CAPITULO XI
El cólera.
El año de 1849 fue cruel para las poblaciones de nuestra costa
atlántica por la visita de un viajero despiadado: el cólera
asiático.
Procedente de Europa a los Estados Unidos, de Nueva York vino a
Colón en donde hizo estragos. En los pasajeros de California y la
ciudad de Panamá.
Luego paso a Cartagena y a Barranquilla, en donde el flagelo se
encarnizó en los meses de junio y julio. Se dijo que en Cartagena
pasaron sus víctimas de 2.400,
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o sea la cuarta parte de la
población, que entonces no pasaría de 10.000 habitantes. Según he
visto en un número de
|El Día, de 1849, con referencia a
carta de Barranquilla de principios de agosto, las víctimas en los
diez y ocho primeros días de su aparición pasaron de 600, o sea un
término medio de más de 30
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por día, habiéndolo habido de más
de 50. ¡Esto en una población que no pasaba de 6.000 habitantes! En
general, se calculó que entre las ciudades del litoral y las
márgenes del Magdalena hasta Honda, el azote había causado la
muerte, en tres meses, de más de 20.000 personas.
Según las noticias que publicó
|El Neogranadino de 28 de
septiembre de 1849, la mortalidad de algunas poblaciones del bajo
Magdalena, hasta el 30
|
de agosto del mismo año, había sido
la siguiente:
Barranquilla ......................1.300
Mompós .............................790
San Estanislao .....................550
Cerro de San Antonio ...........505
Sitio Nuevo .........................470
Ciénaga ..............................404
Santa Marta .........................320
Remolino ............................200
Barranca Nueva ...................150
Tenerife .............................130
Piñón .................................120
Entre Honda y Ambalema la mortalidad fue muy grande en los meses
de enero y abril de 1850. Puede juzgarse del terror despertado por
una enfermedad desconocida en medio de poblaciones esparcidas en
los campos, sin recurso alguno, en los momentos de esperanza que
traía consigo la libertad de las siembras de tabaco.
La reacción de alegría y contento de vivir después de estos días
de terror, a los quince de haber cesado la epidemia, parecería
increíble. Yo desempeñaba en esos días la subdirección de ventas y
en cumplimiento de mi deber fui a mediados de mayo a tomar razón
del tabaco que existía en los almacenes de la factoría de Ambalema,
en los caneyes del circuito de siembras y en el almacén de depósito
de Honda. El día de mi llegada a Ambalema se presentaron otra vez
dos o tres casos de cólera y al siguiente día debía celebrarse la
fiesta del Corpus. Con este motivo sugerimos algunas personas al
jefe político del cantón, señor Juan Antonio Samper, que prohibiese
la procesión por calles públicas con acompañamiento de matachines
llamados allí cucambas, y otros espectáculos que, como mesas de
licores y juegos de azar, se acostumbraban en esa población en los
días festivos. El jefe político dictó al efecto la prohibición,
publicándola por bando; pero a despecho de ella el cura sacó la
procesión fuera de la iglesia por las calles más concurridas, los
matachifles se presentaron en gran número atrayendo una gran
concurrencia, y las mesas de licores aparecieron en todas partes.
La autoridad quiso hacerse respetar con un pequeño número de
auxiliares desarmados, pero fue despreciada y atacada a pedradas y
a palos. Al fin, sólo la presencia del factor, coronel Antonio
Rubio, con el resguardo de tabacos, y sobre todo de un hombre
esforzadísimo y de mucho influjo en la población, el señor Antonio
Santos, empleado en la casa contratista
|
de Montoya Sáenz
& Cía., pudieron hacer entrar en razón a la multitud
empeñada en convertir la celebración religiosa en escenas de
licencia y de alegría tumultuosa. Afortunadamente, la
recrudescencia que se temía de la enfermedad no pasó de diez o doce
casos en ese día y el siguiente: el sábado y el domingo fue
imposible contener los bailes de candil y garrote ni las mesas de
licores y juegos de azar.
En Guaduas y Villeta, a 900 y 800 metros de altura sobre el
nivel del mar, fue ya menor la propagación de la epidemia; pero si
mis recuerdos no me engañan. en la primera de estas poblaciones no
bajó de doscientos el número de los atacados y no fue despreciable
en la segunda. En Bogotá empezó en los primeros días de marzo,
luego que se supo la muerte ocasionada por el cólera en Botello
(ocho leguas distante de la capital) del general Juan María Gómez,
quien venía de Antioquia a ocupar un puesto en el congreso. Se ha
negado por algunos médicos que esta epidemia hubiese subido a
Bogotá a la altura de 2.640 metros sobre el nivel del mar, y
sostenídose que fue un mero colerín la afección que reinó. Yo era
inspector del Hospital de San Juan de Dios, y además miembro de la
Comisión, de Aseo y Salubridad organizada por la Sociedad
Filantrópica; visitaba todos los días la sala de coléricos
establecida en el hospital mencionado, y puedo dar testimonio
completo sobre el asunto.
En mi concepto, es indudable que reinó la perturbación
atmosférica de la epidemia: las afecciones intestinales se
sintieron a un tiempo en toda la población, y pronto empezaron los
casos fatales: la primera persona conocida a quien causó la muerte
fue una señorita Beriñas, hija del coronel Ramón del mismo
apellido. No habiendo un local establecido fuera de la ciudad para
atender a los enfermos, fue preciso abrir una sala especial en San
Juan de Dios, y allí fueron tratados cosa de ciento cincuenta casos
por el médico de servicio, que lo era el doctor Ramón Morales
Montenegro, y auxiliados por el padre García, sacerdote jesuita.
Los síntomas observados fueron los siguientes: vómito constante,
deyecciones frecuentes de aspecto de agua de arroz, calambres
violentos, sed devorante, frío en las extremidades, color lívido en
un principio. después azulado, hundimiento de los ojos, demacración
rápida, pérdida de las fuerzas, y muerte a las veinticuatro horas y
a veces a los tres o cuatro días. En un principio no se salvó
ninguno de los atacados: a medida que principió el invierno, la
enfermedad pareció empezar a ceder de su violencia; al fin se
salvaron casi todos los atacados. El método curativo era sumamente
raro en los últimos días: los vómitos se contenían por aplicaciones
sucesivas de tártaro emético hasta una dosis de tres o cuatro
granos en el día. Detenido el vómito empezaban las señales de
reacción favorable, seguidas de una convalecencia muy lenta.
Al fin fui atacado yo de los primeros síntomas, los que logré
dominar con tazas de agua de manzanilla y cinco gotas de láudano
cada hora, ejercicio constante en tres piezas cerradas hasta que
después de cerca de tres horas volvió el calor y sobrevino una
transpiración abundante. Entonces tomé la cama; pero la debilidad
que me acometió fue tan grande que quince días después no pude
levantarme y caminar sino apoyado ni el brazo de alguna persona.
Evidentemente la epidemia estaba ya en declinación y el ataque
había sido benigno. No tengo duda alguna de que el cólera subió a
la altura de la explanada de Bogotá con todos los caracteres que
asume a la orilla del mar.
La población de la ciudad se había conmovido profundamente. Con
el temor de la aparición de este huésped terrible, la Sociedad
Filantrópica, organizada el año anterior, promovió mítines
numerosos para obtener el concurso del mayor número posible de
personas en los trabajos que se creían necesarios, como asee de los
muladares inmediatos a los ríos y el de las calles e interior de
las casas, preparación de hospitales y de asistencia a domicilio.
En estas reuniones se obtuvo promesa de contribuciones desde
pequeñas cuotas basta $ 600 u 800 de los señores Montoya Sáenz
|& Cía., el señor Raimundo Santamaría $ 300, el
general López y otros menos. El coronel Alfonso Acevedo fue
nombrado jefe de la Comisión de Aseo y Vigilancia, compuesta de
unas veinticinco personas, jóvenes casi todas, que bajo la
dirección de aquél acometieron la empresa de limpiar las infectas
orillas de los ríos de San Francisco y San Agustín, las de las
calles, plazas e interior de las casas, saneamiento de los caños y
desagües y desecación de los pantanos inmediatos a la ciudad. A
pesar de todo, juzgo que se gastó más en fiestas de iglesia,
rogativas, procesiones y arcos de flores; las comunidades de
regulares y párrocos de las iglesias ofrecieron vender los
ornamentos y vasos sagrados, si era necesario, pero debo decir, en
obsequio de la verdad, que con excepción del ya mencionado
sacerdote jesuita García, no vi en el Hospital a otro miembro del
clero.
Merece mención el hecho de que el auxilio efectivo. más notable
para asistir a los coléricos, fue el de la. logia mazónica de
Bogotá, que envió a Cartagena todas sus colectas del tesoro de los
pobres, por una suma de cuatro o cinco mil pesos. De la suscripción
de la capital, que alcanzó a poco más de $11.000, sólo fueron
gastados en el aseo de las calles y otros preparativos, sumas que
no llegaron a $1.500.
En esos días predominaba entre las autoridades científicas la
idea de que tanto el cólera como otras enfermedades epidémicas se
transmitían por la atmósfera, mucho más que por el contacto de
cuerpo a cuerpo. En consecuencia, se juzgaba inútil el empleo de
las cuarentenas y de los cordones sanitarios, los cuales, se decía,
son un embarazo para el comercio y una causa de encarecimiento de
los víveres, más a propósito para reagravar los sufrimientos de las
clases pobres que para prevenir la propagación de la enfermedad.
Esta opinión, sostenida por un extenso y Luminoso informe de la
Junta General de Sanidad de Londres, circulada con profusión por el
gobierno británico a todos los países del mundo, sirvió de base a
una ley expedida por el congreso de 1850 sobre abolición de las
cuarentenas, ley que estuvo vigente en nuestro país durante muchos
años. No parece haberse confirmado esta teoría en la experiencia
del último medio siglo, y el hecho es que las cuarentenas subsisten
en muchos países no sólo para combatir la propagación de las
enfermedades humanas sino también para las que sólo son propias de
los ganados. Sea lo que fuere, lo que sí parece indudable es la
mayor eficacia del aseo en las costumbres individuales y en las
aglomeraciones de población como medio preventivo de las grandes
epidemias: la viruela, la fiebre amarilla, el tifus, el cólera y
últimamente la elefantiasis y la peste negra o peste bubónica que,
afortunadamente, no ha hecho todavía su primera aparición en las
costas de América.
La salubridad pública es evidentemente una necesidad colectiva
que no puede satisfacerse por los esfuerzos individuales ni por la
arción de un gobierno centralizador en los países de extensión
considerable. Pertenece esencialmente al orden municipal este
servido público, y para ello debiera darse a las corporaciones
locales más libertad y más derecho para imponer contribuciones de
las que han tenido hasta ahora. Provisión abundante de agua para
los pueblos, la potable de buena calidad y pureza; medios de
destrucción de las basuras; aseo en las calles, plazas y
alrededores; alumbrado público; escuelas; policía de seguridad;
asistencia a los menesterosos incapacitados para trabajar; todo
esto debiera ser materia de atención más detenida en casi todos los
países del mundo. Sin embargo, ésta es la parte en que la
organización política de los países, aun los más adelantados, está
más atrasada. Inútil es decir que entre nosotros lo está de la
manera más lamentable, principalmente por las preocupaciones de
centralismo que nos legó la metrópoli, contra las cuales ha sido
hasta ahora ineficaz la obra de la independencia. El distrito
parroquial, la primera unidad, la primera piedra del edificio
llamado nación, no es todavía un cuerpo viviente cuya existencia
esté reconocida y protegida como debiera estarlo, con la intuición
de que su crecimiento y la comodidad de la vida entre sus
habitantes dependen del concurso de todos para proporcionarse los
bienes que la asociación promete. Una vez fijados los límites de un
distrito debieran ser inviolables para que se comprenda bien la
comunidad de intereses. Los negocios adscritos a su administración,
deben ser permanentes y bien definidos. La asociación de dos o más
distritos entre si, llamados entre nosotros en otro tiempo
cantones, debiera ser igualmente inalterable y sus atribuciones
fijas y bien conocidas; pero entre nosotros han sido siempre más
respetados los intereses o los caprichos de un gamonal que los de
todo un pueblo: los límites de los distritos han estado sometidos a
las necesidades eleccionarias, no de un partido siquiera, sino de
algún ambicioso vulgar, y las decisiones de los cabildos, a la
voluntad caprichosa de un alcalde o de un gobernador. Por eso se
observa que en las inmediaciones mismas de Bogotá son raras las
poblaciones provistas de agua potable, calles aseadas, comodidad en
los mercados y locales de escuelas higiénicos, aseados y cómodos.
Lejos de las ciudades, las costumbres de las poblaciones rurales
son más descuidadas aún. El principio de la división del trabajo,
de la separación de ocupaciones, que da resultados tan admirables
en los trabajos industriales, es el que debe aplicarse a las
corporaciones políticas y en general al ejercicio del poder
público. Esa es la descentralización, que aplicada a la
organización nacional, se llama la federación.