CAPÍTULO NOVENO
I.
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Para que no faltara ninguna complicación en aquellos días en que
tantas se agolpaban por todas partes, tuvo lugar en Cartagena un
episodio entre serio y ridículo que se temió fuese grave y
sangriento. De tiempo muy atrás existía una rivalidad pronunciada
entre el jeneral Mariano Montilla, y el jeneral de la marina que no
existía, José Padilla. El jeneral Montilla estaba de cuartel, pero
tenia una autorización reservada, para reasumir el mando civil y
militar del departamento, que comprendía lo que actualmente se
llama Estado de Bolívar y Estado del Magdalena, con mas el cantón
de Ocaña, que desde la conquista perteneció a la provincia de
Santa-Marta, y que hoy contra la voluntad de Dios, que le puso el
formidable páramo de Cachirí de por medio, pertenece al estado de
Santander. El jeneral Montilla era venezolano, el jeneral Padilla
era granadino. El jeneral Montilla era blanco, el jeneral Padilla
era pardo. El jeneral Montilla era boliviano, el jeneral Padilla,
por consiguiente era Santanderista; lo que significa que si el
jeneral Montilla hubiera sido Santanderista, el jeneral Padilla
habría sido boliviano. El jeneral Montilla era ilustrado, el
jeneral Padilla era ignorante. Debían, pues, ser rivales, no
habiendo de común entre ellos sino que ambos eran generales de
división, antiguos y beneméritos servidores, y valientes como lo
eran todos los colombianos de aquella época. Pero esto mismo hacia
que el jeneral Padilla pretendiera en Cartagena la supremacía de
que gozaba el jeneral Montilla, lo que era su sueño dorado, como lo
ha sido de otros menos dignos que lo han logrado por medios más
criminales.
La rivalidad de los dos generales se trasmitía de diferentes
modos, a los jefes y oficiales de la marina, que nunca faltaron en
gran número, aunque hubiera pocos buques, y a los de los cuerpos de
la guarnición; pero marcada entre granadinos y venezolanos. Se
habían, pues, acumulado en Cartagena todos los elementos de
antagonismo, sin contar el de pobres y ricos, conque plugo a Dios
hacer que la especie humana fuese la más feroz de todas las
especies creadas.
El trastorno jeneral de la República, el ancho campo que él
abría a todas las ambiciones, la anarquía reinante en las ideas,
que traía por consecuencia las polémicas de muladar, y las disputas
acaloradas de taberna, que las mas veces terminaban en pugilato;
todo esto tenia la ciudad en agitación.
Una imprudencia vino a rasgar la nube preñada de tanta
electricidad, y por un milagro providencial, todo se fue en
truenos y relámpagos, sin que descargase el rayo. Los jefes de los
cuerpos, en su mayor parte bolivianos, promovieron una exposición a
la Convención, abundante en quejas mas bien pueriles que fundadas,
recordando los padecimientos y los servicios del ejército, con la
exageración de uso y costumbre, pidiendo que se les asegurasen sus
goces y
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pensiones, sus exenciones y prerrogativas; esto es,
el fuero militar, de cuya supresión justa y racional en una
república ya se hablaba, a pesar del jeneral Santander, cuyo
liberalismo no llegaba hasta allá. Los mas de los oficiales de
artillería y de caballería, y todos los venezolanos la firmaron;
los del batallón Tiradores, mis antiguos compañeros, casi todos
granadinos, no lo hicieron, y sostuvieron su negativa contra las
amenazas de los jefes del cuerpo, y contra las excitaciones de los
otros oficiales firmantes. Esta manía insensata de firmas, y
contra-firmas, de la que en ciertas épocas no se escapan ni
clérigos, ni frailes, ni monjas, ni soldados, trae siempre
consecuencias fatales, e indica en quienes las exigen una
mezquindad de ideas, que llega a la extravagancia. ¿A qué conducen
esas firmas? Son promesas de sometimiento? ¿Qué significan unas
promesas forzadas y arrancadas bajo amenaza? La obediencia en este
caso es impuesta y por tanto lo mismo es imponerla con firmas que
sin ellas. ¿Son peticiones o manifestaciones de adhesión de
cuerpos, cuyos miembros están sujetos a la obediencia a sus jefes?
en este caso ¿qué valor tienen las firmas de los subordinados? La
adhesión exigida por coacción puede llamarse tal? Pero yo trataré
esta cuestión de firmas mas adelante.
De esto resultó que los oficiales renuentes se hicieran
sospechosos, que se les mirase mal, que se les supervígilase, y por
consiguiente que ellos se hicieran hostiles, consecuencia que traen
las sospechas y las desconfianzas, volviendo infieles a los que sin
ellas hubieran sido leales. Mucha virtud y mucho patriotismo se
necesitan para hacerse superior a semejante agravio el hombre de
quien se sospecha injustamente,
|y pocos son los que tienen
tan gran virtud y tan noble patriotismo.
El jeneral Padilla y un círculo turbulento que lo dominaba,
explotaron aquel incidente, que con prudencia hubiera sido
insignificante. Hubo juntas secretas en su casa y en otras partes,
a las que concurrían todos los especuladores en revueltas, algunos
hombres ilusos y los oficiales no firmantes. En esos conciliábulos
se trataba de
|serviles a los firmantes, quienes a su vez
trataban de
|facciosos a los otros. El jeneral Padilla
excitado por sus malos consejeros salía de noche por las calles, en
pandilla, amenazando en términos que las autoridades le temían, y
los ciudadanos honrados temblaban aterrados con el resultado que
aquellas demostraciones pudieran tener.
II.
En esta inquietud y azarosa expectativa, a los cuatro o cinco
días de perturbación moral del pueblo pacífico, se adelantó el
jeneral Padilla a dar pasos más decisivos: intimó al comandante
jeneral, coronel José Montes, que dejase el mando porque los
|liberales desconfiaban de él. El coronel Montes, hombre
honrado, y de los militares más meritorios que tuviera Colombia,
tan antiguo en el servicio como la Revolución, era amigo personal
del jeneral Padilla, y procuró con buenas razones calmarlo, e
impedirle que se precipitase; mas, no lográndolo, se separó del
mando que obtenía por el Gobierno, lo que no admite excusa. En su
consecuencia el Intendente gobernador nombró para reemplazarle al
coronel Juan Antonio Gutiérrez de Piñeres (hoy jeneral), antiguo y
benemérito servidor que siendo conocido por hombre moderado, de
buen corazón, incapaz de hacer mal a nadie, fue estimulado por los
principales ciudadanos a que aceptase, teniendo en él una garantía,
que perdían por la separación del coronel Montes; y sin embargo de
conocer que el intendente no tenia facultad para hacer aquel
nombramiento, lo aceptó cediendo a las instancias que se le hacían,
y correspondiendo a las esperanzas que en él habían puesto los
buenos ciudadanos.
El jeneral Montilla estaba en Turbaco, Turbaco! ¡el florido y
encantador
|Edén de los cartageneros, donde pasó los
inocentes días de la infancia, sin pensar en los atribulados que
se me esperaban en una larga y azarosa vida! Turbaco! en donde
quisiera arrastrar los pocos años que me quedan por sufrir, para
deplorar en aquel lugar florido apacible los males inconmensurables
de mi patria, como granadino, y de mi patria como cartagenero!
Turbaco!........En fin, el jeneral Montilla estaba en
Turbaco....
Calculando el jeneral Montilla, al recibir las primeras
noticias, toda
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la extensión del peligro que corrían
Cartagena y el departamento entero, si los proyectos
revolucionarios del jeneral Padilla se realizaban, dejándole obrar
sin represión, hizo use de la autorización reservada que tenia y se
declaró en ejercicio de la comandancia militar con facultades
extraordinarias, lo comunicó en el acto a las autoridades de
Cartagena y a los jefes de los cuerpos, y por todos fue reconocido.
Al mismo tiempo dio orden reservada para que en esa misma noche (el
5 de marzo) salieran de la plaza, en silencio, el batallón de
Artillería, el batallón Tiradores, y el escuadrón de Húsares, lo
que se verificó marchando dichos cuerpos a unírsele al pueblo
mencionado. Al amanecer, toda la tropa que cubría los puestos de
guardia de la plaza, se fue espontáneamente a reunir a sus cuerpos.
Los oficiales no firmantes, ignorando el movimiento, se quedaron y
después no quisieron seguirlo.
El jeneral Padilla y su círculo al saber en la mañana del 6 lo
que había pasado, y que el jeneral Montilla había reasumido el
mando militar, se enfurecieron y trataron de parar el golpe
conmoviendo al pueblo, de quien el jeneral Padilla, por su color,
esperaba una decisión eficaz en su favor. Un grupo de oficiales y
de gentualla de todos colores lo proclamaron intendente y
comandante jeneral, y él aceptó, dando las gracias y ofreciendo
sostener
|las libertades públicas, como se han llamado
siempre los desórdenes que las destruyen. Pero la masa del pueblo,
prudente y circunspecta, se hizo sorda a las excitaciones de todo
género que se le hacían, se mantuve indiferente, y aun se manifestó
dispuesta a la resistencia en caso necesario.
Así tenia que suceder. En nuestras provincias de la costa, y
principalmente en Cartagena, hay pardos ilustrados y de juicio, que
gozando de una completa igualdad de derechos políticos y civiles,
conocen perfectamente sus intereses y saben que siendo la ciencia y
el mérito títulos legítimos de superioridad, pueden por medios
lícitos adquirir una bien merecida posición social, aplicándose y
comportándose honorablemente; y estos influyen sobre los demás,
morigerándolos.
Entre los negros ignorantes de los campos, y de la última plebe
de las ciudades, existen resquicios de aversión mas bien a la
diferencia de categoría que al color, pues la tienen igualmente a
los pardos que se hallan en esfera mas elevada. sin embargo,
algunos malévolos no dejan todavía de vibrar esta cuerda mohosa, a
veces con algún provecho; pero no con todos los resultados que
ellos se proponen, y es de esperarse que con la benéfica aunque
lenta acción del tiempo, y la prudencia de los buenos de todos los
colores, desaparezcan enteramente esas antiguas preocupaciones, y
con ellas desaparezcan también esos motives de alarma por una causa
que viene de Dios, y de la que los blancos no somos
responsables.
III.
Desesperado el jeneral Padilla con el mal resultado de sus
excitaciones al pueblo, y viendo que los hombres principales de
todos los colores se salían a reunirse al jeneral Montilla, se
embarcó en una de las pequeñas goletas de guerra que tenia a su
disposición, y desembarcando en el puerto de Tolú, atravesó como
fugitivo las llamadas sabanas de Corozal, y se fue a Mompos. Desde
allí escribió al Libertador participándole los sucesos quío deje
referidos, pintándoles de manera que fueran menos reprobables, y
acusando al jeneral Montilla de precipitación, en lo que quizá no
lo faltaba alguna razón. Pero al mismo tiempo escribió al
presidente de la Convención diciendo que iba para Ocaña "a ofrecer
su persona, su poco influjo, y cuanto le perteneciera en defensa de
la Convención." Que significaban estas palabras? Qué peligros
corría la Convención que no les tuviera dentro de su propio seno?
Con ellas se quería dar a entender que había riesgo de que el
Libertador la disolviera por la fuerza; acusación alevosa que había
partido del círculo
|liberal haciendo eco entre los afiliados
de todas partes, y que el jeneral Padilla no hacia mas que repetir
para obtener el apoyo de los miembros santanderistas de la
Convención. En efecto, la junta preparatoria, pues la Convención no
se había instalado aún, acordó (17 de marzo) que se manifestara al
jeneral Padilla la gratitud
|de la diputación por el celo en
favor del orden público, observancia de las leyes y seguridad de la
Convención, que en los días
|5, 6 y 7 del corriente había
demostrado en Cartagena, según aparecía de su comunicación y
documentos.
Esta proposición insensata fue revocada al día siguiente, cuando
reflexionando bien, conocieron toda su deformidad, mucho más siendo
acordada por una simple junta preparatoria que no tenia facultad
para entrar a calificar hechos de ninguna clase; y por una gran
mayoría se revocó y se decidió que la respuesta se limitase a
manifestar al jeneral Padilla que la diputación había visto con
aprecio los sentimientos de respeto a la gran Convención que en
dicha comunicación aparecían. sin embargo de ser conocido este
hecho histórico en todas sus partes, publicado en la "Gaceta" y
otros documentos, dijo el jeneral Obando en sus Apuntamientos para
la historia que
|la Convención había aprobado explícitamente
la conducta del jeneral Padilla.
Como este jeneral siguió para Ocaña detrás de su oficio, recibió
en dicha ciudad la expresada respuesta, que no le agradó, e
inmediatamente elevó al Libertador una representación sumisa y
respetuosa, que habría bastado a poner término a aquel incidente al
principio tan amenazador, si los sucesos que inmediatamente
siguieron no hubieran hecho nugatoria la citada representación,
pues el Libertador iba a resolverla favorablemente, nombrando al
jeneral Padilla de comandante jeneral de Pasto por algunos meses;
lo que no consta, pues a mí mismo me habló sobre ello en 1830,
deplorando la suerte de aquel jeneral, cuyos servicios estimaba.
Pero el jeneral Padilla, hombre ignorantísimo y débil ante la
seducción, como son todos los que se dirigen por inspiraciones
ajenas, olvidándose de aquel paso, que lo comprometía mas y más con
el Libertador, no ya como militar sino como hombre de honor, entró
en conferencias con los diputados mas exaltados del círculo
Santanderista, de las que resultó que sin aguardar la resolución
del Libertador a su representación, siguiera a Mompos a promover
una revolución en favor de la
|libertad y contra la
|tiranía. Cómo se juega con las palabras! Mas, desde la fuga
de Padilla de Cartagena y desde que supo Montilla la dirección que
había tomado, calculó
|todo lo que había que temer de aquel
viaje e inmediatamente mandó a Mompos con una fuerte columna al
conde de Aldercreutz, caballero sueco que había venido a tomar
parte en nuestra gloriosa guerra y era coronel del regimiento de
Húsares del Magdalena. No había pues, esperanza de verificar en
Mompos el movimiento proyectado y por consiguiente no quedó otro
recurso al jeneral Padilla que seguir a Cartagena, esperando
todavía alguna demostración en su favor del pueble mismo, que con
mas probabilidades no lo hizo antes, y de la maestranza y matrícula
de marina, que en ningún caso podían hacer fuerte a los cuerpos
veteranos y a los de milicias fieles; porque así se alucinan los
miembros poco reflexivos, cuando se desesperan y ven las cosas con
los ojos del corazón y no con los de la frente. En todos tiempos
¡cuántas victimas no inmolado este alucinamiento
No bien había hecho su salida Padilla de Ocaña cuando le fumé
avisada de dicha ciudad a Montilla, con detalles sobre el objeto
del regreso de aquel jeneral: así fue que al introducirse Padilla
ocultamente en la ciudad en la madrugada del día 1.º de abril de
1828, en el momento mismo se encontró preso en su casa, y a las
seis horas estaba de marcha para esta capital en calidad de tal,
custodiado por un jefe de confianza; sus cómplices fueren
reducidos a prisión y sometidos ajuicio.
IV.
|
Dije antes que al jeneral Padilla me le faltaba quizá alguna
razón para acusar al jeneral Montilla de precipitación en haber
sacado las tropas de la ciudad, al dejarse en ejercicio del mando
militar, y voy a manifestar las razones en que me fundo. Hasta el 5
de marzo no había cometido Padilla mas que imprudencias, bien que
impropias de su elevada posición social, y que aunque daban
fundados motivos de temer un conflicto de malísimo carácter, que
fue lo que impresionó Montilla, no pasaban de simples conatos:
reconocido Montilla por las autoridades y por las tropas, pudo
entrar a la plaza con seguridad, prescindir de etiquetas y
resentimientos y verse con Padilla, calmarlo, persuadirlo, o
acordar otras medidas suaves, pues que estaba seguro de tomarlas
enérgicas y decisivas, a la hora que quisiera, si aquellas eran
ineficaces.
Padilla le escribió a Turbaco el día de la salida de las tropas,
pidiéndole garantías para sí y para los comprometidos en aquellas
demostraciones irregulares, y Montilla le contestó en términos
ambiguos que hicieron temer a Padilla un procedimiento ofensivo a
su persona, y este temor le obligó a fugarse.
Lo más serio de aquellos actos inconsultos fue la separación del
coronel Montes; pero esta podía considerarse voluntaria pretextando
enfermedad o cualquiera otra causa plausible, si se hubiera
querido, como la prudencia lo aconsejaba, cortar el mal por otros
medios de los que se emplearon.
El jeneral Padilla tenia títulos, mas que suficientes para que
se hubiera procurado salvarlo, aun a pesar suyo, mas bien que
dejarlo precipitar y consumar su ruina. I esto habría cargado de
razón al jeneral Montilla, y lo habría dado una fuerza moral
inmensa en la opinión pública, si el jeneral Padilla, continuando
en sus desmanes, hubiera dado lugar a proceder contra él.
V.
Hasta entonces los partidos políticos no se habían exaltado en
Cartagena. El boliviano era preponderante, principalmente en las
clases superiores; mas desde aquellos sucesos se fue minando la
opinión del pueblo, que no lee, que no juzga sino por lo que le
dicen, atribuyéndose a
|malos motivos la persecución del
jeneral Padilla, y de los que sé llamaron
|liberales por
haberse comprometido en los hechos que he referido. Los
especuladores en política, que ven en los trastornos un medio de
hacer ganancias, tomaron por su cuenta la acriminación de las
medidas ejecutadas y, emponzoñándolas malignamente, fueron ganando
terreno y engrosando sus filas; la palabra "Democracia" empezó a
sonar hueca y amenazante, en un sentido que no tiene ni en la
ciencia política, ni en el idioma; un partido de oposición se fue
formando y haciéndose formidable contra el jeneral Montilla,
contra las personas constituidas en autoridad, y contra los
hombres de orden, el que tomó el nombre convenido de
|liberal; notabilidades espurias sin títulos ni merecimientos
se levantaron, y por estas causas el proverbio "esos polvos traen
estos lodos" se ha cumplido en toda su ominosa significación, en la
tierra infeliz que oyó mi primer llanto.
VI.
|
Apenas recibió el Libertador las primeras
|
noticias de
estos sucesos que le comunicara el jeneral Montilla, llamándolo con
urgencia, lo que prueba que esto se alarmó el primer día mas de lo
que aquellos amagos merecían, resolvió (Bolívar) bajar al
Magdalena, y con este motivo marchó a Bucaramanga. En el tránsito
recibió la representación del jeneral Padilla de que he hablado, y
nuevas comunicaciones del jeneral Montilla, participándole que el
peligro había cesado. Suspendió, pues, su marcha en Bucaramanga, de
donde mandó inmediatamente un jefe a Ocaña a prender al jeneral
Padilla, y llevarlo a su presencia. fue una desgracia que cuando
este jefe llegó a Ocaña ya se hubiese ausentado Padilla, porque si
se hubiera visto con el Libertador, todo habría terminado con
algunas reconvenciones y consejos, y aquel desgraciado jeneral
habría vuelto a ser, como era antes, su amigo, no resistiendo al
ascendiente que ejercía Bolívar sobre los que se le acercaban, y al
que ya Padilla había estado sometido en mejores días.
sin embargo de ser notorios los movimientos revolucionarios por
todas partes, que pusieron en boga la comparación de Poro rey del
Hidáspes a Alejandro Magno,
|del cuero
|tieso, que si se
anda en una dirección sobre él, se levanta de la opuesta, se
alzó el grito contra el Libertador, por el circulo dominante en
Ocaña, vociferando que premeditadamente se había propuesto desde
que salió de Bogotá situarse en Bucaramanga para oprimir la
Convención, y con el mismo objeto se supuso la marcha de la columna
que llevó el coronel Aldercreutz a Mompos, cuyo justísimo motivo se
ha explicado ya. De Bucaramanga a Ocaña hay que pasar el tremendo
páramo de Cachirí; de Mompos hay que subir al Magdalena hasta el
Puerto real, y de allí a Ocaña por tierra: ¿Qué clase pues, de
opresión podía ejercerse sobre la Convención a distancias tan
grandes y difíciles de recorrer?
VII.
Baralt y Díaz después de hablar de las medidas tomadas por el
Libertador en esta capital antes de su marcha dicen:
"Preocupado siempre con los trastornos del Norte, se puso en
camino el 16 de marzo con el intento de trasladarse por la vía de
Guayana a tierra de Venezuela. En Suatá se hallaba cuando recibió
el 25 del mismo mes la desagradable nueva de haberse alterado el
orden en Cartagena; si bien lo sirvió de consuelo saber al propio
tiempo que los disturbios de los departamentos que se había
propuesto visitar se hallaban enteramente disipados. Conociendo,
pues, ser ya innecesario su proyectado viaje a aquellos lugares,
fijó su residencia en Bucaramanga, para observar mas de cerca el
Magdalena, según lo dijo de oficio en 11 de abril su secretario
jeneral.
"Otras mas graves causas influyeron también en esta resolución y
Bolívar mismo las ha revelado a la posteridad. Una carta suya
fechada en Suatá el mismo 25 de marzo y dirigida a Mendoza,
intendente de Venezuela dice: 'Yo marcho inmediatamente hacia
Ocaña y el Magdalena a remediar los males y a sacar partido del mal
suceso.' En otra del 1.º de abril escrita al mismo sujeto desde
Bucaramanga, se leen estas palabras: 'Yo marchaba a Venezuela con
el objeto de pasar por los departamentos de Orinoco y de Maturín en
donde se necesita la presencia del Gobierno; pero he suspendido mi
viaje, primero, por el actual estado de Venezuela, en donde no hay
que temer, y segundo, por acercarme a Cartagena con motivo del
inicuo atentado que acaba de cometer allí el jeneral Padilla en
contra de la autoridad........Me ha sido también muy satisfactorio
ver las representaciones de los cuerpos de Caracas y otros lugares,
con tanta mas razón cuanto que están de acuerdo con las que dirigen
a la Convención los pueblos del Sur y del Centro. Yo no dudo, pues,
que nuestros buenos diputados apoyados tan fuertemente por la
opinión pública desbaraten las ideas de federación que tienen
algunos con apoyo de Santander, y se conserve la integridad de la
República juntó con la fuerza del gobierno. Este es el sentimiento
que domina en estos pueblos....Todo ello unido al favorable estado
de Venezuela y al ultimo acontecimiento de Cartagena, me ha
obligado a detenerme aquí diez o doce días para que los mismos
acontecimientos me indiquen la ruta que debo tomar, si a Ocaña,
Cúcuta o Bogotá.'
"Semejantes indecisiones y temores (continúan Baralt y Díaz) se
veían entonces justificados por la situación de la República."
Queda, pues, probado, de la manera mas concluyente cuanto he
dicho sobre el objeto del viaje de Bolívar, y de los motivos de su
suspensión y de su detención en Bucaramanga. I, probado esto, queda
probado que los que han supuesto otra cosa, y aún lo suponen,
fueron y son calumniadores.