| CAPITULO
QUINCUAGESIMOSEPTIMO
I
Más de medio año había pasado de mi gobernación en Santa Marta,
sin que ningún acontecimiento viniera a sacarme de la monotonía de
recibir oficios, contestarlos, y poner otros a jefes políticos y
alcaldes (ocupación casi única de los gobernadores en aquellos
tiempos, en que la administración pública de las provincias,
reglamentada por leyes claras y previsoras, no les dejaba campo
para intrigas ni maniobras políticas), cuando un acontecimiento
grande en su género, y del mayor interés para mí, vino a
despertarme. Bolívar, en su lecho de muerte, había dispuesto que
sus restos fuesen algún día trasladados a Caracas, su tierra
natal, en la que dormían el sueño del sepulcro sus padres,
parientes y los más de los amigos de su infancia. Doce años hacía
que en la bella aunque pequeña catedral de Santa Marta yacía
olvidado el cuerpo del grande hombre, cuando el Presidente de
Venezuela (general Páez) solicitó del Congreso venezolano los
recursos necesarios para cumplir con el deber que tenía aquella
nación de atender dignamente al último deseo de su hijo excelso, y
acogida por el Congreso tan noble demanda, se dirigió a nuestro
Gobierno para lo de su cargo. Era Presidente de la Nueva Granada el
general Herrán, leal, fiel y constante amigo de Bolívar, y más que
por esto, por el honor de la Nueva Granada, ordenó por un decreto
la entrega de las preciosas reliquias, y me dio instrucciones para
que el acto se verificara con la majestad que correspondía a la
República y a la memoria del hombre esclarecido a quien se honraba
en él. Fuimos nombrados en comisión para recibir a la de Venezuela
y poner en sus manos los restos venerados que venía a reclamar, el
reverendo obispo de Santa Marta, doctor Serrano, el señor Joaquín
de Mier, el señor Juan de Francisco Martín, presidente entonces en
Jamaica, el general Joaquín Barriga, y yo como Presidente de la
comisión. El señor De Francisco se excusó por enfermo, y el general
Barriga, que salió de Cartagena en nuestra goleta de guerra
|Tescua, no pudo llegar a tiempo, porque combatida la goleta
por las brisas del nordeste, que en aquella Costa soplan como
huracanes, perdió un mastelero de juanete (el que cayendo sobre
cubierta mató dos individuos de la banda de artillería de
Cartagena, que iba en la goleta) y sufrió otras averías que la
obligaron a arribar a Sabanilla. Por esto no pudo el general
Barriga llegar a tiempo, y faltó nuestro pabellón en el convoy que
condujo la urna cineraria a Venezuela.
La comisión venezolana que debía recibir el féretro se componía
del señor José Vargas, Presidente que fue de Venezuela; del general
de división José María Carreño, aquel que en un campo de batalla
quedó como muerto, acribillado de heridas de sable y sin el brazo
derecho: del señor Mariano Ustáriz, y del prebendado doctor Manuel
Cipriano Sánchez, gran capellán de la expedición. El general
Flórez nombró a un hijo suyo para que asistiese en su nombre al
acto solemne que se iba a ejecutar, pero el mal tiempo en la
navegación le impidió llegar. Yo tuve crédito abierto para preparar
todo lo necesario.
El pueblo de Santa Marta todo se esmeré en asear la ciudad: las
paredes de las casas fueron blanqueadas; sus puertas, balcones y
ventanas pintadas; la catedral aderezada con esmero en sus altares,
efigies, frontales, colgaduras, velos, etc., se construyó un
catafalco sólido, si no suntuoso por dorados y adornos, sí
elegante y propio del objeto a que se destinaba.
Estando en expectación, entró al puerto (el 7 de noviembre) un
bergantín de guerra inglés de diez y ocho cañones que venía a
acompañar el convoy, como una muestra de honra que hacía su
Gobierno en tan augusta solemnidad; el 10 entró un bergantín
holandés de igual porte y con el mismo objeto; el 16 entró la
goleta de guerra venezolana de diez cañones, nombrada
|La
Constitución, que debía llevar a su bordo las reliquias que
venía a buscar; y poco a horas después entró una corbeta francesa
de veinticuatro cañones, con el mismo objeto que los bergantines
ingles y holandés. Cada uno de estos buques hizo a su entrada un
saludo de veintiún cañonazos a la ciudad, que contestó acto
continuo la batería de Santa Bárbara. Esta batería la reparé yo
perfectamente, arreglé los montajes de las piezas e hice limpiar
los cañones. Poco tiempo después un mar de leva la socavó por su
base, y como entre nosotros lo que se dalia no se compone, el mar
acabó por destruirla completamente; bien que todas nuestras
fortificaciones que en un tiempo fueron suficientes a repeler la
fuerza con la fuerza, hoy con los cañones gigantes y los
proyectiles enormes que se usan en las naciones marítimas, no
podrían resistir un cañoneo de pocas horas, ni aun las de
Cartagena; así es que apenas sirven para cañoneamos nosotros mismos
unos a otros en nuestras matanzas insensatas; por consiguiente no
es censurable que se dejen destruir, ya que no es posible
reforzarlas lo suficiente a llenar su objeto.
Un italiano, capitán de navío al servicio de Venezuela, venía a
bordo de la goleta
|Constitución como comandante en jefe de
la expedición marítima, y en calidad de tal se me dirigió de
oficio, participándome que iba a poner el buque de luto, tirando un
cañonazo cada quince minutos. Por el decreto del Gobierno la plaza
debía hacer los honores de capitán general con mando, y así no se
podía tirar sino un cañonazo cada media hora. Los comisionados de
Venezuela vinieron a bordo de la corbeta francesa.
El señor Vargas me pasó inmediatamente un oficio acompañado de
otro del ministro de relaciones exteriores de Venezuela, en el que
se me participaba la venida de la comisión y su objeto. El último
terminaba así:
"El Gobierno de Venezuela espera que estos tres distinguidos
ciudadanos, que van revestidos de un carácter público y encargados
de tan interesante comisión, obtendrán de vuestra señoría la más
favorable acogida, como agentes de una nación amiga, y les
dispensará las atenciones acostumbradas en semejantes casos, por
lo que merecerá vuestra señoría del pueblo y Gobierno de Venezuela
la más sincera gratitud.
"Soy de vuestra señoría con toda consideración atento, seguro
servidor.
FRANCISCO ARANDA"
Yo inmediatamente mandé al secretario de la gobernación y al
capitán del puerto a felicitar a los señores comisionados de
Venezuela, y a llevarles mi respuesta oficial, que fue la
siguiente:
"Santa Marta, 16 de noviembre de 1842. "El gobernador de Santa
Marta tiene la honra de contestar la nota oficial fecha de hoy de
los excelentísimos señores comisionados por el Gobierno de
Venezuela para recibir los restos venerados del Libertador Simón
Bolívar y conducirlos a su patria, ya que esa fue la última
voluntad del grande hombre que llenó el mundo con su fama, y hace
la gloria de Colombia.
"Sus excelencias pueden desembarcar a la hora que gusten, pues
tanto el gobernador que suscribe, como los habitantes de Santa
Marta, lo desean para manifestarles el aprecio debido a los
representantes del pueblo venezolano en esta ocasión augusta.
"El secretario de la gobernación y el capitán del puerto pondrán
en manos de sus excelencias esta comunicación, como encargados por
el que suscribe para este objeto y para hacerles presente a la vez
los sentimientos de aprecio y consideración con que queda de sus
excelencias muy atento, obediente servidor.
JOAQUIN POSADA GUTIERREZ"
"A los excelentísimos señores comisionados por el Gobierno
venezolano para recibir las cenizas del Libertador".
Inmediatamente bajaron a tierra los señores comisionados y
pasaron a la gobernación, donde yo los esperaba con el señor
Joaquín de Mier, quien se encargó espontáneamente de atenderlos y
obsequiarlos en su casa, lo que hizo noblemente.
Este mismo señor Mier, español de nacimiento, fue el que dio a
Bolívar en sus últimos días dulce hospitalidad en su hermosa
hacienda de
|San Pedro Alejandrino, y quien, con generosa
mano, proveyó las últimas necesidades del grande hombre y le cerró
los ojos al morir. El señor Mier era caballero, y su esposa, y sus
hijos eran granadinos.
En lugar de infantería de marina, vino en la goleta venezolana
tina escolta de jóvenes del colegio militar de Caracas para hacer
la guardia en la cámara en que debía colocarse el féretro para su
fúnebre viaje: eran estos jóvenes de las principales familias de
patriotas, hijos de antiguos servidores de la Independencia, y
todos de educación y modales distinguidos.
Al día siguiente fueron visitados los señores comisionados de
Venezuela por una diputación del concejo municipal, por el
comandante de armas de la provincia, con todos los jefes y
oficiales de artillería y del batallón número 9º, por todas las
autoridades políticas y judiciales y por los principales vecinos de
la ciudad.
Los samarios todos se esmeraban en hacer grata su mansión en
nuestra tierra no sólo a los señores comisionados de Venezuela,
sino a los comandantes y oficiales de los buques de guerra
extranjeros, ya invitándolos a sus casas, unas veces los unos,
otras los otros, ya acompañándolos a la hacienda de
|San
Pedro, donde en el mismo lugar en que Bolívar exhaló el último
suspiro, su busto colocado sobre una mesa cubierta con un paño
negro inspiraba un sentimiento de respeto indecible.
El día 19, en el magnífico edificio de Santa Maria llamado el
Seminario, y en su mayor sala, di yo a la comisión venezolana un
banquete de sesenta cubiertos, si no tan suntuoso como pudiera
haber sido en otra parte, sí tan abundante y decente como era
posible en una pequeña ciudad y en tan corto tiempo como tuve para
prepararlo. El Gobierno me autorizó para hacer este gasto por
cuenta del tesoro público, y no hubo quien lo censurase como cuando
hice el indispensable en Honda de los champanes para el viaje de
Bolívar cuando bajaba como proscrito en 1830. Durante la comida
una orquesta tocó hasta las diez de la noche, hora en que nos
levantamos. El edificio se iluminó desde las siete de la noche y el
público fue admitido a pasear por los patios y galerías o
corredores.
Puestas de acuerdo las dos comisiones, se fijó para la tarde
del 20 el acto de la exhumación. A las cuatro de la tarde de dicho
día las campanas de la ciudad empezaron a doblar, que fue la señal
convenida para indicar que la ceremonia iba a empezar. Los
comisionados, el concejo municipal, los comandantes y oficiales
de los buques de guerra, todas las autoridades Políticas y
judiciales, los empleados públicos civiles, el comandante de armas
con los jefes y oficiales del batallón 9º de línea, los ciudadanos
notables, las señoras, todos de luto, llenaron las naves de la
catedral. El doctor Próspero Reverand, médico de cabecera de
Bolívar y que hizo la autopsia del cadáver, y el señor Manuel
Ujueta, que en su calidad de jefe político en aquel tiempo la
presenció, concurrieron llamados por mí para verificar su
identidad.
Al tiempo de levantar la losa de mármol que cubría la bóveda
sepulcral, tres tiros de cañón lo indicaron a la ciudad y a los
buques de la bahía, y en el coro, acompañados del órgano y de una
música escogida, se entonaron los cantos fúnebres en tales casos
acostumbrados. Al descubrirse la caja de madera que encerraba otra
de plomo, se excitó en la numerosa concurrencia un vivísimo
interés. La caja de madera estaba hecha pedazos, la de plomo se
sacó entera, se destapó, y entonces a porfía todos los
extranjeros, los militares granadinos, los funcionarios públicos
y, en una palabra, la concurrencia entera, hasta las señoras,
quisieron ver los restos descubiertos, y pedían y se les daba
parte de los fragmentos de la caja de plomo, que fue menester
recortar para que cupiera en la magnífica de madera incrustada de
labores de laurel que mandó el Gobierno con este objeto. Desde
aquel momento la batería de Santa Bárbara empezó a hacer un tiro de
cañón cada media hora, hasta la de la retreta, y los buques de
guerra uno cada cuarto de hora hasta que el sol se puso. Lo mismo
se hizo al día siguiente. Una compañía del batallón 9º entró en el
acto, de guardia, aunque estaba allí la escolta, sin armas, de los
alumnos del colegio militar de Caracas, porque Bolívar nos
pertenecía hasta que fuera entregado a la comisión venezolana.
Procedióse en seguida al reconocimiento de los restos, que dio
este resultado: el cráneo estaba aserrado horizontalmente, y las
costillas por ambos lados cortadas oblicuamente como para examinar
el pecho; los huesos de las piernas y pies estaban cubiertos con
botas de campaña: la derecha todavía entera, la izquierda
despedazada; a los lados de los huesos de los muslos, pedazos de
guión de oro deteriorado y listas de color verde, como metal
oxidado, fueron los únicos fragmentos de su vestido que se
encontraron; todo lo demás se había pulverizado. En aquel momento,
reinando un profundo silencio, pregunté al doctor Reverand y al
señor Ujueta lo conducente a probar la identidad de los restos del
cadáver que tenían presente, con el del general Bolívar, y ambos
contestaron afirmativamente. Comprobada la identidad, mientras se
preparaba la caja para ponerlo en el catafalco que hice construir
al efecto, el Reverendo Obispo se retiró al coro, y de allí salió
con capa magna y mitra, acompañado de todo el clero, de sobrepelliz
y estola, y al tiempo que los oficiales del batallón 9º levantaron
el féretro para ponerlo en el catafalco, entonó los cantos
fúnebres que la iglesia acostumbra, acompañados del órgano y de
una música de capilla escogida, conmoviendo a la concurrencia
toda, tanto de católicos como de protestantes y hebreos que había
en la iglesia, quienes manifestaron su emoción en su semblante y
respetuosa actitud, principalmente cuando el Prelado, rociando el
esqueleto con agua bendita, cantó enternecido el último responso.
Cuán sublime es la majestad del culto católico! ¿Por qué se empeñan
tanto en destruirlo? ¿Qué se proponen con esto? ¿Qué quieren?
¿Quieren cambiarlo? ¿Por cuál otro? ¿ Se proponen negar a Dios?
¡Insensatos! El mismo Voltaire dijo que si no hubiera Dios sería
menester inventarío!
A nosotros nos quedó una pequeña caja de plomo que contenía el
corazón y las entrañas de Bolívar, la que solicitamos de la
comisión venezolana nos dejara, a lo que ella accedió
generosamente. Abierta, sólo contenía tierra, esa tierra o polvo en
que todos nos hemos de convertir. En la catedral de Santa María
quedó, y allí debe quedar: Santa Marta merece conservarlo.
Colocado ya el féretro en el catafalco, la compañía de guardia
hizo una descarga cerrada, y ocho centinelas con armas a la
funerala le rodearon.
La iglesia, espléndidamente iluminada, fue visitada hasta las
diez de la noche por toda la población, no sólo de Santa Marta,
sino de los lugares y caseríos inmediatos, y hasta de Barranquilla
vinieron algunas personas a solemnizar con su asistencia la augusta
función.
Al día siguiente se celebraron las exequias con misa
pontifical, a las que concurrimos todos los que asistimos a la
exhumación y cuanto había de respetable en Santa Marta.
A las cuatro de la tarde del mismo día, hora fijada para el
acto solemne de llevar los restos al embarcadero y entregarlos, el
fúnebre convoy con el féretro conducido en hombros por los
oficiales y vecinos principales que se alternaban, acompañado por
todos los que asistimos a las exequias, y cuantas personas
honorables de todos los colores contenía la ciudad, se puso en
marcha. La numerosa concurrencia le precedía en dos largas filas;
las comisiones granadina y venezolana, el concejo municipal, los
comandantes y oficiales de los buques de guerra y dos deudos del
Libertador, le seguíamos inmediatamente; la compañía de guardia con
la bandera del batallón enlutada, nos seguía el batallón formaba
calle desde el atrio de la catedral hasta la plaza de armas,
también con armas a la funerala, e iba entrando en columna por
mitades de compañías, con distancias enteras, detrás de la guardia;
la música de milicias que iba a la cabeza del batallón tocando
marcha regular a la sordina, uniformaba el movimiento de
todos.
Los balcones y ventanas con colgaduras negras estaban llenos de
señoras y niños, y hasta las azoteas de las casas lo estaban de
criadas y mujeres del pueblo.
Al llegar al embarcadero el majestuoso acompañamiento hizo
alto; el batallón formó en batalla y presentó las armas.
La falúa de la goleta, los botes de los buques de guerra y el de
la capitanía del puerto esperaban a la orilla; sus marineros,
sentados en los bancos con los remos en la mano, apoyados en el
fondo y sus palas en alto, esperaban listos el momento de dejarlos
caer al agua a derecha e izquierda.
En aquel momento me descubrí yo para hablar, y toda la
concurrencia guardó profundo silencio. Mi conmoción era intensa.;
tuve que llevar la mano sobre mi corazón para amortiguar sus
latidos; sobrecogido con la presencia de cinco o seis mil oyentes,
y por la consideración de que mis palabras habrían de ser
repetidas en Nueva Granada, Venezuela y el Ecuador, y quizá en
todo Hispano América, tuve que hacer un grande esfuerzo para
serenarme. Ya era tiempo: la impaciencia empezaba a manifestarse.
Animado por ella misma, levanté la frente y con la voz clara y
fuerte que tenía en aquella época, dirigiéndome a la comisión
venezolana, dije:
"Excelentísimos señores comisionados de Venezuela;
"En este día solemne por tantos títulos, en este día de luto
para la Nueva Granada, en que tiene que despojarse por su propia
mano de las preciosas reliquias que hubiera querido conservar
eternamente, estoy encargado por el Gobierno de mi patria y por la
honorable Comisión que tengo la honra de presidir, de un deber
bien penoso y triste: el de manifestaros, para que lo digáis a
Venezuela, para que lo sepa el mundo entero, el duelo y
sentimiento con que la Nueva Granada se desprende de los restos
venerados del Libertador Simón Bolívar.
"¿Y podré yo cumplir con este encargo? No: no hay palabras
bastantes a expresar lo que sienten los corazones. Vosotros,
honorables diputados, lo veréis mejor en los semblantes de todos
los samarios, de este pueblo que recibió aquellos últimos suspiros
de Bolívar, que le arrancaron los dolores físicos y los dolores
morales; que le vio postrado en el Tribunal de la penitencia
recibiendo la bendición del cielo por la mano de un dignísimo
príncipe de la Iglesia; de este pueblo, en fin, que depositó
conmovido su cuerpo inanimado en el lugar santo en que lo habéis
hallado, y que representa hoy a la Nueva Granada en su dolor.
"Lo que habéis visto, lo que veis no se finge: todas las
pasiones han callado, todas las opiniones han desaparecido para
rendir homenaje a la sombra creciente del gran caudillo de los
Libertadores: los recuerdos de las hazañas inmortales del glorioso
ejército; el nombre mágico de Colombia... pero yo no puedo
continuar.
"Tomad señores, el precioso tesoro que buscáis, llevadlo a esa
tierra privilegiada por el acaso, y sabed y sepa ella, que el
respeto que el Gobierno y el pueblo granadino tienen a la última
voluntad del héroe, es la única fuerza capaz de hacer a la Nueva
Gratada resignarse al sacrificio.
"¡Y vosotras, cenizas ilustres, que habéis descansado en paz
por más de una década en este suelo que no quisisteis que os
sirviese de asilo eterno, admitid los votos que los granadinos
todos elevan al cielo por vuestro descanso perdurable! ".
El señor Vargas me contestó con emoción notable diciendo:
"Los hijos de Colombia se han congregado en esta ocasión solemne
para cumplir la última voluntad del general Simón Bolívar,
Libertador de su patria. Después de una vida de incesantes afanes
por la libertad de medio mundo, en su última hora, cuando ya un
Dios omnipotente y justo había resuelto en sus decretos
inescrutables llamar su alma a la mansión del eterno descanso; y
cuando la historia recogía sus gloriosos hechos para hacer de
ellos su nueva vida, vida toda de gloria, vida, inmortal; al héroe
no le quedaba de qué disponer sino de sus restos perecederos, y él
quiso que se reunieran en un mismo sepulcro con las cenizas de sus
progenitores sin salir (aunque pasando de un lugar a otro) de su
patria, de Colombia, que ocupó toda su grande alma durante su vida,
y fue objeto exclusivo de sus ansiosas solicitudes hasta el momento
de su muerte. El acatamiento de los Gobiernos venezolano y
granadino a la disposición testamentaria de este gran caudillo de
la América del Sur, es el único título en fundamento de esta
traslación y de la fúnebre ceremonia que nos convoca.
"Los que antes fueron todos colombianos rodean ahora la urna
cineraria del fundador y padre de su patria, no sólo para
tributarle junto con sus lágrimas el filial homenaje de su gratitud
y respeto a presencia del cielo y de la tierra, delante de testigos
respetables enviados por monarcas excelsos, magnánimos y poderosos,
sino también para simbolizar con este acto sencillo, pero moral,
noble y augusto, la profunda atención con que escuchan los últimos
solemnes consejos de su padre común, el culto santo con que recogen
de sus labios moribundos aquellas memorables palabras: UNION,
UNION, exhaladas con su postrer aliento.
"Excelentísimos señores comisionados por el Gobierno de la
Nueva Granada: que este precioso depósito que ahora recibimos de
vuestras manos sea una prenda sagrada y un garante de perpetua paz,
amistad leal y fraternales simpatías entre los pueblos hermanos de
la antigua Colombia, es el voto ferviente del Gobierno y pueblo de
Venezuela".
Apenas el venerable señor Vargas acabó de hablar, ocho forzudos
marineros de la falúa venezolana recibieron la sagrada caja y la
llevaron a la falúa. En el momento todos los remos cayeron al agua
de uno y otro lado, y falúa y botes partieron dejando largas y
espumosas estelas en su arranque. Al mismo tiempo el cañón tronó
en la batería de Santa Bárbara, en los buques de guerra
extranjeros, y las casas de la ciudad y los cerros circunvecinos
retemblaron al estampido simultáneo y terrible de 80 cañones de
grueso calibre, En la goleta, la guardia de los alumnos del colegio
militar de Caracas recibió el féretro que a su custodia se
entregaba, y los botes del acompañamiento se separaron del costado
dé la goleta. El batallón, incorporada la compañía de la guardia,
con una descarga cerrada dio el último adiós del ejército
granadino, al que en mejores días fue su excelso jefe cuando éramos
todos COLOMBIANOS: y se retiró a paso redoblado.
Con los honorables comisionados de Venezuela contesté al
secretario de relaciones exteriores, con la nota siguiente:
|"República de la Nueva Granada. -
|Gobierno de la
provincia. -
|Santa Marta 21
|de noviembre de
1842.
"Señor secretario de relaciones exteriores de la república de
Venezuela.
Señor:
"Tuve el honor de recibir la apreciable nota de vuestra señoría,
fecha veintiocho de octubre próximo pasado, en la que vuestra
señoría se sirve comunicarme la venida a esta ciudad de los
honorables señores doctor José María Vargas, general José María
Carreño y Mariano Uztáriz, nombrados por el Presidente de la
República de Venezuela comisionados para presenciar, en unión de
los de la República del Ecuador y de los de la Nueva Granada, la
exhumación de los restos venerados del Libertador y recibirlos
para conducirlos a Venezuela.
"Los distinguidos ciudadanos que han venido encargados de tan
augusta misión han sido recibidos no sólo por mí, sino por todas
las autoridades y ciudadanos de Santa Marta, de la. manera que
debían serlo los agentes de una nación amiga que cuando Colombia
fue y Bolívar era, formaba con la Nueva Granada un solo pueblo, y
como ellos particularmente se merecen por sus apreciables
cualidades.
"Cumplida la comisión de moralidad y gloria colombiana que los
trajo a estas playas, regresan llevando el precioso tesoro que
buscaban. Ellos dirán al pueblo y al Gobierno de Venezuela cuál ha
sido en esta ocasión solemne de la América del Sur, la conducta
del pueblo de Santa Marta, representando al de la Nueva Granada
entera.
"Soy de vuestra señoría, con toda consideración, atento seguro
servidor.
JOAQUIN POSADA GUTIERREZ"
En la mañana del día siguiente partió el convoy, y la goleta
venezolana con un saludo de 21 cañonazos se despidió de nuestras
playas. Y todo quedó en silencio y concluído "Así pasan las glorias
de este mundo".