CAPITULO SÉPTIMO.
I.
El Congreso continuaba sus sesiones con alguna calma todavía. Su
primera ley fue declarar un
|olvido absoluto y
|
perpetuo por todos los actos subversivos del orden público
anteriores a dicha ley, de manera que los movimientos de Venezuela
y el motín de la 3.ª division quedaban a cubierto de toda
responsabilidad. La palabra
|olvido fue oportuna: no es como
las de
|indulto y
|amnistía, que hieren porque
reprochan la delincuencia perdonándola; y si esto es cierto cuando
un gobierno legitimo las usa en favor de facciosos culpables, ¿qué
será cuando éstos, vencedores, las emplean, tratándose de buenos
ciudadanos que combaten por sostener o restablecer el
|Derecho sobre el crimen triunfante? Por otra ley se declaró
estar restablecido el orden público, según regia antes de la
revolución de Venezuela; que el Poder ejecutivo cesaba desde la
reunión del Congreso de estar revestido de las facultades
extraordinarias del articulo 128 de la Constitución; que ningún
colombiano estaba obligado a obedecer a autoridades que no
estuvieran establecidas por la Constitución o la ley; con cuya
disposición se improbaba la organización provisoria que habla dado
el Libertador a los departamentos de Venezuela, poniéndolos bajo la
autoridad del jeneral Páez.
El general Santander dio una muestra de previsión y de
Imparcialidad objetando esta ley, manifestando razonadamente los
inconvenientes que presentaba en las circunstancias en que el país
se hallaba, pero ambas cámaras insistieron y la ley
|
fue
sancionada; lo que inducía a creer que el Congreso seria hostil al
Libertador.
II.
|
|
El grito de "Convención" repercutía de un extremo a otro de la
República; el Libertador había ofrecido en Venezuela promover su
convocatoria por el Congreso; la mayoría de los senadores y
representantes, los secretarios del despacho, la prensa de casi
toda la República, discutían sobre la necesidad de ceder, como
decían, a las exigencias del clamor jeneral y de las
circunstancias; y en este estado de calor febril, entró el Congreso
a deliberar festinadamente sobre una cuestión de tan graves
consecuencias.
Dentro y fuera de la sala de las sesiones no se hablaba mas que
del movimiento de las tropas sobre los departamentos del centro,
ordenado por el Libertador; el jeneral Santander pasaba mensajes
acres sobre los proyectos que se atribuían a aquel, sobre el
peligro que corrían LAS LIBERTADES
|
PÚBLICAS, por la
aproximación de dichas tropas, y por la venida del Presidente a
quien el Congreso mismo había llamado. El
|Conductor, es
decir, el doctor Azuero, publicó un artículo de fondo proponiendo
que se declarase roto el pacto fundamental; que la Nueva Granada se
organizara como le pareciese conveniente, aunque tuviera que
reconocer y que pagar por sí sola toda la deuda extranjera; que al
gobierno granadino que se estableciera, es decir al jeneral
Santander, se le concedieran facultades extraordinarias,
autorizándole parra privar de sus empIeos, reducir a prisión y
expulsar a todos los ciudadanos de quienes se sospechase que eran
desafectos a la LIBERTAD y al nuevo orden de cosas: lo que prueba
que la idea de los presidentes provisorios modernos, data de fecha
muy atrasada.
Bajo la llamada tiranía del Libertador, no se hizo nada,
absolutamente nada de esto, hasta después de Ia conjuración del 25
de septiembre contra su vida, que fue cuando en juicio militar,
conforme al decreto vigente sobre conspiradores, se sentenciaron
algunos de los conjurados Pero Bolívar no llevaba el título de
|liberal, que
|
es el que autoriza para todo.
"Poco faltó para que estallara una revolución en Bogotá con el
objeto que proponía Azuero. Santander estaba en el secreto de la
conspiración; pero felizmente para su honor y el de la República
confió al secretario de la guerra, que había determinado renunciar
la vicepresidencia, y ponerse a la cabeza de la revolución, para
independizar a los departamentos del centro, de los del sur y norte
de Colombia; añadiendo que estaba ya de acuerdo con mas de veinte
jefes militares. El jeneral Soublette le disuadió de que diera un
paso tan degradante, y por fortuna abandonó Santander aquel
proyecto, dictando eficaces providencias para impedir la
revolución. Privados de su apoyo, tuvieron que ceder Azuero y los
demás exaltados liberales, que no hallaron en Bogotá ni en las
provincias la cooperación y las fuerzas suficientes para oponerse
al influjo y a las tropas que sostenían al Libertador." ¹
Sin embargo, tanto el jeneral Santander como su partido
personal, opusieron cuanta resistencia les fue posible a que el
Congreso convocara la Convención, cosa que no se comprendería si no
se presintiese que el motivo era el temor de que una mayoría adicta
al Libertador le diera en ella una influencia decisiva, en cuyo
caso cesaría el jeneral Santander de ser el segundo personaje de la
República. Sea como fuere, el fundamento de la oposición era justo
y legítimo, porque tal convocatoria envolvía una violación
flagrante de la Constitución; más que una violación, era la muerte
del principio de legalidad, única áncora de esperanza de estas
repúblicas sulfúreas para no naufragar en el mar de la anarquía, o
encallar en los arrecifes del despotismo. De cualquiera manera que
hubiese sido, y sin entrar a sondear intenciones, en lo que puede
incurrirse en error, esta conducta en tan decisiva ocasión, honró
criminal Santander, y todos los miembros del pequeño partido
puramente constitucional nos le unimos con entusiasmo, y por unos
días volvimos a ser considerados liberales, cuando no éramos mas
que lo que fuimos desde el principio.
III.
Conforme venia el Libertador acercándose, aumentaba en la
capital el furor de sus enemigos. El jeneral Santander se exaltó
tanto que hacia y decía cosas que jamás hubieran podido creerse en
un hombre de su
|
1 Restrepo.
|Historia de Colombia
|
|
talento, de su elevada posición social, y que ocupaba tan
eminente lugar entre los generales del ejército, y en el gobierno
de la República: decía que entre don Pablo Morillo y el jeneral
Bolívar, prefería que el primero viniera a Bogotá, mas bien que el
segundo; que Bolívar haría lo que Bonaparte, cuando volvió de
Egipto, y otras cosas por el estilo o peores. Pasaba mensajes al
Congreso en el mismo sentido y protestando que no entregaría el
mando al Libertador antes de que prestase el juramento
constitucional; que el presidente no debía tener ninguna autoridad
desde que se había reunido el Congreso; y esto era cierto, pero
también lo era que ni el uno ni el otro debieron tenerla desde que
terminó el primer período de su elección, hasta que tomando
posesión del segundo, empezaran legítimamente a ser cada uno lo que
había dejado de ser desde el 2 de enero. Así es que viniendo el
Libertador, indudablemente sin autoridad legal, no venia sino de la
misma manera que él y el jeneral Santander ejercieren el mando, por
cuatro meses y medio.
El jeneral Soublette, secretario de guerra, el señor José
Ignacio Paris, el coronel Herran, y el coronel Mosquera, tan luego
como supieron que el Libertador había salido de Ocaña para Girón,
salieron a encontrarle. En aquel viaje se estrechó la amistad de
Herran y Mosquera, amistad que produjo mas tarde las relaciones de
suegro y yerno, QUE TAN FUNESTAS HAN SIDO PARA LA PATRIA, que han
terminado en el odio mas encarnizado del uno contra el otro,
difamándose recíprocamente, que ha derramado el acíbar sobre Ia
triste vejez del desgraciado anciano, padre de los nietos de su
cruel, aunque ofendido detractor.
Del Socorro envió el Libertador al coronel Herran con pliegos
para el Vicepresidente y para el Congreso, y con encargo de que
verbalmente manifestase sus intenciones y los motivos legítimos de
la marcha de las tropas; que las noticias que le daba el jeneral
Santander de que en los departamentos del Sur reinaba el orden
constitucional, eran equivocadas; que por la vía de Panamá las
tenia él mas exactas; que venia por obedecer al llamamiento del
Congreso y aprestar el
juramento constitucional para entrar a ejercer el Poder
ejecutivo legítimamente.
De Zipaquirá envió al coronel Mosquera con un pliego para el
presidente del senado, manifestando que deseaba prestar el
juramento, en el mismo momento de llegar, y Mosquera traía el
encargo verbal de decirlo así a todos y procurar que el Congreso
estuviese reunido a su entrada. En efecto, se reunieron las
cámaras en el convento de Santo Domingo (el, 10 de septiembre) y a
las tres de la tarde entró el Libertador prestó el juramento,
acallando o mejor dicho, desmintiendo así, las calumnias con que se
pretendió persuadir que no lo haría.
En seguida pronunció un corto discurso, protestando que
gobernaría conforme a la Constitución y a las leyes, al cual
contestó el presidente del Congreso, señor Vicente Borrero, en los
términos mas satisfactorios y congruentes.
"fue recibido el jeneral Bolívar, dice el jeneral Mosquera, con
el mismo aplauso que otras veces y el Vicepresidente se decoró al
saludarle y entregarle el mando, con la medalla del busto del
Libertador, y le dirigió un discurso lleno de sentimientos
patrióticos y amistosos. Muy pronto se separaron los demás, para
tener ellos una conferencia confidencial y estuvieron juntos a la
mesa." ¹
Debo aquí manifestar que yo presencié el juramento del
Libertador en Santo Domingo, que fui de los que siguieron a
palacio, que oí el discurso que el Vicepresidente le dirigió, y
protesto que no vi al jeneral Santander condecorado con la medalla
del busto del Libertador, lo que habría sido una vil adulación en
aquella circunstancia. El jeneral Santander estaba apasionado, iba
muy lejos en la venganza,; pero mantenía con dignidad su posición;
no cometía bajezas.
Los secretarios de Estado presentaron sus renuncias al
Presidente, ya encargado del Poder ejecutivo constitucional,
manifestándole la conveniencia de que organizase un nuevo
ministerio, pues ellos, habiendo formado el consejo del
Vicepresidente, estaban comprendidos
en las acriminaciones y censuras que se habían hecho y hacían a
su administración. El Presidente no aceptó estas excusas y los
conservó en sus puestos, con lo que dio una aprobación explícita a
la administración cesante.
IV.
Dice el señor Rojas a quien antes he citado: "El jeneral Bolívar
ofrece convocar la gran Convención para que la reforme (la
Constitución). En consecuencia el Congreso la convoca: no podía ser
de otra manera. Ni el primero tenia facultad para ofrecer, ni el
segundo para convocar: tan arbitrario fue el un hecho como el
otro. Las circunstancias lo exigían. ¡ Las circunstancias ! . . .
. I estas se hicieron nacer, la palabra
|circunstancias, es
una palabra mágica, un talismán, sirve para todo: no hay causa a
que no pueda prestar apoyo. Constituciones, leyes, moral; nada
puede resistir a su poder."
Estoy de acuerdo en todo con el doctor Rojas sobre este
particular, menos en que "no podía ser de otra manera." ¿ Porqué
no podía ser de otra manera? No solo podía ser, sino que debió ser
de otra manera. Un congreso que no resume la soberanía ; que
tiene atribuciones circunscritas por la Constitución, no puede ni
debe en ningún caso traspasarlas, y mucho menos para destruir la
misma Constitución de la que emana su poder. No hay razón, no
hay
|circunstancias que autoricen, en ningún caso ni aun por
la fuerza a violar los principios fundamentales del orden social,
y mucho menos a un Congreso puramente legislativo, a quien la
nación confía el depósito sagrado de sus instituciones para que
las sostenga y defienda con el poder moral que le da la elección
popular de su origen, y el carácter de representante de la
voluntad nacional conferido por el sufragio, único modo legitimo,
que en los gobiernos representativos tiene el pueblo de manifestar
su querer. El Congreso, pues, convocando la Convención, consumó el
patricidio, con una estocada mortal a la Constitución; que las
revoluciones, las actas de Guayaquil y otros hechos irregulares,
habían comenzado, dándole heridas curables.
Semejante convocatoria, irrita en el fondo, írrta en la forma,
hacia írritos sus resultados. Esto se sentía, se discutía, se
argumentaba con todo el calor de las pasiones de la época, y se
reconocía que ante el derecho, la Convención no era mas
que un
|hecho complementario de los hechos reprobables que la
precedieron? Con tales convicciones, nació pues, la Convención
raquítica, y todos los hombres previsores conocían que estaba
expuesta a morir en los primeros días de su infancia, y así
sucedió; y así era natural que sucediera, porque lo que no es
respetable, no será nunca respetado. Por la fuerza material, por la
opresión bajo un régimen de terror, se podrá obligar a la
obediencia y a un respeto aparente a los actos resultantes de
semejantes corporaciones, que, cualquiera que sea su denominación,
no son mas que juntas desautorizadas; pero mas tarde o mas
temprano, el arrepentimiento obrando y la conciencia pública
reanimándose, desbaratan de un soplo el edificio que aquellas
levantaron sobre arena en lugar de cimientos sólidos, que en
política no lo son sino los que se fundan en el derecho.
Siempre será deplorable aquel acto de debilidad del Congreso de
1827, que, aturdido por la grita de las pasiones, no conoció que
las excitaba más cediendo, que resistiendo. Si hubiera llenado su
deber, declarando que siendo la Constitución inviolable hasta el
año de 1831, se haría él culpable violándola, y si en consecuencia
hubiera dictado un decreto exigiendo a todos la obediencia, y
recomendando al Gobierno su cumplimiento, es fuera de toda duda que
el Libertador lo habría respetado y ejecutado con decisión, pues en
el curse de aquellos acontecimientos, dio repetidas muestras de
docilidad, y ya era indudable y todos sabían que había desistido
enteramente de sus primeras ideas de que se adoptara en Colombia la
constitución que dio a Bolivia. El jeneral Páez, sometido ya, no
habría retrocedido, y es mas que probable que el Libertador no
habría muerto prematuramente, pues que los pesares que le causaron
los sucesos posteriores fueron los que le mataron. Casi puede
asegurarse que ambos se habrían alegrado de salir, por aquel medio
y con honor, de los conflictos en que los habían puesto sus errores
primeros.
En este caso, los buenos oficios del jeneral Soublette, de los
señores José Manuel Restrepo, Castillo Rada, y otros amigos leales
del Libertador y del jeneral Santander, hubieran conseguido
reconciliarlos, como lo procuraban infructuosamente; y con esto,
los partidos habrían depuesto su encono en un abrazo fraternal, y
la patria quizá no habría caído en el abismo en que se ha
sumergido.
Aunque a juicio de muchos hombres competentes, había cesado, con
el acto de que me ocupo, el régimen constitucional, y el Gobierno
venia a ser un gobierno de hecho, sin embargo se continuó por el
Congreso, por el Poder ejecutivo, obrando en nombre de la
Constitución, porque la ley que convocó la Convención decía que se
observase hasta que fuera deformada; como si por solo el acto de
que aquella ley
|
trataba no hubiese quedado
destruida.
V.
En los momentos de llegar el Libertador a la capital se
ocultaron varios senadores y representantes, y algunos escritores
públicos, aparentando temer su resentimiento por los ataques que lo
habían dirigido. Sabiéndolo el Libertador, les hizo decir que
volvieran a sus casas, que él no abrigaba ningún resentimiento, y
que aunque así fuera, nada podría hacer contra ellos, estando, como
estaban, bajo la protección de las leyes.
A las autoridades políticas se las requirió por la secretaria de
lo interior, a que procurasen, por medio de una conducta
conciliatoria, restablecer la concordia entre los colombianos; que
excitasen a los escritores públicos a que cesase la guerra de
difamación e inculpaciones recíprocas por la imprenta, que es lo
que en todo tiempo, encona los ánimos y atiza la tea de la
discordia ¿Es así como obran los tiranos? El magistrado que precede
de este modo ¿puede ser calificado de tal?
La extensión o represión de la libertad de imprenta, es uno de
los negociados de mas difícil solución en las sociedades modernas:
la censura previa es incompatible con su imprescindible libertad;
la libertad absoluta sin responsabilidad es absurda e inmortal.
¿Cuál será el remedio? no lo alcanzo. En Inglaterra y en les
Estados Unidos anglo-americanos, es conocido; pero ya se sabe que
la Libertad no había sino inglés, y apenas de poco tiempo a esta
parte está aprendiendo uno que otro idioma, con mucha dificultad y
tartamudeando.
Bolívar, siempre noble y grande hasta en los días de sus
errores, al circular el reglamente para las elecciones de miembros
a la Convención, previno la presidencia absoluta de las autoridades
y de los militares en ellas, y en todas partes se cumplió
puntualmente aquel mandato. No lo hizo así el Vicepresidente, que
escribía incesantemente a los numerosos parciales que en toda la
república había podido procurarse en su larga administración; que
trabajó con arder para ser nombrado él mismo y para que sus
partidarios le fuesen, y así le consiguió. Quizá se dirá que no
estando el vicepresidente encargado del Poder ejecutivo, podía
hacerle legalmente. Yo no sé si pedían hacerlo
|legalmente un
miembro del consejo de gobierno, que de un momento a otro era
posible volviese a encargarse del Poder ejecutivo, por cualquier
incidente imprevisto, lo que daba una esperanza alentadora a los
corredores y agiotistas del mercado eleccionario. Esta gente
husmea, casi sin equivocarse, a qué lado se inclinará, al fin, la
balanza de las probabilidades, y aventura con audacia.
Los temores que en un tiempo se tuvieron de que el Congreso
fuera hostil al Libertador, cesaron bien pronto. Por el contrario,
recibió de aquel cuerpo las pruebas mas honrosas de ilimitada
confianza. Todas las medidas que dictó en use de las facultades
extraordinarias, fueron aprobadas, de manera que la creación de la
jefatura superior de Venezuela, que tanto se le censuró, quedó
legalmente confirmada Además le autorizó el Congreso ampliamente
para muchas cosas, hasta cierto punto de naturaleza legislativa,
entre otras la de reformar el plan de las universidades y colegios,
es cuya virtud prohibió que se continuasen enseñando los principios
de legislación de Bentham, cediendo al clamor y a los deseos de los
padres de familia timoratos, que temblaban por sus hijos, de las
doctrinas del
|principio
|de uti
|lidad que
desenvuelve aquel publicista, pernicioso en sí mismo, y que
malignamente enseñado y peor comprendido ha hecho estragos entre
nosotros.
Esta medida, suplicada, exigida, se volvió cuestión de Estado y
los enemigos del Libertador la explotaron para sacar partido de la
juventud que, por su inexperiencia, es tan fácil de extraviar. Los
colegios armaron alboroto, y los muchachos muy orondos, con grave
prosopopeya y tono enfático, la declararon rancia, retrógrada,
ultramontana.
Los padres de familia se fijan mucho en los textos, y no ven lo
que es mas importante: los maestros, los catedráticos. En esto es
en lo que debían y deben tener mucho cuidado. El Evangelio
explicado por un cristiano es el libre de los libros por
excelencia, es la moral puesta en acción, es la virtud enseñada por
Dios mismo: explicado por un incrédulo es un disparatorio absurdo,
pernicioso; es la mentira autorizada por la ignorancia.
VI.
Como un combustible más arrojado a la llamarada de las pasiones
hirvientes, elevó el jeneral Santander una representación al
Libertador, pidiéndole que hiciera indagar por todos los medios
legales, si él (Santander) tenia dinero en algún banco extranjero,
o si durante su administración se había mezclado en algún negocio
cualquiera que fuese. El Libertador perdió una ocasión de calmar al
jeneral Santander resolviendo, como era justo, que el Gobierno
estaba satisfecho de su honrosa conducta, de su probidad
incuestionable; y que por tanto consideraba innecesaria la
instrucción de las diligencias que se pedían; y lo que hizo fue lo
peor que podía hacer: declarar que no le tocaba resolver sobre
aquella solicitud, y pasarla al Congreso. Con tal medida sucedió lo
que debía suceder: la discusión se agrió de una manera impropia de
aquel lugar; los enemigos del jeneral Santander, lo que es lo mismo
que decir los amigos del Libertador, le hicieron cargos apasionados
sobre el malhadado empréstito y sobre su inversión; sus amigos lo
defendieron con mejores razones y no menos calor, y llegado el día
de cerrar sus sesiones el Congreso, acordó "nombrar una comisión de
cinco diputados que examinara los documentos del empréstito, y que
reuniera las pruebas que el jeneral Santander quisiera presentar o
pedir, a fin de que se viera el negocio en otra sesión." Es decir,
nunca, pues convocada la Convención, aquella fue la última que tuvo
el Congreso constitucional colombiano; y quedó por consiguiente el
jeneral Santander lo mismo o peor que un reo a quien se absuelve de
la instancia, dejando la causa abierta; lo que, pundonoroso como
era, le hirió profundamente.
Estas acriminaciones inmerecidas sobre un punto tan delicado
para un caballero celoso de su buen nombre, que tiene el deber de
dejar inmaculado a sus hijos, y la aprobación que diera el
Libertador al jeneral Páez, culpando al Gobierno de los males del
país, cosas ambas en que toda la razón estaba de parte de
Santander, fueron las que le canceraron el corazón, y lo lanzaron
despechado en el camino de la venganza en el que ya no se
detuvo.
El jeneral Santander no era demagogo, ni lo que después se ha
llamado radical o gólgota: tenia ideas sanas de gobierno y las
manifestaba en confianza y con misterio, por le que dicen Baralt y
Díaz que "en público afectaba venerar la Constitución y en privado
la desacreditaba."
Voy a probar mi aserto:
En carta de 16 de septiembre de 1819, ofreció al Libertador
votar como diputado al Congreso de Angostura, por la presidencia
vitalicia.
En carta de 6 dc mayo de 1825 decía al Libertador: "Bien que con
que U. me haya dado las gracias (por los recursos con que proveyó
al ejército auxiliar del Perú) estoy contento y satisfecho, pues
vale mas para mi, y en la opinión pública, una letra satisfactoria
de U, que un decreto de todos los Congresos de América. Si he de
decir a U. la verdad, nuestro Congreso es acérrimo enemigo de las
recompensas que ganan los militares: tienen un odio mortal a los
libertadores de la patria. Diputado ha habido que proponga que no
carguemos ni uniforme militar, y muchos que hayan pedido el
absoluto desafuero. ¡Qué hombres, qué hombres! Es lástima que no se
publiquen los diarios de debates para que viésemos maravillas, y se
conociese todo lo que he tenido que sufrir."
Algunos amigos del Libertador que preveían malas consecuencias
del desarrollo del poder militar y que temían trastornos próximos
por la impopularidad del Vicepresidente en Venezuela, le escribían
al Perú, que volviera a ponerse al frente del gobierno. El jeneral
Santander le escribía en sentido contrario y le aconsejaba que no
|viniera a encargaras del mando "por estar el Gobierno rodeado de
leyes que nadie entendía." El Libertador preocupado por la
pintura que le hacían sus amigos del estado del país, pensó enviar
al jeneral Sucre de comandante jeneral de Venezuela, nombrar
intendente de aquel departamento al señor Fernando Peñalver; y lo
indicó así al jeneral Santander, probablemente para sondear su
opinión.
"Me parece (le contestó Santander) que el mejor modo de que se
despopularice Sucre y pierda su reputación, es ponerle en Venezuela
con mando alguno; PUES LA GENTE REPUBLICANA ES INFERNAL. Páez me
parece excelente porque siquiera le tienen miedo. Debemos conservar
a Sucre de reserva como un jeneral inteligente, afortunado, de gran
nombradía y columna indestructible DE LA UNIÓN."
Dicen Baralt y Díaz que "en vista de esto, Bolívar desistió de
su intento en mala hora, tal vez, para el bien de la
República."
En otra carta de agosto de 1826 decía Santander a Bolívar: "El
origen de nuestros males está, a mi entender, en que desde la
Constitución hasta el último reglamento han sido demasiado
liberales, para un pueblo sin virtud y viciado por el régimen
español."
En carta al jeneral Santacruz, presidente del consejo de
ministros del Perú, le decía Santander que pondría de su parte
cuanto lo permitieran sus fuerzas, para hacer popular y llevar a
cabo la confederación de Colombia, Perú y Bolivia, baje el gobierno
vitalicio del Libertador.
Con semejantes ideas, si no se ha olvidado que el jeneral
Santander llamó al Libertador del Perú para que
|tomase el
partido que creyese conveniente a nuestra salud
|y a la
causa de América, y no simplemente a sostener la Constitución
y restablecer el orden legal alterado, debe deducirse que siendo el
jeneral Santander pundonoroso hasta el orgullo, herido en su amor
propio con la improbación de su conducta administrativa, y en su
delicadeza con las imprudentes palabras del Libertador sobre el
empréstito, teniendo por consiguiente desaires o vejaciones, cerró
les ojos y se arrojó en brazos del partido incipiente que con su
apoyo se hizo después tan formidable, pudiendo con él
contrabalancear el inmenso prestigió del Libertador; pero es fuera
de duda, que sin aquellos motivos todo habría sido muy diferente;
todo habría sido en consonancia con las ideas y principios que de
las cartas citadas se deducen. I estas cartas han sido publicadas
varias veces.
VII.
|
En medio de tantas inquietudes y contradicciones., y de la
afección moral que le causaba el porvenir de la patria, que, según
lo han probado los hechos, él veía claro, no desatendía el
Libertador el cumplimiento de los deberes que su empleo exigía, y
entre otros se ocupé con preferencia en restablecer el orden en los
departamentos del Sur, y con medidas enérgicas, con proclamas, con
cartas particulares, legró este resultado sin derramamiento de
sangre. El agente principal del Gobierno, a cuyo tino, sagacidad,
energía y actividad se debió principalmente la consecución de tan
grande bien, fue el jeneral Juan José Flórez, cuyos servicios en
aquella época difícil acrecieron la fama, bien merecida, que antes
ganara en la guerra de la Independencia, no solo por su valor sino
también por su talento. El jeneral Ignacio Torres, a quien el
Gobierno había nombrado intendente gobernador de Guayaquil, ayudó
mucho al jeneral Flórez en aquella ardua empresa. Ganándose
sucesivamente los cuerpos de la 3.ª division, ocuparon la ciudad
cuya municipalidad acordó (el 25 de septiembre de 1827) que estando
convocada la Convención debía volverse al orden constitucional; y
en consecuencia el jeneral Torres tomó posesión de la intendencia y
el jeneral Flórez de la comandancia jeneral, terminando así aquella
tempestad que rugió sobre Colombia amenazando reducirla a
cenizas.
El coronel Bustamante, con otros jefes y oficiales de los mas
comprometidos emigraron al Perú y no volvieron. Esta es prueba
concluyente de que el jeneral Santander, aunque lo aplaudiera, no
tuve parte directa ni indirecta en el primer movimiento de la. 3.ª
division en Lima, porque en tal caso Bustamante y sus cómplices
habrían regresado a ocupar una elevada posición, después que el
jeneral Santander volvió al poder.
VIII.
|
La animosidad de los partidos parecía un tanto calmada, aunque
sin estarlo en el fondo. Los santanderístas se agitaban en ancho
campo para tener mayoría en la Convención. Los bolivianos, sin
dirección, por las repetidas órdenes que se daban para que ninguna
persona constituida en autoridad ni los jefes militares influyeran
en las elecciones, se descuidaban disgustados, privados, como lo
estaban de la influencia de los hombres mas notables de su partido.
El haber hecho esta prohibición en aquellas circunstancias fue una
delicadeza pueril. Que les altos empleados, que los jefes del
ejército no deben obrar en ellas, como autoridad, por medios
coercitivos, es incuestionable; pero que no puedan influir como
ciudadanos particulares, por medios lícitos, es una verdadera
privación de derechos imprescriptibles. Los constitucionales, sin
bandera, desde que el Congreso rompió la ley fundamental,
convocando la Convención, estábamos desalentados y casi
indiferentes. Necesariamente, pues, debía inclinarse la balanza en
favor del partido mas audaz, mas activo y mas resuelto a atropellar
por encima de los obstáculos morales; lo que ha sido siempre, para
desgracia de la patria, su mas notable cualidad.
Se ha dicho y repite el doctor Rojas que el partido boliviano,
no tenia principios fijos, y este es verdad hasta cierto punto;
pero no absolutamente: el partido boliviano se ocupaba poco o
|
mejor dicho nada, de la cuestión primera, relativa a la
adopción en Colombia de la Constitución de Bolivia. Esa idea no
tuvo séquito nunca; pero tuvo fijeza y perseverancia aquel partido
en mantener la integridad de la República, el régimen central, y la
autoridad del Libertador. Del partido Santanderista puede decirse
con mas razón que no tuvo principios fijos. En los primeros días
fue constitucional, y le fue sinceramente, defendiendo por tanto el
centralismo y la integridad de Colombia, que la Constitución
establecía y hacia inviolables; después saltó a la federación y de
allí a la disolución de la República, pregonando la independencia
absoluta de la Nueva Granada; luego declinó en una confederación de
tres repúblicas, y mas tarde (en 1832), cuando se hizo omnipotente,
retornó al centralismo bastardeado como se verá en su lugar. Mas en
todo esto se exigía una condición
|sine qua non, y era la de
que el
|poder le resumiese su caudillo. En esta idea entraba
por mucho la vanidad, porque la exaltación del jeneral Santander al
solio, era la humillación del partido adversario; era mas todavía:
era la humillación de Bolívar.
El partido constitucional, fijo, sin vacilación en sus
principios de inviolabilidad de la ley fundamental; rota esta, y
empujado a un lado por el partido Santanderista y por el boliviano,
marchaba tímido y humilde detrás de este último con el que tenia la
afinidad del centralismo y la integridad de la República.
La lucha entre tantas opiniones y tantas pasiones divergentes
iba a tener lugar en la Convención, tocándole a la ciudad de Ocaña
celebrar los funerales del vencido. Error fatal fue el de convocar
aquella asamblea para una ciudad pequeña, fuera de los radios de
civilización que despide en todas partes, la capital de la nación.
Los partidos en jeneral por mas que se denigren recíprocamente
tienen un gran número de hombres de honor e ilustración que en su
mayor parte residen en la capital, y su influencia se hace sentir
en aquellos cuerpos que, teniendo en sus manos la suerte del país,
necesitan, para no extraviarse, acumulación de luces y de consejos,
mas bien fuera que dentro del capitolio.