CAPITULO XII
Estado social.Costumbres.
Antes de engolfamos en el movimiento político iniciado el 7 de
marzo de 1849, es conveniente recordar algo de lo que eran el
estado social y las costumbres privadas de la capital de la
república. No era Bogotá, como es hoy, el centro principal de
cultura de nuestro país. Cartagena y Popayán parece que eran
entonces las ciudades más adelantadas. La primera por haber sido,
durante la colonia, el foco comercial y político más importante,
adonde afluían los galeones que transportaban a la Península los
tesoros del Nuevo Mundo; y la segunda por haberse establecido en
ella desde tiempos remotos las pocas familias aristocráticas que
hicieron su residencia en el Virreinato. Con excepción de la
familia Lozano, hoy extinguida, en quien estaba vinculado, con
grandes extensiones de fincas territoriales en la sabana, el
marquesado de San Jorge, y de la de Caycedo, que era dueña de una
posesión intensa en el Tolima, aunque sin título nobiliario, todas
o casi todas las que hoy son grandes haciendas en la sabana de
Bogotá y en las faldas de la cordillera que la rodea, pertenecían o
habían pertenecido a las comunidades religiosas de los jesuitas y
de los conventos de monjas y de frailes. En la ciudad sólo la calle
de la Carrera daba testimonio, por algunas casas de gran estilo, de
que en ella habían vivido familias acomodadas. Así, el caserío, en
los años de 1840 a 1848, era muy inferior a lo que es hoy, y talvez
no había diez casas cuyo arrendamiento pasase de cincuenta pesos
mensuales. Entre las de diez y veinticinco pesos vivían las nueve
décimas partes de las familias bogotanas, y el servicio que bastaba
en esos tiempos se componía de las siguientes piezas: una sala de
recibo, tres o cuatro alcobas estrechas, comedor casi siempre
oscuro, cuarto para criadas, cocina, despensa y a lo más una
carbonera; dos patios y un gran solar. No eran frecuentes las
habitaciones provistas de alberca con agua corriente, excusados y
caballeriza. El valor de las casas ordinarias oscilaba entre mil y
diez pesos, y este último se refería a casas de un piso alto en
las calles más frecuentadas de la ciudad, que eran entonces la de
San Juan de Dios desde la del Comercio y dos cuadras hacia el
oriente, hasta el puente de San Victorino, y las tres del comercio
llamadas calles reales.
Las doscientas hectáreas ocupadas por el caserío, que hoy
representan más de treinta millones en oro, probablemente no valían
en 1847 la décima parte. Hoy vale desde dos hasta doscientos
cincuenta pesos el metro cuadrado en el área edificada y un precio
de veinte pesos cada metro en término medio; entonces no se
computaba siquiera por metros el valor de la tierra edificable.
Los señores Juan Manuel y Manuel Antonio Arrubla fueron los
primeros que iniciaron de un modo serio la construcción de casas
cómodas y elegantes, movimiento que tomó algún vuelo con la venida
del arquitecto inglés, señor Tomás Reed, en 1845, quien
desgraciadamente se trasladó a Quito desde 1855 ó 1856.
El mueblaje guardaba proporción con el aspecto y comodidad de la
casa. Canapés forrados en zaraza, a veces en una fuerte tela de
lana verde o roja, llamada filipichín, en muy raras ocasiones en
damasco de lana y seda; taburetes de asiento de vaqueta con
espaldar pintado de colores, o sea guadamesí; mesas fuertes de
cedro, redondas, en la mitad de la sala; camas formadas en cuero
sin curtir; grandes sillas de brazos con espaldar de vaqueta muy
labrada, representando las armas de España, sombreros de cardenal o
de rey; espejos pequeños y el indefectible biombo en la alcoba
principal: estos muebles, digo, constituían el adorno de una casa.
En lo general, el servicio era de loza cocida en la fábrica del
doctor Nicolás Leyva; pero en cambio todavía quedaba abundancia de
platos, jarros, cucharas, tenedores y bandejas de plata, escapados
en los conventos de monjas a las requisiciones españolas o
patriotas de los tiempos de la guerra de la independencia;
artículos que en los tiempos modernos han ido a parar a la Casa de
Moneda para su acuñación.
Los capitales de los personajes más acaudalados nunca llegaban
al guarismo de medio millón de pesos, suma que sólo se achacaba al
señor Francisco Montoya, a don Joaquín Escobar, al señor Rudesindo
Galvis, de Cúcuta; a don Joaquín Mier, de Santa Marta; a don Pedro
Vásquez, de Medellín, y talvez a don Raimundo Santamaría. Cincuenta
o sesenta mil pesos era el desiderátum supremo de los trabajadores;
suma despreciable en el día, a pesar de los malos tiempos de
demagogia y anarquía, que, se dice, y en ocasiones es Verdad, hemos
atravesado en los últimos cincuenta anos. Doscientos o trescientos
mil pesos elevaban a la Condición de potentado. La quiebra del
afamado negociante doctor Judas Tadeo Landínez en 1841, cuyo pasivo
subía a más de tres millones de pesos, debió de ser una espantosa
catástrofe, semejante a la Low en Francia, ahora dos siglos: pero
es verdad que en esos días había reinado una epidemia de
negociaciones y contrataciones, originadas en su principio por
contratos con el gobierno, como no ha tornado a verse en este país,
ni aun en los últimos quince años.
Las propiedades agrícolas eran todavía de grande extensión. Las
de la sabana, algo divididas en el día, asumían extensiones de mil,
dos mil y aun tres mil fanegadas. Todavía entonces se acostumbraba
poco hacer medir y levantar el plano de las tierras. La grande
hacienda de Las Monjas, perteneciente a las de Santa Inés, todavía
estaba arrendada en 1861 por cuatro mil pesos anuales; dividida hoy
entre unos diez y seis propietarios, sería preciso pagar más de
cuarenta mil pesos de arriendo anual por todas sus partes. Conozco
una hacienda vendida en 1855 por veinticuatro mil pesos, que
representa en la actualidad más de medio millón con mejoras de muy
poca consideración.
Empero, el producto del trabajo agrícola debía de ser miserable.
Hasta 1847 ó 1848 no pasaba de ochenta centavos el valor de la
arroba de carne, otro tanto el de la carga de papas, cinco o seis
pesos la carga de trigo, dos a tres pesos la de miel (en el mercado
de La Mesa y un peso más en Bogotá, dos o tres pesos la carga de
maíz, un peso la arroba de manteca (que antes de la introducción de
la manteca americana valía veinte pesos en esta ciudad), ochenta
centavos la arroba de queso, y así lo demás. Se exportaba el azúcar
de Guaduas a Europa, prueba de que su precio debía ser muy ruin, y
en efecto no llegaba a un peso la arroba en la altiplanicie. Un
novillo gordo valía de veinticinco a treinta pesos, y flaco, traído
de los llanos de Casanare y del Apure, no más de diez o doce. Las
mulas de carga no se pagaban a más de treinta pesos, por lo cual
podía exportármelas a Venezuela y hasta las Antillas. El cacao
valía de cinco a seis reales el millar (cuatro libras), y en las
jambas de una tienda pequeña contigua a la Librería Colombiana,
pude leer ahora pocos años un aviso manuscrito que decía:
Cacao de Cúcuta superior a tres reales millar! Y creo
tener recuerdo de que por los años de 1835, se compraba por dos y
medio centavos una docena de huevos; prueba de que el proverbio
vulgar para expresar un deseo de imposible realización: Pollo
gordo y de a cuartillo, tuvo su origen en la realidad de
otros tiempos.
Los salarios, tanto los agrícolas como los de trabajos
domésticos, eran insignificantes. En las haciendas de la sabana no
era raro el caso de que se limitara a la mera alimentación del
peón; cinco centavos diarios era lo más común, y en los casos de
escasez de brazos en tiempo de cosecha, diez centavos. La
alimentación no comprendía carne, pues no pasaba de mazamorra con
tallos y habas y chicha. Se puede creer, sin embargo, que esta
remuneración tan escasa se refería a los agregados o peones que
disfrutaban de la concesión de cultivar por su cuenta un pedazo
pequeño de tierra sin pagar arriendo. En el servicio doméstico no
se pagaba más de cincuenta o sesenta centavos mensuales a una
sirvienta común, un peso veinte centavos a una Cocinera, un peso
sesenta centavos a un sirviente, ochenta centavos a un peso a una
costurera, y así lo demás. Subsistía aún la esclavitud, y esto
explica la ruindad de los salarios. En las tierras frías no se
trabajaba la tierra con esclavos, pero sí en las calientes,
principalmente en los trapiches. Una cocinera valía de Cien a
doscientos pesos, y cien pesos el precio ordinario de un esclavo
sano y robusto, que en los tiempos a que me refiero 1840 a
1850 no debía tener menos de veinte a treinta años, pues
desde 1821 eran libres los. partos de las esclavas. Los viejos o
enfermos inútiles eran presentados a la manumisión.
Las costumbres privadas debían de ser, pues, más que modestas, a
juzgar por la medida actual. Trajes de zaraza en las señoras y en
las señoritas; de muselina de lana para los bailes, zarcillos
grandes de oro, zapatos de cordobán y pañuelo de algodón en el
pecho. Uno de seda pasaba de generación en generación, quizás.
hasta la tercera. Los trajes de los hombres no eran más fastuosos:
sombrero jipijapa de Bucaramanga o Zapatoca, capote de calamaco de
colores subidos, a las veces forrado en bayeta, gran chaqueta
amplia de cerinza, chaleco muy largo, pantalón de cerinza o de paño
ordinario, botines o zapatos de cuero de venado o de soche. El
traje invariable de las señoras para salir a la calle era: enagua
de alepín, tela negra de lana; mantilla de paño, sombrero de huevo
frito, de armazón de cartón, forrado en felpa negra de algodón o
de seda, que imitaba la figura de aquél, y zapatos de paño o de
cordobán. Los botines extranjeros, usados universalmente hoy, eran
enteramente desconocidos. Ninguna señora se hubiera atrevido a usar
medias de color, cosa exclusivamente reservada para el arzobispo.
Por supuesto, en las familias que se llamaban ricas la vestimenta
podía ser mejor, y la iniciación a las modas extranjeras, que
principió con la llegada de madame Gautron, modista francesa,
consistía principalmente en unos grandes globos almidonados en la
parte superior de las mangas; moda que censuraba mucho en sus
sermones el doctor Margallo, pero encontrándoles siquiera la
ventaja de que con ellos no podían dar el brazo las señoras a los
cachacos. La costumbre de dar el brazo a las señoras era muy
general, y por lo común se le daba a dos, una a cada lado, con lo
cual, en nuestras calles estrechas, era preciso retirarse hasta el
caño para darles el paso.
Los alumnos de las escuelas y colegios eran muy poco favorecidos
en este aspecto. Chaqueta y calzones de tela fuerte de algodón;
zapatos sogamosos, llamados así por ser fabricados en el lugar de
este nombre, sin horma y sin atención al pie derecho o izquierdo,
que se vendían en cajetas de medir granos, de las cuales se
escogían los que más se acercaban a la proporción de pares para
cada persona; sombreros de paja cuyas alas comparaba un escritor de
costumbres de esos tiempos a las banderas de Pizarro, y nada de
medias, calzoncillos y corbata.
Las comidas no eran a propósito para despertar apetitos golosos.
Una sopa de arroz muy clara al almuerzo, conocida por los
estudiantes con el nombre de macho rucio, o un ajiaco de plátano
guineo verde, algo de carne y papas fritas, huevo frito y empanadas
el domingo, agua de panela y vaya usted con Dios, formaban el
almuerzo. Constituían las once una gran taza de leche y un gran
bizcochuelo de sagú, que costaban dos y medio centavos. Puchero,
arroz seco adornado con grandes ristras de ajos, caldo de la olla,
panela raspada y pare usted de contar, llenaban el menú de la
comida de las diez y nueve vigésimas de los hogares. En cambio,
eran interminables los platos que se servían en las comidas de
ceremonia o en los ambigús. palabra que ha sido reemplazada por la
de lunch, si bien muy poco usado en la actualidad el objeto a que
se referían. ¡Cómo salían a relucir la cazuela del chupe, las
bandejas de cangrejos rellenos, los solomos de puerco anegados en
manteca, cebollas y tomates, las gallinas, patos, conejos y pavos
mechados o en otras preparaciones! Sobre todo la interminable lista
de postres, desde la leche crema, los huevos chimbos y la sopa
borracha, hasta el famoso mergido y el postre de don Antonio
Castro; de todos los cuales era necesario agotar el plato que con
agasajo especial enviaba la señora que presidía la mesa y repartía
las viandas! Los actuales vinos de ocho y diez pesos la botella
eran desconocidos del todo. Se acostumbraba apenas una pequeña copa
de Jerez ordinario denominado vino seco para los hombres y vino
dulce para las señoras. Alguno que otro ricachón usaba ya el
Burdeos con el nombre de vino tinto, si era de calidad ordinaria;
si con pretensiones a calidad fina, entonces se llamaba tapa larga,
por las dimensiones del corcho que cerraba la botella. El uso más
general del vino era en fricciones sobre las sienes y detrás de las
orejas, a las personas débiles o anémicas, pues se reputaba
demasiado fuerte para el estómago de una persona sana. Empezaba a
introducirse el brandy, del que dos o tres botellas eran
suficientes en un baile de veinte parejas, y el precio del reputado
superior no excedía de un peso sesenta centavos. Horchata,
naranjada, agua de mora y aloja, eran las bebidas refrescantes
repartidas en los bailes. La aloja, bebida fermentada de maíz
tostado y panela, con clavo y nuez moscada, preparada por las
monjas, era reputada bebida de gran tono.
Según mis recuerdos, no se ofreció cerveza el público en
establecimiento permanente hasta 1841 ó 1842, por el señor
Francisco Stevenel, fundador de la fonda de La Rosa Blanca. Los
campesinos acudían a pedir un vaso de espumita, nombre popular de
la bebida, y para los estudiantes eran una diversión los visajes
del que la tomaba por primera vez, llevándose la mano a la nariz
como para impedir que se arrancara, sensación que casi todos
experimentaban. Entre la clase campesina tuvo pocos prosélitos en
un principio. La chicha del judío la de la niña María-chiquita, la
corcovada, la del soldado y otras, tenían una reputación muy
establecida contra la cual tardó muchos años la cerveza en luchar
con buen éxito, pues un vaso de cerveza no podía venderse por menos
de medio real, mientras que en ocasiones cuatro botellas de chicha
sólo valían dos y medio centavos o un cuartillo, como se decía
entonces.
Las chicherías abundaban en la Plaza de Bolívar o de la
Constitución (como se la llamó hasta 1846, cuando fue inaugurada
la estatua del Libertador), en la tercera calle del comercio, en la
de Florián, en donde en lugar del almacén del Gallo se ostentaba
uno de los más famosos lugares de expendio del vino amarillo. El
uso de él era tan general que no era tranquilo el espectáculo de
las calles en las tardes del viernes, pues las riñas pululaban por
todas partes. Las chicherías eran sucias, oscuras, y en ellas sólo
se expendía. además de la chicha, manteca en grandes sartas, piezas
de carne de marrano crudas o ya cocidas, manteca, pan negro y
mogollas leña y carbón. Se expendía la bebida popular en totumas
coloradas Y no en vasos limpios como hoy. A ese gran consumo
contribuía la abundancia de indígenas dueños de resguardos que
venían a expender sus víveres a la capital la concurrencia de los
cuales envilecía el precio de los víveres y anulaba la recompensa
de su trabajo personal. Autorizados para enajenar sus resguardos en
1838, inmediatamente los vendieron a vil precio a los gamonales de
sus pueblos, los indígenas se convirtieron en peones de jornal con
un salario de cinco a diez centavos por día, escasearon y
encarecieron los víveres, las tierras de labor fueron convertidas
en dehesas de ganado, y los restos de la raza poseedora siglos
atrás de estas regiones se dispersaron en busca de mejor salario a
las tierras calientes, en donde tampoco ha mejorado su triste
condición. Al menos, sin embargo, ha contribuido a la fundación de
esas haciendas notables que pueden observarse en todo el descenso
de las cordilleras hacia el sur y el suroeste, hasta Ambalema, en
donde gran parte de ellos fue víctima del cólera en 1850 y de la
fiebre amarilla desde 1856 hasta 1865.
Volviendo a la ciudad de Bogotá, recordaremos que el servicio
municipal era casi nulo en los años de 1840 a 1848. No había
enlosado en las aceras de las calles, excepto en las tres del
comercio; faltaba empedrado en muchas; el agua de los caños, que
corría por la mitad de ellas, encargada de arrastrar a los ríos de
San Francisco y San Agustín las basuras de las casas, se regaba a
uno y otro lado formando pozos pestilentes que embarazaban el paso;
no había alumbrado sino en las tres del comercio, y eso de tal
naturaleza que sólo servía, como en España, para hacer visibles las
tinieblas, y esto a tiempo que las ventanas salientes de las casas
creaban un tropezadero peligroso en las noches oscuras. El Pecado
Mortal, hombre cubierto con bayetón, montera, sombrero disforme y
con un farol de vidrios encarnados, recorría las calles, haciendo
sonar una campana de manera tan triste y desacompasada que a los
muchachos y mujeres ponía pavor, como un fantasma o vestigio de
esos que asustaran al mismo Don Quijote. Centenares de burros
recorrían las calles buscando los restos de las cocinas detenidos.
en los caños, y hacían su mansión principal en la Plaza de Bolívar,
que era la del mercado. El servicio de aseo y agua potable se hacía
por centenares de aguadoras sucias y abrumadas por la tarea de
cargar incesantemente múcuras de barro medio cocido a las casas,
pues muy pocas de éstas eran servidas por las cañerías. Los
acueductos, en gran parte descubiertos, dejaban mezclar con el agua
que se consideraba potable todas las suciedades de los solares y
calles que atravesaban, de suerte que la que se bebía era de la
peor calidad posible. El descubrimiento del chorro de
Padilla se hizo en 1862, y sólo desde ese año hay una agua
siquiera clara. En esta materia es universal en nuestro país el
abandono de las poblaciones, de suerte que, siendo hereditario este
descuido, se puede creer que en España no se bebía agua en los tres
siglos de duración de la colonia, pues creo que hoy sí se bebe, en
Madrid a lo menos.
El desaseo de las calles y la enormidad de los muladares no
dejaban nada qué desear. Cuando en 1850 invadió el cólera a Bogotá,
y con ese motivo se pensó en algo de limpieza, en pocos días fueron
extraídas 160.000 carretadas de basura para abono de los potreros
de la Estanzuela y Aranda. No había carros ni otro medio de
transportar materiales de construcción, muebles y víveres sino por
medio de mozos de cordel que, por estar estacionados en gran número
en los atrios de las iglesias, eran conocidos con el nombre de
altozaneros. Estos y las aguadoras, o aguateras, como se las
llamaba vulgarmente, formaban un gremio tempestuoso, que en las
chicherías, alrededor de las fuentes públicas y en la plaza de
mercado levantaban grescas terribles en que al lado de las pedradas
volaban los tiestos de múcuras rotas y vocerías tales, que más
valiera no tener orejas, así como el paso de los caños hacía desear
a los bogotanos no tener narices.
Cuando merced a los trabajos de los Mac Allister Thonson y
Moncreafs, los primeros fabricantes de carros (en el lado noroeste
del Puente Nuevo), empezaron a emplearse éstos en las calles,
quedaron sin empleo los mozos de cordel, una parte de ellos se
tomó. en pordioseros y el resto tomó el oficio de carreteros o de
peones a jornal en las haciendas. Otro tanto sucedió con las
aguadoras. Luego, que con la introducción de tubos de hierro, en
1887, pudieron proveerse de agua un poco menos sucia algunas casas
de esta ciudad. El número de pordioseros que en 1868 y 1870, casi
habla desaparecido, a esfuerzos de la Junta de Beneficencia,
presidida por el señor Juan Obregón, con el asilo de San Diego,
tomó a aumentarse con estos nuevos brazos sin ocupación.
A este respecto debe recordarse que la mendicidad, rasgo
distintivo de todas las poblaciones españolas, y sus descendientes
en América, era, como aún es, eminente en Bogotá; pero en los años
de 1840 a 1850 habla llegado a ser insoportable. De día, golpeando
en las puertas y llamando en las tiendas de comercio; de noche
pidiendo en las calles, y principalmente los sábados, día señalado
por algunos hombres compasivos para repartir sus limosnas, era un
espectáculo triste el de las bandadas de pobres, cojos, mancos,
ciegos, tullidos, que imploraban la caridad pública, procurando
excitarla con los olores más espantosos de úlceras y suciedad
cultivadas, en ocasiones, exprofeso.
Algo mejoró esta situación con tres acontecimientos felices que
reanimaron algún tanto las industrias y principalmente la agrícola.
La construcción de la carretera de occidente, que repartía
salarios, subiendo al doble la tasa de éstos, a cosa de mil
jornaleros; la introducción de semilla tuquerreña, más productiva y
libre de la enfermedad de la mancha, en el cultivo de la papa; Y la
propagación del trigo barcino, menos expuesto que las semillas
antiguas al polvillo. Estas tres cosas comunicaron actividad a los
negocios y fueron el origen de algunas fortunas.
La prostitución descarada y el contagio de las enfermedades
venéreas, era otro lunar triste de la población bogotana. Debía ser
muy grave esta epidemia cuando un gobernador, notable por su
actividad y energía mandó recogerlas y expulsarlas a los llanos de
oriente, despoblados entonces y erigidos luego en Territorio
de San Martín. Recuerdo con este motivo una frase espiritual
y filosófica del doctor Miguel Tovar, abuelo materno del actual
vicepresidente de la república: Esa medida tiene un
inconveniente, entre otros, y es que cuando falta el ejército
permanente se llama al servicio la guardia nacional. El
presidente de la república, general Mosquera, mandó crear un
hospital de enfermedades venéreas Tocaima, destinado a la
guarnición de la capital.
La gente parecía más alegre ahora medio siglo que en la
actualidad. Entre las diversiones populares figuraban en primera
línea las fiestas que anualmente se celebraban en todos los pueblos
en recuerdo del Santo Patrón. No se reducía esa celebración a
fiesta religiosa, Como en la actualidad, diversificada apenas con
algunos cohetes en el atrio de las iglesias. Empezaba por vísperas
de fuegos artificiales, y después de la ceremonia o procesión
religiosa, seguían animados encierros, preliminar de las corridas
de toros en la plaza pública, en los que tomaba parte toda la
población. Estas fiestas duraban ordinariamente tres días, con no
poca frecuencia ocho. Para el efecto se levantaba cerca de palcos
alrededor de la plaza, se construían tablados sobre la cerca, y
debajo dé éstos se establecían cocinas y ventas de comidas
preparadas, principalmente de Cenas compuestas de ajiaco; de papas,
pescado frito, rostro de cordero, ensalada de lechuga y cerveza o
chicha; cenas de que participaban todas las clases de la sociedad.
Mesas de juego de lotería, cachimona, primera, veintiuna, etc.
Juegos de bolo y turmequé se establecían en las afueras de las
poblaciones, acompañados de toldos en que se ofrecía guarruz,
masato, colaciones diversas y también bebidas menos inofensivas.
Bailes populares en las plazas y lugares públicos; bailes privados
en las casas, divididos en tres categorías: de señoras, de
cintureras y de candil y garrote; éstas demasiado expresivas en su
solo nombre; pero las segundas eran reuniones en que presidía la
decencia y solían ser frecuentadas por los jóvenes de la primera
clase, lo que concurría mantener buenas relaciones entre las clases
de la sociedad. Bandas de matachines salían a recorrer las calles y
eran la delicia de los muchachos. Bosques se levantaban en las
esquinas de la plaza, en algunas de las cuales se exhibían animales
salvajes, plantas raras, flores no cultivadas de las montañas
vecinas; y en otras, mesas de títeres, con representación de las
costumbres y a veces con una crítica de los caracteres raros del
pueblo en que no faltaba chispa y observación verdadera. Los presos
de la cárcel, entonces no poco numerosos, pues aún existía la
prisión por deudas y los procedimientos contra los vagos empleados
en no pocas ocasiones, contra los que, sin serlo, incurrían en la
animadversión del alcalde, eran objeto de un recuerdo simpático del
público, pues se les llevaba de comer y de beber y en ocasiones se
les regalaba algunas prendas de vestido. La vara de premio no
faltaba y daba ocupación a los muchachos de las escuelas y a los
del campo, generalmente vencedores en esa lucha de agilidad y
destreza. Tiples y bandolas recorrían las calles despertando en
todas las casas la alegría la sociabilidad. Hasta los viajeros
eran detenidos en las poblaciones campestres, unas veces en el cepo
cuando respondían con semblante adusto a las invitaciones de los
fiesteros, y en lo general a tomar parte en los bailes y comidas
populares.
Estas diversiones, sencillas, amables, han sido reemplazadas, de
diez años a esta parte (1897), por las abominables, brutales y
sangrientas corridas de toros a la española...
Aparte de las fiestas generales era costumbre en todas las
familias, hacer de vez en cuando comidas en las orillas del Fucha,
del Arzobispo, del Boquerón en busca del placer del baño, del aire
puro y de la expansión del espíritu en los paisajes campestres; lo
cual ha desaparecido por el predominio de ideas menos democráticas
importadas de Europa. Declaro que para mí es. muy sensible la
desaparición de esas costumbres republicanas en que se mezclaban y
confundían, aunque fuese por pocas horas, todos los niveles
sociales. Recuerdo haber visto en unos encierros al general
Santander que era presidente de la república, y el hombre de
presencia más imponente al propio tiempo que el más respetado
disfrazado de llanero, don calzón de uña de pavo, estribos de palo
cogidos con el dedo mayor del pie, capisayo corto, sombrero de
ramo, cantando galerón en compañía de algunos militares Y cachacos,
dando ejemplo de la más cordial expansión a sus conciudadanos.
También recuerdo haber visto, aunque no disfrazado, en unos
encierros, en 1848, al general Mosquera, quien mezclándose a los
diferentes grupos, llegó a uno de estudiantes a quienes se dirigió
con mucha familiaridad invitándolos a tomar con él una copa de
vino. Volviéndose al general Vicente Piñeres que lo acompañaba, le
instó para que brindase en verso: éste entonces con voz lenta y
campanuda dijo:
Desde hoy puede contarse una nueva era
todos debemos ser republicanos
tratémonos todos como hermanos
y contemos entre ellos a Mosquera.
¿Y por qué desde hoy? dijo éste enojado al parecer.
Yo siempre he sido republicano.
Pero, mi general respondió aquél, ¿no ve usted
que para darle consonante a Mosquera era, preciso traer a colación
la nueva era, la cual tiene que ser nueva?
Una risa general puso término al incidente.
Ya verán ustedes, continuó en voz baja el general Piñeres
dirigiéndose al grupo de jóvenes, que desde hoy van a cambiar
las cosas. Alusión a las escenas de dos meses antes con
motivo del Jurado de la América y El Aviso, y a la conducta que
después mostró el 7 de marzo del siguiente año.
Estos actos de familiaridad del primer magistrado con el pueblo
pobre parecían inspirados por el recuerdo de la guerra de la
independencia, en la que fue clara y sencilla para todos la idea
que presidía los combates, Era, por parte de los patriotas, la de
emancipar las masas populares del envilecimento y degradación a que
las condenaba el coloniaje español: había un principio de amor
hacia ese pueblo desgraciado a quien se deseaba levantar al
banquete universal de la democracia, de la igualdad.
Y
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ese sentimiento se despertaba a la vista de los
combatientes de esa grande época que aún sobrevivían. En esas
celebraciones del 20 de julio, del 7 de agosto, del 9 de diciembre,
se veían las caras alegres del general Santander, los generales
Obando (Antonio), Maza, París, Ortega, Mantilla. López; y no eran
menos festejados con la simpatía popular otros guerreros oscuros
como los comandantes Millán, Castellanos, Molano, que en ese día
sacaban a relucir sus charreteras y ceñían la espada que había
presenciado grandes batallas. Molano que había combatido en la de
Caroní, en 1817, entrado con Piar a Angostura y venido con
Santander a Casanare en 1818.; Castellanos, que había bajado con
Serviez a los llanos en 1816, servido a las órdenes de Santander,
Ramón Nonato Pérez y Páez hasta 1819 y regresado con Bolívar a
Boyacá; Millán, que había combatido en Carabobo, en el sitio de
Puerto Cabello en 1821 y 1822. Al lado de éstos figuraron hombres
civiles como Ignacio Herrera y José María Domínguez Roche, del
cabildo del 20 de julio de 1850; Juan Nepomuceno y Vicente Azuero,
patriotas de la misma fecha; Diego Fernando Gómez, sentenciado a
muerte por Morillo y Sámano en 1816; Francisco Soto, emigrado a
Casanare en 1816 con su joven esposa, casi en luna de miel, que dio
a luz su primer renuevo
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en el grande
estero que se prolonga a las
orillas del Arauca, cerca de la población del mismo nombre;
Casimiro Calvo, que así mismo había emigrado con su bella esposa y
dos huías de menos de tres años a los llanos de Casanare, en ese
mismo año terrible; Miguel Tovar, a quien el pueblo de Bogotá, el
10 de agosto de 1819, en vista de la fuga de los oidores, había
proclamado magistrado de la Corte Suprema, en compañía de José
Ignacio de Márquez y Salvador Camacho; Inocencio Vargas, reclutado
por los españoles en la expedición de Barreiro a los llanos, antes
de Boyacá y pasado a los patriotas a servir como secretario de
Bolívar; el coman dante Mariano Posee, resto de los prisioneros de
la Cuchilla del Tambo en 1816, condenados a ser quintados y
milagrosamente salido libre del banquillo con José Hilario López,
Pedro Alcántara Herrán y otros. El 20 de julio fue siempre un gran
día.
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La que fue esposa del señor José María Plata.
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