INDICE

 




CAPITULO CUADRAGESIMO OCTAVO
 

 

 

 

 I
 

Si al escribir el capítulo trigésimotercero de es­tas |Memorias un sudor frío bailaba mi frente, si la mano me temblaba al trazar sus primeras líneas, júz­guese cómo estaré en este momento en que voy a ocu­parme del mismo asunto que tanto me afectaba enton­ces. Ahora, con datos más agravantes, teniendo que vadear arroyos de sangre, apartar espectros unas veces y otras evocar la sombra de los muertos, se comprende­rá cuánto más penosa y delicada es mi tarea. Pero, aun­que de gravedad inmensa, la llenaré sin prevención e imparcialmente, cual conviene al que se propone des­cubrir la verdad histórica de un gran crimen controver­tido, como que ni pasión política ni encono personal me dominan.

 

II
 

 

El general Herrán, vencedor, creyó que con su con­ducta indulgente, su prodigalidad de indultos y buenos tratamientos a todos, la guerra había terminado, y así lo dijo al Gobierno, y así lo parecía en efecto, cuan­do la verdadera guerra pastusa, sangrienta, asolado­ra, complicada pronto con un incidente fatal, no ha­cía más que empezar.

Andrés Noguera, que también había sido vencido y su partida disuelta, pudo escapar, y poco después volvió a aparecer imponente en unión de Estanislao España, hasta llegar al ejido de Pasto, cuartel general del general Herrán, de donde llevó ganado y caballos a vista de nuestras tropas.

Cuál sería el carácter de aquella guerra desespe­rante, lo indica el que el general Herrán, además de la acción de Buesaco y la de Chaguarbamba, en que fue derrotado Noguera, tuvo que dar once combates formales más hasta 31 de diciembre (1839), fuera de los tiroteos diarios, sin que unos ni otros dieran resultados decisivos. Los derrotados hoy, aparecen re­forzados días después, y aquello para el general He­rrán era el suplicio de Sísifo. En la persecución y en las marchas caían de a dos, de a tres, de a más, nuestros soldados, por tiros que salían de los bosques o de las cumbres de los cerros, sin que se vieran los agre­sores; así como cayeron antes en los mismos parajes los patriotas que combatían por la causa de la Inde­pendencia; así como caían los franceses en la guerra injusta que Napoleón I llevó a los españoles para abrirse el camino de Santa Elena; así como caíamos nos­otros en la provincia de Coro en 1821 y 1822. Esta es la guerra de guerrillas, tan terrible, tan desastrosa y de tan poca gloria, porque aunque los peligros son mayores que en las grandes batalla, tienen menos so­nido y menos trascendencia inmediata.

Los vecinos de la ciudad de Pasto, que regresaron con el gobernador de la provincia, y aun algunos de los que tomaron parte en el primer movimiento contra la ley de supresión de los conventos, tomaron las armas para defender la ciudad mientras las tropas obraban fuera, las que disminuyendo diariamente, no alcanzaban a llenar las necesidades de la situación. El general He­rrán pedía refuerzos y dinero al Gobierno. Los refuer­zos a tan gran distancia eran difíciles; el dinero ne­cesitaba ser escoltado por fuertes partidas, por causa de las dificultades del tránsito, que las guerrillas des­de el salto de Mayo hasta las goteras de Pasto hacían peligrosísimo. Vivir de préstamos mientras el dinero llegaba era difícil, siendo los gastos tan cuantiosos que en los dos primeros meses se consumieron más de 33.000 pesos, a pesar de no recibir los militares sino una escasa ración de un real o de medio real, y un peda­zo de carne sin sal, gasto que fue creciendo en los meses siguientes.

Esta era la situación cuando el incidente que in­diqué antes vino a aumentar sus complicaciones en toda la República hasta amenazar seriamente la existen­cia del Gobierno.

El Presidente Márquez, que no quería perder su carácter de liberal, ni aparecer exclusivista, además

de nombrar para el gobierno de las provincias a mu­chos ciudadanos que le eran conocidamente hostiles, hi­zo lo mismo con los destinos militares, manteniendo empleados a muchos adversarios suyos. Se colocó, pues, sobre un volcán. ¹

Noguera y España tenían ya unos 800 hombres cada uno, y los frailes de Pasto les proveían de ar­mas y municiones del Ecuador, donde se hallaban. Las fuerzas de estos dos feroces caudillos se compo­nían de indios de los campos que están, o estaban en­tonces, casi como al tiempo de la Conquista. Hablan su propio dialecto, bien que estropean un mal castellano, con tanta velocidad pronunciado, que cuesta trabajo entenderles. Por aquellos cerros, por aquellos riscos pe­ligrosos, por aquellas faldas pendientes corren con pie firme sin dar un resbalón; pasan a nado los ríos y aun los torrentes impetuosos; el más poderoso caballo y la mula más fuerte no son capaces de seguirlos en la marcha de algunos días, principalmente cuando hay cuestas pendientes que subir. Con estas facultades de locomoción, imposible es que tropas regularizadas pue­dan obtener ventajas sobre ellos, cuando no esperan a campo raso o en lugares accesibles. Sin embargo, los |calificadores ministeriales hacían cargos al general Herrán por la prolongación de la guerra.

Los indios de la cordillera que divide la antigua provincia de Neiva de la de Popayán, llamados de "Tie­rradentro", tienen las mismas condiciones de los de Pasto, y así perseguir sus guerrillas en aquel esca­broso terreno, si no es absolutamente imposible, es en extremo difícil y costoso de sangre. También hablan su propia lengua, diferente de la de los de Pasto, y también chapurrando un mal castellano.

1 Estos militares empleados fueron los generales López y Antonio Obando; los coroneles Córdoba Vega, Acero, González, Murray, Barriga (Francisco), Herrera, Lozano y Forero; los tenientes coroneles Gómez, Mendoza, Barriga (Joaquín, Delgado, Córdoba (Manuel), López, Núñez, Cárdenas, Martínez, Alvarez y Sánchez y los sargentos mayores Gómez, Urizar, Vega, Din, Guzmán) Uscátegui y Estévez. El coronel Córdoba, llamado al servicio, se excusó porque era miembro de la Cámara de Representantes, conducta poco digna de un militar; pero que es preferible a la de aceptar para ha­cer traición después, como lo hicieron los más.  

 

 

Unos y otros son fanáticos a su modo. Las efigies de los santos vienen a ser para ellos un simple cam­bio de sus antiguos ídolos. De la excelsitud de la mo­ral evangélica no tienen sino una idea vaga, por las explicaciones confusas del catecismo de la doctrina cristiana, que les hacen los curas; pero en el culto externo, en las procesiones, en el canto de las iglesias, se complacen reverentes, lo que sería de desear imi­tasen otros que se creen más lejanos del estado salva­je, siquiera para dar muestras de buena educación.

La veneración laudable por el sepulcro de sus deu­dos hace que el día de finados llenen los cementerios de luces, de corderos, de patos, de gallinas, de frutas, etc., que ceden gratuitamente al cura para que ruegue a Dios por el descanso de las personas que les fueron queridas. Antes de la Conquista hacían algo de esto para que el difunto tuviera víveres para el largo via­je, lo que prueba que la idea sublime y consoladora de la inmoralidad del alma, tenía, hondas y antiguas raí­ces entre ellos.

Lo mismo sucede con la de creer en un Sér pode­roso anterior y superior al hombre, aunque llevada en algunas tribus, antes de la Conquista, a la horrible su­perstición de los sacrificios humanos para aplacar su enojo. Esta creencia general en un Dios, no enseñada por otros hombres, que se encuentra hasta en las hor­das más salvajes del centro del Africa, aunque con­fusa y en algunos revestida de caracteres absurdos, induce a considerarla una idea innata en el género hu­mano, por más que se diga que no hay ideas innatas.

En lo que estos indios, unos y otros, son verdade­ramente admirables, es en la veneración que tienen por sus ancianos, que vienen a ser una especie de jue­ces benéficos, cual agentes de la Providencia, para mantener la paz en sus tribus; y esto lo he notado has­ta en los goajiros, todo lo cual prueba que los hombres, sea cual fuere su estado social, no podrían conservarse sin algunas virtudes.

 
 

III

Por más rodeos que he dado para alargar el artículo anterior y no llegar tan pronto a los gravísimos sucesos que siguen, ¡ya he llegado! Ya tengo el espectro del Mariscal de Ayacucho ante mis ojos, horriblemente desfigurado por el lodo y la sangre. Ya las sombras del general Obando, de Sarria, de Eraso, del coronel Morillo, del comandante Alvarez, de Fidel Torres, unas acusando, otras negando, acuden citadas ante el tribu­nal augusto de la historia, y yo ¡Dios Santo! ¿he de ser juez que dicte el tremendo definitivo fallo? ¡ No! No quiero; pronuncien otros la última palabra.

Yo sólo reuniré los hechos y formalizaré el expe­diente hasta ponerlo en estado de sentencia.

En mí primer tomo, en el capítulo que he citado, se Iee lo siguiente:

"Excesivamente prolijo sería examinar aquí todo lo que sobre este particular se ha escrito, y si yo preten­diera hacerlo, me perdería en el laberinto de pruebas y contrapruebas, de cargos y descargos recíprocos, de argumentaciones y comentarios que de una y otra par­te se han hecho. Además del manifiesto del Gobierno del Sur; de la respuesta del general Obando; de re­presentaciones a nuestro Gobierno y resoluciones de la Corte Suprema; de declaraciones en favor o en con­tra de las personas sospechadas, favorables o adver­sas según quién, cuándo y dónde se tomaban; de cau­sas criminales y sentencias judiciales ejecutadas en cómplices después descubiertos, de las que hablaré en su lugar; del grueso libro publicado por el general Obando en Lima, que llamó |Apuntamientos para la historia; de los dos volúmenes escritos por el general Mosquera en réplica al anterior; de una Historia Crí­tica del asesinato, escrita por el señor Antonio José Irisarri; de un segundo libro del general Obando, pu­blicado en Lima contra el de Irisarri y contra los de Mosquera, tendría que examinar también muchos cua­dernos y millares de artículos de los periódicos de Nueva Granada, Venezuela y Ecuador, todos en el sen­tido del color político de sus redactores, y por consi­guiente rebatiéndose; y necesitaría vivir cincuenta años más, y escribir cien volúmenes en folio, para desem­brollar semejante fárrago, si es que lograba desembrollarlo. Por tanto, me limitaré a comentar sucintamen­te lo que me parezca necesario para fijar las ideas de la juventud sobre este trágico suceso, que afilando la cuchilla de los partidos, atrajo sobre la patria nue­vos dolores, tiñó de sangre y blanqueó de osamentas humanas nuestros campos; porque la historia de todos los tiempos y naciones prueba que ciertas cabezas no caen solas, y que al caer estremecen la tierra. Mis coe­táneos tienen o deben su juicio formado sobre este suceso; mas si no fuere así y dudasen de mi imparcia­lidad, pueden consultar los escritos que he citado".

Esto mismo repito ahora. Y suplicando al lector vuelva a leer aquel capítulo, al que éste es correlativo, paso al fondo de la cuestión.

Perseguido Noguera por nuestras tropas, sin que jamás se le pudiera prender o destruir enteramente, fue descubierta una de sus guaridas en la montaña de Berruecos, y en ella se encontraron dos cartas de José Eraso, el mismo siniestro personaje en cuya po­cilga del Salto de Mayo durmió el general Sucre la an­tevíspera de ser asesinado. En esas cartas avisaba a Noguera los movimientos que ejecutaban nuestras tro­pas en su persecución, y es más que probable que otras tendría en algunas de sus guaridas no descubier­tas. Hé aquí por qué podía Noguera eludir los ataques mejor combinados y burlarse de ellos.

Eraso, en su calidad de comandante de lo que se llamaba "la línea del Mayo", con el cual título le vis­tió el general Obando en 1828, era ocupado por el gene­ral Herrán en varias diligencias del servicio, las que él aparentaba ejecutar con decisión en aquel paraje de forzosa escala.

El descubrimiento, pues, de una traición que cos­taba tantas vidas de los defensores del Gobierno exigía que se le aprehendiese y juzgase, y así lo dispuso el ge­neral Herrán. Precauciones debían tomarse para que este hombre astuto y suspicaz no sospechase que se le iba a aprehender ni el motivo de su prisión, a fin de que no se fugase y fuese un guerrillero más, pues no podía ignorar que el delito de traición y espionaje lo constituía, conforme a las leyes militares, reo de muer­te. El coronel Gregorio Forero, que regresaba de Pasto a esta capital, fue comisionado al efecto, con instruccio­nes de que, logrado el golpe, entregase el reo a una escolta segura de la fuerza que estaba acantonada en La Venta, luego que hubiesen pasado la montaña.

Forero, llegado a La Venta, solicitó de Eraso que viniese a dicho punto a acompañarle a la montaña de Berruecos en asuntos del sevicio; y lo hizo con tanta prudencia, que Eraso se prestó a ello sin la menor des­confianza. Su mujer, que a todas partes lo acompañara, vino a La Venta con él, y logrado que hubo Forero separarlos de sus compañeros, hizo amarrar a Eraso. Al verse éste rodeado y preso, se sorprendió no teniendo la menor sospecha del encuentro de las cartas de No­guera, y entrados a la montaña, en su aturdimiento se imaginaron marido y mujer que había en aquel proce­dimiento algo relacionado con el asesinato del general Sucre, porque Forero les hizo algunas preguntas sobre aquel suceso, como las hacíamos nosotros a todos, con algún tanto de imprudencia, en 1832.

Bajo esta aterradora impresión, Eraso, sin rodeos, dijo al coronel Forero que él no era el ejecutor de aquel hecho, sino el coronel Apolinar Morillo, que le había llevado cartas del general Obando y del comandante Alvarez para que lo auxiliase en su comisión. Esta con­fesión, en aquel paraje tan cercano a la hoya de la víc­tima, hirió la imaginación de la Meléndez, mujer de Eraso, quien prorrumpiendo en llanto, exclamó que siempre había temido se descubriese aquello.

Pava mí, ese llanto y esa palabra natural de la mujer de Eraso, en aquel momento, es de una significación inmensa, porque la sinceridad es evidente. Siempre la infeliz mujer, que tan mal tratan algunos hombres, ma­nifiesta en los trances angustiosos la nobleza de cora­zón con que el Creador la dotó, y su ternura y la luci­dez de sus juicios, por ignorante que sea. Las excepcio­nes so a pocas, y sólo se encuentran en las mujeres llegadas al último término de la depravación.

Forero regresó entregando el preso al oficial de la escolta, quien todo lo había presenciado y oído, como también la tropa. Pero no se detuvo en esto Eraso, sino que lo mismo repetía en el tránsito; y así se hizo notorio el significativo incidente.

Llegados a Pasto, el oficial conductor lo refirió al sargento mayor Manuel Mutis, en lugar de haberlo hecho al general Herrán, quien por ello se disgustó, como repetidas veces me lo dijo después. Mutis tenía por el general Sucre ese afecto vehemente que entre militares es tan común por el jefe a cuyas órdenes han servido, si han sido bien tratados por él, y acaso también tendría encono contra el general Obando, por haber sido uno de las oficiales borrados por él de la lista militar en su dictadura de 1831 a 1832; y precipitado por una u otra pasión, o por ambas, que es lo más probable, llamó acto continuo a los coroneles Bustamante y Lindo a que le acompañasen a la prisión de Eraso, como testigos caracterizados, a fin de que en su presencia refiriese lo que había pasado al ser preso, y así se verificó.

Sin aguardar más razón, y extrañándose del general Herrán, que en aquellos momentos no estaba en la ciu­dad, dio Mutis denuncio formal al gobernador de la provincia.

Este magistrado mandó que se instruyese el sumario instrumental que era de su deber instruir para pasarlo al juez competente; y como era de forzosa práctica legal, se empezó por tomar declaración a Eraso, quien a pesar de sus rodeos y reticencias para comprometerse lo me­nos que pudiese, dijo en términos precisos lo siguiente: Que el mismo día que llegó el general Sucre al Salto de Mayo había llegado también el coronel Apolinar Morillo, llevándole dos cartas, una del general Obando y otra del comandante Alvarez, recomendándole que le auxiliase en la empresa de que le hablaría; que Morillo le ma­nifestó que no se trataba de otra cosa que de matar al Gran Mariscal; que él (Eraso) se excusó, pero que le indicó de quiénes podía valerse para que le acompaña­sen a cumplir su comisión, y que él sólo le ayudaría si Sarria tomaba parte con ellos; que Morillo en efecto consiguió le siguieran Andrés Rodríguez, Juan Cuzco y Juan Gregorio Rodríguez, soldados licenciados que se hallaban en su casa del Salto; que habiendo (Eraso) encontrado a Sarria en La Venta, se retiraban juntos para el Salto después de haber hablado con el general Sucre, y que tratando por el camino sobre la comisión de Morillo, preguntó a Sarria si él los acompañaría a la ejecución; que Sarria le contestó que lo dejara pensar en ello, pues él tenía un santo que le recordaba lo bueno y lo malo, etc.

 

Como se ve por este relato, no sólo procuró Eraso disminuir su responsabilidad, sino también la de Sarria; pero en él se explica aquella notable circunstancia de haber quedado en su casa a la salida del general Sucre, y haberse adelantado a éste a La Venta, dando un rodeo sin pasar por el camino real, a encontrarse con Sarria, que por Morillo supo podía llegar de un momento a otro; y se explica, en fin, el motivo porque aceptando ambos la copa de brandy que les ofreció la víctima, re­husaron quedarse a comer y pasar la noche en su com­pañía, alegando Sarria que marchaba en una comisión importante y urgente que no le permitía detenerse un momento; aunque sí pudo quedarse en el Salto hasta que al día siguiente llegó allí la noticia de haberse eje­cutado el asesinato, la que se apresuró a llevar al gene­ral López, sin apearse del caballo en que iba, ni al pasar por su propia casa.

Según dijo después el general Obando en una de sus publicaciones, la comisión de Sarria se reducía a recoger las bestias que había dejado cansadas el bata­llón |Vargas en su marcha, y a hacer reclutas para dicho cuerpo: encargos no muy urgentes, más propios y más legales de las autoridades civiles que de un militar en marcha acelerada. En sus |Apuntamientos para la historia dice Obando que debiendo Sarria regresar a Popayán, aprovechó la ocasión de mandar con él los pliegos en que daba cuenta al Gobierno de la fácil ocupación de Pasto, los cuales interesaba que llegasen a Popayán antes de la salida del correo. No acierto a explicarme esta con­tradicción. La lógica obliga a deducir de todo esto que les era preciso a Sarria y Eraso acordar definitivamente el modo como debía darse el golpe. Los árabes del de­sierto no matan al que ha bebido con ellos la copa de la hospitalidad; entre los árabes que no son del desierto, es otra cosa: aquéllos son calificados de bárbaros, éstos se llaman civilizados y hasta liberales.

La Meléndez en su declaración estuvo de acuerdo con su marido Eraso sobre lo que éste expuso respecto de la comisión de Morillo y sobre las cartas que éste trajo y que ella se cuidó de guardar y conservar pre­viendo, como dijo, que algún día podían servir a la defensa de su marido. En su confesión añadió que Morillo y los tres hombres que aquél llevó del Salto, le refirieron que ellos acababan de matar al General Sucre, puntualizando algunas circunstancias del hecho, como que los cuatro asesinos estaban sentados a derecha e izquierda del camino en el borde de la angostura, y que Morillo decía que él había sido quien lo había matado; que los compañeros de Morillo tenían tanta confianza con ella porque eran soldados licenciados que había aco­gido en su casa y tenía a su servicio.

Cruz Meléndez, entenado de Eraso, en su declaración estuvo en lo principal también de acuerdo con su madre y su padrastro, y agregó que después de ejecutado el hecho, Andrés Rodríguez le enteró de todos sus porme­nores.

Pero sigamos a Eraso en sus declaraciones, en las que se esfuerza siempre en disimular la complicidad que de ellas mismas resulta incontestablemente contra él y Sarria, y por las que bien se trasluce que sabía del he­cho más de lo que le convenía decir. En sustancia, decla­ró que Morillo se puso en marcha del Salto a La Venta en la noche del 3 de junio, acompañado de los tres hombres que había conseguido, los que iban armados de fusiles; que en el camino lo encontraron él (Eraso) y Sarria, y que volvió a hablarles de su comisión invitándoles de nuevo a tomar parte en ella; que Sarria propu­so que volviesen atrás y que en el lugar conveniente diría cuál era su resolución; que esto sería como a las ocho de la noche, que a esa hora regresaron hacia La Venta y llegaron como a las diez o las once a la cuchilla; ¹ que allí se sentaron los tres después de haber ha­blado sobre la materia por todo el camino; que entonces Sarria habló solo con él (Eraso) y le dijo que era doloroso matar un hombre a sangre fría y sin motivo, y que si era amigo suyo se volviesen al Salto; que en efecto así lo hicieron, dejando a la entrada de la mon­taña a Morillo con los tres hombres que llevaba arma­dos, el cual les dijo que ya tenía bien examinado el punto donde debían colocarse, y que si ninguno de

1 Cuchilla se llama entre nosotros una loma o cresta de cerro, algo plano y más o menos extenso, en que por lo re­gular se establecen labores y caseríos o aldeas. Al fin de esa cu­chilla estaba situada La Venta.    

 

ellos quería acompañarle, él solo ejecutaría la orden que se le había dado.

Evacuadas estas diligencias, dispuso el gobernador que un oficial y la mujer de Eraso fuesen al Salto de Mayo a traer las cartas referidas, y fue encargado de esta comisión el capitán Apolinar Torres, comisión fu­nesta para él, pues que más tarde le costó la vida.

Llegados al Salto, indicado por la Meléndez el pun­to donde estaban guardadas las cartas, tan alto que fue preciso poner una escala para subir a él, quitada una losa que tapaba la boca de una cavidad hecha a mano en la misma roca de la pared natural que forma el ho­rrible y peligroso Salto, se sacó de aquel "archivo se­creto" de Eraso, como él lo llamaba, una petaquilla que contenía varios papeles, y de ella la misma Meléndez sacó y entregó al capitán Torres las dos cartas autógra­fas de que se ha hecho mención, y son las siguientes:

 

"Buesaco, mayo 28.

"Mi estimado Eraso: El dador de ésta le advertirá de un negocio importante que es preciso lo haga con él. El le dirá a la voz todo, y manas a la obra. Oiga todo lo que le diga y usted dirija el golpe.

"Suyo, JOSE MARIA OBANDO"

 

La otra dice:

"Pasto, mayo 31 de 1830.

 

"Querido Eraso: Al comandante Morillo, que es el conductor de ésta, me hará el favor de atenderlo y ser­virlo en cuanto pueda, pues es amigo mío. Vea usted en lo que le pueda servir. Su amigo,

"ANTONIO MARIANO ALVAREZ"

 

El capitán Torres regresó con la Meléndez a Pasto llevando las cartas y la petaquilla con los demás pape­les que contenía.

Evacuadas estas diligencias pasó cl gobernador el sumario al juez de primera instancia de Pasto, quien dictó un auto de prisión contra el general Obando y el coronel Morillo, y libró dos exhortos para que los jue­ces de Popayán y Cali mandasen presos a su disposición a los presuntos reos. Y así empezó aquel tenebroso proceso, que llegó a tener 1.902 páginas, porque en él se hallaba principalmente comprometido un hombre "po­deroso y afortunado", como el mismo general Obando se llamaba, y lo era en efecto entonces, y porque un partido entero se apropió su causa en nombre de la libertad, hasta lanzarse en su defensa en la más desa­forada rebelión. Si se hubiera tratado de un desvalido, no habría tenido dicho proceso 100 páginas y se habría concluido en pocos días. ¡La igualdad! No hay palabra más vacía de sentido. Mas para qué declamar: así ha sido, es y será el mundo desde el principio hasta el fin.

 

IV
 

 

Una inquietud de ánimo en todos y de todas partes, sin excepción, causó este descubrimiento y el giro que se le dio. Mutis, joven fogoso, no previó las consecuen­cias de su precipitación y no puede excusársele el que no hubiera consultado con su general el paso que iba a dar, y menos si a él lo impulsaba un sentimiento de odio o de venganza contra el general Obando, lo que en sana crítica debe también suponerse, pues llegó hasta el extremo de constítuirse su acusador; pero de esto no se deducen las consecuencias que pretende el general Obando, pues son los hechos, las deposiciones de los tes­tigos, las pruebas, y no la acusación, lo que constituye un juicio.

Ese carácter arrebatado de Mutis lo precipitaba en los combates hasta la imprudencia, y le mereció ser considerado como el jefe más valiente del ejército, pues es sabido que el valor sereno y reflexivo no se alaba porque no deslumbra. Más tarde ese arrojo lo llevó a la muerte, a machetazos, por haberse metido entre las filas enemigas con pocos compañeros, más como soldado vale­roso que como jefe.

El general Herrán, en carta, particular dijo al general Mosquera que, si bien no podía impedir a ningún ciuda­dano que obrase en el sentido que lo había hecho el que denunció al juez la revelación de Eraso, si lo hubiera sabido en tiempo, le habría manifestado su concepto para que no diese semejante paso que le mortificaba, por­que de ello se seguirían males que no se sabía a dónde irían a parar. En el mismo sentido escribieron varios ciudadanos de Popayán, y entre ellos el señor Rafael Mosquera fue terminante en su carta, diciendo:

"Juzgo que en las actuales circunstancias la renova­ción de esta causa será igual en política a la pestilencia que causa una piscina que se remueve. Enhorabuena que se vigile por el cumplimiento de las leyes; pero en medio de una rebelión tan complicada, ¿qué sucederá?".

En Cartagena, donde yo estaba, todos opinamos en igual sentido. ¿Por qué esta uniformidad de temores y zozobra? No se necesita mucho esfuerzo para compren­der que por todas partes se presentía lo que iba a suce­der siendo el general Obando el acusado, y los hechos probaron bien pronto que el presentimiento público no fue erróneo.

El posta de Popayán con que se comunicaba al Go­bierno este gravísimo incidente, llegó a Bogotá el 29 de noviembre (1839), y el Presidente y los secretarios del despacho lo consideraron funesto, por la misma ra­zón que tuvieron todos para tenerlo por tal.

Otro posta recibió el general Obando dos días des­pués, por el que su familia lo instruía de este suceso, y en el acto comprendió lo difícil de su posición en esta capital, temiendo ser preso y remitido con escolta a Po­payán. A la llegada del exhorto suplicatorio de que he hablado, calculó que lo evitaría yendo él mismo a pre­sentarse al juez de Popayán, y así lo verificó libremen­te el 5 de diciembre.

El mismo día 5 llegó el coronel Forero, e inmediata­mente pasó a la secretaría de guerra y dio parte al ge­neral Mosquera de las revelaciones de Eraso, del llanto y de las significativas palabras de su mujer, y de que por prudencia había preferido dar aviso de esto al Gobierno mas bien que regresar a darlo a Pasto. Pero en sus con­versaciones de calle satisfacía la curiosidad de todos los que le interrogaban ansiosos.

El general Mosquera en su libro |Examen crítico, hablando del parte verbal de Forero, dice:

"El asunto estaba iniciado y lejos de prevenirle, co­mo pude hacerlo como secretario de guerra, que me informara por escrito lo que me acababa de expresar, para poner esté incidente en conocimiento del juez de

la causa, juzgué que debía guardar circunspección, y evitar que se atribuyese semejante paso a persecuciones del Poder Ejecutivo, como ya lo insinuaban los amigos de Obando, no con otro fin que excitar la rebelión. El Presidente, a quien di cuenta, fue igualmente de mi opi­nión, y lo mismo los otros secretarios".

Y yo añado que todo esto fue sabido hasta la noto­riedad. También habla el general Mosquera del llanto y de las palabras de la Meléndez, que, como antes he dicho, son para mí la prueba más concluyente de todas.

 

V
 
 

En el entretanto, el exhorto contra Morillo surtió sus efectos en Cali. Apenas se vio preso y supo las reve­laciones de Eraso y la entrega de las cartas, comprendió que negarlo todo era el peor camino que podía tomar, y confesó su delito, tratando de excitar lástima con pa­labras de compunción, diciendo que sólo la muerte lo aliviaría del peso de los remordimientos de que estaba atormentado. ¿Sería hipocresía? ¿Sería verdadero arrepentimiento? Esto sólo a Dios es dado saberlo, pero el hecho es que hasta su último instante se expresó en los mismos términos.

En su primera declaración dijo en compendio: que en el año de 1830 fue expulsado del Ecuador por sus opi­niones políticas; que en Pasto el general Obando le llamó a la pieza de su habitación y en presencia del comandan­te Alvarez le dijo que la patria se hallaba en el mayor peligro de caer en poder de los tiranos, y que para evi­tarlo era preciso matar al general Sucre, quien estaba para llegar de Bogotá de paso para el Ecuador, a donde iba con el objeto de coronar a Bolívar; que así era pre­ciso que en el mismo día marchase al Salto de Mayo a casa de José Eraso, para ponerse de acuerdo con éste sobre el modo de verificarse aquel proyecto; que le dio en efecto un papel que en sustancia contenía lo siguiente: el |conductor dirá a usted a la voz el objeto de su comi­sión, usted dirigirá el golpe, y manos a la. obra; que acep­tó la comisión tanto por sus sentimientos patrióticos como por obediencia a su jefe; que habiendo llegado a casa de José Eraso, éste le proporcionó tres hombres armados de fusil a quienes no conoció ni supo sus nom­bres; que con ellos y Eraso se dirigió a La Venta; que en el camino se encontraron con Sarria, quien habló a solas con Eraso y los acompañé hasta el punto donde el mismo Eraso había calculado debían colocarse para dar el golpe; que situados los tres hombres, es decir, los dos Rodríguez y Juan Cuzco, a quien llamaban el peruano, se retiraron él, Sarria y Eraso, en dispersión, al Salto de Mayo.

En su confesión agregó que cuando fue despachado por el general Obando en aquella comisión, al despedirse del general y del comandante Alvarez, se le dijo que cuando llegase la noticia a Pasto de haberse realizado el hecho, se enviaría a Alvarez con una columna de tropa para hacer el papel de perseguir a los asesines, y que Alvarez, como sabedor del hecho, daría sus disposicio­nes a fin de que no corriesen riesgo los delincuentes y se descubriese cosa alguna. Dijo también que Sarria, ha­biendo convenido en acompañarle a él y a Era so, fue de opinión que se diese muerte al general Sucre en su cama aquella noche; que después pensó matarlo cara a cara, porque se hacía de orden superior, y que al fin convi­nieron todos en que se emboscasen los tres hombres ar­mados que llevaban para el efecto, y que al pasar por la emboscada el general Sucre, le mataran aquéllos; que en virtud de este a cuerdo, el mismo Sarria cargó los fu­siles, echándoles además de las balas unas postas hechas de otras balas que cortó el mismo Sarria para el efecto, a las cuales postas llaman |cortados en el país; que hecho esto Sarria dijo a Eraso que él, por el conocimiento que tenía de la montaña, colocase a los tres hombres que habían de ejecutar el hecho en el lugar conveniente,  que Eraso así lo verificó estando ya cerca del amanecer; que después de esto se dispersaron y fueron a reunirse a casa de Eraso. Por último, dijo que habiendo recibido orden del general Obando para comunicar al general Ló­pez la noticia de haberse ejecutado el hecho, así lo hizo al llegar a Popayán.

Eraso en sus declaraciones dijo también que Morillo, cuando llegó le hizo entender que la orden de Obando para que se ejecutase aquel asesinato fue comunicada a Alvarez y que éste lo designó a él mismo (Eraso) para que dirigiese la ejecución, como hombre de carácter que, aunque no tomase parte en el negocio, guardaría secre­to; y que también le indicó Morillo que el general Oban­do iba a mandar dinero para los que se comprometiesen; que en efecto, dos días después de haberse cometido el asesinato le envió a llamar Alvarez de La Venta, y ha­biendo ido a hablar con él, le participó quiénes habían acompañado a Morillo, y que entonces el mismo Alvarez, por medio de Fidel Torres, le dio cincuenta pesos, diciéndole que de ellos diera diez a cada uno de los tres, y que los otros veinte los tomase para sí, como una gra­tificación que les daba el general Obando para que su­piesen guardar secreto. Y agregó que él supo por An­drés Rodríguez, sujeto muy racional, y el más formal de los tres que auxiliaron a Morillo, que éste los colocó en los puntos convenientes para que no se ofendiesen unos a otros,

 

VI
 

 

Antes de continuar en el examen, aunque sucinto, de este embrollado proceso, en el cual es imposible llevar el orden cronológico de sus enredados incidentes, debo hacer un ligero comentario de ras declaraciones anterio­res.

Asegura el general Obando en sus |Apuntamientos para la historia que a Eraso, a la Meléndez y a Cruz Me­léndez, su hijo, les obligaron Mutis, Bustamante y Lindo con amenazas de muerte a que dijesen lo que dijeron; pero semejante gravísima imputación la destruye la se­rie de los hechos verificados. Y tanta malignidad no puede suponerse en tres jefes del ejército, con el objeto de que el general Obando no fuera candidato en la próxima elección de Presidente, y que lo fuera el general Herrán, única causal que en todo su libro da por motivo de la persecución que supone en el Gobierno nacional, en el Gobierno de Popayán, en los militares, en todos los que, en fin, no eran de su partido. Que Mutis no lo que­ría bien, es indudable; pero Bustamante es el mismo co­mandante del batallón |Cazadores de Bogotá que se le pasó con su cuerpo en la llamada batalla de Palmira en 1831, traición por la que le aprobó el nombramiento de teniente coronel que le había hecho el general Urdane­ta, y lo ascendió a coronel. Lindo, que hizo con nosotros la campaña de Pasto en 1832, se declaró su partidario, y el mismo general Obando dice en su libro que él fue quien le informó del supuesto complot de los jefes vete­ranos de la división, que dizque contra él había yo tra­mado de acuerdo con el Gobierno nacional, y con el coronel Montoya; y ambos, Bustamante y Lindo, eran considerados como sus amigos íntimos, y bajo este mismo concepto, los prefirió Mutis para presenciar, como testi­gos imparciales, las explicaciones que diera Eraso sobre sus expresiones y las de su mujer al ser preso aquél en la montaña de Berruecos, de lo que todos hablaban pública­mente en Pasto. Esto destruye completamente la idea del apremio criminal que se supone ejercido para obtener declaraciones con miras aviesas. Bustamante y Lindo no fueron hostiles al general Obando sino después de la re­volución de Pasto y en los acontecimientos que a ella se siguieron, y eso lo fueron como lo fuimos todos los que sosteníamos al Gobierno: combatiendo la rebelión que se proponía derribarlo. Lo mismo digo del capitán Joaquín Delgado, ayudante de campo del general He­rrán, a quien complica el general Obando en su acusa­ción más odiosamente que a los otros tres.

El criado del general Sucre, Lorenzo Caicedo, vio cuatro hombres armados de fusil, los tres de ruana y uno en cuerpo, con sable ceñido. Esto designa terminantemente a los tres soldados licenciados que tenía Eraso a su servicio y a Morillo, y es un comprobante de lo que Eraso declaró.

Algunas de las heridas de la víctima y la del mulo que montaba eran de |Cortados. Esto prueba que Morillo dijo verdad cuando refiere que Sarria cortó algunas ba­las y echó esos fragmentos sobre la que hacía la carga principal de cada fusil.

Ni Sarria ni Morillo conocían la montaña sino de paso: Eraso la conocía a palmos, y el punto escogido para el asesinato, el más aparente para el caso, prueba que fue verdad que Sarria dijo lo que Morillo declaró sobre el particular, y que fue Eraso quien colocó los ase­sinos.

Sarria debió haber llegado al Salto un día antes, pero un dolor eólico lo retuvo en Pasto, y apenas pasado el mal se puso en marcha precipitada, y cuando llegó a La Venta, donde lo vino a buscar Eraso por un camino extraviado, ya estaba allí el general Sucre. Lo que se deduce de estos movimientos es fácil de concebir. Que acercándose los momentos, Sarria vaciló, es pata mí probable; pero también lo es que ya venia instruido verbal­mente de lo que se trataba. Hombre de contrastes, mata­ba o hacía lancear con crueldad a algunos infelices, y a veces hasta expondría su vida por salvar la de un desco­nocido que le inspirase simpatía o compasión. Así, las palabras que, según Eraso, dijo Sarria, no me sorpren­den, porque estaban en su carácter. Y aun por parte de Eraso también se ve mucho de perplejidad, casi de ne­gativa, a mezclarse en el hecho, a |no ser que Sarria to­mase parte en él.

Las cartas del general Obando y del comandante Alva­rez, a que Eraso y su mujer hicieron alusión, se hallaron cuidadosamente guardadas, y fueron entregadas por la mano misma de la Meléndez al capitán Torres, que con ella, como ya lo dije, fue de Pasto al Salto a buscarlas por comisión de un juez civil. Si esto las autentica o no, lo dejo al criterio del lector.

Pronto veremos la explicación que de ellas hizo el general Obando.

En lo que mintió Eraso evidentemente, en la relación estudiada que hizo, siguiendo su sistema de atenuar su responsabilidad y la de Sarria, fue en decir que al re­greso de ambos de La Venta al Salto se encontraron con Morillo ya de noche y armados los asesinos, y que con ellos regresaron a la cuchilla. Ya hemos visto que rehu­sando la invitación del general Sucre de quedarse a co­rrer y pasar la noche en La Venta, siguieron inmediata­mente, y aun cuando esto hubiera sido a las dos de la tarde, debieron llegar al Salto a las cinco, donde Morillo los esperaba; y fue allí en la casa, donde debieron tener lugar los coloquios de que Eraso habla, si es que fueron ciertos. Ni Morillo ni los tres compañeros tenían fusiles; quien los tenía era Eraso; luego él se los dio, y del Salto, ya armados, volvieron a fin de situar los ase­sinos en la montaña, en donde con ellos quedó Morillo, regresando Sarria y Eraso a esperar la noticia del resul­tado en el Salto.

Al segundo día de ejecutado el asesinato, pasó el comandante Alvarez a La Venta con dos compañías del ba­-

tallón |Vargas y el cirujano del cuerpo; en la montaña hizo exhumar el cadáver, reconocerlo, y de La Venta regresó sin dar un solo paso en busca de los asesinos. Vuélvase un poco atrás y véase lo que Morillo dijo sobre el particular. ¿Qué se deduce de esto? ¿Se podrían pre­viamente combinar, armonizar y compaginar por el hom­bre más astuto y más versado en tramoyas de leguleyos, tantas revelaciones de personas distintas sobre hechos cumplidos, si éstos no fueren exactos?

Uno de suma gravedad fue la muerte repentina de los tres compañeros de Morillo, muy poco después del asesinato, y con cortos intervalos. No había en la comar­ca quien no creyera, y dijera, entonces y después, que habían sido envenenados. Esta terrible circunstancia es una de las que más contribuyeron a llamar seriamente mi atención y a fijar mis ideas en 1832.

Sarria en su confesión lo negó todo; pero tuvo la originalidad de decir que el general Sucre le convidé en La Venta a que entrase en una revolución contra el Go­bierno, y que él le contestó que tomarla parte en el pro­yecto si el Gobierno que se estableciese fuera un Go­bierno de religión. Esta suposición, a fuerza de ser es­túpida, no merece réplica. El señor Irisarri en su Histo­ria de aquel asesinato, y el general Mosquera en su libro, se extienden sobre todos estos particulares, y a ellos de­ben ocurrir, confrontándolos con los del general Oban­do, los que encuentren algo deficiente en los míos. Yo, por la naturaleza de mi escrito, no puedo entrar en por­menores que no sean sustanciales.

Pocos días después de la muerte del general Sucre, el señor Modesto Larrea, diputado al Congreso admirable, regresaba para el Ecuador, y temiendo igual suerte que la de aquél, pidió anticipadamente al general Oban­do una escolta que lo pusiese a cubierto de asechanzas en su tránsito por la pavorosa montaña. Con este moti­vo dice dicho general en sus |Apuntamientos para la his­toria lo siguiente:

"Un piquete que ya había mandado a proteger el paso del diputado Larrea por la montaña de La Venta, trajo noticias de que los que anclaban recorriendo aquel terreno habían encontrado unos caballos muertos, con herraduras, y amarrados en la montaña, y unas cartu­cheras".

 

Es de extrañarse que el general Obando no se hubie­ra hecho dar parte escrito de este encuentro de tanta im­portancia, y que no procediera a hacer buscar esos restos preciosos, o siquiera algunos fragmentos de ellos, que hubieran dado alguna luz respecto de esos desertores o soldados del Ecuador que dice pasaron por Pasto una noche, o de los carabineros que también dice trajo el co­ronel Guerrero, los que nadie vio.

¿Y cómo explicar que ni el señor Larrea ni sus cria­dos supiesen ni dijesen nada de este descubrimiento de tanta magnitud?

Es cosa singular que no se hayan escapado a las investigaciones del hombre los restos del iguanadón, del megaterio, del mastodonte, ni los de otros animales igualmente monstruosos, sepultados bajo los hielos del polo ártico, y que ni entonces ni después, ni nunca, se hayan visto los de esos caballos herrados, amarrados, muertos, ni esas cartucheras, ni siquiera se haya sabido dónde estaban. Y más singular es todavía que, fuese doce años después, en Lima, cuando el general Obando habló de semejante hallazgo, y que no hubiese antes dicho sobre el particular la menor palabra ni en juicio ni fuera de él. Yo no sé cómo calificar este relato.

 

VII
 
 

En el artículo XXI del capítulo treinta y tres de estas |Memorias, dije:

"El general Obando, en su libro citado, hablando del regreso del coronel Guerrero, de Pasto, dice:

"Algún golpe, sin embargo, me ha dado en el cora­zón la noticia de que la primera casa que pisó el comi­sionado al llegar a Quito fue la del que por la muerte del desgraciado general y por la de su tierna prole, que muy poco le sobrevivió, estaba destinado a ser el here­dero universal de su lecho y de su fortuna inmensa. Mu­cho se va descubriendo todos los días en este asunto de tan complicados intereses, cálculos y pretensiones".

"Este es un violento ataque -continué yo- al ge­neral Isidoro Barriga, que fue el esposo de la viuda del general Sucre, a cuya casa hemos visto que llegó Gue­rrero a apearse a su regreso de Pasto, y que de ella salió

para seguir a Guayaquil a verse con el general Flórez. La intención del general Obando al arrojar esta saeta em­ponzoñada al consorte de la viuda, es clara; pero el golpe es certero y cruel, porque efectivamente da en el cora­zón. ¿Sería también el general Isidoro Barriga cómplice en e 1 tenebroso complot?".

Esta duda la hace más fuerte el general Obando en algunas páginas más adelante de su libro, en que dice:

"No soy yo el hombre que haya disfrutado y apro­piádose los despojos ensangrentados del general asesi­nado; mi posición política me alejaba enteramente del puesto de su rivalidad; yo no he figurado ni pretendido figurar en el Ecuador, en donde él era el primer hombre, ni me he casado con su viuda, ni he podido pretenderlo siendo ya casado, ni he heredado su inmensa fortuna".

Y después de esta lanzada mortal al consorte de la viuda, ahondando más la herida anterior, sigue ocupán­dose del general Flórez.

Es imposible admitir que sin la intención de infun­dir una sospecha de terrible gravedad contra aquél, le hubiera el general Obando lanzado, como al soslayo, estas dos puñaladas dirigidas a la mitad de su pecho.

Sea de ello lo que fuere, encuentro que ni uno solo de los hombres a quienes el general Obando ofende en sus escritos queda tan agraviado como el general Isido­ro Bárriga, ni aun el mismo general Flórez, porque la pasión política, o la ambición de mando, que tanto im­perio tienen sobre el corazón del hombre, son motivos menos odiosos que el hacerse cómplice de un asesinato para |disfrutar y apropiarse los despojos ensangrentados del hombre asesinado, casarse con su viuda y heredar su inmensa fortuna, que es lo que clara y terminantemente se deduce de los párrafos del libro del general Obando, arriba transcritos. Y la reticencia no disminuye en lo más mínimo su terrible significación, sino que, por el contra­rio, le da la fuerza inconmensurable de la incógnita.

Yo tengo que hacerme violencia para continuar el examen de este tenebroso asunto. Es indudable que el ge­neral Sucre fue inmolado por un complot de muchos cómplices, y que el general Obando tuvo la desgracia de aparecer en el juicio como único responsable, porque por el lugar en que y el modo como se ejecutó el crimen,

esto tenía que ser así forzosamente; lo que lo enardecía y precipitaba. Pero la historia no puede ni debe acoger sin pruebas incontestables alusiones que acaso no sean más que la explosión de un encono reconcentrado que estalla vengador. Y mi conciencia rechaza la idea de acep­tarlas como una acusación de criminalidad, la más terri­ble de cuantas abundan en los escritos del general Oban­do.

 

VIII
 

 

El 17 de diciembre (1839) llegó dicho general a Po­payán. El juez que había recibido el exhorto le dejó pa­sar la noche en su casa y no le notificó el auto de prisión sino a las doce del siguiente día. Su deber le obligaba a entregar preso al presunto reo a la autoridad política para su conducción a Pasto, y por pura fórmula se le puso en la sala más |confortable de la cárcel, a donde el mismo general Obando confiesa fueron a visitarle ami­gos y enemigos en gran número. Ya se sabe que en estos establecimientos, "donde toda incomodidad tiene su asien­to y donde todo triste ruido hace su habitación", hay piezas separadas y decentes para la gente de cierta im­portancia, en las que las incomodidades y los tristes rui­dos se sienten menos, porque la igualdad, ya lo he dicho, es palabra que no tiene valor intrínseco; y en una de esas piezas fue donde estuvo pocas horas el general Obando.

Consignado luego al capitán Joaquín Lemus para que lo condujese sin escolta a Pasto, éste, con permiso del gobernador, lo puso en libertad para que como pri­mera jornada durmiese en su casa.

Estos procedimientos de esmerada consideración, que con ningún otro se hubieran tenido, los llama el general Obando, persecución, abusos de autoridad, tropelías, vejaciones.

Sobre el acto generoso de ponerlo en libertad, dice:

"El empacho de lo que se había hecho conmigo, sal­tando las leyes, y los síntomas de un movimiento popu­lar, cuya explosión impedí yo mismo, porque me arre­bataba la gloria de sufrir más ultrajes, hicieron que los perseguidores ordenasen mi soltura", etc,

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