tropas que se hallaban a las órdenes del comandante general del
departamento (el general Obando), empleándolo en cuanto ocurría en
aquellas críticas circunstancias.
Ahora bien: el general Obando en su libro niega haberle dado
servicio ni empleándolo hasta la época de la
|acción de
Palmira. ¿A cuál de los dos generales nos atenernos? Y si la
memoria de aquellos estupros, violencias y otros torpes delitos
"será igual a la duración de aquellos pueblos", como dice el
general Obando, ¿de quién o de quiénes se tuvieron esos buenos
informes de que habla el general López, precisamente en el país en
donde, según el general Obando, había Morillo ejecutado tantas y
tan espantosas atrocidades? Yo no acierto e. coordinar estos
diversos asertos.
|Y no es de dejar pasar inadvertido el que
en muchas cosas de gravedad críen en desacuerdo los generales
Obando y López, haciendo así imposible lijar el criterio de la
historia.
Hay en el certificado del general López algo más de alguna
significación. Dice que Morillo marchó a sus órdenes en la pequeña
columna veterana con que intentó recuperar la provincia de Neiva,
ocupada ya por los facciosos del Callao, lo que significa que
estaba en servicio muchos meses antes de la
|acción de
Palmira, y añade que sin embargo de haber sido infiel la expresada
columna, el señor coronel Morillo,
|que era
|entonces
teniente coronel fue -continúa el general López- "uno de los
pocos que se mantuvieron firmes y leales". Es fácil comprender el
porqué tenía Morillo que ser fiel leal... y yo no quiero
insinuarlo.
Morillo, según varios documentos que se hallan en el proceso,
entró al servicio de las armas en Venezuela, como aspirante, a
fines de 1810, y concurrió a las más importantes acciones de
guerra, bajo las órdenes de los generales Miranda, Bolívar, Mariño,
Rivas y Urdaneta, en Valencia, en La Cabrera, en Los Horcones, en
el sitio de Barinas, en Ospinos, en Bárbula, en Carabobo, Bomboná,
Guáltara, Catambuco y Pasto. Fue hecho alférez el año de 1813 y
teniente el año de 1814, en Venezuela; capitán en Popayán por el
Libertador el 22 de febrero de 1822. Pocos y muy pocos militares
han alcanzado una hoja de servicios semejante. No era un hombre
vulgar, tenía talento natural, hablaba y escribía bien hasta donde
era posible que lo hiciera un hombre que casi un niño entró al
servicio, en los días del grande entusiasmo en Venezuela.
Vino a Pasto en mayo de 1830 expulsado del Ecuador con otros
oficiales por el general Isidoro Barriga, comandante general del
departamento de Quito, y no por el general Flórez, que estaba en
Guayaquil. EI general Obando, que llegó dos o tres días después a
Pasto y que ya lo conocía, lo ocupó según lo expresa en su
certificado, añadiendo que sirvió "con honradez y con empeño
cuantos destinos se le confiaron"; y aunque en su libro de Lima
hace de él una especie de monstruo abominable, en su certificado,
como lo acabamos de ver, le hace aparecer como un gran liberal
acreedor a las consideraciones del Gobierno de la Nueva Granada,
por su constancia en pertenecer a la buena causa.
Por este liberalismo, sin duda, el general Obando lo ascendió de
capitán a teniente coronel efectivo, y poco después le dio el grado
de coronel, lo que con la recomendación anterior, prueba una
distinción marcada que se aviene mal con la horrorosa pintura que
hace de él. ¿Y qué servicios pudo prestar Morillo en tan poco
tiempo para merecer estas recompensas y estos encomios? El haber
concurrido a la llamada acción de Palmira no me parece mérito
suficiente. Que Morillo tuviera grandes defectos, lo indica el
atraso en su carrera, cuando con su brillante hoja de servicios
apenas era capitán en 1830, bien que después hubiera sido ascendido
de capitán a coronel, por el general Obando, en unos pocos meses.
Basta lo expuesto para que el lector juzgue por sí de estas
inexplicables inconsecuencias, y volvamos al asunto principal.
XV
Este capítulo se me está haciendo largo, y a cada renglón más
penoso. Qué intrincado laberinto de argumentos, de afirmaciones,
de negaciones, de réplicas y de odiosas recriminaciones tengo que
examinar para escribirlo. Y jamás, desde que se han incoado y
seguido procesos judiciales en el mundo, se habrá visto uno
semejante; todo porque el acusado principal era un personaje
"fuerte y afortunado", sostenido por un partido inteligente y
audaz. Para ese partido era ya una cuestión de amor propio y de
alto interés defender a uno de sus más encumbrados adalides, y
hasta este punto sería excusable si para ello no vulnerase éste de
la manera más inmerecida a hombres venerables, que hacían la honra
del país por sus eminentes cualidades, por la rectitud de sus
procederes, por su patriotismo, por su honradez, en fin, de mil
maneras comprobada.
Según mi modo de juzgar las acciones humanas, este sistema de
defensa que adoptó el general Obando fue peor que el delito mismo
de que era acusado, En éste la pasión política excandecida, las
excitaciones de los copartidarios y de los más íntimos amigos, y
aun acaso un falso concepto de conveniencia para el triunfo de una
idea, puede servir, algún tanto, de disculpa. La historia universal
está llena de hechos semejantes; pero sus autores han arrostrado la
responsabilidad con valor, y los confesaban y daban razones para
procurar legitimarlos: lo que no ha llegado a mi noticia es que
uno solo procediera como lo ha hecho el general Obando en su
defensa. Veamos otro párrafo de su libro, que dice así:
"En la serie de calumnias de que los partidos antinacionales se
han prevalido para triunfar de su adversario, en pocas se
encontrará un esfuerzo tan bárbaro y corrompido como el que en
ésta ha mostrado la facción gobernante de mi patria, para hacer
criminal a un temible inocente, desviando al mismo tiempo la recta
indagación del delito por favorecer al verdadero delincuente: sus
medidas han pasado ya la raya de lo racional y entregándose a un
encarnizamiento que sólo puede pertenecer a bestias feroces: la
venda que tapa sus ojos es tan apretada, que juran ser de noche
porque no quieren ver la luz del mediodía; y su furor tan remate
do, que huyen de la verdad por no confesarla, como el perro rabioso
huye del agua por no beberla".
Cuando se escriben estas cosas y otras peores para la historia,
esto es, para la posteridad, yo, como testigo coetáneo, tengo el
deber de honor, de conciencia y de patriotismo de refutarías, en
defensa de un Gobierno intachable, de sus agentes y leales
servidores, del nobilísimo jefe de las tropas nacionales en Pasto,
y del partido a que pertenecí en aquella época trabajosa, y en el
que me he conservado hasta caer con él y con el principio sagrado
de la legitimidad, bajo la cuchilla de la más injustificable de las
rebeliones que han azotado al país.
|Y para llenar este deber
imprescindible para mí, he echado sobre mis débiles hombros la
pesada tarea que estoy cumpliendo.
Después de lo que se ha visto certificado bajo la palabra de
honor por los generales Obando y López, supone el primero en el
folleto titulado
|Los acusadores de Obando juzgados por sus
propios enemigos, que Morillo no vino a la Nueva Granada
expulsado del Ecuador, sino enviado por el general Flórez a cometer
el asesinato. Ya esto siquiera es confesar que Morillo lo ejecutó,
lo que es mucho; la cuestión, pues, queda reducida a preguntar ¿con
quiénes lo ejecutó? Pero el sargento licenciado de caballería
Lorenzo Caicedo, criado de estimación del general Sucre, que le
acompañaba, vio cuatro hombres armados de fusiles y no de
carabinas, los tres de ruana y uno de sable ceñido, y el mismo
Morillo, Eraso, la mujer y el entenado de éste dijeron, bajo
juramento, y repetían sin él, quiénes eran aquellos tres hombres de
ruana, los cuales poco después murieron repentinamente, lo que fue
de completa notoriedad; y esta muerte repentina de los tres
infelices ejecutores obedientes, dice más que cien declaraciones y
que cien libros que se escriban, inclusos los míos.
Al día siguiente del asesinato, cuando llegó la noticia a
Pasto, y el general Obando escribió sus cartas contradictorias que
transcribí en mi primer tomo, envió de mensajero confidencial suyo
cerca del general Flórez, al presbítero Ignacio Valdés, capellán
del batallón
|Vargas, acompañado del 2º ayudante de dicho
cuerpo, Pedro Prías. En la villa de Ibarra supo el Padre Valdés que
el general Flórez estaba en Guayaquil, y resolvió entregar los
pliegos al gobernador de la provincia y no seguir a Quito; pero
después fue a dicha ciudad, pues en el manifiesto del Gobierno del
Ecuador aparece haber rendido en ella una declaración, cuya parte
sustancial es la siguiente:
"Preguntado si había oído quién pudiera ser el agresor de este
crimen, respondió que se atribuía a una partida de asesinos
acaudillados por un tal Noriega o Noguera, que hace mucho tiempo
andan robando... igualmente dice que se atribuía al comandante
Morillo ser el agresor, porque el miércoles de aquella semana
habla marchado para el Cauca, después de haber hablado inicuamente
contra las autoridades del Sur y aun contra la misma persona del
Gran Mariscal, y que esto lo oyó a un señor Paz y a otros que no se
acuerda, y que también por igual sospecha oyó el declarante al
general Obando preguntar que cuál día había marchado el Comandante
Morillo.
"Preguntado: con qué motivo se le había dado esta comisión,
cuando para conducir esos pliegos bastaba la persona del segundo
ayudante del batallón
|Vargas, que también vino en su
compañía, dijo: en primer lugar, que la comisión la dieron
directamente al que declara, y que lo acompañaron, por si el
declarante se enfermaba o se cansaba en la marcha, por no estar
acostumbrado a semejantes fatigas, y
|que el asunto principal de
su venida era hablarle verbalmente a su excelencia el ¡eje de la
administración sobre muchos particulares, recomendados por el
general Obando, a consecuencia de que semejante suceso
|podía
atribuirse ser por orden del referido general Obando, como él mismo
lo decía, y también a provocar transacciones para evitar la
guerra"...
Baralt y Díaz, en su
|Historia de Venezuela, hacen notar
cuán extraño era que el general Obando hubiese creído necesario
enviar una comisión para sincerarse con el Gobierno del Ecuador,
antes que nadie lo hubiese culpado, y deducen lo que de dicho acto
se desprende. Yo también noto que el enviado del general Obando
dijera en Quito que se sospechaba y que aun el mismo general
sospechaba que Morillo había sido el ejecutor del atentado, y
extraño que lejos de tomarse la menor medida para inquirir en qué
se fundaban esas sospechas, lo empleara el general Obando en
diferentes comisiones, le ascendiera a dos altos grados en el
ejército, y lo declarara acreedor a las consideraciones del
Gobierno de la Nueva Granada, por su constancia en pertenecer a la
causa de la libertad. Pero lo que hay de cierto es que ni en Pasto
ni en ninguna parte sonó el nombre de Morillo, hasta que el
presbítero Valdés lo pronunció en el Ecuador, y después, con más
retumbo, cuando las nivelaciones de Eraso. Antes nunca se habló
sino de los generales Obando y López, de Sarria y Eraso, por un
lado y del general Flórez por el otro. El presbítero Valdés salió
de Pasto el 5 de junio, el mismo día que llegó a dicha ciudad la
noticia de que se había consumado el sacrificio, y el mismo día que
el general Obando la comunicaba al general Flórez diciéndole:
Mi amigo: he llegado al colmo de mis desgracias: cuando yo
estaba contraído puramente a mi deber, y cuando un cúmulo de
acontecimientos agobiaban mi alma, ha sucedido la desgracia más
grande que podía esperarse. Acabo de recibir parte de que el
general Sucre ha sido asesinado en la montaña de Berruecos, ayer 4.
Míreme usted como hombre público, y míreme por todos aspectos, y no
verá sino un hombre todo desgraciado. Cuanto se quiera decir va a
decirse, y yo voy a cargar con la execración pública... Todos los
indicios están contra esa facción eterna de la montaña", etc.
Esta carta era una de las que llevaba el capellán Valdés.
Al comandante general de Quito (general Isidoro Barriga) le dijo
de oficio el mismo día, que el inveterado malhechor Noguera había
asesinado al general Sucre; oficio que llevaba también el capellán
comisionado.¹
Ni en estas notas ni en las demás que escribió el general
Obando el mismo día, comunicando la noticia, ya de un modo ya de
otro, nombra a Morillo para nada, ni tampoco lo hizo cuando hablaba
de desertores del ejército del Sur, o de soldados disfrazados, o de
carabineros de una escolta del general Guerrero, todo lo que con
extensión expliqué en mi primer tomo; luego no pudo hacer la
pregunta de "cuál día había marchado el comandante Morillo". Se
deduce, pues, que esta parte de la declaración del capellán Valdés
era lo que debía decir el general Flórez verbalmente.
|
1 De estas cartas hablé en mi primer tomo, pero conviene
repetirlas para fijar bien su significación o para recordarlas si
se han olvidado. Muchas cosas repito intencionalmente con el mismo
objeto, otras lo haré por descuido, pero su repetición si no
aprovecha no dalia.
|
XVI
Pasemos a examinar las siguientes observaciones del general
Obando, que pueden preocupar y llamar serian mente la atención, si
se consideran aisladas y no se aclaran. Dice así:
"Parece que la ejecución de un proyecto de tanta magnitud y
trascendencia debería encomendarse a hombre que tuviese conmigo
estrechas relaciones y que fuese de mi más plena confianza. ¿Y qué
relaciones ni confianza podían mediar entre Morillo y yo?
¿Relaciones y confianza de este tamaño se adquieren en un momento?
Morillo jamás había servido a mis órdenes: yo le conocí, como a
uno de tantos, en la campaña de Pasto de 1823, en clase de capitán,
agregado al batallón
|Quito, que mandaba Pallares; desde
principios de 1824, que pasé a mandar las fuerzas del Mayo, no
volví a verle hasta el año de 1830, cuando lo encontré recién
llegado de Quito, seis días antes de la muerte de Sucre, y éstas
eran entonces todas nuestras relaciones".
Sigue hablando de cómo lo empleó en la organización de fuerzas
para resistir "a la facción triunfante en el Santuario", y
dice:
"¿Me habría faltado a mi otro a quien encargar un hecho
semejante, entre tantos jefes y oficiales merecedores de toda mi
confianza, cuya fiel amistad no me ha exceptuado el sacrificio de
su sangre, y a quienes yo he formado y protegido en su carrera?
Casualmente se hallaba en Pasto el comandante Juan Gregorio Sarria,
comisionado por el jefe político de Popayán, de quien dispuse
entonces para conducir pliegos importantes del servicio para el
prefecto Arroyo; todos saben que este fiel jefe y amigo ha servido
siempre a mi lado y a mis órdenes, desde el principio de su
carrera; que le he creado, formado y protegido en ella, haciendo
justicia a su gran valor, a sus servicios y a su fidelidad a la
causa de los principios"...
Y continúa:
"¿No parecía, pues, más natural y prudente que en el caso de ser
yo el
|interesado en la muerte de Sucre, hubiera confiado
esta ardua comisión a Sarria, que era todo
|mío, digámoslo
así, más bien que a Morillo, que era todo ajena, visto por todos
sus lados? Entre Sarria y Morillo, ¿cabe alguna duda de a cuál de
los dos habría yo escogido? Tan cierto es esto, que mis enemigos,
desde que sucedió el asesinato, y para echar sobre mí las primeras
sospechas y presunciones, quisieron señalar a Sarria como el
ejecutor de aquella muerte".
No tanto por la impresión que pudieran haber causado en algunos
lectores estas observaciones morales contra la lógica irresistible
de los hechos, cuanto por fijar las ideas sobre las alusiones, ya
directas, ya indirectas, que hace el general Obando para
justificarse él y culpar a otros, voy a decir algo sobre el alegato
anterior.
El capitán Apolinar Morillo fue el año de 1827 dado de baja en
su batallón, que se hallaba en Riobamba, y confinado como
sospechoso a la provincia de Imbabura por haberse manifestado
adicto a la 3ª división cuando el Perú invadió a Colombia, y desde
dicho año no le volvió a ver el general Flórez. Vino a Pasto en
1830 expulsado del Ecuador por el general Isidoro Barriga, con
otros oficiales.¹ Desde que llegó "hablaba inicuamente contra las
autoridades del Sur" (es decir, del Ecuador) "y aun contra la misma
persona de su excelencia el Gran Mariscal". ²
Un militar a quien botan de su cuerpo, confinan a una provincia
por tres años, expulsan luego del país en que servía y postergan,
por consiguiente, en su carrera, debía necesariamente estar
enconado hasta la rabia contra los generales Flórez y Barriga, que
tales habían tomado contra él; y en semejante estado de furor, era
natural que se expresara contra ellos en los términos que refiere
el presbítero Valdés. Por esto mismo destruye completamente toda
idea de que pudiera ser instrumento de uno de los dos o de
ambos.
Que también hablara mal del general Sucre, se comprende;
Morillo era enemigo del Libertador, pues que era adicto a la 3ª
división, y Sucre fue siempre uno
|
1 Comprobantes: certificado de los generales Pallares y Barriga
y de los coroneles Darío Morales y José María Guerrero. Este ultimo
era jefe del batallón a que pertenecía Morillo cuando fue dado de
baja y confinado a Imbabura.
|
|
2 Declaraciones del sacerdote enviado por el general Obando a
hablar privadamente con el Presidente del Ecuador.
|
de sus más leales amigos. Además, Morillo estaba enconado con
Bolívar, con Sucre, con todos, por su postergación que calificaba
de injusta, como hacen todos en su caso; natural era, pues, que los
aunara en sus maldiciones.
Y si aunque liberal, merecedor de las consideraciones del
Gobierno, por haber sostenido siempre la buena causa, era al mismo
tiempo un malhechor, un asesino avezado a todos los crímenes, un
bandido atroz, como lo describe el general Obando, semejantes
antecedentes daban la seguridad de su pronta aquiescencia a cometer
el asesinato de un amigo del
|tirano y de un traidor que iba
a entregar al Perú los departamentos del Sur, según vimos en
aquella carta del general Obando al general Murgueítio.
De todo lo expuesto se deduce que bien se podía hacer a Morillo
la propuesta, sin necesidad de que fuera un amigo personal como
Sarria. Por otra parte, siendo Morillo "venezolano, paisano de
Flórez", ya que se encontraba en Pasto tan oportunamente, era bajo
todos aspectos preferible al mismo Sarria para la ejecución del
hecho, facilitando así el medio de alejar las sospechas de un lado
y hacerlas refluir al otro.
Una declaración del cura de Matituy corrobora la del colector de
rentas de Pasto, y prueba que Alvarez estaba en dicha ciudad el 30
y 31 de mayo.
Otras certificaciones del coronel Manuel Barrera, del coronel
Juan Pereira, del comandante Marcos Salazar y del comandante
Eusebio Acuña, hablan todas de Sarria como instantáneamente acusado
por la opinión pública de ejecutor del asesinato, por cuanto le
hizo salir el general Obando en una comisión, aun estando enfermo,
sin que se supiese qué comisión, ni el motivo de su urgencia. Y
añaden que, convencidos los jefes y oficiales del batallón
|Vargas de la culpabilidad de dicho general, resolvieron
pasarse al Ecuador, por no servir a sus órdenes, lo que los
humillaba, y así lo hicieron con el batallón.
Estas certificaciones no hacen una plena prueba, pero sirven de
fundamento para una inducción moral de algún valor, porque allí en
Pasto se podían combinar mejor las circunstancias del caso para
desengañarse o llegar a la convicción.
Sarria se hallaba atacado repentinamente de un fuerte dolor
eólico; podía morir, podía su mal prolongarse. El posta de Popayán
(de que habla el señor Restrepo en su
|Historia de Colombia)
con que se comunicaba al general Obando la llegada de la víctima a
aquella ciudad y su inmediata salida, lo recibió en la hacienda
de
|Meneses, pocas horas antes de su arribo a Pasto. El
tiempo era angustiado, los momentos estaban contados, el golpe
podía fallar si no se aventuraba el todo por el todo; causas son
éstas que hacen colegir el por qué se ocurrió a Morillo, quien hubo
de partir a la ligera, sin Sarria, que debía salir a alcanzarlo,
si se mejoraba; así fue que habiendo llegado a la pocilga de Eraso
el mismo día que el general Sucre, supo Eraso que Sarria podía
llegar también de un momento a otro, y fue a encontrarse con él a
La Venta, adelantándose al general por un sendero extraviado. Es
claro que no habiendo ni el general, ni el señor Trelles, ni sus
criados, ni los arrieros visto a Morillo en el Salto de Mayo,
estuvo oculto, y lo que esto significa no hay para qué apuntarlo.
Si Sarria no hubiera llegado tan a tiempo, es probable que Eraso,
que vacilaba, no se hubiera resuelto a comprometerse. Morillo, sin
hombres, fusiles, sin conocimiento de la montaña no se habría
atrevido o no habría podido dar el golpe solo. ¡Cuántas cosas
suceden o dejan de suceder por veinticuatro horas de más o de
menos!
En el juicio presentó el general Obando una exposición impresa
de un coronel Bravo, enemigo del general Flórez, venido a Pasto
prófugo del Ecuador, en la que decía, entre otras cosas, que dicho
general había tocado antes con él, proponiéndole que asesinase al
Mariscal Sucre; y otra de aquel comandante Sáenz, el que se nos
pasó en 1832 con la fuerza que mandaba, en la cual acusaba a
Flórez de enemigo de dicho Mariscal.
Todo esto puede o no ser cierto; pero no prueba que el general
Flórez desde el Ecuador tuviera medios de ejecutar el asesinato en
e' confín de la provincia de Pasto. Sobre esta imposibilidad
absoluta me extendí en mi primer tomo, y por tanto me abstengo de
repetir lo que entonces dije, pero me ratifico en ello.
Otra observación hace el general Obando que no es de desatender:
dice que habiéndose visto con Eraso al
pasar por su casa del Salto, era más natural que le hubiese
instruido verbalmente de lo que hubiera de hacer más bien que
escribirle después una carta. En efecto, aSí parece; pero yo que he
procurado enterarme a fondo de cuanto en este terrible particular
ocurriera, encuentro una explicación a esta observación,
ciertamente fuerte, y voy a manifestarla, como juicio mío, sin
pretender hacer de ella un artículo de acusación. El general
Obando, al pasar por casa de Eraso, no sabía si el Mariscal Sucre
haría su viaje por la vía de Cali y la Buenaventura, o por Popayán
y Pasto; no sabía que hubiera llegado a Popayán y que siguiese
inmediatamente, sin detenerse ni a descansar unos días; esta
noticia le sorprendió pocas horas antes de llegar a Pasto; no es
extraño, pues, que no hubiera hablado anticipadamente con Eraso
sobre un asunto de tanta gravedad, antes de saber cuál de los dos
caminos escogería el viajero, o si se demoraría en Popayán algunos
días, o si retrocedería; pues el alarma era grande en Popayán, y
muchas personas le aconsejaron que se volviera y no pasara por
Pasto. En esta incertidumbre habría sido imprudente iniciar a
Eraso en un plan semejante, sin haber llegado el momento de
ejecutarlo. Si el general Obando hubiera recibido, antes de llegar
a casa de Eraso, el aviso que recibió dos días después cerca de
Pasto, su observación sería de mucha fuerza; pero con lo expuesto
creo que cualquiera duda que sobre el particular ocurriera queda
aclarada.
XVII
Apenas llegado el general Mosquera a Pasto, fue comisionado
cerca del Gobierno del Ecuador su sobrino, el entonces capitán
Julio Arboleda, para llevar comunicaciones del general Herrán
relativas a una entrevista que el general Flórez había propuesto
con el objeto de tratar de negocios de interés y de utilidad para
ambos países. No pudiendo concurrir a ella el general Herrán por
sus delicadas atenciones militares, fue en su lugar el general
Mosquera. Esta entrevista tenía un objeto plausible para la Nueva
Granada, por que los frailes de los conventos suprimidos de Pasto
auxiliaban a Noguera desde la línea con armas y municiones, y le
habían persuadido a que se pronunciase por el Ecuador. Semejante
intervención clandestina, que hacía sospechoso al Gobierno de
aquella República, complicaba la guerra de Pasto y podía
interrumpir las buenas relaciones que se mantenían entre los dos
países, lo que en tan delicadas circunstancias habría sido un mal
de tanta trascendencia, que podía llegar hasta la guerra
internacional además de la interna.
La entrevista tuvo lugar en la villa de Ibarra, adonde vino el
general Flórez, acompañado del secretario de lo interior, el señor
Marcos, caballero de grande influencia en su país, y por
consiguiente un testigo y un apoyo necesario para aquél.
En las conferencias no hubo doblez diplomático, y toda idea de
connivencia de aquel Gobierno con los frailes y asilados de Pasto
se disipó.
Como aquel acto tenía carácter oficial, nada se escribió, sino
que de palabra observó el general Mosquera que las circunstancias
en que se encontraba nuestra República no eran a propósito para
hablar sobre un nuevo tratado de límites, en lo que convino el
general Flórez. Mosquera todo lo que ofreció fue que, concluida la
guerra, recomendaría al Gobierno que se considerase la conveniencia
de aquel tratado, bien para acceder o negar, y que él como
particular lo apoyaría.
Sabían ambos que ningún partido ni ningún gobierno consentirían
jamás en la desmembración de la menor porción del territorio
granadino, no tanto por la tierra cuanto por sus habitantes; pero,
sin ofrecer aquella esperanza a los ecuatorianos, el general
Flórez se habría visto en dificultades para prepararse a hacer
frente a la revolución general que veía venir en Nueva Granada, la
que en caso de triunfar refluiría sobre el Ecuador de una manera
desastrosa.
La prensa oposicionista y el general Obando levantaron una
grita atronadora por este acto, alegando que, conforme al tratado
de 8 de diciembre de 1832, en ningún caso era admisible la
intervención del Gobierno del Ecuador en los asuntos internos de la
Nueva Granada.
Así parece a primera vista, pero el Gobierno del Ecuador estaba
tan amenazado por el general Obando como el nuestro, y quizá más,
de modo que la defensa de ambos era una causa común, y el derecho
de la propia conservación, que es el primero de todos los
derechos, les obligaba a ayudarse para precaverse. Mas en esto
no se pensó ni se habló de ello en la conferencia. El tratado
era de una verdadera alianza para casos como el que ocurría, y así
se entendió desde el principio, sin que nadie hiciera la menor
objeción. He aquí el artículo alusivo al caso:
"Los Estados de Nueva Granada y el Ecuador contraen,
recíprocamente, un pacto de unión y alianza íntima y de amistad
firme y constante para su defensa común, para la seguridad de su
independencia y libertad y para su bien reciproco y general. Quedan
igualmente comprometidos a conservar ilesa la integridad del
territorio de la República de Colombia, sin que puedan hacer
cesiones o concesiones que le disminuyan en la más pequeña parte, y
a no permitir que potencia alguna extranjera se introduzca dentro
de sus límites, para cuyos efectos ofrecen socorrerse mutuamente,
prestándose en caso necesario los auxilios que se estipulen por
convenios especiales".
En el lenguaje internacional los gobiernos representan a las
naciones, de manera que bien pudieron los dos Gobiernos celebrar un
pacto de auxilios mutuos como lo celebraron
|para su defensa
común, para el bien reciproco y general de sus respectivos países
y para la seguridad de la libertad. Y como la libertad la
define cada uno a su modo, tenía el Gobierno el derecho de
entenderla por la conservación de su existencia constitución; por
tanto podía no sólo solicitar sino exigir de su aliado su
cooperación para debelar las facciones criminales que lo
amenazaban. Sin embargo, el Gobierno no tuvo parte en estas
conferencias, ni llegaron a su noticia sino cuando ya habían tenido
lugar;
El general Mosquera dice: "El general Flórez, que me trató con
bastante franqueza, me aseguró que si llegaba el caso en que
nosotros creyésemos que él debía obrar por aquella parte para
mantener la tranquilidad de la República y cooperar con el
comandante en jefe y conmigo, a destruir al enemigo común, estaba
pronto a facilitar la fuerza necesaria de acuerdo con las
estipulaciones del tratado de 1832, y que para darme una prueba de
su buena fe iba a ver los modos legales que podría adoptar para
retirar los asilados de Pasto, que estaban en territorio del
Ecuador, y sobre lo cual le había informado yo que debía tomar
alguna medida",
He aquí todo lo que pasó en Ibarra; mas hasta entonces nada se
estipuló formalmente en este sentido.
|Y cuanto la prensa
oposicionista y el general Obando dijeron fue infundado. Es una
cosa observada en todos tiempos y en todos los países, que las
oposiciones a los gobiernos, cuando son apasionadas, son
calumniadoras.
La maligna vocinglería que se levantó de que se había ofrecido
entregar al Ecuador el cantón de Túquerres, tenía su objeto:
alentar a los revolucionarios de las provincias, dando una
apariencia de justicia a la rebelión; maquiavelismo revolucionario,
constantemente seguido, porque así se juega con la sangre de los
pueblos.
XVIII
Al regreso del general Mosquera de Ibarra tuvo denuncio de que
el general Obando iba a fugarse, y encareció al general Herrán la
necesidad de proceder con energía, reduciendo al supuesto preso a
una verdadera prisión segura en un cuartel. El general Herrán no
con.. vino en ello, porque no daba crédito a los denuncios; pero
aun suponiéndolos ciertos, esclavo de su palabra, le hizo la
siguiente observación: Obando en un cuartel trataría de ganarse la
tropa, como que ya se sabe que emplea la seducción con los
sargentos; es menester reconocer que para estas tramoyas es un
enemigo peligroso, y si logra catequizar alguna tropa y lo sabemos
en tiempo, podemos vernos en la terrible necesidad de fusilarlo:
en este caso ¿qué se dirá? ¿hasta dónde llegarán las
acriminaciones? Si se fuga, peor para él; mi responsabilidad
quedará comprometida, tendré que responder al Gobierno de la Nación
de mi conducta, y lo haré; pero no daré margen a que Obando y sus
cómplices y parciales armen más alboroto y calumnien más y más al
Gobierno y a sus leales sostenedores. El general Mosquera no
insistió en su exigencia, aunque se repitieron los avisos de los
preparativos que hacían no sólo el general Obando sino los demás
presos para fugarse. Yo creo que debió hacerse lo que el general
Mosquera propuso: o quemar la causa o cortarla de cualquier
modo.
Quedó, pues, el general Obando en libertad de lanzarse al campo
de batalla fratricida, pues no encontraba garantías sino triunfando
en una revolución, en la que, vencedor y omnipotente, fuese
absuelto por sus copartidarios, ya que los más de ellos bien
podían llamarse sus cómplices. Y los hechos lo probaron sin réplica
posible.
En la noche deI 5 al 6 de julio (1840) tuvo el general Mosquera
noticia de que esa noche se ejecutaría la fuga, y lo manifestó al
general Herrán, que aún no lo creía. En consecuencia visitó
Mosquera los cuarteles, en ronda mayor, para precaverse de
cualquier intentona de Noguera en connivencia con los presos, y a
la mañana siguiente no quedó duda de que el general Obando había
cortado su causa, sin otra novedad.
El jefe militar de la provincia comunicó la fuga al comandante
general de la división por la siguiente nota oficial:
"Anoche se han fugado de esta plaza los señores general José
María Obando, coronel Juan Gregorio Sarria, teniente coronel
Antonio Mariano Alvarez y Fidel Torres, a quienes se estaba
juzgando como cómplices en el asesinato perpetrado en la persona
del Gran Mariscal de Ayacucho. El primero se hallaba preso en su
casa ¹ por disposición del juez de Hacienda de 12 de marzo del
presente año; el segundo estaba igualmente preso en su casa, por
disposición verbal de mi antecesor el fiscal de la causa. ² Con
respecto a los dos últimos, el uno se hallaba en el hospital
militar, curándose de sus enfermedades, bajo la vigilancia de
aquella guardia, como tal preso, y Fidel Torres en la cárcel
pública de esta ciudad".
La facilidad con que pudieron combinarse, preparar-se y
verificar la salida de Pasto, a hora fija, no hallándose juntos en
una misma prisión, prueba la indulgencia y consideración con que
se les miraba, y desvanece cuanto dice el general Obando sobre los
malos tratamientos, principalmente del comandante Alvarez, a quien
supone atormentado de mil maneras, casi hidrópico, con las piernas
y los pies hinchados, lo que se aviene mal con la facilidad que
tuvo de ponerse en campaña en un terreno horriblemente escabroso,
en el que habría de
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1 Bajo su palabra de honor.
|
|
2 También Sarria lo estaba bajo su palabra de honor, lo que él
ni remotamente sabía lo que significaba.
|
andar a pie lo más del tiempo. Así los hechos destruyen las
inculpaciones apasionadas. Y no sólo los llamados presos, sino
otros militares y ciudadanos, pudieron reunirse a aquellos en un
punto dado y salir a caballo sin encontrar el menor obstáculo.
El general Herrán, a pesar de estar advertido de lo que iba a
suceder, una vez consumado el hecho de que dudaba se afectó, como
era natural, y bajo una penosa impresión dio parte al Gobierno en
la nota oficial siguiente, fecha 9 de dicho mes:
|"Comandancia General, etc.
Señor secretario de Estado en los despachos de guerra y
marina.
Acompaño a vuestra señoría en copia el parte que me ha pasado el
jefe militar de esta provincia. A su contenido añadiré que con el
general Obando han desaparecido de esta ciudad el teniente coronel
Pedro A. Sánches y el alférez Andrés Alzate, que estaban en uso de
licencia indefinida, Juan Gregorio Arce, Jerónimo Moreno, el
doctor Ignacio Carvajal y cuatro hombres más que acompañaban a
dicho general.
"Este acontecimiento en nada ha influido para disminuir los
sentimientos de lealtad de que se hallan animados los individuos
que pertenecen a la división de mi mando: lejos de eso, veo un
nuevo entusiasmo contra los trastornadores del orden público,
cualquiera que sea el pretexto que tomen por enseña.
"Puede el Gobierno reconvenirme justamente por la confianza que
tuve en las protestas que me hizo el general Obando y los
cabecillas que le acompañaban, cuando expedí el indulto de los
Arboles; y mientras respondo con la extensión que debo a este
cargo, diré por ahora a vuestra señoría que si un general está
obligado a precaverse de las estratagemas de guerra de su
adversario, no está autorizado para rechazar los juramentos que se
le hacen, cuando en la religiosidad de su cumplimiento está
interesado no sólo el honor sino la conveniencia del que los hace.
Creí que el despecho obligó al general Obando a ponerse a la cabeza
de la revolución de Timbío, y me persuadí que abriéndole decente y
legalmente un medio de salvación se aprovecharía de él con tan
buena fe como yo se lo proporcioné. Me aseguró que nada temía del
cargo que se le había hecho judicialmente sobre el asesinato del
general Sucre, con tal que se le dieran las garantías a que tenía
derecho por nuestras leyes para su defensa: se lo ofrecí en cuanto
dependía de mi autoridad, y no sólo le cumplí mi ofrecimiento, sino
que es constante que de parte de los funcionarios públicos que han
tenido y tienen intervención en el seguimiento de su causa, ha
habido un esmero particular en no darle motivo para que se quejase
con justicia.
"Mientras el general Obando estaba en armas contra el Gobierno,
yo le veía únicamente como el cabecilla de una facción; pero desde
el momento en que, deponiendo las armas, me ofreció enmendarse y
dar pruebas de arrepentimiento, sosteniendo al Gobierno Nacional,
yo lo consideré como un general desgraciado, a quien su propio
honor o su interés panicular comprometía a manejarse bien. No
diré, señor, que entre los pueblos civilizados, sino que entre las
hordas salvajes, hay fórmulas de buena fe que se respetan y
sostienen, y yo no podía creer que un general de la República, el
ciudadano que en calidad de jefe de ella había mandado ejecutar la
Constitución que nos rige, quebrantase juramento que a él mas que a
mi le importaba guardar, y consumase de este modo su deshonra. No
le ha bastado recibir multiplicadas pruebas del interés que tenía
por su suerte; no le ha bastado ver que por salvarlo y evitar al
mismo tiempo males a la patria, he comprometido mi reputación; no
le ha bastado, en fin, oír el grito de indignación que se levantó
en la República contra él por su revolución, y contra mí por el
indulto de los Arboles, que se tuvo por un acto débil, a
consecuencia del empeño que tomé en sofocar los resentimientos que
su conducta había producido.
"A pesar de lo expuesto, de las explicaciones que otra vez he
hecho a vuestra señoría, y de las que aún haré, creo que el
Gobierno me hará justos cargos por los informes favorables que le
he dado con respecto al general Obando, haciéndome en cierto modo
responsable por la conducta que yo esperaba observaría en lo
sucesivo. Gustoso me someteré al resultado de dichos cargos con la
tranquilidad que me da la conciencia de haber tenido en mira el
bien público y el honor de la administración, en cuyo obsequio no
he omitido ni omitiré sacrificio alguno, y con la seguridad de que
las faltas en que haya incurrido no me deshonran.
"Soy de vuestra señoría muy atento, obediente servidor,
"P. A. HERRAN"
El Gobierno estuvo reservado en la respuesta a esta nota,
diciendo sólo quedar enterado, y que se diese de baja en el cuadro
de disponibilidad a los militares fugados.
El general Obando en sus
|Apuntamientos para la historia
da por causal de la violación de su palabra, el que un ministerial
le dijo que lo iban a poner en el cuartel de Mutis en un calabozo y
sin grillos; que Mutis daría una puñalada al centinela, gritando en
seguida que Obando lo había asesinado para fugarse; que a los
gritos vendría la guardia a fingir contenerlo y que lo matarían,
poniendo en su mano, ya muerto, el puñal, para hacer constar en las
diligencias que se practicasen que él había matado al centinela
para atropellar la guardia y salirse, y que ésta, cumpliendo con su
deber, lo mató.
Una leyenda tan atroz no podría creerse ser escrita por el
general Obando, si no estuviera en su libro de Lima, no por su
gravedad, pues cada capítulo, cada página, cada renglón en él
escritos lo es a cual más, sino por la incredibilidad que de ella
misma se desprende. No alcanzo a comprender cómo pudo proponerse
hacerla pasar a la historia, bajo su dicho, sin nombrar siquiera al
ministerial de quien afirma tuvo la noticia. Confieso que la
lectura del trozo cruel de aquel libro contra el consorte de la
viuda del general Sucre me causó sorpresa y disgusto; que la
anécdota mal compaginada del indio Nacíbar me dio pena; pero lo de
la puñalada que al centinela había de dar Mutis, la venida de la
guardia a matar al general y a poner en su mano, ya muerto, el arma
homicida, sin expresar cómo esa mano, sin fuerza en sus
articulaciones, podía empuñarla; la complicidad de la guardia en
este crimen; la del cabo de llaves, que es quien abre y cierra las
puertas de los calabozos; todo lo cual hacía imposible la reserva
sobre un hecho que habría de causar indignación general; la
impasibilidad del general Obando, que viendo asesinar al centinela,
de un modo apenas admisible en un Sarria, en un Eraso, en un
Noguera, no gritase denunciando el hecho, y no hiciese un ademán
siquiera para defenderse; y sobre todo esto, la ferocidad con que
en el plan se hace aparecer al noble y benemérito general Herrán
como un malvado, pues que era él quien podía mandar prenderlo en
el calabozo de un cuartel, para que se cometiese un doble odioso
asesinato; confieso, digo, que esto me ha causado a un tiempo
indignación y pena: más todavía, me ha causado lástima.
¡Desgraciado general Obando, a qué extremos le arrastró su
exacerbado encono!
Al escribir en Lima esta acriminación de que no habló antes, no
cayó en cuenta de que la guardia no podía matarlo sin hacerse
culpable de un delito que los habría llevado a todos a un juicio
criminal, porque el Gobierno por su propio honor no habría sido
indiferente a él.
Sigue moralizando sobre su resignación a someterse al juicio
legal para vindicarse, y dice:
"Pero pretender asesinarme brutalmente, porque no pudieron
ejecutarlo bajo aparentes formas legales, era poner en mis manos la
ocasión de usar del derecho de defensa natural, el primero de los
derechos del hombre".
Y añade:
"Al dominio discrecional de las bayonetas debían buscarse
también bayonetas para combatirlo, y resolví mi evasión".
Decir esto para justificar la violación de su palabra de honor
empeñada en la
|esponsión de los Arboles, y para eludir la
terminación del juicio, es lo que aparece le movió en el Perú a
suponer el crimen abominable del asesinato del centinela, etc.
Es probable que el general Obando tuviera noticia de la
pretensión del general Mosquera, de que se le asegurase en una
prisión, propiamente dicha, en un cuartel, ya que no en un lugar
conocido por cárcel", como debió ser, y aunque también es probable
que supiera la negativa del general Herrán, por la que desistió
aquél de su exigencia previsora, y no se llevó a efecto la prisión;
es probable, digo, que quiso acordarse en Lima de lo primero y
olvidarse de lo segundo, y de ahí la inculpación que estoy
comentando, en la que siguiendo su fatal sistema de defensa,
fundado en la acriminación más exagerada, traspasó los límites que
su propio interés y el de su memoria biográfica le obligaban a
respetar.Ahora ruego al lector, amigo o enemigo, que considere con
imparcialidad y recto criterio las siguientes observaciones. La
fuga de los presos a ponerse en armas tuvo lugar tres o cuatro días
antes del señalado para el careo de Obando con Eraso, en
el que debía aclararse si la carta que éste dijo y sostuvo haberle
llevado a Morillo junto con la de Alvarez, fue escrita en 1830 o
antes; por consiguiente, el careo no tuvo lugar y el hecho no pudo
rectificarse. Después de este careo quedaba la causa en estado de
verse en consejo de guerra, pero en Pasto no había oficiales
generales para formarlo, porque los tachaba el general Obando de
enemigos suyos, y no podía obviarse este inconveniente, sino
reuniéndose el consejo en esta capital; bien que si no eran los
jueces de su partido les opondría la misma tacha; y aunque dice que
lo deseaba y que instó al general Herrán que así lo hiciese,
llegado el caso, los hechos probaron lo contrario.
El Gobierno, viéndose amenazado por diferentes partea de una
revolución que la Constitución le prescribía reprimir, había
resuelto retirar las tropas de Pasto, dejando la ciudad bajo la
custodia de su milicia, y ya tomaba medidas para mover la división.
Con ella debía venir el general Obando, quien por consiguiente se
alejaba del teatro donde era fuerte y temible: imposible era,
pues, que a tal abatimiento de su poder se resignara.
Había mandado en comisión a esta capital al comandante Rafael
Guzmán, quien regresó cuatro o cinco días antes de la fuga. No se
supo entonces cuál fuera el objeto de esta comisión, ni la
respuesta que le llevara el comisionado, pero se conjeturaban, y
los movimientos revolucionarios inmediatos de algunas provincias,
confirmaron las conjeturas.
Me parece que tales circunstancias explican mejor que la
supuesta prisión y asesinato del centinela, y el puñal en su mano
ya fría, en el cuartel de Mutis, el verdadero motivo de la
decisiva resolución que tomó, con la que puso término al juicio que
se le seguía. Por esta emergencia tan trascendental se suspendieron
las medidas que se tomaban para la marcha de la división a
Popayán, y sus jefes no pensaron sino en prepararse para la guerra
a muerte que los revolucionarios declararon e hicieron con bárbara
ferocidad.¹
A mí no me sorprendió nada de esto cuando lo supe, pues desde el
principio me persuadí de que el general Obando, en último
resultado, no sólo quemaría las naves, como Hernán Cortés, sino que
remecería las columnas del templo, como Sansón, para sepultarse
bajo sus escombros con la Nueva Granada entera, antes que
resignarse a oír una sentencia en que se declarase convicto.
El doctor Romualdo Liévano, que se le separó en la hacienda de
|Las Piedras cuando vio que el objeto de su regreso del
pueblo de Mercaderes era ponerse al frente de la revolución de
Timbío, volvió a unírsele y le acompañó a Pasto como su defensor en
el terreno legal, cuando entendió que se sometía a juicio. Dice el
general Obando que no le comunicó su proyecto de fuga, porque se
lo habría improbado. En efecto, al saberlo en la mañana siguiente,
dijo con algún tanto de irritación, en presencia del general
Herrán y de muchas personas: "Ha hecho mal el general Obando".
He terminado este capítulo, que me ha enfermado, y en el que he
borrado más renglones que las que aparecen escritos. Mi convicción
es profunda desde que en la semicampaña de Pasto, en 1832, llegué,
vi, oí. Luego las publicaciones contradictorias que he examinado
con el deseo sincero de averiguar la verdad de los hechos
controvertidos, no han afirmado en ella.
Cuando después de la guerra desastrosa, en que la sangre
inocente se derramó a torrentes, lleguemos al juicio del coronel
Morillo, que murió en el patíbulo, por la antiquísima alegoría de
la tela de araña en que quedan presas y son devoradas las moscas,
al paso que los
|
1 Véase en la
|Gaceta de 20 de septiembre de 1840, número
471, lo que el gobernador de la provincia de Pasto informó al
Gobierno Nacional sobre el particular. El entonces capitán Domingo
Mutis era el gobernador, hombre moderado, austero, de honradez
reconocida, en fin, con todas las condiciones que se requieren para
ser un hombre de crédito: pocos como él, ninguno más.
|
moscardones la rompen y se escapan, yo, en mi calidad de juez de
primera instancia, en nombre de la posteridad y por autoridad de
la historia, dictaré mi sentencia. Los que estos libros lean,
constituyéndose en gran jurado o en Corte Suprema, la reformarán o
confirmarán pronunciando la última palabra.