INDICE

 




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CAPITULO SEXTO.
 

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  I.
 

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Habían corrido cerca de cuatro meses sin que se reuniera el |quórum constitucional, para que el Congreso colombiano pudiera abrir sus se­siones: faltaba un senador y el mas cercano estaba gravemente enfermo en Tunja. Ponsóse pues, en que los senadores y representantes fueran a dicha ciudad a hacer allí la instalación, y verificada, regresasen a con­tinuar las sesiones en esta capital, pues que una vez instaladas las cáma­ras legislativas, bastaban las dos terceras partes de los miembros pre­sentes para que así pudiera hacerse. Pero la ley exigía que el Congreso se reuniera en la capital; ¿cómo allanar este inconveniente? Las fa­cuItades extraordinarias lo allanaron: el Vicepresidente en uso de ellas por la delegación que le hizo el Presidente, expidió un decreto, suspen­diendo para el caso, los efectos de dicha ley, | sin que ninguna objeción se hiciera por nadie. Véase pues, que el jeneral Santander, los senadores, los representantes los ciudadanos, entendían las facultades extraordina­rias como las entendió el Libertador cuando expidió su decreto al man­char para Venezuela. Así, pudo reunirse el Congreso en Tunja el día 2 de mayo, emplazándose para continuar sus sesiones el 12 en Bogotá.

El mismo día 12 que se reunió el Congreso en esta ciudad, su pri­mer acto fue llamar al Vicepresidente a prestar el juramento constitu­cional. Denegose este por dos veces, manifestando que había dirigido su renuncia a Tunja y pedía que se resolviese sobre ella, pues que se atri­buían a su administración los males que sufría la patria. El Congreso insistió, y el jeneral Santander tuvo que obedecer, presentándose a las ocho o mas de la noche en la sala de las sesiones acompañado de los secretarios del despacho. La concurrencia a la barra era inmensa y la ansiedad del pueblo extraordinaria. Puestos de pié los senadores representantes, y reinando un silencio profundo, prestó el Vicepresidente el juramento en la forma legal, sin hacer la menor observación en el sentido dé las que había hecho en sus negativas anteriores, y pronunció un corto discurso, digno, sin quejas ni alusiones capaces de herir a nadie, como muchos temíamos lo hiciera: "Renuevo aquí (dijo) en presencia de la augusta representación nacional la profesión de mi fe política: sos­tendré la Constitución mientras que ella sea el código de Colombia; mi corazón será siempre puro y desinteresado; mi alma será siempre libre; mi voluntad será la del pueblo colombiano |legítimamente expresada; mi obediencia y sumisión serán de la ley y de las autoridades |debidamente |constituidas; mis sacrificios í desvelos serán inalterables por la independencia y libertad de Colombia." El presidente del Congreso le contestó en términos honrosos y prudentemente lisonjeros, cual conve­nía y era bajo muchos puntos de vista justo. Un, aplauso sincero y jeneral respondió al discurso del presidente del senado; pero sin la algarabía incivil que ahora se acostumbra, quizá por el desarrollo que ha teni­do el elemento democrático, y por los progresos de la juventud en cierto sentido, que le hacen ver como plausible y muy |liberal, el desacato a cuanto hay de respetable, y a los mayores en edad, dignidad y gobierno.

Una diputación del Congreso, muchos ciudadanos, y los jefes y ofi­ciales que concurrimos a la barra, acompañamos al Vicepresidente al palacio, y algunas esperanzas de calma y bonanza se concibieron, a pesar de que se notaba en el semblante del jeneral Santander cierta preocupación de inquietud y un ceño de disgusto que las disminuía.

El 6 de junio se reunieron ambas cámaras en Congreso para resol­ver sobre las renuncias del Presidente y Vicepresidente de la República. Dentro y fuera de la sala querían unos que se admitiera la del Libertador y se negara la del jeneral Santander; otros, que se admitiese la del se­gundo y se negase la del primero; otros, y éramos los menos, que se admitiesen ambas, y otros, que eran los mas, que se negaran la una y la otra. Estos prevalecieron: la primera que se negó fue la del Libertador; la segunda, pues, era ya seguro que seria negada por una gran mayoría, y así lo fue. Por nuestra opinión de admitir ambas renuncias, no hubo mas que cuatro votos, lo que prueba la minoría en que estaba ya el partido constitucional, propiamente dicho, dentro y fuera de las cámaras.

 

 

II.
 

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Corroborándose las sospechas, fortalecidas por indicies vehementes, de que los jefes de la 3.ª division venian vendidos al Gobierno del Perú, se vió el jeneral Santander en la necesidad de dictar un decreto (21 de mayo) declarando que el Gobierno de Colombia, deseconocia y desconocería toda desmembración del territorio de la República; que también desconocía y desconocería cualquier acto por cl cual se trastornará el orden público en los departamentos del Sur; que en caso de haberse realizado algún cambio político en dichos departamentos, prevenía que se | restablecieran luego, al punto, las cosas al estado que tenían antes del arribo de la 3.ª division.

Al gran mariscal Lamar y a la Municipalidad de Guayaquil co­municó órdenes perentorias en este sentido, que ni el uno ni la otra pu­blicaron ni atendieron, diciendo siempre que no habían recibido contestación del Gobierno a las notas que sobre aquellos sucesos le habían pasado. Pero, eso si, protestando que se observaban la Constitución y las leyes. ¡Siempre lo mismo!

Perfeccionada la elección de presidente del Perú en el mariscal Lamar, partió este jeneral para Lima (24 de julio), y con su ausencia empeoraron las cosas en Guayaquil, pues su respetabilidad y su influencia le daban fuerza moral pava impedir los desórdenes que después ocurrie­ron. Al día siguiente, no mas, de embarcado el Jeneral, convocó la Municipalidad un comicio popular en el que se acordó un acta proclamando la federación sin romper | la unidad colombiana, ofreciendo enviar sus diputados a la gran Convención, cuya convocatoria se daba ya por hecha, salvando el caso de que la Convención no se reuniera en un año en el cual quedaba Guayaquil en libertad de constituirse como a bien tuviese. En el entretanto se reservaba la asamblea el derecho de dic­tar leyes sobre justicia, policía, hacienda, guerra, etc.

La prensa |liberal bogotana era la que atizaba el fuego en todas partes: un periódico titulado "El Granadino con su nombre no mas in­dicaba la tendencia del nuevo partido que se había separado del partido constitucional. "El Conductor," "La Bandera tricolor," le ayudaban con todo el frenesí de la pasión mas exagerada; la parte no oficial de la Gaceta, daba a aquel círculo toda la respetabilidad de su redactor verdadero; y estos periódicos se reproducían en su mayor parte en Guayaquil.

En esta capital se estableció otro periódico titulado "El Ciuda­dano" y se publicaban hojas sueltas en oposición a los antes mencionados. La prensa de Cartagena, en lo jeneral, también los combatía; y la guerra | de papeles se hacia a muerte contra toda reputación, contra | todo mérito, acriminándose los unos a los otros con un furor que lle­gaba a la demencia.

Y cuando aquellos principios de aquellos fines, o mejor dicho, de estos otros principios de mas desastrosos fines, brotaban de lo hondo del infierno? Colombia llegaba al último grado de esplendor y respeta­bilidad en la República de las naciones: no solo había sido reconocida por la Inglaterra y los Estados Unidos, sino por el imperio del Brasil, la primera potencia de Sur-América; por la Baviera, por la Holanda, por las ciudades Anseáticas, y por la Santa Sede, que a pesar de la oposición esforzada del gabinete español, preconizó los arzobispos y obis­pos presentados por el gobierno colombiano dando con ello una gran fuerza moral a la República, la que no se lo ha agradecido.

La Francia de los Borbones, envió también un cónsul jeneral, ampliamente autorizado, | y el pabellón colombiano fue admitido en sus puertos.

El rey de Inglaterra mandó al Lord Cokburn en calidad de mi­nistro extraordinario, con la misión de presentar a nombre de S. M. Y de su gobierno un respetuoso homenaje al |ilustre Libertador de Colombia.

 

¡Cómo entristecen estos recuerdos! |- ¡Lo que éramos entonces?- Qué seamos hoy?......Nada; peor que nada: somos el ludibrio del universo.

 

                                                   III. |        
                    

 

Hallabase el Libertador en Caracas, regularizando todos los ramos de la administración pública que la revolución había perturbado, cuan­do recibió las primeras noticias que le fueron de esta ciudad, de Panamá de Cartagena, del regreso de la 3.ª division a Colombia y de sus miras, y luego que se hubo informado de los pormenores que dejo referidos, de que nada menos se le exigía sino que se presentase como simple par­ticular ante el Congreso, a |dar cuenta de su conducta en el Perú, su jus­ta indignación llegó al grado que el hombre mas impasible puede calcular. Me consta que había escrito a sus amigos que estaba decidido a insistir en su renuncia, y a no continuar en el mando bajo ningún pretexto: yo vi la carta que escribió a mi tío, el doctor Justiniano Gutiérrez, con quien tenia mucha amistad y se correspondía; supe de la que dirigió al general Soublette, al señor José Ignacio Paris y al señor Baralt, amigos de su íntima confianza a quienes no podían querer engañar, ni tenia interés en ello; pero todo cambió y debió forzosamente cambiar con el gravísimo acontecimiento de que he hablado. Así, a pesar de que pocos días antes se excusaba de venir a la capital a encargarse del poder ejecutivo, según se lo pedían encarecidamente sus amigos y aun el mismo general Santander, escribió a todos que habían variado enteramente las circunstancias; y que tratándose de conmover y desmembrar la República, él se creía obligado como presidente y como simple ciudadano a impedirlo y a evitar el escarnio de la leyes. Que tanto marchaba para la capital y que no creería haber satisfecho sus mas sagrados deberes, hasta no dejar la República tranquila y en amplitud de poder disponer libremente de sus destinos.

En consecuencia dispuso en el acto que se embarcara en Porto cabello para Cartagena una fuerte división; que el general Urdaneta (Rafael), que estaba en Maracaibo, marchase con otra a la provincia de Pamplona; que las tropas existentes en Cartagena se preparasen para moverse; que el general Páez alistase todas las de los cuatro departamentos de Venezuela,  Orinoco, Maturín, y Zulia, y mil jinetes apureños, los centauros colombianos, fuerza que debía estar pronta a marchar cuando se la necesitase. Aquellos departamentos los puso a las órdenes de dicho general, como jefe superior civil y militar; y dependientes de su sola autoridad, debiendo el jeneral Páez entenderse con él directamente por medio del secretario general, y lo mismo los otros generales. Esta medida era indispensable en el estado a que había llegado las cosas pues el general Páez y sus partidarios no se habrían sometido al vicepresidente. Por otra parte la voz pública acusó de un extremo a otro de Colombia, al general Santander como autor y promotor del motín de la 3.ª división y de su regreso a los departamentos del sur de la república; y esta calumnia, porque calumnia fue, tomó una consistencia tal que el Libertador murió dándole crédito. El jeneral Santander se alegró de aquel suceso, pero le sorprendió. Tan cierto es eso que ni conocía a Bustamante, ni sabia dónde había servido: en la secretaría de guerra tuvimos que examinar los registros para buscar su nombre y noticias sobre sus servicios al expedirle el despacho del coronel efectivo. Al jeneral Santander le sucedió entonces como recientemente sucedió al presidente Ospina con las revoluciones del Cauca y Santander en 1859 y 1860 y lo que sucederá siempre a los altos mandatarios, cuando haya interés en un partido adversario de desacreditarlos para deshacerse de ellos. Pero yo trataré de esta acriminación al señor Ospina, mas detenidamente en su lugar.

Bajo estas impresiones y proponiéndose el Libertador hace frente a la invasión de aquellas tropas de una manera eficaz y que asegurarse el éxito; teniendo el deber de hacerlo como presidente de la República encargado del Poder ejecutivo, en uso de facultades extraordinarias, natural era que tomase precauciones contra los que se manifestaban sus enemigos declarados, y a quienes creía cómplices de los invasores que se proponía combatir. Las facultades extraordinarias, |tales como estaban escritas, lo autorizaban para ello; y yo creo mas, creo que hubiera podido suspender del ejercicio de sus funciones al vicepresidente, que suponía culpable, fundándose en aquella autorización que le daban dichas facultades para dictar |todas las medidas extraordinarias, que fueran indispensables, cuya necesidad, ya lo he dicho y lo repito, la dejaba la Constitución  a su solo juicio.

Sin embargo, a pesar de todos aquellos temores y desconfianzas, no hizo mas que mover las tropas avisándolo por nota oficial al secretario de guerra, explicando el objeto legítimo con lo que hacia, y moverse él mismo con dirección a la capital por la vía de Cartagena.

El diferente modo con que han sido juzgados estos actos proviene,  en mi concepto, de un error en la forma que se cometió entonces y fue continuar considerando al Vicepresidente como encargado del Poder ejecutivo nacional, cuando cesó de estarlo desde que el Libertador se declaró en ejercicio de dicho poder constitucionalmente, y solo quedó el Vicepresidente en Bogotá encargado del gobierno de una parte de la República |por delegación. Siendo esto así, como me parece indudable, es inexacto que "se agregó con este hecho otro cuarto poder a los tres que había establecido la Constitución," como se decía en aquella época y ha repetido recientemente el señor Ezequiel Rojas, pues el poder ejecutivo era un solo, ejercido por el Presidente, quien |delegó una parte por necesidad, al Vicepresidente como medida extraordinaria.

 

IV.
 

 

Lord Cokburn se hallaba todavía en Caracas, y habiendo tenido noticia de la próxima partida del Libertador, puso a su disposición la fragata de guerra "Druida" que estaba en la rada de la Guaira, esperándole para volverle a Inglaterra. El Libertador aceptó el ofrecimiento y en dicho buque se trasladó a Cartagena, acompañándole el Lord Cokburn, quien en efecto regresó a Inglaterra, con encargo confidencial del Libertador de excitar al gobierno de S.M.B. a que promoviera el reconocimiento de la Independencia por la España; que era lo que el Libertador deseaba mas ardientemente como complemento glorioso de la obra que con tantos esfuerzos, peligros y penalidades había llevado a cima, y para que volvieran a estrecharse antes de su muerte las relaciones naturales, que deben existir entre los padres y los hijos emancipados, que la guerra había interrumpido.

El Libertador pensaba que, puesta aparte la cuestión |Independencia, era la España entre todas las naciones nuestra amiga natural. decía que esos odios engendrados por una guerra que se había hecho con igual |encono y furor en todo sentido por ambas partes, debían apagarse terminada la contienda. Y esto es verdad, y así deberá ser.

Yo estoy hondamente penetrado de los mismos sentimientos. Es absurdo y ridículo estar todavía vociferando contra los españoles, nosotros que somos sus hijos, de quienes tenemos todo: civilización, idioma,  costumbres y el mayor de los bienes, la Religión cristiana.

Se exageran los horrores cometidos en la conquista. Ciertamente los hubo grandes, atroces; mas a pesar de todo, abriendo los anales de la historia se verá que desde la mas remota antigüedad hasta nuestros días, todo conquistador los ha cometido no solo iguales sino mayores, porque esto es consiguiente al hecho siempre violento de conquistar y de forzar al pueblo subyugado a la obediencia, aunque algunas veces la conquista mejore su suerte.

Si se observa sin prevención la de las numerosas tribus indepen­dientes en los Andaquíes, en Casanare, en las Guayanas, en la hoya del Amazonas, en la Patagonia, etc. que están hoy como estaban al tiempo de la conquista ¿podrá negarse que son infinitamente mas desgracia­dos que jamás lo fueron los indios sometidos al gobierno español? Por otra parte, la. comparación debe hacerse con los conquistadores de otras regiones de la América que no eran españoles. ¿Dónde están los in­dios que en naciones numerosas poblaban el territorio conquistado por los ingleses y los franceses y que se llaman hoy Estados Unidos de América?- Están en los bosques, en los desiertos, obligados por la persecución a huir abandonando su hogar, y los huesos de sus padres, y los árboles que dieron sombra a su infancia. La compra que hizo el vene­rable cuácaro Guillermo Penn de un pedazo de tierra a los inocentes indios para establecer la colonia de sus austeros correligionarios persegui­dos, ha sido ejemplo que no se ha seguido y solo ha servido para escribir apologías y pintar cuadros.

Los franceses conquistaron el Canadá, que después pasó a los ingleses: ¿dónde están los indios que poblaban aquel vasto y rico país? -Están en los hielos del Polo ártico entre los Esquimales. - En. solo Mé­jico en una población de ocho millones de habitantes, los cinco millones son indios puros. En Chile, en el Perú, en Bolivia, en el Ecuador, en Guatemala, en las provincias del Río de la Plata, etc, una gran parte de la población es india. En Venezuela y entre nosotros ¿no abundan también los indios?- Esto dice mucho.

En el Paraguay, conquistado por los jesuitas con la imagen sagrada del hijo de María en la mano y con la dulzura de la persuasión, lo que no pudieron hacer en treinta años de cometer crueldades los que primero invadieron el país, las nueve décimas partes de la población son indios puros y mestizos. Desde la creación del mundo esta ha sido la única conquista que se ha ejecutado sin derramar una gota de sangre del pueblo conquistado, sin cometer la menor violencia y sacrificándose un gran número de los religiosos catequizadores sin oponer resistencia, u sirviendo de alimento a los antropófagos que buscaban en las selvas y en los pantanos, sin interés propio, solo por mejorar su suerte sobre la tierra y enseñarles el camino del cielo.

Completamente desnudos, hombres y mujeres, abigarrado el cuerpo y untado de hedionda grasa de animales montaraces, viviendo como monos en las ramas de los árboles: tales eran aquellos judíos, y aun hoy lo son así en los inmensos desiertos y cenegales que desde las márgenes del Orinoco se prolongan hasta las Guayanas, y desde el sur de Pasto a las riberas del Amazonas; y lo son los Chimilas en la provincia de Santamarta, y los de las riberas del Casare, y los de Monte de Oca en los bosques de la Guajira, | y los del centro del Darien, y los de Casanare, etc.

El cristianismo, | que es la moral, que es la caridad, que es la civilización, los llamé hablándoles primero por señas, cantándoles los himnos que hace mas de tres mil años cantaba David, y atrayéndose así a fuerza de apostólica paciencia las hordas antropófagas; fue suavizando sus costumbres feroces y moralizándolos. Es un hecho reconocido por la his­toria desde Anfión y Orfeo, desde Moisés y Numa Pompilio, que no se fundan los imperios ni se civilizan los pueblos salvajes, sino por medio de la religión, y los jesuitas lo probaron en el Paraguay.

A fuerza de trabajo y de paciencia, los que no fueron sacrificados u comidos por los salvajes, fundaron con los primemos indios que catequizaron, caseríos que conforme fueron aumentándose se llamaron |Reduc­ciones, grandes aldeas en las que erigían iglesias de techo pajizo que iban adornando sucesivamente lo mejor que se podía, celebrando los ofi­cios divinos en ellas, los que atraían a los indios por la curiosidad y los fijaban por el sentimiento.

Lo que han hecho los jesuitas como misioneros en todo el mundo con religiosa abnegación, sufriendo las mayores penalidades y espirando los mas en los tormentos, no se podría creer si no estuviera tan probado. En el Paraguay sus esfuerzos fueren coronados del mas completo triunfo: formaron una nación.

El Gobierno que establecieron aquellos padres venerables en su República era mas que patriarcal, pues los antiguos patriarcas, desde Abraham, Isaac y Jacob tenían siervos: era paternal.

Cada lugar estaba regido por dos misioneros, que mantenían el or­den y administraban la justicia, lo que en la vida sencilla de aquellos ca­tecúmenos y cristianos inocentes se hacia sin necesidad de grillos ni de cadenas, ni de mazmorras como las nuestras que llamamos cárceles, ni de horcas o guillotinas. Además, esos dos padres tenían la cura de almas en su aldea, enseñaban la doctrina cristiana, a sus feligreses, les decían misa diariamente y les administraban los sacramentos.

En cada aldea había talleres establecidos por los mismos jesuitas que aprendían los oficios mecánicos para enseñar a los niños el que estos preferían según su genio o inclinación; y esto lo han hecho los jesuitas en todas partes.

 

Los indios que rehusaban aprender un oficio, o no tenían disposición para ello eran incorporados en el gremio de los agricultores; bien que todos, aun los artesanos, tenían su terreno acotado para labrar, por­que a cada familia proporcionalmente a su número y necesidades, se le señalaba una porción de tierra de labor para que, cultivándola, satisfi­ciese sus necesidades.

había también un campo que se labraba por trabajo personal subsidiario, cuyos productos se destinaban para los gastos del culto, para auxilios domiciliarios a las viudas, a les huérfanos y a los inválidos, y se reservaba algo, en los años pingües para suplir a los en que las cosechas eran escasas, imitando a Josef en Egipto, con discernimiento y economía.

Hombres, mujeres y niños oían misa diariamente, al romper el día; enseguida hacían un ligero desayuno y todos se dirigían luego a sus respectivas labores y aprendizajes, las mujeres separadas de los hombres: sabía medida, porque el fuego cerca de la pólvora es peligroso y los ojos chispean.

Todo, en fin estaba ordenado con una previsión, con un método tan fácil y sencillo en aquella naciente sociedad, que la concordia, la amistad, la justicia, la caridad, reinaban en ella de manera que, "pro­vistos abundantemente de las cosas necesarias a la vida, gobernados por aquellos mismos hombres que los habían sacado de la barbarie y a quienes miraban con razón como a unas divinidades, gozando en su fa­milia y en su patria de los sentimientos mas dulces de la naturaleza, co­nociendo las ventajas de la vida civil sin haber salido del desierto, y las maravillas de la sociedad sin haber perdido las de la soledad; aquellos indios podían alabarse de que gozaban de una felicidad que no tenia ejemplar sobre la tierra." ¹

De manera que los jesuitas habían en las selvas primitivas de esta nuestra América del Sur, cambiado la edad de hierro en la de oro de la mitología.

¿Qué religión, qué nación, ha hecho jamás cosa que siquiera se parezca a esto? Los ideales |Falansterios del ultra-socialismo, pueden comparársele? Y este portentoso

 

1 Chateaubriand.  

 

 

milagro lo hicieron sacerdotes católi­cos españoles. De tan dulce y tranquila existencia gozaron los indios del Paraguay bajo el pabellón de Castilla dirigidos por aquellos sacerdotes, desde el año de 1556, que aparecieron estos padres en el país, hasta el año de 1766, en que suprimida su compañía y expulsados sus miembros de los dominios españoles, se declaró el Paraguay parte del virreinato de Buenos Aires. Y desde el año de 1813, que proclamó su independen­cia, después de haberse opuesto a su promulgación tres años, han co­rrido la misma suerte que todos hemos corrido y estamos corriendo.

Las recomendaciones de la augusta reina de Castilla Isabel la ca­tólica, sobre el trato blando que debía darse a los indios, enternecen.

Es verdad que después de su muerte, su esposo el rey don Fernan­do de Aragón, autorizó los "repartimientos," este es la distribución que se hicieron los primeros conquistadores de la isla de Santo Domingo, de los tímidos indios reduciéndolos a la esclavitud, abuso que después pasó al continente. Pero el rey Carlos Y (el Emperador Carlos V de Alemania) los declaró libres y no hubo mas repartimientos. Esto triunfo lo obtuvo el obispo don Bartolomé de las Casas, célebre como protector de los indios, ayudado por los religiosos misioneros; pero por una de esas aberraciones que abundan en la frágil humanidad, el mismo Las Casas promovió la introducción de esclavos negros de África, en reemplazo de los esclavos indios, por cuanto los europeos no podían tra­bajar en los climas cálidos, en los campos y en las minas, y se veía que un negro era mas fuerte para el trabajo que cuatro indios. La idea de que siendo esclavos les negros en su país, no se les irrogaba agravio en comprarlos a los otros feroces negros sus amos que los vendían, sino que mas bien se les favorecía civilizándolos y atrayéndolos al cristianismo, fue la razón mas fuerte que se alegó para proponer |la funesta medida con tranquilidad de conciencia, y la que se tuve para dictarla.

también es verdad que por los mandatarios que venian de Europa con la idea de enriquecerse, creyendo que toda la tierra era oro en pol­vo, y las piedras diamantes, se desobedecían los reglamentos de los re­yes, que favorecían a los indios y se cometían otros abusos reprobables. Pero el abuso es común en lo jeneral, ya de una manera, ya de otra. ¿Cómo ha tratado la Inglaterra a los católicos en Irlanda, hasta su re­ciente, aunque incompleta emancipación? ¿Cómo trata la Rusia a la Polonia? ¿Cómo tratan los Norteamericanos a los negros y a las razas mezcladas? ¹ | ¿Cómo tratan los musulmanes a los cristianos? ¿Cómo trata en fin, en todas partes el fuerte al débil?-La gritería se levantó contra los españoles por los extranjeros, que siempre fueron peores que ellos, y se levantó por envidia. Nosotros al dar el grito de indepen­dencia nos excedimos en ella por necesidad, porque ninguna revolución se hace ni puede hacerse sin excitar el odio de los pueblos contra algu­no o algunos, pues los pueblos no se mueven por abstracciones teóricas ni por consideraciones políticas, sino acalorando sus pasiones; pero conseguido el objeto, la justicia exijo que la verdad se aclare.

Los reyes de España no siempre podían poner freno a la rapacidad de los primeros ocupantes del país, a quienes la distancia protegía; mas a fuerza de energía y perseverancia fueron logrando que sus reales órdenes en favor de los indios se cumplieran. Es notable en el sombrío e inexorable Felipe II que los sustrajese de la jurisdicción de la atroz Inquisición, cuando estableció en estos países aquel horrible tribunal, borren del claro nombre español, cuyas hogueras ardían en toda la in­feliz España de aquella época del oscurantismo, lo que prueba la ten­dencia constante en los reyes de favorecer a los indios de todas maneras. No los gravaren sino con una pequeña capitación de un escudo de oro desde que salían de la adolescencia hasta que llegaban a la senectud. Pero ¡cuántas exenciones no les concedieron en compensación¡ Con solo la de la contribución de sangre

 

1 Los Estados del Norte de los Estados Unidos anglo-americanos, bajo la presi­dencia de un caballero ilustrado y filántropo, están empeñados en una guerra que espanta, con los Estados del Sur por quitar del poderoso pabellón estrellado de su patria, la negra mancha que lo ensucia. La esclavitud en aquella República es un con­trasentido que el mundo civilizado no puede comprender. Proteja el cielo la causa de la humanidad y de la civilización, dando la victoria al |Gobierno legitimo que la defiende ¿entra los rebeldes de allá, que como los de mi país, proclaman la soberanía de los Estados para oprimir.                                                                                                    

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los mejoraron Infinitamente sobre todos sus súbditos. hoy es esta clase humilde e infeliz la preferida para pagar­la, arrancando a sus individuos con cruel violencia de su pobre hogar s para llevarlos como corderos al matadero, porque en esta tierra de igualdad hay mas clases privilegiadas que en las de aristocracia, y los mas pobres, los mas útiles, son los que llevan todas las cargas y sufren todos les azotes. El zapato y la casaca son una especie de ejecutoria que con­cede mas exenciones acá, que las de los hidalgos en España.

Antes tenían los indios sus tierras propias, hoy no tienen nada. An­tes no se vió jamás a un indio pedir limosna; hoy forman ellos, unos sin brazos, otros sin piernas, y sus mujeres harapientas, y sus hijos desnudos, las cuatro quintas partes de la falange aterradora de mendigos que inundan nuestras ciudades, nuestras aldeas, nuestros caminos públicos; quiero decir los despeñaderos, los atolladeros, los precipicios que llevan este nombre. En fin, los viejos pueden decir a los jóvenes cuán dichosos eran los indios en su vida sencilla e inocente de otros tiempos, para que comparen su suerte de entonces con la de hoy y juzguen.

Los negros son los que tendrían mas razón en quejarse de los españoles. Pero ellos, como argüía el obispo Las Casas, gimen bajo la mas cruel esclavitud en su país. Sus feroces sultanes son. los que los venden a los europeos, y cuando no pueden venderlos, los matan atormentándoles de manera que preferían las hogueras de aquella estúpida inquisición, a sufrir la agonía prolongada con que se regocijan sus opresores; de manera que sus quejas deberían dirigirse mas bien contra los negros que los ven­den que no contra los blancos que los compran. Y esa esclavitud que, para oprobio del género humano, es tan antigua como el hombre, por el dere­cho de la fuerza; derecho que reconoce la |liberal constitución vigente en mi patria y en el que se funda el orden de cosas actual en ella; esa esclavi­tud, digo, existe en toda el Asia, en toda el África, menos en la parte en que dominan los ingleses y los franceses, en las mas de las Antillas, en los Estados Unidos |de América, en el Brasil y en algunas de nuestras repúblicas; siendo un hecho reconocido que en el continente hispanoamericano fueron los esclavos mejor tratados que en ninguna otra parte, y las leyes les daban derechos y les dispensaban alguna protección de que no han gozado en las demás naciones sino en el Brasil. Habría, sin duda, algunos amos desapiadados que castigasen cruelmente a sus esclavos, pero en lo jeneral no era así.

El corazón se oprime al considerar cómo trataban los franceses en, Santo Domingo a sus esclavos, hasta que la desesperación los lanzó en una revolución horriblemente feroz, dándose ellos mismos la libertad con el hierro y el fuego; nadando en la sangre de sus amos; expiación terrible de las crueldades que estos contra la humanidad cometían. Y el corazón se oprime todavía mas, viendo como los tratan, hasta ahora, en los Estados Unidos anglo-americanos, donde el desprecio y bárbaro proceder, no solo con los esclavos sino con los negros y pardos libres, llega a un grado de exageración que se necesita verlo y ser un hecho que no admite duda para creerlo. "La cabaña del tío Tomas," |(Oncle Thom's cabin) da una idea de ello. Es de esperarse que eso varíe si el Dios de los ejércitos preteje allí las armas del |gobierno legítimo.

Los ingleses antes de emancipar sus esclavos, no los trataban mejor. Yo he visto en Jamaica sartas de esclavos del uno y del otro sexo, los más jóvenes y mezclados, tirando por las calles como bueyes o burros, carretas de basura, encadenados de dos en dos por él pescuezo; vesti­dos con una camisa de cañamazo, o sea coleta, sin mangas, la que les lle­gaba hasta los pies; sin poderse sentar por lo ulcerado de sus carnes, y mostrando en una costra ensangrentada en la parte trasera de su túnica los efectos del bárbaro castigo. ¿Y esos castigos se les aplicaban por crí­menes? No: se les aplicaban por cualquier pequeña falta, o porque no pudieron cumplir su tarea, o mas bien por alguna rabia caprichosa de sus amos. ¡Esto hacían los ingleses, que de siglos atrás imponen penas a los que maltratan las bestias !jamás hicieron nuestros padres cosas semejantes.

El español fue el único de los conquistadores de estos países que dio la mano de esposo a la india. El fervor religioso en aquel siglo, aca­bando la heroica España de terminar una guerra de cerca de ochocien­tos años con los moros, influyó mucho en esto: el español procuraba convertir, y mirando como un pecado las relaciones ilegítimas, por otra parte condenadas por la ley y perseguidas por la autoridad, se casaba con la india cristiana, y de esos enlaces santificados por el sacramento, que por el sacramento, que es el que los hace respetables y asegura la suerte de la débil mujer, pro­vienen las nueve décimas partes de nuestra población blanca; así es que el tipo indio se trasluce en olla con pocas excepciones.

En el furor de destrucción que se ha apoderado de nuestros |liberales, ese sacramento que realza la esposa, que santifica la madre, deja de serlo para ellos y se convierte en contrato civil disoluble! Desgracia­dos! no tienen hijas? no tienen hermanas?

Por el contraste notable que presentaren a los españoles los grandes cacicazgos de Méjico y el Perú, que llamaron imperios, comparados con los indios diseminados en el resto del continente y en las islas, exageraron su civilización relativa. En ambos imperios, los pueblos embrutecidos, sumisos a los caciques y estos al Emperador, al Inca, verdaderos siervos, no eran otra cosa que lo que era en otro tiempo la Europa feudal, con circunstancias agravantes. En los tales imperios como en todo el continente y en las islas, los sacrificios humanos a la divinidad eran mas o menos comunes. Las ciento cincuenta mil calaveras que encontró Her­nan Cortés en el osario de las víctimas en Méjico, lo que supone un nú­mero mayor de cráneos pulverizados, prueba la extensión del supersti­cioso abuso; niños en la primera infancia, esclavos, pero principalmente prisioneros de guerra, eran inmolados cruelísimamente en las aras de los monstruosos ídolos, "Mas como si para baldón de la humanidad no bas­tase el primer crimen, todavía se le juntaba el de repartir los cadáveres de las víctimas entre las personas de cuenta, y al pueblo, cuando la abun­dancia lo consentía, para que servidos en los festines, fueran a un tiempo regalo, y nefanda participación del infame rito." ¹

Las supersticiones mas absurdas, |el fanatismo mas feroz, aumentaban el sacrificio de víctimas inocentes con una crueldad tranquila, que entristece el referirla. Cuan-

1 Escosura.

 

 

do moría un magnate, dice la Historia, en­terraban con los difuntos gran cantidad de oro y plata para los gastos del viaje, mataban algunos criados que los acompañasen, y sus viudas, que eran muchas, se inmolaban sobre su sepulcro, como las de los brac­manes de la India se arrojan a la hoguera. Los príncipes necesitaban gran sepultura porque se llevaban tras sí la mayor parte de sus rique­zas y familia.

Cuando Hernán Cortés preguntó a Motezuma, por qué no había sometido a los Tlascaltecas, le contestó Motezuma: "no tendría donde hacer prisioneros para los sacrificios:" respuesta que indica la extensión del país sometido a su dominio.

En el vastísimo cacicazgo de los Incas, comprendía lo que hoy son las repúblicas del Ecuador, Perú, Bolivia nuestra provincia de Pasto adorando al sol como primera divinidad, y a la luna y las estrellas como divinidades secundarias, parecía que su culto fuera mas puro y menos cruel que el de los pueblos del resto del continente; pero sin embargo incurrían en la abominación de los sacrificios humanos.

Tanto el Inca del Perú como el gran cacique de Méjico, o sea el Emperador, además de soberanos absolutos, en grandes vasallos feudatarios, caciques de parcialidad, eran jefes de la religión, si es que tal nom­bre puede darse a las creencias de aquellos pueblos ignorantísimos, prin­cipalmente las del de Méjico.

Si así eran estos dos imperios, los mas adelantados que en América encontraren les conquistadores europeos ¿no es incuestionable que la conquista destruyendo sus supersticiosas abominaciones, y atrayéndolos a la civilización cristiana, les hizo un grande e inapreciable bien?

Los españoles nos enseñaron cuanto sabían, y sino nos dieron libertad política, tampoco la tenían ellos; pero en administración de justicia, en franquicia y ensanche del poder local de los municipios, no podemos quejamos de que no se nos concediera lo que en España tenían, y era un hecho reconocido que mas libertad se gozaba en sus Americas que en España, si exceptuamos a los esclavos. |¹

Los pardos y los negros libres ocupaban cierta posición y gozaban de consideraciones, según su conducta y mérito, de que no han gozado jamás en ninguna otra de las colonias extranjeras. Apenas en las iglesias después de la manumisión de les esclavos, es que empieza a practicarse lo mismo, porque las leyes les han concedido los derechos políticos y civiles de que gozan en ellas los demás súbditos británicos; pero la costumbre los segrega de la sociedad privada de la raza blanca.

El sistema colonial era ciertamente gravoso para la América española. Los recursos de queja a la metrópoli a tan gran distancia, daban demasiado poder a las autoridades gubernativas y judiciales, del que abusaban a

1 Una cosa de la mayor importancia se olvida siempre al hablar de la conquista, es el estado de atraso del siglo en que se hizo. No ser cristiano, apostólico romano, era para los españoles no ser hombre. Para considerar a los indios miembros del género humano capaces de recibir el bautismo, hubo disertaciones teológicas y se necesitaron decisiones de la Silla apostólica. Las crueldades de los moros en la conquista de España produjeron la represalia con una ferocidad que apenas el espíritu caballeresco morigeró algún tanto con el tiempo, pero no destruyó. Esas costumbres, esas ideas, esas preocupaciones trajeron los con­quistadores a América, y todo lo demás fue consiguiente. Hacer un cargo a los españo­les por ello, es lo mismo que si se les hiciera porque no conocían la fuerza del vapor, ni el daguerrotipo, ni el telégrafo eléctrico. De tres siglos acá la civilización, o lo que es lo mismo, el espíritu del cristianismo, ha dulcificado las costumbres, purificado las ideas, entrando en el corazón, haciendo progresar la humanidad mil quinientas veces mas que en los mil quinientos años anteriores; por esto nos parece hoy atrocidad lo que entonces era una cosa corriente que no llamaba la atención. En aquellos tiempos quemar a los hombres vivos era una acción plausible a loe ojos del fanatismo; y esto lo hacían los protestantes con los católicos; los católicos con los protestantes, en fin todas las diferentes creencias unas contra  otras. Los judíos no han dejado de ser vistos como perros, sino de muy poco tiempo a esta parte y todos creíamos por acá que tenían rabo. Si ahora se restableciera la Inquisición en España no habría quien se atreviera, aunque fuera inquisidor, a quemar a nadie vivo, ni habría pueblo que fuera a gozarse con el espectáculo de un |auto |de fe. No hagamos pues, un crimen a estros antepasados porque eran lo que no podían dejar de ser.  

 

 

veces, principalmente las primeras. Las restricciones mercantiles, haciendo difícil el comercio, perjudicaban a la producción de los frutos de exportación. La España por el derrame de sus brazos a Amé­rica, por la inconsulta expulsión que hizo Felipe III de los moros, privándola de un millón de hombres laboriosos; decaída por consiguiente su agricultura y su industria, no podía llenar las necesidades de sus colonias con sus productos nacionales, y aun puede decirse que no podía lle­nar las suyas propias: tenia pues que comprar al extranjero frutos y mer­cancías que antes de venir a América daban largos y costosos rodeos para nacionalizarse en los puertos que gozaban este privilegio en la Península, y transportarse en buques españoles, a los puertos habilitados para la importación en la América, lo que era un gravamen para esta, hacien­do enormemente caro cuanto necesitaban sus moradores, tanto europeos como criollos e indígenas. Esto provenía de la ignorancia de los princi­pios mas triviales de la Economía política, ignorancia que a España misma reducía a la pobreza por otras medidas igualmente ruinosas. La Inglaterra por su inmensa producción fabril, por la baratura de sus mercaderías, por su numerosa marina mercante, que la de guerra protejo, puede reservarse el comercio exclusivo en sus colonias sin gravarlas. Y la Inglaterra con mas sabiduría ha facilitado siempre la importación en ellas de frutos y productos que no tiene.

Esta era una queja justa de la América española, que la ignorancia y no la malevolencia desatendió.

Los españoles en todo el continente americano que poseyeron han dejado soberbias ciudades: Cartagena, Bogotá, Medellín, Cali, Popayán, Méjico, Puebla, Veracruz, Guatemala, Lima, Valparaíso, Montevideo, Buenos-Aires y muchas otras mas, lo prueban concluyentemente. ¿Qué han dejado o qué tienen los demás conquistadores en sus colonias de América? Nada: tablas de pino pintadas y algunos ladrillos bar­nizados.

En todas partes dejaron también los españoles colegios, hospitales, hospicios, suntuosas iglesias, edificios espaciosos para el servicio público, político y municipal, puentes, fortificaciones de primer orden, etc. ¿Qué queda de todo esto a lo menos entre nosotros?

Exceptuando unas pocas poblaciones favorecidas por la naturaleza, todo le demás se va destruyendo, ya por abandono, ya por el |pillaje, como los colegios, hospitales, hospicios; y lo que se arruina no se reconstruye. Si cayeran los magníficos puentes construidos sobre los ríos de la sabana, el Bogotá y el Serrezuela, ¿se volverían a levantar? Si un terremoto destruyera la bellísima catedral que, con razón, miran los bogotanos con orgullo ¿volvería a edificarse? La perla de Santamarta, su linda aunque pequeña catedral, reducida a escombros por la guerra civil, ¿se reedificará?

Al pensar, con pena, en ha catedral de Santamarta, ciudad que me es querida tanto como mi pobre Cartagena, y que tengo derecho a esperar que me recuerde con benevolencia, se une ocurre preguntar: ¿qué suerte habrá corrido o correrá en aquel sagrado recinto, reducido a paredes derruidas, sin techumbre, la urna cineraria que contenía el corazón de Bolívar QUE YO DEJÉ EN EL? ¿Habrá tenido o tendrá que sufrir el abandono y el ingrato olvido aquel corazón reducido a polvo, que tanto sufrió cuando latía?

Yo he combatido a los españoles por obtener la independencia de mi país, derramé mi sangre combatiéndolos, volvería a combatirlos por la misma causa si necesario fuera; pero abundando en la idea del Libertador, ESTO APARTE, la tierra de mis progenitores es la tierra de  mis simpatías, y sobre todo, quiero ser justo con quien lo merece, en lo que lo merece. Maldigan en buen hora de los españoles los parlantes de civis­mo a quienes no debe la patria el menor sacrificio; los que los combatimos, siguiendo los pasos del GRANDE HOMBRE, no necesitamos ostentar patriotismo con palabrerías.

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