CAPITULO SEXAGESIMOSEGUNDO
I
Pasada la terrible crisis de Cartagena, tuve que ir al istmo de
Panamá, y allí encontré reinante todavía la horrible enfermedad,
que de allá, sin duda, había sido llevada a Cartagena por los
vendavales del cuadrante del Oeste; pero en el Istmo, aunque hizo
larga residencia, no causó los estragos que en otras
provincias.
Consternado con la calamidad que había presenciado, de la que
pude salvarme no sé cómo, pues no tomé precaución alguna, vine a
esta capital.
Poco después de haber llegado, me pasó el general López una
tarjeta de visita con recado de que deseaba hablarme. Fui pues a
palacio, atendiendo, como debía, a la invitación. Yo conocí al
general López en Venezuela, siendo él teniente coronel y jefe
militar de Barquisimeto, y yo capitán del batallón Tiradores de la
Guardia, y desde aquella época hasta su muerte no se alteró nuestra
amistad particular, a pesar de ser antagonistas en política.
Le encontré solo, y sin rodeos me dijo que me llamaba porque
quería nombrarme Ministro residente de la República en Europa o los
Estados Unidos de América. Yo me sorprendí con aquella propuesta
tan benévola, y no creí prudente responder por lo pronto.
Habiendo el Ministerio adoptado el principio de gobernar con su
partido, con la exclusión absoluta del ya llamado conservador, una
excepción tan notable en mi favor me presentaría en un punto de
vista desfavorable. Mi contestación fue: "mañana tendré el gusto
de volver a ver a usted". El día siguiente, a primera hora (10 de
mayo de 1850), recibí la siguiente carta:
"Mi muy apreciado general y amigo:
"La situación actual de usted me mueve y me interesa. Culpa es
de la exacerbación política el que usted no esté figurando en mi
Administración; y usted demasiado debe conocerlo. Por desgracia el
partido conservador, a quien usted pertenece, ha observado, en lo
común, una conducta desmesurada, y a fuera de oposicionista ha
traspasado todas las vallas de la justicia, de la moderación y de
la decencia en sus producciones; y ha colocado al bando liberal en
una situación tal de desconfianza, que sólo el tiempo puede hacer
cambiar.
"No obstante esto, yo deseo que usted obtenga una legación en
los Estados Unidos o en Europa, y si llegase el caso de nombrar a
usted, me vería embarazado por falta de su explícita aquiescencia,
pues anoche guardó usted silencio cuando le hice la indicción del
Caso"...
Como yo le había dicho la noche anterior que tenía que volver a
Cartagena, me observó que eso no obstaba, pues que allá recibiría
el nombramiento. Por esta causa termina su carta con las afectuosas
expresiones siguientes:
"Que su viaje sea feliz, y que no olvide que tiene un amigo que
no será indiferente a su suerte y que sabrá guardarle las espaldas,
por deber y por simpatía. Adiós, general.
J. H. LOPEZ"
|¹
Además de estos sentimientos de cordial, y por mi parte
correspondida amistad me manifestó de palabra su gratitud por el
serv1cio, 4ue presté a su reputación, cuando
en mi periódico
|El Sufragante desvanecí, como dejo dicho, la
imputación que le hicieron suponiendo que él azuzó al coronel Vesga
a lanzarse en la revolución de 1840. Y esto, creo yo, entró por
algo en su deseo de emplearme en tan elevado puesto. De todos modos
se lo agradecí; pero con palabras mesuradas le contesté que no
podía aceptar su ofrecimiento.
II
Dije atrás que en oposición a la Sociedad Democrática se había
organizado otra conservadora, llamada
|
1 Conservo autógrafa esta carta.
|
"Popular y de fraternidad cristiana", por lo que, y en son de
escarnio, la llamaban los
|liberales "la Católica". Yo creí
que fue un error la organización de esta sociedad, ya porque ella
daba a la Democrática una importancia perjudicial, ya porque, en
principio, las sociedades permanentes de carácter político son
peligrosas, como es peligroso también hacer penetrar la discusión y
las pasiones de partido hasta las últimas capas de la sociedad. Así
se atiza el encono, la animadversión, el odio de unos contra otros,
y la conservación de la paz se hace difícil. Se comprende, pues,
que yo estuviese, como estaba, remiso a afiliarme en dicha
Sociedad; pero una comisión respetable de ella pasó a mi casa a
invitarme a que me inscribiese entre sus miembros. Hube de acceder
a una invitación que no podía rehusar, y como las sesiones se
tenían de noche en el coliseo, me sorprendieron agradablemente, al
entrar, la iluminación, que era espléndida; los palcos de segunda
fila llenos de señoras; la concurrencia de socios, que pasaban de
mil, entre ellos muchos artesanos y agricultores; y en fin, el
orden y la dignidad que reinaban en la reunión En los palcos de
tercera fila se veía al gobernador de la provincia, al jefe
político del cantón, los alcaldes, no sólo del barrio de la
catedral, sino de los otros barrios, y algunos democráticos de los
más frenéticos. En la Sociedad Democrática se podía vociferar
contra los conservadores, amenazar, provocar a Dios y a los
hombres. En la Sociedad Popular, la menor palabra algún tanto
intencionada era notada por las numerosas autoridades presentes:
"los conservadores conspiran en la Sociedad Popular", era lo menos
que se atribuía a esta Sociedad. Y como por la respetabilidad de
las personas que la componían, por el número creciente de sus
individuos, por la influencia que ejercía, fuese ya la pesadilla
del partido dominante, propúsose éste disolverla sin que
apareciese en esta medida la mano del Gobierno.
Un joven adolescente (el señor Nicolás Tanco Armero)
pronunciaba un discurso demostrando ser injuriosa la calumniosa
imputación que hacían a la Sociedad Popular los que la acusaban de
conspiradora, y excitaba a sus compañeros a sufrir con resignación
las arbitrariedades de los mandatarios, a no lanzarse en vías de
hecho. En el calor de la peroración se le escapó esta frase:
"dejemos que haga todo lo que quiera ese simulacro de gobierno"...
No se puede concebir el tumulto, los gritos y las amenazas de los
democráticos que ocupaban los palcos altos cuando el jefe político
impuso silencio al joven que hablaba, interrumpiendo su discurso
en la frase que he marcado. Para aterrar a las señoras y hacerlas
salir, dispararon un pistoletazo al aire, lo que aumentó el
desorden. En fin, sería demasiado largo referir todos los hechos
semejantes que ocurrían con frecuencia por la menor palabra que se
profiriese y pudiera ser mal interpretada, hasta que esta
Sociedad, se disolvió y quedó triunfante el "brazo derecho del
Gobierno", corno se llamaba la Democrática. Al señor Tanco le
formaron causa como si hubiera cometido un gran delito. He ahí al
partido que ha proclamado la libertad absoluta de la palabra
hablada y escrita.
El 7 de agosto (1850), en una reunión de la Sociedad
Democrática, a la que concurrió el Presidente de la República y
algunos secretarios, 4icha Sociedad apellidó socialismo, como
resumen de su fe política y religiosa, y un secretario de Estado,
que no quiero nombrar, aceptó la proclamación de aquel principio,
en medio de los más frenéticos aplausos. Eso sí merecía aprobación;
y una frase de protesta, pero no amenazante ni indecorosa, vertida
en una improvisación por un joven honorable, había dado mérito para
formarle causa criminal.
El 25 de septiembre siguiente, como para festejar los recuerdos
ominosos de tan sombrío aniversario, se instaló otra sociedad
titulada "republicana". Su reunión en el salón de grados, en
presencia del Presidente de la República y sus secretarios, le daba
cierto carácter oficial que, según mi modo de juzgar estos actos,
comprometía seriamente la honra del Gobierno. En esa sesión dijo
uno de sus miembros: "esta sociedad será la mano izquierda del
Poder Ejecutivo, porque el honor de ser la derecha corresponde a
la sociedad democrática".
Esta nueva sociedad podía llamarse "estudiantina", pues se formó
con los estudiantes de los colegios oficiales. Sus miembros
adoptaron el calificativo de "gólgotas", cuya significación nunca
he podido comprender; porque no alcanzo qué analogía pueda haber
entre la "montaña dolorosa" y un círculo político turbulento. Por
una de estas anomalías inexplicables, de que está llena nuestra
historia política, muy poco tiempo después vinieron los gólgotas y
los democráticos a ser enemigos irreconciliables, hasta combatirse
con grande efusión de sangre en los campos de batalla.
El 28 de octubre se instaló otra sociedad de jóvenes
conservadores, que tomó el título de
|Filotémica, que quiere
decir sociedad amiga, sociedad defensora del derecho. También ésta
se componía en su mayor parte de estudiantes, y la instalación tuvo
lugar en la Quinta de Bolívar, solemnizada por gran número de
personas respetables y de las más distinguidas señoras de
Bogotá.
Cuatro sociedades políticas exaltadas, pronunciando discursos
vehementes, excitaban las pasiones y amenazaban la tranquilidad
pública. Yo, que deseo la concordia entre mis conciudadanos, como
elemento de la paz, creo que está en los intereses de todo gobierno
prohibir semejantes asociaciones.
III
Llegada en 1852 la época de elegir el suceso¡ del general López,
los gólgotas, que en su mayor parte eran jóvenes aprovechados en
sus estudios, pero ilusos y voltejeando en las nebulosas, estaban
en mayoría en el Congreso, y adoptaron por candidato a su
copartidario el general Tomás Herrera, natural de Panamá. Los
revolucionarios de 1840 y 1841 y los democráticos adoptaron al
general José María Obando, candidato del Ministerio y de la fuerza
armada. Decidiose la elección, como tenía que suceder, en favor del
general Obando. El partido conservador, con acierto, se abstuvo de
presentar candidato y de votar. Los antagonistas de los gólgotas
adoptaron el calificativo de
|progresistas, pero los gólgotas
no quisieron reconocerles este título, y los llamaron después
|draconianos.
Reunido el Congreso de 1853, dio posesión al general Obando, y
nombró al general Tomás Herrera primer designado para ejercer el
Poder Ejecutivo en los casos prescritos por la Constitución. El
señor José de Obaldía (panameño como Herrera) era Vicepresidente de
la República.
Compuesto el Congreso, en su mayor parte, de gólgotas, llamados
también radicales, procedió a reformar la Constitución de 1843, o
más bien a destruirla, reemplazándola con otra de términos medios,
porque decían que la existente era tiránica, casi monárquica. Entre
nosotros no faltan palabrotas con qué atacar lo mejor, lo más digno
de respeto.
En la tercera parte de estas
|Memorias me prometo comentar
esas dos Constituciones, confrontándolas entre sí y con la
posterior vigente hoy, de 1863, que a tantas interpretaciones
violentas se ha prestado, hasta el punto de restablecer la
confiscación de bienes derogada por todas desde 1830, y autorizar
la dictadura.
lV
En la administración del general López, y todavía bajo la
impresión del aguzado puñal del 7 de marzo, se proclamó por el
|Soberano este principio: que el primer magistrado debe
"gobernar con su partido y para su partido". Este canon fue
impuesto al Gobierno con los rasgos de intolerancia de que antes he
hablado. Y como la práctica de este sistema de exclusión, seguida
por la administración López y por la de Obando, provocó primero en
aquélla la revolución conservadora de 1851, y después en la
segunda, dividiéndose el partido dominante, la liberal draconiana
de 1854, determinando así acontecimientos que abrieron una nueva
era política, no será inoportuno examinar aquí, aunque de paso, la
mencionada frase aforística.
En países donde están en pugna diversos y contrarios sistemas
políticos, y donde la opinión monárquica se divide en pretensiones
antagónicas, se comprende que gobernar con los del mismo partido
sea una necesidad. En Francia, por ejemplo, los legitimistas no
podrían gobernar con los bonapartistas, ni menos con los
republicanos, ni éstos con los segundos, ni menos con los primeros.
Lo mismo sucede en España con carlistas, alfonsinos y partidarios
de la forma republicana. En países constituidos en semejantes
condiciones, cada pretendiente se apoya en sus adeptos, cada
partido excluye a los demás. Pero en las repúblicas cuyo sistema
electivo está por todos aceptado, la máxima de que trato no tiene
en todos los casos la misma forzosa aplicación. Entre nosotros la
cuestión que divide a los partidos es más bien moral que política.
Todos profesamos y sostenemos unos mismos principios de gobierno
democrático, republicano, electivo, alternativo y responsable: no
hay divergencia alguna sobre estas bases primordiales de la
República. Por tanto, si el primer magistrado llama como
colaboradores de su administración a hombres importantes de otros
partidos, es este un hecho que no amaga nunca un trastorno radical
en las instituciones y sí puede ser en muchos casos prenda de paz y
de concordia.
Verdad es que en lo general el ministerio debe ser homogéneo; y
no deben llamarse a él hombres de tales condiciones que lleven la
contradicción permanente al Consejo de Gobierno. Pero un Presidente
elegido no sólo por sus copartidarios, sino por una gran parte de
sus adversarios políticos, y de tal suerte que sin la cooperación
de los últimos no hubiera triunfado, ¿es posible que no dé
participación alguna en su Gobierno a aquellos que con su decisión,
con su influencia y con sus votos contribuyeron eficazmente a
elevarle? Verdad es también que a los amigos deben conferirse los
empleos de mando, especialmente los militares, que demandan para
su desempeño individuos de la mayor confianza. ¿Pero quiénes son
los mejores amigos? Muchas veces los adversarios que han servido de
auxiliares en un cambio político, abrigan mayor lealtad que algunos
antiguos amigos políticos que a él se opusieron. El señor Márquez,
que fue liberal, confirió destinos de mando civil y militar a
hombres que pertenecían a su partido, pero que habían sido
adversos a su elección presidencial; y los más de ellos le fueron
infieles, entrando de lleno en la rebelión.
Fijarse por sistema en las opiniones políticas, muchas veces
interesadas, de los ciudadanos, no es criterio tan seguro como el
de fiarse en hombres de honor, de probidad reconocida, de
antecedentes intachables, de patriotismo acrisolado, que en todo
sentido den garantías de buen desempeño y de lealtad.
El sistema de dar participación en el poder a hombres escogidos
de la minoría o del partido adversario vencido, se apoya en
notables ejemplos que ofrece nuestra historia, pero casi
privativamente la de las administraciones conservadoras. El doctor
Márquez conservó en el ministerio a dos de los secretarios del
general Santander, jefe después del partido que le hacía la
oposición. El general Mosquera, conservador en aquella época,
llamó al ministerio al doctor Florentino González, liberal
exaltado, y al general Joaquín María Barriga, liberal moderado. El
doctor Manuel María Mallarino, también conservador, e ilustre en
su partido, llamó al doctor Rafael Núñez, caracterizado liberal; y
éste y otros nombramientos semejantes fueron aplaudidos por el
partido
|liberal. Todavía hoy los
|liberales elogian
con razón la administración Mallarino, por los esfuerzos que hizo a
fin de aplacar el encono reciproco de los partidos y constituir un
Gobierno de elevadas miras y de carácter nacional.
El general Tomás Herrera, liberal gólgota, en circunstancias
críticas a que había traído a su partido, dividiéndolo la práctica
del sistema de exclusión absoluta, dio una campanada apartándose
de ese principio cuando llamó al ministerio al doctor Pastor
Ospina, ciudadano respetabilísimo, conservador de altos
merecimientos, que acababa de ser indultado por la parte que tomó,
con las armas en la mano, en la revolución de 1851. Este acto del
general Herrera fue, como veremos adelante, un llamamiento que hizo
al partido conservador en días amargos para la patria; y el
partido conservador, siempre noble y generoso, ahogando toda clase
de justos resentimientos por la larga serie de agravios recibidos
desde el 7 de marzo, olvidándose de los atroces "retozos
democráticos" del Cauca, de que fue víctima, y de la condición de
paria a que se le había reducido, correspondió con entusiasmo al
llamamiento que se le hacía en momentos solemnes, y en masa se
lanzó en la contienda y salvó la República.¹
Estos nobles antecedentes demuestran que en muchos casos los
ministerios mixtos han sido y pueden ser convenientes y necesarios.
Hay circunstancias en que el gobierno de partido, el sistema de
exclusión, no podría practicarse sin avivar odios, sin alimentar
deseos de venganza, sin poner, en fin, en peligro la tranquilidad
pública.
En los destinos de administración de rentas, del tesoro, corte
de cuentas, tribunales de justicia, en los empleos administrativos
y no políticos, la máxima "gobernar con mi partido" es
inaplicable, y la moral y la justicia exigen que para estos puestos
se elijan los hombres mejores, dondequiera que se encuentren. Para
los cargos diplomáticos, además de los conocimientos necesarios,
exigiría yo un noble continente, edad provecta, modales
distinguidos, ciertas exterioridades, en fin, que impresionando
agradablemente, despiertan y fomentan simpatías en favor del
representante de una nación, e indirectamente en favor de la nación
misma.
Posible es que algunos califiquen de pueriles estas
observaciones. ¿Qué importa? Si las ideas que ligeramente he
expuesto son reglas de buen gobierno, indispensables para
conservar la paz, que después de tantas conmociones es la gran
necesidad de la República, ¿por qué no se me ha de permitir
repetirlas y aun recalcar sobre ellas? Yo que no tengo interés
personal en el curso, cualquiera que sea, de la política, ni otro
móvil que el más puro que me inspira ¿si amor a mi patria,
manifiesto con sencillez y con la mayor buena fe mis opiniones, no
como corolarios de ciencias políticas, pero sí al menos como
conclusiones de la experiencia, como consejos del patriotismo.
V
He concluido las dos terceras partes del ímprobo trabajo que me
impuse, y física y moralmente me siento agobiado. Para seguir esta
peregrinación histórica,
|
1 Los gólgotas, vencidos en Zipaquirá
y Tíquisa, quedaron en impotencia de triunfar solos. Uniéndose a
los conservadores, cooperaron eficazmente a la restauración
constitucional.
|
y llegar, si Dios quiere, al término propuesto, necesito tomar
descanso, y para ello demando la indulgencia de los compatriotas
que han seguido con interés benévolo el curso de esta
narración.
Entretanto, corra este libro la suerte que Dios le depare:
escribiéndolo habré cumplido con un deber sagrado como ciudadano y
antiguo servidor de la República.