INDICE

 




CAPITULO QUINCUAGESIMO

 

 

I
 

 

Rumores y denuncios de que en Cartagena se tra­maba un trastorno del orden público, por los mismos que después lo ejecutaron, hicieron al Gobierno tomar algunas medidas para prevenirlo. Entre éstas fue nom­brarme a mí comandante general de aquella plaza, en­tonces todavía artillada, y de las tropas que hacían su guarnición y las de las provincias de Santa Marta, Río hacha y el Istmo de Panamá; porque creyó que siendo yo cartagenero era el más a propósito para el caso.

Algunos meses después el coronel Juan Antonio Gu­tiérrez de Piñeres, gobernador que era de la provincia de Mompós, terminó su período, y no queriendo el Go­bierno dejarle sin destino, le nombró en mi lugar con el mismo mando que yo tenía; y a mi me confirió |algu­nas comisiones, principalmente la de pasar una escru­pulosa revista de inspección a los cuerpos, a los parques y demás establecimientos militares, con el objeto prin­cipal de hacerme permanecer en aquellas provincias para que, llegado el caso que se temía, obrase yo |discrecional­mente al frente de las tropas, y quedase el coronel Piñe­res encargado del mando y defensa de sólo la plaza de Cartagena. El adverbio "discrecionalmente", aunque no es castellano, lo explica perfectamente el general Mos­quera en su libro diciendo:

"El caso era el siguiente: sabía el Poder Ejecutivo que había maquinaciones en la costa del Atlántico para hacer una revolución, y por mi despacho se autorizó al coronel Posada para que, llegado el caso de estallar la revolución, tomara el mando de todas las fuerzas que estaban en las provincias litorales y obrara con ellas |discrecionalmente en el punto donde fuese necesario. Como era preciso que supiesen los gobernadores que el Poder Ejecutivo había dado el mando en jefe para tal caso al coronel Posada, y que no pudiendo darle instrucciones previas para la dirección de la fuerza o de las operaciones, se había dejado esto a su talento y |discreción, etc.".

Y esta era la verdad, y así lo entendí yo, lo entendió el coronel Piñeres, lo entendieron los gobernadores de las provincias, los jefes de los cuerpos y cuantos tuvie­ron noticia de la tal nota.

Pero el señor José Obaldía pudo ver en el Istmo la nota en que se me comunicó dicha comisión, y puso en tortura al inocente aunque bastardo |adverbio, para ex­traer de él zumo amargo y venenoso que no tenía ni en su letra ni en su espíritu. Sin embargo, el partido libe­ral armó alboroto con tan gran descubrimiento. ¹

El general Obando en sus |Apuntamientos para la His­toria, tantas veces citados, y que tendré que citar muchas más, en un largo párrafo de censuras y acusaciones al Gobierno Nacional, dice:

"Notábase que los gobernadores y demás agentes del Ejecutivo infringían la Constitución, cuando lo tenían a bien, y que se mofaban tranquilamente de que alguna voz reclamaba en su favor las garantías constitucionales atropelladas en su persona, amenazando quejarse de ello; y todavía se juzgaba que ellos lo hacían sin conocimien­to del Gobierno. Al fin el señor Obaldía rasgó el velo de este misterio: logró interceptar en Panamá, siendo jefe político de aquel cantón, una orden secreta comunicada como circular al jefe militar de la provincia, autorizando respectivamente a los agentes públicos del Ejecutivo para obrar, en su respectivo territorio, según su voluntad, sin sujeción a reglas, leyes, ni Constitución, es decir, arbi­traria y discrecionalmente, y la denunció por la prensa a la Nación, único tribunal que quedaba ya para que­jarse contra el Gobierno, desde que los poderes consti­-

1 Cuánto no se habrá arrepentido el señor Obaldía de su exaltación |liberal de aquella época! Sus propiedades destrui­das, un hijo suyo herido, arrastrado a la cola de un caballo por las calles de un pueblo, cuando los latidos de su corazón no se habían extinguido; su completa ruina, en fin, consu­mada, son motivos que me hacen suponer sus sufrimientos, Y no fueron los conservadores los que tales odiosos excesos cometieron.    

 

tucionales creados y divididos para refrenarse recípro­camente, habían convenido en adunarse para no hacer mas que su voluntad. Fue entonces que la Nación co­menzó a reconocer la existencia de un plan contra las libertades públicas".

¡Cuánta recriminación por la simple autorización a un jefe del ejército (que fui yo, y sólo a mí) para obrar con las tropas donde fuese necesario; necesidad que se dejaba a su propio juicio, a su propia |discreción estimar, lo mismo que el cómo, cuándo y dónde debía obrar para obtener o debelar una rebelión cualquiera contra el Go­bierno constitucional legitimo!

En todas las emergencias iguales debiera siempre hacerse lo mismo para las operaciones militares. Por la ley orgánica de provincias, vigente en aquella época, los jefes militares no eran más que jefes de estado mayor, o más bien ayudantes de campo de los gobernadores, que intervenían o pretendían intervenir en todo. Sistema |ultra-radical, en extremo pernicioso para el éxito desea­ble en las operaciones militares. En tiempo de guerra, principalmente en las de rebelión, en todas partes del mundo se publica la ley marcial, por la que se suspen­den las garantías y reasume el jefe de las tropas toda la autoridad en cuanto concierne a dicha situación, por­que en emergencias extraordinarias todo tiene que ser extraordinario. Esto es lo que se llama declarar un te­rritorio más o menos extenso en estado de sitio. Por mal­sonante que esto parezca, es preferible a la interpreta­ción que se da al artículo 91 de la Constitución vigente, para cohonestar tantos abusos inicuos precisamente con­tra la letra y espíritu de dicho artículo constitucional. Más franco y más digno es decir claro las cosas para que todos sepan a lo que deben atenerse, que no enga­ñar a los pueblos y al mundo con artículos constituciona­les elásticos, que la malignidad interpreta para ejercer impunemente la más violenta dictadura, a lo turco, para oprimir las personas, confiscar las propiedades, no respetar nada, en fin.

Los partidos políticos cuando están en efervescencia son injustos; un pensamiento, una expresión que se esca­pe por descuido o por inrreflexión, y que por inocente que sea en el fondo y en su objeto, puede ser glosada, censurada, acriminada, la glosan, la censuran, la acriminan malignamente. Pero jamás se llevó a la exageración, en los supuestos falsos, hasta donde se remontaron el señor Obaldía y el general Obando, al tergiversar tan violentamente la autorización útil y necesaria que se me dio.

El general Mosquera era descuidado en su lenguaje, y a veces aplicaba ambigua o erróneamente palabras que por inocentes que sean, pueden interpretarse en mal sentido. En épocas de recriminaciones debe tenerse mu­cho cuidado con esto.

 

II
 

 

Por el incremento devastador que tomó la guerra del Sur en el departamento del Cauca, se me previno por el Gobierno conducir a Mompós el medio batallón que hacía la guarnición de Santa Marta "doscientos hom­bres" y esperar allí nuevas órdenes, bien para encaminarlo a Honda, en vía para el teatro de la guerra, bien para volverlo a Santa Marta si los acontecimientos no hacían aquello necesario. Apenas llegué a Mompós re­cibí una nota oficial del gobernador de Santa Marta, en que me excitaba a regresar inmediatamente a dicha ciu­dad con la tropa, por tener denuncios ciertos de que en el pueblo de la Ciénaga tramaba el capitán retirado Aga­pito Labarcés una revolución, a cuyo frente se pondría el general venezolano Francisco Carmona, la que podría ser de fatal trascendencia, pues en la ciudad decaía el espíritu público por las noticias que llegaban del interior ­de la República, y porque no había medios sufi­cientes de defensa. Cartas particulares de personas respetables me referían lo mismo, y me animaban a pres­cindir de las órdenes del Gobierno, pues que estaba au­torizado para obrar según mi propia |discreción en casos como el que se me comunicaba.

Es un principio reconocido y que yo profeso, que es mejor prevenir los males que corregirlos después; pera no creía que era llegado el caso de hacer uso de la au­torización que se me había dado, y así lo contesté al gobernador y a mis amigos de Santa Marta, y di cuenta de todo al Poder Ejecutivo. Mas dos postas que casi sin interrupción me | llegaron, por los que se me repetía la exigencia apremiante de mi regreso con el medio bata­llón, me obligaron a pensar seriamente en la responsabilidad que me agobiaría si la revolución estallaba y era ocupada Santa Marta por los facciosos, cuya pérdi­da traería por consecuencia trastornos graves en las otras provincias de la Costa, por la agitación en que estaban los enemigos del Gobierno.

Como me persuadí de que el peligro era inminente, hube de prepararme a hacerle frente, y para ello tuve necesidad de comunicar al coronel Piñeres, a los gober­nadores de las provincias y a los jefes de los cuerpos, que hacía uso de la autorización que tenía para poder disponer de las tropas donde fuera necesario, y para vol­ver a Santa Marta, contra las órdenes superiores que había recibido.

El Gobierno, aunque no improbó explícitamente mi procedimiento, no creyó que hubiera motivo para adop­tarlo, y aturdido por la grita de la oposición, me dio nueva autorización para obrar donde fuera necesario, no según mi propio juicio, sino cuando para las opera­ciones militares hubieran de concurrir las fuerzas nava­les de Cartagena. Se restringió, pues, tímidamente, la primera autorización. Yo pensé no admitir o renunciar tal ineficaz encargo, pero reflexioné que esto sólo se puede hacer legalmente en los empleos o destinos de libre aceptación; en los de obligatoria obediencia, no ad­mitir o renunciar es desobedecer; me resigné, piles, a sufrir las consecuencias de la algún tanto ridícula situa­ción en que se me había colocado.

Es un hecho reconocido y que los acontecimientos posteriores probaron, que si tardo cuatro o cinco días más en llegar a la Ciénaga con la tropa, no habría po­dido hacerlo sino batiéndome, y esto si no estaban ya ocupados por los |bongos de guerra los caños que a ella conducen desde el río Magdalena. Sin embargo no se creía esto por acá. En la cámara de representantes un diputado se expresó así:

"Ya dije antes que en Santa Marta no hubo otra cosa que un alarma infundado y ridículo. Los comer­ciantes, que en todas partes son gente asustadiza porque tienen qué perder, concibieron temores de un trastorno, se los hicieron concebir al gobernador, y de aquí resulté hablarse de una revolución que en ninguna parte existía, sólo porque unos jóvenes hablaron de federación".

Restablecida la confianza en Santa Marta, dejado la tropa en buenas manos, resuelto el gobernador señor Pedro Díaz Granados y los ciudadanos animados, re­gresé a Cartagena disgustado, a continuar mí visita de inspección.

 

III
 

 

Veamos ahora lo que muy poco después sucedió en Santa María, y seguidamente en Cartagena y las otras provincias de la Costa, y la suerte que yo corrí.

Nada mejor pueda hacer para historiar estos acontecimientos que copiar algunos párrafos de una extensa nota que, más tarde en esta capital, pasé al Gobierno dando cuenta de ellos. Dije así:

"Me hallaba yo en Cartagena desempeñando la comi­sión de inspección que se me había encargado, cuando el 9 de octubre (1840) me llamó el señor gobernador a su casa, para informarme de una comunicación oficial que acababa de recibir del de Mompós, con la que le acompañaba el acta del pronunciamiento del Socorro (que va el lector conoce) y una proclama del ex-coronel Manuel González. Fa esa nota decía que tenía motivos fundados para temer que la revolución se propagase rá­pidamente al cantón de Ocaña y al resto de la provincia, y lo pedía con urgencia 100 soldados veteranos. Allí encontré al coronel Juan Antonio Gutiérrez de Piñeres, jefe militar y comandante en jefe de la 2ª columna, y los tres entramos en conferencia sobre los males que amenazaban a las provincias de la Costa si la ominosa revolución del Socorro tomaba un carácter serio, y sobre las medidas que debieran adoptarse para ponerlas a cu­bierto del contagio.

"No pudiendo disponerse de un solo soldado de la guarnición, por hallarse reducida al extremo de no al­canzar al indispensable servicio de la plaza, se indicó que era urgente hiciese yo uso de la orden que tenía del Gobierno para tomar el mando de la columna; que pasase a Santa Marta y Ríohacha a sacar de sus guar­niciones 150 veteranos, dejando en Santa María las go­letas de guerra |Calamar y Boyacá, y que con esta tropa y alguna guardia nacional formara una columna que, situada en Barranquilla o Mompós, pudiera obrar donde necesario fuera.

"Por mi parte, aunque conocí que esta medida era la única que podía ya tomarte en tan angustiadas cir­cunstancias, tuve mis dificultades para resolverme a ello, por cuanto no creí llegado el caso, pues que la autoriza­ción que se me confería era para tomar el mando cuando hubiese de entrarse en |operaciones militares a que debie­sen concurrir las fuerzas navales del apostadero de Car­tagena con la columna. Y me retiré.

"Pero un momento después de esta conferencia, el coronel Piñeres pasó una comunicación oficial al señor gobernador, indicándole que debía yo resolverme a ha­cer uso de la orden mencionada, pues que las circuns­tancias exigían que se tomasen medidas prontas y efica­ces; y con este motivo, habiéndose vuelto a reunir, con­vine en ello, y en el acto se dieron por la gobernación las órdenes necesarias para el apresto de la goleta de gue­rra |Boyacá, en que debía embarcarme. Convinimos tam­bién en que todo esto debía ser reservado; y que no se comunicasen por el correo del día siguiente las órdenes generales y demás sobre el particular, sino que yo mismo las llevaría; y no bien hubo salido el coronel Piñeres de la casa, se hizo pública mi partida y su objeto, y las órdenes generales siguieron por el correo.

"No se crea que queríamos guardar esta reserva por­que tuviéramos el más pequeño motivo para recelar que en Santa Marta o en Ríohacha pudiese ser trastornado el orden público tan prontamente, sino sólo porque así debía ser para no causar mayor alarma, y para encon­trar menos resistencia por parte de los gobernadores en las medidas de disminución de sus guarniciones que iba a tomar. En Santa Marta se pudo el año anterior evitar que la revolución que se intentó estallase; y teniendo 200 veteranos mandados por oficiales de confianza, im­posible era sospechar siquiera que sucediese lo que su­cedió, por lo que nunca tuve la menor idea de encon­trar novedades tan graves a mi llegada.

"El día 11 a las siete de la mañana me di a la vela en Bocachica, contando con llegar en dos días a Santa Marta, como que en aquella estación reinan los vientos del Oeste; y en el mismo día y a la misma hora se con­sumaba en la Ciénaga un acto de rebelión contra las leyes y contra el Gobierno legítimo, que pudo ser sofo­cado inmediatamente con 50 soldados, y que por no ha­berlo sido ha causado la desolación de cuatro provincias importantes. El general Carmona, prestándose a apare­cer al frente de aquel infausto movimiento, le dio la importancia del prestigio que tiene en aquellas provincias por la reputación de su valentía...

"Contrariado en mi viaje por brisas fuertes a veces, y a veces por calmas, no pude tomar el puerto de Santa Marta sino en la noche del 15 al 16, fondeando a mi entrada en 20 brazas de agua; y aunque no sospechase que hubiese habido allí la menor novedad, excitado por el comandante del buque que no tenía la misma con­fianza, me transbordé a un bote, y con el pretexto de tender una espía para tirar la goleta a mejor fondeadero, recorrí toda la playa, en la que reinaba el más profundo silencio, y en seguida pasé al costado de uno de los buques fondeados en la bahía a informarme del estado de la plaza, donde se me contestó que era el de perfecta tranquilidad, sin que hubiese ocurrido aconteci­miento notable. Volví, pues, a bordo y mandé adelantar el buque (al fondo de la había a remo), y a las seis de la mañana, cuando esperaba la visita de sanidad, fue cuando vine a conocer que me hallaba prisionero del general Carmona, sin poder tomar ninguna medida por estar en completa calma, con más de doce piezas de artillería, de calibre de a 24, abocadas sobre la goleta.

"El gobernador Gómez vino a recibirme a la playa, y de orden del general Carmona me llevó a su casa, en donde permanecí en calidad de detenido hasta las seis de la tarde del día siguiente, que fui conducido a la Cié­naga por un oficial, en la misma clase, aunque alojado en casa del general, de quien siempre recibí un trato decente; bien que todos los jefes y oficiales y el pueblo de Santa Marta me dieron tantas pruebas de afecto y simpatía, que en cualquiera situación en que me encuentre, aun cumpliendo con el deber de batirme con los que allí tengan las armas en la mano, estoy obligado al reconocimiento.

"En el tiempo que permanecí en Santa Marta, antes de ser trasladado a la Ciénaga, se me hicieron por el

ex-general Mariño las instancias más expresivas para que le acompañase a Cartagena y me pusiese allí al frente de la revolución, con ofrecimientos pomposos, que no son del caso referir; pero mis respuestas negati­vas, mí manifestación de lealtad al Gobierno legítimo, mientras existiese siquiera su sombra, no me acarrearon ninguna persecución, respetándose por todos mi decisión de caer con él, cuya desgracia entonces hasta sus amigos temíamos.

"Séame permitido en este lugar hacer mención hon­rosa de un digno jefe del ejército y buen ciudadano: el general José Hilario López había llegado al puerto de Santa María, y sabiendo las novedades ocurridas, no quiso desembarcar hasta el 17, después de mi aprehen­sión, en que pasó el gobernador en persona a bordo del buque y lo condujo a su casa: allí fue también invitado por el ex general Mariño con la mayor instancia para que le acompañase a Cartagena, con el mismo objeto con que se me había invitado a mí; y también rechazó la propuesta con manifestaciones de su fidelidad al Go­bierno, y con tanta dignidad, que el ex-general Mariño no se atrevió a repetirle su injuriosa invitación.

"En el pueblo de la Ciénaga permanecí hasta que la revolución se generalizó en las cuatro provincias (Santa Marta, Cartagena, Mompós y Riohacha), permitiéndose­me después pasar a Santa Marta y luego a Cartagena, en donde al cuarto día de mi llegada fui expulsado vio­lentamente para Jamaica.

"Sabe el Gobierno que el año anterior se había pen­sado en la Ciénaga y en Santa Marta en la perturba­ción del público, destitución de las autoridades consti­tucionales, proclamación del sistema federal, etc.; sien­do el capitán retirado Agapito Labarcés el principal motor de aquella intentona. Este oficial, a pesar de la indulgencia con que se le trató, no desistió de su primer proyecto, trabajando seria y atrevidamente en llevarlo a cabo, y acaso por esta circunstancia, habiendo sonado su nombre desde entonces, o quizá por estar en corres­pondencia, se le dirigió el coronel González, remitién­dole el acta del pronunciamiento del Socorro y una carta de excitación".

 

Con estos documentos fue Labarcés a Santa Marta a solicitar la cooperación inmediata de los oposicionis­tas; el gobernador manifestó en la junta que tuvieron que siendo un agente del Gobierno merecedor de su con­fianza no podía dar ningún paso mientras el Gobierno existiese. Sin embargo, conoció Labarcés que en Santa María había flojedad, y contando ya con el general Car­mona, hizo abortar el |pronunciamiento de la Ciénaga.

 

Sigamos con los extractos de mi nota:

"En la tarde del mismo día 11 una comisión del ge­neral Carmona llevó el acta de la Ciénaga a Santa Mar­ra, e irritándose el gobernador, llamó inmediatamente al jefe militar y le mandó que alistase la tropa para marchar en la misma noche a la Ciénaga. ¡Ojalá lo hubiera hecho así, y las provincias de la Costa estarían hoy tranquilas! Pero varias personas que se hallaban en su casa lo detuvieron por temores infundados.

"Amortiguado aquel primer impulso de energía, todo fue debilidad después, adoptándose el día siguiente la medida de mandar una comisión de paz al general Carmona para que volviese sobre sus pasos, hasta tener mejores datos del estado de la República". (¡Siempre medrosas comisiones de paz cuando se necesita obrar resuelta y enérgicamente!).

"¿Podrá creer ningún granadino que para un en­cargo de tanta importancia se escogiese al ex general ve­nezolano Santiago Mariño, expulsado de su patria, que ninguna simpatía podía tener por la Nueva Granada, y cuyo carácter conocido debía hacerlo sospechoso por lo menos? Pues esto se hizo.

"A pesar del ascendiente del general Carmona sobre los cienagueros, no había podido reunir sino como unos 80 hombres cuando el ex-general Mariño estuvo en la Ciénaga; pero a su regreso a Santa Marta manifestó que todo estaba perdido, que el general Carmona tenía más de 600 hombres y que marchaba sobre la ciudad si no se secundaba su pronunciamiento.

"Esta falsa exposición derramó en el pueblo la cons­ternación y la angustia. Y así fue, señor secretario, como el día 14 pudo arrancarse de los ciudadanos más respe­tables de Santa Marta una firma escrita con mano tré­mula en aquella luctuosa acta, cuyo contenido rechazahan su corazón y su entendimiento. Los oficiales, con muy pocas excepciones, y la tropa principalmente, mani­festaban su indignación de una manera imponente; pero usía sabe que el subalterno y el soldado no tienen siem­pre medios morales de resistencia.

"Aunque hubiera sido cierto que el general Carmona hubiese podido reunir en tan corto tiempo 600 labrie­gos, como se fuerza a esa pobre gente a tomar las armas para combatir por cosas que no entiende, Listaba la guarnición de Santa Marta para haberlos, no diré ba­tido, sino dispersado, sin más que tocar las cornetas; pero faltó un hombre, faltó un NEIRA.

"La masa de la población de la Ciénaga se compo­ne de hombres buenos, laboriosos, independientes, pero hay allí siempre unos pocos |gamonales inquietos, y algún magnate que con un círculo turbulento arrastran a |planazos y a palos a los pobres, y así viene a ser la Ciénaga para Santa Marta lo que Chirivio para Popa­yán.

"El mismo día 14 (continúa el extracto de mi ofi­cio) llegó el correo de Cartagena, y en él las órdenes generales de que he hablado antes, y noticias inicuamen­te tergiversadas sobre el objeto de mi viaje... Así fue que teniéndose en Santa Marta noticias anticipa das de mi llegada, tomaron, como usía ha visto, las medi­das necesarias para mi aprehensión.

"Dueño el general Carmona de la guarnición de San­ta Marta, encontró menos resistencia en los cienagueros para tomar las armas, y de este modo pudo reunir una fuerza como de 500 hombres, con la cual marchó a Sitionuevo, para imponer con ella a las provincias de Cartagena y Mompós, mandando al mismo tiempo co­misionados a Riohacha".

Era el señor Joaquín Ujueta gobernador de la pro­vincia de Riohacha, y devolvió a los comisionados sin oírlos. Después llegaron las noticias de la pérdida de la acción de la Polonia y la circular de la secretaria de lo interior que el lector conoce, y todo cambió: el someti­miento era consiguiente. El señor Ujueta se separó de la gobernación. Los cantones de Barranquilla, Soledad y Sabanalarga, de la provincia de Cartagena, se pronun­ciaron eligiendo por jefe superior al capitán Ramón Antigüedad, farsa que duró hasta que el general Carmo­na llegó a Barranquilla, corrió por las calles, pistola en mano, al tal jefe superior y lo hizo emigrar... Signe mi nota.

"Desde que se supo en la ciudad (Cartagena) el movimiento de la Ciénaga y cantones de Barlovento, se alarmaron los buenos ciudadanos; pero el gobernador Torices, teniendo, como debía tener, la más ilimitada confianza en los coroneles Piñeres y Montes, en el co­mandante Ramón Acebedo y otros jefes y oficiales, que repetidas veces y hasta la última hora le protestaban fidelidad y decisión por el Gobierno, descansaba en la seguridad de que cualesquiera que fuesen los acontecimientos que le rodeasen, ni él ni el | pueblo de Cartagena serían victimas...; y así aguardaba de un momento a otro mi regreso en la goleta |Boyacá, o noticia de que había llegado a Santa Marta, y que puesto a la cabeza de su guarnición, sostenía aquella ciudad.

"En este estado de ansiedad apareció a las seis de la tarde del 18, frente a Cartagena, la goleta que condu­cía al ex-general Mariño, en la que iba también el co­mandante de la |Boyacá, quien desembarcó inmediata­mente e informó al gobernador de todo lo ocurrido en Santa Marta y de la misión de Mariño y del señor Fál­quez, que pedían garantías para desembarcar. Usía debe suponer cuál seria la agitación que esta novedad produ­jo: la casa del gobernador se llenó de gente; allí fueron también los coroneles Piñeres y Montes y otros jefes; allí volvieron a protestarle fidelidad y obediencia; de allí lo acompañaron al cuartel, y pocos instantes des­pués el crimen se consumaba por ellos mismos.

"Forzada pues (por sus jefes) a pronunciarse la guarnición en sus cuarteles en la noche del 18 al 19 de octubre, y declarádose el coronel Piñeres jefe superior, dirigió éste al gobernador una nota excitándolo a adhe­rirse al pronunciamiento y a que convocase un cabildo abierto, cuya propuesta, siendo rechazada con indigna­ción, el mismo Piñeres hizo la convocatoria por carteles, a la que sólo concurrieron los oposicionistas. Así se hizo el acta de Cartagena que el Gobierno ha visto.

"Sin embargo, los patriotas amigos del orden constitucional, prepotentes aún en la ciudad y resto de la

provincia, habrían sido suficientes a detener el progreso del mal, si desgraciadamente no hubieran concurrido al mismo tiempo los temores de una completa catástrofe en el interior de la República, y si las cartas de esta capital no hubieran exagerado el inminente riesgo del Gobierno y anunciado su próxima caída. Debo añadir que al siguiente día llevó el correo la noticia de la de­nota de la Polonia, que produjo lo que era consiguien­te: mayor desaliento en los unos, y mayor y más inso­lente audacia en los otros, no resistiéndose desde aquel momento sino muy pocos a firmar el acta, para lo que se requería a cada ciudadano individualmente...

"Los jefes y oficiales que no pertenecían a los cuer­pos pronunciados fueron también citados individualmente, sin dejárseles más recurso que firmar o quedar reducidos a perecer en la miseria.

"Y creyendo la República perdida y el Gobierno di­suelto, se resignaron a someterse a las circunstancias, siendo muy pocos de ellos los que entraron en la revo­lución de buena voluntad.

"Firmada el acta, a todos los militares se dio un grado para presentarlos a los ojos de la Nación como comprometidos, y los que lo estaban realmente recibie­ron dos o tres, siendo cierto que respecto de los prime­ros se hizo preciso usar de amenazas severas pare obli­garles a aceptar el ascenso y a divisarse. Simples ciuda­danos fueron hechos jefes y oficiales...

"Y como la misma prodigalidad ha habido en Santa Marta, todas las rentas públicas de la Nación no serían suficientes a cubrir el presupuesto de guerra si aquella farsa hubiera de durar...

"En la mañana del 19, bajo el imperio de las bayo­netas, se reunió el cabildo abierto, convocado por el coronel Piñeres, y acordó separarse temporalmente del Gobierno nacional de la República, formar un Gobierno provisional compuesto de un jefe superior militar, que fue el coronel Piñeres, un gobernador político y un Consejo de Estado compuesto de cuatro consejeros. Des­de aquel momento las facultades del |"excelentísimo se­ñor jefe superior" (todos se dieron el tratamiento de excelencia) quedaron limitadas a dar ascensos militares y a algunas formaciones de aparato; el gobernador político y el Consejo gobernaban. Los coroneles Piñeres y Montes fueron hechos generales. Siendo ambos antiguos militares de la Independencia, merecían el generalato; lástima que lo obtuvieran como premio de un delito, pa­ra perderlo poco después.

"En Mompós resistía el pueblo y se sostenía obe­diente a las autoridades legítimas. Pero el general Car­mona, aumentando sus fuerzas y amenazando con ellas en todas direcciones, intimó a Cartagena de nuevo que se rectificase el |pronunciamiento con la manifestación de adoptarse el sistema federal, lo que se obedeció hu­mildemente.

"Mompós, igualmente amenazado, no pudo resistir más, y creó un gobierno provisional, y poco tiempo des­pués también sucumbió Riohacha, siendo de notarse que tampoco en Mompós pudo obtenerse la proclamación del sistema federal sino hasta que el capitán venezolano José Padrón fue allí con tropas de Cartagena.

"He aquí, señor, cómo aparecen a lo lejos las cuatro provincias de la Costa en una actitud decidida e impo­nente, no siendo en realidad sino víctimas de un movi­miento de 80 hombres en la Ciénaga, y de las maquina­ciones de unos pocos malos ciudadanos en cada una de ellas, que hoy las oprimen con el más tremendo poder absoluto y con el régimen de terror que se ha adoptado.

"Otra cosa también es digna de observarse y que debe entristecer a todo granadino amante de su patria, sea del partido que fuere: los expulsos de Venezuela, esos hombres de maldición que tantos daños hicieron a su país y que tan generosa hospitalidad encontraron en el nuestro, todos, sin exceptuar uno solo, se han lanza­do en la revolución y han sido los agentes más activos y dañosos de los trastornos deplorables de aquellas provin­cias desgraciadas...

  "El general Carmona desde el principio me manifes­tó que su primordial objeto era poner las provincias de la Costa en estado de no someterse al poder que los revolucionarios elevasen en el interior; y es seguro que si el Gobierno legítimo hubiera caldo sin esperanza de restauración, todos sus defensores y amigos nos hubié­ramos unido a Carmona con aquel objeto".

 

 

IV
 
 

Sojuzgadas ya las cuatro provincias referidas, enta­blaron sus opresores negociaciones con las del istmo de Panamá, amenazándolas de invasión si no secunda­ban los |pronunciamientos de las otras sublevadas. Poco caso se hizo en Panamá de estas amenazas; la inquietud natural afectaba sin embargo los ánimos, y en una agita­da expectativa se vacilaba, hasta que a la llegada del correo las noticias de la derrota de la Polonia, la circu­lar del Gobierno que a ella siguió y la retirada del Presidente produjeron sus naturales consecuencias: el pronunciamiento del coronel Tomás Herrera, jefe mili­tar de Panamá, apoyado por el Gobernador de dicha pro­vincia, separándose provisionalmente del Gobierno Na­cional. El gobernador de la inerme provincia de Vera­guas, señor Carlos Fábrega, se opuso cuanto pudo a que la provincia que mandaba se adhiriese al pacto de Pa­namá, pero hubo de sucumbir a la fuerza. Yo encuentro inmensa diferencia en los actos que acabo de referir, con los ejecutados antes en las provincias. En el Istmo se tuvo por disuelto el Gobierno, y es un proceder excusa­ble en las autoridades proveer a su propia seguridad en circunstancias tan difíciles. Además, en Panamá no se ayudó en nada a la revolución que atacaba armada y de cerca al Gobierno, por lo que el general Obando hace en su libro |Para la historia, serios y amargos cargos al coronel Herrera.

Cuando se me atropelló en Cartagena tratándoseme de muy diferente manera de como se me trató en Santa Marta, "porque ninguno es profeta en su tierra", fui puesto preso en una de aquellas medio desmanteladas goletas de guerra que constituían la triste marina de la República; se me privó de comunicación y se me intimé que iba a ser trasladado en ella al castillo de Chagres, sin mas |delito que no tenerlo, como lo dije al jefe |supe­rior en una representación que le hice pidiendo que se me expulsase a Jamaica en lugar de Chagras. La excita­ción que produjo en la ciudad este proceder, Ya media­ción que interpusieron los cónsules extranjeros, y más que todo los buenos oficios de los coroneles Piñeres y Montes y comandante Acebedo, mis antiguos amigos personales, a pesar de sus compromisos políticos obtuvieron del Consejo que se accediera a mi solicitud, y |en el acto fui transbordado a una magnífica goleta de guerra inglesa que se hallaba en el puerto, adonde con­currieron infinidad de personas a manifestarme sus bue­nos sentimientos y la dura necesidad que habían tenido de someterse, contra su voluntad, a aceptar el pronuncia­miento; y también algunos militares, que me aseguraron estar dispuestos a volver a las banderas del honor en primera oportunidad. Así lo informé al Gobierno, y más tarde, los que pudieron cumplieron su ofrecimiento.

En los pocos días que tardó la goleta en zarpar para Jamaica, me puse de acuerdo con los miembros elegidos para el Congreso (siendo yo uno de ellos) para reunir­nos en dicha isla y buscar por Maracaibo medio de pasar a la capital. Aquella resolución fue uno de los mayores servicios que he prestado a la causa de mis convicciones: por ella pudo reunirse el Congreso; sin ella no se habría esto conseguido, lo que habría sido de fatales consecuencias a tiempo de tener que escrutar y perfeccionar la elección de Presidente de la República.

Por demás y largo sería extenderme en referir las dificultades que tuve que vencer en Jamaica para llevar a cabo mi proyecto a la llegada de mis compañeros, y no lo habría logrado si el señor Marco de Urbina y el señor Evaristo Zea no me hubieran socorrido con dinero, y si el coronel Gregorio María de Urreta, no me hu­biera facilitado un |poilebot cuyo flete se pagó después. Nombrándoles honro su memoria con intensa gratitud.

 

V
 
 

El 9 de enero (1841), a las cuatro de la tarde, entraba por la barra de Maracaibo, en mi frágil barquilla de 36 toneladas (6 menos que las de las carabelas de Cristóbal Colón) con mis compañeros los señores José Pablo Rodríguez de la Torre, Manuel del Río y Juan A. Calvo. Supervigilados estos señores en Cartagena por ser diputados al Congreso, hubieron de descolgarse por la muralla, en una noche oscura, para embarcarse en una fragata de guerra inglesa, en la que fueron a en­contrarme a Jamaica.

 

A las siete de la noche echamos el encía en la ense­nada de la gran laguna que forma el puerto frente a la pintoresca ciudad de Maracaibo, y al saberse quiénes eramos los que habíamos llegado, se nos pasó la visita de sanidad y desembarcamos atendidos con urbanidad exquisita. En el acto se nos proporcionó casa y cuanto necesitábamos: el gobernador, el general jefe militar y las personas notables nos visitaron la misma noche y al día siguiente; muchos compañeros míos, de veinte años antes, oficiales y soldados inválidos, preguntando unos por el teniente, otros por el capitán Posada, según la clase en que me recordaban, vinieron a abrazarme y a enternecerme con recuerdos de los trabajos y peligros que juntos pasáramos en aquellos tiempos de gloriosa memoria, en que no se pensaba sino en que la patria fuera señora de sí misma, cualquiera que fuese la suerte que después corriese.

En Maracaibo nos pudimos informar de la situación de la Repúbica, de la que desde nuestra salida de Car­tagena no teníamos noticia. Supimos que el general Car­mona con las tropas de las cuatro provincias se hallaba en Ocaña, preparándose a transmontar la cordillera; que el coronel González había organizado una fuerza de más de 3.000 hombres; que los generales Herrán y Mosquera habían aumentado en la capital la divi­sión que los acompañaba desde Pasto y Popayán y se hallaban frente a frente de González, por lo que de un momento a otro debían encontrarse ambos ejércitos en batalla decisiva, si es que no se habían encontrado ya.

¿Qué haríamos nosotros, cuál sería la suerte que correríamos si las fuerzas del Gobierno eran vencidas? Esta terrible duda no nos detuvo: entregándonos en brazos de la Providencia nos embarcamos en una gran piragua y atravesamos la espléndida laguna; ese mar mediterráneo de agua dulce, cuyas orillas por sus verge­les risueños, por sus grandes plantaciones de la elegante palma de coco, por sus numerosos hatillos de ganado cabrío, por sus quintas, alquerías y estancias, serían un paraíso, si no fueran tan ardientes.

En el camino de tierra, principalmente en la ciudad de Trujillo, nos alarmaron con noticias falsas de triun­fos de los revolucionarios, que corrían por conjeturas y hablillas, aunque en lo general las pronunciadas sim­patías de los venezolanos por la causa del Gobierno nos sirvieron mucho; pero el tormento de la incertidumbre acrecía desesperante a cada paso que dábamos acercán­donos a la frontera. Sin embargo, resueltos no volvíamos la cara atrás.

El momento del desengaño se acercaba: lo esperá­bamos animados, o lo temíamos inquietos, cuando de re­pente un tropel como de ochenta a cien mulas sueltas, sudadas, llenas de mataduras, casi nos atropellan. Yo conocí al conductor, señor Gregorio Elorga, bogotano, y esto bastó para gritar a mis compañeros: "estamos sal­vos ".

En efecto, media hora después llegamos a San Anto­nio del Táchira, que estaba lleno de fugitivos y emigra­dos. Allí teníamos otro peligro, pues las autoridades venezolanas no tenían fuerza para protegernos; pero el coronel Toscano y otros amigos y compañeros de 1831 vinieron a verme y me informaron que González había sido completamente derrotado el 9, y que había huido en dirección a Ocaña; que el coronel Manuel Mutis Ga­ma, con el batallón 2º de línea, fuerte de 800 hombres, bahía llegado a San José (de Cúcuta) hacía unas dos horas; y se desataron en amargas censuras contra Gon­zález, como es de uso y costumbre hacerlo contra el ven­cido, rogándonos por último que procurásemos obtener del Congreso una amnistía para poder volver al seno de sus familias, lo que les ofrecimos de buena voluntad.

No podíamos haber corrido mejor suerte: el mismo día y a la misma hora en que pasábamos la barra de Maracaibo, los generales Herrán y Mosquera ganaban la importante batalla de Aratoca, sobre González, y pocos momentos antes de llegar a la villa de San Antonio era ocupada la ciudad de San José por nuestras tropas. Di­mos pues fervientes gracias al Dios de los ejércitos, y en el acto pasamos el Táchira; ese riachuelo que divide las dos Repúblicas, que en mejores días fueron una sola, grande, gloriosa, respetable y respetada. ¹

El coronel Mutis, en conferencia privada, me infor­mó que la noticia divulgada de la muerte del general

1 El parte detallado de la acción de Aratoca se encuentra en la |Gaceta Oficial de 17 de enero de 1841, número 488.    

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Obando era falsa, y que no tardaría en aparecer amena­zante; que en Popayán no había más que guardia nacio­nal y algunos jóvenes entusiastas, para su defensa; que el general Eusebio Borrero había quedado encargado de formar una columna con las altas de hospital de los en­fermos dejados por los cuerpos de la 1ª división, y con alguna milicia que pudiera reunir, para obrar sobre An­tioquia; que el coronel José María Vesga, que tantas consideraciones había merecido del Gobierno por su con­ducta en la guerra de Pasto, se había pronunciado en Honda contra ese mismo Gobierno, abusando de la confianza que en él depositó al nombrarle gobernador de la provincia de Mariquita; que el general Joaquín París había marchado con una pequeña columna a so­meterlo, y se aguardaba de un momento a otro la noti­cia del resultado; que complicándose de nuevo la situa­ción, era forzoso atender de preferencia al interior, de­jando para más tarde arreglar las provincias de la Costa; que por tanto se había entrado en negociaciones con el general Carmona, y que un edecán del general Herrán estaba en Ocaña con tal objeto. Yo le contesté: "Sus­pendo mi viaje a Bogotá; al amanecer me iré al cuartel general a hablar con los generales Herrán y Mosquera".

Inmediatamente impuse a mis compañeros (de los cuales uno solo vive) de esta novedad, y de acuerdo con ellos escribí al general Herrán, por un expreso, avisándo­le nuestra llegada y que me proponía ir a hablar con él, por lo que le rogaba que en el entretanto suspendiese toda negociación con el general Carmona. Al día si­guiente partimos para Pamplona, donde nos separamos, ellos para esta capital y yo para Cácota de la Matanza, cuartel general de la 1ª división.

 

VI
 

 

Nuestra llegada a las provincias del norte de la Re­pública se miró como un fausto acontecimiento; se supo lo que eran las revoluciones militares del litoral, donde ni un solo pueblo se había complicado sino por la fuer­za, pues en la misma Ciénaga, militares fueron los que obligaron a unos pocos labriegos y pescadores a tomar parte en ellas; el espíritu público se reanimó, y mues­tras de aprobación de nuestro comportamiento se nos prodigaron por todos. En Cácota, principalmente, gene­rales, jefes, oficiales, tropa, todos me recibieron de una manera tan cordial, que me sentí confortado.

Estimando el general Herrán mis informes como de grande interés para ser considerados por el Gobierno, resolvió pasar conmigo a la capital, dejando encargado del mando en jefe al general Mosquera y dando orden de que al regreso de su ayudante, de Ocaña, fuese a unir­sele. En el tránsito supe que el general Joaquín París había ocupado a Honda después de haber batido com­pletamente al coronel Vesga, quien con algo más de 180 hombres se había embarcado y echádose río abajo para seguir a Medellín a unirse al coronel Córdoba. Fue también el 9 de enero el día en que se obtuvo este triunfo, muy plausible, pues Honda, como puerto del Magdalena que pone en comunicación las provincias in­ternas con las del litoral atlántico es un punto de la mayor importancia, que sin embargo se descuida. ¹

También supe que el coronel Juan Antonio María Gómez, 2º Jefe de la columna de operaciones sobre An­tioqula, había, el 17 del mismo enero, batido otra de Córdoba de 500 hombres y héchole como 100 prisio­neros, en el punto de Ríosucio; y que Córdoba con las fuerzas que tenía en Abejorral se había retirado a Me­dellín. Por el mismo tiempo, el coronel Concepción Melgarejo había vuelto a la obediencia del Gobierno en la provincia de Casanare. Creímos, pues, todos que la si­tuación mejoraba en las provincias del interior, lo que pronto permitiría reunir los medios suficientes para re­dimir las de la costa del Atlántico. Pero aunque así pare­cía, aún no era llegado el tiempo decretado por la Pro­videncia, porque complicaciones inesperadas ocurrieron, y hube de resignarme a esperar mejor ocasión.

Como era de mi deber, inmediatamente después de llegar a la capital pasé, acompañado del general Herrán, a presentar mis respetos al Presidente, darle cuenta de mi conducta e informarle de lo que necesitaba saber para formar juicio de los hechos y resolver sobre las medidas que hubieran de tomarse para restablecer el

1 En la |Gaceta Oficial de 14 de enero de 1841, número 489, se encuentra el parte detallado de esta acción.    

 

orden legal en aquella parte de la República. Habiéndo­me insinuado el Presidente que expusiese por escrito lo que había dicho de palabra para darle publicidad, lo verifiqué en mi nota de 18 de febrero, de la que atrás transcribí algunos párrafos. ¹

Entramos luego a tratar de operaciones militares, y expuse que no teniendo el Gobierno embarcaciones ni bogas en el río Magdalena, opinaba que lo más fácil y más seguro sería una expedición por Maracaibo a Río-hacha. Manifesté que estando nuestras tropas en el nor­te de la República, no sólo sería la operación más fácil sino la menos costosa, pues sólo habría que hacer la travesía del lago desde el puerto de Los Cachos hasta la costa goajira, desembarcar en El Limón, o Las Guar­dias de afuera, y en cuatro días estar en Riohacha; que siendo éste el primer puerto a barlovento, podría obrarse desde allí en veinte, treinta y cuarenta horas, sobre Santa Marta, Sabanilla y Cartagena, respectivamente, por mar; y por tierra, por San Juan y el Valledupar sobre la Ciénaga; que en Maracaibo, Coro y Curazao podrían conseguirse cuantos oficiales de mar, marineros y bu­ques se necesitaran; y que por dispendiosas que a pri­mera vista pareciesen estas operaciones, eran, sin embargo, menas costosas de sangre y de dinero que por otras vías, por ser de resultados más prontos y menos arriesgados.

Ambos, el Presidente y el general en jefe, habían previsto la conveniencia de una operación por Maracai­bo; pero era necesario completar antes que todo las em­prendidas en la provincia (hoy Estado) de Antioquia, para apoyarla por aquella parte, asegurar a Honda, que estaba amenazada por los |bongos, y prestar también al­guna atención al general Obando, que había |resucitado y se decía que estaba en armas con una pequeña partida por Timbío.

Sin embargo, prometiendo la victoria de Ríosucio que la libertad de Antioquia se conseguiría en muy poco tiempo, y no dando grandes temores todavía la apari­ción del general Obando, débil y sin recursos, resolvió el Poder Ejecutivo tomar las medidas previas indispen-

­1 Esta nota oficial se encuentra íntegra en la |Gaceta de 21 del mismo, número 493.


sables para obrar sobre las provincias del litoral por Maracaibo, y un correo de gabinete partió para Venezue­la a solicitar del Gobierno de aquella República el per­miso necesario para el tránsito de nuestras tropas por su territorio, el que fue inmediatamente concedido por el Congreso venezolano, sin dificultad.

 

VII
 

 

En medio de sus graves cuidados se ocupaba el Go­bierno en allanar los inconvenientes para facilitar la venida de los senadores y representantes, a fin de con­seguir la reunión del Congreso, consagrando su princi­pal atención a tan interesante objeto. El infatigable general en jefe (Herrán) disponía y activaba el au­mento del ejército y lo necesario para su armamento y equipo, y todo hacía esperar que bien pronto se abrirían operaciones decisivas para redimir las provincias de la Costa, única cosa que faltaba para el completo triun­fo del Gobierno en toda la extensión de la República; cuando de repente acontecimientos inesperados, de suma gravedad, vinieron a concentrar toda la atención del Gobierno y del general en jefe hacia otras partes.

Casi a un mismo tiempo llegaron a Bogotá las no­ticias de haberse visto el general Borrero obligado a celebrar una |esponsión con el coronel Córdoba, conocida con el nombre de |Capitulación de Itagüí, después de una acción reñida en la que quedó indecisa la victoria, y que la 2º división, como se llamaba la pequeña columna con que se internó en la provincia de Antioquia, comprome­tida por la capitulación a no emplear más allí sus armas, retrocedía para el Cauca, haciendo en la marcha in­mensa pérdida de personal y material; que Córdoba, quien la seguía en su retirada, recogiendo cuanto iba dejando, amenazaba a la provincia de Mariquita por Sonsón; que el general Obando aumentaba sus legiones semibárbaras y amenazaba a Popayán, cuya guarnición, contando los vecinos armados, apenas llegaba a 400 hombres; y, por último que en Honda se aseguraba su­bían por el Magdalena los bongos y una columna de 600 hombres del general Carmona a ocupar aquel im­portante puerto.

 

¡Cuántos no volvieron entonces a desesperar de la salud de la patria! ¡Cuántos no se regocijaron otra vez con la esperanza de su perdición!

Y ¿qué hice yo en aquella emergencia de conturba­ción general? | ¿Esquivé, como pude hacerlo sin deshonra, los peligros que en la tenebrosa campaña del sur rodean al jefe y al soldado a cada paso? La Nación lo sabe: ya cargado el horizonte y tronando la tempes­tad, dejé la silla curul, asiento de consideraciones y es­peranzas, escalón de encumbramiento y de fortuna para muchos, objeto de la ambición de no pocos, y volé a los campos de trabajos y de muerte, adonde mi deber militar, mi patriotismo y mí entusiasmo me llamaban.

La 2ª división llegó al valle del Cauca en esqueleto, como era natural, después de las reñidas acciones de Ríosucio e ltagüí, de doble marcha por la fragosa montaña de la Vega de Supía y de la escasez de ali­mentos en aquel penoso y desierto camino. En tan la­mentable situación, se dirigió a Palmira, donde pensó el general Borrero darla descanso y rehacerla.

Con tamañas amenazas de peligros inminentes, se hizo indispensable abandonar las provincias de la Costa por algún tiempo a su propia suerte, para atender a lo más urgente y a los riesgos inmediatos; tanto más cuan­to el permiso del Gobierno de Venezuela para el trán­sito de nuestras tropas por Maracaibo debía tardar por lo menos dos meses.

Esto resuelto, marchó el general Herrán para Hon­da. Antes de su salida había pensado conferirme el mando de la 1ª división y llamar al general Mosquera para destinarlo al Sur, donde por sus extensas relaciones de familia, por su conocimiento práctico de los hombres y de las cosas, podía ser más útil que en ninguna otra parte. Pero considerando la distancia, el tiempo que se perdería en viajes, y otras razones que no son del caso referir aquí, desistió de su intento y me indicó que pensaba en mí para una expedición formal sobre Antioquia, y me previno que le siguiera a Honda, como en efecto lo verifiqué.

Allí se trabajaba activamente en montar la artillería y en asegurar el puerto con trincheras, y se procu­raba reunir embarcaciones y bogas para obrar sobre los bongos, lo que nunca se logró. Quedaron, pues, aque­llos piratas a su discreción, cometiendo en los pueblos pequeños, y más en los caseríos de ambas orillas del río, las horribles depredaciones que acostumbran, las que son tantas, y tan abusivas en todo sentido, que al oír los gritos de aquellos calmucos, corren despavori­dos los pacíficos pobladores, como si oyeran el bramido del tigre. ¡Infelices gentes! No es posible referir lo que tienen que sufrir en semejantes conflictos: lo menos es el despojo de los toscos utensilios de su pobre menaje, y la pérdida de sus animales domésticos, de las frutas de sus árboles, de sus vestidos, etc., que todo lo arreba­tan, que todo lo arrasan aquellos bárbaros, como por derecho de conquista. Si el amo de la choza o alguno de sus hijos acude a reconvenir por los daños causados, o a suplicar que les dejen algo, el plan del machete, ca­yendo vibrante sobre sus espaldas, o algunas cortadas, son las elocuentes respuestas que el infeliz recibe. Y en esto no hay exageración, es de incontestable notoriedad en aquellas riberas. interroguen los viajeros a sus habi­tadores, si se duda de mi narración, y estoy seguro de que contestarán que no he dicho lo bastante, pues que no he hablado de los ultrajes al pudor de las mujeres!

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