Esto prueba que en ciertas ocasiones y con ciertos hombres,
cualquier comportamiento, por hidalgo que sea, puede interpretarse
en mal sentido. Y esto prueba también que lo mejor es proceder
siempre con rectitud, aceptando las complicaciones de la situación
en el puesto que se ocupa. Las autoridades de Popayán merecen más
bien censuras por su flojedad en el cumplimiento de su deber, que
las que con exagerada acrimonia les hace el general Obando por su
supuesto rigor. El gobernador era su concuñado, fue su amigo y
compañero, como liberal, en los movimientos políticos y militares
de las épocas anteriores; mas como fue uno de los pocos
gobernadores de provincia que guardaron fidelidad al Gobierno en
1840, era ya servil, concusionario, calumniante, ladrón, etc. Así
juzgan las pasiones a los hombres más honorables cuando dominan en
el animo resentimientos exacerbados.
Al día siguiente verificó su salida para Pasto, con sólo el
capitán Lemus, como empleado de la autoridad, y ocho amigos que le
acompañaban, de los cuales algunos eran militares, de manera que
más bien parecía preso el capitán conductor que el acusado.
Al partir hizo su testamento, manifestándose aprehensivo, y sus
partidarios pronosticaban en alta voz que sería asesinado en el
camino.
Por el otro lado los amigos del Gobierno se agitaban alarmados
creyendo ver en aquellas infundadas apariencias de temor, un plan
de trastorno que empezaba por fingir peligros para que la opinión
pública se preparase a ver al general Obando suspender su marcha y
ponerse a la cabeza de la revolución, alegando que no tenía
garantías; y el gobernador era censurado por sus contemplaciones
y por no haber preparado una fuerte escolta que llevase al preso
con las seguridades debidas. El resultado debía justificar uno do
los dos pronósticos o destruirlos ambos, si el general llegaba a
Pasto tranquilamente.
Las amenazas de revolución eran de hora en hora más alarmantes.
De Timbío venían a Popayán frecuentes avisos que no dejaban duda
de que algún movimiento serio iba a tener lugar, y ya no eran
sospechas sino certidumbre la que se tenía de que el general Obando
lío iría a Pasto.
El gobernador, temeroso de la responsabilidad que pesaba sobre
él por su mal entendida generosidad, llamó al servicio una compañía
de guardia nacional, y organizó la juventud, que era entusiasta
por la causa del orden, en un cuerpo de infantería llamado de
|Cívicos. Esta medida salvó por entonces a aquella noble e
infortunada ciudad de las desgracias que sufrió más tarde.
Téngase todo presente para formar juicio de lo que sigue.
IX
El 25 por la mañana llegó el general Obando al pueblo de
Mercaderes, con los amigos que le acompañaban y con el capitán
Lemus, su conductor. Allí hizo alto y permaneció seis días; luego
regresó a su hacienda de
|Las Piedras. El capitán Lemus
volvió solo a Popayán. La revolución que quedó preparándose en
Timbío estalló; el general Obando se puso a su cabeza, rompiendo ya
abiertamente, expidió una proclama anunciando que las provincias
del Norte y las de la costa del Atlántico se pronunciarían contra
el Gobierno, lo que sucedió; Noguera y España lo proclamaron su
jefe en la de Pasto; marchó a atacar a Popayán; fue rechazado con
pérdida; interceptó los correos; volvió a Timbío, aumentó sus
fuerzas con los esclavos do las haciendas, y se preparó a la
resistencia mientras la revolución se extendía en el resto de la
República.
Estos son hechos más que notorios. Veamos lo que por causal de
ellos da el general Obando. Dice en sus
|Apuntamientos
citados que al salir del pueblo de Patía se encontró con el
comandante Francisco Núñez, quien le aconsejó que se volviese,
porque en La Venta lo esperaba el mayor Manuel Mutis para
asesinarlo; que con tal objeto se había ido separando a los jefes y
oficiales, sus amigos, los que iría encontrando por el camino,
entre ellos el coronel Vesga; que ese mismo día pasaron, sin
hablarle, otros oficiales, entre ellos el comandante Juan Masutier,
a quien califica de facineroso español; que al llegar a Mercaderes
supo de una acción que había tenido lugar entre el coronel Vesga y
Noguera en el reducto de La Venta, y que circulaba el falso rumor
de que éste había triunfado de aquél; que para saber lo cierto hizo
un posta a Vesga pidiéndole ocho caballerías para su viaje; que
Vesga le contestó que no pensase en continuar, pues los enemigos,
aunque derrotados, se habían apoderado de la montaña y empalizado y
obstruido los caminos; que el comandante Jacinto Córdoba le
escribió oficiosamente lo mismo; que en vista de estas cartas el
capitán, su conductor, resolvió que contramarchasen a Popayán,
pero que a instancias suyas dispuso aguardar unos días más,
esperando que en ellos desapareciesen los obstáculos para la marcha
a Pasto; que a los tres días de estar detenidos llegó el capitán
Manuel Córdoba a recibir y conducir a Pasto un parque y $26.000;
que dicho capitán le informó del estado lamentable de la división
de Herrán, tanto por la nueva revolución como por la viruela; que
en vista de estos inconvenientes el oficial, su conductor, escribió
al gobernador Castrillón participándole su resolución de regresar
a Popayán
|conmigo, dice; que el 29 llegó el coronel Vesga a
Mercaderes con el capitán González, y que repitiéndole los avisos
que le dio el comandante Núñez, le añadió que con las mismas tropas
conductoras con que lo recibiría Mutis en La Venta se iba a fingir
un tiroteo en la montaña, en el cual debería asesinársele, para
decir luego que Noguera había salido a quitarlo, y que había muerto
por las mismas balas de sus supuestos libertadores; que al efecto
el gobernador Castrillón había dado órdenes para que no se
permitiese a ninguno de los amigos que le acompañaban pasar de La
Venta, debiéndosele obligar a regresar de allí.
Tengo que hacer observar al lector, para que forme juicio de
todas estas acriminaciones, que Noguera, rechazado en el ataque al
reducto de La Venta, dispersó su gente, como de costumbre, para
reunirse en el pueblo de La Laguna, sobre Pasto; que no hubo nada
absolutamente obstruido en la montaña, tan horriblemente famosa;
que si el general Obando
|con su conductor, como él lo llama,
hubiese seguido a La Venta y eneontrádose allí con el coronel
Vesga, que era quien mandaba, y no el mayor Mutis, al día siguiente
habrían pasado la montaña protegidos por Vesga y sin que Mutis
hubiera podido seguirlos un solo paso, y esto por supuesto el
criminal designio que se le atribuye, y que yo rechazo porque era
incapaz de tenerlo; que por tanto, no es admisíble que el coronel
Vesga le hablase en los términos que expresa; que cuando al segundo
día de estar en Mercaderes llegó allí el capitán Córdoba, amigo
personal del general Obando, con 100 hombres, a escoltar un
cargamento de elementos de guerra y $ 26.000 en moneda de plata,
con sólo eso dejó destruida la suposición de impedimentos físicos
en los caminos para pasar. Y aquí hace el general Mosquera en su
libro esta observación:
"¿Por qué no siguió con el capitán Córdoba y la fuerte escolta,
que les daba completa seguridad?".
Y yo añado: ¿Podía temer también que el capitán Córdoba, su
amigo personal, lo asesinase?
Y obsérvese que no dice que Córdoba le hablase de impedimentos
ni de peligros en la montaña, sino solamente del mal estado de las
tropas en Pasto por las enfermedades.
Tampoco es admisible que el gobernador de Popayán hubiese dado
orden de que no se permitiese a ninguno de sus compañeros entrar a
la montaña, porque ¿a quién daba esta orden? ¿Al coronel Vesga, que
no dependía de él? Me parece que, sin que sea juicio temerario, se
deja ver la intención de inculpar al gobernador de Popayán de
complicidad en el proyecto que supone en Mutis de asesinarlo
fingiendo un tiroteo con Noguera en la montaña maldita. Ya esto es
demasiado.
Y el comandante Masutíer y los oficiales que pasaron sin
saludarlo, ¿serían también los que por amigos del general Obando se
separaban de la división? En aquella época azarosa, esas idas y
venidas de jefes y oficiales y partidas de tropa de Pasto a Popayán
y de Popayán a Pasto eran frecuentísimas.
El comandante Francisco Núñez no pudo expresarse en los términos
que refiere el general Obando, porque él iba de Pasto a Popayán con
una licencia temporal por enfermo, y pronto volvió al servicio
enviado a Cartagena en una comisión de doble papel, análoga a la
que el general López tenía en Popayán en 1832, cuando siendo
comandante general de aquel departamento por el Gobierno del
Ecuador, tenía un nombramiento reservado del Gobierno granadino del
mismo empleo, para hacer uso de él a su tiempo. Núñez cumplió su
encargo como él mismo lo confesó en un manifiesto que publicó en
Cartagena cuando aquella plaza se contrapronunció proclamando al
Gobierno legítimo,
|después de la acción de Tescua; acto en
que tuvo gran parte el comandante Núñez haciendo uso de un despacho
reservado de coronel que había recibido del general Herrán y
guardándose el que para el mismo empleo había recibido de los
facciosos.
El coronel Vesga y el capitán González, desde que las
revelaciones de Eraso y su mujer y la aparición de las cartas
acusadoras presentaron con un carácter aterrador la acusación
contra el general Obando, instaban al general Herrán, bajo pretexto
de enfermedad, que les permitiese regresar a ésta capital. Esa
resolución de Vesga y González era excitada por la prensa de la
oposición que hacía suya la cuestión y se desataba furibunda
contra el Gobierno y sus leales defensores. El calificativo de
partido liberal retumbaba en los oídos y atraía a sus filas a los
vacilantes en la causa de la legitimidad, amigos del general
Obando.
Pero ¿qué se podía hacer? ¿se podía detener o variar el curso
de semejante causa? No había más remedio que un indulto, y éste lo
rehusaba el general Obando, y como decía que sólo él o el general
Flórez podían ser autores del crimen, su absolución, que implicaba
la condenación del general Flórez, era lo que quería.
He aquí sus propias palabras:
"Somos Flórez y yo dos personas a quienes después de pocos
momentos de meditación, estuvo ya prohibido dudar quién habría sido
el asesino de Sucre, porque por buena lógica uno de los dos debe
haber sido: si fue él, lo debe saber por esta razón, y si fui yo,
también lo debe saber, porque sabe que no fue él".
Que fuera el uno o el otro, o ambos, yo probé en mí primer tomo
que el general Flórez no pudo tener parte en aquel crimen sino por
medio del general Obando. Desde Quito o Guayaquil era imposible
combinar los preparativos para la ejecución del hecho a día y hora
fijos. Sobre el particular apelo al testimonio de cuantos conozcan
aquel terreno.
En varias partes de su libro dice Obando que si hubiera sido
culpable se habría acogido a la ley de olvido dictada por la
Convención granadina, y se ve que intenta fijar la idea de haber
sido un delito político aquel asesinato, como para disminuir su
gravedad.
Sería de desear que las leyes definiesen con claridad y
precisión lo que son "delitos políticos" porque comprender en esta
clasificación los crímenes atroces, es un principio que no se puede
aceptar racionalmente.
Mas sea de ello lo que fuere, se ha dicho antes, y todavía se
dice, sin examen, que el asesinato del general Sucre "es un crimen
político relegado ya al olvido por las leyes", como dijo en el
Congreso un diputado que pretendía por esta razón poner a cubierto
de toda responsabilidad a sus perpetradores. El mismo general
Herrán, al iniciarse la causa por las revelaciones de Eraso y de su
mujer, trató de cortarla interesándose con el juez para que
suspendiese su curso y así lo declarase. El juez también lo quería
a reserva de lo que resolviese el tribunal superior, a quien se
daría cuenta, pero traída a la vista la ley, se vio que en ella no
se podía fundar su declaratoria.
He aquí la ley:
"LA CONVENCION DEL ESTADO DE LA NUEVA
GRANADA
"Deseando señalar la época de la terminación de sus funciones
por un rasgo de generosidad y de beneficencia, proporcionando a
aquellos granadinos que se extraviaron en las funestas disensiones
civiles que afligieron el país, un medio honroso de que se
reconcilien con su patria, y de que con su futura conducta
acrediten ser buenos ciudadanos.
|
1 "Aquí debo advertir a mis lectores, que yo be pasado muchos
años sin poder averiguar qué es lo que entre nosotros se entiende
por crímenes políticos, y sólo después de oír hablar mucho a
nuestros demagogos y de leer sus escritos, he venido a persuadirme
de que estos crímenes, que para ellos son crímenes inocentes,
comprenden todo el catálogo de los delitos de lesa naturaleza y de
lesa divinidad. Son crímenes políticos el parricidio, el
fratricidio, el incendio de las casas, el saqueo de los templos y
de las poblaciones, y el asesinato, en fin, con que se libra un
partido de los hombres que le son temibles por el influjo que les
dan sus servicios eminentes, sus virtudes reconocidas, sus
talentos superiores. Son, pues, crímenes políticos todos aquellos
que la sociedad debe castigar con mayor severidad, y que son para
Dios menos dignos de indulgencia.
|
"DECRETA:
"Articulo 1º. Luego que el Poder Ejecutivo contemple que no hay
peligro fundado de que se trastorne el orden público, podrá expedir
salvoconductos para que los granadinos de nacimiento confinados de
un lugar a otro vuelvan a sus domicilios: para que los granadinos
de nacimiento que han sido desterrados fuera del territorio del
Estado puedan volver a él, bien sea a sus domicilios o bien a otro
punto a juicio del Poder Ejecutivo.
"Artículo 2º. Ningún granadino podrá ser reconvenido en lo
sucesivo ante ninguna autoridad ni tribunal en razón de su conducta
política anterior al restablecimiento del Gobierno legítimo en
mayo de 1831, sobre la cual se establece un absoluto olvido legal,
salvo el derecho de los particulares para reclamar daños y
perjuicios, con arreglo a las leyes, y la facultad inherente al
Gobierno para separar de los destinos que ocupan a los que no
merecen la confianza pública,
"Dado en Bogotá, a 18 de marzo de 1832-22º de la
Independencia.
"El Presidente de la Convención, FRANCISCO SOTO.- El
Secretario,
|Florentino González.
"Bogotá, 21 de marzo de 1832.
"Ejecútese.
"JOSE IGNACIO DE MARQUEZ. -Por su excelencia el Vicepresidente
del Estado encargado del Poder Ejecutivo, el Secretario del
Interior y Relaciones Exteriores,
|J. Francisco
Pereira".
Conducta política, ¿es lo mismo que crímenes políticos?
"Conducta: el porte o el modo como uno se gobierna y dirige su vida
y sus acciones" (Diccionario castellano) ¿significa lo que los
partidarios del general Obando pretendían y aún pretenden? Un
hombre puede ser jugador, consumado calavera, entregado a la
crápula, incorregible, tener, en fin, la peor conducta posible, y
no ser, sin embargo, criminal; puede también tener mala conducta
política, conspirando y revelándose contra el Gobierno, y no
cometer por ello crímenes de otra naturaleza. Luego la ley de la
Convención no amnistió los crímenes y menos el asesinato en
despoblado sin la menor circunstancia atenuante.
Que fue un hecho en cuya ejecución no influyó ninguna otra mira
que la política, es indudable: quitar a la causa de la integridad
de Colombia un brazo fuerte que podía tremolar su estandarte y
fijarlo en la cúspide del Capitolio a las aclamaciones populares de
"¡viva el Libertador!" eso fue lo que armó en Berruecos el brazo
del partido homicida.
Y a todo lo expuesto debe agregarse que el general Obando no
admitía este arbitrio, que decía lo deshonraba porque venía a ser
una sentencia infamatoria contra él, sin defensa. Forzoso era,
pues, bajo todos aspectos, continuar el juicio, y esto es lo que se
ha llamado persecución.
El gobernador de Popayán, al aviso que le dio el capitán Lemus
desde el puebla de Mercaderes de que se volvían, dispuso que el
comandante Masutier, que regresaba conduciendo una fuerte partida
de tropa al cuartel general de Pasto, los escoltase para su
seguridad en el tránsito, y esta medida tan natural la traduce el
general Obando como una nueva trama del señor Castrillón, para
hacerlo morir a manos del comandante Masutier, a quien pinta con
los colores más negros, y de esa asechanza dice lo salvó la
Providencia, por haber tomado el camino del Tambo para ir a su
hacienda, en lugar del de Timbío.
No se puede ir más lejos en la imputación, dice el general
Mosquera en su libro
|Examen critico. "Desde que regresó de
Mercaderes (Obando) conoció el capitán Diago, que le acompañaba
como amigo, que iba a hacer una revolución, y se le separó en
Patía, porque este oficial, que por sus servicios es hoy coronel,
aunque le era adicto no era traidor, y quiso evitar que se le
arrastrase a un hecho indigno de él". Este capitán Diago, que en
1843 era coronel, es como ya dije antes, el actual benemérito
general Francisco de Paula Diago, que había sido siempre y
continuaba siendo leal amigo personal del general Obando, y que
como tal era uno de los ocho que salieron de Popayán acompañándole
a Pasto. El doctor Romualdo Liévano, que era otro de los ocho,
también se le separó y se fue para Popayán. El capitán Lemus, a su
llegada, manifestó al gobernador su convicción de que la revolución
era infalible. Esto aclara el testamento y los pronósticos que los
afiliados del general Obando hacían en Popayán, de que sería
asesinado en el camino.
X
Mientras más criminal es una revolución, más se exageran los
pretextos y las acriminaciones en que se pretende fundarla; y esto
se llama pundonor, como si el acusar a otros para no aparecer
delincuente, no fuera ante la moral agravar el delito. Por esto se
culpaba entonces, y quizá todavía, a los defensores del Gobierno y
al Gobierno mismo, de la persecución que se supone hacían al
general Obando. El honor, pues, de los hombres más respetables de
la República que es el de la Patria, requiere que los hechos se
aclaren.
Recuerde el lector que cuando vine de Honda, comprometido en la
revolución de 1830, me dijo el general Urdaneta que en la mesa del
Presidente Mosquera había encontrado, sin resolver, una
representación de los generales Obando y López, en la que pedían
se les abriese un juicio para defenderse de la imputación que se
les hacía de ser los asesinos del general Sucre, y que él
(Urdaneta) la había despachado de conformidad, llamándoles a esta
capital. Y si no lo recuerda, léalo en la página 500 de mi primer
tomo, en la que con este motivo dije y conviene repetir: "Un golpe
me dio en el corazón aquella noticia; preví instantáneamente las
consecuencias que debía necesariamente tener semejante medida
respecto de dos hombres que tenían en el país y en la posición que
ocupaban, los medios de eludirla por la fuerza, y lo manifesté así
al general Urdaneta, que se sorprendió de oírme. "Mi general, le
dije, los generales Obando y López, o son culpables o son
inocentes del delito: si lo primero, jamás se someterán a ser
juzgados sino por sus copartidarios, entre los que pueden tener
cómplices, y antes de sujetarse a serlo por hombres imparciales
incendiarán la República y morirán con las armas en la mano,
sustrayéndose así a una muerte ignominiosa; si lo segundo, temerán
que la justicia se
tuerza, juzgados por hombres que reputan enemigos, y aunque así
no sea lo dirán, y sus copartidarios lo sostendrán. Ellos culpan
al general Flórez, como a quien el crimen aprovecha más
inmediatamente; la opinión está dividida sobre el particular, y el
partido liberal ha tomado la cuestión como suya, cargando sobre
Flórez y defendiendo a Obando y López. Este juicio, mi general, es
tan difícil, vuelto cuestión de partido, que no puede ser
sentenciado sino por la opinión pública y la posteridad. Para mí es
indudable que Obando y López, tan violentamente acusados, no se
someterán".
Esto sucedió entonces y sucedió después, y la convicción de
todos de que el general Obando llegaría a los últimos extremos
antes de someterse a ser juzgado por los que él y su partido
llamaban sus enemigos, fue la que causó aquel disgusto en el
Gobierno, en el general Herrán, en Popayán y en todas partes, en
fin, de que hubiese vuelto a suscitarse semejante nefasta causa
bien que fuera de una manera imprevista, y puede decirse casual.
El general Obando, primero como jefe de las guerrillas realistas, y
después en las guerras civiles, había figurado en primera línea en
aquel territorio; había sido afortunado en sus operaciones
arriesgadas de 1828, 1830 y 1831; estuvo encargado provisionalmente
del Poder Ejecutivo de la República en 1832 y sobre todo, aparecía
sostenido por el general Santander. Tenía, por tanto, un gran
prestigio, principalmente en las provincias de Popayán y Pasto,
donde abundaban sus antiguos compañeros de aquellas épocas, todos
protegidos por él. Con semejantes elementos, era una potencia
frente a frente del Gobierno, y la resistencia, para otros
imposible, era fácil para él. Por otra parte, el partido liberal
en toda la República, en odio al general Mosquera, y por la
oposición frenética y apasionada que hacía al Presidente Márquez,
daba al general Obando un apoyo animador, y esto explica la
prontitud con que pudo poner la República al borde del abismo,
sublevándose y cortando así el curso de la causa que se le
seguía.
A las primeras noticias que circularon de su regreso del pueblo
de Mercaderes, no hubo nadie que no alcanzase a ver la realización
de los temores que desde Popayán se habían manifestado, de una
revolución imponente cuya chispa debía prender en Timbío. El
general Herrán, conociendo el peligro en que estaba Popayán, y
cuán difícil sería su situación cortada la comunicación con esa
ciudad y con el Gobierno, puso en marcha una columna de 280
hombres, la que debía esperar, en cierto punto, otra de 300 a 400
hombres con que iba él a seguís en persona. Error fue éste que tuvo
fatales consecuencias, como las produce casi siempre la división de
las fuerzas a grandes distancias sin poderse proteger
recíprocamente y ser supervigiladas por los jefes superiores. Así
fue que antes de que la segunda fuerza llegase al punto indicado,
ya la primera, por traición o por cualquiera otra causa, había sido
disuelta, y el general Obando se apoderó de 180 individuos de tropa
con sus oficiales, sin combatir, de un modo parecido al que empleó
con el comandante ecuatoriano Sáenz para apoderarse de la fuerza
que éste mandaba. Para estas tramoyas, o sean evoluciones
estratégicas, era el general Obando astuto sin igual y temible. Los
hombres que pudieron salvarse batiéndose, se incorporaron a la
columna de retaguardia, que era bastante fuerte para reparar la
pérdida sufrida.
Pero el general Herrán, siguiendo su constante sistema de
agotar en estos casos los medios pacíficos antes de emplear el de
las armas, previendo lo que iba a suceder desde que el general
Obando regresó de Mercaderes, le envió como mensajeros de paz,
desde Pasto, al comandante Jacinto Córdoba, y desde Patía, al
capitán Francisco de Paula Diago, ambos, como ya hemos visto, sus
amigos personales y antiguos compañeros. Respecto de la carta
amistosa que le llevó el comandante Córdoba, quien le encontró
todavía en su hacienda, dice en sus citados
|Apuntamientos:
"Yo le contesté con éste mismo que sus indicaciones habían
llegado tarde, que conocía el origen, autores y objeto de mi
persecución, que estaba en el caso de apelar a la fuerza para
recobrar las garantías de que estaba despojado por los agentes del
poder público, y defender la vida qué se me quería quitar
alevemente, con el fin de que con ella quedase también sepultada mi
reputación, y que ese mismo día (el 22) marchaba a ponerme a la
cabeza de la fuerza que se había levantado en Timbío.
Efectivamente el mismo Córdoba me acompañó desde mi hacienda hasta
Timbío, lo vio todo por sus mismos ojos y regresó a llevar a
Herrán la contestación.
"Así dio principio la lucha a mano armada contra la facción
llamada Gobierno constitucional de la Nueva Granada".
Esto es claro, y nada quiero ni tengo que añadir.
Pero la lucha a mano armada no empezó entonces, como dice, pues
que ya estaba encarnizada en Pasto, sostenida por sus agentes, y en
toda la República se preparaba desde antes por sus amigos. El
general Herrán, sin embargo, moralizando su tropa con su
presencia, organizando las excelentes milicias de caballería del
pueblo de Patía, contando con una columna de infantería de más de
400 hombres fieles y decididos, y con las fuerzas que con
entusiasmo se organizaban en Popayán, que pasaban ya de 500
hombres, volvió a enviarle al comandante Jacinto Córdoba para
invitarle a una entrevista, en un lugar situado en medio de los dos
campos, anunciándole que en caso de negativa rompería las
hostilidades con decisión y le haría la guerra como a un enemigo
pertinaz, sin los miramientos que hasta entonces se habían tenido
con él. Por su parte, el general Obando comprendía que su posición
en Timbío era en extremo falsa. Rodeado de fuerzas mayores; viendo
que la revolución de las provincias tardaba; que la de Vélez había
sido sofocada; contrariado por el general Santander, que le
improbaba enérgicamente el paso a que se había precipitado,
agravando su causa; considerando, en fin, que Pasto era su
verdadero punto de apoyo, al cual le convenía llegar con seguridad
y con prestigio, convino en la conferencia.
En efecto, se vieron y estipularon que el general Herrán pasase
a Popayán a acordarse con el gobernador, suspendiéndose entretanto
las hostilidades.
Furor qué llegó casi al desacato y al desconocimiento del
general Herrán causó en aquella ciudad saberse que se trataba de
arreglos en el estado a que las cosas habían llegado. Empero, se
convino en que el gobernador enviase una comisión ofreciendo
indulto al general Obando, la que nada consiguió, porque rehusó
obstinadamente entregar las armas, que decía eran su garantía, y
aceptar el indulto que el gobernador le ofrecía. Sobre esto dice en
sus
|Apuntamientos:
|
|"¡ Malvado! quería tenderme un lazo en que yo estaba muy
distante de caer; quería con su oficioso indulto imprimirme el
carácter de asesino, por el mismo hecho de haberme acogido a él",
etc.
¿Qué se podía, pues, hacer en semejante caso? ¿Cortar la causa?
¿Cómo?
Sin embargo, en esta resolución desesperada del general Obando
de morir más bien con las armas en la mano que ser deshonrado por
una sentencia judicial o por una amnistía, veo yo algo de heroico
que me interesa; pero lo que no admite excusa ante la historia es
que, para defenderse, derramase el oprobio a grandes cántaros sobre
todos los que no le justificaban y hacían causa común con él.
El general Herrán hubo de regresar a La Venta con la fuerza de
que disponía, porque el general Obando le hizo creer que Noguera
había obtenido un triunfo sobre la guarnición de Pasto, y porque
al comandante del reducto de La Venta le hizo también entender
que el mismo Noguera iba a atacarlo. Todo resultó falso, pero
produjo los resultados que se propuso: ganar tiempo y desconcertar
al general Herrán haciéndole retroceder. Este, disimulando su enojo
por el engaño, regresó de La Venta con 500 hombres, y enviando por
segunda vez al comandante Córdoba, inició de nuevo las
negociaciones que produjeron una
|esponsión, conocida con el
nombre de "indulto de los Arboles" (22 de febrero de 1840), por la
cual el general Herrán, a nombre del Poder Ejecutivo, otorgó una
"amnistía general y sin restricción alguna para todas las personas
(decía) comprometidas en la conmoción que ha tenido lugar, desde el
17 de enero hasta la publicación del presente decreto, y por
consiguiente nadie podrá ser perseguido ni reconvenido por tales
hechos, que se relegan a perpetuo olvido". Así dice lo escrito;
pero verbalmente exigió el general Obando que iría libre a Pasto y
no sería reducido a prisión, ni privado de comunicación, sino que
bajo su palabra de honor vivía en una casa particular hasta la
terminación del juicio, que las armas de los 180 hombres que dijo
había aprehendido, quedarían en poder de los timbianos; que Sarria
iría libremente a presentarse en Pasto a responder de la
participación de que era acusado en el hecho motivo del juicio y
todo esto le fue acordado, y así se hizo.
Los 180 individuos de tropa, tan malamente vendidos, que
conservaba el general Obando en su campamento, desarmados y
vigilados, aunque dice que lo victorearon a él y a la libertad,
volvieron a sus filas, menos dos, que se quedaron con los
timbianos. Al despedirse de éstos, el general Obando les encargó
públicamente y en alta voz que cuidasen sus armas como verdadera
garantía y que durmiesen con sus fusiles al costado como con sus
mujeres. ¹
En todo el tránsito y en la entrada en Pasto iba el general
Obando con el general Herrán, alta la frente, más bien como
triunfador que como presunto reo llamado a juicio. Sobre este
incidente, que acaso parecerá de poca significación, dice el señor
Irísarri:
"Ya podemos calcular las ventajas que de esta sola circunstancia
debía sacar aquel hombre en un pueblo en que tenía tantas hechuras
suyas".
Efectivamente, si en los defensores del Gobierno causó pena y
aun indignación semejante incidente, en que aparecía erguido el
general Obando y algún tanto deslucido el general Herrán, en los
partidarios de aquél produjo orgullo, confianza y atrevimiento,
cosas todas que no disimulaban, y sus consecuencias no se hicieron
esperar. Fuera cual fuese el juicio que el Gobierno formase de
estos sucesos, aprobó la
|esponsión, exceptuando solo a los
oficiales que entregaron al enemigo parte do la vanguardia en
Quilcacé, pues "ellos debían, dice el decreto, considerarse como
traidores, o como cobardes o como desertores", y previno que fueran
juzgados conforme a ordenanza. ²
|
1 El jefe militar de Popayán comunicó esto de oficio al Poder
Ejecutivo, y fue notorio, y nadie lo negaba. La independencia
anárquica en que quedó la facción armada de Timbío, puede juzgarse
por el hecho siguiente: llamado uno de ellos a contestar una
demanda ante un juez de primera instancia, se negó a ello, con
desconocimiento del juzgado, diciendo que ellos no estaban sujetos
a las autoridades de Popayán.
El juez no se atrevió a proceder, y la justicia quedó
burlada.
|
|
2 El coronel Eusebio Borrero, al comunicar al general Herrán la
aprobación de la
|esponsión le encargó que tuviera presente
que llevando consigo al general Obando, llevaba
|el
caba
|llo troyano, y dice el general Mosquera en su libro:
"expresión de que usó el secretario de lo interior para manifestar
al comandante en jefe, que si bien debía guardar lealtad en los
empeños contraídos por él, a nombre del Gobierno, haciendo
cumplir el indulto de los Arboles, no por eso había de descuidarse
absolutamente con las intrigas y asechanzas de Obando, cuya
conducta doble manifestaba que no hacía sino dar una tregua al
Gobierno mientras encontraba oportunidad de efectuar un
levantamiento mejor combinado". Y así fue.
|
Al llegar a Pasto pasó una nota al juez de la causa poniéndose a
su disposición: esto era consiguiente a lo que ofreció el general
Herrán en las conferencias que precedieron a la
|esponsión.
El juez, como era de su riguroso deber legal, decretó la
prisión, añadiendo que por no haber comodidad para ello en la
cárcel, pasara el reo al cuartel de San Francisco, a cuyo efecto
había pedido la orden correspondiente al jefe del estado mayor.
Este se excusó, porque ningún cuartel tenía local apropiado pata el
caso, y el juez le señaló su casa de habitación por cárcel, la que
vino a ser un centro de tertulia permanente de todos sus amigos, y
hasta de los jefes y oficiales de las tropas del Gobierno, y
principalmente de correspondencia general con sus copartidarios de
la provincia de Pasto, de Timbío y de toda la República; de manera
que la revolución se reorganizaba en el centro del cuartel general
de las tropas destinadas a combatirla. Sin embargo, el general
Obando dice en su libro que esto lo resolvieron así porque se les
hacía muy duro reducirlo a una verdadera prisión por un asunto que
ellos mismos sabían ser de mera combinación política. Cuál fuera
esa combinación, es lo que no se sabe.
Estos rodeos ilegales provenían de que el general Herrán
empleaba sus buenos oficios y su influencia para que se cumpliera
lo que de palabra había ofrecido al general Obando y que éste
interpretaba tan siniestramente; bien es verdad que eso no lo dijo
entonces sino después, en Lima.
Empero, impresionado con el temor de que un juez civil rígido
prescindiera del general Herrán y lo redujese a una verdadera
prisión, en un lugar reconocido por cárcel, como lo requería la
Constitución, representó al que conocía de la causa declinando de
jurisdicción, por cuanto juzgándose de un hecho acaecido en 1830,
en que estaba vigente el fuero de guerra, correspondía a la
autoridad militar su conocimiento. El argumento era especioso: es
como si hoy se pretendiera que un delito cometido en tiempo que
tuviera señalada la pena capital hubiese de juzgarse por las leyes
de entonces y condenarse el reo a muerte.
A pesar de ser esto evidente, el juez de conformidad con lo
pedido, y el general Obando, que lo exigió, le hace cargos en su
libro de Lima por este procedimiento, diciendo:
"El punto era controvertible, pero como mi pretensión les
presentaba la víctima de mejor modo, no hubo competencia, y sin
reparar que en 1840, en que regían instituciones granadinas, se iba
a proceder conforme a las muy diferentes que regían en 1830, se
pasó lo actuado a la autoridad militar, es decir, que se convino
juzgar militarmente un delito no militar.
Esta censura es un justo castigo que da el mismo general Obando
a las contemplaciones que se tenían con él. No había medio, para
las autoridades: si no se convenía en lo que pretendía, malo; si
se convenía, peor. Hace también notar en su libro que el juez era
ecuatoriano de nacimiento, que el secretario también lo era, pero
no dice que hacía muchos años estaban avecindados en Pasto; y se
extiende en deducir consecuencias de esta circunstancia, acusando a
ambos de malos manejos contra él y en favor del general Flórez, en
connivencia con el cónsul ecuatoriano en Pasto. Si esto era así,
¿cómo el juez se desprendió del conocimiento de la causa contra
derecho y comprometiendo su responsabilidad por darle gusto,
privándose de continuar aquellos manejos, hasta dar cima a la
llamada persecución? Esto basta para que se juzgue de la
inculpación.
El general Herrán, teniendo que atender a sus deberes de
preferencia, como comandante general de la división, y también por
desprenderse del conocimiento de una causa en la que el acusado y
sus partidarios improbaban cuanto hacía o dejaba de hacer, nombró
jefe militar de Pasto al coronel Francisco María Lozario, vecino
de dicha ciudad, antiguo amigo y compañero del general Obando, y
que como tal no debía serle sospechoso. Sin embargo, no teniendo
nada que tacharle, lo calificaba de "torpe máquina".
Conforme a las leyes sobre procedimiento en los juicios
militares debía nombrarse un fiscal. La elección recayó en el
entonces sargento mayor y hoy coronel Anselmo Pineda, quien se
excusó y le fue admitida su excusa. Sobre ella dice el general
Obando en su libro:
"Bien sabía Herrán que Pineda no admitiría, porque eso sería
distraerse del lucrativo entretenimiento que le proporcionaba la
caja militar que él manejaba a su gusto".
Esta era una gravísima inculpación de peculado hecha al
honrado, probo e intachable coronel Pineda, que dejo calificar a
cuantos le conozcan.
Por la excusa de Pineda fue nombrado el comandante Juan
Masutier. Sobre este nombramiento se extiende el general Obando en
las más graves inculpaciones contra el general Herrán, y peor
todavía contra Masutier, a quien califica de "corrompido, asesino
de sus conciudadanos en 1830, y asesino de profesión, entregado a
la crápula, apasionado extranjero", etc. El comandante Masutier es
conocido como hombre de conducta irreprensible y de mansa
condición, y debo observar que aunque sirvió en 1830 bajo el
Gobierno del general Urdaneta, después de caído el del señor
Joaquín Mosquera, no estuvo en la acción del Santuario, ni en
ninguna otra. Después cooperó a su restablecimiento, por lo que fue
reinscrito en la lista militar, de la que lo había borrado el
general Obando, como a tantos otros que no debieron serlo, aun
prescindiendo del solemne convenio de Apulo. Bajo ningún título,
pues, merecía los calificativos con que lo designa, llegando hasta
el extremo de llamarlo "facineroso español". Y la historia no puede
dejar de notar que el comandante Pineda es vulnerado porque se
excusó de admitir el nombramiento que se le hizo, y el comandante
Masutier lo es porque no se excusó. ¹
|
1 Después de escrito esto ha muerto el comandante Masutier, va
coronel.
|
XI
El Congreso se reunió el 19 de marzo (1840), día señalado por la
Constitución, y como se componía de antiguos liberales, no encontró
la oposición apodo injurioso que aplicar a la mayoría que sostenía
al Gobierno. Sin embargo, dejaba resbalar a veces, en sus discursos
y escritos, la palabra liberal, que iba apropiándose para excluir
de su halagüeña sonoridad a los llamados
|ministeriales, que
vinieron a formar más tarde el partido que lleva hoy el nombre de
conservador.
El general Santander, que era la figura más conspicua de la
minoría de la cámara de representantes, aparecía como jefe de la
oposición, a la que, no obstante, no podía contener en los límites
de una moderación decorosa, en los que él se mantuvo siempre, pues
aun en sus ataques y censuras al Gobierno guardaba cierta mesura,
sin traspasar los vallados de la dignidad.
Un proyecto de amnistía general que se discutía en la cámara
vino a hacer de ella el palenque donde se combatieron los dos
círculos en que se había dividido el gran partido triunfador en
1831.
Después de los indultos concedidos por el Gobierno a los
revolucionarios de Vélez, y por el general Herrán en Pasto y en la
|esponsión de los Arboles, la amnistía era innecesaria. Sólo
quedaban en armas Noguera y España en Pasto, en cuyos campamentos
había estado el general Herrán acompañado del general Obando,
visita que dío por resultado un acuerdo de aparente sometimiento,
semejante al de Timbío, pues aunque ofrecieron entregar las armas,
sólo entregaron 100 fusiles inútiles. El general Herrán jamás
rehusó el indulto a los que lo pedían, y los que aún se conservaban
en actitud hostil podían acogerse a los que había expedido. De
manera que el proyecto sólo sirvió para hacer acriminaciones al
Gobierno, suponiendo que los indultos concedidas no se cumplían, y
atribuyéndoles todos los males de la situación.
La Convención, granadina, en su decreto de olvido de la
|conducta política, de que antes hablé, dejó a salvar el
derecho de los particulares por daños y perjuicios. Establecido
este principio, fue seguido después, y esto dio lugar a algunos
abusos, principalmente en Vélez; pero se exageraban para
cohonestar el verdadero delito de reincidencias en la rebelión, y
pata alentaría.
En los diarios de debates que entonces se llevaban se encuentra
cuanto en pro y en contra se alegó en una discusión en extremo
enardecida. Yo por tanto, me límitaré a referir uno que otro
párrafo de los discursos de los más notables oradores, y un
incidente deplorable que ocurrió, más grave entre los muchos que
tal adjetivo merecen.
El general Santander (sesión de 27 de marzo) dijo:
"Los informes del coronel Vesga son muy honrosos a la división
de Pasto, que es merecedora de la consideracion del Congreso".
Esto destruye de una manera terminante lo que asegura el general
Obando le dijeron el mismo coronel Vesga y el comandante Núñez,
para que no siguiera a Pasto y regresara de Mercaderes.
Y continuó:
"Confieso francamente que estoy arrepentido de haber dado mi
voto sobre la supresión de los conventos de Pasto; pero cuando lo
di estaba muy lejos de suponer sus funestos resultados; mas quedo
tranquilo porque por mi parte solicité los informes que debía, a
los cuales me arreglé para concurrir a la sanción de un acto
cuyas consecuencias hoy deploramos".
Es censurable el general Santander por haber manifestado aquel
sentimiento en plena cámara. Si la ley que suprimió los conventos
menores era buena, habría sido una cobardía de más funestas
consecuencias que la guerra de Pasto, haber excluido, por miedo,
los de aquella provincia. Semejante exclusión por semejante motivo
habría hecho imposible la expedición de cualquiera otra ley
necesaria, por el temor de una resistencia más o menos imponente. Y
establecer un principio de tánta tfascendencia un hombre de la
autoridad del general Santander, fue un error que, aunque sea yo el
menos competente para ello, me atrevo, si no a combatir, sí a
rectificar y a llamar la atención sobre él.
El entonces teniente coronel Joaquín Acosta (después general),
amigo personal del general Santander, dijo:
"Yo miro con asombro que después de haberse empleado tantos
años en sancionar el Código Penal, la
primera vez que se debe aplicar en los delitos sociales, se
indulta. Semej ante conducta, provocada por los partícipes en los
escandalosos sucesos de Vélez, Pasto y Timbio, justifica el dicho
célebre del principal jefe de los rebeldes: "Se me quiere juzgar
como a los débiles, y yo soy fuerte y afortunado". Esta frase es el
programa de las facciones en el presente año de ----- - Un
respetable diputado, jefe de la administración anterior, ha dicho
que el Gobierno tenía el deber de usar de la mayor clemencia con
los que se rebelaran; pero afortunadamente este principio es
falso, porque si fuera cierto, con él se haría el proceso de su
propia administración, que no sólo no brindó indultos a los
facciosos durante aquel período, sino que se opuso constantemente
a que el Congreso los concediera".
El general Santander palideció al verse apostrofado con tanta
energía, por uno de sus mayores amigos, pero nada contestó ni podía
contestar, porque el cargo era fundado.
Hablaron, además, extensa y luminosamente en pro y en contra, en
seis de controversia fogosa, más bien que de discusión, los señores
Azuero, Mallarino, Rojas (Ezequiel), Mosquera (Rafael>,
González (Florentino), Pombo, Acosta y otros.
El general Antonio Obando, dirigiéndose con ojo airado y tono
impropio al coronel Borrero, que combatía el proyecto, dijo:
"No es extraño que el señor secretario de lo interior esté
opuesto al proyecto de indulto, porque él siempre ha creído
necesarias medidas fuertes, como que en 1831 fue denunciado por un
honorable diputado que tiene asiento en la cámara, como ejecutor de
unos actos d0 crueldad, como lo pueden recordar los
señores que hayan leído el papel que llevaba por epígrafe
|Horrendo atentado, y en 1323 mandó arrojar al Guáitara a
siete pastusos, atados espalda con espalda, desde el puente de
aquel río".
Un rumor de improbación general en amigos y enemigos produjo
aquel exabrupto, y aun se temió por el momento que dentro del
recinto mismo de la cámara produjese algún conflicto de hecho,
entre el agresor y el agredido; pero el coronel Borrero no se
manifestó impaciente, y tomando la palabra, se contrajo a
justíficar al Gobierno y a manifestar las razones de incongruencia
que tenía el proyecto en discusión, por lo que muchos creían que se
reservaba para después de la sesión exigir una satisfacción
personal al general Antonio Obando cuando de repente se interrumpe
y dice:
"Réstame, 'señor Presidente, hablar de mí mismo, y no es sino
con mucha repugnancia que lo hago, para contestar la inculpación de
dos hechos que me ha atribuido el honorable diputado que acaba de
hablar, de los cuales el uno es absolutamente falso, y el otro está
muy equivocado en las circunstancias.
"Con motivo de la facción que se levantó en Cali, para proclamar
de hecho al general Bolívar dictador en 1830, siendo yo comandante
militar de aquél cantón, el general López publicó un decreto de
indulto, fij ando cierto término para la presentación, con sus
armas, de los comprendidos en él
|imponiendo la pena de
muerte a los que pasado aquel tiempo no lo verificasen; fueron
-aprehendidos tres; y en virtud de aquel decreto, y como un acto de
energía que yo creí necesario, fueron juzgados y fusilados
públicamente. Un ciudadano de Popayán, cuyos sentimientos
filantrópicos son bien conocidos, 1 denunció este hecho en un
impreso que tenía por título, no
|Horrendo atentado, como le
ha sugerido al honorable diputado la fragilidad de su memoria, sino
otro más moderado, "Caso grave".
|Pero yo no tuve la perfidia de
mandar asesinos a la casa de estos desgraciados para que los
matasen jingiéndose de su partido, como se hizo aquí en 1834;
|yo no di orden al comandante de una escolta que llevaba preso a
un individuo para que suponiendo que quería escaparse, lo
asesinasen por la espalda, como sucedió aquí con el senor Mariano
París.
El señor Rafael Mosquera, enemigo de la pena de muerte por
delitos poliricos. El general López la sostenía en todas las
ocasiones que ocurrían, lo mismo que el general Santander, el
general Obando y todos los prohombres del partido
|liberal; y
un gran
|liberal era también el coronel Borrero en aquella
¿poca