queña 3ª división, si hubiera sido al contrario, y yo sin
noticia de lo sucedido hubiese continuado mí marcha?
En Pitayó supe los pormenores de este fausto y espléndido suceso
que tuvo lugar antes que los cuerpos que el general Mosquera me
quitó en La Plata hubiesen salido de la montaña de Quindío, y antes
de que él mismo, sin acompañamiento y a marcha forzada, hubiera
llegado a Cali. En la
|Gaceta extraordinaria de 29 de julio
(1841) se encuentra el parte circunstanciado que de esta batalla
dio el coronel Joaquín María Barriga, que fue el jefe vencedor, al
general Mosquera, quien lo transmitió al Gobierno, diciéndole: "mis
órdenes fueron puntualmente cumplidas". Cumplidas! Por el
contrario, sus órdenes, que yo califico de bien dadas, eran, a cada
aviso que le enviaba el coronel Barriga de aproximarse el enemigo,
"que por ningún motivo comprometiera la batalla, sino que se
retirase hacia Cartago con todas sus fuerzas a reunirse con los
cuerpos que debían llegar a dicha ciudad por el Quindío, fuertes de
más de 1.000 hombres de tropa de primera clase". El coronel Barriga
se propuso obedecer; pero al prepararse a ello, el pueblo de Cali,
hombres, mujeres y niños, blancos, negros, indios, todos en
consternación tumultuosa se le interpusieron y lo detuvieron. Por
otra parte, consideró el coronel Barriga que al dar un paso atrás,
unos 1.000 hombres de dicha ciudad y sus inmediaciones, que habían
tomado las armas voluntariamente, se disolverían en gran parte, y
aunque sin las condiciones militares de los que conducía el general
Mosquera, tenían las de conocedores del terreno para exploraciones,
para espionaje, que es uno de los más importantes elementos en la
guerra; tenían el entusiasmo que produce héroes, y tenían el deber
de defender a toda costa de las hordas invasoras, su país, sus
padres, sus esposas, sus hijos. hizo, pues, bien el coronel Barriga
en desobedecer, y resuelto a aventurar el todo por el todo, se
preparó a operar el general Gibando. Un incidente trascendental e
favoreció: un vecino de Cali, amigo decidido del general Gibando,
avisó a éste el 9 de julio que podía marchar sobre Cali, donde no
había más fuerza que la guardia nacional, mal armada. Este aviso lo
recibió Obando en su marcha, y la aceleró; pero el mismo día, por
la tarde, entró a Cali un batallón del Gobierno, y al día siguiente
entró otro, fuerte de 800 hombres, mandado por el coronel F. de P.
Diago. El amigo de Gibando le envió aviso de la entrada de estas
tropas a Cali, pero este aviso fue interceptado por los paisanos
caleños que estaban al servicio del Gobierno. El 11 por la mañana
llegó a Cali el coronel Joaquín Acosta con la artillería de la
primera división, y el amigo de Gibando le envió inmediatamente
aviso de la llegada de este nuevo refuerzo, aconsejándole que
contramarchase inmediatamente; pero este aviso corrió la suerte del
anterior, y Gibando confiado en lo que le decía el primero, único
que recibió, continua su marcha sobre la ciudad, en cuyas cercanías
había pernoctado la noche anterior con su ejército. El 11 por la
mañana se preparó como para una marcha y entrada triunfales,
afeitándose y uniformándose tranquilamente. Hizo formar su ejército
con una fuerte columna de caballería a la cabeza, y lo puso en
marcha para la ciudad por el camino de La Chanca, que es un
callejón estrecho limitado a la izquierda por la cordillera y a la
derecha por una ciénaga o pantano profundo. El coronel Barriga
había ocupado de antemano con sus tropas todas las colinas y
puntos ventajosos de la entrada a Cali por la izquierda del camino
que traía Gibando, y haciéndolas permanecer ocultas a los ojos de
éste, le dejó acercarse, hasta que toda su vanguardia de caballería
estuvo bajo los fuegos de los defensores del Gobierno. En el
momento oportuno y a un toque de corneta repetido en toda la línea
rompió el fuego el ejército de Barriga sobre el de Gibando, que
marchaba estrechado en el callejón, y la caballería de éste volvió
grupas. ¹ No teniendo por donde huir atropelló a la infantería que
marchaba a su retaguardia, poniéndola en desorden y aterrándola.
La derrota quedó casi instantáneamente declarada, y los fuegos de
flanco y la persecución bien ordenada la completaron pronto. Todos
estos pormenores, y otros de menor importancia que omito, los supe
de boca del mismo coronel Barriga y de muchos de sus compañeros de
La Chanca.
|
1 Cuanto refiero sobre estas operaciones lo supe por el mismo
coronel Barriga y otros jefes de aquella división, con anís
pormenores que por no hacerme cansado no refiero.
|
El general Obando, en sus
|Apuntamientos, describe las
operaciones previas y la batalla, y cómo y porqué sufrió tan
completa derrota, y dice:
"Este revés no lo habría sufrido si mi fortuna hubiese querido
que Mosquera, en vez de dar preferencia a su apetito insaciable de
comer carne humana, hubiera buscado la gloria de batirse. Había
encontrado en Ibagué al
|general Salvador Córdoba, conducido
con grillos para Bogotá, en unión de otros patriotas
recomendables... Desde aquel pueblo los hizo retroceder a Cartago
para asesinarlos, y se entretuvo aquel tigre en devorar presa tan
ilustre, etc.
Esta es una calumnia atroz que los
|liberales levantaron
al general Mosquera y que el general Gibando acogió sin examen y
sin conocimiento de los hechos. El Gobierno fue quien mandó que
regresasen los presos de Ibagué a Cartago, porque con arreglo a las
leyes tenían que ser juzgados por sus jueces naturales, que eran
los del lugar donde se había cometido el delito. El general
Mosquera no supo, ni podía saber, que los presos hubieran sido
enviados de Cartago a Ibagué: él siguió de Bogotá a La Plata a
verse conmigo, vía recta por La Mesa, Tocaima y Girardot, y no
estuvo en Ibagué sino a su vuelta de La Plata, cuando ya los presos
habían regresado a Cartago.
Tampoco es verdad que a los presos se les condujera con
grillos, ni eso era posible en la horrible montaña de Quindío, que
no podía andarse sino a pie, por atolladeros profundos, lomas
resbaladizas y precipicios peligrosos.
Demasiado deplorables son estos hechos para que sea hidalgo
acriminarlos con aseveraciones falsas.
VI
Ahora oigamos al general Mosquera, y ruego se preste atención a
su largo pero interesante razonamiento sobre los motivos que lo
impulsaron a tomar la terrible resolución de fusilar al coronel
Córdoba y a sus compañeros que con él fueron aprehendidos,
deplorable suceso que es demasiado conocido con el nombre de
"Escaño de Cartago". Dice así en su libro:
"Antes de emprender Obando su expedición para el Valle del
Cauca, dio el último golpe a la Universidad, en cuyo local había
alojado algunas montoneras: entregó la biblioteca al pillaje, y
destruyeron los mejores instrumentos de física y química... el
monetario y otras cosas preciosas, todo cayó en manos de esos
ignorantes, y su pérdida es casi irreparable.
"Con una de las columnas hizo conducir a su campamento a los
prisioneros que tenía, para sacrificarlos oportunamente, y según
creyera poder sacar más ventaja de esta matanza. Entre ellos
conducía al general Borrero, al teniente coronel Caicedo, al mayor
Tejada y varios otros subalternos. Al llegar a Otavío sacó Sarria
de la prisión a un posta que había aprehendido con unas
comunicaciones del general Posada para el coronel Ibáñez, para
fusilarlo, y lo ejecutó sin ninguna formalidad...
"En circunstancias muy especiales había yo llegado a Cartago el
7 de julio, y estaba aquella ciudad sin más fuerza que una compañía
de artillería que guardaba los prisioneros que habíamos hecho en
aquel Valle, numerándose entre ellos algunos de los principales
cabecillas, tránsfugas o traidores, que habían hecho el oficio de
espías para sacrificar al general Borrero en García. El jefe
político de Cartago, señor A. Gutiérrez, me dio parte de acabar de
recibir aviso que en Sopinga había una reunión de sublevados para
ir a libertar a Córdoba y sus compañeros, para ponerse en acción
contra el general Barriga, por retaguardia, y que en el cantón de
Supía, en esa provincia, como en el de Río-negro en Antioquia, se
preparaban nuevas guerrillas que con Córdoba, Jaramillo y Robledo a
la cabeza, pondrían en nuevos conflictos a esa rica provincia, en
donde no había quedado fuerza ninguna, y que no podía recibir
auxilios por el Magdalena, que era dominado por las fuerzas
sutiles enemigas...
"En aquel momento recibí una nota del coronel Ibáñez en que me
anunciaba que, según las medidas que adoptaba el enemigo, parecía
que quería pasar la cordillera por Huila... de todo lo cual
instruí al general Posada, que guardaba la cordillera por aquella
parte...
"Al anochecer recibí nuevas comunicaciones del general Barriga,
informándome de sus operaciones, y
pedía urgentemente al comandante militar toda la fuerza veterana
que hubiese allí, principalmente la artillería, para que volase a
guarnecer a Buga, cuya ciudad había quedado sin la menor
protección, y en ella debía tomarse la base de las operaciones,
|con forme a mis órdenes. Vi verificados mis cálculos y
resolví trasladarme inmediatamente con mi estado mayor a la
vanguardia. El alarma que causó a los vecinos de Cartago la noticia
de mí marcha con la fuerza que había allí, dejando a unos
prisioneros a quienes no podían guardar; los exagerados rumores de
la fuerza del enemigo, y la desconfianza que entró a los habitantes
de la banda oriental del Valle, que me llamaban con instancia de
varios pueblos para que les garantizase sus vidas y sus
propiedades; todo hacía muy difícil mi posición, y era necesario
que yo obrase con una energía decisiva, y que al mismo tiempo
asegurase el éxito de la campaña.
"La noticia del vandalismo y excesos que había cometido Gibando
en Popayán; la falta de reglas con que hacía la guerra, matando a
los que quería, y apurando la amargura y el sufrimiento de los que
conservaba vivos para sacarles dinero y tener amedrentado el país,
todo había exaltado de tal modo los ánimos, que unos clamaban por
medidas fuertes para salvarle, y muchos, asustados, se conducían
como para poder salvarse si el enemigo vencía, y no faltaban
algunos que se preparaban para dar avisos al jefe de los rebeldes.
Esta fue mi situación embarazosa en la tarde del 7 de julio, una de
las más duras que he tenido en mi vida. Al emprender mi marcha para
Buga y Cali era seguro que los prisioneros se escapaban, y no
respondiéndome ni el jefe político ni autoridad alguna por su
seguridad, yo exponía la salud de la patria. En tal conflicto, y
haciendo abstracción de la clase de guerra que me veía precisado a
hacer a traidores, bandoleros y salteadores que desmoralizando a
la ínfima clase de la población y a los esclavos, preparaban una
victoria a la barbarie, quise meditar lo que haría en una
situación semejante si la guerra fuese internacional y si estaba en
el caso de mandar arcabucear a todos o algunos de mis prisioneros.
Para no equivocarme en mis resoluciones con frecuencia estudiaha
algunos tratados sobre las leyes de la paz y de la guerra. ¹
"Watel dice con mucha propiedad, hablando de la situación de
Enrique V, rey de Inglaterra, cuando mandó a ejecutar a los
prisioneros de la batalla de Angicourt: "Una necesidad extremada
puede únicamente justificar una acción tan terrible, y se debe
compadecer al general que se halla en el caso de ordenarla".
Martens asienta que no está obligado el vencedor a respetar la vida
de los prisioneros: "1º cuando esta clemencia compromete su propia
seguridad; 2º, en los casos en que tenga el derecho de aplicar el
talión o valerse de represalias, y 3º, cuando el crimen de que son
reos los que han caído en sus manos justifique el hecho de
privarIos de la vida". Bello en su Derecho de Gentes sostiene que
"cuando nuestra seguridad propia prescribe este doloroso
sacrificio, es permitido quitar la vida al enemigo". Weaton y
Ruthefort concuerdan en que "es justificable quitar la vida a los
prisioneros en aquellos casos extremos en que la resistencia de
parte suya o de los otros que vienen a rescatarlos imposibilita
custodiarlos".
"Tales fueron los principios que guiaron mi razón para ordenar
la ejecución de la pena de muerte, con toda la solemnidad y
publicidad con que tales actos deben mandarse hacer y dando a los
condenados los auxilios que ordena la religión. No podía conservar
absolutamente la vida de aquellos hombres sin exponer la salud de
la República, y por esta sola razón pude ordenar su muerte,
prescindiendo de la necesidad de tomar medidas de represalias y de
aplicar el talión después de las matanzas de Obando.
"Según Macarel, uno de los más recientes e ilustrados
publicistas que conocemos, "a los rebeldes que hacen la guerra
como bandidos es una obligación el perseguirlos a todo trance,
pues que violan todas las leyes sociales en vez de defenderlas, e
importa a la tranquilidad y a la conservación del orden público
hacer un
|
1 Los habría estudiado antes, porque
en Cartago, y más en aquellas circunstancias, no era probable que
tuviese ni libros, ni medios, ni tiempo para estudiarlos.
|
escarmiento ejemplar con los motores de la sedición, a no ser
que haya precisión de indultarlos".
"Los delitos de aquellos reos eran de notoriedad pública; se
les había mandado juzgar en el lugar en que los habían cometido, y
nadie dudaba que merecían la pena de muerte, con arreglo al Código
Penal.
"Cuando dicté esta orden en ejercicio del poder ilimitado que
tiene un general en jefe en tales casos, tuve presente el modo como
lo ejercieron siempre los generales que se hallaron en mis
circunstancias.
"Cuando tuve que ejecutar un castigo que imponían las leyes y
en uso de una autoridad tremenda que dan el derecho de la guerra y
el natural, derechos superiores a las leyes de procedimiento, me
vi compelido a ello por los asesinatos y depredaciones del bandido
Gibando, violentando mis inclinaciones y mi amor por personas que
corrían riesgo de ser sacrificadas por Gibando, y el cual las
conducía aprisionadas de campo en campo con tal objeto: entre ellas
estaban mis amigos el general Borrero, el comandante Caicedo, el
mayor Tejada, y también mi hijo el alférez Tomás María Mosquera, y
no desconocí que podían ser víctimas, como el mismo Gibando lo
dice...
"Tuve, pues, que vencerme y sofocar el sentimiento que me
inspiraba mi propia sangre, porque estaba de por medio la salud de
la Nación".
VIl
Declaro que yo en ningún caso, ni por ningún motivo, me habría
atrevido a tomar la terrible resolución que tomó el general
Mosquera en Cartago: jamás he tenido valor para arrostrar la
responsabilidad moral y de conciencia de hechos semejantes, pero
tengo que reconocer que el general Mosquera en aquella ocasión se
halló en circunstancias apremiantes, peligrosísimas, que exigen que
este hecho se examine con sangre fría e imparcialidad. ¿Y cuánto
valor, cuánta energía, arrostrando un inminente peligro personal,
no manifestó al tomar tan atrevida resolución, que había de
resonar en toda la República? La guerra, la mayor de las
calamidades que pueden afligir al hombre, y que por desgracia
parece su estado natural, tiene exigencias tales, que cuando
ciertos actos son absolutamente indispensables, por deplorables que
ellos sean tienen disculpa. Dejo, pues, a mis lectores de todos los
partidos que califiquen el acto a que me refiero, que es uno de los
más graves que se registrarán en la vida pública del general
Mosquera. Debe también tenerse presente que conforme a la
legislación vigente en aquella época, tanto el coronel Córdoba como
sus compañeros tenían pena de la vida y en juicio ordinario habrían
sido condenados a muerte.
El general Gibando en su libro, al acriminarlo con vehemencia,
dice:
"En esta ejecución militar hubo un nuevo adorno para ilustrar
tan bárbaro hecho: los ejecutores no acertaron a herir a Robledo.
¡Hasta la muerte se espantó y huyó de la escena! se imploró perdón,
y el asesino repite: ¡Mátenlo!"
Esto no es verdad: el general Gibando fue mal informado cuando
aseveró un hecho notoriamente falso. Era jefe del estado mayor del
ejército el entonces coronel Ramón Espina, y él me informó de todos
los pormenores de este incidente ocurrido en aquel holocausto a
las divinidades infernales de las contiendas políticas. Veamos lo
que sucedió. El capitán Bibiano Robledo, descendiente del
conquistador de Antioquia, fue en efecto una de las víctimas: la
descarga que consumó el sacrificio pasó sobre su cabeza sin
herirle; gritó: ¡perdón!, y la muchedumbre que llenaba la plaza
repitió conmovida el grito de ¡ perdón, perdón! El oficial que
mandaba la escolta, en cumplimiento de su deber, dio a los
tiradores de reserva la voz de ¡ fuego! y todo quedó terminado. El
sacerdote que prodigaba a las víctimas los auxilios de esa
religión consoladora, augusta y santa, que nos legaron nuestros
padres, y que hoy es moda escarnecer y título de merecimientos
vilipendiar, se desmayó, lo que hizo más conmovedor el terrible
incidente.
El general Mosquera se había encerrado en su casa y se paseaba
por la sala, en agitación convulsiva, acompañado del coronel
Espina y sus ayudantes de campo, y aunque oyó el alboroto dé la
plaza, como todo fue
van rápido, no tuvo noticia de lo que había sucedido sino cuando
ya no tenía remedio. Al entrar el oficial y darle el parte, se
manifestó pesaroso de no haberlo recibido a tiempo de haber podido
salvar a Robledo, secundando el acto milagroso dc la Providencia,
pues le habría perdonado, porque dijo que respecto de un solo
oficial subalterno de poca o ninguna influencia no militaban las
mismas razones que tuvo para resolverse a ejecutar un acto
necesario respecto de todos; y a mí mismo me dijo esto después.
Bastantes motivos ha dado el general Mosquera para que la historia
lo juzgue severamente sin necesidad de que se le hagan
acriminaciones que no merece. Y yo, en justicia y verdad, he tenido
el deber de desmentir la imputación, por que no es licito hacer a
los hombres peores de lo que son.
Al día siguiente partió para Cali llevándose cuanto había en
Cartago, y adelantándose con su estado mayor llegó a dicha ciudad
dos horas después de decidida la batalla. Si el general Gibando
hubiera sido vencedor, qué suerte habría corrido el general
Mosquera y todos los presos después de lo ejecutado en Cartago?
¿Qué habría sido de ellos? Dice el general Gibando: "No lo supe
sino después de la derrota; si nó, la sangre de Córdoba habría
sido vengada, si la sangre de todos ellos alcanzara a vengar una
sola de aquellas gotas". ¹ y esto explica lo que habría
sucedido.
En cuanto a los pormenores del combate, me remito al parte
oficial del coronel Barriga, que he citado: eso no es de mí
incumbencia; pero sí debo llamar la atención de los jóvenes
|liberales para que conozcan los personajes históricos que
más que ningunos otros tado en que se encuentra; debo, digo, llamar
la atentado en que se encuentran; debo, digo, llamar la atención
a la contradicción que se nota en lo que uno y
|
1 Los fusilados en Cartago fueron los siguientes: coronel
Salvador Córdoba, su cuñado el doctor Manuel Antonio Jaramillo,
capitán Bibiano Robledo, teniente José Antonio Castrillón (que
quedó enfermo en el hospital de Cartago a mi salida de allí, y
después tomó servicio con Córdoba), José María Ayala, Juan de la
Cruz González y el joven Manuel Camacho, que no era militar.
|
otro dicen. Según el general Gibando, fue derrotado porque no
estaba el general Mosquera en la batalla, es decir, porque no
mandaba las tropas vencedoras, según el general Mosquera... pero
oigámosle a él mismo; dice así en su libro: "Aunque Sarria le
representó a Gibando que la conducta que guardaban las guerrillas
que le observaban, era de suponerse obra de un jefe inteligente y
que les llamaba a un punto dado, y otras cosas semejantes que le
hemos pido decir después que se rindió, el capitán de bandoleros no
pudo sospechar que su segundo conocía mejor lo que traían entre
manos, y continuó su marcha en un orden profundo, mezcladas
infantería, artillería y caballería, y así se metió en un callejón,
sin siquiera reconocer el terreno, hasta que descubrió una pequeña
fuerza a las inmediaciones de Cali. Entonces fue cuando pensó
desplegar su línea de batalla y hacer reconocer el terreno, pero
desde que oyó cornetas y vio tropas regulares, dióse Obando un
golpe en la frente y exclamó: "ahí está Mosquera". No pensó más que
en huir, y arrojó otra lanza como en Huilquipamba. Sarria, Sánchez
y Antonio Gibando fueron los que se empeñaron en el combate, y el
gran capitán de los salteadores, huyendo pálido y despavorido,
apenas pudo mandar que matasen a los prisioneros, y la única
víctima fue el capitán Lopera, etc. ¹
Ahora bien, jóvenes liberales, ¿creerá el mundo, creerá la
posteridad que estos dos prohombres de nuestra tierra, que tan
cruda guerra se hicieron y tan mal se trataron, nadando en lagos de
sangre, se unieran después para cometer el grande e irreparable
crimen de derrocar el Gobierno legítimo de la República? Pero no
anticipemos lo que no es de este lugar: es que cuando se palpan las
consecuencias de aquella traición; cuando se ve la patria
precipitándose a la disolución; cuando la anarquía
|Constitucional levanta por doquiera "tiranuelos
imperceptibles de to-
|
1 Los presos evitaron la muerte,
porque no les fue difícil persuadir a sus conductores de que estaba
en su interés conservarlos vivos, para que ellos a su vez pudieran
salvarlos. Esta observación concluyente, el ofrecimiento de
algunas onzas de pro, y luego la llegada oportuna de la caballería
caleña, los salvó. Por varios de los mismos presos supe yo esto, y
fue sabido de todos.
|
dos colores y razas"; cuando todos los derechos se conculcan;
cuando el fruto del trabajo, o sea la propiedad es arrebatada
violentamente con diversos pretextos, por mandones atrevidos e
irresponsables; cuando la República no existe ni en el nombre;
cuando, en fin, se llega al convencimiento de que tantos males no
tienen remedio, el corazón se comprime, y es imposible detener en
lo hondo del pecho un grito de dolor desesperante que se escapa con
indignación. Esto no es acriminación, no es espíritu de partido, es
la verdad, que los hechos prueban y que está en la conciencia de
todos.¹ Dispénsame, pues, lector amigo o enemigo, que en el
desconsuelo que me aflige, me haya desviado del asunto en que me
ocupaba, y vuelvo a él.
VIII
Me es penoso tener que volver a nombrar al coronel Franco, para
esclarecer uno de los más graves cargos que me hizo en la cruda
guerra que me declaro, que ya el lector conoce. En uno de los
artículos agresivos que contra mí publicó en
|El Día,
periódico de la época, en esta ciudad dice:
"¡Es hombre bien particular este general Posada, cuando con su
inmensa inteligencia se pone a hablar de derrotas, ² sin acordarse
que marchando a la cabeza de su división, se dejó quitar el parque
por 40 indios mandados por Ibito, y sin atender a lo que
padecería su reputación militar no se animó a recuperar la
pérdida, sino se fue sin parar hasta Popayán, porque allí ya estaba
la cosa segura".
Dudo que jamás se haya hecho una injuria semejante a ningún
jefe, aunque sea frecuente, y lo será siempre que haya en los
ejércitos émulos y rivales del que manda, que lo despedacen, lo
calumnien, y desfiguren los hechos, bien para suplantarlo, bien
para apropiarse lauros exclusivos, bien para formarse círculos
|
1 Téngase en cuenta que esto se publicó en 1881 (2º tomo de la
primera edición )-N. E.
|
|
2 Hace alusión a la derrota que sufrió en la Polonia y que yo
le recordé.
|
de admiradores que le exalten, sostengan y empujen, o bien, en
fin, por vanidad y presunción. Sea, pues, por lo que fuere, no creo
yo porque se escribe para la historia no sea decoroso pulverizar
acusaciones tan hirientes que causan deshonra. Afortunadamente en
esta ocasión no tengo necesidad de decir nada nuevo en réplica,
sino hacer uso de documentos oficiales y públicos de la época.
En mis apuntamientos para la historia, de los que atrás y con el
mismo motivo extracté algunos párrafos, dije al repetir la
acriminación en que me ocupo, lo siguiente:
"Esto transcrito, verá el general Franco que recordarlos al que
los haya visto y olvidado, ya uso de buena fe repitiendo sus
cargos, ya para informar de ellos al que no haya leído aquellos
papeles en que tanto descubre...
"¿Podré contestar la formidable acusación que se ha leído?
¡dejarme quitar el parque por 40 indios, no animarme a recuperar la
pérdida y largarme sin parar hasta Popayán, porque allí estaba
seguro, son cosas terribles! Veamos el caso:
COMUNICACION OFICIAL
Pitayó, 24 de julio de 1841
"Señor jefe del estado mayor general del ejército del Sur.
"Esta mañana mandé al capitán de guardia nacional de Caloto,
Manuel Tejada, a participar a la voz de su excelencia el general en
jefe¹ y a los jefes de las columnas del ejército, que encontrase,
el lamentable estado en que salió del horrible páramo la
división
|
1 El general Mosquera mandó que se le diera el tratamiento de
excelencia, y tuvimos que someternos, porque no era de los casos en
que podía desobedecerse legalmente. Todos los jefes supremos de las
provincias rebeladas se habían dado por sí y ante sí el mismo
tratamiento. Respecto al general Mosquera, no dijo el Gobierno ni
sí ni nó; pero no le dio tal tratamiento en sus notas oficiales.
Causa pena tener que ocuparme en estas puerilidades, hasta cierto
punto ridículas, pero habiéndome lanzado a dar a conocer a la
posteridad nuestros hombres y las cosas, me veo forzado a
hacerlo.
|
de mi mando, cuyos padecimientos son difíciles de explicar,
asegurando a vuestra señoría que más de una vez creí perder no sólo
la artillería y parque, sino cuantos hombres no pudiesen a la
carrera salir con día de tan espantoso camino
Sigo haciendo una sucinta relación de lo sucedido y que atrás
dejo narrado, y continúo:
"El indio Ibito, con una guerrilla de 30 hombres se retiraba
delante de nosotros, y pasó el páramo, a pesar del mal tiempo del
día anterior".
"Puestos en movimiento, tuve esperanzas de pasar el páramo con
felicidad pero al llegar a su cúspide, un horrible viento, o mejor
dicho, un huracán semejante a los que en las Antillas suelen hacer
estragos, acompañado de una lluvia sutil, nos atacó de
repente...
"A mi llegada a las cinco de la tarde, supe que el indio Ibito
con su guerrilla había seguido para Guambía, a las doce, y en el
acto hice marchar la guardia nacional de Popayán en su persecución
hasta Guambía. A las diez de la noche todavía llegaban retrasados
de infantería, pero no la artillería y parque, ni los indios
regresaban: la tropa, sin alpargatas, mojados los soldados y
muertos de fatiga, y el mal tiempo continuando, la noche
horrorosa, nada se podía hacer, y temí que cuanto quedaba atrás
perecería antes de amanecer.
"Hasta hoy a las once del día llegaban atrasados de infantería y
a aquella hora oigo unos tiros cerca del páramo, llegando al mismo
tiempo el teniente Galluzo, quien me dijo que su gente, expuesta
ya a perecer en el rigor del temporal, habiendo muerto varias
mulas y desertádose los indios con la noche, venia muy dispersa,
que un cañón había quedado en el páramo, y casi todos los cajones
de su parque regados a grandes distancias, sin esperanza de
sacarlos. Inmediatamente lo hice regresar y mandé dos partidas del
batallón número 6º, a pesar del cansancio y extenuación de la
tropa, porque era preciso saber la causa de aquellos pues al indio
Ibito lo calculaba empujado de Guambía hacia Popayán. Yo mismo me
puse en marcha seguidamente, y supe, por unas mujeres que habían
sido presas por dicho indio, que habiendo sabido la ocupación de
Popayán por nuestras tropas, había contramarchado por el camino de
Guambía, y habiendo encontrado cuatro moribundos, tres del 6º, y
uno de artillería, los había asesinado...
"Las partidas siguieron persiguiéndolo, pero ellos se
dispersaron, sin duda, como de costumbre, pues no los pudieron
alcanzar, y los nuestros regresaron a las siete de la noche. Sé que
robaron la mayoría del batallón 6º y el equipaje del mayor
Cantera, cuya muía se había también emparamado. ¹
"Tengo lista una partida de 60 hombres para que marchen mañana
hasta el puente de San José, con algunos indios, a traer el cañón
y los pertrechos que haya hasta allí, pues los que quedaron mas
atrás es imposible sacarlos, porque la partida tiene que regresar
antes que le coja la noche...
"Antes de concluir debo manifestar a usía que si el guerrillero
Ibito hubiera cortado el puente de San José, que se halla en el
centro del páramo, muy pocos habríamos escapado, y que si yo
hubiera conocido el camino, me habría tomado la libertad de hacer
algunas observaciones a su excelencia sobre la marcha de la
división por él, con artillería y un parque de cargas de 10
arrobas...
"Sírvase usía dar cuenta de todo a su excelencia el general en
jefe del ejército, etc.".
"En efecto, el 25 subieron al páramo otra vez la primera
compañía del batallón número 6º, al mando del teniente Manuel
Peña, y 20 artilleros con unos pocos indios que con mil esfuerzos
se pudieron coger, y dos o tres mulas útiles que había, una de
ellas la de mí silla, de mi propiedad: la compañía arrolló la
guerrilla cuantas veces se le presentó, y sin embargo de que los
indios cargueros volvieron a fugarse todos a los primeros tiros, me
trajo el teniente Peña en aquellas pocas mulas y a hombros de los
artilleros y de la tropa el cañón que faltaba, las guarderas,
ruedas, cajillas, seis fusiles de los soldados muertos, y las
cargas de
|
1 "El mayor Cantera subió con la primera partida al páramo, y
pueden calcularse los esfuerzos que haría para recuperar su
equipaje y la mayoría de su batallón en que se miraba".
|
municiones de infantería y proyectiles de artillería que habían
quedado en el alto de San José.
"Practicando nuevas diligencias para reunir indios y mandar otra
partida a procurar traer alguna cosa de lo poco que quedaba, recibí
una comunicación del estado mayor del ejército, fecha en Popayán a
25 del mes, diciéndome entre otras cosas: "Su excelencia me manda
decir a vuestra señoría que continúe su marcha hacia esta ciudad,
por el camino recto que viene a ella"; y otra con fecha 26 en
respuesta a mi nota del 24, en la que me repite la orden de marchar
a Popayán con toda la división.
"En cumplimiento de estas órdenes terminantes marché con la
división a Popayán, dejando en Pitayó la compañía de artillería y
la 1º del batallón número 6º
|, que después de mi ausencia
volvieron al páramo y sacaron algunos cajones de cartuchos de
fusil más, inútiles, porque estaban mojados y rotos.
"¿Es esto haberme dejado quitar el parque por 40 indios, sin
animarme a recuperar la pérdida, sino que no paré hasta Popayán,
porque allí estaba la cosa segura? ¿Es posible que haya un hombre
tan... ".¹
Compadezco a los militares presentes y futuros que se vean tan
gravemente ofendidos, los compadezco, digo, si no tienen, como tuve
yo, documentos oficiales con qué justificarse desmintiendo a un
injusto detractor.
He concluido lo que personalmente me interesa, por la parte
activa y trascendental que tuve defendiendo al Gobierno legítimo en
la guerra de rebelión de 1841. Y no he podido menos de ser un poco
extenso, porque, como he dicho antes, en estos libros tengo que
cancelar mis cuentas atrasadas con la historia. Espero, pues, que
el lector me considere y sea indulgente.
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1 Vuelvo a repetir que lo que marco con comillas es copiado
literalmente de mis apuntamientos publicados en 1843.
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