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INDICE
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CAPITULO QUINCUAGESIMOTERCERO
I
Enseñoreado el general Obando del departamento, hoy Estado del
Cauca, y lanzado tú en una guerra desesperada, tuvieron lugar esos
excesos contra las personas y propiedades que en nuestras
malhadadas que las civiles han sido tan desastrosos.
El siguiente documento da una idea de ello, aunque no dice todo
lo que sucedió.
Veámoslo:
"Ramón Mercado, diputado a la cámara de representantes por la
provincia de Buenaventura, certifico:
"Que José María Obando, sindicado de haber cometido el crimen
de asesinato en la persona del benemérito general Antonio José de
Sucre, por libertarse del juicio que legalmente se le seguía en la
provincia de Pasto sobre dicho delito, levantó el grito de rebelión
contra el Gobierno, y proclamando los principios más escandalosos
de desmoralización, tales como remisión de deudas, comunidad de
tierras y libertad de esclavos, se puso al frente de una partida de
malvados, que consiguió aumentar considerablemente con el cebo de
la rapiña y del desorden en que puso la provincia de Pasto y parte
de la de Popayán, donde obraba a su nombre su agente y cómplice
Juan Gregorio Sarria. Que fijadas las operaciones de estos dos
cabecillas sobre la capital de la provincia de Popayán, por estar
ocupada la de Pasto por las fuerzas de la República, consiguieron
sorprender la vanguardia de la división que por parte del Gobierno
venía de Pasto en persecución de ellos; y aunque el benemérito
general que mandaba aquella fuerza podía con el resto de su
división y con la guardia nacional de Popayán haber conseguido un
triunfo completo sobre Obando, siguiendo el sistema de clemencia y
generosidad que había adaptado el Gobierno, impartió indulto a
favor de dichos cabecillas por el crimen de rebelión, exigiendo de
Obando que regresase a Pasto a estar a derecho en el juicio sobre
el delito de asesinato. Que en efecto, habiendo regresado Obando a
dicha ciudad, se le pusieron a su alcance cuantos medios legales
podía tener para su defensa, se le trató generalmente bien, tanto
por el jefe y oficiales de la división acantonada en Pasto, como
por los vecinos de aquella población; que, sin embargo, como no
pudo ser excarcelado bajo fianza en el estado que tenía su juicio
cuando él lo solicitó, puso en práctica el proyecto de fugarse de
la prisión, y acompañado de algunos de sus agentes y cómplices, lo
realizó armándose de nuevo contra el Gobierno y engrosando sus
filas a beneficio de haberse puesto de acuerdo con el salteador
Noguera, que se hallaba en armas contra la persecución que se le
hacía por su complicidad en la rebelión de Pasto y otros delitos.
Que unidos así los dos cabecillas y sus cómplices, comprometieron
en varios hechos de armas la fuerza del Gobierno, que siempre los
vencía parcialmente, sin que pudiesen conseguir darles un golpe
decisivo, como al fin lo obtuvieron en Huilquipamba contra sólo
Obando y sus cómplices, por haber éste asesinado a Noguera antes de
dicha batalla. Que derrotadas las hordas que capitaneaba Obando,
éste consiguió salvarse, y después de haber permanecido oculto
algunos meses, emprendió nueva rebelión a principios de enero de
1841. Que entonces apuró los medios de desmoralización, porque
asaltando por sí y por medio de sus cómplices algunas de las
haciendas y minas de la provincia de Popayán, puso en rebelión los
esclavos de dichos establecimientos dándoles libertad, y después de
un saqueo casi general de dichas haciendas y desmoralización de las
cuadrillas de esclavos, consiguió reunir más do 800 hombres, la
mayor parte negros esclavos, con los cuales y algunos ladrones de
Timbío, Guambía y otros pueblos de la provincia de Popayán,
sorprendió en el llano de García una pequeña columna del Gobierno
que marchaba en su persecución, ejecutando en ella tal carnicería,
que hasta los prisioneros fueron pasados a cuchillo después de
concluida la refriega. De cuyo modo perecieron el doctor Ramón
Rebolledo, el capitán Guillermo Gaitán y otros jóvenes que iban al
servicio del Gobierno. Que después de aquel desgraciado
acontecimiento, ocupó Obando las provincias de Buenaventura y
Cauca, saqueando de la primera cerca de nueve mil pesos que
existían en las tesorerías municipales y comunales, y como siete
mil de un particular. Fuera de estos robos ejecutó por medio de
sus agentes el de las caballerías y ganados que sacaban de varias
haciendas, y varios efectos de comercio al señor Antonio Nariño.
Que finalmente, habiendo regresado a Popayán, verificó allí el
robo de los, libros de la universidad, saqueó varios fondos
públicos y arrancó diferentes sumas a particulares, bien por la vía
de empréstito, bien por castigo de su adhesión al Gobierno y al
orden legal.
"El que suscribe sabe por notoriedad la mayor parte de los
hechos que deja expuestos, y otros por documentos auténticos,
pudiendo asegurar, en general, que son públicos y notorios, de
pública voz y fama cada uno de ellos.
"A pedimento oficial del señor ministro fiscal de la suprema
corte de justicia, doy la presente, que firmo.
RAMON MERCADO"
"Bogotá, a 25 de junio de 1842.
"Mariano Ospina, secretario de Estado en el despacho del
interior y relaciones exteriores de la Nueva Granada,
certifico:
"Que el señor doctor Ramón Mercado, cuya firma antecede, es
representante en el Congreso de la República.
"En fe de lo cual doy la presente con el sello del Poder
Ejecutivo en Bogotá a 8 de julio de 1842.
(L.S)
MARIANO OSPINA"
Otros certificados más expresivos y más detallados, expedidos
por los senadores y representantes de las provincias del Cauca en
1841, a pedimento del fiscal de la corte suprema, fijan con mayor
claridad los excesos cometidos, pero yo he preferido el del señor
Mercado, por cuanto para los liberales tendrá más valor. El general
Mosquera, en su libro citado, corrobora este documento diciendo lo
siguiente:
"En seguida apuraba (Obando) todas las medidas que le sugería su
ambición para sacar recursos, y mandaba saquear todas las
propiedades de las haciendas de los habitantes de la provincia de
Popayán. No quedaban en ninguna rebaños, caballerías ni
herramientas, y en dos meses de devastación, a él mismo le faltaba
lo necesario, cuando dio principio a desolar las otras provincias
y a exigir de todo el Cauca contribuciones forzosas en dinero y
efectos de los almacenes y tiendas de los comerciantes. Las rentas
públicas, ya fuesen nacionales o municipales y de establecimientos
de educación o beneficencia, todas las tomó, y para sacar más
dinero estancó la carne, de modo que sólo por su orden o la de
Sarria se mataban ganados para los habitantes de los cantones de
Popayán y Caloto; para proveer los mataderos se llevaban toda
clase de reses de nuestras haciendas y con ellas se mantenía a las
grandes montoneras que formaban su ejército. No se respetaba
ninguna casa, y a deshora de la noche, como de día, eran allanadas
por los satélites de Obando, entre los cuales no había sino gente
soez y de la canalla; no respetaban en los registros que se hacían
del hogar doméstico ni aquellos lugares que la sociedad ha erigido
en sagrados. El lecho de la mujer honrada, como el de la doncella,
fueron visitados con pretexto de buscar hombres ocultos, anuas y
objetos para el equipo de sus gavillas. Al llegar la noche, las
desgraciadas señoras de Popayán, sin tener libertad para quitarse
sus vestidos, temiendo un asalto en su morada y esos continuos
registros, dormían sobre los sofaes y todas reunidas, buscando un
consuelo en su mutua compañía, y cuando se mandaba abrir una casa,
en vez de presentarse a presenciar el registro, cual tímidas
corderillas se reunían todas en un aposento, y sus miembros
palpitantes o sus lágrimas, fueron alguna vez su única defensa,
porque a pesar de escoger Obando a ebrios o esbirros para estas
comisiones, llegaron a condolerse de tan amarga situación. Esclavos
hubo que, colocados en las puertas de sus mismos amos, y viendo que
todo el dinero que se robaban no era para socorrerlos como
soldados, y que se les pagaba con las mismas carnes y frutos de las
haciendas, imploraron, con el fusil en la mano, y dejando el sitio
de la centinela, el perdón de su amo, protestando abandonar a tales
facínerosos, y corno lo ejecutaron, dio Obando orden de fusilar a
todos los desertores, como realmente lo ejecutó con algunos que
cogió...
"Antes de emprender Obando su expedición para el Valle del
Cauca, dio el último golpe a la universidad, en cuyo local había
alojado algunas montoneras: entregó la biblioteca al pillaje y
destruyeron los mejores instrumentos de física y química, como de
astronomía....
"El monetario y otras cosas preciosas, todo cayó en ruanos de
este ignorante, y su pérdida es casi irreparable" etc.
Efectivamente, formada la fuerza del general Obando de los
esclavos de las haciendas y de las minas; viéndose éstos armados y
autorizados para todo, dieron rienda suelta a las pasiones del
odio y de la venganza que la esclavitud con razón engendra, y
atentados de todas especies se cometían impunemente. Los presos
fueron puestos en libertad e incorporados en las tropas, escándalo
que han dado todos los partidos. Con semejantes soldados,
forzosamente contemplados, consentidos, mimados, no hay que pensar
en que se les impusiera la menor cortapisa a sus demasías, y el
robo impunido y el ultraje, los insultos personales, hasta a las
señoras más respetables, eran lo de menos.
Los tipos de imprenta fueron tomados para cartuchos de fusil:
proyectil terrible, cuyas heridas eran casi todas mortales:
El general Obando estancó por un decreto la venta de todos los
ganados, y las haciendas fueron devastadas con el mayor desorden,
con provecho de los manipulantes que entendían en la expoliación y
en el expendio, enriqueciéndose en estas operaciones, como sucede
siempre en igualdad de circunstancias. El honorable señor Vicente
Martínez, en su certificado, dijo que el pillaje fue tal, que se
agotaron las razas de ganados.
Todos los caballos útiles para la caballería fueron tomados
violentamente, y lo mismo las mulas de carga.
Los empréstitos forzosos, impuestos hasta por los mandones de
menor cuantía en los pueblos pequeños, se cobraban con el mayor
rigor, lo que todavía se acostumbra, y cada día con circunstancias
más agravantes, contra una sola clase de la sociedad, la más
numerosa y respetable. En fin, las expropiaciones en todo sentido,
los embargos, fuera de nuevas contribuciones, redujeron a la
miseria a muchas familias antes ricas, y a la extrema indigencia a
las pobres...
Tanta opresión, tantos ahusas produjeron su natural
consecuencia: la desesperación; y como la exasperación da valor,
los pueblos del Valle del Cauca, que son enérgicos y belicosos, se
sublevaron, se armaron lo mejor que pudieron y se apoyaron en la
bella, rica y populosa ciudad de Cali, que en aquella época era
decidida en todas las clases de su población en un sentido
diametralmente opuesto al que lo es ahora: versatilidad y cambios
inexplicables, que abundan en nuestra inexplicable política, como
si los principios de libertad y orden combinados, de seguridad, de
respeto a las creencias religiosas, a la propiedad, a todos los
derechos, en fin, variasen.
II
A pesar de las órdenes del general Obando, no marchó el coronel
Salvador Córdoba a Popayán, pero le envió el excelente batallón de
infantería, que sacó de Antioquia, y se quedó en Cartago con unos
pocos oficiales y un pequeño destacamento compuesto de
convalecientes de sus hospitales, que no podían marchar, y algunos
paisanos. De esta manera quedaron aquellos pueblos en actitud de
verificar más fácilmente su reacción, empezando por hacer
prisioneros a Córdoba y a cuantos le acompañaban.
Continuaré, para mayor claridad y autenticidad, el extracto de
mis apuntamientos sobre la campaña del Sur.
"El día 30 (mayo) unos pasajeros fugados de Popayán me
informaron que el 23 había recibido Obando la noticia de los
sucesos del Valle del Cauca, y ésta fue la primera que de ellos
tuve yo; que el 24 había marchado rápidamente Sarria con 400
hombres escogidos y una pieza de artillería contra aquella
reacción; que una columna se preparaba a seguirle, y que Ramón
Berillas, titulado Gobernador de la provincia, salía llevando al
general Eusebio Borrero y al comandante dé guardia nacional
Francisco Caicedo Jurado, prisioneros de guerra, al coronel Vicente
Bustamante, al teniente coronel Antonio Cárdenas, a los capitanes
Pedro Pablo Navia y Rafael García Tejada, que habían sido presos en
Popayán al tiempo de la ocupación de aquella ciudad por Sarria,
para proponer a los sublevados su canje por Córdoba y sus
compañeros, o salvar a éstos amenazando con la represalia; que de
Pasto nada se sabía de cierto, pero que podía suponerse que el
general Flórez no tenía bastante fuerza para obrar, porque las
tropas ecuatorianas no pasaban del Juanambú, y que en Popayán se
decía que Estanislao España las tenía asediadas.
"Pocos días antes había tenido aviso de la secretaría de guerra,
de que venía para mi cuartel general el batallón 19 de línea,
fuerte de 800 hombres, y que sucesivamente lo harían los demás
cuerpos de la 1ª división, que estaban llegando a Bogotá; y se me
repetían las prevenciones de no dar ningún paso aventurado hasta
que se reuniesen las tropas que habían de obrar sobre Popayán
decididamente. Sin embargo, tomé resolución y requerí al gobernador
de la provincia para que me facilitase lo necesario para moverme
hacia el Cauca, diciéndole entre otras cosas lo siguiente:
"Oficio de 30 de mayo (1841) . "Si los pueblos del Valle se
sostienen algún tanto, yo podría hacer mucho en su favor y ocupar
a Popayán... ¿Cómo es posible abandonarlos en su lucha?". (Y
concluía pidiéndole ganado, sal y mulas).
"El gobernador atendió a mi pedido con entusiasmo patriótico,
ofreciéndome ponerme dentro de once días 150 reses y otras tantas
mulas en La Plata..
"Confiado en esta promesa moví toda mi pequeña división a Inzá,
mandé reparar el camino del páramo de Guanacas, obstruido por orden
del general Obando, comuniqué por diferentes conductos mi
movimiento y mi resolución de pasar el páramo con mí división (cuya
fuerza exageraba haciéndola subir a 1.600 hombres) si el general
Obando se movía sobre el Valle, y en todas partes se creyó esto, y
nuestros amigos se alentaron y los enemigos se alarmaron. En este
estado, llegado que fue a La Plata el batallón número 1º, que
duplicó
la fuerza de mi división, propagada la noticia de que yo iba
resueltamente a pasar la cordillera, recibí una orden terminante
del general Mosquera, apenas llegado a Bogotá, previniéndome que
hiciese componer los caminos y arreglar los tambos, que reuniese
mulas y peones y que esperase en La Plata nuevas órdenes.
"Yo me había adelantado a los deseos del general en jefe: cuanto
se me mandaba estaba ya hecho; pero el final de dicha orden me puso
perplejo en extremo, porque suspender mis operaciones, hacer
regresar los cuerpos y esperar en La Plata nuevas órdenes, era
entregar al brazo exterminador de Sarria los pueblos altamente
meritorios del Valle del Cauca, y el pequeño batallón número 7º,
que el Gobierno hizo pasar la montaña de Quindío a la primera
noticia que tuvo de los movimientos del Cauca. Resolvíme, pues, a
continuar por el camino de responsabilidades en que había dado un
paso necesario, y marché a Inzá, dejando mi porque de reserva y el
batallón número 1º en La Plata, por falta de bagajes.
"Obando nos llevaba una gran ventaja en la actividad de su
espionaje... los indios, alucinados por él y en armas a su favor,
le servían eficazmente y cortaban para nosotros toda comunicación.
Sin embargo, este mal fue por entonces un bien, porque convenía
supiese que yo marchaba positivamente sobre Popayán, y que lo
creyese como lo creyó. Al llegar el batallón número 6º a Inzá,
volaron los indios a avisármelo, y en el acto partió en posta a
llevar arden a Sarna de contramarchar echando por delante cuanto
ganado, mulas y caballos encontrase. En Popayán amigos y enemigos
no pensaban ya sino en aguardarnos, unos de una manera, otros de
otra. Y así se salvó el Valle del Cauca, y así pudieron las tropas
del Gobierno pasar el Quindío con seguridad. Servicio fue éste
grande, trascendental, inmenso, cuyo recuerdo me llena de noble
orgullo y me halaga más que la victoria misma de Riofrío, en la que
tanto expuse mi vida, porque cualquiera puede ganar una batalla por
casualidad o por el mérito de los jefes y oficiales que manda o por
torpeza del enemigo, en todo lo que no habría derecho a alabanza en
favor del comandante en jefe, si además de un comportamiento
honroso, sostenido juiciosamente, no hubiera por sus combinaciones
y disposiciones previas atraído las probabilidades a su favor;
pero la exactitud y el acierto en los cálculos, el obrar de manera
que el enemigo se engañe y haga lo que no debiera, llenando el
objeto que uno se propone, no son accidentes casuales sino
resultados que revelan las cualidades del general, que yo deseo
tener, habiendo empleado toda mi vida en procurar adquirirlas.
"¿Será ésta una vanagloria mía? Pues óigase al Presidente de la
República: véase lo que me escribió cuando tuvo noticias de las
circunstancias de estos sucesos:
"Carta de 30 de junio: "Encuentro ya en usted el mismo que antes
era, dotado de energía y suficientemente confiado en lo que por sí
vale y puede hacer. Digo ya, porque ha habido momentos en que usted
se ha debilitado algún tanto haciendo más caso del que debe del
|qué dirán.
"Siga usted obrando como su juicio le dicte y tenga un poco de
paciencia para responder a su tiempo los a
|qué dirán
imprudentes que su imaginación le presente.
|"A
|usted se debe que Obando no haya dado mi golpe a
los pueblos del Cauca antes de
|que nuestras tropas pasaran
el Quindío, y aunque es mucho el entusiasmo de aquellos
pueblos, tal como nunca se ha visto, bien podría haber batido a los
que se le opusieron en masa, y la consecuencia de esto habría sido
una matanza y exterminio horrorosos... Cierto es que Obando en
ningún caso podría haber dominado ni aun sostenidose en el Valle y
que al fin hubiera sucumbido;
|pero no es poca cosa haber
libertado a los patriotas que hicieron la reacción, a sus familias
y a sus intereses del exterminio que les amenazaba".
"¿Puedo yo desear más?
III
"En Inzá recibí una comunicación del general en jefe (el general
Mosquera), en la que me llamaba a
La Plata, y fui en efecto. Allí me manifestó que tenía acordado
un plan de operaciones con el Gobierno, en virtud del cual había
variado de ruta el batallón
|Mutis (el 2º de línea) y seguía
él para el Valle por la vía e Ibagué a Cartago; que debían asimismo
contramarchar en aquella dirección el batallón 1º de línea, que
estaba en La Plata, y el escuadrón
|Neira, que estaba en El
Pedregal...
"Al tiempo de su partida me entregó instrucciones escritas, de
cuyos artículos debo publicar los dos siguientes.
"Artículo 2º Las operaciones de vuestra señoría se limitarán a
perseguir las guerrillas que amenazan la seguridad del Sur de esta
provincia, y a preparar los medios de movilidad que ha menester
para cuando sea llamado a obrar activamente sobre Popayán.
"Artículo 8º En los veinticinco días que probablemente correrán
antes de que vuestra señoría reciba órdenes para moverse, hay
sobrado tiempo para que se prepare a ello...?.
"Cómo me quedaría yo viéndome otra vez reducido a la impotencia,
condenado por mi suerte a obrar con escasos medios, cortado el
vuelo a mis planes y a mis esperanzas, y limitadas mis operaciones
por treinta días lo menos, en circunstancias tan importantes a la
persecución de unos guerrilleros, puede el lector
calcularlo...
"Mi primera atención al regresar al Pedregal fue multiplicar los
movimientos de partidas, para impedir que en Popayán se supiese tan
pronto la contramarcha del general en jefe y de los cuerpos que le
siguieron, tanto más cuanto supe que el general Obando se
preparaba a operaciones haciendo herrar quinientos caballos y cien
mulas, acopiando víveres, etc. De estas noticias di cuenta al
general en jefe, diciéndole en oficio de 22 de junio lo
siguiente:
"No hay duda que Obando se prepara a moverse con todas sus
fuerzas, pero no puedo fijar mis ideas sobre el punto adonde se
dirige; acaso vendrá a situarse en Guambia¹ para impedir la reunión
de las del Gobierno,
|
1 Guambía es un pueblo de indios
situado al pie de la cordillera, casi en la mitad de la salida de
los páramos de Guana-
cas y Pitayó. Hoy se le ha cambiado
su venerable nombre indígena por el de Silvia, como más poético,
porque en esto de cambiar los nombres de las cosas aunque las cosas
no cambien, no hay quien nos iguale.
|
y temo mucho que cuando sepa que los que han quedado aquí no
son suficientes para moverse sobre su espalda, ni para resistirle
solos, las desatienda y caiga sobre el Valle, antes de que vuestra
señoría haya podido llegar con las fuerzas que le siguen. No hay
remedio, señor general, si Obando no es el más torpe de los
hombres, tiene que hacer esfuerzos para batirse con nosotros
separadamente, y puede hacerlo si obra con actividad".
"¿Pero, qué es este Obando? Siguiéndole en los últimos pasos de
su vida política, viéndole levantar la losa de su tumba y amenazar
hundir en ella a la República, es preciso concederle cualidades
militares, es preciso admirarle; ¿y por qué ha de negarse esto?
Obando despierta del sueño mortal de Huilquipamba, se levanta
desfalleciente, da una voz y reúne un ejército, destruye las
fuerzas del Gobierno en el Valle, rinde a Popayán, insurrecciona
el alto y bajo Chocó, sojuzga al antiguo Departamento del Cauca,
invade la provincia de Neiva y amaga al solio augusto del Gobierno
nacional, todo con la rapidez de un torrente desbordado; ¿puede
esto hacerse sin tener capacidad y resolución?...
"Pero cuando en los momentos decisivos en que se necesita
grandeza de alma, se le ve sobrecogerse asustado, vacilar, perder
la ocasión que nunca se ofrece dos veces sin un favor especial de
la fortuna... es también preciso negarle las cualidades que forman
un general y principalmente las que ha de tener un caudillo que osa
acometer la ardua empresa de derrocar un Gobierno establecido para
sustituirse en su lugar...
"Cuando supo de un modo cierto que el batallón
|Mutis no
había venido a La Plata, y que el general en jefe había regresado
de dicha ciudad para Cartago por Ibagué con el batallón 1º de línea
y el escuadrón
|Neiva, calculando las marchas del general y
de aquellos cuerpos, y bien informado de la poca fuerza que tenía
mi división, se resolvió a moverse sobre el Valle, proponiéndose
tener tiempo de arrollar las milicias que se le opusieran y ocupar
a Cali antes que llegasen allí nuestras tropas; en fin, pensó
entonces hacer lo que hubiera debido efectuar treinta días antes.
Ya fue tarde".
Largo, cansado y de poco interés para el lector seria referir
nuestros padecimientos en los treinta y cinco días que duró aquella
expectativa cruel y estéril para nosotros, y de los trabajos de que
todos participábamos andando por aquellos riscos, en una estación
en que llovía incesantemente, hacinada la tropa, y los oficiales y
yo en unas chozas miserables de los indios, abandonadas de antiguo,
durmiendo sobre el lodo, el soldado sin abrigo, el vestido único
con que había emprendido la campaña hecho andrajos, el espíritu
del jefe inquieto y entristecido con la idea de que no tocaría a
la tercera división en aquella campaña sino las penalidades y el
deslucimiento, si el general Obando marchaba al Cauca y era batido,
o todas las consecuencias de la prepotencia física y moral que
adquiriría si era vencedor. ¿Mas para qué hablar de estas cosas de
que nunca se hace cuenta, ni se valoran, ni se agradecen?
Al regreso del general Mosquera de La Plata se llevó de Neiva el
ganado y bagajes que el gobernador me había ofrecido y preparado:
quedé yo, pues, desesperado, en imposibilidad de moverme para
ninguna parte.
"Doce días estuve sin tener la menor noticia de lo que
|
allende la cordillera estuviera pasando; nadie venía, y
esta incomunicación absoluta en que el general Obando nos puso, por
medio de partidas en todas direcciones que no podían evitar mis
postas, o mis espías, algunos de los cuales fueron fusilados, me
hizo sospechar su marcha al Cauca, aunque generalmente se temía
que la verificase sobre mí. Efectivamente supe que algunos de los
jefes y oficiales antioqueños, y principalmente un titulado
coronel Brazual (venezolano), le aconsejaron que reuniese todas sus
fuerzas, inclusas las; que tenía en Pasto, abandonase el Sur y
cambiase de teatro cayendo sobre mi y arrollándome, y marchase
derecho a esta capital, para alentar la revolución en las
provincias de la Costa y hacerla brotar de nuevo en las del Norte,
pues que cuando el general Mosquera lo supiese en el Cauca y
retrocediese, perdería la mitad de su fuerza en la marcha forzada,
no tendría tiempo de impedir la caída de la capital y seria luego
combatido por fuerzas muy superiores. Parece que el general Obando
estuvo inclinado a ello, pero los jefes, oficiales y soldados de
las provincias de Popayán y Pasto no se resolvían tan fácilmente a
abandonar su país, en donde en caso de desgracia encontrarían
guaridas inaccesibles para ocultarse y prolongar la guerra de
partidas por largo tiempo. Ya por esto, o porque la operación sobre
el Cauca le era más fácil y más segura, sin tantas contingencias,
se decidió por ella.
"En los últimos días recibía yo los impresos de Popayán en
paquetes rotulados a mi nombre, puestos en las puertas de Segovia y
El Pedregal; por ellos supe que el 2º regimiento de caballería
ecuatoriana que había pasado el Juanambú y la montaña de Berruecos
había sido completamente derrotado, y muertos o prisioneros todos
sus jefes, oficiales y soldados, sin escapar más que su coronel y
seis u ocho hombres que se abrieron campo lanza en mano y se
salvaron como valientes, que el cantón de Túquerres que se había
pronunciado antes, agregándose al Ecuador, se había
contrapronunciado; que las tropas ecuatorianas que guarnecían el
de Pasto se habían visto forzadas a abandonarlo y repasar el
Guáitara; que Estanislao España, general de Obando, las tenía
asediadas; que por esta causa el Presidente del Ecuador en persona
había venido a Túquerres con nuevas fuerzas a cubrir la ribera del
Guáitara y proveer lo que fuera menester, según el resultado de las
operaciones del general Obando en el Cauca, y
|
procurar
conservar la incorporación del cantón de Túquerres al Ecuador,
haciendo valer su primer pronunciamiento".
IV
Por fin en la tarde del 14 (julio) recibí un oficio del general
en jefe, fecha 5 en la montaña de Quindío,
diciéndome que para el 15 de dicho mes estaría en Caloto con su
vanguardia y que para entonces debía yo emprender mi marcha por
Pitayó de modo que me le reuniese en aquel punto.
Esa misma tarde me llegaron al Pedregal una compañía de
artillería y dos piezas de calibre de a 4 con sus correspondientes
municiones en cargas de a diez arrobas embarazo terrible y
desesperante en aquellos momentos. Yo estuve pensando en devolver
los cañones y sus municiones, pero temí la responsabilidad de una
medida que contrariaba al general Mosquera. Ojalá lo hubiera hecho
así, y me habría evitado muchos de los inconvenientes que tuve que
vencer en mi marcha por el formidable páramo.
Sin bagajes, sin ganado, sin nada, en fin, de lo necesario,
resolví moverme, sucediera lo que sucediera. De los pueblos
inmediatos al Pedregal reuní 60 indios, para la conducción, en
hombros de la artillería y parque, y afortunadamente el 16 me
llegaron unas pocas mulas y ganado de Neiva, y sin aguardar más me
puse en marcha el 17 confiado en la Providencia. Al segundo día
desertaron todos los indios cargueros: ¿qué hacer en semejante
terrible situación? Mandé echar pie a tierra a todos los oficiales
y con sus mulas y tres de mi propiedad, pude continuar mí marcha
por unos senderos que a las cabras imponían respeto. Todos los
pueblecitos de los indios estaban abandonados, las sementeras
desiertas, reducido por consiguiente nuestro alimento diario a un
pedazo de carne sin sal, la que nos faltaría al acabarse el poco
ganado que llevábamos: afortunadamente los indios no tuvieron
tiempo de recoger todo su ganado, y encontramos algunas vacas
mansas con sus terneros gordos, que sin dificultad nos apropiamos:
yo dejé recibo en el suelo de las casuchas. En el pueblo de Mosoco,
el último al pie de la cordillera para emprender la gran subida del
páramo, encontramos al cura, anciano que hablando constantemente
el idioma de los indios, se encontraba embarazado para pronunciar
el castellano. Allí tuve que suspender mi marcha dos días, porque
el temporal en el páramo no permitía el tránsito. El venerable
sacerdote nos proporcionó trigo, que tostado nos sirvió de pan,
vituallas y sal, y lo que valía mucho en aquellas circunstancias,
nos consiguió 18 indios cargueros, prácticos del páramo.
El pueblo de Mosoco es tan frío, que en el patio de la casa se
emparamaron (helaron) dos mulas calentanas, y fue menester, a la
ligera, poner las otras bajo techo para no perderlas todas. Y sin
embargo, como es el menos frecuentado por movimientos militares,
todas sus inmediaciones, hasta donde el frío del páramo permite el
crecimiento de la vegetación, y donde las pendientes de las faldas
dan acceso a la planta del hombre, abundan las huertas, los
cortijos, las sementeras más o menos extensas de trigo, papas,
arracachas y frutas de tierra fría, que dan a los campos,
principalmente en estado de florescencia, una belleza encantadora,
y el aroma de los efluvios que exhalan, produce una embriaguez
deliciosa. El ganado por allí es grande, y la próvida naturaleza
cubre su piel de un pelo largo que le sirve de abrigo. En lo
general todos los animales domésticos son más grandes que en los
terrenos cálidos. Los indios son en extremo laboriosos e
inteligentes como agricultores, sus mujeres y sus hijos trabajan a
la par con ellos, y las mujeres aun más, lo que sin embargo no las
evita los más crueles tratamientos, cuando sus maridos están
ebrios, como por lo regular lo están los domingos y días festivos;
como soldados regimentados son valientes, porque son subordinados,
y son subordinados porque son tímidos, y esto mismo se observa no
sólo en la cordillera central de que estoy hablando, sino en todas
las de las tierras altas. En su método de vida fácil, sin esas
necesidades ficticias que ciertas posiciones sociales exigen y que
hacen el tormento y la ruina de muchas familias, pudieran
considerarse dichosos, si no hubiera
|publicanos, si no
hubiera dueños de las tierras que a ellos pertenecían, y que de
diferentes modos se les han expoliado; pero todo esto no es nada
comparado con la llegada de alguna orden apremiante de reclutar
para formar falanges fratricidas, por la que alcaldes y esbirros se
distribuyen a cazar hombres, usando de los medios más violentos e
irritantes, para llenar el contingente pedido con los pobres que
no tienen algunos pesos que dar al bárbaro reclutador. Así se forma
la ensarta de infelices, que amarrados cual malhechores son
conducidos a varazos a los puntos designados, y sus padres, o
esposas, o hijos, detrás con semblante desgarrador, trémulos,
llorosos, espantados, les acompañan hasta que los ven entrar al
cuartel a empujones. - - Y allí llega el momento de la desolante
separación, las más veces eterna, para ver con los ojos del alma,
desde sus humildes chozas, despedazados sus cuerpos por esas
atroces palizas que al alegre toque de diana les
infligen, lis más veces caprichosamente, hasta dejarlos casi
exánimes. ¡Infelices! habiéndolos declarado ciudadanos los hemos
postrado.
El sistema de reclutamiento entre nosotros es tal, que bajo los
gobiernos más despóticos de Europa no podrían formarse una idea
aproximada de su imponderable crueldad. En lo general es lo mismo
en las ciudades que en los campos, pero con los humildes indios
el abuso en todos sentidos llega a un extremo que se hace
intolerable. Es esto por lo que ellos cuando ven soldados, o lo que
es peor, esbirros de ruana y fusil colgado del hombro, huyen a los
montes o a las cavernas y dejan sus pueblos solos, abandonando sus
cortos haberes y sus pequeñas sementeras, único recurso que tienen
para aplacar el hambre de sus familias. Así fue como los
encontramos nosotros, y gracias al benévolo sacerdote de que he
hablado, hubo en Mosoco quien nos ayudara en algo, sin lo que muy
difícil nos habría sido continuar nuestra marcha.
En otros tiempos, bajo la colonia, las leyes exceptuaban del
servicio militar al hijo único de la viuda o de los padres
ancianos, al hombre casado, esto es, al padre de familia, a Ion de
complexión delicada... y las leyes se cumplían. Ahora también hay
infinitas garantías escritas en las Constituciones y leyes, y
escritas se quedan, porque "las Constituciones son libres y las
leyes son papeles".
El 23 (julio) pude al fin moverme, y desde la primera subida
del páramo, un temporal deshecho reventé sobre nosotros: torrentes
de lluvia helada que formaban ríos en las angosturas del camino nos
azotaban y calaban; rayos que serpenteaban en todas direcciones
hacían temblar a los hombres y a las bestias; espesa capa de
granizo cubriendo las lomas, veredas y senderos por donde teníamos
qué marchar nos exponía a caer en un abismo al perder la estrecha y
resbaladiza trocha que llaman camino; tremedales profundos donde
hombres y animales se hundían y sólo con dificultad y grandes
esfuerzos se podían sacar, amenazaban en todas direcciones; y en
la cumbre de la montaña a la altura de San Bernardo en los Alpes,
la rarefacción del aire comprimía los pulmones, la respiración se
hacía anhelosa y la asfixia inminente nos amenazaba. Yo he pasado
en el mar terribles temporales, huracanes violentos, y nunca vi
tan cercana la muerte como en la cumbre del páramo ese día
angustioso. En este estado, corriendo como derrotados, sin
formación, ni mando, ni obediencia, nos lanzamos por el descenso
del lado del Cauca, a respirar aire, a salvar la vida; y así a
grupos, fuimos llegando al pueblecito de indios llamado de Pitayó.
Si allí nos hubieran esperado cien hombres, habríamos sido
despedazados.
Hasta las diez de la noche estuvieron llegando atrasados de
infantería, mojados, muertos de cansancio, extenuados y
entumecidos, que acercándose a las fogatas del campamento se
recobraban algún tanto; pero satisfacer el hambre devoradora no se
pudo esa noche. Al día siguiente, con tres reses para toda la
división, y un poco de trigo tostado, pudimos aplacar la horrorosa
necesidad que nos mataba. Pero aún faltaban unos 40 ó 50 hombres y
unas pocas voluntarias, y esto me inquietaba.
Los malditos cañones, las pesadas cargas de sus proyectiles, los
cajones de las municiones de infantería y algunos equipajes
quedaron diseminados a distancias en el páramo, sin otros medios de
transporte que los hombres de los extenuados soldados, pues hasta
los indios de Mosoco se fugaron al entrar la noche. ¡ Qué angustia!
Qué tormento el de la duda de lo que hubiera sucedido a los que no
habían llegado! Un gran consuelo fue en aquella tribulación ver
brillar algunas estrellas y que disminuía hasta extinguirse el
bramido horrísono del huracán en el páramo: aún podían salvarse
los que no hubieran perecido ya. El día amaneció esplendoroso, el
sol brilló radiante, y el calor, que es la vida, disipó el frío,
que es la muerte, y todos nos reanimamos. Los indios de Pitayó se
prestaron a subir el páramo con una compañía del batallón número 6º
a traer cuanto se pudiera de lo que había quedado atrás. Apenas
salieron, dejáronse oír unos tiros en el páramo: era el Indio
Ibito, feroz guerrillero de la escuela
|liberal de Sarria y
Eraso, de España y de Morillo, quien habiéndonos dado mucho que
hacer mientras estuve amenazando a Popayán, se había retirado dos
días antes de mi salida, por el mismo camino que había yo (le
llevar, y llegado a Pitayó, se pasó a Guambía para continuar sus
depredaciones en nombre de la libertad que proclamaba el general
Obando, de quien era uno de los más activos tenientes en aquel
territorio. Habiendo este nuevo Atila encontrado cuatro
moribundos, tres del batallón número 6º y uno de artillería, que
entumecidos por la terrible noche pasada sobre el granizo, no
podían ponerse en pie, los asesinó bárbaramente. Embriagado con la
sangre vertida, atacó a unos pocos artilleros que conducían en
hombros un cañón, y esos fueron los tiros que oímos; pero la
llegada a tiempo de las partidas que había hecho yo marchar de
Pitayó, evitó un nuevo asesinato, pues no eran mas que diez
artilleros cansados y hambrientos los que hacían frente a la
carnicera guerrilla, la que al ver la tropa que llegaba, huyó a
robar lo que hubiera quedado atrás. Así se pudieron salvar los
cañones con montajes, las municiones y los equipajes. Sólo
quedaron atollados desde la primera subida tres o cuatro cargas de
metralla y cartuchos de fusil, y el equipaje del mayor del batallón
número 6º, que con los papeles y libros de la mayoría llevaba en
dos enormes y pesados baúles.
Pérdida de vidas humanas sólo tuve, además de los cuatro hombres
asesinados por los defensores de la libertad, un soldado del
batallón número 6º, otro del número 10º y dos arrieros emparamados.
Las mulas casi todas perecieron, o atolladas o heladas. Al día
siguiente supe que se habían encontrado en una cañada los
cadáveres de tres
|vivanderas emparamadas, a quienes
buscaban sus
|maridos.
Cuántos sufrimientos, cuántos sacrificios, cuántas infelices
víctimas, cuánta desolación, en fin, de todas partes y de todas
maneras trajo en pos de sí la muerte violenta dada con todos los
caracteres de aleve asesinato a un hombre célebre por sus altos
merecimientos, mirado como astro resplandeciente en el estrellado
cielo de las glorias patrias! Y esto ¿por qué? ¿para qué? Porque
se quiso destruir toda esperanza de que se salvara de alguna
manera la integridad de la gran Colombia, de Colombia la
verdadera, para que el general Santander volviera triunfante, a
título de restaurador y quedara humillado Bolívar
. ¹
V
El primer día de mi salida del Pedregal fue de un tormento moral
que no podía menos que preocuparme. Era evidente que el general
Mosquera no estaría en Caloto para proteger mi salida de la
cordillera si el general Obando permanecía en Guambía, y en este
caso yo era perdido sin remedio, por lo que no se dejará de
reconocer que necesité de gran resignación para obedeces, pero el
general Mosquera era afortunado en sus operaciones peor
combinadas, y en esta ocasión lo fue más que en otras. En la
primera dormida tuve la noticia, en globo, de que al fin el general
Gibando se había movido de Guambía para el bajo Cauca con una
fuerza de 2.000 hombres de las tres armas, infantería, caballería y
artillería, y que había sido completamente derrotado en La Chanca,
en los alrededores de Cali, perdiendo todo, hombres, armas,
artillería, caballos, equipajes; que casi solo huía para Popayán;
que Sarria iba mal herido, etc. ¿Cuál habría sido mi suerte, esto
es, la de mi pe-
|
1 En la ruidosa fiesta de la
colocación de la estatua del general Santander en la plaza de San
Francisco, dijo un orador en una de las arengas hiperbólicas, más
bien que discursos, que se pronunciaron, que el general Santander
fue el fundador de la doctrina liberal en nuestro país. Y esto no
es verdad: que el general Santander fuera el fundador de un partido
titulado
|liberal, concedido; pero la doctrina liberal la
fundaron: el general Antonio Nariño, traduciendo, con riesgo de su
vida y publicando
|los derechos del hombre, proclamados en
Francia en 1789; los legisladores de la primera época de la
revolución, en todos sus actos; el ilustre Congreso de 1821, en
los suyos, y en la Constitución, y en la filantrópica ley de
manumisión de los esclavos, etc. Esos fueron los fundadores de la
doctrina liberal sana. Yo diré, pues, con Iriarte a los
arengadores de la plaza de San Francisco: "Presumís en vano de
esas composiciones peregrinas: ¡Gracias al que nos trajo las
gallinas!
|
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