CAPITULO QUINCUAGESIMO
I
Rumores y denuncios de que en Cartagena se tramaba un trastorno
del orden público, por los mismos que después lo ejecutaron,
hicieron al Gobierno tomar algunas medidas para prevenirlo. Entre
éstas fue nombrarme a mí comandante general de aquella plaza,
entonces todavía artillada, y de las tropas que hacían su
guarnición y las de las provincias de Santa Marta, Río hacha y el
Istmo de Panamá; porque creyó que siendo yo cartagenero era el más
a propósito para el caso.
Algunos meses después el coronel Juan Antonio Gutiérrez de
Piñeres, gobernador que era de la provincia de Mompós, terminó su
período, y no queriendo el Gobierno dejarle sin destino, le nombró
en mi lugar con el mismo mando que yo tenía; y a mi me confirió
|algunas comisiones, principalmente la de pasar una
escrupulosa revista de inspección a los cuerpos, a los parques y
demás establecimientos militares, con el objeto principal de
hacerme permanecer en aquellas provincias para que, llegado el caso
que se temía, obrase yo
|discrecionalmente al frente de las
tropas, y quedase el coronel Piñeres encargado del mando y defensa
de sólo la plaza de Cartagena. El adverbio "discrecionalmente",
aunque no es castellano, lo explica perfectamente el general
Mosquera en su libro diciendo:
"El caso era el siguiente: sabía el Poder Ejecutivo que había
maquinaciones en la costa del Atlántico para hacer una revolución,
y por mi despacho se autorizó al coronel Posada para que, llegado
el caso de estallar la revolución, tomara el mando de todas las
fuerzas que estaban en las provincias litorales y obrara con ellas
|discrecionalmente en el punto donde fuese necesario. Como
era preciso que supiesen los gobernadores que el Poder Ejecutivo
había dado el mando en jefe para tal caso al coronel Posada, y que
no pudiendo darle instrucciones previas para la dirección de la
fuerza o de las operaciones, se había dejado esto a su talento y
|discreción, etc.".
Y esta era la verdad, y así lo entendí yo, lo entendió el
coronel Piñeres, lo entendieron los gobernadores de las provincias,
los jefes de los cuerpos y cuantos tuvieron noticia de la tal
nota.
Pero el señor José Obaldía pudo ver en el Istmo la nota en que
se me comunicó dicha comisión, y puso en tortura al inocente aunque
bastardo
|adverbio, para extraer de él zumo amargo y
venenoso que no tenía ni en su letra ni en su espíritu. Sin
embargo, el partido liberal armó alboroto con tan gran
descubrimiento. ¹
El general Obando en sus
|Apuntamientos para la Historia,
tantas veces citados, y que tendré que citar muchas más, en un
largo párrafo de censuras y acusaciones al Gobierno Nacional,
dice:
"Notábase que los gobernadores y demás agentes del Ejecutivo
infringían la Constitución, cuando lo tenían a bien, y que se
mofaban tranquilamente de que alguna voz reclamaba en su favor las
garantías constitucionales atropelladas en su persona, amenazando
quejarse de ello; y todavía se juzgaba que ellos lo hacían sin
conocimiento del Gobierno. Al fin el señor Obaldía rasgó el velo
de este misterio: logró interceptar en Panamá, siendo jefe político
de aquel cantón, una orden secreta comunicada como circular al jefe
militar de la provincia, autorizando respectivamente a los agentes
públicos del Ejecutivo para obrar, en su respectivo territorio,
según su voluntad, sin sujeción a reglas, leyes, ni Constitución,
es decir, arbitraria y discrecionalmente, y la denunció por la
prensa a la Nación, único tribunal que quedaba ya para quejarse
contra el Gobierno, desde que los poderes consti-
|
1 Cuánto no se habrá arrepentido el
señor Obaldía de su exaltación
|liberal de aquella época! Sus
propiedades destruidas, un hijo suyo herido, arrastrado a la cola
de un caballo por las calles de un pueblo, cuando los latidos de su
corazón no se habían extinguido; su completa ruina, en fin,
consumada, son motivos que me hacen suponer sus sufrimientos, Y no
fueron los conservadores los que tales odiosos excesos
cometieron.
|
tucionales creados y divididos para refrenarse recíprocamente,
habían convenido en adunarse para no hacer mas que su voluntad. Fue
entonces que la Nación comenzó a reconocer la existencia de un
plan contra las libertades públicas".
¡Cuánta recriminación por la simple autorización a un jefe del
ejército (que fui yo, y sólo a mí) para obrar con las tropas donde
fuese necesario; necesidad que se dejaba a su propio juicio, a su
propia
|discreción estimar, lo mismo que el cómo, cuándo y
dónde debía obrar para obtener o debelar una rebelión cualquiera
contra el Gobierno constitucional legitimo!
En todas las emergencias iguales debiera siempre hacerse lo
mismo para las operaciones militares. Por la ley orgánica de
provincias, vigente en aquella época, los jefes militares no eran
más que jefes de estado mayor, o más bien ayudantes de campo de los
gobernadores, que intervenían o pretendían intervenir en todo.
Sistema
|ultra-radical, en extremo pernicioso para el éxito
deseable en las operaciones militares. En tiempo de guerra,
principalmente en las de rebelión, en todas partes del mundo se
publica la ley marcial, por la que se suspenden las garantías y
reasume el jefe de las tropas toda la autoridad en cuanto concierne
a dicha situación, porque en emergencias extraordinarias todo
tiene que ser extraordinario. Esto es lo que se llama declarar un
territorio más o menos extenso en estado de sitio. Por malsonante
que esto parezca, es preferible a la interpretación que se da al
artículo 91 de la Constitución vigente, para cohonestar tantos
abusos inicuos precisamente contra la letra y espíritu de dicho
artículo constitucional. Más franco y más digno es decir claro las
cosas para que todos sepan a lo que deben atenerse, que no engañar
a los pueblos y al mundo con artículos constitucionales elásticos,
que la malignidad interpreta para ejercer impunemente la más
violenta dictadura, a lo turco, para oprimir las personas,
confiscar las propiedades, no respetar nada, en fin.
Los partidos políticos cuando están en efervescencia son
injustos; un pensamiento, una expresión que se escape por descuido
o por inrreflexión, y que por inocente que sea en el fondo y en su
objeto, puede ser glosada, censurada, acriminada, la glosan, la
censuran, la acriminan malignamente. Pero jamás se llevó a la
exageración, en los supuestos falsos, hasta donde se remontaron el
señor Obaldía y el general Obando, al tergiversar tan violentamente
la autorización útil y necesaria que se me dio.
El general Mosquera era descuidado en su lenguaje, y a veces
aplicaba ambigua o erróneamente palabras que por inocentes que
sean, pueden interpretarse en mal sentido. En épocas de
recriminaciones debe tenerse mucho cuidado con esto.
II
Por el incremento devastador que tomó la guerra del Sur en el
departamento del Cauca, se me previno por el Gobierno conducir a
Mompós el medio batallón que hacía la guarnición de Santa Marta
"doscientos hombres" y esperar allí nuevas órdenes, bien para
encaminarlo a Honda, en vía para el teatro de la guerra, bien para
volverlo a Santa Marta si los acontecimientos no hacían aquello
necesario. Apenas llegué a Mompós recibí una nota oficial del
gobernador de Santa Marta, en que me excitaba a regresar
inmediatamente a dicha ciudad con la tropa, por tener denuncios
ciertos de que en el pueblo de la Ciénaga tramaba el capitán
retirado Agapito Labarcés una revolución, a cuyo frente se pondría
el general venezolano Francisco Carmona, la que podría ser de fatal
trascendencia, pues en la ciudad decaía el espíritu público por las
noticias que llegaban del interior de la República, y porque no
había medios suficientes de defensa. Cartas particulares de
personas respetables me referían lo mismo, y me animaban a
prescindir de las órdenes del Gobierno, pues que estaba
autorizado para obrar según mi propia
|discreción en casos
como el que se me comunicaba.
Es un principio reconocido y que yo profeso, que es mejor
prevenir los males que corregirlos después; pera no creía que era
llegado el caso de hacer uso de la autorización que se me había
dado, y así lo contesté al gobernador y a mis amigos de Santa
Marta, y di cuenta de todo al Poder Ejecutivo. Mas dos postas que
casi sin interrupción me
|
llegaron, por los que se me repetía
la exigencia apremiante de mi regreso con el medio batallón, me
obligaron a pensar seriamente en la responsabilidad que me
agobiaría si la revolución estallaba y era ocupada Santa Marta por
los facciosos, cuya pérdida traería por consecuencia trastornos
graves en las otras provincias de la Costa, por la agitación en que
estaban los enemigos del Gobierno.
Como me persuadí de que el peligro era inminente, hube de
prepararme a hacerle frente, y para ello tuve necesidad de
comunicar al coronel Piñeres, a los gobernadores de las provincias
y a los jefes de los cuerpos, que hacía uso de la autorización que
tenía para poder disponer de las tropas donde fuera necesario, y
para volver a Santa Marta, contra las órdenes superiores que había
recibido.
El Gobierno, aunque no improbó explícitamente mi procedimiento,
no creyó que hubiera motivo para adoptarlo, y aturdido por la
grita de la oposición, me dio nueva autorización para obrar donde
fuera necesario, no según mi propio juicio, sino cuando para las
operaciones militares hubieran de concurrir las fuerzas navales
de Cartagena. Se restringió, pues, tímidamente, la primera
autorización. Yo pensé no admitir o renunciar tal ineficaz encargo,
pero reflexioné que esto sólo se puede hacer legalmente en los
empleos o destinos de libre aceptación; en los de obligatoria
obediencia, no admitir o renunciar es desobedecer; me resigné,
piles, a sufrir las consecuencias de la algún tanto ridícula
situación en que se me había colocado.
Es un hecho reconocido y que los acontecimientos posteriores
probaron, que si tardo cuatro o cinco días más en llegar a la
Ciénaga con la tropa, no habría podido hacerlo sino batiéndome, y
esto si no estaban ya ocupados por los
|bongos de guerra los
caños que a ella conducen desde el río Magdalena. Sin embargo no se
creía esto por acá. En la cámara de representantes un diputado se
expresó así:
"Ya dije antes que en Santa Marta no hubo otra cosa que un
alarma infundado y ridículo. Los comerciantes, que en todas partes
son gente asustadiza porque tienen qué perder, concibieron temores
de un trastorno, se los hicieron concebir al gobernador, y de aquí
resulté hablarse de una revolución que en ninguna parte existía,
sólo porque unos jóvenes hablaron de federación".
Restablecida la confianza en Santa Marta, dejado la tropa en
buenas manos, resuelto el gobernador señor Pedro Díaz Granados y
los ciudadanos animados, regresé a Cartagena disgustado, a
continuar mí visita de inspección.
III
Veamos ahora lo que muy poco después sucedió en Santa María, y
seguidamente en Cartagena y las otras provincias de la Costa, y la
suerte que yo corrí.
Nada mejor pueda hacer para historiar estos acontecimientos que
copiar algunos párrafos de una extensa nota que, más tarde en esta
capital, pasé al Gobierno dando cuenta de ellos. Dije así:
"Me hallaba yo en Cartagena desempeñando la comisión de
inspección que se me había encargado, cuando el 9 de octubre (1840)
me llamó el señor gobernador a su casa, para informarme de una
comunicación oficial que acababa de recibir del de Mompós, con la
que le acompañaba el acta del pronunciamiento del Socorro (que va
el lector conoce) y una proclama del ex-coronel Manuel González. Fa
esa nota decía que tenía motivos fundados para temer que la
revolución se propagase rápidamente al cantón de Ocaña y al resto
de la provincia, y lo pedía con urgencia 100 soldados veteranos.
Allí encontré al coronel Juan Antonio Gutiérrez de Piñeres, jefe
militar y comandante en jefe de la 2ª columna, y los tres entramos
en conferencia sobre los males que amenazaban a las provincias de
la Costa si la ominosa revolución del Socorro tomaba un carácter
serio, y sobre las medidas que debieran adoptarse para ponerlas a
cubierto del contagio.
"No pudiendo disponerse de un solo soldado de la guarnición, por
hallarse reducida al extremo de no alcanzar al indispensable
servicio de la plaza, se indicó que era urgente hiciese yo uso de
la orden que tenía del Gobierno para tomar el mando de la columna;
que pasase a Santa Marta y Ríohacha a sacar de sus guarniciones
150 veteranos, dejando en Santa María las goletas de guerra
|Calamar y Boyacá, y que con esta tropa y alguna guardia
nacional formara una columna que, situada en Barranquilla o Mompós,
pudiera obrar donde necesario fuera.
"Por mi parte, aunque conocí que esta medida era la única que
podía ya tomarte en tan angustiadas circunstancias, tuve mis
dificultades para resolverme a ello, por cuanto no creí llegado el
caso, pues que la autorización que se me confería era para tomar
el mando cuando hubiese de entrarse en
|operaciones militares a
que debiesen concurrir las fuerzas navales del apostadero de
Cartagena con la columna. Y me retiré.
"Pero un momento después de esta conferencia, el coronel Piñeres
pasó una comunicación oficial al señor gobernador, indicándole que
debía yo resolverme a hacer uso de la orden mencionada, pues que
las circunstancias exigían que se tomasen medidas prontas y
eficaces; y con este motivo, habiéndose vuelto a reunir, convine
en ello, y en el acto se dieron por la gobernación las órdenes
necesarias para el apresto de la goleta de guerra
|Boyacá,
en que debía embarcarme. Convinimos también en que todo esto debía
ser reservado; y que no se comunicasen por el correo del día
siguiente las órdenes generales y demás sobre el particular, sino
que yo mismo las llevaría; y no bien hubo salido el coronel Piñeres
de la casa, se hizo pública mi partida y su objeto, y las órdenes
generales siguieron por el correo.
"No se crea que queríamos guardar esta reserva porque
tuviéramos el más pequeño motivo para recelar que en Santa Marta o
en Ríohacha pudiese ser trastornado el orden público tan
prontamente, sino sólo porque así debía ser para no causar mayor
alarma, y para encontrar menos resistencia por parte de los
gobernadores en las medidas de disminución de sus guarniciones que
iba a tomar. En Santa Marta se pudo el año anterior evitar que la
revolución que se intentó estallase; y teniendo 200 veteranos
mandados por oficiales de confianza, imposible era sospechar
siquiera que sucediese lo que sucedió, por lo que nunca tuve la
menor idea de encontrar novedades tan graves a mi llegada.
"El día 11 a las siete de la mañana me di a la vela en
Bocachica, contando con llegar en dos días a Santa Marta, como que
en aquella estación reinan los vientos del Oeste; y en el mismo día
y a la misma hora se consumaba en la Ciénaga un acto de rebelión
contra las leyes y contra el Gobierno legítimo, que pudo ser
sofocado inmediatamente con 50 soldados, y que por no haberlo
sido ha causado la desolación de cuatro provincias importantes. El
general Carmona, prestándose a aparecer al frente de aquel
infausto movimiento, le dio la importancia del prestigio que tiene
en aquellas provincias por la reputación de su valentía...
"Contrariado en mi viaje por brisas fuertes a veces, y a veces
por calmas, no pude tomar el puerto de Santa Marta sino en la noche
del 15 al 16, fondeando a mi entrada en 20 brazas de agua; y aunque
no sospechase que hubiese habido allí la menor novedad, excitado
por el comandante del buque que no tenía la misma confianza, me
transbordé a un bote, y con el pretexto de tender una espía para
tirar la goleta a mejor fondeadero, recorrí toda la playa, en la
que reinaba el más profundo silencio, y en seguida pasé al costado
de uno de los buques fondeados en la bahía a informarme del estado
de la plaza, donde se me contestó que era el de perfecta
tranquilidad, sin que hubiese ocurrido acontecimiento notable.
Volví, pues, a bordo y mandé adelantar el buque (al fondo de la
había a remo), y a las seis de la mañana, cuando esperaba la visita
de sanidad, fue cuando vine a conocer que me hallaba prisionero del
general Carmona, sin poder tomar ninguna medida por estar en
completa calma, con más de doce piezas de artillería, de calibre de
a 24, abocadas sobre la goleta.
"El gobernador Gómez vino a recibirme a la playa, y de orden del
general Carmona me llevó a su casa, en donde permanecí en calidad
de detenido hasta las seis de la tarde del día siguiente, que fui
conducido a la Ciénaga por un oficial, en la misma clase, aunque
alojado en casa del general, de quien siempre recibí un trato
decente; bien que todos los jefes y oficiales y el pueblo de Santa
Marta me dieron tantas pruebas de afecto y simpatía, que en
cualquiera situación en que me encuentre, aun cumpliendo con el
deber de batirme con los que allí tengan las armas en la mano,
estoy obligado al reconocimiento.
"En el tiempo que permanecí en Santa Marta, antes de ser
trasladado a la Ciénaga, se me hicieron por el
ex-general Mariño las instancias más expresivas para que le
acompañase a Cartagena y me pusiese allí al frente de la
revolución, con ofrecimientos pomposos, que no son del caso
referir; pero mis respuestas negativas, mí manifestación de
lealtad al Gobierno legítimo, mientras existiese siquiera su
sombra, no me acarrearon ninguna persecución, respetándose por
todos mi decisión de caer con él, cuya desgracia entonces hasta sus
amigos temíamos.
"Séame permitido en este lugar hacer mención honrosa de un
digno jefe del ejército y buen ciudadano: el general José Hilario
López había llegado al puerto de Santa María, y sabiendo las
novedades ocurridas, no quiso desembarcar hasta el 17, después de
mi aprehensión, en que pasó el gobernador en persona a bordo del
buque y lo condujo a su casa: allí fue también invitado por el ex
general Mariño con la mayor instancia para que le acompañase a
Cartagena, con el mismo objeto con que se me había invitado a mí; y
también rechazó la propuesta con manifestaciones de su fidelidad al
Gobierno, y con tanta dignidad, que el ex-general Mariño no se
atrevió a repetirle su injuriosa invitación.
"En el pueblo de la Ciénaga permanecí hasta que la revolución se
generalizó en las cuatro provincias (Santa Marta, Cartagena, Mompós
y Riohacha), permitiéndoseme después pasar a Santa Marta y luego a
Cartagena, en donde al cuarto día de mi llegada fui expulsado
violentamente para Jamaica.
"Sabe el Gobierno que el año anterior se había pensado en la
Ciénaga y en Santa Marta en la perturbación del público,
destitución de las autoridades constitucionales, proclamación del
sistema federal, etc.; siendo el capitán retirado Agapito Labarcés
el principal motor de aquella intentona. Este oficial, a pesar de
la indulgencia con que se le trató, no desistió de su primer
proyecto, trabajando seria y atrevidamente en llevarlo a cabo, y
acaso por esta circunstancia, habiendo sonado su nombre desde
entonces, o quizá por estar en correspondencia, se le dirigió el
coronel González, remitiéndole el acta del pronunciamiento del
Socorro y una carta de excitación".
Con estos documentos fue Labarcés a Santa Marta a solicitar la
cooperación inmediata de los oposicionistas; el gobernador
manifestó en la junta que tuvieron que siendo un agente del
Gobierno merecedor de su confianza no podía dar ningún paso
mientras el Gobierno existiese. Sin embargo, conoció Labarcés que
en Santa María había flojedad, y contando ya con el general
Carmona, hizo abortar el
|pronunciamiento de la Ciénaga.
Sigamos con los extractos de mi nota:
"En la tarde del mismo día 11 una comisión del general Carmona
llevó el acta de la Ciénaga a Santa Marra, e irritándose el
gobernador, llamó inmediatamente al jefe militar y le mandó que
alistase la tropa para marchar en la misma noche a la Ciénaga.
¡Ojalá lo hubiera hecho así, y las provincias de la Costa estarían
hoy tranquilas! Pero varias personas que se hallaban en su casa lo
detuvieron por temores infundados.
"Amortiguado aquel primer impulso de energía, todo fue debilidad
después, adoptándose el día siguiente la medida de mandar una
comisión de paz al general Carmona para que volviese sobre sus
pasos, hasta tener mejores datos del estado de la República".
(¡Siempre medrosas comisiones de paz cuando se necesita obrar
resuelta y enérgicamente!).
"¿Podrá creer ningún granadino que para un encargo de tanta
importancia se escogiese al ex general venezolano Santiago Mariño,
expulsado de su patria, que ninguna simpatía podía tener por la
Nueva Granada, y cuyo carácter conocido debía hacerlo sospechoso
por lo menos? Pues esto se hizo.
"A pesar del ascendiente del general Carmona sobre los
cienagueros, no había podido reunir sino como unos 80 hombres
cuando el ex-general Mariño estuvo en la Ciénaga; pero a su regreso
a Santa Marta manifestó que todo estaba perdido, que el general
Carmona tenía más de 600 hombres y que marchaba sobre la ciudad si
no se secundaba su pronunciamiento.
"Esta falsa exposición derramó en el pueblo la consternación y
la angustia. Y así fue, señor secretario, como el día 14 pudo
arrancarse de los ciudadanos más respetables de Santa Marta una
firma escrita con mano trémula en aquella luctuosa acta, cuyo
contenido rechazahan su corazón y su entendimiento. Los oficiales,
con muy pocas excepciones, y la tropa principalmente, manifestaban
su indignación de una manera imponente; pero usía sabe que el
subalterno y el soldado no tienen siempre medios morales de
resistencia.
"Aunque hubiera sido cierto que el general Carmona hubiese
podido reunir en tan corto tiempo 600 labriegos, como se fuerza a
esa pobre gente a tomar las armas para combatir por cosas que no
entiende, Listaba la guarnición de Santa Marta para haberlos, no
diré batido, sino dispersado, sin más que tocar las cornetas; pero
faltó un hombre, faltó un NEIRA.
"La masa de la población de la Ciénaga se compone de hombres
buenos, laboriosos, independientes, pero hay allí siempre unos
pocos
|gamonales inquietos, y algún magnate que con un
círculo turbulento arrastran a
|planazos y a palos a los
pobres, y así viene a ser la Ciénaga para Santa Marta lo que
Chirivio para Popayán.
"El mismo día 14 (continúa el extracto de mi oficio) llegó el
correo de Cartagena, y en él las órdenes generales de que he
hablado antes, y noticias inicuamente tergiversadas sobre el
objeto de mi viaje... Así fue que teniéndose en Santa Marta
noticias anticipa das de mi llegada, tomaron, como usía ha visto,
las medidas necesarias para mi aprehensión.
"Dueño el general Carmona de la guarnición de Santa Marta,
encontró menos resistencia en los cienagueros para tomar las armas,
y de este modo pudo reunir una fuerza como de 500 hombres, con la
cual marchó a Sitionuevo, para imponer con ella a las provincias de
Cartagena y Mompós, mandando al mismo tiempo comisionados a
Riohacha".
Era el señor Joaquín Ujueta gobernador de la provincia de
Riohacha, y devolvió a los comisionados sin oírlos. Después
llegaron las noticias de la pérdida de la acción de la Polonia y la
circular de la secretaria de lo interior que el lector conoce, y
todo cambió: el sometimiento era consiguiente. El señor Ujueta se
separó de la gobernación. Los cantones de Barranquilla, Soledad y
Sabanalarga, de la provincia de Cartagena, se pronunciaron
eligiendo por jefe superior al capitán Ramón Antigüedad, farsa que
duró hasta que el general Carmona llegó a Barranquilla, corrió por
las calles, pistola en mano, al tal jefe superior y lo hizo
emigrar... Signe mi nota.
"Desde que se supo en la ciudad (Cartagena) el movimiento de la
Ciénaga y cantones de Barlovento, se alarmaron los buenos
ciudadanos; pero el gobernador Torices, teniendo, como debía tener,
la más ilimitada confianza en los coroneles Piñeres y Montes, en el
comandante Ramón Acebedo y otros jefes y oficiales, que repetidas
veces y hasta la última hora le protestaban fidelidad y decisión
por el Gobierno, descansaba en la seguridad de que cualesquiera que
fuesen los acontecimientos que le rodeasen, ni él ni el
|
pueblo de Cartagena serían victimas...; y así aguardaba
de un momento a otro mi regreso en la goleta
|Boyacá, o
noticia de que había llegado a Santa Marta, y que puesto a la
cabeza de su guarnición, sostenía aquella ciudad.
"En este estado de ansiedad apareció a las seis de la tarde del
18, frente a Cartagena, la goleta que conducía al ex-general
Mariño, en la que iba también el comandante de la
|Boyacá,
quien desembarcó inmediatamente e informó al gobernador de todo lo
ocurrido en Santa Marta y de la misión de Mariño y del señor
Fálquez, que pedían garantías para desembarcar. Usía debe suponer
cuál seria la agitación que esta novedad produjo: la casa del
gobernador se llenó de gente; allí fueron también los coroneles
Piñeres y Montes y otros jefes; allí volvieron a protestarle
fidelidad y obediencia; de allí lo acompañaron al cuartel, y pocos
instantes después el crimen se consumaba por ellos mismos.
"Forzada pues (por sus jefes) a pronunciarse la guarnición en
sus cuarteles en la noche del 18 al 19 de octubre, y declarádose el
coronel Piñeres jefe superior, dirigió éste al gobernador una nota
excitándolo a adherirse al pronunciamiento y a que convocase un
cabildo abierto, cuya propuesta, siendo rechazada con indignación,
el mismo Piñeres hizo la convocatoria por carteles, a la que sólo
concurrieron los oposicionistas. Así se hizo el acta de Cartagena
que el Gobierno ha visto.
"Sin embargo, los patriotas amigos del orden constitucional,
prepotentes aún en la ciudad y resto de la
provincia, habrían sido suficientes a detener el progreso del
mal, si desgraciadamente no hubieran concurrido al mismo tiempo los
temores de una completa catástrofe en el interior de la República,
y si las cartas de esta capital no hubieran exagerado el inminente
riesgo del Gobierno y anunciado su próxima caída. Debo añadir que
al siguiente día llevó el correo la noticia de la denota de la
Polonia, que produjo lo que era consiguiente: mayor desaliento en
los unos, y mayor y más insolente audacia en los otros, no
resistiéndose desde aquel momento sino muy pocos a firmar el acta,
para lo que se requería a cada ciudadano individualmente...
"Los jefes y oficiales que no pertenecían a los cuerpos
pronunciados fueron también citados individualmente, sin dejárseles
más recurso que firmar o quedar reducidos a perecer en la
miseria.
"Y creyendo la República perdida y el Gobierno disuelto, se
resignaron a someterse a las circunstancias, siendo muy pocos de
ellos los que entraron en la revolución de buena voluntad.
"Firmada el acta, a todos los militares se dio un grado para
presentarlos a los ojos de la Nación como comprometidos, y los que
lo estaban realmente recibieron dos o tres, siendo cierto que
respecto de los primeros se hizo preciso usar de amenazas severas
pare obligarles a aceptar el ascenso y a divisarse. Simples
ciudadanos fueron hechos jefes y oficiales...
"Y como la misma prodigalidad ha habido en Santa Marta, todas
las rentas públicas de la Nación no serían suficientes a cubrir el
presupuesto de guerra si aquella farsa hubiera de durar...
"En la mañana del 19, bajo el imperio de las bayonetas, se
reunió el cabildo abierto, convocado por el coronel Piñeres, y
acordó separarse temporalmente del Gobierno nacional de la
República, formar un Gobierno provisional compuesto de un jefe
superior militar, que fue el coronel Piñeres, un gobernador
político y un Consejo de Estado compuesto de cuatro consejeros.
Desde aquel momento las facultades del
|"excelentísimo
señor jefe superior" (todos se dieron el tratamiento de
excelencia) quedaron limitadas a dar ascensos militares y a algunas
formaciones de aparato; el gobernador político y el Consejo
gobernaban. Los coroneles Piñeres y Montes fueron hechos generales.
Siendo ambos antiguos militares de la Independencia, merecían el
generalato; lástima que lo obtuvieran como premio de un delito,
para perderlo poco después.
"En Mompós resistía el pueblo y se sostenía obediente a las
autoridades legítimas. Pero el general Carmona, aumentando sus
fuerzas y amenazando con ellas en todas direcciones, intimó a
Cartagena de nuevo que se rectificase el
|pronunciamiento con
la manifestación de adoptarse el sistema federal, lo que se
obedeció humildemente.
"Mompós, igualmente amenazado, no pudo resistir más, y creó un
gobierno provisional, y poco tiempo después también sucumbió
Riohacha, siendo de notarse que tampoco en Mompós pudo obtenerse la
proclamación del sistema federal sino hasta que el capitán
venezolano José Padrón fue allí con tropas de Cartagena.
"He aquí, señor, cómo aparecen a lo lejos las cuatro provincias
de la Costa en una actitud decidida e imponente, no siendo en
realidad sino víctimas de un movimiento de 80 hombres en la
Ciénaga, y de las maquinaciones de unos pocos malos ciudadanos en
cada una de ellas, que hoy las oprimen con el más tremendo poder
absoluto y con el régimen de terror que se ha adoptado.
"Otra cosa también es digna de observarse y que debe entristecer
a todo granadino amante de su patria, sea del partido que fuere:
los expulsos de Venezuela, esos hombres de maldición que tantos
daños hicieron a su país y que tan generosa hospitalidad
encontraron en el nuestro, todos, sin exceptuar uno solo, se han
lanzado en la revolución y han sido los agentes más activos y
dañosos de los trastornos deplorables de aquellas provincias
desgraciadas...
"El general Carmona desde el principio me manifestó que su
primordial objeto era poner las provincias de la Costa en estado de
no someterse al poder que los revolucionarios elevasen en el
interior; y es seguro que si el Gobierno legítimo hubiera caldo sin
esperanza de restauración, todos sus defensores y amigos nos
hubiéramos unido a Carmona con aquel objeto".
IV
Sojuzgadas ya las cuatro provincias referidas, entablaron sus
opresores negociaciones con las del istmo de Panamá, amenazándolas
de invasión si no secundaban los
|pronunciamientos de las
otras sublevadas. Poco caso se hizo en Panamá de estas amenazas; la
inquietud natural afectaba sin embargo los ánimos, y en una
agitada expectativa se vacilaba, hasta que a la llegada del correo
las noticias de la derrota de la Polonia, la circular del Gobierno
que a ella siguió y la retirada del Presidente produjeron sus
naturales consecuencias: el pronunciamiento del coronel Tomás
Herrera, jefe militar de Panamá, apoyado por el Gobernador de
dicha provincia, separándose provisionalmente del Gobierno
Nacional. El gobernador de la inerme provincia de Veraguas, señor
Carlos Fábrega, se opuso cuanto pudo a que la provincia que mandaba
se adhiriese al pacto de Panamá, pero hubo de sucumbir a la
fuerza. Yo encuentro inmensa diferencia en los actos que acabo de
referir, con los ejecutados antes en las provincias. En el Istmo se
tuvo por disuelto el Gobierno, y es un proceder excusable en las
autoridades proveer a su propia seguridad en circunstancias tan
difíciles. Además, en Panamá no se ayudó en nada a la revolución
que atacaba armada y de cerca al Gobierno, por lo que el general
Obando hace en su libro
|Para la historia, serios y amargos
cargos al coronel Herrera.
Cuando se me atropelló en Cartagena tratándoseme de muy
diferente manera de como se me trató en Santa Marta, "porque
ninguno es profeta en su tierra", fui puesto preso en una de
aquellas medio desmanteladas goletas de guerra que constituían la
triste marina de la República; se me privó de comunicación y se me
intimé que iba a ser trasladado en ella al castillo de Chagres, sin
mas
|delito que no tenerlo, como lo dije al jefe
|superior en una representación que le hice pidiendo que se
me expulsase a Jamaica en lugar de Chagras. La excitación que
produjo en la ciudad este proceder, Ya mediación que interpusieron
los cónsules extranjeros, y más que todo los buenos oficios de los
coroneles Piñeres y Montes y comandante Acebedo, mis antiguos
amigos personales, a pesar de sus compromisos políticos obtuvieron
del Consejo que se accediera a mi solicitud, y
|en el acto
fui transbordado a una magnífica goleta de guerra inglesa que se
hallaba en el puerto, adonde concurrieron infinidad de personas a
manifestarme sus buenos sentimientos y la dura necesidad que
habían tenido de someterse, contra su voluntad, a aceptar el
pronunciamiento; y también algunos militares, que me aseguraron
estar dispuestos a volver a las banderas del honor en primera
oportunidad. Así lo informé al Gobierno, y más tarde, los que
pudieron cumplieron su ofrecimiento.
En los pocos días que tardó la goleta en zarpar para Jamaica, me
puse de acuerdo con los miembros elegidos para el Congreso (siendo
yo uno de ellos) para reunirnos en dicha isla y buscar por
Maracaibo medio de pasar a la capital. Aquella resolución fue uno
de los mayores servicios que he prestado a la causa de mis
convicciones: por ella pudo reunirse el Congreso; sin ella no se
habría esto conseguido, lo que habría sido de fatales consecuencias
a tiempo de tener que escrutar y perfeccionar la elección de
Presidente de la República.
Por demás y largo sería extenderme en referir las dificultades
que tuve que vencer en Jamaica para llevar a cabo mi proyecto a la
llegada de mis compañeros, y no lo habría logrado si el señor Marco
de Urbina y el señor Evaristo Zea no me hubieran socorrido con
dinero, y si el coronel Gregorio María de Urreta, no me hubiera
facilitado un
|poilebot cuyo flete se pagó después.
Nombrándoles honro su memoria con intensa gratitud.
V
El 9 de enero (1841), a las cuatro de la tarde, entraba por la
barra de Maracaibo, en mi frágil barquilla de 36 toneladas (6 menos
que las de las carabelas de Cristóbal Colón) con mis compañeros los
señores José Pablo Rodríguez de la Torre, Manuel del Río y Juan A.
Calvo. Supervigilados estos señores en Cartagena por ser diputados
al Congreso, hubieron de descolgarse por la muralla, en una noche
oscura, para embarcarse en una fragata de guerra inglesa, en la que
fueron a encontrarme a Jamaica.
A las siete de la noche echamos el encía en la ensenada de la
gran laguna que forma el puerto frente a la pintoresca ciudad de
Maracaibo, y al saberse quiénes eramos los que habíamos llegado, se
nos pasó la visita de sanidad y desembarcamos atendidos con
urbanidad exquisita. En el acto se nos proporcionó casa y cuanto
necesitábamos: el gobernador, el general jefe militar y las
personas notables nos visitaron la misma noche y al día siguiente;
muchos compañeros míos, de veinte años antes, oficiales y soldados
inválidos, preguntando unos por el teniente, otros por el capitán
Posada, según la clase en que me recordaban, vinieron a abrazarme y
a enternecerme con recuerdos de los trabajos y peligros que juntos
pasáramos en aquellos tiempos de gloriosa memoria, en que no se
pensaba sino en que la patria fuera señora de sí misma, cualquiera
que fuese la suerte que después corriese.
En Maracaibo nos pudimos informar de la situación de la
Repúbica, de la que desde nuestra salida de Cartagena no teníamos
noticia. Supimos que el general Carmona con las tropas de las
cuatro provincias se hallaba en Ocaña, preparándose a transmontar
la cordillera; que el coronel González había organizado una fuerza
de más de 3.000 hombres; que los generales Herrán y Mosquera habían
aumentado en la capital la división que los acompañaba desde Pasto
y Popayán y se hallaban frente a frente de González, por lo que de
un momento a otro debían encontrarse ambos ejércitos en batalla
decisiva, si es que no se habían encontrado ya.
¿Qué haríamos nosotros, cuál sería la suerte que correríamos si
las fuerzas del Gobierno eran vencidas? Esta terrible duda no nos
detuvo: entregándonos en brazos de la Providencia nos embarcamos en
una gran piragua y atravesamos la espléndida laguna; ese mar
mediterráneo de agua dulce, cuyas orillas por sus vergeles
risueños, por sus grandes plantaciones de la elegante palma de
coco, por sus numerosos hatillos de ganado cabrío, por sus quintas,
alquerías y estancias, serían un paraíso, si no fueran tan
ardientes.
En el camino de tierra, principalmente en la ciudad de Trujillo,
nos alarmaron con noticias falsas de triunfos de los
revolucionarios, que corrían por conjeturas y hablillas, aunque en
lo general las pronunciadas simpatías de los venezolanos por la
causa del Gobierno nos sirvieron mucho; pero el tormento de la
incertidumbre acrecía desesperante a cada paso que dábamos
acercándonos a la frontera. Sin embargo, resueltos no volvíamos la
cara atrás.
El momento del desengaño se acercaba: lo esperábamos animados,
o lo temíamos inquietos, cuando de repente un tropel como de
ochenta a cien mulas sueltas, sudadas, llenas de mataduras, casi
nos atropellan. Yo conocí al conductor, señor Gregorio Elorga,
bogotano, y esto bastó para gritar a mis compañeros: "estamos
salvos ".
En efecto, media hora después llegamos a San Antonio del
Táchira, que estaba lleno de fugitivos y emigrados. Allí teníamos
otro peligro, pues las autoridades venezolanas no tenían fuerza
para protegernos; pero el coronel Toscano y otros amigos y
compañeros de 1831 vinieron a verme y me informaron que González
había sido completamente derrotado el 9, y que había huido en
dirección a Ocaña; que el coronel Manuel Mutis Gama, con el
batallón 2º de línea, fuerte de 800 hombres, bahía llegado a San
José (de Cúcuta) hacía unas dos horas; y se desataron en amargas
censuras contra González, como es de uso y costumbre hacerlo
contra el vencido, rogándonos por último que procurásemos obtener
del Congreso una amnistía para poder volver al seno de sus
familias, lo que les ofrecimos de buena voluntad.
No podíamos haber corrido mejor suerte: el mismo día y a la
misma hora en que pasábamos la barra de Maracaibo, los generales
Herrán y Mosquera ganaban la importante batalla de Aratoca, sobre
González, y pocos momentos antes de llegar a la villa de San
Antonio era ocupada la ciudad de San José por nuestras tropas.
Dimos pues fervientes gracias al Dios de los ejércitos, y en el
acto pasamos el Táchira; ese riachuelo que divide las dos
Repúblicas, que en mejores días fueron una sola, grande, gloriosa,
respetable y respetada. ¹
El coronel Mutis, en conferencia privada, me informó que la
noticia divulgada de la muerte del general
|
1 El parte detallado de la acción de
Aratoca se encuentra en la
|Gaceta Oficial de 17 de enero de
1841, número 488.
|
151
Obando era falsa, y que no tardaría en aparecer amenazante; que
en Popayán no había más que guardia nacional y algunos jóvenes
entusiastas, para su defensa; que el general Eusebio Borrero había
quedado encargado de formar una columna con las altas de hospital
de los enfermos dejados por los cuerpos de la 1ª división, y con
alguna milicia que pudiera reunir, para obrar sobre Antioquia; que
el coronel José María Vesga, que tantas consideraciones había
merecido del Gobierno por su conducta en la guerra de Pasto, se
había pronunciado en Honda contra ese mismo Gobierno, abusando de
la confianza que en él depositó al nombrarle gobernador de la
provincia de Mariquita; que el general Joaquín París había marchado
con una pequeña columna a someterlo, y se aguardaba de un momento
a otro la noticia del resultado; que complicándose de nuevo la
situación, era forzoso atender de preferencia al interior,
dejando para más tarde arreglar las provincias de la Costa; que
por tanto se había entrado en negociaciones con el general Carmona,
y que un edecán del general Herrán estaba en Ocaña con tal objeto.
Yo le contesté: "Suspendo mi viaje a Bogotá; al amanecer me iré al
cuartel general a hablar con los generales Herrán y Mosquera".
Inmediatamente impuse a mis compañeros (de los cuales uno solo
vive) de esta novedad, y de acuerdo con ellos escribí al general
Herrán, por un expreso, avisándole nuestra llegada y que me
proponía ir a hablar con él, por lo que le rogaba que en el
entretanto suspendiese toda negociación con el general Carmona. Al
día siguiente partimos para Pamplona, donde nos separamos, ellos
para esta capital y yo para Cácota de la Matanza, cuartel general
de la 1ª división.
VI
Nuestra llegada a las provincias del norte de la República se
miró como un fausto acontecimiento; se supo lo que eran las
revoluciones militares del litoral, donde ni un solo pueblo se
había complicado sino por la fuerza, pues en la misma Ciénaga,
militares fueron los que obligaron a unos pocos labriegos y
pescadores a tomar parte en ellas; el espíritu público se reanimó,
y muestras de aprobación de nuestro comportamiento se nos
prodigaron por todos. En Cácota, principalmente, generales, jefes,
oficiales, tropa, todos me recibieron de una manera tan cordial,
que me sentí confortado.
Estimando el general Herrán mis informes como de grande interés
para ser considerados por el Gobierno, resolvió pasar conmigo a la
capital, dejando encargado del mando en jefe al general Mosquera y
dando orden de que al regreso de su ayudante, de Ocaña, fuese a
unirsele. En el tránsito supe que el general Joaquín París había
ocupado a Honda después de haber batido completamente al coronel
Vesga, quien con algo más de 180 hombres se había embarcado y
echádose río abajo para seguir a Medellín a unirse al coronel
Córdoba. Fue también el 9 de enero el día en que se obtuvo este
triunfo, muy plausible, pues Honda, como puerto del Magdalena que
pone en comunicación las provincias internas con las del litoral
atlántico es un punto de la mayor importancia, que sin embargo se
descuida. ¹
También supe que el coronel Juan Antonio María Gómez, 2º Jefe de
la columna de operaciones sobre Antioqula, había, el 17 del mismo
enero, batido otra de Córdoba de 500 hombres y héchole como 100
prisioneros, en el punto de Ríosucio; y que Córdoba con las
fuerzas que tenía en Abejorral se había retirado a Medellín. Por
el mismo tiempo, el coronel Concepción Melgarejo había vuelto a la
obediencia del Gobierno en la provincia de Casanare. Creímos, pues,
todos que la situación mejoraba en las provincias del interior, lo
que pronto permitiría reunir los medios suficientes para redimir
las de la costa del Atlántico. Pero aunque así parecía, aún no era
llegado el tiempo decretado por la Providencia, porque
complicaciones inesperadas ocurrieron, y hube de resignarme a
esperar mejor ocasión.
Como era de mi deber, inmediatamente después de llegar a la
capital pasé, acompañado del general Herrán, a presentar mis
respetos al Presidente, darle cuenta de mi conducta e informarle de
lo que necesitaba saber para formar juicio de los hechos y resolver
sobre las medidas que hubieran de tomarse para restablecer el
|
1 En la
|Gaceta Oficial de 14 de
enero de 1841, número 489, se encuentra el parte detallado de esta
acción.
|
orden legal en aquella parte de la República. Habiéndome
insinuado el Presidente que expusiese por escrito lo que había
dicho de palabra para darle publicidad, lo verifiqué en mi nota de
18 de febrero, de la que atrás transcribí algunos párrafos. ¹
Entramos luego a tratar de operaciones militares, y expuse que
no teniendo el Gobierno embarcaciones ni bogas en el río Magdalena,
opinaba que lo más fácil y más seguro sería una expedición por
Maracaibo a Río-hacha. Manifesté que estando nuestras tropas en el
norte de la República, no sólo sería la operación más fácil sino
la menos costosa, pues sólo habría que hacer la travesía del lago
desde el puerto de Los Cachos hasta la costa goajira, desembarcar
en El Limón, o Las Guardias de afuera, y en cuatro días estar en
Riohacha; que siendo éste el primer puerto a barlovento, podría
obrarse desde allí en veinte, treinta y cuarenta horas, sobre Santa
Marta, Sabanilla y Cartagena, respectivamente, por mar; y por
tierra, por San Juan y el Valledupar sobre la Ciénaga; que en
Maracaibo, Coro y Curazao podrían conseguirse cuantos oficiales de
mar, marineros y buques se necesitaran; y que por dispendiosas que
a primera vista pareciesen estas operaciones, eran, sin embargo,
menas costosas de sangre y de dinero que por otras vías, por ser de
resultados más prontos y menos arriesgados.
Ambos, el Presidente y el general en jefe, habían previsto la
conveniencia de una operación por Maracaibo; pero era necesario
completar antes que todo las emprendidas en la provincia (hoy
Estado) de Antioquia, para apoyarla por aquella parte, asegurar a
Honda, que estaba amenazada por los
|bongos, y prestar
también alguna atención al general Obando, que había
|resucitado y se decía que estaba en armas con una pequeña
partida por Timbío.
Sin embargo, prometiendo la victoria de Ríosucio que la libertad
de Antioquia se conseguiría en muy poco tiempo, y no dando grandes
temores todavía la aparición del general Obando, débil y sin
recursos, resolvió el Poder Ejecutivo tomar las medidas previas
indispen-
|
1 Esta nota oficial se encuentra
íntegra en la
|Gaceta de 21 del mismo, número 493.
|
sables para obrar sobre las provincias del litoral por Maracaibo,
y un correo de gabinete partió para Venezuela a solicitar del
Gobierno de aquella República el permiso necesario para el
tránsito de nuestras tropas por su territorio, el que fue
inmediatamente concedido por el Congreso venezolano, sin
dificultad.
VII
En medio de sus graves cuidados se ocupaba el Gobierno en
allanar los inconvenientes para facilitar la venida de los
senadores y representantes, a fin de conseguir la reunión del
Congreso, consagrando su principal atención a tan interesante
objeto. El infatigable general en jefe (Herrán) disponía y activaba
el aumento del ejército y lo necesario para su armamento y equipo,
y todo hacía esperar que bien pronto se abrirían operaciones
decisivas para redimir las provincias de la Costa, única cosa que
faltaba para el completo triunfo del Gobierno en toda la extensión
de la República; cuando de repente acontecimientos inesperados, de
suma gravedad, vinieron a concentrar toda la atención del Gobierno
y del general en jefe hacia otras partes.
Casi a un mismo tiempo llegaron a Bogotá las noticias de
haberse visto el general Borrero obligado a celebrar una
|esponsión con el coronel Córdoba, conocida con el nombre de
|Capitulación de Itagüí, después de una acción reñida en la
que quedó indecisa la victoria, y que la 2º división, como se
llamaba la pequeña columna con que se internó en la provincia de
Antioquia, comprometida por la capitulación a no emplear más allí
sus armas, retrocedía para el Cauca, haciendo en la marcha inmensa
pérdida de personal y material; que Córdoba, quien la seguía en su
retirada, recogiendo cuanto iba dejando, amenazaba a la provincia
de Mariquita por Sonsón; que el general Obando aumentaba sus
legiones semibárbaras y amenazaba a Popayán, cuya guarnición,
contando los vecinos armados, apenas llegaba a 400 hombres; y, por
último que en Honda se aseguraba subían por el Magdalena los
bongos y una columna de 600 hombres del general Carmona a ocupar
aquel importante puerto.
¡Cuántos no volvieron entonces a desesperar de la salud de la
patria! ¡Cuántos no se regocijaron otra vez con la esperanza de su
perdición!
Y ¿qué hice yo en aquella emergencia de conturbación general?
|
¿Esquivé, como pude hacerlo sin deshonra, los peligros
que en la tenebrosa campaña del sur rodean al jefe y al soldado a
cada paso? La Nación lo sabe: ya cargado el horizonte y tronando la
tempestad, dejé la silla curul, asiento de consideraciones y
esperanzas, escalón de encumbramiento y de fortuna para muchos,
objeto de la ambición de no pocos, y volé a los campos de trabajos
y de muerte, adonde mi deber militar, mi patriotismo y mí
entusiasmo me llamaban.
La 2ª división llegó al valle del Cauca en esqueleto, como era
natural, después de las reñidas acciones de Ríosucio e ltagüí, de
doble marcha por la fragosa montaña de la Vega de Supía y de la
escasez de alimentos en aquel penoso y desierto camino. En tan
lamentable situación, se dirigió a Palmira, donde pensó el general
Borrero darla descanso y rehacerla.
Con tamañas amenazas de peligros inminentes, se hizo
indispensable abandonar las provincias de la Costa por algún tiempo
a su propia suerte, para atender a lo más urgente y a los riesgos
inmediatos; tanto más cuanto el permiso del Gobierno de Venezuela
para el tránsito de nuestras tropas por Maracaibo debía tardar por
lo menos dos meses.
Esto resuelto, marchó el general Herrán para Honda. Antes de su
salida había pensado conferirme el mando de la 1ª división y llamar
al general Mosquera para destinarlo al Sur, donde por sus extensas
relaciones de familia, por su conocimiento práctico de los hombres
y de las cosas, podía ser más útil que en ninguna otra parte. Pero
considerando la distancia, el tiempo que se perdería en viajes, y
otras razones que no son del caso referir aquí, desistió de su
intento y me indicó que pensaba en mí para una expedición formal
sobre Antioquia, y me previno que le siguiera a Honda, como en
efecto lo verifiqué.
Allí se trabajaba activamente en montar la artillería y en
asegurar el puerto con trincheras, y se procuraba reunir
embarcaciones y bogas para obrar sobre los bongos, lo que nunca se
logró. Quedaron, pues, aquellos piratas a su discreción,
cometiendo en los pueblos pequeños, y más en los caseríos de ambas
orillas del río, las horribles depredaciones que acostumbran, las
que son tantas, y tan abusivas en todo sentido, que al oír los
gritos de aquellos calmucos, corren despavoridos los pacíficos
pobladores, como si oyeran el bramido del tigre. ¡Infelices gentes!
No es posible referir lo que tienen que sufrir en semejantes
conflictos: lo menos es el despojo de los toscos utensilios de su
pobre menaje, y la pérdida de sus animales domésticos, de las
frutas de sus árboles, de sus vestidos, etc., que todo lo
arrebatan, que todo lo arrasan aquellos bárbaros, como por derecho
de conquista. Si el amo de la choza o alguno de sus hijos acude a
reconvenir por los daños causados, o a suplicar que les dejen algo,
el plan del machete, cayendo vibrante sobre sus espaldas, o
algunas cortadas, son las elocuentes respuestas que el infeliz
recibe. Y en esto no hay exageración, es de incontestable
notoriedad en aquellas riberas. interroguen los viajeros a sus
habitadores, si se duda de mi narración, y estoy seguro de que
contestarán que no he dicho lo bastante, pues que no he hablado de
los ultrajes al pudor de las mujeres!