CAPITULO I
Empiezan en 1848, año en que, concluidos mis estudios de
jurisprudencia, y nombrado juez parroquial de la Catedral por un
Cabildo abierto, numeroso y compuesto de hombres notables en la
política y en el foro, empecé a tomar parte en la cosa pública.
Regía la Constitución reaccionaria de 1843. Había dominado en el
país el partido conservador desde 1837.. Era presidente de la
república el general Tomás C. de Mosquera, y principiaba a notarse
el movimiento de las ideas políticas precursor de las grandes
reformas llevadas a cabo en los ocho años siguientes de 1849 a
1857.
Este movimiento tomó repentinamente fuerza inesperada con la
noticia de la caída de la monarquía de los Orleans en Francia, el
24 de febrero de 1848; acontecimiento cuya influencia en la mente
de nuestro país ruede juzgarse por el hecho que paso a referir:
Paseaba en compañía de otros amigos una tarde a principios del
mes de mayo, en el atrio de la Catedral, cuando notamos un
movimiento extraordinario de cotillos hacia el extremo sur, en la
galería que entonces se prolongaba desde las ventanillas de la Casa
de Correos; acababa de llegar y empezaba a
repartirse el del norte
|1
. Entre las
personas que paseaban en aquel lugar se encontraba el señor Mariano
Ospina acompañado de los señores Leopoldo Borda y Nepomuceno
Jiménez Mora, y al recibir ellos la noticia que causaba esa
agitación, el señor Ospina, fuera de si, corrió hacia la puerta de
la torre del norte de la iglesia, diciendo que era necesario echar
a vuelo las campanas en celebración de tan fausto acontecimiento.
El campanero no estaba allí, la puerta estaba cerrada y el señor
Ospina insistía en forzarla con el intento expresado, lo que al fin
no pudo lograr. Sin duda se habían despertado en él súbitamente las
ideas que veinte años antes habían dominado en su alma de
adolescente.
La atmósfera política empezaba a cargarse de electricidad por
otras causas que venían preparándose lentamente desde años atrás,
las cuales enumeraré rápidamente.
La primera de ellas era el exceso de reacción autoritaria
entronizada a consecuencia de la guerra civil de 1839 a 1842.
Entonces habían entrado a dominar el país los restos del partido
boliviano vencido en 1831, y renacido las tradiciones de la
dictadura de 1828 a 1830. Aunque no de un modo expreso en la
Constitución de 1843, sí en los actos de los Congresos de 1841 a
1843, habían aparecido deseos de venganza y de retaliación,
expresados en las leyes de Medidas de seguridad,
satisfechos en los destierros, confinamientos y patíbulos de esa
época luctuosa. Esos hechos habían causado vivo desagrado en la
juventud sostenedora del gobierno y de la legitimidad, la cual
empezaba a separarse de la organización política que administraba
los intereses públicos.
Como de ordinario sucede, los partidos exclusivistas y
perseguidores acaban por aplicar ese sistema a sus propios
partidarios y con ello por dividirse en fracciones. Ese espectáculo
presentaba el partido ministerial desde 1844. En la elección
presidencial de este año sólo figuraba éste, pero con tres
candidatos representantes de las mismas ideas, si bien rodeados de
partidarios que parecían pertenecientes a partidos diversos a
juzgar por la manera como atacaban a los sustentantes de las otras
candidaturas. Mosquera, Cuervo y Borrero en este año; Pombo, Gómez
(Diego Fernando) y Cuervo, candidatos en la elección de
vicepresidente en 1846, eran síntomas del fraccionamiento que
existía en las filas ministeriales.
En 1845 entró a la presidencia de la república el general Tomás
C. de Mosquera, personaje que hasta entonces sólo se había hecho
conocer por su espíritu inquieto, esencialmente banderizo, por el
principio que en 1826 había dado en Guayaquil a la era de
pronunciamientos en favor de la dictadura del general Bolívar,
sostenido con mal éxito por las armas en 1828; héchose notable en
1835 y 1836 en la Cámara de Representantes por ideas que entonces
se tenían por descabelladas sobre crédito público, y no menos por
sus intrigas en favor de la elección de su hermano, el señor doctor
Manuel José Mosquera, al puesto de arzobispo de Santafé a quien (al
general Mosquera) una parte de la opinión del país hacía
responsable de haber soplado la hoguera de la guerra civil en 1840
por sus procedimientos como secretario de guerra de la
administración del doctor Márquez, en especial por haber renovado
impolíticamente, en momentos delicados para la paz pública, el
proceso por el asesinato del Mariscal de Ayacucho, y distinguídose,
lo que antes no se esperara, como jefe hábil en la guerra durante
las campañas de 1841 y 1842, especialmente en la del norte en 1841,
por el triunfo de Tescua sobre el ejército revolucionario del
general Carmona, organizado en las provincias de Cartagena y Santa
Marta, que se juzgaba irresistible en esos momentos. El prestigio
alcanzado por este triunfo le había valido el alto puesto que
entraba a ocupar.
La familia Mosquera había llegado en ese año a una situación
especial en la vida de este país republicano; fenómeno histórico
digno de mención especial por su semejanza con otros del mismo
género que fueron el origen de dinastías en el antiguo mundo y una
causa incesante de disturbios en las repúblicas italianas de la
edad media. Esta familia, enlazada en España con otras de la
aristocracia, no se había distinguido durante la guerra de la
independencia; pero cuando el desenlace de ésta llegaba a su
término con las batallas de Boyacá, Tenerife, Pitayó y Carabobo, el
general Bolívar recibía, a su paso por Popayán en 1822, una
hospitalidad cordial en casa del jefe de la familia, el señor José
María Mosquera. Los dos hijos mayores de éste, don Joaquín y don
Tomás C., llenos de admiración y de simpatía por el joven héroe que
encabezaba la causa popular, tomaron servicio en las huestes
republicanas que se dirigían al sur a completar la nacionalidad
colombiana con la independencia del Ecuador y afirmaría
contribuyendo a la del Perú y Bolivia. Don Joaquín recibía el
nombramiento de enviado extraordinario cerca de los gobiernos
recién constituidos de Chile, Perú y la Argentina, y don Tomás C.,
primero en calidad de edecán del Libertador, y después como jefe
subalterno de las fuerzas encargadas de ocupar para Colombia la
provincia de Barbacoas; puestos en que uno y otro prestaron
importantes servicios a la república.
En 1830, don Joaquín alcanzaba el honor de ser nombrado
presidente de Colombia por el Congreso Admirable, en competencia
con el señor Eusebio María Canabal, a quien el Libertador favorecía
con su preferencia; mas, como se sabe, sus funciones duraron
poco más de dos meses, derrocado como fue su gobierno por la
insurrección del batallón
|Callao y la dictadura ejercida
luego hasta mayo de 1831 por el general Rafael Urdaneta.
Restablecido el imperio de la república, disuelta Colombia y
erigido lo que se llamó el Estado de la Nueva Granada
|2
,
|
en 1835 fue elevado el mismo señor Mosquera a la
vicepresidencia de la república, cuyo destino sirvió hasta
1837.
Además, esta familia se había enlazado con la de Herrán por
medio de la hija del general Mosquera. la señorita Amalia, en 1841,
con el que entonces era presidente de la república, general Pedro
Alcántara Herrán; de suerte que en ese tiempo aquella familia tenía
un expresidente de Colombia, un vicepresidente de la Nueva Granada,
un arzobispo de Santa fe, un expresidente de la misma república, y
le sucedía en la primera magistratura el suegro y hermano de los
dos primeros.
Esta situación no dejaba dé ser extraña en un país cuya primera
condición al constituirse en nación independiente en 1821 había
sido que nunca sería el patrimonio de ninguna familia ni
persona
|3
| y en efecto
causaba zozobra a los sentimientos republicanos, que hacía poco, en 1843, habían visto sostenida
en las columnas del casi único periódico que entonces veía la luz
en la capital, la conveniencia de retroceder a la monarquía como
medio de asegurar la paz y el orden conmovidos recientemente.
Empero, la administración del general Mosquera no dio fuerza a
estas desconfianzas en sus tres primeros anos. Este personaje
empezó aquí la carrera pública que después había de hacerlo notable
en la historia de la evolución política de Colombia. Rodeándose
primero de los hombres que hablan figurado en la oposición al
general Santander, en 1832 a 1837 y después en la administración
del doctor Márquez, pronto se separó de ellos y constituyó su
ministerio con hombres nuevos dispuestos a entrar en un camino
distinto del de represión y estancamiento que había imperado en los
últimos años. Al período del general Mosquera debemos los
siguientes progresos:
La adopción del sistema métrico francés de pesos y medidas, en
reemplazo de la anarquía y confusión que nos habían sido impuestas
por la metrópoli española. Todavía estamos lejos de ver los efectos
de aquel sistema trascendental, pues aún subsiste la costumbre de
contar por docenas y por yardas, varas y libras, en lugar de
decenas, metros y kilos, el número y el peso de varios objetos; el
empleo de la hanega (que tiene diverso valor en cada región) y de
la fanegada en lugar de la hectárea en la medida superficial de la
tierra, y el de leguas y millas para expresar las distancias en
lugar de kilómetros y miriámetros; pero algún día llegaremos a la
uniformidad en esta materia.
El principio de arreglo de nuestra circulación monetaria, una de
las cosas más confusas y anárquicas que podían verse en una
nacionalidad que aspiraba a la civilización.
Nuestras monedas en ese tiempo se componían de la siguiente
mezcla incoherente:
El peso columnario español de 925 milésimos, en las de plata, la
moneda más perfecta de las empleadas en ese tiempo.
La peseta sevillana, moneda acuñada especialmente para la
circulación de América, cuyo peso no era exactamente equivalente al
resto de las monedas españolas.
Las monedas emitidas fuera de Bogotá y Popayán por el gobierno
español y por los gobiernos republicanos durante la guerra de la
independencia, las principales de las cuales eran las
siguientes:
La
|macuquina, acuñada por orden del virrey Montalvo en
Santa Marta desde 1812 hasta 1820 y por vanos de los gobiernos
republicanos, como el del general Santander en Casanare, en 1818 y
1819.
Las de 600, 666 y 700 milésimos, acuñadas en la casa de moneda
de Bogotá por orden del general Nariño, don Manuel Bernardo Alvarez
y el gobierno federal desde 1811 hasta 1816. La acuñación de estas
monedas subsistió hasta 1834 cuando la administración del general
Santander volvió al sistema español, que tenía por patrón el peso
columnario español y sus divisiones.
La moneda de 0,8 a la ley de 0,900
|
mandada sellar por la
ley de 1846.
Los
|cuartillos de león empleados durante el gobierno
español y que siguió emitiendo la república hasta 1846, si no
estamos equivocados.
Las diferencias en la finura y el peso de estas diversas monedas
se prestaban a la falsificación, de suerte que el mercado estaba
lleno de monedas falsas de muy difícil conocimiento por el pueblo
ignorante. La
|macuquina se componía de piezas de forma
irregular sin otra marca que rayas cruzadas, sin cordón, de manera
que con facilidad podían ser roídas y alterado su peso. No se sabe
cuál era su valor real, pero indudablemente en la reacuñación que
se efectuó después dieron una pérdida notable al tesoro
público.
Las monedas de oro, que nunca hasta este día han sido entre
nosotros medio circulante, excepto entre los jugadores y los
galleros, eran menos complicadas y se reducían a:
Las onzas españolas a la ley de 0,9 16.
Las colombianas viejas, llamadas onzas
|patriotas.
|
Las granadinas, a la ley de 0,900.
Y sus divisiones en medias, cuartas, etc., de a $ 8,. $4, $2.50
y $2
Estas monedas eran recogidas por las personas que tenían hábitos
de atesorar, por los jugadores o por los exportadores al
extranjero, pues la exportación de oro en polvo o en barras
está prohibida hasta 1850.
La administración del general Mosquera, por medio de sus
secretarios de hacienda, señores Lino de Pombo, primero, y
Florentino González, después, fue autora de las leyes de 1846 y
1847 en que se restablecieron los siguientes principios:
Primero.La ley de 0,900 tanto en las monedas de plata
como en las de oro.
Segundo.La relación de 15 1/2 a 1
|
entre el valor
del oro y el de la plata.
Con anterioridad a esta reforma la relación era de 12 y aún de
10 a 1, pues la onza de oro de 26¾ gramos a la ley de 0,916 se
cambiaba por $ 16 de 8/10, o sea por monedas que tenían 20 o 24
gramos de plata a las leyes de o,600 hasta 0,900.
La mejora y conservación del camino de Ibagué a Cartago, al
través del paso del Quindío en la cordillera Central, principiada
en la administración del general Herrán, y vigorosamente continuada
en la del general Mosquera, será otro título de honor a la de
éste.
No menos lo será la expedición de una ley sobre apertura y
conservación de caminos, definiendo las entidades políticas a cuyo
cargo quedaría este servicio en lo por venir. En virtud de esta
ley, que asignaba para esta tarea fondos precisos, fueron mejorados
los de varias partes del país, entre ellos el de Cali a
Buenaventura, y acometida la apertura del de
|Siete
|v
|ueltas, o sea laque emprendió en 1827 el
señor Juan Bernardo Elbers de Guarumo a Bogotá y trazó en 1847 el
ingeniero señor Poncet.
La contratación de hombres científicos como los señores Lewy y
Eboli para dirigir las operaciones de ensayo y aleación de metales
en las casas de moneda de Bogotá y Popayán, al propio tiempo que
para la enseñanza de química en los colegios de estas dos ciudades;
la de los señores doctor Rampon y Bergeron para las de medicina y
matemáticas en la Universidad de Bogotá, y la de los ingenieros
Tracy, Poncet y Zavasky, el segundo destinado a explorar y trazar
la ruta comercial de la capital de la república con el río
Magdalena, y tercero la que debía unir a Cali en el valle del Cauca
con el puerto de Buenaventura en el mar Pacífico
La fundación del Colegio Militar bajo la dirección del entonces
coronel Codazzi.
El fomento decidido de la navegación por vapor en el río
Magdalena, por medio de subsidios liberales a las empresas que con
este objeto se formaban en Cartagena y Santa Marta; bien que la
aclimatación de este gran progreso en las aguas de nuestra arteria
principal se debió más que a esta medida a la abolición del
monopolio del tabaco, llevada a cabo después en la administración
del general López, en 1849.
En cambio, la enemistad personal que, probablemente desde la
adolescencia, existía entre los generales Mosquera y Obando, la que
tuvo mucha parte en la prolongación de la guerra civil de 1840 a
1842, y que había subsistido en toda su fuerza durante los años de
1842 a 1846, en los cuales la misión diplomática del primero a las
repúblicas del Pacífico casi habla tenido por objeto solicitar la
extradición del segundo y perseguirlo en su reputación y en la
simpatía con que había sido recibido en Lima, ejerció influencia en
sus actos como presidente de la república. En 1846, uno
|
de
los motivos alegados para la declaratoria de guerra al Ecuador
habla sido la negativa del gobierno de este país a prohibir la
residencia del proscrito granadino, en el caso de que quisiese
pasar en su territorio algún tiempo de su destierro. La
consideración de que ese enemigo pudiese continuar la lucha
volviendo al territorio granadino, obró sin duda en su ánimo para
mantener un pie de fuerza superior al que requería el estado
pacífico de las opiniones y el aniquilamiento en que había quedado
el partido liberal; con lo cual el tesoro público no había
convalecido lo que era de desear.
En 1847 el general Obando, acusado en 1831 y 1841, en momentos
de fuerte lucha política, del asesinato del general Sucre, había
solicitado desde Lima, lugar de su destierro, del Congreso de la
Nueva Granada, permiso para regresar al país, únicamente a
someterse de nuevo a un juicio en que, con presencia suya, fuesen
examinados sus hechos con relación a aquel suceso. Esta solicitud
fue enviada al doctor Salvador Camacho, padre del autor de estas
líneas, entonces miembro del senado y persona notada por la firmeza
dé sus opiniones liberales. Apenas se tuvo noticia de este hecho,
el doctor Camacho fue asediado por miembros notables de la
administración Mosquera para que no presentase esta solicitud al
congreso; no obstante que sus opiniones lo mantenían alejado de los
puestos públicos, le fue ofrecida la dirección de la Casa de
Moneda, y al que esto escribe, que apenas había concluido sus
estudios en los colegios, se le hicieron por persona muy
caracterizada, indicaciones en el sentido de que también obtendría
una buena colocación. Rechazadas estas proposiciones y presentada
al congreso de 1848 esta solicitud, fue negada por el senado a
solicitud del gobierno y por los votos de todos los amigos del
ministerio.
Este hecho tiene una importancia que no podrá negarse cuando se
considere la cuestión histórica relativa al autor del crimen de
Berruecos.
Probablemente, esa enemistad mortal fue causa de que mirase con
menos horror de lo que debía las maquinaciones que el general
Flóres, ese renegado de la causa americana, derrocado en 1845 de su
dominación en el Ecuador, llevaba a cabo en España para restablecer
en el nuevo mundo la dominación colonial que tantos esfuerzos había
costado a nuestros padres destruir. Flores había sido su compañero
de 1826 a 1829 en la tarea de sostener la dictadura del Libertador
en estas regiones, su aliado en los combates de 1841 para destruir
la influencia del general Obando en el sur de la Nueva Granada, y
estos recuerdos, unidos a la frialdad con que vio las empresas de
la reina Cristina, secundada activamente por Flores, para levantar
un trono en el Ecuador al duque de Rianzares, fueron causa de que
la opinión republicana se alarmase seriamente en 1848 y
contribuyese a la reorganización del partido liberal.
Detenida por el gobierno de la Gran Bretaña la expedición que en
1847 tocó en sus puertos para completar sus preparativos, el
general Flores vino a las Antillas y después a Venezuela, en donde
fue recibido con simpatía en lugar del horror que debiera haber
inspirado. Díjose entonces que el objeto de su venida ese país era
formar un plan en que los generales Páez y Mosquera unidos a él
debían derrocar las instituciones republicanas en los tres países
que formaron la antigua Colombia para traer un príncipe europeo que
reemplazase con la monarquía el gobierno de estas antiguas
colonias; es decir, se sospechó que podía existir la continuación
de los planes que en los últimos días de Bolívar habían causado
tanta inquietud en esta parte de la América. La expedición española
llamada
|científica del almirante Pinzón a Chile y el Perú, y
la expedición francesa sobre Méjico, que catorce años más tarde
pusieron en peligro las formas democráticas en toda la América
española, no son acontecimientos que quitan su fuerza a las
sospechas de que se viene tratando.
Dos periódicos liberales de Bogotá,
|El Aviso y La
América, que reprodujeron estas sospechas emitidas por uno de
Quito, fueron acusados como culpables del delito de calumnia contra
el primer magistrado dé la nación: la sesión del jurado de imprenta
fue muy animada por la energía con que se defendieron los acusados
señores José María Vergara Tenorio y Ricardo Vanegas, jóvenes
talentosos, instruidos y valientes, y por la elocuencia con que por
primera vez se presentó delante del público el señor Carlos Martín,
recién salido de los claustros de San Bartolomé. Aunque, con una
sola excepción, los jueces pertenecientes al partido ministerial,
los acusados fueron absueltos. La abolición fue celebrada con vivas
a la libertad de imprenta de un concurso numeroso reunido en la
plaza principal de la ciudad que con impaciencia esperaba el fallo.
Acertó a pasar por la plaza de regreso para el palacio el general
Mosquera, quien en compañía del secretario de hacienda, señor José
Eusebio Caro, había salido a pasear, oyó los vivas y supo el motivo
de ellos. Saliendo fuera de razón, llegó a su residencia, que
apenas distaba una cuadra del teatro de estos sucesos, y poniéndose
al frente de la guardia que custodiaba el palacio, bajó al cuartel
de San Agustín con el designio de dispersar a balazos la reunión de
ciudadanos que festejaba pacíficamente el triunfo obtenido, y según
se dijo, con el designio de hacer fusilar a los redactores de los
periódicos acusados. Detenido en sus arrebatos por la interposición
de varias personas respetables, volvió a su residencia, al parecer
tranquilo; mas a los tres días hizo prender a los oradores del
jurado y a algunos jóvenes que habían figurado conspicuamente en la
celebración del fallo, haciéndolos acusar como perturbadores de la
paz pública, Sin embargo quince días después mandó poner en
libertad a todos los que pudieran ser responsables y expidió un
decreto de amnistía por los últimos acontecimientos, decreto que
generalmente fue interpretado como una amnistía más para sus
propios actos que para los hechos inofensivos de los acusados.
Al propio tiempo que esto pasaba en Bogotá, el general Flores
residía en Panamá, adonde se le había permitido desembarcar y
permanecer por más de un mes y de donde seguramente desengañado de
la posibilidad de sus planes y también informado de la ley que
discutía el congreso prohibiendo su residencia entre nosotros, se
dirigió a Guatemala.
Todos estos sucesos unidos a ciertas corrientes de las ideas,
resultado probablemente de la impresión en que se las había querido
mantener desde 1838 hasta entonces, producían un movimiento
favorable a los cambios en el orden político. La influencia de la
Compañía de Jesús encontraba resistencias serias aun en las mismas
personas afiliadas en el partido conservador. La cámara de
representantes, compuesta de ministeriales en sus tres cuartas
partes, aprobaba en tres debates en 184... un proyecto por el cual
se privaba a los jesuitas de la dirección de los colegios oficiales
y se ordenaba el Poder Ejecutivo no reconocerlos en su carácter de
corporación. En la discusión de este proyecto dio a conocer Julio
Arboleda sus grandes dotes de orador, en un discurso en contra de
esa institución, con una elocuencia tal como nunca después volvimos
a oírla en el curso de su brillante carrera. En 1848 el señor
general José María Mantilla presentaba en la cámara de
representantes un proyecto por el cual se señalaba renta fija a los
miembros del clero católico, pagada del Tesoro Nacional, en
reemplazo de los derechos de estola y la participación en la renta
de diezmos y primicias, los cuales se declaraban abolidos y ese
proyecto, que hoy acaso suscitaría escándalo, era ardorosamente
defendido por el señor Mariano Ospina. El monopolio del tabaco, en
fin, que en ese período formaba la renta más pingüe del Tesoro, era
rigurosamente atacado, y en 1848 caía a impulsos de la opinión
popular en un proyecto de ley aprobado por ambas cámaras, que el
Poder Ejecutivo, aunque contrario en ideas, no se atrevió a
objetar, temeroso del efecto que sus objeciones pudieran producir
en la votación para presidente de la república que debía tener
lugar en agosto próximo.
|
1
|
La noticia de la revolución de febrero en Francia llegó a
Bogotá por la vía de Maracaibo. Tan demorado era entonces cl
servicio del correo por la vía del Magdalena.
|
|
2
|
Cuando por fraccionamiento de la antigua Colombia fueron
erigidos en república los departamentos centrales de ésta con el
nombre de Nueva Granada. se le dio el titulo de
|Estado con
|
la esperanza de que entraría a serlo reorganizándole
federalmente la antigua nacionalidad.
|
|
3
|
Articulo 3°
| de la Ley Fundamental de los pueblos de
Colombía, expedida en 12 de julio de 1821.
|