INDICE




Capítulo I
Capítulo II
Capítulo III - El 7 de marzo Las aspiraciones liberales.?El candidato liberal.?Minoría evidente de las opiniones conservadoras.?La reunión del congreso.? Los preparativos del gobierno para el caso de un conflicto.? Los escrutinios en el congreso?La elección del general López.
Capítulo IV  Preludios de guerra civil?Furor del partido en minoría.?Publicaciones incendiarias.?Llegada del general Obando.
Capítulo V  La administración del 7 de marzo.?Preludios.   Ministerio Periodismo.
Capítulo VI  Movimiento de las ideas.?Abolición de la pena de muerte en los de delitos políticos.?Libertad de esclavos.?Libertad de imprenta
Capítulo VII  La provisión de destinos- remociones.?El general Herrán.? El señor José Eusebio Caro.?El doctor Márquez.
Capítulo VIII  Primeros trabajos de la nueva administración.?Venta por mayor de las existencias de tabaco de Ambalema.?Contrato de almacenes de sal con el señor Miguel S. Uribe.?Pago de intereses de la deuda exterior.?Discusión sobre el estado del tesoro público al principiar la nueva administración.
Capítulo IX  Las Sociedades Democráticas.?La Sociedad de Artesanos de Bogotá.?Disturbios en Venezuela.
Capítulo X  Mejoras internas acometidas.—La carretera de occidente—La comisión corográfica.  
Capítulo XI  El cólera
Capítulo XII  Estado social.?Costumbres.
Capítulo XIII  Costumbres políticas.?Hombres que figuraban en la política.? Oradores elocuentes.?Oradores razonadores.
Capítulo XIV   Comercio exterior e interior.?Artículos principales- Oro plata. ? Tejidos de lana y algodón fabricados en el país.?carnes.  ?Sombreros de nacuma -Dulces.-Tabaco.- café.- Huevos y aves de corral.?Pescado.
Capítulo XV  Otras inversiones del capital.?Construcción de edificios.?Bancos.?Vías de comunicación.?Vapores en el Magdalena.
Capítulo  XVI  Consumos alimenticios interiores.?Mercancías extranjeras.?café Azúcar.?Tejidos del país. ? Sal.?Tabaco.?Cacao.?Maíz?plátanos.?Papas.?Trigo.?Arroz.?Raíces y tubérculos. ? Arracacha.?Yuca.?Leguminosas.?Frutas.
Capitulo XVII   Rentas y gastos nacionales
Capítulo XVIII  Las mayorías en el congreso.?Abolición de los derechos sobre la siembra de tabaco.?El cólera en Bogotá.?Descentralización de rentas y gastos.?Discusiones sobre libertad de imprenta, abolición de la esclavitud, reforma de la Constitución.?Desafuero eclesiástico y renta fija a los curas.
CAPITULO XIX  (continuación)
Capitulo XX   Otros asuntos del año de 1850.  Expulsión de los jesuitas.?El cólera en Bogotá.?Candidaturas.. a la vicepresidencia de la república.
Capitulo XXI   Los Golgotas
Capitulo XXII - La guerra civil de 1851
Capitulo XXIII    La Compañía de Russi
Capitulo XXIV    Las Reformas Eclesiásticas
Capitulo XXV - Tendencias generales de la opinión pública
Capitulo XXVI   Año de 1852.  Censo de población.?Nuevas tentativas de Flores, el traidor.? Complicidad en ellas del gobierno peruano.?Actitud del gobierno granadino.- Fin de esas tentativas.
Capitulo XXVII - Cuestiones eclesiásticas
La Convención de Rionegro    Año de 1863
Nota sobre el autor
CAPITULO XII

Estado social.—Costumbres.

 

Antes de engolfamos en el movimiento político iniciado el 7 de marzo de 1849, es conveniente recordar algo de lo que eran el estado social y las costumbres privadas de la capital de la república. No era Bogotá, como es hoy, el centro principal de cultura de nuestro país. Cartagena y Popayán parece que eran entonces las ciudades más adelantadas. La primera por haber sido, durante la colonia, el foco comercial y político más importante, adonde afluían los galeones que transportaban a la Península los tesoros del Nuevo Mundo; y la segunda por haberse establecido en ella desde tiempos remotos las pocas familias aristocráticas que hicieron su residencia en el Virreinato. Con excepción de la familia Lozano, hoy extinguida, en quien estaba vinculado, con grandes extensiones de fincas territoriales en la sabana, el marquesado de San Jorge, y de la de Caycedo, que era dueña de una posesión intensa en el Tolima, aunque sin título nobiliario, todas o casi todas las que hoy son grandes haciendas en la sabana de Bogotá y en las faldas de la cordillera que la rodea, pertenecían o habían pertenecido a las comunidades religiosas de los jesuitas y de los conventos de monjas y de frailes. En la ciudad sólo la calle de la Carrera daba testimonio, por algunas casas de gran estilo, de que en ella habían vivido familias acomodadas. Así, el caserío, en los años de 1840 a 1848, era muy inferior a lo que es hoy, y talvez no había diez casas cuyo arrendamiento pasase de cincuenta pesos mensuales. Entre las de diez y veinticinco pesos vivían las nueve décimas partes de las familias bogotanas, y el servicio que bastaba en esos tiempos se componía de las siguientes piezas: una sala de recibo, tres o cuatro alcobas estrechas, comedor casi siempre oscuro, cuarto para criadas, cocina, despensa y a lo más una carbonera; dos patios y un gran solar. No eran frecuentes las habitaciones provistas de alberca con agua corriente, excusados y caballeriza. El valor de las casas ordinarias oscilaba entre mil y diez pesos, y este  último se refería a casas de un piso alto en las calles más frecuentadas de la ciudad, que eran entonces la de San Juan de Dios desde la del Comercio y dos cuadras hacia el oriente, hasta el puente de San Victorino, y las tres del comercio llamadas calles reales.

Las doscientas hectáreas ocupadas por el caserío, que hoy representan más de treinta millones en oro, probablemente no valían en 1847 la décima parte. Hoy vale desde dos hasta doscientos cincuenta pesos el metro cuadrado en el área edificada y un precio de veinte pesos cada metro en término medio; entonces no se computaba siquiera por metros el valor de la tierra edificable.

Los  señores Juan Manuel y Manuel Antonio Arrubla fueron los primeros que iniciaron de un modo serio la construcción de casas cómodas y elegantes, movimiento que tomó algún vuelo con la venida del arquitecto inglés, señor Tomás Reed, en 1845, quien desgraciadamente se trasladó a Quito desde 1855 ó 1856.

El mueblaje guardaba proporción con el aspecto y comodidad de la casa. Canapés forrados en zaraza, a veces en una fuerte tela de lana verde o roja, llamada filipichín, en muy raras ocasiones en damasco de lana y seda; taburetes de asiento de vaqueta con espaldar pintado de colores, o sea guadamesí; mesas fuertes de cedro, redondas, en la mitad de la sala; camas formadas en cuero sin curtir; grandes sillas de brazos con espaldar de vaqueta muy labrada, representando las armas de España, sombreros de cardenal o de rey; espejos pequeños y el indefectible biombo en la alcoba principal: estos muebles, digo, constituían el adorno de una casa. En lo general, el servicio era de loza cocida en la fábrica del doctor Nicolás Leyva; pero en cambio todavía quedaba abundancia de platos, jarros, cucharas, tenedores y bandejas de plata, escapados en los conventos de monjas a las requisiciones españolas o patriotas de los tiempos de la guerra de la independencia; artículos que en los tiempos modernos han ido a parar a la Casa de Moneda para su acuñación.

Los capitales de los personajes más acaudalados nunca llegaban al guarismo de medio millón de pesos, suma que sólo se achacaba al señor Francisco Montoya, a don Joaquín Escobar, al señor Rudesindo Galvis, de Cúcuta; a don Joaquín Mier, de Santa Marta; a don Pedro Vásquez, de Medellín, y talvez a don Raimundo Santamaría. Cincuenta o sesenta mil pesos era el desiderátum supremo de los trabajadores; suma despreciable en el día, a pesar de los malos tiempos de demagogia y anarquía, que, se dice, y en ocasiones es Verdad, hemos atravesado en los últimos cincuenta anos. Doscientos o trescientos mil pesos elevaban a la Condición de potentado. La quiebra del afamado negociante doctor Judas Tadeo Landínez en 1841, cuyo pasivo subía a más de tres millones de pesos, debió de ser una espantosa catástrofe, semejante a  la Low en Francia, ahora dos siglos: pero es verdad que en esos días había reinado una epidemia de negociaciones y contrataciones, originadas en su principio por contratos con el gobierno, como no ha tornado a verse en este país, ni aun en los últimos quince años.

Las propiedades agrícolas eran todavía de grande extensión. Las de la sabana, algo divididas en el día, asumían extensiones de mil, dos mil y aun tres mil fanegadas. Todavía entonces se acostumbraba poco ha­cer medir y levantar el plano de las tierras. La grande hacienda de Las Monjas, perteneciente a las de Santa Inés, todavía estaba arrendada en 1861 por cuatro mil pesos anuales; dividida hoy entre unos diez y seis propietarios, sería preciso pagar más de cuarenta mil pesos de arriendo anual por todas sus partes. Conozco una hacienda vendida en 1855 por veinticuatro mil pesos, que representa en la actualidad más de medio millón con mejoras de muy poca consideración.

Empero, el producto del trabajo agrícola debía de ser miserable. Hasta 1847 ó 1848 no pasaba de ochen­ta centavos el valor de la arroba de carne, otro tanto el de la carga de papas, cinco o seis pesos la carga de trigo, dos a tres pesos la de miel (en el mercado de La Mesa y un peso más en Bogotá, dos o tres pesos la carga de maíz, un peso la arroba de manteca (que antes de la introducción de la manteca americana valía veinte pesos en esta ciudad), ochenta centavos la arroba de queso, y así lo demás. Se exportaba el azúcar de Guaduas a Europa, prueba de que su precio debía ser muy ruin, y en efecto no llegaba a un peso la arroba en la altiplanicie. Un novillo gordo valía de veinticinco a treinta pesos, y flaco, traído de los llanos de Casanare y del Apure, no más de diez o doce. Las mulas de carga no se pagaban a más de treinta pesos, por lo cual podía exportármelas a Venezuela y hasta las Antillas. El cacao valía de cinco a seis reales el millar (cuatro libras), y en las jambas de una tienda pequeña contigua a la Librería Colombiana, pude leer ahora pocos años un aviso manuscrito que decía: “Cacao de Cúcuta superior a tres reales millar”! Y creo tener recuerdo de que por los años de 1835, se compraba por dos y medio centavos una docena de huevos; prueba de que el proverbio vulgar para expresar un deseo de imposible realización: “Pollo gordo y de a cuartillo”, tuvo su origen en la realidad de otros tiempos.

Los salarios, tanto los agrícolas como los de trabajos domésticos, eran insignificantes. En las haciendas de la sabana no era raro el caso de que se limitara a la mera alimentación del peón; cinco centavos diarios era lo más común, y en los casos de escasez de brazos en tiempo de cosecha, diez centavos. La alimentación no comprendía carne, pues no pasaba de mazamorra con tallos y habas y chicha. Se puede creer, sin embargo, que esta remuneración tan escasa se refería a los agregados o peones que disfrutaban de la concesión de cultivar por su cuenta un pedazo pequeño de tierra sin pagar arriendo. En el servicio doméstico no se pagaba más de cincuenta o sesenta centavos mensuales a una sirvienta común, un peso veinte centavos a una Cocinera, un peso sesenta centavos a un sirviente, ochenta centavos a un peso a una costurera, y así lo demás. Subsistía aún la esclavitud, y esto explica la ruindad de los salarios. En las tierras frías no se trabajaba la tierra con esclavos, pero sí en las calientes, principalmente en los trapiches. Una cocinera valía de Cien a doscientos pesos, y cien pesos el precio ordinario de un esclavo sano y robusto, que en los tiempos a que me refiero —1840 a 1850— no debía tener menos de veinte a treinta años, pues desde 1821 eran libres los. partos de las esclavas. Los viejos o enfermos inútiles eran presentados a la manumisión.

Las costumbres privadas debían de ser, pues, más que modestas, a juzgar por la medida actual. Trajes de zaraza en las señoras y en las señoritas; de muselina de lana para los bailes, zarcillos grandes de oro, zapatos de cordobán y pañuelo de algodón en el pecho. Uno de seda pasaba de generación en generación, quizás. hasta la tercera. Los trajes de los hombres no eran más fastuosos: sombrero jipijapa de Bucaramanga o Zapatoca, capote de calamaco de colores subidos, a las veces forrado en bayeta, gran chaqueta amplia de cerinza, chaleco muy largo, pantalón de cerinza o de paño ordinario, botines o zapatos de cuero de venado o de soche. El traje invariable de las señoras para salir a la calle era: enagua de alepín, tela negra de lana; mantilla de paño, sombrero de huevo frito, de arma­zón de cartón, forrado en felpa negra de algodón o de seda, que imitaba la figura de aquél, y zapatos de paño o de cordobán. Los botines extranjeros, usados universalmente hoy, eran enteramente desconocidos. Ninguna señora se hubiera atrevido a usar medias de color, cosa exclusivamente reservada para el arzobispo. Por supuesto, en las familias que se llamaban ricas la vestimenta podía ser mejor, y la iniciación a las modas extranjeras, que principió con la llegada de madame Gautron, modista francesa, consistía principalmente en unos grandes globos almidonados en la parte superior de las mangas; moda que censuraba mucho en sus sermones el doctor Margallo, pero encontrándoles siquiera la ventaja de que con ellos no podían dar el brazo las señoras a los cachacos. La costumbre de dar el brazo a las señoras era muy general, y por lo común se  le daba a dos, una a cada lado, con lo cual, en nues­tras calles estrechas, era preciso retirarse hasta el caño para darles el paso.

Los alumnos de las escuelas y colegios eran muy poco favorecidos en este aspecto. Chaqueta y calzones de tela fuerte de algodón; zapatos sogamosos, llamados así por ser fabricados en el lugar de este nombre, sin horma y sin atención al pie derecho o izquierdo, que se vendían en cajetas de medir granos, de las cuales se escogían los que más se acercaban a la proporción de pares para cada persona; sombreros de paja cuyas alas comparaba un escritor de costumbres de esos tiempos a las banderas de Pizarro, y nada de medias, calzoncillos y corbata.

Las comidas no eran a propósito para despertar apetitos golosos. Una sopa de arroz muy clara al almuerzo, conocida por los estudiantes con el nombre de macho rucio, o un ajiaco de plátano guineo verde, algo de carne y papas fritas, huevo frito y empanadas el domingo, agua de panela y vaya usted con Dios, formaban el almuerzo. Constituían las once una gran taza de leche y un gran bizcochuelo de sagú, que costaban dos y medio centavos. Puchero, arroz seco adornado con grandes ristras de ajos, caldo de la olla, panela raspada y pare usted de contar, llenaban el menú de la comida de las diez y nueve vigésimas de los hogares. En cambio, eran interminables los platos que se servían en las comidas de ceremonia o en los ambigús. palabra que ha sido reemplazada por la de lunch, si bien muy poco usado en la actualidad el objeto a que se referían. ¡Cómo salían a relucir la cazuela del chu­pe, las bandejas de cangrejos rellenos, los solomos de puerco anegados en manteca, cebollas y tomates, las gallinas, patos, conejos y pavos mechados o en otras preparaciones! Sobre todo la interminable lista de postres, desde la leche crema, los huevos chimbos y la sopa borracha, hasta el famoso mergido y el postre de don Antonio Castro; de todos los cuales era necesario agotar el plato que con agasajo especial enviaba la señora que presidía la mesa y repartía las viandas! Los actuales vinos de ocho y diez pesos la botella eran desconocidos del todo. Se acostumbraba apenas una pequeña copa de Jerez ordinario denominado vino seco para los hombres y vino dulce para las señoras. Alguno que otro ricachón usaba ya el Burdeos con el nombre de vino tinto, si era de calidad ordinaria; si con pretensiones a calidad fina, entonces se llamaba tapa larga, por las dimensiones del corcho que cerraba la botella. El uso más general del vino era en fricciones sobre las sienes y detrás de las orejas, a las personas débiles o anémicas, pues se reputaba demasiado fuerte para el estómago de una persona sana. Empezaba a introducirse el brandy, del que dos o tres botellas eran suficientes en un baile de veinte parejas, y el precio del reputado superior no excedía de un peso sesenta centavos. Horchata, naranjada, agua de mora y aloja, eran las bebidas refrescantes repartidas en los bailes. La aloja, bebida fermentada de maíz tostado y panela, con clavo y nuez moscada, preparada por las monjas, era reputada bebida de gran tono.

Según mis recuerdos, no se ofreció cerveza el público en establecimiento permanente hasta 1841 ó 1842, por el señor Francisco Stevenel, fundador de la fonda de La Rosa Blanca. Los campesinos acudían a pedir un vaso de espumita, nombre popular de la bebida, y para los estudiantes eran una diversión los visajes del que la tomaba por primera vez, llevándose la mano a la nariz como para impedir que se arrancara, sensación que casi todos experimentaban. Entre la clase campesina tuvo pocos prosélitos en un principio. La chicha del judío la de la niña María-chiquita, la corcovada, la del soldado y otras, tenían una reputación muy establecida contra la cual tardó muchos años la cerveza en luchar con buen éxito, pues un vaso de cerveza no podía venderse por menos de medio real, mientras que en ocasiones cuatro botellas de chicha sólo valían dos y medio centavos o un cuartillo, como se decía entonces.

Las chicherías abundaban en la Plaza de Bolívar o de la Constitución (como se la llamó hasta 1846, cuan­do fue inaugurada la estatua del Libertador), en la tercera calle del comercio, en la de Florián, en donde en lugar del almacén del Gallo se ostentaba uno de los más famosos lugares de expendio del vino amarillo. El uso de él era tan general que no era tranquilo el espectáculo de las calles en las tardes del viernes, pues las riñas pululaban por todas partes. Las chicherías eran sucias, oscuras, y en ellas sólo se expendía. además de la chicha, manteca en grandes sartas, piezas de carne de marrano crudas o ya cocidas, manteca, pan negro y mogollas leña y carbón. Se expendía la bebida popular en totumas coloradas Y no en vasos limpios como hoy. A ese gran consumo contribuía la abundancia de indígenas dueños de resguardos que venían a expender sus víveres a la capital la concurrencia de los cuales envilecía el precio de los víveres y anulaba la recompensa de su trabajo personal. Autorizados para enajenar sus resguardos en 1838, inmediatamente los vendieron a vil precio a los gamonales de sus pueblos, los indígenas se convirtieron en peones de jornal con un salario de cinco a diez centavos por día, escasearon y encarecieron los víveres, las tierras de labor fueron convertidas en dehesas de ganado, y los restos de la raza poseedora siglos atrás de estas regiones se dispersaron en busca de mejor salario a las tierras calientes, en donde tampoco ha mejorado su triste condición. Al menos, sin embargo, ha contribuido a la fundación de esas haciendas notables que pueden observarse en todo el descenso de las cordilleras hacia el sur y el suroeste, hasta Ambalema, en donde gran parte de ellos fue víctima del cólera en 1850 y de la fiebre amarilla desde 1856 hasta 1865.

Volviendo a la ciudad de Bogotá, recordaremos que el servicio municipal era casi nulo en los años de 1840 a 1848. No había enlosado en las aceras de las calles, excepto en las tres del comercio; faltaba empedrado en muchas; el agua de los caños, que corría por la mitad de ellas, encargada de arrastrar a los ríos de San Francisco y San Agustín las basuras de las casas, se regaba a uno y otro lado formando pozos pestilentes que embarazaban el paso; no había alumbrado sino en las tres del comercio, y eso de tal naturaleza que sólo servía, como en España, para hacer visibles las tinieblas, y esto a tiempo que las ventanas salientes de las casas creaban un tropezadero peligroso en las noches oscuras. El Pecado Mortal, hombre cubierto con bayetón, montera, sombrero disforme y con un farol de vidrios encarnados, recorría las calles, haciendo sonar una campana de manera tan triste y desacompasada que a los muchachos y mujeres ponía pavor, como un fantasma o vestigio de esos que asustaran al mismo Don Quijote. Centenares de burros recorrían las calles buscando los restos de las cocinas detenidos. en los caños, y hacían su mansión principal en la Plaza de Bolívar, que era la del mercado. El servicio de aseo y agua potable se hacía por centenares de aguadoras sucias y abrumadas por la tarea de cargar incesantemente múcuras de barro medio cocido a las casas, pues muy pocas de éstas eran servidas por las cañerías.   Los acueductos, en gran parte descubiertos, dejaban mezclar con el agua que se consideraba potable todas las suciedades de los solares y calles que atravesaban, de suerte que la que se bebía era de la peor calidad posible. El descubrimiento del “chorro de Padilla” se hizo en 1862, y sólo desde ese año hay una agua siquiera clara. En esta materia es universal en nuestro país el abandono de las poblaciones, de suerte que, siendo hereditario este descuido, se puede creer que en España no se bebía agua en los tres siglos de duración de la colonia, pues creo que hoy sí se bebe, en Madrid a lo menos.

El desaseo de las calles y la enormidad de los muladares no dejaban nada qué desear. Cuando en 1850 invadió el cólera a Bogotá, y con ese motivo se pensó en algo de limpieza, en pocos días fueron extraídas 160.000 carretadas de basura para abono de los potreros de la Estanzuela y Aranda. No había carros ni otro medio de transportar materiales de construcción, muebles y víveres sino por medio de mozos de cordel que, por estar estacionados en gran número en los atrios de las iglesias, eran conocidos con el nombre de altozaneros. Estos y las aguadoras, o aguateras, como se las llamaba vulgarmente, formaban un gremio  tempestuoso, que en las chicherías, alrededor de las fuentes públicas y en la plaza de mercado levantaban grescas terribles en que al lado de las pedradas volaban los tiestos de múcuras rotas y vocerías tales, que más valiera no tener orejas, así como el paso de los caños hacía desear a los bogotanos no tener narices.

Cuando merced a los trabajos de los Mac Allister Thonson y Moncreafs, los primeros fabricantes de carros (en el lado noroeste del Puente Nuevo), empezaron a emplearse éstos en las calles, quedaron sin empleo los mozos de cordel, una parte de ellos se tomó. en pordioseros y el resto tomó el oficio de carreteros o de peones a jornal en las haciendas. Otro tanto sucedió con las aguadoras. Luego, que con la introducción de tubos de hierro, en 1887, pudieron proveerse de agua un poco menos sucia algunas casas de esta ciudad. El número de pordioseros que en 1868 y 1870, casi habla desaparecido, a esfuerzos de la Junta de Beneficencia, presidida por el señor Juan Obregón, con el asilo de San Diego, tomó a aumentarse con estos nuevos brazos sin ocupación.

A este respecto debe recordarse que la mendicidad, rasgo distintivo de todas las poblaciones españolas, y sus descendientes en América, era, como aún es, eminente en Bogotá; pero en los años de 1840 a 1850 habla llegado a ser insoportable. De día, golpeando en las puertas y llamando en las tiendas de comercio; de noche pidiendo en las calles, y principalmente los sábados, día señalado por algunos hombres compasivos para repartir sus limosnas, era un espectáculo triste el de las bandadas de pobres, cojos, mancos, ciegos, tullidos, que imploraban la caridad pública, procurando excitarla con los olores más espantosos de úlceras y suciedad cultivadas, en ocasiones, exprofeso.

Algo mejoró esta situación con tres acontecimientos felices que reanimaron algún tanto las industrias y principalmente la agrícola. La construcción de la carretera de occidente, que repartía salarios, subiendo al doble la tasa de éstos, a cosa de mil jornaleros; la introducción de semilla tuquerreña, más productiva y libre de la enfermedad de la mancha, en el cultivo de la papa; Y la propagación del trigo barcino, menos expuesto que las semillas antiguas al polvillo. Estas tres cosas comunicaron actividad a los negocios y fueron el origen de algunas fortunas.

La prostitución descarada y el contagio de las enfermedades venéreas, era otro lunar triste de la población bogotana. Debía ser muy grave esta epidemia cuando un gobernador, notable por su actividad y energía mandó recogerlas y expulsarlas a los llanos de oriente, despoblados entonces y erigidos luego en “Territorio de San Martín”. Recuerdo con este motivo una frase espiritual y filosófica del doctor Miguel Tovar, abuelo materno del actual vicepresidente de la república: “Esa medida tiene un inconveniente, entre otros, y es que cuando falta el ejército permanente se llama al servicio la guardia nacional.”  El presidente de la república, general Mosquera, mandó crear un hospital de enfermedades venéreas Tocaima, destinado a la guarnición de la capital.

La gente parecía más alegre ahora medio siglo que en la actualidad. Entre las diversiones populares figuraban en primera línea las fiestas que anualmente se celebraban en todos los pueblos en recuerdo del Santo Patrón. No se reducía esa celebración a fiesta religiosa, Como en la actualidad, diversificada apenas con algunos cohetes en el atrio de las iglesias.  Empezaba por vísperas de fuegos artificiales, y después de la ceremonia o procesión religiosa, seguían animados encierros, preliminar de las corridas de toros en la plaza pública, en los que tomaba parte toda la población. Estas fiestas duraban ordinariamente tres días, con no poca frecuencia ocho. Para el efecto se levantaba cerca de palcos alrededor de la plaza, se construían tablados sobre la cerca, y debajo dé éstos se establecían cocinas y ventas de comidas preparadas, principalmente de Cenas compuestas de ajiaco; de papas, pescado frito, rostro de cordero, ensalada de lechuga y cerveza o chicha; cenas de que participaban todas las clases de la sociedad. Mesas de juego de lotería, cachimona, primera, veintiuna, etc. Juegos de bolo y turmequé se establecían en las afueras de las poblaciones, acompañados de toldos en que se ofrecía guarruz, masato, colaciones diversas y también bebidas menos inofensivas. Bailes populares en las plazas y lugares públicos; bailes privados en las casas, divididos en tres categorías: de señoras, de cintureras y de candil y garrote; éstas demasiado expresivas en su solo nombre; pero las segundas eran reuniones en que presidía la decencia y solían ser frecuentadas por los jóvenes de la primera clase, lo que concurría mantener buenas relaciones entre las clases de la sociedad. Bandas de matachines salían a recorrer las calles y eran la delicia de los muchachos. Bosques se levantaban en las esquinas de la plaza, en algunas de las cuales se exhibían animales salvajes, plantas raras, flores no cultivadas de las montañas vecinas; y en otras, mesas de títeres, con representación de las costumbres y a veces con una crítica de los caracteres raros del pueblo en que no faltaba chispa y observación verdadera. Los presos de la cárcel, entonces no poco numerosos, pues aún existía la prisión por deudas y los procedimientos contra los vagos empleados en no pocas ocasiones, contra los que, sin serlo, incurrían en la animadversión del alcalde, eran objeto de un recuerdo simpático del público, pues se les llevaba de comer y de beber y en ocasiones se les regalaba algunas prendas de vestido. La vara de premio no faltaba y daba ocupación a los muchachos de las escuelas y a los del campo, generalmente vencedores en esa lucha de agilidad y destreza. Tiples y bandolas recorrían las calles despertando en todas las casas la alegría  la sociabilidad. Hasta los viajeros eran detenidos en las poblaciones campestres, unas veces en el cepo cuando respondían con semblante adusto a las invitaciones de los fiesteros, y en lo general a tomar parte en los bailes y comidas populares.

Estas diversiones, sencillas, amables, han sido reemplazadas, de diez años a esta parte (1897), por las abominables, brutales y sangrientas corridas de toros a la española...

Aparte de las fiestas generales era costumbre en todas las familias, hacer de vez en cuando comidas en las orillas del Fucha, del Arzobispo, del Boquerón en busca del placer del baño, del aire puro y de la expansión del espíritu en los paisajes campestres; lo cual ha desaparecido por el predominio de ideas menos democráticas importadas de Europa. Declaro que para mí es. muy sensible la desaparición de esas costumbres republicanas en que se mezclaban y confundían, aunque fuese por pocas horas, todos los niveles sociales. Recuerdo haber visto en unos encierros al general Santander —que era presidente de la república, y el hombre de presencia más imponente al propio tiempo que el más respetado— disfrazado de llanero, don calzón de uña de pavo, estribos de palo cogidos con el dedo mayor del pie, capisayo corto, sombrero de ramo, cantando galerón en compañía de algunos militares Y cachacos, dando ejemplo de la más cordial expansión a sus conciudadanos. También recuerdo haber visto, aunque no disfrazado, en unos encierros, en 1848, al general Mosquera, quien mezclándose a los diferentes grupos, llegó a uno de estudiantes a quienes se dirigió con mucha familiaridad invitándolos a tomar con él una copa de vino. Volviéndose al general Vicente Piñeres que lo acompañaba, le instó para que brindase en verso: éste entonces con voz lenta y campanuda dijo:

Desde hoy puede contarse una nueva era
todos debemos ser republicanos
tratémonos todos como hermanos
y contemos entre ellos a Mosquera.

—¿Y por qué desde hoy? —dijo éste enojado al parecer. Yo siempre he sido republicano.

—Pero, mi general —respondió aquél—, ¿no ve usted que para darle consonante a Mosquera era, preciso traer a colación la nueva era, la cual tiene que ser nueva?

Una risa general puso término al incidente.

—Ya verán ustedes, continuó en voz baja el general Piñeres dirigiéndose al grupo de jóvenes, “que desde hoy van a cambiar las cosas”. Alusión a las escenas de dos meses antes con motivo del Jurado de la América y El Aviso, y a la conducta que después mostró el 7 de marzo del siguiente año.

Estos actos de familiaridad del primer magistrado con el pueblo pobre parecían inspirados por el recuerdo de la guerra de la independencia, en la que fue clara y sencilla para todos la idea que presidía los combates, Era, por parte de los patriotas, la de emancipar las masas populares del envilecimento y degradación a que las condenaba el coloniaje español: había un principio de amor hacia ese pueblo desgraciado a quien se deseaba levantar al banquete universal de la democracia, de la igualdad. Y | | ese sentimiento se despertaba a la vista de los combatientes de esa grande época que aún sobrevivían. En esas celebraciones del 20 de julio, del 7 de agosto, del 9 de diciembre, se veían las caras alegres del general Santander, los generales Obando (Antonio), Maza, París, Ortega, Mantilla. López; y no eran menos festejados con la simpatía popular otros guerreros oscuros como los comandantes Millán, Castellanos, Molano, que en ese día sacaban a relucir sus charreteras y ceñían la espada que había presenciado grandes batallas. Molano que había combatido en la de Caroní, en 1817, entrado con Piar a Angostura y venido con Santander a Casanare en 1818.; Castellanos, que había bajado con Serviez a los llanos en 1816, servido a las órdenes de Santander, Ramón Nonato Pérez y Páez hasta 1819 y regresado con Bolívar a Boyacá; Millán, que había combatido en Carabobo, en el sitio de Puerto Cabello en 1821 y 1822. Al lado de éstos figuraron hombres civiles como Ignacio Herrera y José María Domínguez Roche, del cabildo del 20 de julio de 1850; Juan Nepomuceno y Vicente Azuero, patriotas de la misma fecha; Diego Fernando Gómez, sentenciado a muerte por Morillo y Sámano en 1816; Francisco Soto, emigrado a Casanare en 1816 con su joven esposa, casi en luna de miel, que dio a luz su primer renuevo |1   en el grande estero que se prolonga a las orillas del Arauca, cerca de la población del mismo nombre; Casimiro Calvo, que así mismo había emigrado con su bella esposa y dos huías de menos de tres años a los llanos de Casanare,  en ese mismo año terrible; Miguel Tovar, a quien el pueblo de Bogotá, el 10 de agosto de 1819, en vista de la fuga de los oidores, había proclamado magistrado de la Corte Suprema, en compañía de José Ignacio de Márquez y Salvador Camacho; Inocencio Vargas, reclutado por los españoles en la expedición de Barreiro a los llanos, antes de Boyacá y pasado a los patriotas a servir como secretario de Bolívar; el coman dante Mariano Posee, resto de los prisioneros de la Cuchilla del Tambo en 1816, condenados a ser quintados y milagrosamente salido libre del banquillo con José Hilario López, Pedro Alcántara Herrán y otros. El 20 de julio fue siempre un gran día.

 

1 La que fue esposa del señor José María Plata.

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