INDICE

 




queña 3ª división, si hubiera sido al contrario, y yo sin noticia de lo sucedido hubiese continuado mí marcha?

En Pitayó supe los pormenores de este fausto y espléndido suceso que tuvo lugar antes que los cuerpos que el general Mosquera me quitó en La Plata hubiesen salido de la montaña de Quindío, y antes de que él mis­mo, sin acompañamiento y a marcha forzada, hubiera llegado a Cali. En la |Gaceta extraordinaria de 29 de julio (1841) se encuentra el parte circunstanciado que de esta batalla dio el coronel Joaquín María Barriga, que fue el jefe vencedor, al general Mosquera, quien lo transmitió al Gobierno, diciéndole: "mis órdenes fueron puntualmente cumplidas". Cumplidas! Por el contrario, sus órdenes, que yo califico de bien dadas, eran, a cada aviso que le enviaba el coronel Barriga de aproximarse el enemigo, "que por ningún motivo comprometiera la batalla, sino que se retirase hacia Cartago con todas sus fuerzas a reunirse con los cuerpos que debían llegar a dicha ciudad por el Quindío, fuertes de más de 1.000 hombres de tropa de primera clase". El coronel Barriga se propuso obedecer; pero al prepararse a ello, el pue­blo de Cali, hombres, mujeres y niños, blancos, negros, indios, todos en consternación tumultuosa se le interpu­sieron y lo detuvieron. Por otra parte, consideró el co­ronel Barriga que al dar un paso atrás, unos 1.000 hombres de dicha ciudad y sus inmediaciones, que habían tomado las armas voluntariamente, se disolverían en gran parte, y aunque sin las condiciones militares de los que conducía el general Mosquera, tenían las de conocedores del terreno para exploraciones, para espio­naje, que es uno de los más importantes elementos en la guerra; tenían el entusiasmo que produce héroes, y te­nían el deber de defender a toda costa de las hordas invasoras, su país, sus padres, sus esposas, sus hijos. hizo, pues, bien el coronel Barriga en desobedecer, y resuelto a aventurar el todo por el todo, se preparó a operar el general Gibando. Un incidente trascendental e favoreció: un vecino de Cali, amigo decidido del general Gibando, avisó a éste el 9 de julio que podía marchar sobre Cali, donde no había más fuerza que la guardia nacional, mal armada. Este aviso lo recibió Obando en su marcha, y la aceleró; pero el mismo día, por la tarde, entró a Cali un batallón del Gobierno, y al día siguiente entró otro, fuerte de 800 hombres, mandado por el coronel F. de P. Diago. El amigo de Giban­do le envió aviso de la entrada de estas tropas a Cali, pero este aviso fue interceptado por los paisanos caleños que estaban al servicio del Gobierno. El 11 por la ma­ñana llegó a Cali el coronel Joaquín Acosta con la ar­tillería de la primera división, y el amigo de Gibando le envió inmediatamente aviso de la llegada de este nue­vo refuerzo, aconsejándole que contramarchase inmediatamente; pero este aviso corrió la suerte del anterior, y Gibando confiado en lo que le decía el primero, único que recibió, continua su marcha sobre la ciudad, en cuyas cercanías había pernoctado la noche anterior con su ejército. El 11 por la mañana se preparó como para una marcha y entrada triunfales, afeitándose y uniformándose tranquilamente. Hizo formar su ejército con una fuerte columna de caballería a la cabeza, y lo puso en marcha para la ciudad por el camino de La Chanca, que es un callejón estrecho limitado a la izquierda por la cordillera y a la derecha por una ciénaga o pantano profundo. El coronel Barriga había ocupado de ante­mano con sus tropas todas las colinas y puntos venta­josos de la entrada a Cali por la izquierda del camino que traía Gibando, y haciéndolas permanecer ocultas a los ojos de éste, le dejó acercarse, hasta que toda su vanguardia de caballería estuvo bajo los fuegos de los defensores del Gobierno. En el momento oportuno y a un toque de corneta repetido en toda la línea rompió el fuego el ejército de Barriga sobre el de Gibando, que marchaba estrechado en el callejón, y la caballería de éste volvió grupas. ¹ No teniendo por donde huir atro­pelló a la infantería que marchaba a su retaguardia, po­niéndola en desorden y aterrándola. La derrota quedó casi instantáneamente declarada, y los fuegos de flanco y la persecución bien ordenada la completaron pronto. Todos estos pormenores, y otros de menor importancia que omito, los supe de boca del mismo coronel Barriga y de muchos de sus compañeros de La Chanca.

1 Cuanto refiero sobre estas operaciones lo supe por el mis­mo coronel Barriga y otros jefes de aquella división, con anís pormenores que por no hacerme cansado no refiero.    

 

El general Obando, en sus |Apuntamientos, describe las operaciones previas y la batalla, y cómo y porqué sufrió tan completa derrota, y dice:

"Este revés no lo habría sufrido si mi fortuna hu­biese querido que Mosquera, en vez de dar preferencia a su apetito insaciable de comer carne humana, hubiera buscado la gloria de batirse. Había encontrado en Iba­gué al |general Salvador Córdoba, conducido con grillos para Bogotá, en unión de otros patriotas recomenda­bles... Desde aquel pueblo los hizo retroceder a Car­tago para asesinarlos, y se entretuvo aquel tigre en de­vorar presa tan ilustre, etc.

Esta es una calumnia atroz que los |liberales levan­taron al general Mosquera y que el general Gibando acogió sin examen y sin conocimiento de los hechos. El Gobierno fue quien mandó que regresasen los presos de Ibagué a Cartago, porque con arreglo a las leyes tenían que ser juzgados por sus jueces naturales, que eran los del lugar donde se había cometido el delito. El general Mosquera no supo, ni podía saber, que los presos hu­bieran sido enviados de Cartago a Ibagué: él siguió de Bogotá a La Plata a verse conmigo, vía recta por La Mesa, Tocaima y Girardot, y no estuvo en Ibagué sino a su vuelta de La Plata, cuando ya los presos habían regresado a Cartago.

Tampoco es verdad que a los presos se les condu­jera con grillos, ni eso era posible en la horrible mon­taña de Quindío, que no podía andarse sino a pie, por atolladeros profundos, lomas resbaladizas y precipicios peligrosos.

Demasiado deplorables son estos hechos para que sea hidalgo acriminarlos con aseveraciones falsas.

 

VI
 

 

Ahora oigamos al general Mosquera, y ruego se preste atención a su largo pero interesante razonamien­to sobre los motivos que lo impulsaron a tomar la terri­ble resolución de fusilar al coronel Córdoba y a sus compañeros que con él fueron aprehendidos, deplorable suceso que es demasiado conocido con el nombre de "Escaño de Cartago". Dice así en su libro:

 

"Antes de emprender Obando su expedición para el Valle del Cauca, dio el último golpe a la Universidad, en cuyo local había alojado algunas montoneras: entregó la biblioteca al pillaje, y destruyeron los mejores ins­trumentos de física y química... el monetario y otras cosas preciosas, todo cayó en manos de esos ignorantes, y su pérdida es casi irreparable.

"Con una de las columnas hizo conducir a su campamento a los prisioneros que tenía, para sacrificarlos oportunamente, y según creyera poder sacar más ventaja de esta matanza. Entre ellos conducía al general Bo­rrero, al teniente coronel Caicedo, al mayor Tejada y varios otros subalternos. Al llegar a Otavío sacó Sarria de la prisión a un posta que había aprehendido con unas comunicaciones del general Posada para el coronel Ibá­ñez, para fusilarlo, y lo ejecutó sin ninguna formali­dad...

"En circunstancias muy especiales había yo llegado a Cartago el 7 de julio, y estaba aquella ciudad sin más fuerza que una compañía de artillería que guarda­ba los prisioneros que habíamos hecho en aquel Valle, numerándose entre ellos algunos de los principales cabe­cillas, tránsfugas o traidores, que habían hecho el ofi­cio de espías para sacrificar al general Borrero en Gar­cía. El jefe político de Cartago, señor A. Gutiérrez, me dio parte de acabar de recibir aviso que en Sopinga había una reunión de sublevados para ir a libertar a Córdoba y sus compañeros, para ponerse en acción con­tra el general Barriga, por retaguardia, y que en el cantón de Supía, en esa provincia, como en el de Río-negro en Antioquia, se preparaban nuevas guerrillas que con Córdoba, Jaramillo y Robledo a la cabeza, pondrían en nuevos conflictos a esa rica provincia, en donde no había quedado fuerza ninguna, y que no po­día recibir auxilios por el Magdalena, que era domina­do por las fuerzas sutiles enemigas...

"En aquel momento recibí una nota del coronel Ibáñez en que me anunciaba que, según las medidas que adoptaba el enemigo, parecía que quería pasar la cordi­llera por Huila... de todo lo cual instruí al general Po­sada, que guardaba la cordillera por aquella parte...

"Al anochecer recibí nuevas comunicaciones del ge­neral Barriga, informándome de sus operaciones, y

pedía urgentemente al comandante militar toda la fuerza veterana que hubiese allí, principalmente la artillería, para que volase a guarnecer a Buga, cuya ciudad había quedado sin la menor protección, y en ella debía to­marse la base de las operaciones, |con forme a mis órde­nes. Vi verificados mis cálculos y resolví trasladarme inmediatamente con mi estado mayor a la vanguardia. El alarma que causó a los vecinos de Cartago la noticia de mí marcha con la fuerza que había allí, dejando a unos prisioneros a quienes no podían guardar; los exagera­dos rumores de la fuerza del enemigo, y la desconfianza que entró a los habitantes de la banda oriental del Va­lle, que me llamaban con instancia de varios pueblos para que les garantizase sus vidas y sus propiedades; to­do hacía muy difícil mi posición, y era necesario que yo obrase con una energía decisiva, y que al mismo tiempo asegurase el éxito de la campaña.

"La noticia del vandalismo y excesos que había co­metido Gibando en Popayán; la falta de reglas con que hacía la guerra, matando a los que quería, y apurando la amargura y el sufrimiento de los que conservaba vivos para sacarles dinero y tener amedrentado el país, todo había exaltado de tal modo los ánimos, que unos clamaban por medidas fuertes para salvarle, y muchos, asustados, se conducían como para poder salvarse si el enemigo vencía, y no faltaban algunos que se prepara­ban para dar avisos al jefe de los rebeldes. Esta fue mi situación embarazosa en la tarde del 7 de julio, una de las más duras que he tenido en mi vida. Al emprender mi marcha para Buga y Cali era seguro que los prisioneros se escapaban, y no respondiéndome ni el jefe po­lítico ni autoridad alguna por su seguridad, yo exponía la salud de la patria. En tal conflicto, y haciendo abs­tracción de la clase de guerra que me veía precisado a hacer a traidores, bandoleros y salteadores que desmo­ralizando a la ínfima clase de la población y a los escla­vos, preparaban una victoria a la barbarie, quise medi­tar lo que haría en una situación semejante si la guerra fuese internacional y si estaba en el caso de mandar arcabucear a todos o algunos de mis prisioneros. Para no equivocarme en mis resoluciones con frecuencia estudiaha algunos tratados sobre las leyes de la paz y de la guerra. ¹

"Watel dice con mucha propiedad, hablando de la situación de Enrique V, rey de Inglaterra, cuando mandó a ejecutar a los prisioneros de la batalla de Angi­court: "Una necesidad extremada puede únicamente justificar una acción tan terrible, y se debe compadecer al general que se halla en el caso de ordenarla". Martens asienta que no está obligado el vencedor a respetar la vida de los prisioneros: "1º cuando esta clemencia compromete su propia seguridad; 2º, en los casos en que tenga el derecho de aplicar el talión o valerse de represalias, y 3º, cuando el crimen de que son reos los que han caído en sus manos justifique el hecho de pri­varIos de la vida". Bello en su Derecho de Gentes sos­tiene que "cuando nuestra seguridad propia prescribe este doloroso sacrificio, es permitido quitar la vida al enemigo". Weaton y Ruthefort concuerdan en que "es justificable quitar la vida a los prisioneros en aquellos casos extremos en que la resistencia de parte suya o de los otros que vienen a rescatarlos imposibilita custo­diarlos".

"Tales fueron los principios que guiaron mi razón para ordenar la ejecución de la pena de muerte, con toda la solemnidad y publicidad con que tales actos de­ben mandarse hacer y dando a los condenados los auxi­lios que ordena la religión. No podía conservar absoluta­mente la vida de aquellos hombres sin exponer la sa­lud de la República, y por esta sola razón pude orde­nar su muerte, prescindiendo de la necesidad de tomar medidas de represalias y de aplicar el talión después de las matanzas de Obando.

"Según Macarel, uno de los más recientes e ilustra­dos publicistas que conocemos, "a los rebeldes que ha­cen la guerra como bandidos es una obligación el per­seguirlos a todo trance, pues que violan todas las leyes sociales en vez de defenderlas, e importa a la tranqui­lidad y a la conservación del orden público hacer un

1 Los habría estudiado antes, porque en Cartago, y más en aquellas circunstancias, no era probable que tuviese ni libros, ni medios, ni tiempo para estudiarlos.

 

escarmiento ejemplar con los motores de la sedición, a no ser que haya precisión de indultarlos".

"Los delitos de aquellos reos eran de notoriedad pú­blica; se les había mandado juzgar en el lugar en que los habían cometido, y nadie dudaba que merecían la pena de muerte, con arreglo al Código Penal.

"Cuando dicté esta orden en ejercicio del poder ili­mitado que tiene un general en jefe en tales casos, tuve presente el modo como lo ejercieron siempre los ge­nerales que se hallaron en mis circunstancias.

"Cuando tuve que ejecutar un castigo que impo­nían las leyes y en uso de una autoridad tremenda que dan el derecho de la guerra y el natural, derechos supe­riores a las leyes de procedimiento, me vi compelido a ello por los asesinatos y depredaciones del bandido Gibando, violentando mis inclinaciones y mi amor por personas que corrían riesgo de ser sacrificadas por Gibando, y el cual las conducía aprisionadas de campo en campo con tal objeto: entre ellas estaban mis ami­gos el general Borrero, el comandante Caicedo, el mayor Tejada, y también mi hijo el alférez Tomás María Mos­quera, y no desconocí que podían ser víctimas, como el mismo Gibando lo dice...

"Tuve, pues, que vencerme y sofocar el sentimiento que me inspiraba mi propia sangre, porque estaba de por medio la salud de la Nación".

 

VIl
 

 

Declaro que yo en ningún caso, ni por ningún mo­tivo, me habría atrevido a tomar la terrible resolución que tomó el general Mosquera en Cartago: jamás he te­nido valor para arrostrar la responsabilidad moral y de conciencia de hechos semejantes, pero tengo que reco­nocer que el general Mosquera en aquella ocasión se halló en circunstancias apremiantes, peligrosísimas, que exigen que este hecho se examine con sangre fría e im­parcialidad. ¿Y cuánto valor, cuánta energía, arrostran­do un inminente peligro personal, no manifestó al to­mar tan atrevida resolución, que había de resonar en toda la República? La guerra, la mayor de las calami­dades que pueden afligir al hombre, y que por desgracia parece su estado natural, tiene exigencias tales, que cuando ciertos actos son absolutamente indispensables, por deplorables que ellos sean tienen disculpa. Dejo, pues, a mis lectores de todos los partidos que califiquen el acto a que me refiero, que es uno de los más graves que se registrarán en la vida pública del general Mos­quera. Debe también tenerse presente que conforme a la legislación vigente en aquella época, tanto el coronel Córdoba como sus compañeros tenían pena de la vida y en juicio ordinario habrían sido condenados a muer­te.

El general Gibando en su libro, al acriminarlo con vehemencia, dice:

"En esta ejecución militar hubo un nuevo adorno para ilustrar tan bárbaro hecho: los ejecutores no acer­taron a herir a Robledo. ¡Hasta la muerte se espantó y huyó de la escena! se imploró perdón, y el asesino re­pite: ¡Mátenlo!"

Esto no es verdad: el general Gibando fue mal informado cuando aseveró un hecho notoriamente falso. Era jefe del estado mayor del ejército el entonces coronel Ramón Espina, y él me informó de todos los porme­nores de este incidente ocurrido en aquel holocausto a las divinidades infernales de las contiendas políticas. Veamos lo que sucedió. El capitán Bibiano Robledo, descendiente del conquistador de Antioquia, fue en efec­to una de las víctimas: la descarga que consumó el sacrificio pasó sobre su cabeza sin herirle; gritó: ¡per­dón!, y la muchedumbre que llenaba la plaza repitió conmovida el grito de ¡ perdón, perdón! El oficial que mandaba la escolta, en cumplimiento de su deber, dio a los tiradores de reserva la voz de ¡ fuego! y todo que­dó terminado. El sacerdote que prodigaba a las víc­timas los auxilios de esa religión consoladora, augusta y santa, que nos legaron nuestros padres, y que hoy es moda escarnecer y título de merecimientos vilipen­diar, se desmayó, lo que hizo más conmovedor el terri­ble incidente.

El general Mosquera se había encerrado en su casa y se paseaba por la sala, en agitación convulsiva, acom­pañado del coronel Espina y sus ayudantes de campo, y aunque oyó el alboroto dé la plaza, como todo fue

van rápido, no tuvo noticia de lo que había sucedido sino cuando ya no tenía remedio. Al entrar el oficial y darle el parte, se manifestó pesaroso de no haberlo recibido a tiempo de haber podido salvar a Robledo, secundando el acto milagroso dc la Providencia, pues le habría perdonado, porque dijo que respecto de un solo oficial subalterno de poca o ninguna influencia no militaban las mismas razones que tuvo para resolverse a ejecutar un acto necesario respecto de todos; y a mí mismo me dijo esto después. Bastantes motivos ha dado el general Mosquera para que la historia lo juzgue severamente sin necesidad de que se le hagan acriminaciones que no merece. Y yo, en justicia y verdad, he tenido el deber de desmentir la imputación, por que no es licito hacer a los hombres peores de lo que son.

Al día siguiente partió para Cali llevándose cuanto había en Cartago, y adelantándose con su estado mayor llegó a dicha ciudad dos horas después de decidida la batalla. Si el general Gibando hubiera sido vencedor, qué suerte habría corrido el general Mosquera y todos los presos después de lo ejecutado en Cartago? ¿Qué habría sido de ellos? Dice el general Gibando: "No lo supe sino después de la derrota; si nó, la san­gre de Córdoba habría sido vengada, si la sangre de todos ellos alcanzara a vengar una sola de aquellas gotas". ¹ y esto explica lo que habría sucedido.

En cuanto a los pormenores del combate, me re­mito al parte oficial del coronel Barriga, que he citado: eso no es de mí incumbencia; pero sí debo llamar la atención de los jóvenes |liberales para que conozcan los personajes históricos que más que ningunos otros tado en que se encuentra; debo, digo, llamar la aten­tado en que se encuentran; debo, digo, llamar la aten­ción a la contradicción que se nota en lo que uno y

1 Los fusilados en Cartago fueron los siguientes: coronel Salvador Córdoba, su cuñado el doctor Manuel Antonio Jaramillo, capitán Bibiano Robledo, teniente José Antonio Cas­trillón (que quedó enfermo en el hospital de Cartago a mi salida de allí, y después tomó servicio con Córdoba), José María Ayala, Juan de la Cruz González y el joven Manuel Camacho, que no era militar.    

 

otro dicen. Según el general Gibando, fue derrotado porque no estaba el general Mosquera en la batalla, es decir, porque no mandaba las tropas vencedoras, según el general Mosquera... pero oigámosle a él mis­mo; dice así en su libro: "Aunque Sarria le representó a Gibando que la conducta que guardaban las guerrillas que le observaban, era de suponerse obra de un jefe inteligente y que les llamaba a un punto dado, y otras cosas semejantes que le hemos pido decir después que se rindió, el capitán de bandoleros no pudo sospechar que su segundo conocía mejor lo que traían entre ma­nos, y continuó su marcha en un orden profundo, mez­cladas infantería, artillería y caballería, y así se metió en un callejón, sin siquiera reconocer el terreno, hasta que descubrió una pequeña fuerza a las inmediaciones de Cali. Entonces fue cuando pensó desplegar su línea de batalla y hacer reconocer el terreno, pero desde que oyó cornetas y vio tropas regulares, dióse Obando un golpe en la frente y exclamó: "ahí está Mosquera". No pensó más que en huir, y arrojó otra lanza como en Huilqui­pamba. Sarria, Sánchez y Antonio Gibando fueron los que se empeñaron en el combate, y el gran capitán de los salteadores, huyendo pálido y despavorido, apenas pudo mandar que matasen a los prisioneros, y la única vícti­ma fue el capitán Lopera, etc. ¹

Ahora bien, jóvenes liberales, ¿creerá el mundo, creerá la posteridad que estos dos prohombres de nuestra tierra, que tan cruda guerra se hicieron y tan mal se trataron, nadando en lagos de sangre, se unieran después para cometer el grande e irrepara­ble crimen de derrocar el Gobierno legítimo de la República? Pero no anticipemos lo que no es de este lugar: es que cuando se palpan las consecuencias de aquella traición; cuando se ve la patria precipitándo­se a la disolución; cuando la anarquía |Constitucional levanta por doquiera "tiranuelos imperceptibles de to­-

1 Los presos evitaron la muerte, porque no les fue difícil persuadir a sus conductores de que estaba en su interés conservarlos vivos, para que ellos a su vez pudieran salvarlos. Es­ta observación concluyente, el ofrecimiento de algunas onzas de pro, y luego la llegada oportuna de la caballería caleña, los salvó. Por varios de los mismos presos supe yo esto, y fue sa­bido de todos.

 

 

dos colores y razas"; cuando todos los derechos se conculcan; cuando el fruto del trabajo, o sea la pro­piedad es arrebatada violentamente con diversos pre­textos, por mandones atrevidos e irresponsables; cuan­do la República no existe ni en el nombre; cuando, en fin, se llega al convencimiento de que tantos males no tienen remedio, el corazón se comprime, y es imposi­ble detener en lo hondo del pecho un grito de dolor desesperante que se escapa con indignación. Esto no es acriminación, no es espíritu de partido, es la verdad, que los hechos prueban y que está en la conciencia de todos.¹ Dispénsame, pues, lector amigo o enemigo, que en el desconsuelo que me aflige, me haya desviado del asunto en que me ocupaba, y vuelvo a él.

 

VIII
 

 

Me es penoso tener que volver a nombrar al co­ronel Franco, para esclarecer uno de los más graves cargos que me hizo en la cruda guerra que me decla­ro, que ya el lector conoce. En uno de los artículos agresivos que contra mí publicó en |El Día, periódico de la época, en esta ciudad dice:

"¡Es hombre bien particular este general Posada, cuando con su inmensa inteligencia se pone a hablar de derrotas, ² sin acordarse que marchando a la cabe­za de su división, se dejó quitar el parque por 40 in­dios mandados por Ibito, y sin atender a lo que pade­cería su reputación militar no se animó a recuperar la pérdida, sino se fue sin parar hasta Popayán, porque allí ya estaba la cosa segura".

Dudo que jamás se haya hecho una injuria seme­jante a ningún jefe, aunque sea frecuente, y lo será siempre que haya en los ejércitos émulos y rivales del que manda, que lo despedacen, lo calumnien, y desfigu­ren los hechos, bien para suplantarlo, bien para apro­piarse lauros exclusivos, bien para formarse círculos

1 Téngase en cuenta que esto se publicó en 1881 (2º tomo de la primera edición )-N. E.  
2 Hace alusión a la derrota que sufrió en la Polonia y que yo le recordé.  

 

 

de admiradores que le exalten, sostengan y empujen, o bien, en fin, por vanidad y presunción. Sea, pues, por lo que fuere, no creo yo porque se escribe para la historia no sea decoroso pulverizar acusaciones tan hirientes que causan deshonra. Afortunadamente en esta ocasión no tengo necesidad de decir nada nuevo en réplica, sino hacer uso de documentos oficiales y pú­blicos de la época.

En mis apuntamientos para la historia, de los que atrás y con el mismo motivo extracté algunos párrafos, dije al repetir la acriminación en que me ocupo, lo siguiente:

"Esto transcrito, verá el general Franco que re­cordarlos al que los haya visto y olvidado, ya uso de buena fe repitiendo sus cargos, ya para informar de ellos al que no haya leído aquellos papeles en que tanto descubre...

"¿Podré contestar la formidable acusación que se ha leído? ¡dejarme quitar el parque por 40 indios, no animarme a recuperar la pérdida y largarme sin parar hasta Popayán, porque allí estaba seguro, son cosas terribles! Veamos el caso:

 

COMUNICACION OFICIAL  

Pitayó, 24 de julio de 1841

"Señor jefe del estado mayor general del ejército del Sur.

"Esta mañana mandé al capitán de guardia nacio­nal de Caloto, Manuel Tejada, a participar a la voz de su excelencia el general en jefe¹ y a los jefes de las columnas del ejército, que encontrase, el lamenta­ble estado en que salió del horrible páramo la división

1 El general Mosquera mandó que se le diera el tratamien­to de excelencia, y tuvimos que someternos, porque no era de los casos en que podía desobedecerse legalmente. Todos los jefes supremos de las provincias rebeladas se habían dado por sí y ante sí el mismo tratamiento. Respecto al general Mos­quera, no dijo el Gobierno ni sí ni nó; pero no le dio tal tra­tamiento en sus notas oficiales. Causa pena tener que ocu­parme en estas puerilidades, hasta cierto punto ridículas, pero habiéndome lanzado a dar a conocer a la posteridad nuestros hombres y las cosas, me veo forzado a hacerlo.    

 

de mi mando, cuyos padecimientos son difíciles de explicar, asegurando a vuestra señoría que más de una vez creí perder no sólo la artillería y parque, sino cuan­tos hombres no pudiesen a la carrera salir con día de tan espantoso camino

Sigo haciendo una sucinta relación de lo sucedido y que atrás dejo narrado, y continúo:

"El indio Ibito, con una guerrilla de 30 hombres se retiraba delante de nosotros, y pasó el páramo, a pesar del mal tiempo del día anterior".

"Puestos en movimiento, tuve esperanzas de pasar el páramo con felicidad pero al llegar a su cúspide, un horrible viento, o mejor dicho, un huracán seme­jante a los que en las Antillas suelen hacer estragos, acompañado de una lluvia sutil, nos atacó de repente...

"A mi llegada a las cinco de la tarde, supe que el indio Ibito con su guerrilla había seguido para Guam­bía, a las doce, y en el acto hice marchar la guardia nacional de Popayán en su persecución hasta Guambía. A las diez de la noche todavía llegaban retrasados de infantería, pero no la artillería y parque, ni los indios regresaban: la tropa, sin alpargatas, mojados los soldados y muertos de fatiga, y el mal tiempo conti­nuando, la noche horrorosa, nada se podía hacer, y temí que cuanto quedaba atrás perecería antes de ama­necer.

"Hasta hoy a las once del día llegaban atrasados de infantería y a aquella hora oigo unos tiros cerca del páramo, llegando al mismo tiempo el teniente Ga­lluzo, quien me dijo que su gente, expuesta ya a pere­cer en el rigor del temporal, habiendo muerto varias mulas y desertádose los indios con la noche, venia muy dispersa, que un cañón había quedado en el páramo, y casi todos los cajones de su parque regados a gran­des distancias, sin esperanza de sacarlos. Inmediatamente lo hice regresar y mandé dos partidas del bata­llón número 6º, a pesar del cansancio y extenuación de la tropa, porque era preciso saber la causa de aquellos pues al indio Ibito lo calculaba empujado de Guambía hacia Popayán. Yo mismo me puse en marcha seguida­mente, y supe, por unas mujeres que habían sido pre­sas por dicho indio, que habiendo sabido la ocupación de Popayán por nuestras tropas, había contramarchado por el camino de Guambía, y habiendo encontrado cua­tro moribundos, tres del 6º, y uno de artillería, los había asesinado...

"Las partidas siguieron persiguiéndolo, pero ellos se dispersaron, sin duda, como de costumbre, pues no los pudieron alcanzar, y los nuestros regresaron a las siete de la noche. Sé que robaron la mayoría del bata­llón 6º y el equipaje del mayor Cantera, cuya muía se había también emparamado. ¹

"Tengo lista una partida de 60 hombres para que marchen mañana hasta el puente de San José, con algu­nos indios, a traer el cañón y los pertrechos que haya hasta allí, pues los que quedaron mas atrás es impo­sible sacarlos, porque la partida tiene que regresar an­tes que le coja la noche...

"Antes de concluir debo manifestar a usía que si el guerrillero Ibito hubiera cortado el puente de San José, que se halla en el centro del páramo, muy pocos habría­mos escapado, y que si yo hubiera conocido el camino, me habría tomado la libertad de hacer algunas observa­ciones a su excelencia sobre la marcha de la división por él, con artillería y un parque de cargas de 10 arro­bas...

"Sírvase usía dar cuenta de todo a su excelencia el general en jefe del ejército, etc.".

"En efecto, el 25 subieron al páramo otra vez la primera compañía del batallón número 6º, al man­do del teniente Manuel Peña, y 20 artilleros con unos pocos indios que con mil esfuerzos se pudieron coger, y dos o tres mulas útiles que había, una de ellas la de mí silla, de mi propiedad: la compañía arrolló la gue­rrilla cuantas veces se le presentó, y sin embargo de que los indios cargueros volvieron a fugarse todos a los primeros tiros, me trajo el teniente Peña en aquellas pocas mulas y a hombros de los artilleros y de la tropa el cañón que faltaba, las guarderas, ruedas, cajillas, seis fusiles de los soldados muertos, y las cargas de

1 "El mayor Cantera subió con la primera partida al páramo, y pueden calcularse los esfuerzos que haría para recuperar su equipaje y la mayoría de su batallón en que se miraba".    

 

municiones de infantería y proyectiles de artillería que habían quedado en el alto de San José.

"Practicando nuevas diligencias para reunir indios y mandar otra partida a procurar traer alguna cosa de lo poco que quedaba, recibí una comunicación del es­tado mayor del ejército, fecha en Popayán a 25 del mes, diciéndome entre otras cosas: "Su excelencia me manda decir a vuestra señoría que continúe su marcha hacia esta ciudad, por el camino recto que viene a ella"; y otra con fecha 26 en respuesta a mi nota del 24, en la que me repite la orden de marchar a Popayán con toda la división.

"En cumplimiento de estas órdenes terminantes mar­ché con la división a Popayán, dejando en Pitayó la compañía de artillería y la 1º del batallón número 6º |, que después de mi ausencia volvieron al páramo y sa­caron algunos cajones de cartuchos de fusil más, inú­tiles, porque estaban mojados y rotos.

"¿Es esto haberme dejado quitar el parque por 40 indios, sin animarme a recuperar la pérdida, sino que no paré hasta Popayán, porque allí estaba la cosa se­gura? ¿Es posible que haya un hombre tan... ".¹

Compadezco a los militares presentes y futuros que se vean tan gravemente ofendidos, los compadezco, digo, si no tienen, como tuve yo, documentos oficiales con qué justificarse desmintiendo a un injusto detractor.

He concluido lo que personalmente me interesa, por la parte activa y trascendental que tuve defendiendo al Gobierno legítimo en la guerra de rebelión de 1841. Y no he podido menos de ser un poco extenso, porque, como he dicho antes, en estos libros tengo que cancelar mis cuentas atrasadas con la historia. Espero, pues, que el lector me considere y sea indulgente.

1 Vuelvo a repetir que lo que marco con comillas es copiado literalmente de mis apuntamientos publicados en 1843.

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