CAPITULO SEXAGESIMO
I
Cuando hubo llegado de nuevo la época, siempre azarosa, de
elegir Presidente de la República, el partido conservador se
dividió deplorablemente, opinando unos por el doctor Rufino Cuervo
y otros por el doctor Joaquín José Gori. Estas dos fracciones se
encarnizaron tina contra otra, como si no fueran de un mismo
color político, para que sucediera lo que dice el evangelio: "todo
reino dividido perecerá". El partido revolucionario vencido, o sea
el
|liberal, se fijó en el general José H. López, por no
estar en el país el general José María Obando. El general López
tenía sobre los otros dos candidatos los méritos que contrajo como
militar distinguido de la guerra de la Independencia; Cuervo y Gori
eran considerados igualmente aptos como abogados, porque entre
nosotros ser abogado es un título que supone instrucción universal,
y principalmente la propia del hombre de Estado. Si estas dos
fracciones se hubieran puesto de acuerdo, ahogando su encono, como
el patriotismo lo exigía, uno de los dos habría sido el Presidente,
pues tanto en las urnas populares como en ambas cámaras del
congreso ambas fracciones juntas estaban en mayoría sobre el otro
partido; pero cuando las pasiones se exaltan, el patriotismo se
ahoga, el honor se olvida, y luego el orgullo y la vanidad
prefieren tal vez el triunfo de un enemigo común al de un
copartidario en disidencia. Ninguno de los candidatos obtuvo
mayoría absoluta en la elección popular. Los lopiztas, en previsión
de que al fin cuervistas y goristas se uniesen, y que su candidato
propio quedase vencido en la votación, como tenía que suceder si
aquella conciliación se efectuaba, pensaron en ocurrir a otros
medios contra el Congreso, el día que ambas cámaras se reunieran
para perfeccionar la elección.
Desde 1848 el partido conservador empezó a desmoronarse. El
periódico
|Libertad y
|Orden, redactado por el
comandante Alfonso Acevedo, hacía al general Mosquera una oposición
personal, apasionada y violenta. Suponíase que la candidatura
Cuervo salía del palacio, y esta procedencia le hacía inadmisible
para algunos; otros consideraban a la de Gori en connivencia con
|Libertad y Orden. Aunque ambos candidatos eran de cualidades
apreciables, ninguno de los dos había sido presentado por reunión
alguna respetable y autorizada del partido que representaban, y
eran por eso débiles.
Casi siempre el partido conservador ha cometido iguales errores,
y los está cometiendo todavía, dividiéndose más y más, inconsulta
y tristemente; y como todo error se paga en este mundo, sin
perjuicio de la justicia que ha de hacerse en el otro, ha corrido y
está corriendo el partido conservador la suerte que lo reduce al
humillante estado en que se encuentra, ¡como extranjero en su
patria!
¿Y ni aun por eso escarmienta? ¿No saldrá algún día de esta
postración? Solo, no creo yo que lo consiga. Sus ideas religiosas,
de moralidad y de respeto al derecho en todas sus manifestaciones,
lo hacen inhábil para luchar con un adversario que no tiene miedo
al infierno, y a quien no detienen más obstáculos que los físicos.
En toda grande asociación de hombres, es temeridad e injusticia
suponer que todos sean malos: muchos habrá, y los hay en efecto,
que son buenos. Es, pues, de necesidad evidente que se debe
procurar no sólo la aproximación sino la alianza de los mejores
elementos de partidos contrarios, para salvar de consuno la
civilización cristiana, amenazada de espantosa ruina en nuestra
pobre patria. No pretendo hacerme el pedagogo, ni imponer
magistralmente mis ideas. Las manifiesto con buena fe y con sana
intención. En mis cansados días, próximo ya a dar cuenta a Dios de
mi larga vida- porque hay Dios, por más que lo nieguen algunos
sabihondos de escribanía!- no puede suponerse en mí ni ambición
personal ni miras aviesas. El interés de la Patria es el único
móvil que guía mi mal tejada pluma.
II
Una ley presentada al Congreso por el Gobierno en 1847, que
llevó en persona el doctor Florentino González, rebajaba los
derechos de importación a los artefactos, o sea a los artículos
análogos a los que se trabajan en el país, principalmente a los
vestidos y calzado.
Nació de ahí un grave disgusto entre los artesanos.
Inmediatamente la demagogia explotó este disgusto, y se fundó la
|Sociedad Democrática. Nada importaba la consideración de que
las sociedades políticas de carácter permanente sean una amenaza
al orden público, un instrumento pernicioso en manos de los
leguleyos ambiciosos. Por lo pronto, la tal sociedad era un fuerte
auxiliar del partido que luchaba por derribar lo existente y
alzarse con el poder, y esta circunstancia bastó para que creciese
en Bogotá y se propagase en las provincias. En la capital el
partido conservador cometió un error fundando otra sociedad llamada
|Popular lo cual dio a la anterior una importancia que no
habría tenido si la hubieran dejado disparatar sola. Las peroratas
pronunciadas sobre la libertad, sobre democracia, sobre la
|tiraniberia conservadora,¹ no dejaban nada que desear a los
corifeos de la zambra, que en el recinto de las sesiones aplaudían
frenéticos y fuera de ella se reían de lo mismo que habían
aplaudido. ¡Pobre pueblo inocente, tan fácil de ser engañado por
los que explotan su candor para precipitarlo a hechos censurables!
La sociedad democrática fue la
|heroína de un día ominoso
para la patria.
III
Con la severidad que el honor y la imparcialidad exigen voy a
hablar de un acto, altamente censurable, de un Congreso
conservador.
Yo no he pretendido, ni pretendo, sostener que el partido
conservador no haya cometido errores graves, y muy grave fue el que
cometió el Congreso conservador de 1842 permitiendo la exportación
de esclavos para ser vendidos fuera del territorio de la
República.
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1
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|
Discurso del maestro
León, herrero.
|
Desde el memorables Congreso de 1821 todos los hijos de esclavo
qué nacieran en el país eran libres por ministerio de la ley, y ese
inmenso consuelo para las madres, que era al mismo tiempo un
derecho sagrado, lo perdían teniendo hijos esclavos en el
extranjero. Permaneciendo en el país quedábales, además, a los
nacidos antes de la ley de Cúcuta, la esperanza de ser libertados
en la manumisión anual que se llevaba a efecto con los fondos
creados para ese objeto; y esa esperanza, que era también un
derecho sagrado, la perdían aquellos infelices siendo exportados y
sometidos, así, hasta la muerte, al rigor de la esclavitud.
Desde cualquier punto de vista, pues, que se considere la
exportación de los esclavos en aquella época, fue una gravísima
falta. Para honra del partido conservador debo manifestar que la
medida fue generalmente impopular en sus filas; únicamente de las
provincias que formaban el actual Estado del Cauca se exportaron
unos pocos esclavos; de otras partes no se exportó una solo.
La esclavitud es la mayor iniquidad que haya podido cometer el
hombre contra el hombre. Esta iniquidad, que tiene su origen en el
abuso de la fuerza sobre la debilidad, es tan antigua como el
hombre mismo, y todavía grandísima parte del género humano es
esclava. Son esclavos los más en toda el Africa, en todo el Asia
(excepto en las posesiones inglesas), en la Turquía europea; y
cuasi esclavos son los siervos en Rusia y otras naciones del norte
de Europa.
Yo en esta materia he sido siempre tan intransigente, que he
creído derecho legítimo en los esclavos el sublevarse contra sus
amos para cobrar por la fuerza la libertad que por la fuerza se les
ha quitado Así es que en la historia romana tengo a Espartaco en
más que a César y a Pompeyo; y en las llamadas repúblicas de la
antigua Grecia, la última para mí y hasta odiosa, fue Esparta (a
pesar de Leonidas y sus Termópilas), por el modo bárbaro, atroz,
como trató a los ilotas.
A la ley que aquí censuro dieron ocasión los excesos cometidos
por aquellos esclavos que el general Obando y Sarria sublevaron en
la revolución de 1841.
Resistiendo volver a la esclavitud, incendiaban las haciendas,
se mantenían alzados en los campos, perseguían y amenazaban a sus
amos, no queriendo tranquilamente trabajar protegidos por las
leyes, sino vivir del pillaje, sin freno y sin ley. Pero a pesar de
estos motivos no creo yo aceptable la ley, porque debieron tomarse
otras medidas menos odiosas, y así como se empleó la fuerza pública
para coger esclavos y llevarlos a los puertos, pudo emplearse para
refrenar sus excesos.
El partido conservador, pasadas las primeras impresiones que
estos excesos causaron, volvió sobre sus pasos. Derogó las
disposiciones legales que permitían la exportación, y la prohibió,
imponiendo penas a los exportadores que contraviniesen a la
prohibición; prohibió también en absoluto la importación de
esclavos en la República, y declaró que todo esclavo que se
introdujera en la Nueva Granada quedaba libre por el mero hecho de
pisar su territorio. De este modo reparó hasta donde era posible el
daño que causó la ley de 1842. Cuando se peca no queda más remedio
que el arrepentimiento y la reparación: lleno está el cielo de
pecadores arrepentidos.
IV
Aproximábase la reunión del Congreso de 1849, que había de
perfeccionar la elección de Presidente, contraída a los candidatos
López, Cuervo y Gori, porque, como he dicho, ninguno de ellos
había obtenido en la votación popular la mayoría absoluta de
sufragios requerida por la Constitución.
Las amenazas del partido lopizta, que se agravaban al acercarse
la reunión del Congreso; la división, que se profundizaba más y
más, entre los cuervistas y goristas; los denuncios que daban
algunos artesanos miembros ,de la sociedad democrática, encargando
la reserva, sobre los peligros que corría el Congreso por los
planes que se fraguaban para violentarlo; todo esto indujo a
algunos de los diputados conservadores a promover una reunión, que
se verificó en casa del señor Raimundo Santamaría, a fin de ver si
era posible la reconciliación y buena armonía entre los dos
círculos del partido, y de acordar al propio tiempo las medidas a
cubierto de los peligros que se anunciaban.
Los lopiztas en sus periódicos y en sus discursos decían que las
candidaturas López y Gori eran una misma cosa en política; que
ellos sólo deseaban la exclusión del candidato del general
Mosquera. Procuraban con esta ficción alcanzar mayoría,
atrayéndose a los goristas. Si por este medio y por la negociación
acostumbrada del
|do ut des lograron algo, el lector lo
juzgará por los resultados. Por mi parte nada quiero anticipar
sobre tan delicadas cuestiones, porque esas maniobras que el vulgo
llama
|pastelerías comprometen la honra, y no me toca a mí
personificarías.
El Congreso debía reunirse en la basílica de Santo Domingo,
donde otras veces se había reunido. Nunca me he podido explicar
cómo las autoridades eclesiásticas permiten estos actos profanos
en las iglesias, donde, creo yo, no deben practicarse otros que
los religiosos. Las muchedumbres que se acostumbran a entrar a los
templos en tumulto lanzando gritos y amenazas, y haciendo otras
manifestaciones irreverentes, pierden luego el respeto y compostura
que han de guardarse en esos recintos augustos y sacrosantos. En
ellos no han de reunirse los hombres sino a tributar al Dios del
Universo homenajes de adoración, a pedirle perdón por las culpas
cometidas, e implorar misericordia y protección para si mismos y
para sus familias. La pérdida del respeto y veneración que han de
guardarse en los templos, lleva a la indiferencia, y de la
indiferencia a la incredulidad no hay más que un paso.
Una viva inquietud dominaba a la mayoría conservadora del
Congreso. El ominoso 24 de enero de Caracas era un recuerdo que
debía naturalmente impresionarlos, porque es sabido que los malos
ejemplos se imitan fácilmente. Pensaron pues, tomar algunas
medidas de precaución. Fue la principal de ellas la acordada ya en
la reunión del señor Santamaría, relativa al orden en que debían
colocarse los asientos, para impedir que fuesen rodeados por el
|puebla soberano; tal era el título pomposo que se arrogaban,
y suelen arrogarse, usurpándolo a la Nación entera, grupos más o
menos numerosos de una ciudad. Resolvióse que los miembros de ambas
Cámaras ocuparían el espacio que media entre el altar mayor y el
arco toral de la nave principal y los primeros de las naves
laterales. De este modo, dejando para los espectadores todo el
resto del templo, y separando el recinto destinado al Congreso con
una fuerte barra de tablas, los Senadores y Representantes podían
entrar y salir por la puerta del claustro bajo, y los espectadores
por la iglesia.
V
El 6 de marzo empezó a darse lectura a los registros de las
votaciones de las asambleas electorales. Conforme al reglamento,
este acto no debía interrumpirse; pero lo interrumpió un Senador,
el general José María Mantilla, para reclamar en alta voz y con
ademanes de impaciencia, que se estaba violando la Constitución
Nacional, porque se ejecutaba el escrutinio en sesión secreta, y
era secreta la sesión porque los espectadores que ocurrieran a la
barra no podían
|todos oír
|perfectamente la lectura
de los registros; que la colocación de los asientos era irregular e
indebida, y atentatoria contra la democracia y contra la
|soberanía popular, porque se privaba al
|pueblo
soberano del derecho que le asistía de oír todo lo que se
leyese y dijese dentro del recinto del Congreso; que entre éste y
el
|pueblo soberano no debía ponerse barra que los separase;
que los pechos del pueblo eran el único muro que debía defender las
espaldas de los diputados. Después de hacer estas inconcebibles
argumentaciones, las resumió el orador en una proposición que
presentó al Congreso.
Yo no estaba en esta capital en aquella época; por consiguiente
no puedo hablar como testigo presencial de estos hechos
vergonzosos. Pero he leído cuanto se escribió sobre ellos, y he
tomado informes de individuos que fueron miembros de aquel
Congreso, personas de la más alta respetabilidad y dignas del
mayor crédito. Por otra parte, todo fue notorio, y de una
notoriedad tan absoluta, que nadie se atreverá hoy a negar los
hechos. Estoy persuadido, pues, de la verdad de lo que refiero,
como si lo hubiera visto y oído yo mismo.
Ya en el Congreso de 1830 hubo un desorden en la barra,
producido por unos treinta o cuarenta jóvenes de los que en los
colegios oficiales se educaban, acaudillados por el mismo general
José María Mantilla; pero no fue parecido, ni con mucho, al
escándalo de 1849; pues el primero no pasó de gritos y silbidos que
se acallaron cuando el Presidente del Congreso impuso silencio a
los alborotadores. Los que juegan esta clase de armas no
reflexionan cuán peligrosas son, aun para ellos mismos, como
espadas de dos filos.
VI
Puesta en discusión la proposición del señor Mantilla fue fácil
a algunos conservadores probar la inexactitud de las razones con
que la apoyó su autor; y digo inexactitud, por no hacer uso de
calificativos más expresivos, que ocurrirán, sin duda, a mis
lectores. Celebrábase la sesión a puerta abierta, en un espacioso
edificio, en el que cabían, y había en efecto, muchos centenares de
espectadores. Sin embargo, algunos diputados lopiztas, eso sí
pocos, hablaron en apoyo del general Mantilla.
El señor Mariano Ospina Rodríguez modificó la proposición en
estos términos:
"Suspéndase el escrutinio, y trasládese la sesión del Congreso a
la galería baja de la casa consistorial".
El señor Manuel Murillo Toro la submodificó inmediatamente
así:
"Suspéndase el escrutinio, y arréglese el local de un modo más a
propósito para que el público presencie mejor los actos que han de
verificarse en el Congreso".
El señor Lino de Pombo modificó la del señor Murillo en estos
términos:
"Suspéndase la sesión, y acérquense a la barra los asientos del
presidente, escrutadores y secretario, para continuarla durante la
operación del escrutinio".-
Era Presidente del Congreso el señor Juan Clímaco Ordóñez, y
conforme al reglamento, puso a votación esas proposiciones en
orden inverso al de su presentación. Empezó por la del señor Pombo,
que fue negada, porque dejaba subsistente la separación de los
miembros del Congreso y de los espectadores, votando en contra los
lopistas y algunos goristas. Votose luego la del señor Murillo, que
fue aprobada por los mismos que negaron la anterior.
Mientras el Congreso se ocupaba en estos debates estériles, pues
lo que iba a suceder estaba decretado que sucedería, la gente
llamada
|pueblo soberano, que había sido llevada al efecto
(no el pueblo respetable y digno de Bogotá), zanjó a su modo las
dificultades rompiendo la barra, echando al suelo trozos que
arrancaba, e invadiendo de tropel el recinto de las sesiones, con
horrible algazara.
El señor Ospina levantó la voz con energía, reclamando de aquel
acto de salvajez, y pidió la expulsión de los invasores. El
Presidente los excitó a que se retirasen, y aunque de esta
excitación no hicieron caso, hubieron de obedecer a los ademanes y
señas de los senadores y representantes que dirigían el
movimiento.
Despejado el recinto del Congreso, la barra hecha pedazos en el
suelo, franqueada, por consiguiente, sin obstáculo la puerta a una
nueva irrupción más efectiva y eficaz que la primera, acercáronse a
los despojos de la barra las mesas de los secretarios y
escrutadores, y continuó el escrutinio hasta las dos y media de la
tarde, en que se suspendió.
Tal fue la tristemente célebre sesión del 6 de marzo de 1849.
Ejemplo deplorable, que temo mucho se repita con nuevas
circunstancias, hasta llegar el día en que el recinto antes sagrado
de la representación nacional, se torne en campo sangriento. El
tiempo lo dirá. En el entretanto permítaseme exclamar con el doctor
Antonio Plaza; "¡A qué extremo, República, has llegado!"
VII
Muchos juzgan el infausto día 7 de marzo peor que el de la
víspera. Yo juzgo a los dos iguales, y quizá fue de más
trascendencia el 6 que el 7, porque "c'est le premier pas qui
cout". Mas sea de esto lo que quiera, lo cierto es que ambos fueron
funestos, no por el inmediato resultado de la elección, pues el
general López no era indigno de ser Presidente, sino por los medios
que se emplearon para ganarla. Sacar de sus justos límites la
democracia para desbordaría, no sólo es un ensayo sumamente
peligroso, sino crimen de lesa patria que entre nosotros puede
hundir en un abismo la libertad, la seguridad, el orden público y
el mismo sistema democrático bien entendido y honradamente
practicado, único posible en las repúblicas americanas. Fueron,
pues, culpables los que organizaron y ejecutaron los actos
eminentemente criminosos de los días aciagos 6 y 7 de marzo.
En las llamadas repúblicas de la antigüedad, que tenían por base
un senado aristocrático y la más odiosa esclavitud del mayor
número, los hombres libres, que eran los únicos ciudadanos, se
juntaban en la plaza pública, y allí, impresionados por las arengas
de los oradores de fama, resolvían tumultuariamente las más arduas
cuestiones de la paz y de la guerra; absolvían o condenaban a los
acusados de algún delito, y desterraban a las veces, por el crimen
de ser virtuosos, a los hombres más prominentes de la república. Y
a esto llamaban democracia. Las de Venecia y Génova se fundaban en
una tenebrosa oligarquía que hacía pasar por el Puente de los
Suspiros a centenares de víctimas. Y a esto llamaban república;
como si pudiera ser república un sistema fundado en la desigualdad
legal, que no otra cosa es la aristocracia. A estas anomalías
sirvió de remedio o correctivo el sistema representativo, en el
que el pueblo propiamente dicho, no el populacho, ejerce la
soberanía, por un medio único, que consiste en elegir por sufragio
sus representantes y mandatarios. Cualquiera otro modo por donde
se pretenda ejercer la omnipotencia, es anárquico, es subversivo
del orden público, es criminal. En esto no entra para nada la
cuestión de razas o de castas, y los que explotan estos malditos
elementos de antagonismo, para medrar y elevarse, son unos
perversos. Fuera de la igualdad del sepulcro, que es la única
verdadera, no hay ni puede haber otra que la de leyes iguales para
todos, conforme a los méritos y cualidades de cada cual; iguales
garantías para todos; y en fin, iguales penas o recompensas para
todos. Por lo demás, en la práctica, nunca será el pobre igual al
rico, cualquiera que sea su color, porque la pobreza es una cuasi
esclavitud; nunca será el ignorante igual al sabio, porque la
ignorancia es una cuasi bestialidad; nunca será el vicioso igual al
hombre irreprensible, porque los vicios degradan; y por último,
nunca será el débil igual al fuere, porque el abuso de la fuerza
impera en el mundo desde Cain, y ya lo ha erigido en aforismo
Bismarck: "La fuerza es superior al derecho. Principio destructor
de la Libertad, y que, sin embargo, es el que se practica entre
nosotros...
Estoy divagando a impulsos de la tristeza que me inspiran el
recuerdo de lo pasado y el espectáculo de lo presente; la horrible
situación en que nos hallamos, de enemigos los unos de los otros,
por mitad; la ley de estar siempre unos vencedores y otros
vencidos, oprimiendo aquellos a éstos y próximos todos a
despedazarnos como fieras rabiosas, sin esperanza de una
reconciliación fraternal. Siguiendo como vamos, ¿a dónde iremos a
parar? No me parece temeridad preverlo, y consternado con estas
ideas pavorosas, vuelvo desconsolado a la historia del 7 de
marzo.
VIII
La Sociedad Democrática, seguida de una cola de aliados venidos
de otras partes, con cintas en los sombreros en que se leía este
mote: "Viva López, candidato popular", cercaban los asientos (le
los diputados, encerrándolos sin que ninguno pudiera salir después
de haber entrado. ¿Qué objeto tenía esta divisa? ¿Sería temeridad
creer que con ella se querían evitar, en el acontecimiento
anunciado, los golpes que de otro modo pudieran recibirse por
equivocación?
En la junta que se reunió en casa del señor Santamaría el día 4,
la misma de que antes hablé, se denunciaron todas estas
circunstancias. Los divisados no sólo estrechaban los asientos que
habían de ocupar los diputados, sino que algunos grupos, a modo de
guardia, estaban apostados en ciertos puntos para impedir la salida
a los diputados que entraban. Además, una puerta del claustro del
convento, que se había reservado para que los diputados entrasen y
saliesen por allí, fue desde primera hora ocupada, de manera que el
Congreso quedase en estrecha prisión.
A las diez de la mañana se abrió la sesión, y la comisión de la
mesa, por espíritu de conciliación -candidez conservadora- dispuso
que los secretarios omitieran en el acta la mención de los hechos
de la víspera. Siempre ha de tener inocentadas semejantes el
partido conservador.
La sesión fue interrumpida por diez minutos, para que prestase
en la cámara de representantes el juramento constitucional el
señor Piedrahita, diputado lopizta, y pudiese tomar parte en la
elección, y adviértase que quien hizo esta proposición fue un
diputado conservador.
En el primer escrutinio, con motivo de la lectura de los votos,
empezó ya a turbarse el orden. Cuando se leyó el primer voto, que
fue por el general López, los que cercaban el Congreso
prorrumpieron en exclamaciones estrepitosas, y así siguieron
gritando del propio modo siempre que sonaba ese nombre; pero mundo
se leía el del señor Cuervo atronaban el ámbito de la iglesia con
voces de desaprobación, escarnio y amenaza.
El resultado de esta votación fue el siguiente: treinta y siete
votos obtuvo el general López, treinta y siete el señor Cuervo y
diez el señor Gori.
Yo pregunto ahora sin pasión, sin enojo: ¿no era un deber en los
diputados goristas, por patriotismo, por su propio honor, por
lealtad al partido a que pertenecían, votar en seguida por el
señor Cuervo? No lo hicieron así. ¿Con división semejante, podía el
partido conservador esperar mantenerse en el poder? Antes de
quejamos de nuestros adversarios, empecemos por quejamos de
nosotros mismos.
Varios incidentes hubo para que el número de conservadores en el
Congreso apareciera menor del que se esperaba. Algunos se pasaron a
la candidatura López desde el principio, y otros a última hora. El
señor Juan de M. Ortiz se excusó de asistir. El señor Francisco
Felipe Martínez, conservador notable, se excusé también, y entró en
su lugar el citado señor Piedrahita, lopízta. En fin, el señor
Manuel del Portillo, que era conservador cuervista, murió en el río
Magdalena viniendo al congreso.
En la segunda votación se reconoció que tres conservadores más
habían mudado de opinión. Hay una circunstancia que dice mucho, y
es que esos aparecieron después empleados por el general López. En
la cuenta que se hacía de los votos que se proclamaban, cada vez
que los favorables al señor Cuervo se adelantaban a los del
general López, las filas que pecho con espalda cercaban a los
senadores y representantes, prorrumpían en insultos y frases
desvergonzadas e insolentes, con ademanes amenazadores, anuncio
todo de mayores excesos. Cuarenta votos contaba el general López,
cuarenta el señor Cuervo y dos papeletas quedaban en blanco. Hubo
entonces un instante de silencio, miradas inquietas y turbadas de
la multitud se dirigían a sus directores, del seno del Congreso;
alguno de los
|democráticos que estaban más retirados
forcejeaban por abrirse camino hacia los diputados. Un instante
después se leyó el último voto que decía: "doctor Rufino Cuervo".
¡Santo Dios! Si se hubiera gritado: "temblor de tierra", no habría
sido mayor el tumulto violento que se produjo en todos los puntos
de la sala: unos pocos corrieron hacia las puertas del templo; los
que estrechaban el recinto ocupado por los miembros del Congreso,
lo invadieron por todas partes, abriéndose unos paso por entre los
asientos y saltando por encima otros. El Presidente del Congreso
agitaba la campanilla, llamando al orden a los invasores, pero
ninguno hizo el menor caso. Los diputados, impelidos y
atropellados por los asaltantes, unos se apresuraron a reunirse
alrededor de la mesa del Presidente para recibir la embestida de
frente; otros quisieron mantenerse en sus asientos. Como al frente
de la nave principal se había conservado parte de la barra, allí
estaban los diputados lopiztas, y por consiguiente fue menor el
tumulto. Esta circunstancia permitió que algunos de esos diputados
(cuyos nombres omito), se pusieran en pie sobre sus asientos y
sobre las mesas, y gritasen a los amotinados
|¡todavía no hay
elección! ordenándoles volviesen a sus puestos; obedecieron,
como obedece el soldado a la voz de mando de sus jefes.
Al principiar ese tumulto se oyó la voz del señor J. A. Pardo,
que pedía la palabra indignado. Mientras algunos alborotadores de
los que saltaban armados por encima de los asientos, parecían
dirigirse a él, forcejeaba Pardo con otros diputados conservadores
que, reparando en el peligro, procuraban mostrárselo o estorbarle
que con sus palabras lo agravase:
Durante el gran "retozo democrático" de ese día nefasto, varios
diputados de los que quisieron conservarse en sus puestos, fueron
amenazados de cerca por el puñal de los agresores colocados a su
espalda.
Al principio del tumulto uno de ellos, que parecía tener una
misión especial, subía presuroso las gradas del presbiterio
dirigiéndose hacia el señor Mariano Ospina, pero otro lo detuvo
diciéndole:
|todavía no. Un amigo del señor Ospina, que como
otros muchos ciudadanos había corrido para defender a los suyos,
reparando en aquel movimiento, corrió hacia el asiento de dicho
señor y presentándole una pistola le dijo: "defiéndase usted
porque lo van a asesinar". El señor Ospina, con la mayor calma, se
la devolvió contestándole:
|todavía no; pues notó que el
tumulto se contenía al eco de aquella frase, pronunciada con
esfuerzo por miembros del Congreso que parecían los generales de
la falange sitiadora.
Sosegado de esta manera el tumulto, pudo el Presidente implorar
el auxilio del gobernador de la provincia, que se hallaba
presente, y la sesión continuo.
Una nueva votación dio el siguiente resultado: cuarenta y dos
votos por el señor Cuervo; cuarenta por el general López, y dos
boletas en blanco. ¿Quiénes serían los que pusieron esas dos
boletas en blanco? ¿ Serían algunos lopiztas? ¿Serían algunos
cuervistas? Imposible: luego fueron goristas. No quiero yo
calificar este procedimiento, pero sí ruego al lector, sea del
partido que fuere, que lo califique en justicia. El Presidente
declaró que no habiendo reunido ninguno la pluralidad absoluta de
los votos, debía procederse a nueva votación. Al verificar ésta,
aumentaban las voces de insulto y de amenaza siempre que sonaba el
nombre del señor Cuervo, y cuando apareció con treinta y nueve
votos, los sitiadores, equivocándose, porque juzgaron que con los
dos votos en blanco alcanzaba la mayoría, cambiaron el bloqueo del
Congreso en otro asalto más frenético y furibundo. Los diputados
conservadores volvieron segunda vez a rodear la mesa del
Presidente, para recibir cara a cara, y no por la espalda, los
puñales que los amenazaban. Los diputados lopiztas no se movieron
de sus asientos, y los mismos que en el tumulto anterior habían
contenido el desorden gritando;
|Todavía no hay elección, lo
contuvieron esta vez repitiendo la misma frase, y ordenando a la
hueste que les obedecía, que volviese a sus puestos respectivos.
Fue esta orden obedecida en el momento, al paso que las
exhortaciones del Presidente del Congreso, y las del Gobernador de
la provincia, que se hallaba presente, habían sido
despreciadas.
El resultado de la votación que se siguió fue; cuarenta y dos
votos por el general López, treinta y nueve por el señor Cuervo, y
tres en blanco. El Congreso permaneció algunas horas aguardando
que el tumulto se aplacase. El gobernador, requerido con frecuencia
para que hiciese dispersar a los amotinados, les reiteraba
inútilmente sus instancias, de que ellos se burlaban, y manifestó
al Presidente del Congreso que estando llenas de gente las calles
no podía tomar ninguna medida para disolver el tumulto, indicando
que en su concepto aquel aparato sólo tenía por objeto intimidar al
Congreso, de cuya seguridad respondía. Algunos diputados le
replicaron que esa garantía no era aceptable, porque se fundaba
únicamente en la eficacia que sobre los amotinados tuviesen las
exhortaciones del gobernador, la que bien se había visto, y se
estaba viendo, que era poca o ninguna.
Todas las salidas de la iglesia, tanto las que daban a la calle
como las que comunicaban con los claustros, estaban ocupadas por
los que horas antes habían atropellado a los diputados en el
recinto de las sesiones. La noche se acercaba y no había apariencia
ninguna de que tal situación cambiase. El general José María
Ortega hizo la siguiente proposición: "Suspéndase la elección de
Presidente de la República hasta que las Cámaras designen nuevo
día para continuarla", y tomando la palabra, manifestó que ni el
decoro del Congreso ni el interés de la Nación permitían que se
continuase la elección, que no podría dejar de ser mirada en toda
la República como ilegitima, por ser obra de la violencia, y
añadió: "Un sentimiento puro de patriotismo es el que me ha
inspirado la medida que propongo: después de haber encanecido en
los combates y en los peligros, tengo títulos rara esperar que no
habrá en este recinto quien atribuya a cobardía la proposición que
he hecho: dispuesto estoy a arrostrar los riesgos de nuestra
posición y a recibir la muerte que se nos prepara indefensos; ella
sería honrosa, pero la juzgo inútil para la patria. El bien de la
República demanda de nosotros que le conservemos la paz preciosa
que disfruta, que difiramos una elección que habíamos venido a
perfeccionar contando con que el Congreso podría ejercer
libremente los derechos que le corresponden. Sé bien que el crecido
concurso que ha rodeado a la representación nacional no se compone
en su totalidad de agresores: allí deben estar también nuestros
hijos, nuestros hermanos, nuestros amigos, dispuestos a
defendernos; ¿pero qué ganará la República con que se verifique
un encuentro sangriento en este augusto recinto? Sea quien fuere el
elegido, conviene que la elección se perfeccione con toda libertad
y sin ninguna apariencia de coacción.
El señor Manuel de Jesús Quijano, conservador enérgico en
aquella época, con ademán resuelto y voz imponente pidió la
palabra, y tomando en sus manos las papeletas impresas que
contenían los nombres de los candidatos, dijo: "En la situación en
que estamos nosotros no podemos deliberar. Aquí no hay Congreso;
nosotros no podemos elegir el Presidente de la República; no queda
otro camino que romper estas hojas de papel (y las rompió), y que
el populacho de Bogotá que se ha erigido en soberano, proclame el
Presidente que él se ha elegido. Nosotros no podemos llevar nuestra
degradación hasta convertirnos en órganos sumisos del populacho
amotinado. El Congreso no tiene seguridad, no tiene libertad; aquí
no hay Representación nacional, no hay Constitución. La República
se acabó. ¡Que vuelvan los degolladores; prontas están nuestras
gargantas!" Y volviéndose a los diputados liberales, añadió: "Pero
tened entendido, señores, que yo no me presentaré solo esta tarde
en la presencia de Dios: más de uno de vosotros me acompañará en
este viaje. Públicos han sido los preparativos de los hechos que
hoy se están consumando; nadie, sin ser un imbécil, ha podido dejar
de ver que nosotros debíamos encontrarnos aquí en manos de
asesinos, los que en sus juntas proponían nuestra muerte; por
tanto, yo he debido venir preparado para recibirlos, pero mis
manos no se mancharán con sangre de bandidos miserables; cuando los
asesinos den principio a la tarea preparada, vosotros, que sois sus
jefes y directores, obtendréis mi preferencia".
Este varonil discurso causó una grave impresión en muchos
diputados lopiztas, que vieron que el peligro no era sólo para los
conservadores.
El señor Pardo tomó luego la palabra y se expresó poco más o
menos así:
"Jamás un cuerpo soberano se vio en situación comparable a la
situación en que se ve hoy el Congreso granadino. Siete horas hace
que gime bajo el puñal alevoso de una turba sin freno, y ni una voz
se ha alzado para protegerlo, ni autoridad alguna se ha movido a
emplear la fuerza pública para aligerar siquiera la degradante
agonía que se nos impone. El gobernador de Bogotá está delante de
nosotros, el Presidente de la República a unos cuantos pasos en su
palacio ... ¡Dios sólo es capaz de descifrar este enigma!...
Cualquiera que sea la suerte que nos esté deparada, yo votaré por
la proposición que se discute, que si nos lleva al sacrificio, al
menos nos libertará de sus desgracias que habrá de traer consigo
una elección verificada por la violencia más criminal, que la
Nación habrá de vengar penosamente. Algunos diputados acaban de
decirme que la fuerza les obligó hace poco a cambiar sus votos;
otros vienen a anunciarme que alterarán los suyos, contrariando su
conciencia y el deber que los pueblos les impusieron al enviarlos
a este recinto; que no teniendo vocación para él martirio, la
Nación no tiene derecho para exigirles un sacrificio inútil y
evidente, pues que ella está en libertad para admitir o desechar un
nombramiento que no exprese el voto espontáneo de sus escogidos.
Yo pienso de otro modo: al aceptar este honroso asiento, lo acepté
con todas sus consecuencias, inclusa la de perder mi cabeza, porque
es así como entiendo el deber de un representante. A los señores
lopiztas toca poner término a este escándalo, influir con sus
parciales para dejar disolver el Congreso, evitando así los males
que lloverán sobre el país. En otro día, cuando los representantes
sean libres, cuan do se goce de seguridad, acaso los conservadores
harán en el altar del bien público el sacrificio de sus
convicciones; puede ser que yo mismo ponga en la urna el nombre
del general López; pero impuesto por la fuerza ¡nunca!... Dejadnos,
señores, siquiera el triste consuelo de las apariencias; imponed a
vuestros adversarios políticos el deber de obedecer, acatar y
defender al Presidente que queréis nombrar. Dejad este descanso a
nuestras conciencias republicanas. Pero si persistís en el empleo
de la fuerza, no echéis en olvido las palabras que acaban de
pronunciarse: una veintena de nosotros no ha venido a morir como
mansos corderos; caras venderemos nuestras vidas, y algunos de
vosotros descenderéis en esta noche a los infiernos".
Habló luego el señor Juan N. Neira, y entre otras cosas
dijo:
Desecho esa proposición. Este es el momento de sublime prueba
para un republicano; mi pecho no palpita, mi mano no tiembla a la
sonrisa de los asesinos, al reflejo fatídico de los puñales. Yo no
sé si debo a la naturaleza, que me dotó de una constitución
atlética, este privilegio; mas yo me siento fuerte y exijo a todos
fortaleza. Unos cuantos moriremos. ¿Qué importa, sí la libertad y
la Constitución se salvan? Si esto no sucede, si el aspecto de la
muerte intimidare a unos pocos de mis amigos, lo que no quiero
pensar, que resulte nombrado un Presidente de puñales para baldón
eterno del partido que tal sistema electoral establece.
Procedamos, pues, sin demora; que los hechos se consumen".
El doctor Murillo y el señor Afanador combatieron en pocas
palabras la proposición que se discutía. El primero manifestó que
sufría cruelmente; que él no quería para su patria triunfos
empañados; pero "¡qué hacer!" exclamó y tomó su asiento.
El doctor Ospina, que durante esta acalorada discusión había
guardado silencio, tomó por fin la palabra, y manifestó que nada
debía sorprender a los diputados conservadores, pues apenas hacía
cuatro días que en la reunión del señor Santamaría les había
anunciado todo lo que estaba sucediendo; y añadió que aunque la
proposición tenía buenas razones en su favor, votaría
negativamente.
Puesta a votación la moción del señor Ortega, fue negada por
cuarenta y ocho votos contra treinta y seis. Esta diferencia
notable consistió en que ambos partidos se dividieron: los Iopiztas
más entendidos y más moderados, porque percibían las consecuencias
fatales que tendrían lugar para su propio partido, si era elegido
el señor Cuervo, y la nota evidente, incontestable de ilegitimidad
que pesaría forzosamente sobre la elección si ésta recaía en el
general López, votaron por la proposición, siendo el más notable
de ellos el señor Ezequiel Rojas. Algunos conservadores votaron en
contra, porque quisieron que lo que había de suceder
sucediera.
La noche se acercaba, el tumulto y la vocería del
|soberano aumentaba en la puerta del templo, y en ese estado
se procedió a nueva votación. La última boleta que se sacó de la
urna decía: "voto por el general José Hilario López para que no sea
asesinado el Congreso granadino". Este voto fue del doctor Mariano
Ospina, y yo siento profunda pena al tener que acusarlo; porque un
hombre de su altura, de sus eminentes cualidades, de su
respetabilidad bien merecida, debió decir lo contrario: "voto por
el doctor Rufino Cuervo, aunque sea asesinado el Congreso".
El resultado del escrutinio fue: cuarenta y dos votos por el
general López, treinta y nueve por el doctor Cuervo y tres boletas
en blanco. ¡Tres boletas en blanco en aquel acto tan solemne! Estas
tres boletas en blanco se acumularon al general López, y fue
declarado electo Presidente de la República.
A una señal dada por algunos diputados, el tumulto, que con
dificultad se había contenido en las puertas del templo, se lanzó
hacia el recinto del Congreso. Algunos que no habían comprendido la
señal, entraron furiosos por entre los diputados, pero fueron luego
contenidos, pues toda violencia era ya innecesaria. Entonces
algunos lopiztas, de dentro y fuera de la barra, ofrecieron su
protección a los diputados conservadores para salir del templo;
protección que rechazaron unos con risa, otros con indignación, y
unos pocos tuvieron que aceptar tan humillante escolta, porque se
les aseguró que sus vidas corrían peligro. Esta es una prueba
concluyente de que los planes de violencia personal contra los
diputados hasta llegar al último extremo, eran ciertos.
Así fue el general José Hilario López elegido Presidente de la
República; cuando tenía méritos y cualidades para haber sido
elevado a la magistratura por medios menos indignos. Así asaltó el
partido liberal el poder en 1849. Pero esta responsabilidad recae
principalmente sobre los diputados conservadores goristas, porque
estando en extrema minoría respecto de los cuervistas, debieron
ahogar sus pasiones y unirse a aquel candidato de su partido que
teñía la mayoría, con lo que hubieran decidido la elección al
segundo escrutinio.
El tumulto se lanzó a la calle en un grado de entusiasmo
frenético, cual correspondía a la celebración de un triunfo que dio
a su partido la preponderancia que hasta hoy conserva. Pero una
cosa de mucha significación hay que anotar, y es que en la calle
no se dieron casi vivas al general López, sino los
|más,
mejor dicho, todos, al general José María Obando. Triunfó, pues, la
revolución de 1840, que el mismo general López había desaprobado, y
que yo tuve el honor de combatir.
IX
En gran parte he tomado la relación que antecede de un artículo
histórico que en
|La Civilización, periódico de la época,
escribió el señor José Eusebio Caro. Basta pronunciar este nombre
para dar a su escrito todo el crédito que la verdad merece. Además,
lo que en él se refiere fue, como he dicho, de completa notoriedad,
y a personas respetables e imparciales debo informes contestes, que
han producido en mi ánimo una convicción plena.
Uno de los diputados lopiztas de aquel Congreso memorable, con
quien, como amigo personal mío, consulté sobre los hechos que se
referían, me contestó: -"No me pregunte usted nada, porque la
memoria de ese día es el tormento de mi vida". Instado por mí
repetidas veces, me dijo poco más o menos lo siguiente: -"No se
pensó en asesinatos, sino en meter miedo, amenazando, para obtener
por este medio el triunfo de nuestro candidato; y ese medio fue
eficaz, como el resultado lo probó. -Y si hubiera sido elegido el
señor Cuervo, ¿ qué habría sucedido?, le pregunté yo. -No pensamos
en eso, porque como contábamos con algunos goristas, estábamos
seguros de triunfar. Insistiendo yo. -¿Pero si se equivocaban, y
era elegido el señor Cuervo, qué habría sucedido? -Nada, me
contestó con impaciencia, habría habido algunos gritos más,
algunos insultos, y nosotros habríamos contenido cualquiera otro
exceso". Yo comprendí que estaba cometiendo una imprudencia y no
quise preguntarle más. Pero es fácil advertir que en un tumulto
semejante no era posible evitar los excesos consiguientes a la
menor provocación de hecho, y que derramada una sola gota de
sangre, que era seguro se derramaría, no habría poder humano capaz
de impedir un conflicto que hubiera cubierto de luto y de vergüenza
a la República. Mas aunque este escándalo no se consumó, la
violación del sagrado recinto, rota y despedazada la barra que lo
defendía; las curules guardadas por hombres desalmados; la
representación nacional ultrajada, amenazada de muerte; el
insulto, el escarnio prodigado con insolencia inaudita; en fin, los
hechos que se realizaron, públicos, innegables, fin, los hechos que
se realizaron, públicos, innegables, pre vergonzoso para el partido
liberal, y funesto y de ejemplo mortal para la Patria, el 7 de
marzo de 1849.
Al considerar la narración de los hechos terribles que acabo de
referir, dirá cualquiera sorprendido: "¡Cómo! ¿No se levantó una
voz para contestar a los discursos del general Ortega y de los
señores Pardo, Quijano, Neira y Ospina? No; ni siquiera para negar
el peligro inminente que ellos denunciaban.
|Y este
silencio, ese asentimiento tácito, significa mucho.
Sería injusticia suponer que todos los miembros lopiztas del
Congreso tuvieron parte en los planes sangrientos que en aquellos
discursos se denunciaban y que la voz pública repetía. ¡No! Entre
ellos había hombres estimables, honrados, incapaces de concebir ni
aprobar semejantes atrocidades. Yo podría nombrarlos; pero
nombrándolos acusaría a los que omitiese, y no quiero personificar
acusaciones en que, por otra parte, podría incurrir en alguna
equivocación.
El señor Pardo en su discurso acusó indirectamente al Presidente
de la República (general Mosquera) de que miraba impasible desde su
palacio la situación angustiada del Congreso, sin tomar ninguna
medida para ampararlo. No es justo este cargo.
Las tropas con sus jefes y oficiales estaban acuarteladas, los
fusiles de la infantería en pabellones de a cuatro, en los
corredores bajos de los cuarteles; el escuadrón 1º de húsares
tenía sus caballos ensillados; por consiguiente, todo estaba listo
para obrar a su debido tiempo; y el general Mosquera dispuesto a
ponerse al frente, a salir en persona, dispersar el criminal
tumulto, y devolver a los diputados la seguridad de que carecían
para ejercer sus funciones. Más para que así se hiciese, era
indispensable que el Presidente del Congreso pidiera el auxilio de
la fuerza pública, y el Presidente del Congreso, que era gorista,
no lo pidió. Yo he pensado mucho en esta omisión, y creo que más
bien como hombre prudente que como gorísta, procedió así el doctor
Ordóñez. En el estado de embriaguez facciosa en que se hallaba la
multitud agresora, es más que probable que al sentir la marcha de
las tropas se hubiera precipitado sobre los conservadores
cuervistas, y habríase seguido una escena sangrienta dentro del
recinto del Congreso nacional, y también en la calle, aunque luego
los asesinos hubieran tenido que huir y dispersarse. Dios no más
conoce las contingencias futuras, y al hombre sólo es permitido
conjeturarías.
Aunque el señor Manuel de Jesús Quijano no responde hoy a lista
en nuestras filas, siempre lo he tenido y lo tengo por hombre de
veracidad. Permítame pues que en este concepto le ruegue que
explique su valiente discurso en la tenebrosa sesión del 7 de
marzo de 1849. ¿Tuvo fundamento para decir lo que dijo? Su
atestación no puede ser desechada por sus copartidarios de hoy, y
ella por lo tanto importa para fijar el juicio de la posteridad e
ilustrar la conciencia de la historia. Además, como nuestra
juventud fogosa, que sabe cuántas puñaladas dieron a Julio César en
el Senado romano los liberales de entonces, no sabe lo que ha
pasado entre nosotros, o lo sabe adulterado, tenemos los viejos el
deber de informarla de hechos tan reprobables, para que no siga
ciegamente el mal camino, deslumbrada por sonora palabrería.¹
|
1 Después de escrito este artículo he
visto con pena en los periódicos que el señor Quijano murió en
Popayán. No puede pues responderme, pero no altero lo que he
consignado, porque el señor Quijano dijo la verdad, y yo la reitero
y afirmo.
|