, y cometió el
error, en mi concepto, de proponer públicamente la del general José
María Obando. Esta maniobra, poco estratégica, dividió al partido
liberal y permitió el triunfo de la candidatura de reacción del
doctor José Ignacio Márquez. El doctor Azuero recibió los votos de
la parte teórica o principista del partido, y el general Obando los
de la práctica u oficial, y éste fue el principio de ese
fraccionamiento entre gólgotas y draconianos, melistas y.
Constitucionales, radicales e independientes, reinante hasta 1880,
y el de principistas y oportunistas que empieza a dibujarse hoy
(1897).
El doctor Azuero fue un hombre muy importante en el período de
1820 a 1840, como magistrado judicial, Como legislador y como
escritor público. Un estudio serio de sus trabajos y de su vida
seria muy útil para la historia de ese período.
El doctor Francisco Soto empieza a ser conocido en los primeros
años de la revolución; en 1816 emigra a Casanare y Apure, en donde
las Memorias del general Páez lo nombran como uno de los
combatientes en el combate de Yagual, primer triunfo notable
obtenido por aquel jefe sobre las fuerzas españolas, que dio un
refugio permanente a la causa independiente, perdida en todo el
resto del territorio colombiano, venezolano y ecuatoriano. Postrado
por las fiebres fue descubierto, en la casa en que tomaba
alojamiento en la población de Amparo el brigadier español Miguel
Latorre; pero este jefe, que, así como el de igual graduación Ramón
Correa, fue uno de los muy pocos que dejaron pruebas de la antigua
generosidad española, en vez de descubrirlo lo protegió y partió
con él la última botella de vino que le quedaba; acto que Soto
recordaba siempre con el más profundo agradecimiento.
Llamado a destino de hacienda de 1819 en adelante, dio muestras
de esa probidad austera, espíritu de orden y de economía que brilla
y brillará en nuestra historia corno un alto ejemplo de lo que debe
ser la honradez republicana. Cuando en 1826 principiaron las
disensiones entre los que pedían para el general Bolívar autoridad
sin límites, y los que defendían el reinado de las leyes, Soto fue
uno de los más esforzados defensores de la república,
principalmente en la convención de Ocaña. La administración del
general Santander, de 1832 a 1837, en la cual desempeñó la cartera
de hacienda, es el período más notable de su vida; pues el caos en
que el genio impetuoso y desarreglado del Libertador había
mantenido el Tesoro desde 1827, hizo suceder una administración
regular, contabilidad medianamente establecida y examen de las
cuentas de los responsables, sostenido con severidad. Por primera
vez produjeron las rentas lo necesario para los gastos nacionales
(excepto el de los intereses de la deuda exterior, no dividida aún
entre las tres repúblicas), recibieron los empleados sus sueldos y
los pensionados sus pensiones en tiempo oportuno, los soldados su
pre; por primera vez se supo el producto anual de cada fuente de
entrada; se repartió oportunamente el monto de éstas entre las
diversas pagadurías y, hechos todos los desembolsos se contó con un
pequeño sobrante para las operaciones futuras. Parece pequeño este
trabajo, pero cuán difícil era realizarlo en un país nuevo, sin
tradiciones, acostumbrado al desorden de la guerra y de la
arbitrariedad!.
Era el doctor Soto un tipo del romano estoico. Serio siempre
aunque adusto, no le vi reír nunca ni perder la compostura de su
fisonomía. Era de regular estatura, color moreno, pálido, facciones
regulares, peinado y aspecto semejante al de Baylli, el célebre
alcalde de París en la revolución francesa. Vestía con mucha
sencillez, pero siempre con un aseo esmerado. Tomándole Un sastre
las medidas para una pieza de ropa le preguntó si deseaba ésta o la
otra moda: Haga usted una levita en que quepa desahogadamente
Francisco Soto, lo demás no me importa nada le
contestó.
Decía arriba que, en la acepción común de la palabra, no era
orador, sí un razonador poderoso, siempre lleno de sencillez, sin
nada acerbo ni irónico en sus palabras, cuyas ideas eran recibidas
con respeto, Y de quien podía decirse lo que Plutarco acerca de la
elocuencia de Foción: Una palabra sola, o una sena de un
hombre de bien, tiene una fuerza y un crédito que equivale a
millares de argumentos. Aunque había manejado el Tesoro de la
república por muchos años vivió siempre pobre y murió pobre, muy
pobre en 1846.
Entre los oradores de las filas opuestas merece el primer lugar
el doctor José Ignacio de Márquez. Su período brillante debió de
ser el de su juventud, de 1.821 a 1831, entre los treinta y los
cuarenta años de edad, época en que mereció el honor de ser elegido
presidente del congreso constituyente de Cúcuta, y luego el de ser
candidato a la vicepresidencia de la Nueva Granada, en el congreso
reunido después del vencimiento de la dictadura de Urdaneta en
1831, en competéncia con el general José Maria Obando, jefe militar
vencedor en la guerra, y después en 1835 y 1837, vicepresidente y
presidente de la república. Yo no le conocí en su carácter de
orador sino en 1846, durante las discusiones a que dio origen la
solicitud del Poder Ejecutivo al congreso para declarar la guerra
al Ecuador, en el caso de que el gobierno de ese país diese asilo
al general Obando, entonces proscrito. Bien fuese por la injusticia
que, en mi concepto, encerraba la tesis sostenida por el orador,
ministro de gobierno entonces de la administración del general
Mosquera, o porque en realidad sus discursos en esa ocasión no
fuesen de los más felices de su carrera, no formé gran concepto de
sus facultades oca tonas. Parecióme hinchado su estilo y declamador
con exceso, poco simpáticos sus ademanes y nada o muy poco musical
el timbre de su voz. Indudablemente tenía gran talento y habilidad,
más bien forense que parlamentaria en el arte de discurrir; pero
probablemente en los diez o más años transcurridos desde que subió
a la vicepresidencia y después a la presidencia de la república, en
los cuales no había frecuentado la tribuna, había perdido esa
facilidad, esa agilidad de pensamientos, entonaciones y actitud que
hacen simpático su discurso. Vivió hasta edad muy avanzada (más de
noventa años) y conservó hasta el último día la plenitud de sus
facultades. Montaba a caballo con frecuencia y su andar preferido
era el trote largo. En 1879 a 1880 tuvo una diferencia en negocios
Con el doctor Carlos Holguín, que sometieron al arbitramento del
doctor Teodoro Valenzuela y yo. Dejóme admirado la lucidez de su
exposición y la claridad y precisión con que sustentó sus derechos:
parecía conservar todo el vigor de su inteligencia y la afluencia
de su lenguaje; a pesar de ser ya un nonagenario. Sus modales y
conversación eran tan corteses y correctos como los de un
joven.
El general Eusebio Borrero era el orador más notable en el
círculo conservador, y probablemente, el que reunía más dotes
naturales y más sobresalientes al efecto. Cuerpo macizo, facciones
de león, cabellera abundante, voz clara, distinta, que sin esfuerzo
podía hacerse oír de todo el auditorio de un gran salón, verbosidad
abundante, sarcasmo hiriente, talento despejado y vehementes
pasiones. Pude oírlo en 1840 en las grandes discusiones del
congreso de ese año, en los momentos en que ya alcanzaban a oírse
los truenos de la tempestad política amenazante; en 1845 en los
debates sobre autorizaciones al Poder Ejecutivo para declarar la
guerra al Ecuador, y en diciembre de ese mismo año me tocó ser
examinado por él en derecho internacional en el certamen general
del Colegio de San Bartolomé.
Fue voz general en 1840 que, las injurias parlamentarias
proferidas por él en respuesta al general Santander, cuando éste
proponía una amnistía como medio de calmar la insurrección de Pasto
ocasionada por la clausura de un convento de frailes, determinaron
el accidente. que causó la muerte de aquél. Era atacado el
ministerio, que solo quería represión sangrienta y buscaba ocasión
para levantar el pie de fuerza, por el general Santander, Vicente
Azuero, doctor Soto Florentino González, Ezequiel Rojas y otros. El
general Borrero, que no había figurado mucho en las luchas
tribunicias de la Gran Colombia ni en las de los diez primeros años
de la Nueva Granada, hacía frente a todo sin desalentarse ni perder
un palmo de terreno, llamando en su auxilio a griegos y romanos, en
cuyas tradiciones estaba al parecer muy empapado. Al examinarme en
derecho de gentes en 1845 me preguntó algo relacionado con las
cuestiones ventiladas en el congreso en ese mismo año, y observando
en mis respuestas opiniones que no coincidían con las que él había
sostenido, no se enojó, antes bien con benevolencia puso término a
las preguntas expresando que ese no era su concepto, pero que yo
había sostenido el mío con tanta habilidad como si estuviéramos en
la cámara de representantes. Lanzóse desgraciadamente en la
revolución de Antioquia, en 1851, proclamando Federación y
Convención, fue vencido y murió en el destierro en la isla de
Jamaica un año después.
Julio Arboleda hizo sus primeras armas en la liza parlamentaria
en 1846 de una manera brillante en la cuestión de los jesuitas,
como lo llevo indicado ya en estas Memorias. Su primer discurso
causó sensación extraordinaria, pues nunca tal vez se había oído en
la tribuna de este país ese género de elocuencia literaria y
compuesta, tanto en el fondo como en la forma. La forma sobre todo:
los ademanes, las inflexiones de la voz, clara, resonante, la
pronunciación española de la c y la z, denotaban estudios teóricos
del arte y buenos ejemplos de los países europeos, en donde aquél
había recibido su primera educación. Aquí no se habían visto más
que improvisaciones más o menos felices en que lucían las dotes
naturales del orador: lecciones de declamación no había habido
nunca, si se exceptúan los pequeños consejos dados por los maestros
de escuela al alumno que debía pronunciar la
|resunta en el
certamen, reducidos a levantar y bajar los brazos y a recitar un
poco más despacio las frases banales de una composición reducida
siempre a pedir excusas por los escasos adelantamientos de los
discípulos. Tampoco era costumbre en los miembros de las asambleas
preparar sus discursos con alguna anticipación para saber siquiera
lo que iban a decir, el orden en que debían emitir sus pensamientos
y la clase de ideas o pasiones del auditorio que debían tratar de
excitan en relación con el estado de los espíritus y las diversas
situaciones del país. Se creía y me figuro que se cree
aún que sólo las improvisaciones merecen aprecio. Recuerdo a
este respecto, que cuando en 1850, se fundó la célebre Escuela
Republicana y se propuso dar temas con ocho días de anticipación
para pronunciar discursos en sesión pública, el mismo presidente de
la sociedad se opuso a la idea de dar tiempo, pues la
|gracia, decía,. no consistía en hablar sobre puntos
estudiados, sino en improvisar opiniones sobre asuntos
desconocidos. Y eso lo decía con toda seriedad. Se ignoraba que los
más Célebres discursos de los oradores griegos y romanos fueron
preparados y escritos de antemano, por lo cual Pudieron
transmitirse a la posteridad, y que Cicerón mismo tenía una
colección de exordios para escoger en el momento preciso el más
adecuado a la situación. En los tiempos actuales se escriben entre
nosotros los discursos después de pronunciados, cuando debía ser lo
contrario, pronunciados después de escritos. Cuando, pues, se oyó
el primer discurso bien meditado, en buen orden y pronunciado con
perfecta inteligencia del efecto que se quería producir, en armonía
los ademanes y las inflexiones de voz con las ideas, el efecto fue
inmenso, y la reputación del orador subió de un golpe a las más
altas regiones. Sus talentos y su educación parecieron inclinarse
por algún tiempo al partido liberal, todavía no repuesto de la
desorganización a que lo redujo su derrota en la guerra civil de
1840 a 1842, y se unió en estrecha amistad con el señor Florentino
González, que acababa de salir de la secretaría de hacienda.
Desgraciadamente, él procedía de una de las familias aristocráticas
y ricas del sur; tenía haciendas en el Valle del Cauca, minas en la
costa del Chocó, trabajaba con esclavos unas y otras, y todas esas
atenciones lo distraían de sus estudios, comprometiéndole en
caminos ajenos a la carrera parlamentaria. Previéndo el término de
la esclavitud, exportó al Perú una gran parte de sus esclavos,
hecho que dio lugar a un incidente muy desagradable para él.
Durante una discusión muy acalorada en la cámara de representantes
en que el señor José Eusebio Caro era su contrincante, quiso poner
a éste en ridículo como dependiente sumiso del doctor Mariano
Ospina, y al efecto recitaba una parte de la fábula de Iriarte
entre la ardilla y el caballo. En el momento en que decía:
Tantas idas y venidas
|
Tantas vueltas y revueltas,
Quiero amiga que me digas
¿Son de alguna utilidad?
Calle el vendedor de carne humana, gritó con
voz estentórea el señor Caro.
Calló ciertamente, y no sé como los amigos comunes de ambos
contendores pudieron arreglar este caso de honor que parecía
inevitable, dado el carácter conocido de los actores; Pero este
suceso explica bien las vallas que se presentaron en el camino de
sus tendencias quizá inconscientes hacia el liberalismo.
Después, hombre de acción tanto o más que de palabra, entró
violentamente en la oposición periodística al gobierno del general
López; no fue reelegido a la cámara y se lanzó en la guerra civil
en 1850. Derrotado muy pronto en Anganoi, tuvo que expatriarse y no
regresó al país hasta que, triunfante de nuevo el partido
conservador en las elecciones de 1853, entró al senado en 1854.
Pronto volveremos a encontrarlo.
El señor Juan Clímaco Ordóñez era uno de los hombres más
eminentes del partido conservador de ese tiempo. Secretario de
hacienda en los dos últimos años de la administración del general
Herrán, puso término a los empréstitos que al 2 por 100 mensual
gravaban al Tesoro; con un aumento a la tarifa de aduanas y
vigilancia eficaz en la recaudación de las rentas, puso al
corriente los desembolsos de la tesorería y despejó el campo para
los trabajos de la primera administración del general Mosquera. Era
un hombre de alta estatura, bien proporcionado, facciones hermosos,
talento claro, en el que predominaba el buen sentido, voz clara y
sonora y maneras llenas de compostura. Como orador sencillo, que
los ingleses llaman
|debater (palabra que no tiene
equivalente exacto en español, quizás por no ser cosa muy conocida
en los países que hablan esta lengua) no he oído tal vez ninguno
que le igualase: tal era su claridad, concisión y conocimiento
perfecto de las materias sobre que discurría. Hombre de fortuna
independiente, sin ambiciones, la política no lo atraía a su
torbellino, campo en que mostró siempre mucha moderación y
tendencias conciliadoras. Estas últimas cualidades lo hicieron
popular en las tradiciones del espíritu de partido, de suerte que
su nombre casi no se menciona en el día en la lista de los que dan
honor a la organización conservadora, pero fue uno de los más
distinguidos.
El señor Manuel María Mallarino apareció por primera vez en la
escena política en 1846, si no estamos engañados. Pronto se hizo
conocer por la abundancia de su palabra, su manera de decir culta y
simpática, su talento despejado y una educación literaria notable.
El general Mosquera que nunca se pudo avenir con sus secretarios, y
cuyo ministerio, formado en 1845 con hombres de primera línea
(Márquez, Borrero, Pombo y Barriga (Joaquín), se había disuelto en
pocos meses, lo llamó a la secretaría de relaciones exteriores y
mejoras internas. Allí se ocupó en proyectos de vías de
comunicación, inmigración de extranjeros, cajas de ahorros y otros
asuntos de utilidad pública. Como más tarde habremos de
encontrarnos con él en posiciones más notables seguiremos ahora
hablando de otro personaje que en esos días surgió en la arena
política como compañero de Mallarino: el doctor Manuel Ancízar.
Nacido en Bogotá en 1812, de padres españoles que, a causa de la
guerra a muerte, iniciada por Bolívar en 1813, y aceptada con
entusiasmo por los jefes peninsulares, Boyes, Antoñanza, Zuazola,
Morales, Remigio Ramos y otros en Venezuela; por Morillo, Sámano,
Enrile, Lucas González y otros en Nueva Granada tuvieron que
emigrar a la isla de Cuba después de Boyacá; se había formado allí
en la carrera de la jurisprudencia y recibido una instrucción
notable que pronto lo incorporó en las filas revolucionarias contra
la metrópoli española. Perseguido por sus opiniones republicanas
emigró a los Estados Unidos en 1839, y de allí a Venezuela en 1840,
en donde pronto encontró colocación como profesor en los
establecimientos de instrucción pública. Allí lo conoció y tuvo
ocasión de apreciar sus talentos el señor Lino Pombo, representante
de este país desde 1842, y por recomendaciones de éste el general
Mosquera le dio encargo de continuar las gestiones de límites entre
los dos países, iniciadas pero no concluidas por el señor Pombo. No
habiendo podido tampoco llegar a un avenimiento en esta materia
vino a Bogotá en los últimos meses de 1846 a encargarse de la
subsecretaría de relaciones exteriores y mejoras internas. Nunca
había visto yo un hombre de maneras tan cultas e insinuantes: a
pesar de que esta ciudad no se distingue por falta de cortesía ni
de suavidad en los modales, los del señor Ancízar causaron una
impresión muy favorable en todas las clases de la sociedad. Por sus
relaciones sociales y por el puesto oficial que ocupaba se le
juzgó de pronto incorporado en el partido conservador.