CAPITULO SEXAGESIMOPRIMERO
I
El día 19 de abril tomó el general López posesión de la
Presidencia, prestando ante el Congreso el juramento
constitucional. El mismo día formó su ministerio, escogiendo a
individuos del partido triunfante, entre los más exaltados en
aquella época. La sociedad democrática de Bogotá, apoyada en las
sucursales que a su ejemplo y a su imagen se habían formado en las
provincias, era ya cuarto poder político, que el Gobierno tenía
que contemplar. El partido conservador, ofendido e indignado por
los excesos del 7 de marzo, y por los que con ultrajes personales
se ejecutaban en las provincias, principalmente en las que forman
hoy el estado del Cauca, abrió campaña de oposición parlamentaria,
que si no había de remediar los males, los denunciaba al menos al
pueblo, al mundo y a la historia. ¡Triste consuelo! pero por triste
que sea, siempre la protesta es un consuelo y aun una esperanza de
próxima o lejana redención. Los excesos de las democráticas del
Cauca pasaron la medida de todos los atentados conocidos. Los
conservadores fueron allí víctimas de una persecución tenaz, cruel
y feroz: algunos, como los señores Pinto y Morales en Cartago,
fueron atormentados, divididos sus cuerpos, mutilados de un modo
que el pudor impide describir. Las propiedades quedaron a merced de
los dominadores de la situación; los cercos divisorios de las
heredades fueron destruidos; y lo que peor es, las personas
azotadas sin misericordia. No quiero continuar: todo esto, y más
que no digo, fue notorio, e imposible seria negarlo. Y
|
estas atrocidades fueron apellidadas, no por persona anónima o
desconocida, sino por el ministerio mismo, ¡RETOZOS
DEMOCRATICOS!
Me consta que el general López vino Bogotá con las mejores
intenciones; pero al entrar al llamado palacio, vio que aquello no
era ir a dormir en cama de rosas, sino subir a un potro de
tormento; que en ese puesto de Presidente, objeto de tantas
ambiciones, no se tiene siempre voluntad propia, sino que hay que
ceder a las veces al empuje de influencias de puertas afuera. Su
posición, de
|suplefaltas, no era, por otra parte, muy firme.
Los liberales lo habían calumniado haciéndole el cargo de que a su
llegada a Honda, de regreso de Europa en 1841, había aconsejado al
desgraciado coronel Vesga, gobernador de la provincia de
Mariquita, que tomase parte en la revolución que devastaba la
República; que por este consejo el coronel Vesga se precipitó,
contando con el apoyo de la provincia de Neiva, que le ofreció
dicho general; que vencido Vesga y condenado a muerte, le legó su
túnica ensangrentada. Esta terrible acusación tomó cuerpo hasta
que yo, conservador, la desvanecí en un periódico intitulado
|El
Sufragante¹ que redactaba en Cartagena en 1849. El señor
Marcelo Tenorio, que tuvo una parte activa en la revolución de la
provincia de Mariquita, y en la defección del coronel Vesga,
confinado a Santa Marta por esta causa, estaba en desamparo, y yo,
compadecido, lo protegí, le di mi mesa y lo socorrí. En nuestras
conversaciones de confianza me informó que era completamente falso
el caigo que se hacía al general López; que él (Tenorio) estuvo
presente en las conversaciones de López con Vesga, y que en ellas
el general se manifestó adverso a la revolución, y se esforzó en
persuadir a Vesga que no contrajese comprometimiento contra el
Gobierno. Con estos informes pude en justicia e imparcialmente
desmentir una calumnia tan grave como la que manchaba el nombre del
general López. Fue también enteramente falso el legado de la túnica
ensangrentada.
II
El ministerio que el general López formó a su inauguración,
empezó a desmoronarse a poco tiempo. Ha-
|
1 Puede consultarse en la biblioteca
pública de esta capital, colección Pineda.
|
bía pasado un mes cuando el doctor Ezequiel Rojas renunciaba ya
la cartera de hacienda, y entró a reemplazarle el doctor Manuel
Murillo, que desempeñaba la de relaciones exteriores. El general
López, que deseaba dar algunas muestras de imparcialidad al partido
conservador, nombró al general José Acevedo en reemplazo del
doctor Murillo en la secretaría que quedaba vacante.
Era el general Acevedo completamente idóneo para ese empleo
delicado. De capacidad natural, realzada por el estudio, de modales
distinguidos, tan digno en su porte como en su conducta pública y
privada, reunía el general Acevedo todas las cualidades que
requiere un puesto como aquél, en que teniendo que tratar de oficio
y personalmente con los ministros extranjeros, se necesita un
hombre competente en todo sentido, que inspire respeto y
estimación; y ninguno mejor que el general Acevedo.
Pero la sociedad democrática levantó tal vocería gritando: "nada
de conservadores, Gobierno de partido", que impuso su voluntad
soberana, y el Gobierno tuvo que aflojar. No queriendo, sin
embargo, irrogar un agravio a un hombre de la respetabilidad del
general Acevedo, lo llamó el Presidente y le insinuó que
renunciase, en lo que Acevedo convino. Hizo mal, en mi concepto; yo
hubiera contestado: "destitúyame usted". En reemplazo de Acevedo
fue nombrado el señor Victoriano de Diego Paredes, sujeto digno de
aprecio; pero su nombramiento, que por otro motivo habría sido
aceptable, exigido por la sociedad democrática en desaire de uno de
los miembros más estimados del partido conservador, tenía
necesariamente que mortificar a la colectividad política así
agraviada, y fue un ejemplo pernicioso de la preponderancia y
coacción que ejercía sobre el Gobierno una sociedad política
desautorizada.
En los demás ministerios hubo también, en dos años, varios
cambios que sería cansado referir.
III
Él partido liberal, que tiene furor de innovaciones para meter
bulla, aunque choquen con costumbres arraigadas de antiguo, y aun
algunas veces con el derecho y con los principios más triviales de
la ciencia política, no dejó piedra por mover, en la
administración López, para desquiciarlo todo. En esa obra de
demolición hubo una que otra medida plausible.
Los hechos más trascendentales fueron: iniciar la reforma de la
Constitución de 1843, y ampliar en
|lo escrito las garantías
individuales (de que las sociedades democráticas no hicieron
caso), sin preocuparse por eso de reformar la Constitución, dejando
a la administración siguiente este negociado tan grave y
complicado.
Se abolió la pena de muerte por delitos políticos. Este
principio en países cuyo estado normal es la revolución y la
guerra civil, por el "santo principio de la insurrección",
proclamado por el general Santander en la cámara de representantes,
es humanitario, y puede decirse necesario; pero debía añadirse que
son asesinos los que en las acciones de guerra matan a prisioneros
indefensos, como suele hacerse contra todo derecho. También
requiere este principio que se defina con claridad lo que son
"delitos políticos".
En 1851 se declararon libres todos los esclavos. Como yo en
este particular soy más liberal que todos los liberales juntos,
aplaudo con entusiasmo este acto; pero no sin advertir que ya no
había esclavos menores de treinta años, que muchos de más edad
habían sido manumitidos anualmente, y por consiguiente quedaban
poquísimos, sin lo cual no hubiera sido fácil la definitiva
extinción de esta úlcera social.
El mérito principal de la abolición de la esclavitud corresponde
en justicia al congreso de Cúcuta de 1821.
No es, pues, admisible decir, en términos generales, que el
partido liberal abolió en 1851 la esclavitud.
Se declaró la libertad del pensamiento por la prensa, sin
responsabilidad ninguna. O lo que es lo mismo, se declaró libre el
abuso de la libertad de imprenta, porque la libertad sin abuso
estaba establecida desde La fundación de la República. Así es que
ya se pudo injuriar, calumniar, conspirar, ultrajar a Dios y a los
hombres por la imprenta, sin que quedara medio legal de represión o
de reparación. Yo sobre este particular me atengo al ejemplo que
nos dan las naciones más adelantadas, como Inglaterra, Francia, los
|verdaderos Estados Unidos, y otras, donde hay libertad lata
de imprenta; pero el libelo, el abuso en todo sentido, es
castigado, quedándole al hombre de bien algún medio legal de volver
por su honor vulnerado.
El juicio por jurados en materia criminal se estableció
proclamándose como un progreso, como una conquista. La teoría del
jurado es ciertamente seductora, pero en la práctica ofrece graves
inconvenientes: uno de ellos, y quizá el mayor, es que para juzgar
muchas veces de los hechos más complicados, la suerte puede llamar
a hombres completamente incapaces de llenar tan delicado encargo.
En países en donde abundan personas de mediano criterio, presenta
ciertamente sus ventajas el juicio por jurados; pero en nuestra
tierra, fuera de algunos ciudadanos notables ¿los hay dignos de
ejercer funciones judiciales? Este y otros inconvenientes
demuestran que el juicio por jurados no es el
|summum de
justicia en materia criminal.
Es uno de esos inconvenientes la irresponsabilidad, por lo que
el doctor Ezequiel Rojas no aceptaba ese sistema; otro, que sus
veredictos no son razonados ni se fundan en el análisis del
proceso; ítem, las dificultades que hay que vencer para reunir el
jurado, porque a nadie le agrada exponerse a las consecuencias del
voto que condena a un criminal temible. En corroboración de lo que
acabo de observar, referiré lo que me sucedió un día que hube de
acercarme a ver un jurado que excitaba la atención pública.
Juzgábase en una ciudad pequeña a un hombre de aspecto amenazante,
que había muerto a otro a palos. Me horroricé al oír la acusación
del fiscal, y a pesar de todo, el asesino fue absuelto. Al salir
los jurados, me acerqué a un amigo, sujeto razonable e
independiente, y le pregunté: ¿cómo han absuelto ustedes a ese
hombre? -Pero si es un bandido, contestó. -Pues por lo mismo
debieron ustedes condenarlo. -¡Cómo se conoce que vive usted en
Bogotá! me replicó a su turno; si usted viviera en el campo, por
acá, sabría usted lo que es ver uno su casa ardiendo el día menos
pensado, o que le salgan al paso en un camino, garrote en mano y
puñal al cinto; o llegar a su casa y encontrarse que han
estropeado, cuando menos, a la mujer o a los hijos. Ese hombre
tiene hermanos y parientes que se le parecen; además, un día u otro
hay una revolución, y se presentará por aquí con soldados, y
entOnces ¡ pobres de los jurados que votaron contra él! Impresión
profunda me causó este razonamiento; porque, en efecto, en los
pueblos pequeños y en los campos la inseguridad de los buenos
favorece la impunidad de los malos. Luego, hay que considerar que
no tenemos sino en muy pocas ciudades edificios para asegurar a
los reos; que la evasión d0 atroces criminales se
repite con frecuencia, y por la situación en que se encuentran, son
una amenaza constante e inevitable.
En una asamblea conservadora en el Estado del Tolima, a que
asistí como diputado, suprimimos el juicio por jurados y
restablecimos el de los jueces de derecho. Además de las razones
aducidas tuvimos otra en les inconvenientes insuperables que se
presentan en los pueblos pequeños para reunir los jurados. Los más
de los vecinos viven en sus haciendas, o estancias, o casas de
campo; no vienen al pueblo principal sino los días festivos a misa;
ninguno quiere ser jurado, y por la falta de asistencia, por las
excusas y mil motivos que pretextan, los juicios se dilatan con
perjuicio de la recta y pronta administración de justicia; el
criminal tiene tiempo para preparar su fuga, y si es condenado,
porque no pudo fugarse, la sentencia se dieta cuando ya el delito
se ha olvidado; y lo que peor es, el hombre inocente que es
acusado sufre una pena inmerecida por la tardanza en probar su
inculpabilidad y en obtener la merecida absolución.¹
El negociado más importante, difícil y delicado de todo Gobierno
es el de la hacienda pública, o sea el de rentas, del cual depende
la existencia de la Nación. Requiérese, por tanto, mucha prudencia
para hacer en él reformas que los pueblos puedan considerar
gravo-
|
1
| El Gobierno conservador del
Tolima fue recientemente derribado por la guardia colombiana, como
se llama ahora el ejército permanente, y en el momento, en la
primera asamblea espuria, volvió a establecerse el juicio por
jurados, como un progreso, desconocido de los conservadores.
|
38
sas. Destruir es muy fácil, crear es lo difícil. Despreciando
estos principios en el furor
|liberal de desquiciarlo todo,
se reb4jó en un 20 por 100 la tarifa de los derechos de
aduana; se redujo la contribución de papel sellado, y se fijó en 50
centavos el precio de la arroba de sal.²
Se suprimieron las aduanas en el Istmo de Panamá. Así tenía que
ser forzosamente a causa del ferrocarril.
Se declaró libre la exportación del oro en polvo o en barras.
Esta medida fue útil, pero por el momento causó también una
disminución ruinosa en las rentas nacionales.
Se abolieron los diezmos. El Gobierno civil no tiene facultad
para abolir ninguna contribución eclesiástica; lo que puede es
negar la acción de la ley y la intervención de las autoridades para
forzar el pago de tales contribuciones. Los fieles las han de pagar
voluntariamente por obligación de conciencia y los Gobiernos no
tienen para qué mezclarse en este asunto, ni para prohibir, cuando
no ejercen el patronato de una religión dominante o exclusiva.
Se cedieron a las provincias varias contribuciones
insignificantes declarando de su cargo los gastos de la
administración provincial. Con tal innovación quedaron
perjudicadas; pero como se les dio la facultad de suprimir,
reformar, reemplazar con otras las contribuciones cedidas, las
cámaras de provincia agobiaron a los pueblos con contribuciones
para atender a sus gastos, y los pueblos sacrificados soportaron
el peso que los abrumaba y los abruma todavía. Y los que tales
abusos cometen siguen gritando: ¡viva la libertad! viva la
democracia! ¡mueran los godos! que así nos llaman ahora ellos,
los..... Ya iba a devolver insulto por insulto; pero no quiero,
mejor está despreciar el absurdo sarcasmo.
|
2 Desde entonces casi no hay Congreso
en que no se dé una ley de salinas, y en este flujo y reflujo de
aumento y rebaja del precio de la sal se hacen ganancias y se
sufren pérdidas por los negociantes en este artículo, según les
coja el alza o la baja del precio con una existencia más o menos
abundante. ¡Cuántas intrigas no se emplearán para obtener la alza
o la baja del precio por los especuladores de valía política y de
influencias electorales!
|
lV
El general López había ofrecido al padre Gil, superior de los
jesuitas en Bogotá, que sostendría la Compañía y su permanencia en
la República, a no ser que alguna ley derogase la que autorizó al
Gobierno para llamarlos. Pero la Sociedad democrática gritó:
"¡fuera jesuitas!" y cincuenta senadores y representantes
dirigieron una cuarta al Presidente pidiendo la expulsión de
aquellos religiosos. Mas ¿qué pretexto tomar? Los padres de la
compañía observaban una conducta irreprensible; su existencia en
el país era estrictamente legal. ¿Qué hacer en semejante caso? ¿En
qué se podría fundar una medida tan violenta, contra todo derecho,
contra la opinión de la inmensa mayoría de los granadinos, contra
los principios de la tolerancia proclamados por los liberales de
todos los pueblos en todos tiempos? No podría creerse lo que hizo,
si no fuera tan sabido: se ocurrió a exhumar la pragmática sanción
de Carlos III por la que en un día y hora dados, los jesuitas
fueron expulsados de todos los dominios españoles; y en virtud de
esa real pragmática se decretó en la República de Nueva Granada la
proscripción de la Compañía de Jesús, después que el Gobierno de
la República, autorizado por una ley, aún vigente entonces, los
había llamado y traído al país haciendo a su general, residente en
Roma, tan solemnes promesas, que bien podrían considerarse como un
tratado público.
Yo no entro a disputar en la cuestión tan controvertida de si
la Compañía de Jesús es buena o es mala, elucidación que no es de
mi incumbencia en este escrito. Me limito a censurar, a condenar
el decreto de su expulsión dictado por el Gobierno; y más cuando
leo que en la proclama o prólogo que le precedía no se arguye otra
causal sino que
|la Nueva Granada no puede luchar con ventaja con
¡a influencia letal y co
|rruptora de tas doctrinas del
jesuitismo. Esto equivale a decir: "En nuestro propósito de
destruir la religión católica, nuestra tribuna demagógica no puede
luchar con ventaja con la cátedra cristiana de los jesuitas". No a
otra cosa se llamó "influencia letal y corruptora", porque para los
demagogos de todos los tiempos y de todas las naciones no sólo es
"letal" el catolicismo sino el cristianismo en todas sus diferentes
ramificaciones, y toda religión positiva, todo culto tributado a
un Dios omnipotente y justo.
La negación de este Sér, incomprensible, pero que "se ve, se
siente, se palpa", como decía Bolívar; el materialismo, el
sensualismo; el placer proclamado único bien; el dolor declarado
único mal, tales son las doctrinas que el liberalismo profesa e
inculca en los corazones jóvenes; y como los jesuitas se consideran
como los adversarios más formidables de tales predicaciones
impías, por eso, y sólo por eso, no los consentían; por eso, y
sólo por eso, los arrojaron con vileza contra la ley expresa,
violando todo derecho, y a pesar de los principios proclamados
desde la fundación de la República, mayormente el de tolerancia,
inseparable de la verdadera libertad. El general Mosquera cometía
arbitrariedades arrostrando la responsabilidad. "¡Yo lo mando, y
silencio porque fusilo!" así decía y hacía. Esa audacia, esa
insolencia es mil veces preferible a la hipocresía taimada que
presidió a la exhumación de la consabida pragmática de Carlos III,
documento contradictorio en un todo con nuestras instituciones
republicanas. Fue ese un anacronismo ridículo y un medio cobarde
que para cohonestar la violencia adoptaron unos hombres que
carecían del valor necesario para asumir, a lo Mosquera, la
responsabilidad de sus propios actos.
La expulsión de los jesuitas inició una era dé persecución
religiosa que, más o menos activa ha continuado.
Se abolió el fuero eclesiástico. Se autorizó a los concejos
municipales y cabildos de los pueblos para nombrar, sin
intervención de los prelados, los curas de las parroquias. Habiendo
protestado contra estas leyes, fue expulsado del territorio de la
República el ilustrísimo arzobispo de Santafé de Bogotá, señor don
Manuel José Mosquera, que murió poco después en el destierro, en la
ciudad de Marsella. Fueron también, y por el mismo motivo,
expatriados los señores obispos de Cartagena y Pamplona. La primera
de las dos leyes citadas era consiguiente al sistema de gobierno
adoptado en el país: abolidos los fueros de la nobleza y el
militar, era
natural que lo fuese también el eclesiástico. Debo advertir que
yo no considero aquí esta ley sino en el aspecto puramente
político, y en su relación con las instituciones republicanas que
rigen en el país, con las cuales no se armonizan los fueros, porque
lastiman la igualdad constitucional sancionada. La segunda ley no
tenía en qué fundarse; era una injusticia y además un disparate.
Sobre el particular la ley de patronato había establecido cuanto
era necesario y conveniente, pero de esto no se tomaba nota; en lo
que se pensaba era en ofender y vilipendiar al clero y en humillar
a los prelados, privándolos del ejercicio de las funciones más
esenciales de su ministerio pastoral.
Se autorizó la redención de censos en el tesoro público. Cuanto
sobre este particular han hecho varios Gobiernos, y lo que entre
nosotros se ha ejecutado, es, a mi juicio, un abuso contra el
derecho sagrado de propiedad. Los fundadores de censos dispusieron
de lo que era suyo, ya en favor de hospitales y otros
establecimientos de caridad y beneficencia, ya para capellanías
laicas o eclesiásticas y otras fundaciones piadosas. No creo, que
nadie tenga facultades para contrariar la voluntad de esos
fundadores: tales violaciones son abusos de la fuerza, y el
espíritu de libertad verdadera las repugna y condena.
No pretendo yo (¿ni cómo iba a pretenderlo?) en estas
|Memorias examinar todas las leyes y actor oficiales de la
administración López. He pasado revista solamente a los que me han
parecido de mayor importancia, y ya reclaman mi atención otros
acontecimientos.
V
Los criminales "retozos democráticos" del Cauca, que por las
proporciones que alcanzaron, se hicieron al fin insoportables, las
insolencias de las sociedades democráticas, pródigas de insultos y
amenazas, exacerbaron al partido conservador, y arrebatados de
justa indignación se lanzaron unos pocos en algunas provincias a
los campos de batalla, sin recursos, sin organización, sin acuerdo
previo, con armas y municiones escasas; y lo que tenía que
resultar, resultó.
En mayo de 1851 estalló en Pasto la revolución, encabezada por
los coroneles Manuel Ibáñez y Julio Arboleda. Siquiera allí
recibieron algunos auxilios del Ecuador; pero las fuerzas de
Gobierno mandadas por el ya general Manuel María Franco, que
desmintiendo sus antecedentes se había transformado en
|liberal, los venció en el pueblo de Buesaco. Los vencidos
sostuvieron por más de un año la guerra de guerrillas,
insuficientes a conseguir un resultado favorable, y todas
terminaron desairadamente.
La de Guasca, en la provincia de Bogotá, a cuya cabeza apareció
el doctor Pastor Ospina, fue vencida por fuerzas mayores del
Gobierno el 20 de julio, bajo las órdenes del coronel Evaristo la
Torre, que fue uno de los voluntarios que triunfaron en la célebre
jornada de la Culebrera, al mando del inolvidable Neira.
La de la provincia de Mariquita fue vencida por el coronel
Rafael Mendoza, que mandaba fuerzas mayores, y a pesar de la
valerosa resistencia que hicieron los ciudadanos afiliados en ella,
mandados por los coroneles Viana, Diago y otros jefes.¹
Los movimientos de Tunja y Pamplona no tuvieron significación,
y fueron sofocados con poco esfuerzo.
La insurrección de Antioquia, presidida por el general Borrero,
hubiera podido ser imponente, porque la opinión pública se declaró
pujante contra los excesos inauditos e insoportables que se
cometían en las provincias del Cauca. Sin reclutamiento, sin
violencia de ninguna clase, levantó el general Borrero una fuerza
de cerca de 3.000 hombres, voluntarios, pero mal armados y sin
disciplina.
El coronel Tomás Herrera fue nombrado por el Gobierno para que
con las fuerzas del Cauca y la artillería de Cartagena sofocase
aquel movimiento, que causaba más inquietud que cualesquiera
otros.
Habría en efecto tomado incremento, si el general Borrero, al
saber que los de Cundinamarca y otras provincias habían fracasado,
no hubiese desmayado, juzgando, no sin razón, que la revolución
estaba perdida.
|
1 Recuérdese que no doy sino los
títulos de los empleos que tenían los militares en la época a que
me refiero cuando los nombro.
|
Pero empujado por los antioqueños, que estaban, no diré
exaltados, sino llenos de ardiente indignación, continuó a su pesar
con flojedad el primer movimiento, y habiendo proclamado la
federación, creyeron los antioqueños que esa palabra entusiasmaría
a muchos y que la revolución podía generalizarse; pero en ninguna
parte sucedió lo que se prometían.
A Cartagena envió el general Borrero a un joven Restrepo
(hermano del señor Cristóbal Restrepo, aquel que fue asesinado en
la Ciénaga de Santa Marta), confiándole cartas para el señor Pedro
Macía, para el señor Antonio R. Torices, para mí y para dos o tres
sujetos más, que no recuerdo. En esas cartas nos excitaba el
general a que apoyáramos el movimiento de Antioquia, diciéndonos,
además, que invitáramos a su nombre a los conservadores de las
provincias de la Costa con el mismo objeto. La sola proclamación de
federación era bastante para que yo no me prestase a apoyar
semejante movimiento. Además, habiendo dado posesión de la
presidencia al general López una mayoría formada por los lopiztas y
la fracción conservadora que a ellos se unió; y no habiendo hecho
los cuervistas, que quedaron en minoría, la menor protesta contra
aquel acto, yo estimé perfeccionada la elección, y así lo manifesté
entonces en
|El Sufragante. El encono entre cuervistas y
goristas se conservaba latente en Cartagena.. Por todas estas
razones no tuvo allí acogida la idea de ayudar a la revolución; y
fue conducta prudente, porque
Quien pretende, aun con razón,
al más fuerte derribar,
no consigue sino dar
|coces contra el aguijón.
Son inevitables íos desaciertos cuando el jefe es empujado a
obrar contra su voluntad. El coronel Herrera, no atreviéndose a
batirse en campo raso con la fuerza que tenía, ocupó el cementerio
de Ríonegro. Bastaba haberlo sitiado allí para rendirlo; y no hizo
esto Borrero, sino que atacó a un enemigo atrincherado y protegido
por paredes agujereadas, y el ataque se convirtió en derrota.
VI
Apenas tuvo el general Obando noticia en Lima de la amnistía
otorgada por el general Mosquera, y de la exaltación del general
López al solio presidencial, partió para esta capital viniéndose
por el puerto de la Buenaventura. En Cali fue recibido por el
gobernador, y victoreado con frenético entusiasmo por los
azotadores, muchos de los cuales habían contribuido diez años
antes con igual entusiasmo a vencerlo a él y a postrarlo en la
acción de La Chanca, donde sucumbió definitivamente en aquella
época. ¡Cosas del mundo!
Apenas llegado a esta ciudad, recibido también en triunfo por
sus copartidarios, esto es, por los revolucionarios de 1840 y
1841, se presentó diciendo que renunciaba la amnistía y que pedía
ser juzgado por la acusación que sobre él pesaba, de partícipe en
el asesinato del Mariscal de Ayacucho; pero se le contestó
declarando que las amnistías no eran renunciables, y con esta
farsa concluyó aquella malhadada causa.
Días después fue nombrado gobernador de la provincia de
Cartagena en mi reemplazo, y yo lo esperaba. El 19 de junio (1849)
cumplía mi período; pero como él no llegó, entregué el mando,
conforme a la ley, al jefe político del cantón capital. Eraso el
benemérito coronel Antonio del Río, quien más adelante fue víctima
de un asesinato infame y brutal.
En aquellos días, precursores de una gran calamidad, estaba la
ciudad en extremo alarmada. Dos grandes piraguas, que tripuladas
por pescadores bogaban algún tanto mar afuera, corrieron peligro de
zozobrar, embestidas por un frío chubasco que de repente y con
violencia las obligó a retroceder a toda vela, hasta encallar en
la playa. Al siguiente día murieron repentinamente dos o tres de
esos marineros, y sucesivamente fueron muriendo todos. El alarma se
propagó, y se tribuía el siniestro accidente a que habían comido
bollos de yuca. Suponíase ser la yuca venenosa, y de aquí resultó
que el cazabe, pan favorito de los cartageneros, así de los pobres
como de muchos que no lo son, la misma yuca y cuanto de ella se
hace, se comieran con desconfianza, o no se comeiran.
En este estado de cierta ansiedad, llegó a Cartagena el general
Obando, en la tarde del 10 de dicho mes de junio. Los
revolucionarios de 1840 y 1841, alborotados por el suceso tan
fausto para ellos, que lo consideraban un verdadero triunfo de la
revolución vencida, estaban ya preparados para hacerle un
recibimiento estrepitoso.
En medio de la gran plaza llamada del Matadero, levantaron un
tablado sobre estacas, rodeado de una débil baranda para que
sirviera de tribuna a los que debían de arengar, como allí se usa
en todas las grandes funciones, y ninguna era más grande para
ellos que la que destinaban a festejar al jefe de aquella
sangrienta revolución. Largo sería referir las peroratas
encomiásticas, en prosa y en verso, dictadas por la lisonja a los
arengadores, que subían y bajaban disputándose el tablado y
arrebatándose entusiasmados la palabra. El general, sofocado por el
humo de tanta hojarasca, que no daba llama por más que soplaban
sobre ella, tomó al fin la palabra para contestar. Su discurso fue
algo largo: repitió demasiado las palabras que en semejantes actos
son sacramentales:
|libertad, democracia, igualdad y
fraternidad. Por fin, bajando del llamado "templete", fue
conducido a la casa que se le tenía preparada, con música y
acompañamiento de vivas atronadores y de silbidos; pues en las
provincias de la costa los muchachos suelen salir bailando delante
de la música, y su modo de aplaudir es silbar y chiflar
desaforadamente. En la noche hubo un bullicioso fandango, con
cantoras del
|currulao (de que ya hablé en el tomo anterior
al describir las "fiestas de la Popa"); y estrechados todos los
festejantes y concurrentes en la angosta calle de la casa que se
preparó al general, el tambor retumbante africano, manoteado con
furor, aturdía y quitaba el sueño a todo el barrio, y las dichas
cantoras, acompañándose con las consabidas palmadas, cantaban
coplas con este estribillo:
|El año que viene,
|si Dios nos da vida,
| veremos a Obando
|sentao en la silla.
Pasada la media noche, dejaron al pobre general salir del
aturdimiento en que lo tenían, y descansar asustado de semejante
estruendosa ovación. La numerosa concurrencia, que en su mayor
parte se componía de curiosos que querían conocer personalmente a
un personaje de tanto renombre en los tristes pasados
acontecimientos, siendo los más de ellos enemigos políticos de
Obando, esa numerosa concurrencia, repito, que aglomerada en
angosto espacio aceleró, si no produjo el desarrollo de una
dolorosísima desgracia, se retiró sin prever que al día siguiente
la muerte revolotearía sobre las cabezas de todos, y que unas seis
semanas después, la tercera parte de la población de la ciudad
dormiría el sueño eterno de la tumba. ¡Infelicísima Cartagena, que
en todas las calamidades públicas has de ser víctima expiatoria de
la cólera de Dios!
VII
En las provincias de la Costa no hay, como en estas del
interior, día fijo de la semana para mercado. En Cartagena, al
romper el día entran por la puerta de tierra llamada de "la media
luna" más de cien burros cargados de víveres, con su conductor, o
sea más bien su conductora, encima, y en el muelle de la misma
plaza del Matadero están atracadas embarcaciones cargadas,
procedentes de la costa de Sotavento y del río Siná. De aquí que el
mercado de Cartagena, considerado relativamente a su población, sea
uno de los más variados y abundantes del mundo.
A la mañana del día siguiente, mientras tenía lugar el gran
recibimiento del nuevo gobernador, caen seguidamente en la plaza
del mercado, sin saberse por que, sufriendo espantosas convulsiones
producidas por calambres terribles, una, dos, tres y más personas.
Un alarido de terror se levanta en la muchedumbre. "¡La yuca brava,
la yuca brava!" gritan, y la inocente yuca, y todos los alimentos
en que entra la yuca iban a ser condenados por un auto de fe
popular; cuando a la voz de alarma que retumbaba en toda la ciudad,
llega el doctor Vicente García, y examinando las víctimas que Se
sucedían tinas a otras, exclama espantado: "¡El cólera! ¡El
cólera!" Van llegando otros médicos, y todos repiten: ¡El cólera!
¡El cólera!" Y el terror se difunde con rapidez eléctrica. Unos
corren por un lado, otros por otro; las puertas se cierran con
estrépito; los campesinos, que llaman allá "montunos", o mejor
dicho, las "montunas", montan en sus burros y huyen, llevando la
muerte dentro del pecho, a expirar en llegando a sus pueblos, si ya
no caían en el camino. Bajo la misma impresión de terror se mueven
algunas barquetas. En esos momentos de general consternación tomaba
el general Obando posesión del empleo que le confió la
administración del 7 de marzo.
De las personas que fueron atacadas en la plaza del mercado,
ninguna vio ponerse el sol. En la noche de ese día la mortandad se
duplicó, y en las siguientes se aumentó en progresión creciente.
El gran patio del cementerio se llenó de cadáveres, y fue preciso
hacer afuera largas y hondas zanjas, para sepultar íos muertos.
Estos eran conducidos, en carros llenos, por los reos rematados a
trabajos forzados, que prestaron entonces ese gran servicio. Se
hacían tiros de cañón en las plazas de la ciudad, creyendo que
podría purificarse el aire con las detonaciones; pero nada se
consiguió, sino causar nuevo espanto y acrecentar la consternación
pública. Lo que no puede expresarse con palabras es la impresión
dolorosa que causaba oír por todas partes los alaridos
desgarradores de padres y de hijos, de mujeres y de niños, que
lloraban desesperados.
Muchas medidas se adoptaron por las autoridades municipales para
aliviar a la gente pobre, que era la clase que más sufría.
Creáronse fondos para acopiar víveres con qué socorrer a los
indigentes. Todas las boticas recibieron orden, y se cumplió, de
dar medicamentos gratis a los pobres, mediante una receta de
cualquier médico. Las personas acomodadas ayudaron con
suscripciones a reunir los fondos necesarios para pagar, como se
pagaron después, los auxilios que se proporcionaron en alimentos y
medicinas.
El clero y los facultativos se portaron con heroicidad
cristiana. Los santos óleos recorrían las calles sin intermisión, y
los médicos del cuerpo, y los del alma, asistían dondequiera a los
enfermos, mereciendo unos y otros alabanza y gratitud.
Pasadas cinco semanas, empezó a moderarse el furor de la
espantosa epidemia, y a pocos días después los casos eran muy
raros, y casi siempre los atacados se salvaban. Dos semanas después
la peste desapareció de la ciudad; pero visitó las poblaciones de
los campos, las orillas del Magdalena desde Barranquilla hasta
Honda y Ambalema, y llegó aun más arriba.
Como no se llevó cuenta (y hubiera sido imposible llevarla) de
los que morían así de día como de noche, se ignora el número
preciso de las víctimas; pero puede suponerse que en Cartagena,
ciudad entonces de 12.000 habitantes, perecieron unos 4.000, y
contando otros pueblos, sin excluir a Santa Marta y el Istmo de
Panamá, es seguro que el total de las defunciones causadas por el
terrible azote pasó de 20.000.
Una cosa es de notarse por sí el maléfico huésped, peor que las
plagas de Egipto, volviere a visitar algunas de nuestras
poblaciones, y es que en tan crecido número de víctimas sólo 24,
que yo haya sabido, murieron en las casas altas. Los más fueron
pobres, de esos que viven hacinados en pequeñas, húmedas y no
ventiladas habitaciones. En todo y por todo, ¡pobres de los
pobres!
VIII
El general Obando, abriendo la visita de la provincia, y
ausentándose de la ciudad cuando apenas había llegado, y en lo más
fuerte de la epidemia, cometió un gravísimo error que disgustó aun
a muchos de sus partidarios. Era época de elecciones para
diputados al Congreso, y a propósito de influir en ellas más que a
temor del contagio, se atribuyó aquel paso desacertado. En los
seis meses que ejerció la gobernación de la provincia removió a
todos los empleados, a los colectores de rentas, lo mismo que a los
maestros de escuela, y hasta a los guardaremos, esto es, a los
marineros de la falúa de la Aduana y Capitanía del puerto. Un
periódico que se publicaba en Cartagena en aquella época,
intitulado
|El Porvenir, le atacó fuertemente por estos
actos, censurando en general el comportamiento que observo como
gobernador, dizque para "gobernar con su partido".