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CAPITULO QUINCUAGESIMOQUINTO
 

 

I
 

 

Antes de salir el ejército de Popayán para Pasto, se recibió allí la plausible noticia de que el coronel Juan Antonio Piñeres se había |contrapronunciado en Carta­gena proclamando el Gobierno legítimo. El señor An­tonio R. Torices, gobernador constitucional de la pro­vincia, que cayó cuando las tropas de Cartagena hicie­ron su primer pronunciamiento contra el Gobierno, se hallaba a bordo de un buque de guerra inglés en la bahía, en viaje para Jamaica. Aprovechando esta feliz oportunidad el coronel Piñeres, el coronel Francisco Núñez y otros jefes, ejecutaron el movimiento, y ha­ciendo desembarcar al señor Torices, le restablecieron en su puesto el 15 de junio, con aplauso de todos los habitantes honorables de la ciudad. Servicio grande, in­menso, prestó el coronel Piñeres en aquella ocasión a la buena causa. Borrando con él su primer extravío, y reconciliándose con el Gobierno que antes había ofendido, mereció bien de la patria. Era el coronel Piñeres un hombre bondadoso, incapaz de hacer mal a nadie; así fue una fortuna que hubiera sido él quien figurara a la cabeza de la primera revolución, pues no hubo perse­cuciones ni demasías de ninguna clase, a pesar de estar hasta cierto punto sometido a un Consejo de Estado compuesto de hombres exaltados e inexorables.

El coronel Núñez publicó en Cartagena un manifies­to en el que minuciosamente describe el modo como se verificó aquella reacción, en la que Núñez correspondió con lealtad a la confianza del general Herrán; lo que destruye completamente la aseveración del general Giban­do, de que Núñez le dijo, cuando iba para Pasto, que no siguiera porque lo asesinarían, para lo que iban separando a los oficiales que le eran adictos, siendo él uno de ellos.

 

El acta de los militares de Cartagena del 15 de junio causó una impresión desfavorable, en cierto modo, por­que las condiciones que ponían, las condecoraciones que ellos mismos se decretaban, los ascensos que ellos obtenían como revolucionarios declarados, eran cosas inadmisibles; pero la masa popular, y principalmente la juventud decente, de todos colores, que tomó las armas con decisión loable y salvadora, afianzó el pronuncia­miento y le dio el triunfo.

Sin embargo hubieron de prepararse a sostener una lucha desigual y peligrosa, porque los revolucionarios de Santa Marta, de Mompos, de Riohacha y de algunos departamentos de la misma provincia de Cartagena, se reorganizaron, se armaron, y con una fuerza de algo más de 1.500 hombres, pusieron a Cartagena, y con sus fuerzas sutiles, dominando el río Magdalena, impe­dían que el Gobierno protegiese la plaza. Una columna de 400 hombres, a las órdenes del coronel José María González, que se aventuró desde el puerto de Ocaña por el callo del Papayal a obrar sobre la isla de Mompós, fue completamente destruida con crueldad a cañonazos por los bongos enemigos. Sólo se salvaron los pocos que pudieron tomar tierra, y éstos fueron hechos prisione­ros. En tan inesperada emergencia dio el Gobierno la orden al general Mosquera de organizar una columna de 700 a 800 hombres escogidos, que bajo las mías (merecí el honor de ser designado expresamente por el Gobierno) marchase por Antioquia y el camino de Ayapel a las sabanas de Corozal para proteger a Car­tagena. Esta columna pudo haber marchado de Antio­quia con 1.000 hombres; pero el general Mosquera, estando en insurrección los negros de la costa del Pa­cífico, plagado de partidas de asesinos el cantón de Ca­loto, y los bandidos de Timbío tan cerca de Popayán, y | los de Tierradentro en la provincia de Neiva, hosti­lizando atrevidamente, creyó que en tales circunstan­cias no era conveniente disminuir el ejército de 700 hombres, y suspendió, bajo su responsabilidad, el cum­plimiento de dichas órdenes.

El general Carmona mandaba las fuerzas rebeldes sitiadoras de Cartagena, y ponía la plaza en grandes apuros. A pesar de la decisión y entusiasmo de sus de­fensores, hubiera acaso sucumbido al rigor del hambre

si el señor Juan de Francisco Martín, desde Jamaica, no la hubiera socorrido generosamente con víveres, que envió en veleras goletas inglesas, que llegaron felizmente.

Las fuerzas del general Carmona se componían en su mayor parte de los derrotados en Tescua, que, a pesar de las órdenes del Gobierno de Venezuela, pasaron to­dos por Maracaibo a Santa Marta: era el general Car­mona venezolano, de gran nombradía en la guerra de la Independencia, uno de los 150 héroes de las Queseras del Medio, nada menos que segundo del general Páez en aquella jornada de memoria inmortal. Con estos títulos encontró amigos y recursos en Maracaibo para verificar su viaje con los granadinos que lo seguían a continuar sus devastaciones en nuestra patria infeliz Y esos granadinos se titulaban liberales!

La tenacidad de los revolucionarios de las provin­cias de la costa del Atlántico y el incremento que ha­brían de tomar sus fuerzas si Cartagena sucumbía, obli­garon al general Herrán a dejar el solio presidencial y marchar a Ocaña con muy pocas tropas, dejando al Vicepresidente, general Caicedo, encargado del Poder Ejecutivo. Esta resolución era urgente, porque además de las fuerzas sitiadoras de Cartagena, tenían los revo­lucionarios más de 2.000 hombres entre las de Mompós, Sabanas de Corozal y Santa Marta. fuera de las sutiles que obraban en el río.

 

II
 

 

A nuestro regreso de Pasto tuvimos en Popayán noticia de estos sucesos. Yo volví a ser designado pos el Gobierno para tomar el mando de los batallones número 5º y número 6º, completados a 600 hombres cada uno, y con ellos marchar a Ocaña por Bogotá, acelera­damente, a ponerme a las órdenes del general Herrán. El resto de mi 3ª división, debía seguirme. El general Mosquera obedeció: los batallones se reorganizaron con la mejor tropa de los otros cuerpos, y al despedirme dé Popayán me pasó la siguiente nota:

|"República de la Nueva Granada.- Ejército de operaciones del Sur.- General en jefe.- Cuartel geneial en. Popayán, a 13 |de diciembre de 1841. "Al bene­mérito señor general Joaquín Posada Gutiérrez, coman­dante en jefe de la 3ª División.

"Es un deber mío manifestar a vuestra señoría el placer que tengo de dar a vuestra señoría las gracias a nombre del Poder Ejecutivo por el comportamiento de vuestra señoría en la campaña del Sur. Vuestra se­ñoría dejó una silla en la cámara de representantes cuando consideró vuestra señoría más útiles sus servi­cios en el ejército. Los desgraciados sucesos de armas que conflagraron todo el Sur contra la Nación, hicieron necesarios los servicios del ejército para salvarla. Vues­tra señoría en Riofrío abrió las operaciones decisivas y escarmentó a los rebeldes, haciéndoles perder su moral. Esta batalla ha tenido en las operaciones del ejército los resultados que eran de esperarse, y me dio lugar a combinar un plan que ha sido llenado, y en que vuestra señoría ha tenido una parte como jefe de la 3ª división. Las luces de vuestra señoría en materias militares me han sido muy útiles para mis resoluciones, y el espíri­tu de disciplina que vuestra señoría ha sostenido por su parte, ha sido digno de un antiguo y acreditado jefe.

"Sírvase vuestra señoría, al separarse de mi cuartel general con la |3? división, aceptar el distinguido apre­cío y amistad con que me suscribo de vuestra señoría muy atento y seguro servidor,

TOMAS C. DE MOSQUERA"

 

En pocos días terminó este general la persecución de las guerrillas, porque acorralándolas por todas par­tes, Sarria, que era el jefe más temible y más activo de ellas, aceptó un nuevo indulto que se le ofreció, y entregó las armas: los indios Ibito y Guamas, de Tierra-dentro, también se sometieron, y entregaron igualmente las armas, con lo que quedó todo terminado en el sur de la República. Sufrieron los pueblos, murieron los menos culpables, y los principales cabecillas, mancha­dos con crímenes atroces, se salvaron en indultos y am­nistías. Esta es la historia de la humanidad: el débil será siempre la víctima expiatoria.

Al marchar yo de Popayán a Ocaña, que es como decir de Cádiz a San Petersburgo, se movió una colum­na de 800 hombres de Antioquia para la provincia de Cartagena, por el camino de Ayapel. Se hizo, pues, un poco tarde, lo que debió haberse hecho cuando el Go­bierno lo dispuso. Sin embargo, el coronel Juan Maria Gómez (después general), que mandaba la columna de Antioquia, ayudado por el entusiasmo de los pueblos de los cantones de Sotavento, fue afortunado en sus operaciones: batió en la aldea de Ovejas al capitán Manuel Ortiz, titulado coronel entre los rebeldes, lo hizo prisionero, y lo pasó por las armas. Otro tanto hizo con el secretario de Ortiz, doctor Mendoza, que no era militar, pero tenía numerosos enemigos en su calidad de defensor de pleitos, sin título de abogado. Aparte de sus compromisos en la revolución, era el doc­tor Mendoza hombre inofensivo y padre de numerosa y respetable familia, por lo que, con este acto de rigor innecesario, sus hijos todos y muchos de sus numerosos parientes, vinieron a ser nuestros enemigos políticos. El capitán Ortiz, natural del Cauca, era ministerial; trató de oponerse al primer pronunciamiento del coronel Pi­ñeres a la cabeza de la compañía que mandaba en el batallón número 3º; fue preso y reducido a un calabo­zo por los revolucionarios, y pocos días después resultó coronel comandante militar de las sabanas de Corozal por la federación, y como tal perseguidor de los mi­nisteriales. La persuasión que cundió por todas partes de que el Gobierno era impotente para sostenerse, y que la revolución triunfaba, hizo comprometerse en ella a muchos hombres, que después de comprometidos se precipitaron a hechos reprobables para acreditarse e inspirar confianza entre sus nuevos amigos. El desgra­ciado Ortiz fue uno de ellos. Además de muchas violencias que cometió para obtener recursos e imponer a los partidarios del Gobierno, fusiló, sin pretexto alguno de necesidad, al teniente coronel Gregg, inglés de naci­miento, que servía en nuestras tropas, y a algunos otros oficiales.

El Gobernador de Cartagena había declarado piratas a los revolucionarios que impusieron bloqueo a la pla­za; fue esta una fanfarronada que salió contraprodu­cente: los buques de guerra ingleses no reconocieron el bloqueo, y el bergantín |Caribdis, el mismo en que fue él señor Torices a Cartagena, se unió a nuestra flota por consecuencia del frío asesinato cometido en el teniente coronel Gregg, inglés de nacimiento, como he dicho.

Al mismo tiempo que tenían lugar estos hechos y movimientos, una columna de 600 hombres de las tres armas, formada en Mompós a las órdenes del coman­dante Lorenzo Hernández, titulado general entre los facciosos, marchó sobre Ocaña a atacar al general He­rrán. Este, no teniendo su fuerza reunida, se retiró al pueblo de La Cruz, donde se le incorporó el coronel Marcelo Buitrago con un batallón fuerte de 400 hom­bres, lo que le ponía en estado de tomar la ofensiva. Hernández se había ocupado allí algunos días, unas veces en bailes y paseos, y otras en perseguir a los mi­nisteriales. El general Herrán se le presentó ya fuerte, cuando menos lo esperaba, lo batió y lo hizo prisionero con toda su columna, jefes, oficiales, soldados, armas y | municiones.

Yo en marcha nada sabía de cierto de estos acontecimientos, aunque algo se hablaba de ellos.

 

III
 

 

A mi llegada a Ocaña encontré notas oficiales y car­tas particulares del general Herrán, que me pusieron al corriente de todo. Pensaba yo encontrarme allí, y me sorprendí al saber que había seguido solo para Mom­pós, lo que me alarmó en extremo, porque temí corriera iguales peligros a los que corrió en Pasto, cuando, tam­bién solo, se fue a tratar de persuadir a los pastusos el sostenimiento a la ley, antes del doloroso combate de Buesaco.

He aquí lo que había pasado en la Costa:

La flota de los revolucionarios que mandaba el teniente de fragata Antonio Padilla, hermano dcl ilustre general de este nombre, fue batida en la bahía de Gis­patá, por la de Cartagena, bajo las órdenes del capitán de navío (después general) don Rafael Tono, español de nacimiento, venerable anciano septuagenario, que vino de España joven, en clase de alférez de fragata, en el bergantín |Pionero, así llamado porque se ocupaba en levantar los planos de la costa, que aún sirven como los mejores. Casó en Cartagena, y el año de 1810 abrazó con Anguiano y otros españoles liberales la causa de la Independencia. Como mayor general de nuestra escuadra, y marino científico, concurrió al cé­lebre combate de La Laguna de Maracaibo, el 24 de julio de 1823, cuyo éxito, en gran parte, por no decir en la mayor parte, se debió a sus disposiciones en la maniobra y en la entrada heroica, por la barra, que él dirigió, bajo los fuegos del castillo de San Carlos.

La noticia del combate naval de Cispatá, a la que concurrió el bergantín inglés de que he hablado, causó en Cartagena un alborozo que puso la plaza al borde del precipicio. Tengo que decir las cosas como fueron, aunque me sea penoso hacerlo. En el baluarte del re­ducto del ángulo dc la muralla de barrio de Jimaní,¹ que mira a la espléndida, incomparable bahía, las libaciones y los brindis en celebración del triunfo lle­garon a producir sus consecuencias naturales: la em­briaguez y el sueño. Eso facilitó al oficial de guardia, sobrino del comandante de las fuerzas sutiles enemi­gas, entregar a éste el puesto sin combate ni alboroto. Eran pocos los rebeldes, y no se atrevieron a seguir a la plaza propiamente dicha, donde nada se sintió hasta el amanecer, cuando volteados los cañones del reducto, las balas rasas anunciaron la traición o el descuido. En el acto los coroneles Piñeres y Núñez, el coman­dante de ingenieros Andrés Castillo, el gobernador To­rices, algunos otros y la columna de jóvenes llamada "de la Unión" acudieron a cerrar y reforzar las puertas de las dos bóvedas por donde se sale de la plaza a dicho barrio. El baluarte de San Juan de Dios y toda la muralla que barre de frente la plaza del Matadero, rom­pieron el fuego contra el reducto y contra los otros ba­luartes de la muralla que rodean el barrio, que fue ocupado inmediatamente por las fuerzas sitiadoras.

Este incidente, después de haber estado Cartagena por más de cinco meses haciendo una resistencia vigo­rosa, aislada en medio de pueblos ocupados por los enemigos, sin tesoro, con escasos víveres, sin con­fianza en sus propios elementos de defensa, porque los 300 reclutas de la tropa llamada veterana no la ins­piraban, con sus fortificaciones en el más lamentable

1 Getsemaní-(N. E.)  

 

estado de ruina, sin una buena cureña en la muralla, sin un fusil en sus parques; ese incidente, digo, y los veinticinco días de combates que le siguieron, durante los cuales las dos partes en que está dividida la ciudad pelearon una contra otra sin descanso, sin ceder un palmo, sin flaquear un momento, si bien pusieron la plaza en terribles conflictos, coronaron de gloria a sus defensores, que tan bravamente sostuvieron el renom­bre de esa mi patria amadísima, hoy tan deprimida, llamada con razón "Cartagena la heroica".

Sin embargo, la plaza habría sucumbido probable­mente sin las victorias del general Herrán en Ocaña y del coronel Gómez en Ovejas, y las subsiguientes ope­raciones de aquél sobre las provincias de Santa Marta y | Riohacha, y de éste sobre los cantones de Sotavento, de la provincia de Cartagena, las que obligaron a los sitiadores a levantar de tropel el sitio y retirarse a Sa­banalarga y Barranquilla, que son los cantones llamados de Barlovento.

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