CAPITULO QUINCUAGESIMONOVENO
I
Terminada la desastrosa revolución de las provincias litorales
del Atlántico, volvió el general Herrán a encargarse del Poder
Ejecutivo en la capital. El cabecilla Estanilao España, más
peligroso en Pasto, como pastuso, que el mismo Sarria, y tan cruel
como éste, había sido hecho prisionero, y juzgado y sentenciado por
los tribunales civiles, fue fusilado en Popayán en septiembre del
mismo año. El orden público estaba, pues, completamente
restablecido.
En 1842 expidió el Congreso una ley de policía que contenía 134
artículos; ley necesaria para la defensa del Gobierno, pero que
fue impugnada por los liberales, que impugnan todo lo que hacen sus
adversarios, calificándola de tiránica. Así fue que tuvo poca
duración, porque el partido del orden llamado después conservador,
ha cedido siempre a la grita de sus contrarios.
El Congreso, apoyado en un clamor general de reforma de la
Constitución de 1832, acordó la de 1843, con aplauso de todos los
que deseaban que el Gobierno mereciera el nombre de tal,
disponiendo de medios legales para llenar su misión.
Lo más importante de la reforma fue la supresión del Consejo de
Estado, con la cual se libertó al Ejecutivo del deber humillante
de pedirle consentimiento para ejercer actos de su propia
competencia. Se conservo el Consejo de Gobierno, pero no le era
forzoso al Presidente consultarle
|en todos los negocios de
su resorte, y como en las anteriores Constituciones, no estaba
obligado a seguir su dictamen.
Se autorizaba al Presidenta para nombrar y remover sus agentes
políticos; atribución indispensable para un poder encargado de
mantener el orden público, y responsable del buen desempeño de sus
atribuciones; lo que no puede suceder cuando se le imponen agentes
que no son de su confianza, o se le niegan los que lo son.
No estoy obligado a ocuparme en los pormenores de todas las
disposiciones de una Constitución de 171 artículos. En lo general
todas nuestras Constituciones se parecen, porque todas se fundan en
los principios imprescindibles de gobierno republicano, popular,
representativo, electivo, alternativo y responsable, y en todas se
reconoce la igualdad de derechos, sin privilegios de nacimiento, y
esto es lo que constituye el Gobierno democrático, sin que por ello
se posponga la preferencia que deben tener el mérito, la
capacidad, el buen comportamiento y la dignidad personal. Estas son
calidades preeminentes, naturales, y el que las posee debe estar
arriba, y el que no las posee, o posee las contrarías, debe estar
abajo.
Las prescripciones de la organización de los poderes
constitucionales, que no afectan en nada los principios proclamados
desde 1810, han sido profesadas y practicadas siempre por el
partido conservador, sin hacer ostentación de liberalismo ni
excitar malas pasiones de raza.
En el ramo de garantías no se hizo alternación ninguna. Siempre
el partido conservador ha sido liberal estatuyéndolas y
respetándolas. Escribir muchas, y no cumplirlas o desvirtuarías,
nunca lo ha hecho el partido conservador
|ni como medida de
guerra.
En todas las Constituciones anteriores, para ser electo o
elegible, se requerían ciertas condiciones de edad, residencia,
propiedad, o renta por la profesión de grado científico o por algún
empleo o industria, en fin, se procuraba que para el desempeño de
augustas funciones hubiera importado de Francia el sufragio
universal, que es tanto como decir el sufragio de la ignorancia,
de la dependencia y de la corrupción.
Así como en las anteriores Constituciones, la de 1843 estableció
la elección indirecta, única racional, porque todos los electores
saben por quién votan. Los sufragantes que tenían las condiciones
de tales, lo hacían en su distrito parroquial por uno o más
electores, según su población. Estos formaban la asamblea
electoral del cantón, que era la que sufragaba por el Presidente
o Vicepresidente de la República, por los senadores y
representantes, por los diputados a la cámara de provincia y por
los demás funcionarios de elección popular que prescribieran las
leyes. Este sistema, que venía desde la sabia Constitución de
Cúcuta, y que el doctor Ezequiel Rojas calificaba del mejor, es el
que menos se presta a fraudes y abusos, aunque evitarlos
enteramente nunca se conseguirá, con tantos intereses como las
elecciones ponen en agitación.
En la Constitución de 1832, como en las anteriores, se decía que
era un deber del Gobierno proteger a los granadinos en el ejercicio
de la religión católica, apostólica, romana, y en la de 1843 se
repitió esta prevención añadiendo que era la única cuyo culto
sostendría y mantendría el Gobierno. Esto era explicar la
extensión de la protección que se le debe, como que es la religión
única de los granadinos, aunque haya algunos fatuos que por
vanidad pretendan no creer en nada.
Respecto a la organización de los poderes legislativo,
ejecutivo y judicial, a la de las provincias, a la de la fuerza
armada, pocas o ningunas alteraciones sustanciales se hicieron en
aquella Constitución.
La idea dominante, como idea
|liberal, de los
legisladores de 1832, fue poner trabas al Poder Ejecutivo en el
ejercicio de su cometido y debilitar su acción legítima, lo que lo
pone en la necesidad de entrar en transacciones con los miembros
del Congreso para sostenerse o defenderse, en las que a veces
entra el vergonzoso "dame que yo te daré". La de los legisladores
de 1843 fue quitarle todas estas trabas y cortapisas para que
pudiera gobernar, dejando para el abuso el único correctivo eficaz;
el de la responsabilidad.
En la Constitución de 1832 se fijó el término de las sesiones
del Congreso de sesenta días, prorrogables
|hasta por treinta
más, y el Poder Ejecutivo, a petición del Consejo de Estado, podía
convocarlo a sesiones extraordinarias, lo que en realidad
significaba que era el Consejo de Estado quien decretaba la
convocatoria. En la de 1843 se fijó el término de las sesiones en
sesenta días prorrogables
|hasta por otros sesenta. El Poder
Ejecutivo tenía la atribución libre de convocarlo a sesiones
extraordinarias, en las que el Congreso, como lo hacía antes y se
ha hecho después, sólo podía ocuparse en los negocios que sometiera
a su consideración el mismo Poder Ejecutivo.
Que bajo un Gobierno central pudieran utilizarse cuatro meses de
sesiones, se comprende; pero eran más aceptables los tres meses
fijos de la Constitución de 1832, pues que el Poder Ejecutivo, o
sea el Consejo de Estado, en caso de necesitarse algunos días más,
estaba autorizado para complementar los trabajos convocando el
Congreso a sesiones extraordinarias; pero la necesidad de fijar los
límites precisos a la facultad de prorrogar sus sesiones se hace
sentir cada día más bajo el sistema federal, que tan pocos
negociados deja a los poderes nacionales: en ningún caso debiera el
Congreso federal funcionar más de noventa días. Esas prórrogas
repetidas, en las que se malgasta un lapso de muchos meses,
producen escándalo, disgusto general, censuras justas, ruina del
tesoro público, y guían a la representación nacional la fuerza
moral que debe tener como primer cuerpo de la nación, sin la cual
sus actos no inspiran ni respeto ni consideración, cosas ambas que
como Poder irresponsable necesita más que ningún otro.
Esta Constitución de 1843, verdaderamente liberal en el sentido
recto de la palabra en la que la libertad, la propiedad, la
seguridad personal, todos los derechos, en fin, quedaban
protegidos, fue calificada de monárquica por el partido
|liberal, porque dizque se daban al Poder Ejecutivo las
facultades de los reyes. Siempre se usan palabras vagas para
alucinar a la muchedumbre, y más que a ésta a los muchachos de los
colegios oficiales, cuya inexperiencia y juvenil imaginación los
inducen a acoger con insensato entusiasmo las más absurdas
doctrinas, con tal que se les prediquen en nombre de la seductora
|libertad.
II
El general Herrán, con una conducta moderada y conciliadora,
procuraba cicatrizar las heridas que la nefanda revolución acabada
de sofocar había hecho al país.
Un acto que ha tenido mucha parte en el encono de los partidos,
o a lo menos ha servido de pretexto para acusar de retrógrado al
partido conservador por los llamados
|espíritus fuertes, tuvo
lugar bajo la administración Herrán.
Es indudable que la falta de creencias es la gangrena que
corroe al país, Esta convicción, que hombres de la más alta
respetabilidad tenían de buena fe, como la tengo yo, hizo que el
Congreso dictara una ley que autorizaba al Poder Ejecutivo para
solicitar la venida de religiosos a establecer colegios, de donde
pudieran salir misioneros a procurar atraer a la vida social a las
numerosas tribus de indios salvajes, que sin ley y sin doctrina
vagan despedazándose unos a otros, casi tanto como nosotros, en las
selvas antidiluvianas de Casanare y de los Andaquies, en el Darién,
en las riberas del Meta y del Amazonas; y el general Caicedo,
Vicepresidente encargado del Poder Ejecutivo en ausencia del
general Herrán, eligió la Compañía de Jesús, que la experiencia
había probado ser el mejor instituto para el objeto que la ley se
propuso, y en efecto vinieron jesuitas, y establecieron colegios y
misiones. Era Arzobispo de esta arquidiócesis el doctor Manuel José
Mosquera, quien tuvo mucha influencia en el cumplimiento de estos
actos, apoyándose en su hermano el general Mosquera, que en aquella
época, y después en los cuatro años de su administración, fue
partidario y sostén de los jesuitas. La existencia, pues, de esta
Compañía, o institución religiosa, era estrictamente legal en
nuestro país.
El general Caicedo, prócer esclarecido de 1810, que en la
historia de los catorce años anteriores había figurado con lustre
inmenso, como hombre benéfico y como hombre de Estado, murió
todavía de buena edad, en 1843. Esta fue una gran pérdida para la
República.
Bajo la administración Herrán, y por decreto del Congreso de
1844 se hizo una obra monumental: la de la recopilación de la
legislación nacional, que verificó el señor Lino de Pombo, y que
intituló
|Recopilación Granadina, libro de labor inmensa,
pero trabajo al poco tiempo perdido, porque con las variaciones
anuales que hacen todos los Congresos, quedan anuladas las más de
las leyes, y lo que se hace para facilitar su estudio no sirve
sino para dificultarlo más. Lo mismo sucede con los Códigos; y
ahora, con la federación, no hay legislación nacional inteligible,
ni la de los mismos Estados, de modo que todo lo que se llama
progreso entre nosotros no significa sino confusión.
Después de estos actos trascendentales, los más notables de la
administración Herrán, fueron:
1º El censo de la República, que dio por resultado 1.931.684
habitantes. Pero ya se sabe cómo se levantan los censos de
población entre nosotros: la indolencia de los encargados de
hacerlo; la idea que tienen unos de que aquello no tiene más objeto
que imponer contribuciones; la que tienen otros de que es para
hacer soldados a los hombres útiles, hacen que en pocas casas se
inscriban todos sus habitadores; y puede asegurarse que pasaban
con mucho de 2.000.000 los habitantes de la República en aquella
época, y puede asegurarse también que hoy no bajan de 3.000.000.
Esa ciudad de Bogotá, de entonces acá, ha duplicado en
población.
2º La apertura o reparación del camino de Quindío, que pone en
comunicación el magnífico Valle del Cauca, que el Libertador
llamaba la Italia de Colombia, con la provincia, también bella, de
Mariquita. Pero la vegetación en esta Zona Tórrida tan vigorosa,
hace que si no se pueblan los caminos que por entre bosques y
pantanos se abren, pronto vuelvan a ponerse intransitables.
Afortunadamente el de Quindío se ha conservado algún tanto por la
influencia de antioqueños que con sus robustos brazos lo trabajan
en parte, y han formado algunos pueblos. El campesino antioqueño
es, de todos entre nosotros, el más laborioso y constante en el
trabajo, y como su país, fuera de sus minas de oro, es el más
pobre, por su esterilidad, el antioqueño busca en otras partes
dónde aprovechar el sudor de su frente -castigo que Dios impuso a
nuestros primeros padres por su desobediencia, con lo que nos
dejaron una herencia de dolores físicos y morales, tantos y tan
terribles, que es milagroso que exista un solo hombre sobre la
tierra.
3º El incremento que dio a la educación popular, en la que todas
las administraciones conservadoras tuvieron especial cuidado, a
pesar de la pobreza del país, sin armar alboroto por ello, ni hacer
ostentación mentirosa de progreso, pues en las escuelas se enseñaba
la religión de nuestros padres que el respetabilísimo doctor Soto
dijo en un acto solemne, que siempre seria protegida por el
Gobierno; y
4º
|
El famoso plan de estudios, en el que se formó esa
lucida juventud, que ingrata lo derogó en el año de
|1850, en
que empezó la demolición de todo lo bueno, en nombre de la
libertad y de la democracia.
III
Un incidente desgraciado y doloroso tuvo lugar al terminar la
Administración Herrán.
Yo había renunciado la gobernación de Santa Marta para irme a
Cartagena, por esa decisión que tenemos los cartageneros por
nuestra tierra natal; en lo que hice mal, porque en Santa Marta era
querido, no tenía un enemigo en ningún partido, todos estaban
contentos con mi administración, y porque "ninguno es profeta en su
tierra", como dijo quien sabía lo que decía. Admitida mi reiterada
renuncia por el Gobierno, fui nombrado comandante general de las
fuerzas que guarnecían a Panamá, Cartagena, Santa Marta y
Riohacha, y me reemplazó en la Gobernación de Santa Marta el señor
Carlos Fábrega, natural de la provincia de Veraguas.
Hallándome en Cartagena en ejercicio de mi empleo, entró a la
bahía el 14 de noviembre (1843) la goleta
|Matilde llevando
la noticia, por nota oficial, de que en la noche del día anterior
habían desembarcado en armas, furtivamente, en la costa de la
Ciénaga de Santa Marta, algunos de los revolucionarios de 1841,
expulsados a Jamaica. Sus jefes eran el comandante Joaquín Riascos
y el capitán retirado Agapito Labarcés, quienes figuraron como
coroneles en dicha revolución. Después de ellos los más notables
eran los ciudadanos Gregorio Labarcés, Nicolás González y Ramón
Ardila; y a éstos se unió el joven Custodio Azuero, natural del
Socorro, que prófugo mucho tiempo hacía, apareció en la Ciénaga,
dos días antes que los invasores.
El gobernador Fábregas se hallaba en dicho pueblo de la Ciénaga
de paseo con los cónsules francés e inglés, y habiendo tenido
noticia inmediatamente del desembarco de los expulsados, se puso
acto continuo en marcha para Santa Marta, acompañado del
nobilísimo joven antioqueño señor Cristóbal Restrepo, vecino de la
Ciénaga. Era de temerse que hubiera alguna avanzada o partida
suelta en el camino real para impedir que de la Ciénaga se diera
aviso a Santa Marta; y así no faltó quien hiciese al señor Fábregas
el ofrecimiento de llevarlo por los platanales de Papares y
Garabuya hasta el pueblo de Gaira, donde estaría ya seguro.
Restrepo instaba al señor Fábregas para que aceptara este
ofrecimiento, respondiendo de la fidelidad del honrado cienaguero
que lo hacia; pero el señor Fábregas, que desconfiaba, no pudo
convencerse y lo rehusó poniéndose en marcha con Restrepo, a todo:
galope, por el camino fatídico. A poca distancia una avanzada de
los invasores, sin darles el "quien vive", sin mandarles hacer alto
siquiera para reconocerlos y aprehenderlos, hace fuego y atraviesa
de una bala homicida a Restrepo. El señor Fábregas vuelve grupa,
entra a escape a la Ciénaga en busca de los cónsules, y es
aprehendido y metido a un calabozo, en donde ya estaba el jefe
político del cantón, señor Sevilla, y a cada uno se les pone un par
de grillos bajo una guardia al mando de Azuero, con centinelas de
vista. Los invasores no encontraron en el pueblo de la Ciénaga el
apoyo de 500 ó 600 hombres que en sus ilusiones se prometían
(aunque algunos pocos se les unieron), porque el frío asesinato de
Restrepo causó una indignación general. Por el camino extraviado
que el señor Fábregas no quiso seguir, un ciudadano fiel dio aviso
a Santa Marta de lo sucedido, y el señor Agustín Díaz Granados,
llamado a reemplazar al gobernador en ciertos casos, se declaró en
ejercicio de la gobernación, e inmediatamente hizo salir sobre la
Ciénaga dos compañías de infantería al mando del mayor Avilés.
Este, Ilegando a las primeras casas, entró al pueblo a son de
corneta, lo que sirvió de aviso a los invasores. Alarmados, se
pusieron en fuga hacia la montaña de Curinca, dando de lanzadas al
gobernador de la provincia y al jefe político del cantón, ambos
aherrojados. Avilés ocupó el pueblo, cuyos habitantes, en su mayor
parte, se le unieron. Una fragata de guerra francesa, que se
hallaba en el puerto de Santa Marta, vino frente a la Ciénaga,
tomó a su bordo al gobernador herido y lo llevó a Santa Marta,
donde expiró al segundo día. El jefe político, señor Sevilla,
vecino de la Ciénaga y padre de familia, no quiso ir a Santa
Marta, y murió de resultas de sus heridas algún tiempo después.
La noticia de estos atentados de alta criminalidad produjo en
las provincias de la Costa extraordinaria alarma. Se suponían
ramificaciones en todas ellas, en las del Norte, en Pasto y otras
partes; en suma, creyóse que venía una nueva revolución como la de
1941, en la que se hacía sonar el nombre del general Obando. Era
gobernador interino de Cartagena el señor Francisco Porras, quien
inmediatamente que recibió la primera noticia nos llamó al general
Rafael Tono y a mí a la gobernación. Tanto dicho general como yo
nos impresionamos con las noticias recibidas, que ya tenían
alarmada toda la ciudad. No era posible suponer un hecho aislado,
sin ramificaciones: la invasión de los expulsos a Jamaica, y los
feroces asesinatos cometidos, indicaban una resolución premeditada
de guerra a muerte. Consultada, pues, la opinión de algunos
ciudadanos respetables, acordamos que yo marchara inmediatamente
con el batallón número 6º de línea a Barranquilla, como punto
estratégico, para atender a cualquier movimiento que pudiera
ocurrir en los pueblos de las riberas del bajo. Magdalena, o en
las ciudades de Mompox o de Riohacha, y en la misma Ciénaga, si la
influencia de los jefes revolucionarios allegaba alguna gente. En
Cartagena fue llamada, además, al servicio la guardia nacional; se
fundó la goleta de guerra
|Tescua a Santa Marta, y se tomaron
otras medidas de precaución, entre ellas la de trasladar a la
ciudad al coronel Sarria, que se hallaba preso en Bocachica, y no
había sido expulsado aún por el terror de que fuese a unirse con el
general Obando y volviese a encender la desastrosa guerra del
Sur.
Luego que hube llegado a Barranquilla con el batallón, recibí
cartas del señor Granados y de otros, en las que me decían que
siguiera a Santa Marta con la fuerza de mi mando. Yo así lo
verifiqué, porque las cartas eran apremiantes. En dicha ciudad
había tomado la alarma mayores proporciones que en ninguna
parte.
El señor Juan José Nieto no quiso embarcarse en Jamaica con los
que venían para la Ciénaga; pero era voz generalizada por ellos,
que con otra expedición vendría a algún punto de la provincia de
Cartagena; y así habría sucedido si la intentona de los que
llegaron a la Ciénaga hubiera alcanzado buen éxito.
Sarria permaneció poco tiempo en Cartagena. Disipados los
temores de un trastorno serio, fue embarcado para Venezuela, y
permaneció en Coro hasta el año de 1850, en que, dirigiéndose a
Bogotá a recibir coronas de hojas, murió en el camino de
enfermedad natural.
No se podía conseguir la aprehensión de los invasores de la
Ciénaga, y se sabía que hacían esfuerzos por aumentar su número.
Fue preciso, pues, ofrecer premios pecuniarios a los que dieran
avisos de su paradero. Tenían las armas en la mano, y organizar y
pagar el espionaje es un derecho legítimo de la guerra. Pero ni aun
así se podía conseguir su captura. Comprendí que ya no había
motivo para que yo permaneciese en Santa Marta. En Cartagena había
un número considerable de reos condenados a trabajos forzados (pues
todos los sentenciados a esta pena en la República se mandaban
allá), y siendo eso una amenaza que inspiraba temores, el Gobierno
me llamó con encargo de que volviese toda o la mayor parte de la
fuerza con que salí de aquella plaza. Así lo hice en una goleta
holandesa, dejando por algún tiempo una compañía del batallón para
aumentar la guarnición de aquella ciudad, mientras la confianza se
restablecía.
En Cartagena supe que el comandante Riascos y tres más de sus
compañeros, aprehendidos y juzgados por los tribunales civiles,
fueron sentenciados y pasados por las armas. Conforme a la ley, los
expulsados que volvieran al país sin licencia del Gobierno,
perdían su derecho al indulto que concedió el general Herrán en
Sitionuevo; y los feroces asesinatos de Restrepo, del gobernador de
la provincia y del jefe político del cantón agravaron la causa de
aquellos jefes por la responsabilidad que como a tales se les
atribuyó, y justificaron más y más la sentencia condenatoria. El
capitán Agapito Labarcés murió de enfermedad en la montaña y
bosques donde se había ocultado. Así concluyó aquella intentona
inconcebible, que al principio se tuvo por trascendental y alarmó a
la República.
IV
Terminado el período administrativo del general Herrán, el
partido que había triunfado en la anterior lucha, al tratar de
elegir nuevo Presidente, se dividió en dos candidaturas, la del
general Mosquera y la del general Borrero. No hubo elección
popular, porque ninguno obtuvo la pluralidad absoluta de los votos
de los electores, y el Congreso de 1845 la perfeccionó en favor del
general Mosquera. Todos los liberales que había en las cámaras
votaron por el general Borrero, porque éste ofrecía la expulsión de
los jesuitas, mediante una ley que derogase la que trajo a aquellos
religiosos, al paso que el general Mosquera, bajo la influencia de
su hermano el arzobispo, opinaba que convenía conservarlos en la
República. Y estas no fueron voces vagas, sino la verdad. Yo fui
diputado a aquel Congreso en la cámara de representantes, y ambos
círculos tocaron conmigo; por consiguiente sé bien lo que digo
sobre el particular. Prescindiendo de la cuestión jesuitas, que
para mí es simplemente de tolerancia, voté por el general
Mosquera, como candidato del partido militar. No me pesó haberle
dado mi voto, porque su administración fue verdaderamente
progresista. Conservó la paz, porque era temido: dio impulso a
varias industrias; abolió el monopolio del cultivo del tabaco;
protegió eficazmente la navegación del río Magdalena por buques de
vapor; estableció el sistema decimal para las monedas, pesas y
medidas; arregló ventajosamente el ramo de correos; suprimió la
circulación de la moneda cortada, llamada macuquina, y la reemplazó
con moneda redonda de cordón; introdujo el sistema de partida doble
en las cuentas de las oficinas de hacienda, bajo la dirección del
señor J. E. Caro, con lo que empezó a desembrollarse el caos que en
este importante negociado existía; disminuyó la fuerza armada, y
así dio algún desahogo al tesoro público; estableció el colegio
militar, en el que, dando extensión al estudio de las ciencias
exactas, se han formado ingenieros civiles del país (y algunos
notables, como el señor Indalecio Liévano, el señor Manuel Ponce
de León y otros Y; hizo venir extranjeros útiles; echó los
cimientos del capitolio, cuya construcción, aunque lentamente, se
continúa; mejoró la tipografía nacional, contribuyendo a ello el
señor Manuel Ancízar, bogotano, que hacía muchos años estaba fuera
de su patria, y que después ha figurado y figura, en alta escala,
en la política del país; hizo en fin, otras mejoras ve seria largo
enumerar. Por último, dio un paso atrevido llamando al ministerio
de Estado al señor Florentino González, liberal entonces de los
más exaltados, lo que en algún modo sorprendió y desconcertó al
partido conservador, pues no se dio ninguna razón aplicativa de
esta medida. El último acto de su administración fue expedir una
amnistía completa, gracias a la Constitución de 1843, a virtud de
la cual pudieron volver al país los expulsados por la revolución
anterior, entre ellos el general Obando.
Y estas administraciones de Márquez, Herrán y Mosquera fueron
las que los
|liberales llamaron "los doce años de la tiranía
conservadora"! ¡La tiranía conservadora! Es imposible no perder la
calma, por mas propósitos que hayamos hecho, cuando se leen o se
recuerdan estas cosas. ¡La tiranía conservadora! Los hechos prueban
que en la República no hubo tiranía sino cuando se ha victoreado a
la libertad, y que fue esa tiranía peor cuando más se ensalzó la
democracia.