CAPITULO CUADRAGESIMONONO
I
Como era consiguiente, la guerra en Pasto se renovó con
encarnizamiento. El general Obando, lanzado ya en las vías de
hecho, no se detenía ante ninguna violencia para conseguir hombres,
adquirir recursos y privar de éstos a las tropas del Gobierno que,
disminuyendo diariamente, y reducidas al corto número de unos
1.500 hombres, inclusa la guardia nacional de la ciudad, no
alcanzaban a atender a las complicadas exigencias de la situación.
¹
Noguera recibió bien en su campamento al general Obando, pero no
se le sometió con su gente, que constituía la fuerza principal de
la revolución, reservándose el mando independiente de ella en
Pasto, y reconociéndole únicamente como general en jefe del
ejército revolucionario de la República. Esto desagradó, o mejor
dicho, ofendió al general Obando, que tuvo, sin embargo, que
disimular mientras se hacía fuerte.
Noguera, aunque por excitación de los frailes asilados en el
Ecuador había enarbolado por poco tiempo, en su campo, la bandera
ecuatoriana, no era amigo del general Flórez; así es que su
pronunciamiento lo entendía en favor de la oposición, que se le
hizo creer en aquella República triunfaría cambiando su Gobierno.
En último caso le quedaba el recurso de volver a sus recónditas
guaridas.
Estanislao España, hombre todo del general Obando, tanto o más
que Sarria, tenía reunida otra fuerza revolucionaria con la que
obraba independientemente, hasta la fuga del general, a cuyas
órdenes se puso.
|
1 La división de operaciones en Pasto,
en diez y seis meses de campaña, perdió 746 hombres muertos en los
hospitales, de enfermedades, y como 200 por la guerra.
|
Sarria marchó a reorganizar la facción de Timbía y Chirivio,
constante amenaza de Popayán, antes y después.
En tal estado de cosas, combatiéndose diariamente en el cantón
de Pasto sin resultados decisivos, y la hidra revolucionaria
asomando sus cien cabezas por todas partes, llegó el tiempo de
exigir la cooperación del Gobierno aliado del Ecuador para hacer
frente a la catástrofe que amenazaba a ambos países. ¹
El general Herrán pasó a Túquerres con el objeto de tener una
entrevista con el general Flórez, que se presté a venir en persona,
al frente de las tropas auxiliares. Y previo un convenio escrito,
sobre el modo de obrar ambas divisiones, celebrado por el general
Mosquera el 23 de septiembre de 1840, pasó la frontera la división
ecuatoriana, en número de 648 individuos de tropa de infantería y
452 de caballería, fuera de jefes y oficiales, dejando una fuerte
reserva en la línea para mantener la comunicación con el
Ecuador.
El general Flórez, que era tan hábil y avisado como el general
Obando, para esas intrigas, o sea estratagemas que la guerra
autoriza, apenas llegó, consiguió ganarse al señor Ramón Díaz,
pastuso de influencia y coronel entre los revolucionarios, que se
le pasó con 180 hombres. Aunque por medio del presbítero Trejo y
del señor Ramón Villota trabajó en el mismo sentido con
|
1 En una proclama expedida por el
general Obando, en su cuartel general de Chaguarbamba, el 16 de
julio (1840), se lee, entre otras cosas, lo siguiente:
"¡Ecuatorianos! Llegó la hora del
castigo para ese monstruo que os tiene como esclavos. En Estados
federados de Colombia, Guayaquil gozará de una independencia justa;
el alto Ecuador, del progreso de su industria, y Cuenca será
reintegrada de su territorio", etc.
Esta proclama circuló manuscrita, bajo
la firma del general Obando, y fue remitida al Gobierno por el
comandante general de la 2º columna de la división del sur, con la
nota autentica. Sus, partidarios decían que debía ser apócrifa,
pues que era un diparatorio; pero lo mismo dijeron de la otra que
había expedido en
|
Timbío. Esta la niega el general Obando en
su libro de Lima, pero la de Chaguarbamba nó; apenas dice en
términos generales que le fingían proclamas, cartas, y le
falsificaban fin ras. De este modo se puede invalidar. (Esta
proclama se encuentra en la
|Gaceta Oficial de
|13 de
septiembre de
|1830, número 70).
|
Hoguera, nada consiguió. Pero la defección de Díaz alarmó al
general Obando, y fue fácil a los generales Flórez y Mosquera hacer
que sospechase de Noguera, a quien sin mas averiguación atrajo a su
campamento y lo fusiló en el acto con dos jóvenes sobrinos suyos.
Este es el hecho histórico. En un certificado expedido por el señor
Rafael Mosquera, como diputado al Congreso, a pedimento del fiscal
de la causa del coronel Morillo, dijo: "que Obando fue a Pasto, y
tratado con tanta benignidad, que se le dio su casa por cárcel,
donde se comunicaba con todos los que quería, pues sólo tenía por
custodia su palabra que había empeñado. Mas, viendo que su causa
presentaba mal aspecto, porque no podían desvanecerse los
testimonios que había contra él, se fugó y puso en armas a la
cabeza de los facciosos de La Laguna, cuyo jefe era Andrés Noguera
a quien asesinó por sospechas que tuvo de que dicho Noguera estaba
de acuerdo con el general Flórez: sospechas falsas y sólo fundadas
en algunos ardides de guerra, empleados por los generales
granadinos y ecuatoriano, para dividirlos y que se pusiesen en
desacuerdo". Esto es lo cierto, y el señor Rafael Mosquera tenía
motivos para saberlo.
La muerte de Noguera y de sus sobrinos complicó la situación del
general Obando y aceleré su ruina por entonces. La numerosa y
aguerrida
|indiana que constituía la fuerza de aquel Atila
temible, que con su táctica de guerrillero había sostenido la
guerra, se disolvió en su mayor parte, y los generales granadinos y
ecuatorianos tuvieron esa grave atención menos.
El general Obando, en su desconcierto, cometió el error de ir al
pueblo de La Laguna con 200 hombres, a procurar rehacer algo de las
fuerzas de Noguera, y dejó su segundo, Estanislao España, con 600
hombres en Chaguarbamba. El ejército aliado se le interpuso, en el
acto lo atacó en Huilquipamba (30 de septiembre) y lo batió
completamente, como tenía que ser, atendida la diferencia de las
fuerzas. El general Obando se escapó, no se sabe cómo, saltando de
roca en roca por entre aquellas breñas, y aunque se estableció una
activa persecución en todas direcciones, no pudo encontrársele y
se le tuvo por muerto, y así se propaló en toda la Nueva Granada.¹
La columna que estaba en Chaguarbamba se dispersó al saber la
derrota de Huilquipamba, y España se ocultó.
El general Obando en sus
|Apuntamientos dice:
"Se dio en el orden general del ejército
|aliado, la de
premiar con 12. 000 pesos, dados a prorrata entre Flórez, Herrán y
Mosquera, y el ascenso a coronel, al que presentara mi
|cabeza
cortada. Igual ofrecimiento se publicó en todos los pueblos de
Pasto, y aun se leyó por los curas en los púlpitos imponiendo, por
el otro lado, pena de la vida y perdimiento de bienes al que me
ocultase o auxiliase de cualquier modo". ²
¿Qué se propondría el general Obando en Lima con estas atroces
acriminaciones, que por su propia enormidad se destruyen a sí
mismas?
Hubo interés político en suponer y divulgar que había muerto en
el combate; y en toda la Nueva Granada, hasta en Popayán mismo,
así se creyó. ¿Cómo, pues, pretende en su libro persuadir que se
hicieron ofrecimientos tan inicuos, y amenazas de pena de la vida,
hasta en los púlpitos, que contradecían la noticia de su muerte en
el combate, en la que había el objeto de desalentar a los
revolucionarios de las provincias que le reconocían por jefe? ¿No
destruye esto una acriminación de que no se escaparon ni los curas
en los púlpitos?
II
A mediados de octubre se tomaban las medidas necesarias para
retirar la división granadina a Popayán, dejando en Pasto su
guardia nacional, que siempre
|
1 En la
|Gaceta Oficial de 1º de
noviembre (1840), número 477, se encuentra el parte detallado de
esta acción, que por el pronto fue de grandes resultados, aunque
como hecho de armas no tuviera gran mérito. El general Obando en su
libro lo ridiculiza, y ciertamente aquel parte, como tantos otros,
fue demasiado hiperbórico en valentías. El general Mosquera en su
obra, hablando de este suceso, dic:
"Yo tenía flanqueada la posición con
los cazadores del 2º de Nueva Granada, y
|al sentirme Obando,
huyó abandonando el caballo, la lanza y cuanto tenía
conmigo"...
Como se ve, el general Obando huyó
despavorido al sentir al general Mosquera por allí cerca..
|
|
2 Lo que aparece en letra cursiva en
la inserción anterior, está así en el libro de que lo he
copiado.
|
combatió bien y fue leal. El general Flórez lo hizo con la
división auxiliar, habiendo acordado con el general Herrán dejar
una columna en Túquerres para concluir el desarme de la provincia y
la persecución del general Obando, de quien -dice el general
Mosquera- "teníamos ya noticia que había escapado y no podía
seguir por Mocoa, porque teníamos ocupado aquel camino". Pero esto
debía ser reservado entre ellos, pues su supuesta muerte se
divulgaba más y más por todas partes, y en todas partes se tuvo por
cierta, mientras no pudo el
|difunto comunicarse con sus
amigos. Fue una imprudencia obstruirle el camino de Mocoa al Perú,
que desde 1828 tuvo previsto para caso de desgracia; lejos de eso,
debió, en mi concepto, facilitársele la fuga al extranjero, y
muchos males se habrían evitado, porque es imprudente reducir a los
hombres a la desesperación aun cuando haga justicia en proceder
contra ellos. La desesperación da valor y con ciertos hombres es
peligroso llegar a los extremos.
Dice Mosquera:
"La reaparición del general Obando a la cabeza de una rebelión
fue la señal para que brotaran los movimientos revolucionarios que
de palabra, por escrito, por la imprenta, por medio de juntas
directivas, se fraguaban, todo a ciencia y paciencia del Gobierno
calumniado".
Tal era el estado de las cosas cuando llegó a Pasto la noticia
de nuevos trastornos en la provincia de Vélez y de haberse
sublevado el coronel Manuel González en la del Socorro. Fue el
primer gobernador que hizo traición a la confianza del Gobierno
Nacional, cuyo ejemplo, inmediatamente seguido por otros
gobernadores y jefes militares, amenazó seriamente a la República
de sucumbir bajo la cuchilla de la rebelión; desgracia que la
Provincia tenía reservada para más tarde, para que fueran mayores
los males, más feroces los hechos y más irremediables los
resultados; quizá con el fin de que cuando llegue el día de la
redención, que llegará infaliblemente, si los buenos de todos los
partidos se unen, se proceda con más decisión.
Los movimientos de Vélez fueron inmediatamente sofocados por una
columna de tropas del Gobierno, man-
dada por los coroneles Juan José Neira y Manuel María Franco;
pero herido desgraciadamente el coronel Neira en uno de los
tiroteos que tuvieron lugar, hubo de regresar a esta capital. El
coronel Franco y el mayor Alfonso Acevedo, gobernador de Vélez,
con unos 500 hombres de muy buena tropa, se precipitaron sobre el
Socorro con sobra de imprudencia, y esperados por el coronel
González, ya titulado por sí y ante sí excelentísimo señor jefe
superior del Estado, fueron rodeados, atacados, vencidos y hechos
prisioneros todos por fuerza mayor. La noticia de tal fracaso,
ignorándose la derrota del general Obando, produjo en esta capital
un completo desconcierto, como lo prueba la siguiente
circular:
|"República de la Nueva Granada.- Secretaria de lo interior y
relaciones exteriores.- Bogotá, 7
|de octubre
|de 1840.
"Señor gobernador de la provincia de...
"Esta noche ha sido impuesto el Poder Ejecutivo, de un modo
auténtico, de la derrota y completa captura que sufrieron a las
inmediaciones de la villa del Socorro, en la tarde del 29 de
septiembre, las tropas que, a las órdenes del coronel Manuel M.
Franco y del sargento mayor Alfonso Acevedo, penetraron en aquella
provincia con motivo de la insurrección en que se declararon sus
pueblos. Ese hecho de armas ha sido decisivo respecto a la cuestión
del orden legal que se ventilaba, pues el Poder Ejecutivo carece
en la actualidad de los recursos que serían necesarios para llevar
con empeño la empresa de reducir a la obediencia a los
disidentes. Lo participo a vuestra señoría de orden del Poder
Ejecutivo, para su conocimiento, recomendándole al mismo tiempo que
cualquiera que sea el curso ulterior de los sucesos en esta parte
del territorio de la República, se esfuerce, por todos los medios
posibles, en conservar el régimen legal y la tranquilidad pública
en la provincia de su mando.
"Dios guarde a vuestra señoría.
"LINO DE POMBO"
Esta circular, verdadero grito de "sálvese quien pueda", alentó
a los rebeldes, y la revolución tomó un incremento formidable. Los
liberales, cuyo título se apropiaban, aumentaron su número con los
especuladores en política, que husmean de qué lado viene el vapor
de las probabilidades favorables, para tomar un puesto; bien que
hasta amigos leales del Gobierno, creyéndose autorizados por la
circular, y dominados por la idea de "evitar mayores males",
aflojaron. Pero los más, firmes en sus convicciones, tuvieron, y
bien puedo decir "tuvimos", la honra de no desesperar de la salud
de la patria y de salvarla.
Los primeros de éstos fueron los jefes de la división que estaba
en Pasto, quienes se resolvieron a hacer frente a todas las
eventualidades, a levantar un ejército y a marchar contra la
revolución donde fuese necesario, contando con la decisión de los
oficiales y tropa que mandaban.
Para llevar a efecto esta medida redentora, resolvió el general
Herrán pedir al general Flórez, que ya había repasado la frontera,
que devolviese 800 hombres escogidos para guarnecer a Pasto y para
mantener franca la comunicación con la costa del Pacifico. Dice el
general Mosquera:
"Prestóse franca y lealmente el Presidente del Ecuador a lo que
se le pidió, y nombré por jefe de las armas al que indicó el
general en jefe (el general Herrán) ".
La división granadina marchó por escalones a Popayán, y en el
tránsito y en esa ciudad, que era entusiasta, aumentó su número,
adelantándose con algunos cuerpos el general Mosquera quien con la
mayor actividad dispuso todo lo conveniente a su movilidad,
comunicó por posta a Bogotá la marcha de las tropas vencedoras, y a
la llegada del general Herrán se acabó de organizar un ejército
que, aunque pequeño, era bueno.
El Presidente de la República, amenazado de muerte, con los
rebeldes, comprendiendo que en las tropas del sur se fundaba la
esperanza más eficaz de hacer frente a la revolución, se separó de
su puesto transitoriamente,
|y se puso en marcha para Popayán
acompañado del secretario de guerra, general José María Ortega
quedando encargado del Poder Ejecutivo en esta ciudad el
vicepresidente de la República, general Domingo Caicedo. La
llegada del Presidente a Popayán fue una entrada triunfal: pueblo
y tropa, ricos y pobres, grandes y chicos, le rodearon con ese
sentimiento de adhesión popular y que enternece, cuando se
manifiesta espontáneamente y no es mandado como ahora se usa. Tuvo
pues una compensación a las injurias que los rebeldes le
irrogaban, tanto más consoladora, cuanto iba bajo las apariencias
de caído.
En aquella ciudad se reunió con los generales Herrán y Mosquera,
y acordaron partir inmediatamente con las tropas hacia esta
capital, a restablecer el Gobierno legítimo, si había sido
derrocado, defenderlo si se sostenía, pues con ese objeto se había
movido la división de Pasto.
III
El coronel Manuel González, cuando empujó a la rebelión la
provincia que mandaba, haciendo traición a la confianza que en su
honor y lealtad depositó el Gobierno, contó con la prolongación de
la guerra en Pasto y con el triunfo del general Obando, el que
todos los liberales anunciaban confiados. Animado luego con la
fácil victoria que obtuvo en La Polonia, marchó erguido sobre esta
capital con su ejército, que se proponía aumentar en Boyacá y
Cundinamarca, según las promesas que le hacían los rebeldes que en
ambos departamentos conspiraban descaradamente unos, a la sordina
otros, y en efecto lo aumentó.
En tan complicadas circunstancias el Gobierno consultó al
Consejo de Estado y a una junta de ciudadanos lo que convendría
hacer. La consulta al Consejo de Estado era forzosa
constitucionalmente, pero a la junta de ciudadanos no. Ya se sabe
lo que estas consultas y vacilaciones producen siempre: medias
medidas y resoluciones ineficaces, que alientan al enemigo, porque
son muestras de debilidad y de impotencia. Acordóse, pues, que el
Gobierno convocase al Congreso para el 19 de febrero próximo
(1841), y que se enviase una comisión de paz al coronel González,
y así se hizo. Los respetables señores Juan Clímaco Ordóñez y
Miguel Saturnino Uribe, naturales ambos del Estado de Santander,
fueron los comisionados elegidos por el Gobierno, y partieron
inmediatamente. Tiempo perdido: desde el principio debió conocerse
que aunque González hubiera querido ceder algún tanto, comprimido
por los
|clérigos sueltos que en gran número lo rodeaban, no
entraría en arreglos que pudieran ser aceptables. Altivo, empezó
por negar la proposición que le hicieron los comisionados, de
celebrar un armisticio para entenderse; les intimó arresto y les
entregó un pliego que contenía ocho proposiciones, por las que se
exigía la abdicación
completa y humillante del Gobierno: hélas aquí:
"1ª La ocupación por el ejército del Estado del Socorro de la
villa de Zipaquirá como una garantía del cumplimiento de lo que se
estipule, remitiéndose a disposición del jefe superior tres mil
fusiles útiles con sus bayonetas y fornituras completes, veinte
cargas de pertrechos, quinientas lanzas y otras tantas carabinas
útiles, con sus cananas, y tres mil quinientas piedras de
chispa.
"2ª Que se respete la independencia del Estado libre del
Socorro, que han proclamado los pueblos que lo componen en
ejercicio de su soberanía, como también a la primer a autoridad que
con el título de jefe superior, batí puesto a la cabeza de su
Gobierno provincial, hasta tanto que reunida la Convención
granadina decida sobre la reforma que haya de hacerse en las
actuales instituciones de la República.
"3ª
|
|
Que el actual encargado del Poder Ejecutivo
expida sus órdenes, no solamente para que continúen su marcha a la
capital de Bogotá las fuerzas que se hayan pedido de la Costa y del
Sur, sino para que las primeras se reduzcan al número indispensable
para las respectivas guarniciones, y las segundas se pongan al
mando de jefes de confianza de los pueblos, por su amor a la
libertad, tales como los generales Antonio Obando e Hilario López,
y los coroneles Córdoba, Vesga, Acero y otros, pata que obren con
ellas contra las que del Ecuador hayan entrado en el territorio de
la Nueva Granada, hasta que lo evacuen completamente y se asegure
la independencia nacional, que es el primer deber del
Gobierno.
"4ª Que por parte del Gobierno general que lo ha sido de la
República, se proteste de la manera más enérgica y solemne contra
cualquier tratado que el general Herrán haya celebrado con el
Gobierno del Ecuador para el envío de tropas en su auxilio.
"5ª Que las secretarías de Estado de los tres despachos, las
gobernaciones y jefaturas militares de las provincias y el mando de
los cuerpos se confieran a personas que por sus comprometimientos
en favor de la causa de la libertad den garantías a los pueblos de
que dan radicalmente cortados todos los males por cuya causa han
tomado las armas, y de que no serán burladas sus esperanzas.
"6ª Que el Poder Ejecutivo convoque a la mayor brevedad una
convención que reconstruya el país según las exigencias y
necesidades de los pueblos.
"7ª Que se dé manifestación satisfactoria al señor Ministro del
Gobierno inglés sobre que se promoverá ante la convención la
aplicación de algunos ramos o de una parte considerable de los
fondos nacionales, para el pago de la deuda exterior y de sus
intereses, sobre que se ha dado a conocer tan poco celo por la
administración actual.
"8ª Que de las rentas irracionales se suministren las cantidades
suficientes para el gasto del ejército del Estado del Socorro, y
para los demás objetos indispensables en la observancia de esas
bases.
"Obtenida la aquiescencia expresa y formal del Poder Ejecutivo
a este arreglo, el jefe superior promete solemne y cordialmente
hacer, en cuanto de él dependa, que se mantenga el orden público,
que se respeten las garantías sociales e individuales, que se
observen la Constitución y las leyes en todo lo que sean
compatibles con este convenio, y que se obedezca a las
respectivas autoridades.
"Chiquinquirá, 21 de octubre de 1810.
"De orden del jefe superior del Socorro el secretario general,
Matías
|Ranjel.
"Es copia. --
|Miguel S. Uribe. Juan Climaco Ordóñez"
.
No quiero calificar este ultimátum, porque todavía después de
tantos años la sangre hierve al leerlo, pero le ruego al lector
recuerde la explicación que atrás hice del modo y términos como los
generales que obraban en Pasto obtuvieron el auxilio del Gobierno
aliado del Ecuador, que tanto o más amenazado que el nuestro en
las proclamas y actos del general Obando, tenía el deber y la
necesidad de precaverse y ayudar al triunfo de su aliado para la
seguridad de ambos. Tratado sobre cesión de territorio no hubo, ni
pudo haberlo, ni a nadie se le ocurrió que tal cosa pudiera
suceder, bien que los generales Herrán y Mosquera ofrecieran al
Presidente del Ecuador emplear su influencia como
|particulares para que se celebrase un nuevo arreglo de
límites en el que se diera al Ecuador una frontera por la parte de
Túquerres, aunque bien sabían ambos que aquello no se conseguiría;
pero era indispensable dar esperanzas a la opinión general de la
República del Ecuador, en la cual se ha visto esto como una
necesidad indispensable a su existencia.
Sin embargo se vociferaba por todas partes que se había
convenido formalmente en ceder al Ecuador la provincia de Pasto,
para cohonestar con esta imputación el crimen de la rebelión y
generalizarla.
IV
El triunfo de la revolución del Socorro en la Polonia, que
González se apresuró a comunicar a todas partes como decisivo; la
ausencia del Presidente, que en los primeros momentos hicieron
pasar los revolucionarios como una fuga, como una abdicación; la
circular de la secretaría de lo interior que atrás hemos visto;
la marcha de González sobre la capital; el sentí-
|
1 Ruego también al lector que recuerde
lo que hicieron los generales Obando y López cuando un ejército
peruano invadió la República como conquistador en 1829, y juzgue
de ambos hechos. En mi primer tomo me extendí sobre ese particular,
lo que merece volverse a leer para hacer la comparación y dar a
cada uno lo que es suyo.
|
También es del caso mencionar el hecho reciente de haber el
Presidente, señor Santiago Pérez, en
|1875, excitado a los
ministros extranjeros a que reclamaran el auxilio de sus buques de
guerra y desembarque de tropas de sus respectivas naciones en los
Estados de la costa del Atlántico pata dar protección (se dijo) a
sus nacionales, a quienes nadie amenazaba. Aun suponiendo cierto
esto, era interés infinitamente secundario, comparado con el
grandísimo que en Pasto hizo indispensable, la concurrencia de un
Gobierno amigo, hermano y aliado, para la defensa de ambos, más
bien que pronunciamiento, de Boyacá a la revolución; los
compromisos, en fin, contraídos por los partidarios del general
Obando, cuya muerte negaban, animaron en varias provincias a los
oposicionistas a pronunciarse contra el Gobierno, arrastrando a
muchos otros ciudadanos que, dominados por la idea de que la
revolución triunfaría y que toda resistencia seria un sacrificio
inútil y ruinoso, cedieron.
La revolución se excitaba tajo las goteras del palacio de
Gobierno. No sólo los periódicos sino boletines exagerados de
triunfos, principalmente el de Polonia, se publicaban y se
circulaban por las calles de la capital; se suponía en ellos al
general Obando en imponente situación y a las tropas del Gobierno
casi aniquiladas. Bajo tales impresiones el 8 de octubre (1840) se
pronunció el coronel Salvador Córdoba, apoderándose del cuartel de
Medellín. Esa ciudad en su mayor parte, y puede decirse que en su
totalidad por lo que hace a la gente principal, era decidida por el
mantenimiento del orden y el sostenimiento del Gobierno; pero no
opuso resistencia. En la ciudad de Antioquia, luego tuve tuvieron
noticia de este acto proditorio, se reunieron los vecinos
principales y una inmensa muchedumbre de lo que llaman
|pueblo, como si todos no fuéramos pueblo, y acordaron
reiterar las protestas y juramentos de sumisión y obediencia al
Gobierno supremo y legítimo de la Nueva Granada, encargando al
antiguo patriota, señor Manuel Corral, la honorífica comisión de
mantener la obediencia al mismo Gobierno y la observancia de la
Constitución y de las leyes. Igual acuerdo celebraron los vecinos
notables de Marinilla.
El reverendo obispo de la diócesis, doctor Juan de la Cruz Gómez
Plata, liberal santanderista, pero antes que
|liberal obispo,
también se encaró sañudo a Córdoba en una nota improbatoria de su
movimiento, reclamándole la libertad de dos curas que había
reducido a prisión.
En los pueblos todos, la improbación moral se manifestó
uniforme. Y sin embargo, pasado aquel primer momento de entusiasmo,
por todas partes se cedió, y el coronel Córdoba dominó. Esto era
consiguiente a la creencia general de que el Gobierno Nacional era
impotente para sofocar la revolución de González, que seria
seguida, como en efecto lo fué, en otras provincias.
Contribuyó también a producir desaliento el que el señor
Francisco A. Obregón, gobernador civil de la provincia, tomara
traidoramente parte activa en la revolución de Córdoba, lo que
daba a ésta la fuerza de la acción de la autoridad.
González, animado con este apoyo, marchó decidido sobre esta
capital, y de Zipaquirá pasó una nota directa al Jefe del Gobierno,
prescindiendo del secretario del despacho, por cuyo conducto debió
dirigirla, nota mucho más insultante que aquella en que hacía las
ocho proposiciones que hemos visto. En ella repetía la calumnia de
que se había vendido al Ecuador una parte interesante del
territorio de la República, y concluía amenazando que si no se
accedía a las proposiciones que había hecho, atacaría la capital y
la entregada a merced de los 300 llaneros, que de un momento a
otro se incorporarían en sus tropas: eran los más venezolanos,
enrolados con el coronel Francisco Farfán, también venezolano
revolucionario en su país, que asilado en el territorio granadino
de Casanare correspondía ingrato, con traición, a la hospitalidad
que generosamente recibiera.
V
Desde que el Gobierno supo la llegada de los facciosos a Tunja,
tomó algunas medidas para defender la capital, que es indefensable
si no la guarnece una fuerza triple cuando menos de la que la
ataca; medidas que se ejecutaban con desaliento porque no se tenía
confianza en el éxito.
Pero recíbese la intimación de González, se hace pública la
amenaza de los 300 llaneros, a cuya discreción se entregaría la
ciudad, y un héroe sin rival entre los granadinos monta a caballo,
empuña su lanza que ilustró como bravo entre los bravos en la
guerra heroica de la independencia, corre las calles, llama a los
ciudadanos a las armas, se encara a los oposicionistas y los
amenaza y los espanta. A tan inesperada novedad, que circula de
boca en boca, la población en masa se conmueve y se agrupa
alrededor del héroe que enérgico la arenga. Su
gallarda estatura, su gentil continente, sus grandes ojos negros
que relampaguean, su vibrante voz, todo impresiona, todo reanima,
todo exalta, y el entusiasmo estalla. ¿Quién era ese hombre que tal
prodigio verificaba? Era el coronel JUAN JOSE NEIRA.
Hombres, mujeres, viejos, jóvenes de todas las cIases de la
sociedad, hasta los sacerdotes, acuden presurosos y alegres, unos
a trabajar para poner la ciudad en estado de defensa, otros a tomar
el fusil o la lanza, prorrumpiendo en gritos alborozados de "¡Viva
Neira! ¡ Viva el Gobierno legítimo!".
Los artesanos, desde el maestro calzado de botines hasta el
último oficial de alpargata, mezclados con los jóvenes de cabello
rizado, casaca y sombrero de pelo, forman como soldados el grueso
de la infantería.
¡ Ah! lo que eran los artesanos de entonces! ... Todavía no se
habían inventado esas sociedades peligrosas y amenazantes llamadas
"democráticas", que si no fuera por la buena índole del pueblo, que
resiste algún tanto a los malignos esfuerzos que se hacen para
corromperlo y desmoralizarlo, harían imposible todo orden social,
y la anarquía, la inseguridad, dominarían por sobre las leyes de
Dios y de los hombres, hasta llegar a la
|Commune y al
petróleo!
La más fuerte columna (le estas tropas formadas a la ligera,
marchó a las órdenes de los generales Joaquín París y Francisco de
Paula Vélez a sítuarse en posiciones hacia el lado de Zipaquirá;
el general Francisco Urdaneta, con otra menor, cubría la entrada de
la ciudad por el camino de San Diego; en la plaza de la catedral
hoy de Bolívar) quedó otra de reserva, compuesta de los empleados,
comerciantes, tenderos, especieros, buhoneros, que se manifestaban
resueltos.
El coronel Neira marchó a la sabana con unos 80 húsares, altas
de hospital, del regimiento que llevó el coronel Franco a la
malhadada Polonia, y en la Sabana se le unieron tres pequeños
escuadrones de milicias, algunos voluntarios sueltos y 70 hombres
de infantería, también de milicia, en todo poco más de 400
hombres.
VI
El día 28 de octubre (1840), como a las ocho de la mañana, se
encontré Neira en el callejón de La Culebrera, en la hacienda de
|Buenuvista, frente a frente de la columna enemiga que
buscaba, fuerte de unos 800 hombres, los más de caballería,
mandada por el coronel Juan José Reyes Patria y el comandante
Antonio Samper, ambos militares de fama como valientes y
beneméritos en el ejército de la Independencia. Las dos fuerzas
se paran al verse, se miden en una rápida ojeada, y en tan solemne
momento, en que el hombre más valeroso se inmuta y palidece, da
Neixa el grito de "¡A la carga!" "¡A la carga!" responden los jefes
enemigos, y se precipitan unos contra otros como si so odiaran; y
las lanzas se cruzan, y la sangre humana y amiga de antiguos
conmilitones empapa el suelo... Neira es gravemente herido, pero
se mantiene a caballo y sigue combatiendo; los 70 milicianos de
infanteria habían sido antes rodeados, batidos y hechos
prisioneros. El comandante Samper, creyendo llegada la hora de
decidir la lid terrible, se precipita sobre el grueso de nuestras
tropas; pero una lanzada que le atraviesa el pecho, le detiene, y
vacila, y cae, y muere. Esto hastó para que la victoria se
declarara en favor de los defensores del Gobierno. El enemigo huye
desbandado dejando en el campo más de 100 muertos, algunos heridos
y muchos prisioneros. Nuestro pequeño ejército sufrió también
considerables pérdidas.
En aquella gloriosa jornada, de que se honrarían los más
afamados guerreros de la historia, se salvó la República. Y por la
República, una vez establecida, entiendo yo el principio salvador
de la entidad sagrada de LA LEGALIDAD y del GOBIERNO LEGITIMO.¹
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1 Entre los jóvenes que acompañaron a
Neira y se distinguieron, fueron los principales ciudadanos
Joaquín, Camilo y Antonio Sarmiento; Alejo, Evaristo y José María
de la Torre; José Agudelo, Juan Silva, Antonio París, Mariano
Lagos, David Forero y Lino Peña; y los militares, comandantes Ramón
Arjona, Mariano Posse, José Vargas París; Capitanes J. Pantoja,
José María Martínez, llanero venezolano; tenientes Calderón y
Betancur, y algunos sargentos.
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Mérito grande, sin duda, contrajeron los generales, jefes,
oficiales y tropa que hicieron la campaña de Pasto; importante fue
por su trascendencia la acción de Huilquipamba; pero si González
hubiera ocupado la capital y se hubiera apoderado del Gobierno, la
revolución habría tomado un incremento de tanta magnitud, que las
fuerzas que venían de Popayán habrían sido insuficientes para
sofocarla.
La llegada de los derrotados a Zípaquirá introdujo el terror en
las filas revolucionarias, y González, desconcertado, resolvió
retirarse.
Nuestras tropas, aunque pocas, lo persiguieron a las órdenes del
general París, hasta Tunja, de donde regresaron por orden del
Gobierno a unirse a las que venían del Sur.
González, aturdido, continuó su retirada hasta Sogamoso a
esperar allí los llaneros de Farfán, que era la amenaza con que
creía infundir mayor miedo. Llegados éstos, volvió sobre Zipaquirá
con 1.600 hombres, y en una nota, más comedida que la primera,
repitió su propuesta de arreglos, que el Gobierno no admitió,
aunque acababa de recibir la noticia de los
|pronunciamientos
de las provincias de la costa del Atlántico, de que hablaré muy
pronto.
VII
El Presidente Márquez, que se adelantó de las tropas que con él
venían, entró a esta ciudad victoreado y en extremo aplaudido (21
de noviembre de 1840), y se encargó del Podér Ejecutivo al día
siguiente.
Sucesivamente fueron llegando el general Herrán, el general
Mosquera y los veteranos que conducían, lo que obligó a González a
retirarse al Socorro.
Generales, jefes, oficiales y tropa fueron recibidos como debían
serlo. Triunfar es la gran cuestión de la vida, en todo sentido:
así es que no hay un placer igual al que goza el militar cuya
frente ha orlado la victoria; como no hay dolor más agudo, mayor
martirio que el que causa el haber sido vencido.
El vencedor es halagado, aunque la fortuna más que su propio
mérito o sus esfuerzos le hayan dado el triun
lo; el vencido es vilipendiado, cuando no acriminado, aunque
haya cumplido con su deber y su desgracia no provenga de culpas o
errores suyos. Así es la justicia de los hombres. Pero la ovación,
los aplausos que se tributaron a los jefes y tropa que regresaron
de Pasto, fueron bien merecidos, porque diez y seis meses de una
campaña, en extremo laboriosa y desesperante, de combates diarios
y mortíferos, de sorpresas que interrumpían el descanso reparador
del sueño, de privaciones y penalidades, en fin, que sólo pueden
valorar los que conozcan aquel territorio, los hicieron acreedores
al calificativo da beneméritos en grado eminente.
El heroico Neira, después de los meses de sufrimientos y de
operaciones quirúrgicas inútiles, pues que sus heridas fueron
reconocidas mortales, expiró como cristiano católico y penitente el
7 de enero (1841), lo mismo que murieron Bolívar y Santander, Soto
y Azuero y todos los mártires de 1816...
Jamás en Bogotá se habían hecho, ni se han hecho después,
iguales demostraciones de duelo a las que Neira mereció al morir;
ese sí, con justo título, se miró como un duelo nacional: más de
6000 personas concurrieron llorando a sus exequias, y llorar se
oía en todas las cosas. Se le hicieron los honores de capitán
general, y ni aun los enemigos se han atrevido a manchar su
memoria. Sólo el general Obando, en su libro de Lima, lo llama el
brutal Neira. En el magnífico cementerio de esta ciudad hay una
sencilla columna de mármol, y en su cima se ve el busto del héroe,
sin otra inscripción que ésta: NEIRA. Una palabra más no habría
servido sino para amortiguar el retumbo de ese nombre
gloriosísimo.
Estos acontecimientos y sus incidentes, que tienen lugar
simultáneamente, hacen difícil seguir su orden cronológico al
historiarlos. Tengo, por tanto, que volver atrás, para tratar con
extensión de los que me tocan de cerca, pues que la naturaleza y el
objeto de estas
|Memorias así lo exigen.